La raza superior siempre se tiene fé

En 2015 el presidente Barack Obama inauguró el Global Health Security and Biodefense para prevenir futuras pandemias.

En 2017 el presidnete Donald Trump la redujo lo más que pudo para ahorrar recursos y revertir otra idea de su predecesor mulato.

En 2019 Trump creó una “Fuerza Espacial” que anunció con bombos y platillos como la cuarta fuerza militar de Estados Unidos para una nueva guerra de las galaxias. En poco tiempo se emplearon 16.000 funcionarios y se destinaron 15.000.000 millones de dólares para la nueva guerra por inventar. 

Meses después, en 2020 la epidemia COVID 19 destruyó todas las ganancias de los últimos cinco años de “negocios primero” y recortes de impuesos para los ricos en Wall Street y seis millones de pustos de trabajo en solo tres semanas. Cuando una periodista le preguntó por los criterios para definir el fin de la crisis, el presidente Trump señaló su cabeza con un dedo e indicó que la decisión suprema no estaba en la ciencia sino allí adentro. 

En 1897, el futuro presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, luego de insistir como muchos otros políticos en la fortuna de ser hombre y blanco para tomar sabias decisiones, había publicado que “la democracia de este siglo no necesita más justificación para su existencia que el simple hecho de que ha sido organizada para que la raza blanca se quede con las mejores tierras del Nuevo mundo, desde América hasta Australia… Afortunadamente, la democracia, con un claro instinto egoísta en favor de la raza blanca, ha sido capaz de mantener alejadas a las razas invasoras”.

 

JM, abril 2020

 

¿Nos dirigimos a la Fase Andes 72?

No pocas veces en mis clases he propuesto el análisis del caso de la tragedia de los Andes de 1972. Esta es una de las pocas historias relevantes donde el factor político es mínimo, casi inexistente (consideremos que hasta la crucificcion de Jesús está cruzada y definida por poderosas motivaciones políticas). Por lo general, en la discusión suelen surgir dos grupos: algunos estudiantes reconocen que no saben cómo actuarían en una situación semejante mientras otros, de plano, afirman que jamás recurrirían a la antropofagia para sobrevivir tres meses en un valle helado de los Andes. 

Sin considerar los casos antiguos de canibalismo con una fuerte carga ritual, la historia moderna registra múltiples casos de antropofagia por parte de gente considerada civilizada, desde la fundación de la primera colonia anglosajona en Estados Unidos hasta la brutal conquista del Oeste. La vida en este planeta existe gracias al instinto de conservación, notoriamente complementado con el instinto sexual para acelerar la diversidad genética y así la adaptación evolutiva a medios inhóspitos y cambiantes. El instinto de conservación es tan fuerte que es capaz de echar mano a recursos que en otras situaciones serían impensables e imperdonables. Nadie puede asegurar cómo reaccionaría ante una situación extrema y mucho menos cuando esa situación se prolonga por semanas, por meses.

Obviamente que en esta pandemia de COVID 19 no estamos en esa fase de la desesperación. Más bien estamos lejos. Pero vamos en esa dirección y basta un detonante para que las piezas de dominó desaten su energía destructiva. Por varias razones, lo que antes la gente llamaba “normalidad” nos condujo a esta crisis y nos conducirá a otras (el consumismo irracional, el desmembramiento o negligencia de la trama social, de los programas y servicios sociales, desde los médicos hasta las coberturas laborales, asistenciales y de suministro de alimentos, el fanatismo de los líderes mundiales y sus “yo y nosotros primero”, apoyado por furiosas hordas y sectas de frustrados racistas). 

Para muestra de este absurdo bastaría anotar que hace pocos días los productores en Estados Unidos estaban arrojando desde camiones cisternas millones de galones de leche en buen estado a las cloacas, mientras miles de personas (de sus propios conciudadanos) a kilómetros de distancia hacían horas de fila para recibir un poco de comida gratis. La lista es extensa. Obviamente que los negocios y la ley de “los beneficios primeros” no son buenos coordinando algo que no tiene un beneficio inmediato ni nunca fueron buenos considerando las externalidades de la economía. De hecho, la solidaridad de donar lo que no se puede vender podría afectar negativamente los precios, por lo cual es mejor destruir los alimentos que otros desesperadamente necesitan. 

Tal vez con la excepción del salto del virus de un animal a un ser humano, nada del resto es por puro azar. Esta crisis muestra y demuestra que la base principal de la economía no es la economía; que la base de los maravillosos negocios no son los negocios; que la base del éxito de los exitosos no es meramente el éxito de los exitosos; que todas esas cápsulas ideoléxicas son dogmas, fundamentalmente esparcidos desde la cultura, desde la política, desde los medios y desde los poderosos intereses financieros de Estados Unidos, tanto que hasta en otras culturas deben usar las mismas palabras en inglés para expresar correctamente lo que dice el dogma asimilado. 

 Si el mundo y los países más afectados no vuelven, al menos por un tiempo, a eso que antes se llamaba “normