Solo la memoria alberga gli anticorpi contro il male storico

Jorge Majfud, “El mismo fuego”

Solo la memoria alberga gli anticorpi contro il male storico

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Premio Literario Internacional Independiente

2019, séptima edición: novela, primer premio (novela editada)

Ci sono letture che è saggio frequentare ogni qualvolta si incappi in uno di quei crocevia della storia dove in gioco vi è una qualche metamorfosi della gabbia del potere. Sono letture che definirei profilattiche; letture che, inoculando in noi, esseri empatici, tracce di vissuti alieni (“uno non vive soltanto la propria vita, bensì, in qualche segreta forma, molte altre vite”), hanno il potere di renderci in qualche modo veggenti, ossia interpreti un po’ più desti di noi stessi e dei sentieri del presente.

El mismo fuego di Jorge Majfud, romanzo vincitore della VII edizione del Premio Letterario Internazionale Indipendente, è una di queste letture, che peraltro – e non a caso – è un’autobiografia esistenziale, come lo stesso autore dichiara. Se la trama del romanzo ricapitola la coscienza di José Gabriel, un piccolo uruguaiano dalla memoria ipertrofica imbrigliato nelle vicende della dittatura militare e che, appunto, ricorda troppo e troppo dettagliatamente fino al punto di dare a tratti l’impressione di indovinare il futuro, il soggetto, per così dire metafisico, del romanzo stesso è proprio la memoria in quanto bussola del vivere al contempo individuale e collettivo.

Ricorre difatti in quest’opera di straordinaria universalità quell’ambiguità strutturale, cara a Jorge Majfud, fra passato e futuro che un altro romanzo (El mar estaba sereno), in cui espressamente si trattava del tema della relazione fra soggetto e passato, aveva cristallizzato nella formula oltre il futuro c’è il passato: dal momento che ciò che viene è più o meno inscritto in ciò che è stato e che solo nella memoria può aver luogo un qualche sapere, allora l’unica difesa contro la tendenza del futuro – che nessuno può vedere perché “ci arriva alle spalle” – a dispiegarsi come destino inevitabile e incomprensibile è mantenere sempre gli occhi fissi dinanzi a sé, cioè appunto sul passato. “Uno può vedere il passato di fronte a sé”, spiega José Gabriel, “e più chiaramente lo vede più gli sarà facile indovinare ciò gli sta dietro, pur senza poterlo vedere. Io posso veder succedere molte cose, come in un film o in un circo. Anche gli altri possono vedere quelle stesse cose, però le dimenticano, cosicché quando le cose tornano a succedere una seconda volta le confondono con la divinazione del futuro.”

Come a voler ribadire che solo la memoria, singolare e condivisa, alberga gli anticorpi contro il male storico, e che se non si distogliesse mai lo sguardo dal passato non sarebbe forse poi così difficile infrangere l’andirivieni apparentemente cieco del pendolo della storia fra libertà e schiavitù, fra utopia e distopia. Forse José Gabriel ha ragione solo in parte quando crede di giungere alla comprensione di “qualcosa di ovvio”, qualcosa che a ben vedere ovvio non è per nulla: “la libertà non esiste; piuttosto è un’idea astratta, ideale, un mito o un’utopia al pari del Paradiso, e, se esiste, non è di questo mondo. Esiste solo la liberazione, quell’ineguagliabile esperienza di sottrarsi a qualcosa o a qualcuno dopo essere stati impossibilitati a farlo durante molto tempo, così come un bicchier d’acqua diviene un piacere infinito quando si è camminato per ore assetati sotto il sole di un deserto”.

Alberto Asero

https://es.orizzonteatlantico.it/foyer-majfud-mismo-fuego

También Henry Ford apoyó a Stalin (aunque amaba a Hitler)

“También Henry Ford apoyó a Stalin (aunque amaba a Hitler)”

En un panel de la III Conferencia Global 2020 de Nueva York se nos propuso volver sobre el viejo tema de “El rol de los intelectuales hoy”. Para comenzar debo reconocer que nos produce pudor y nos incomoda cada vez que nos presentan con ese título tan elástico y desprestigiado. 

Pero me parece mucho más importante analizar este pudor y este desprestigio como resultado de la lógica de los poderes globales dominantes. Quienes tienen el poder político, quienes manejan ejércitos y son dueños de los capitales gestores del mundo son considerados moderados, realistas y pragmáticos. Aquellos que deben conformarse con el uso de las palabras y las ideas, son acusados de peligrosos radicales, aparte de ser bombardeados con múltiples In: Inmaduros, Inconvenientes, Innecesarios, Inútiles, Insensatos… Pero cuando veas a los intelectuales radicales agrupados de un lado, mira hacia el otro para saber dónde está el verdadero poder y sus mayordomos, los intelectuales orgánicos.

De todas las acusaciones que se les arroja encima, la más popular es la de considerarse iluminados, destructores, autores o cómplices de regímenes catastróficos. Por una razón para nada misteriosa, los nuevos clérigos, los intelectuales orgánicos, los razonables, no acusan ni a religiosos ni a militares ni a poderosos hombres de negocios de lo mismo. De hecho se acepta, como una virtud, que un religioso se autoproclame iluminado, elegido, o salvado, como se acepta que un general se golpee el pecho lleno de condecoraciones por haber salvado la patria y el honor, como si algo de todo eso fuese algo más que ficción criminal. 

No, a pesar de que han sido generales (apoyados por el clero tradicional y en beneficio de los dueños del capital) quienes, por ejemplo en América Latina, han implantado decenas de dictaduras genocidas a lo largo y ancho de la historia. No, a pesar de que son rarísimos los regímenes de intelectuales no orgánicos persiguiendo a militares, a clérigos y a hombres de negocios. La inversa ha sido la constante, la norma.

Sí, el trabajo de los intelectuales no es el de sermonear y menos el de gobernar. Hubo intelectuales mandatarios como fue, por ejemplo, el caso de varios de los llamados Padres Fudnadores de Estados Unidos, más allá de sus graves contradicciones e hipocresías raciales y de clase. O el caso de Nicolas Solomon, Pi i Margall y otros que formaron la Primera República en España en 1873, una isla hundida en poco más de un año en un mar de fanáticos conservadores. O el caso del profesor de filosofía José Arevalo, presidente de la primera democracia en Guatemala en 1944, destruida diez años después por un complot de la United Fruit Company, la CIA y el ejército estadounidense que dejaría 200.000 masacrados en cuarenta años de brutales dictaduras (todos militares y, sobre todo, pragmáticos y exitosos hombres de negocios) y cuya cultura de la impunidad continúa hoy, como en otros países. 

El ideal del poder es que los intelectuales radicales se dediquen a la poesía de alcoba o al análisis del subjuntivo en García Márquez. De hecho, las agencias secretas han invertido fortunas con este objetivo. Pero la neutralidad de un intelectual en los temas sociales es indiferencia, oportunismo o complicidad. La neutralidad, como la remuneración del intelectual orgánico y la condena al intelectual radical son productos que exuda un sistema dominante. Si un soldado está en desacuerdo con un general, las posibilidades de que articule una crítica completa y exhaustiva son mínimas. Lo mismo para cualquier honesto asalariado, desde el gerente de una gran compañía hasta el empleado más humilde de un supermercado. Una crítica menor a sus superiores puede pasar como el impuesto que la compañía y el jefe superior toleran para ser considerados democráticos y tolerantes. Claro que no existen las compañías democráticas. Cuando la crítica cruza ciertos límites, siempre habrá una buena razón para que ese empleado sea despedido. 

Más allá de todas las leyes laborales que existan en cualquier país, un hombre de negocios siempre tendrá el poder de contratar y despedir. Sólo este poder ya es una coacción sobre las críticas, las opiniones y el pensamiento de los subordinados. No por casualidad, este poder de coacción suele estar en manos de aquellos hombres de negocios que sostienen y celebran un determinado sistema (por ejemplo, el sistema capitalista y su variación neoliberal). Si alguien depende de la voluntad o de los deseos de un jefe para sobrevivir, nunca lo criticará de forma radical como puede hacerlo un maldito intelectual. 

La opinión pública no sólo es creada de forma deliberada por agencias de publicidad y por los medios dominantes sino que es, además, una consecuencia natural del poder. Los malditos, los inmaduros, los fracasados intelectuales no pueden presionar. La única fuerza de un intelectual son sus ideas, no la manipulación de la necesidad ajena. Los intelectuales no tienen poder de coacción. 

Bastaría con poner un ejemplo clásico de la crítica orgánica, de los mayordomos del poder internacional. Los intelectuales que se equivocaron apoyando a Stalin son crucificados cada día, pero pocos logran mencionar alguno de aquellos muchos que, aún resistiendo la brutalidad del histórico fascismo en el hemisferio, se opusieron al mismo régimen. Los orgánicos no se cansan de repetir que el filósofo frances Jean Paul Sartre apoyó a Stalin. Fue un apoyo de palabra, un apoyo en base a sus ideas, que es lo más que puede dar un intelectual. ¿Se equivocó? Yo creo que sí, y feo, aunque es más fácil decirlo ahora que hace sesenta años. Pocos recuerdan, y nadie repite en los grandes medios, que venerados hombres de negocios como Henry Ford apoyaron a Hitler y a Stalin no sólo de palabra sino con recursos económicos, técnicos y logísticos. Hitler y Stalin reconocieron y retribuyeron al talentoso y racista empedernido de Ford.

El poder no dice “los inversores son una calamidad que se creen iluminados”. Por el contrario, los mayordomos vuelven siempre sobre el argumento de que “las alternativas al capitalismo nunca funcionaron”. Algunas funcionaron, pero fueron destruidas o arrinconadas a la miseria. 

Ahora, cualquier alternativa que hubiese vencido (militar y económicamente) se habría erigido como el “modelo insustituible”, no sólo moral sino económico. Porque es mucho más fácil ser un exitoso país capitalista que puede acosar al resto del mundo que ser un pobre país capitalista que debe sufrir la gracia del acoso militar y económico de los ganadores. Ni que hablar de opciones diferentes. Como en un torneo medieval, se confunde triunfo con verdad y poder con justicia. Es como si los cristianos se burlasen de Jesús por haber sido un perdedor, torturado, ejecutado y desaparecido por el Imperio de turno como un criminal más. Lo mismo Sócrates, José Artigas, Simón Bolívar y José Martí, entre otros.

Pero los poderes hegemónicos no sólo escriben la historia sino que se presentan como quieren. El mismo sistema que inventó la idea de que nuestro mundo fue creado y es mantenido por los capitalistas y los hombres de negocios, ha despreciado y neutralizado la actividad del intelectual radical mientras secuestraba siglos de inventos y descubrimientos de asalariados, de genios que nada tenían que ver con la obsesión del capital. Sin esos siglos de intelectuales (filósofos, artistas, científicos, humanistas, rebeldes sociales) no existiría lo mejor de nuestro mundo. Seguramente tendríamos alguna forma de Edad Media, más o menos como esa a la que nos dirigimos ahora con fanático orgullo.

JM, agosto 2020

https://www.pagina12.com.ar/287083-tambien-henry-ford-apoyo-a-stalin-aunque-amaba-a-hitler

https://www.huffingtonpost.es/entry/tambien-henry-ford-apoyo-a-stalin-aunque-amaba-a-hitler_es_5f412d11c5b6305f32580cb1

Henry Ford Supported Stalin Too (But loved Hitler)

By Jorge Majfud

Translated by, Le’ Tavia Cummings

 At a panel of the Third 2020 Global Conference in New York, we were proposed to return to the old theme of  “The role of today’s intellectuals.” To begin with I must admit that it produces us modesty and makes us uncomfortable every time we are presented with that elastic and discredited title.

But I think it is more important to analyze this modesty and defamation which results from the logic of the global dominant powers. Whom have political power, those who manage armies and own the world’s biggest capitals are considered moderate, realistic, and pragmatic. Those who must settle for the only use of words and ideas, are accused of dangerous radicals, apart from being bombed with multiple “I and U”: Immature, Useless, Inconvenient, Unnecessary, Insensate, Unintelligible, Inefficient, Unrealistic, Incapable… But when you see radical intellectuals grouped on one side, look to the other to know where the real power and the organic intellectuals are.  

Of all the accusations thrown at them, the most popular is to be considered enlightened, destructive, authors or accomplices of catastrophic regimes. For some mysterious reason, the new clergymen, the organic intellectuals, the reasonable people, are not accused nor are the religious nor the generals nor the powerful men. In fact, it is accepted, as a virtue, for a religious person, to self-proclaim as enlightened, chosen, or saved, as it is accepted that a general, loaded with decorations, praise themselves for saving the homeland and honor as if some of it were more than criminal fiction.

In Latin America, for example, those generals (supported by traditional clergy and for the benefit of the owners of the capital) have been the ones who implemented dozens of genocidal dictatorships throughout history. Non-organic intellectuals’ regimes have been rare, nor have they persecuted military, clergy, and businessmen. The inverse has been the constant, the norm.

Yet the job of the intellectuals is not to lecture, let alone rule. There were in the past a few intellectuals who were presidents. For example, the case of the American founding fathers (beyond their serious racial, class contradictions, and hypocrisies). Or the case of Nicolas Solomon, Pi i Margall, and others who formed the First Republic in Spain in 1873, an island that lasted one year and was sunken in a sea of conservative fanaticism. Or the case of the professor Jose Arevalo, the president of the first democracy in Guatemala in 1944, destroyed ten years later by a plot by the United Fruit Company, the CIA, and the U.S. military that would leave 200,000 massacred in forty years of brutal dictatorships (all military and, above all, pragmatic and successful businessmen) and whose culture of impunity continues today, as in other countries.

The ideal of power is that the radical intellectuals dedicate to courtesan poetry or the analysis of the subjunctive in García Márquez. In fact, the secret agencies have invested fortunes with this objective. But the neutrality of an intellectual in social matters is indifference, opportunism, or complicity. Neutrality, such as the remuneration of the organic intellectual and the condemnation of the radical intellectual are products that transpire a dominant system. If a soldier disagrees with a general, the chances he will exercise a complete criticism are minimal. Same for any honest employee, from the manager of a big company to the humblest employee of a supermarket. A lesser criticism of his superiors can pass as the moral tax that the company and the senior chief accept to be considered democratic and tolerant. Of course, there are no democratic companies. When open criticism crosses certain limits, there will always be a good reason for that employee to be fired.

Beyond all the labor laws that exist in any country, a businessman always has the power to hire and fire. Only this power already is coercion against the critics, the opinionated, and the free thinking of the subordinates. Not by chance, this power of coercion normally is in the hands of some businessmen who support and celebrate a system (for example the capitalist system and its neoliberal variation). If anyone depends on the will or desires of a boss to survive, it will never criticize him or openly fight injustice as a damned intellectual can.

The public opinion is not only created deliberately by advertising agencies and by the dominant media, but it is also a natural consequence of power. The damned, the immature, the loser intellectuals cannot push the same way. The only force of an intellectual is his ideas, not the manipulation of others’ needs. Intellectuals have no power of coercion.

It would be enough to put a classic example of the organic criticism, of the butlers of international power. The intellectuals who were wrong supporting Stalin are crucified every day, but few ones manage to mention some of those many who, still resisting the brutality of the historical right-wing fascism in the hemisphere, were opposed to the same left-wing dictator. The organic ones do not get tired of repeating that the French philosopher Jean-Paul Sartre supported Stalin. It was a support of word, support based on its ideas, that is the most an intellectual can give. Was he wrong? I think so, and badly, although it is easier to say it now than it was sixty years ago. Few remember, and no one repeats in the big media, that many capitalist businessmen, as Henry Ford, supported both Stalin and Hitler, not just with words but with technical, logistic, and economic resources. Both Hitler and Stalin praised racist and skillful Henry Ford for his invaluable help, even during WWII. 

Power does not say “The investors are a calamity who believe they are enlightened.” On the contrary, the chiefs always return to the argument “the alternatives to Capitalism never worked.” Some of them did work, but they were destroyed or blocked to poverty.

Now, whatever alternative that had succeeded (military and economically) would have been presented as the “irreplaceable model,” not just moral but also economic. Because it is much easier to be a successful capitalist country that can harass the rest of the world than to be a poor capitalist country that must suffer the grace of the military and economic harassment of the winners. Not to mention different options. Like in the medieval era, triumph is confused with truth and power with justice. It’s like if Christians mock Jesus for having been a loser, tortured, executed, and disappeared by the Empire of the day as one criminal along with two others. The same Socrates, Jose Artigas, Simon Bolivar, and Jose Marti, among others.

But hegemonic powers not only write history but also present themselves as they want. The same system that invented the idea that our world was created and maintained by capitalists and businessmen, has despised and neutralized the activity of radical intellectual work while robbing and kidnaping centuries of inventions and discoveries made by wage earners, of geniuses that had nothing to do with capital obsession. Without these centuries of intellectuals (philosophers, artists, scientists, humanists, social activists) there would be not the best in our world. Surely, we would have some form of Middle Ages, like that we are heading towards now, with fanatical pride.

(video recuperado)

respondo de una a varias consultas de los últimos días. este video ha sido reestablecido (subido de nuevo ayer) por los organizadores de la Conferencia Global. el video en cuestión tuvo algunos accidentes pero, de cualquier forma, aquí está subido de nuevo por los organizadores, sin cortes ni censuras

Diccionario de autobiografías

(de DICCIONARIO DE AUTOBIOGRAFÍAS INTELECTUALES, editado por Hugo Biagini)

Autobiografía intelectual

Querido amigo Hugo Biagini. Finalmente me has convencido de escribir unas palabras para tu libro Autobiografía intelectual. El hecho de que estoy orgulloso de mis amigos (en particular de aquellos que, como vos, han dejado una huella para futuros exploradores) es una parte central de cualquier posible autobiografía. En mi caso, si alguna idea, si algún libro dejaré con algún mínimo valor para otros, es algo que deberán determinar los otros. Por eso solo comenzaré y terminaré por el principio.

Como nadie elige dónde y cuándo nacer, a mí me tocó uno de los peores momentos de la historia de mi país. Crecí en una familia dividida más por la política que por la animosidad personal entre aquellos que estaban en bandos opuestos, unos militares o a favor de la dictadura militar y otros rebeldes que fueron torturados y encarcelados, cuyo mayor delito fue dar de comer a fugitivos políticos y pensar diferente a las elites enquistadas en el poder. Mi abuelo fue torturado por el militares de bajo y de alto rango. Como era costumbre, los “héroes de la patria” sólo peleaban a puño limpio cuando el detenido tenía las manos atadas por la espalda. Ese fue el caso del famoso capitán psicópata Nino Gavazzo y mi abuelo Ursino Albernaz. Uno de mis tíos, Carlos, fue capturado y torturado en los campos de Tacuarembó de la misma forma que los personajes de alguna de mis novelas. A los cuatro años debí presenciar cuando su esposa se pegó un tiro en el pecho, luego que los militares le dijeran que lo habían castrado. Con algunas lagunas que me ha llevado varias novelas y casi toda una vida explorar, mi memoria ha sido siempre implacable, razón por la cual mi abuela me daba mensajes para memorizar y pasar a mi tío en el patio de la cárcel de Libertad destinado a las visitas de niños. El resto de mi infancia, toda en los años 70s, lo pasaría entre visitas a las cárceles y el silencio en la escuela; entre las vacaciones en la granja de mi abuelo en Colonia del Sacramento, frente a Buenos Aires (donde alrededor de un farol sobre la mesa gigante de la cocina de mi abuela visitantes extraños hablaban de prisioneros en Argentina arrojados drogados desde aviones al Rio de la Plata) y los discursos oficiales que hablaban de la paz y la democracia que disfrutábamos. Mi padre era del partido conservador; mi madre no. Entre sus muchas esculturas que poblaban nuestra casa y la carpintería de su esposo, hubo alguna vez un busto de Karl Mark que hizo por encargo y nunca pudo entregar porque los soldados lo descubrieron y jugaron a la pelota con su cabeza. Una vez los “soldados de la patria” destruyeron un panel del cielo raso de mi dormitorio buscando algo. Sus botas, su arrogancia, el jeep en la calle, cada detalle permanecerá en mi memoria, probablemente hasta que me muera. Debido a mi natural hiperactividad, eso que hoy se considera un síndrome o un defecto, aprendí a leer y escribir antes de entrar en la escuela. De esa época conservo absurdas faltas ortográficas. El doctor Alejandro, el médico de la familia, me proscribió los libros primero y los diarios después, así que debí conformarme con leer patas arriba el diario que mi padre leía todos los mediodías del otro lado de la mesa. Por entonces, tanto la medicina como la política oficial (mi tío Carlos había enterrado sus pocos libros, como un tesoro o como un cadáver) me habían demostrado que leer y querer entender este mundo era algo peligroso. Así que empecé a leer a escondidas los libros que mi padre cambiaba por muebles y nunca leía. Leí todo Shakespeare con miedo de ser descubierto. De la misma forma comencé a escribir en una vieja máquina que mi padre mantenía bajo llave en el dormitorio que compartía con mi hermano. Y continué escribiendo a escondidas hasta hoy, hasta que algunos libros se publican y casi nadie en la familia se entera. (Mi esposa siempre se queja que es la última en enterarse de mis últimos libros publicados y yo hago lo imposible para que mi hijo no los lea. Solo espero que, cuando lea estas palabras, sea un hombre adulto capaz comprenderme). Mi infancia fue, por lejos, más dura que la de mi hijo y, paradójicamente más libre. Mis padres nunca estuvieron arriba de mí para que tenga buenas notas ni para que me portase bien. Así que tenía buenas y malas notas, me portaba bien y me portaba mal sin que nada de eso significase una tragedia ni los llenase de miedo por un futuro de incompetente. No teníamos tantas excitaciones ni distracciones tecnológicas aparte de nuestra propia imaginación. Nuestro mundo, aunque cruel, no estaba obsesionado con la idea de competir, ganar o fracasar. Desde el primer año de primaria iba caminando con mi hermano mayor las largas cinco cuadras a la escuela y solíamos esperar que pasara el tren pocos metros de la puerta de la escuela, un edificio antiguo que goteaba sobre nuestras cabezas cuando llovía y se inundaba el patio central. En la secundaria cada tanto sacaba las peores nota en filosofía y en física por distraerme leyendo a Sartre o a Einstein, dos sujetos que no estaban en el plan de estudios. A mí me salvó el cariño, riguroso y negligente de mis padres y de mis abuelos, amor sin presión ni acoso académico. Trabajábamos siempre, pero nunca lo vivimos como una explotación sino como un pesado método pedagógico. Así, desde muy chicos debíamos limpiar la carpintería, repartir remedios en bicicleta hasta altas horas de la noche, ordeñar vacas en la granja del abuelo antes que saliera el sol y cuando la escarcha curtía las manos y los pies, recoger higos durante horas, plantar papas o cosechar tomates bajo el implacable sol del verano. Cuando debí marchar a Montevideo para estudiar arquitectura, sufrí la más profunda nostalgia por el campo y mi familia, como cualquier muchacho del interior, y, al mismo tiempo, la euforia poética de descubrir una ciudad llena de historia, llena de librerías que solían estar abiertas hasta casi la medianoche, repletas de gente leyendo contratapas y por lo cual alguna vez me quedé sin el dinero para el resto del mes y debí resistir cinco días con un trozo de pan y mucha agua. Pero lo momentos de mayor euforia existencial los experimenté leyendo durante horas en mi desolada habitación de estudiante, estudiando con profunda fascinación la teoría de la relatividad de Einstein hasta donde las matemáticas me dieron para seguirlo, leyendo los clásicos de la filosofía y la literatura del siglo XX y escribiendo ficciones que solo yo podía entender hasta que entendí que no había literatura si alguien más no entendía lo escrito, si no había al menos un mínimo espacio común entre la escritura y la lectura, entre el escritor y el lector, aunque nunca coincidieran totalmente. Cuando pude, llevé esa misma euforia por descubrir el mundo por cuarenta o cincuenta países. Me sumergí en la escritura de mi primer libro de ensayos en los rincones menos explorados de África, mientras trabajaba como arquitecto y aprendía a diseñar barcos en el Astillero Naval de Pemba. Volví a trabajar como calculista de estructuras en Uruguay y otros países como España o Costa Rica hasta que mi última aventura (abandonarlo todo una vez más, esta vez por mi primera y persistente pasión, la literatura) me detuvo en algunas universidades de Estados Unidos. Demasiado tiempo, tal vez. Hoy, rodeado de obligaciones, quisiera volver al camino de la irresponsabilidad. Pero también Rocinante ha envejecido y a Don Quijote le quedan sus primeras batallas, las batallas de la pluma y los libros en un mudo que nunca termina por aceptarme ni yo logro aceptar nunca. Ahora, como dijo uno de mis personajes en El mar estaba sereno, “más allá del futuro está el pasado”. O algo así. Esta es una verdad existencial que tarde o temprano se siente, que tarde o temprano se realiza, no importa cuán optimistas sobre el futuro queramos ser. Nuestros personajes siempre saben más de nosotros que nosotros mismos.

jm

No señor, usted no es capitalista

“No señor, usted no es capitalista”

Un atardecer de otoño de 2008 o 2009 tuve una conversación en un estacionamiento con uno de los guardianes del campus de la universidad en Pennsylvania en la que trabajaba. El señor, un hombre en sus sesenta a quien siempre aprecié y creo que él me apreciaba igual, con una seguridad que se la envidio, me dijo:

“Yo pienso así porque soy capitalista”.

Agotado por una larga jornada le dije, sin pensar que no era el momento ni el lugar:

“No, señor, usted no es capitalista. Usted es un trabajador asalariado. Usted no es capitalista, sólo tiene fe en el capitalismo, como tiene fe en Jesús; pero de la misma forma en que usted no es Jesús, tampoco es capitalista”.

JM, julio 2020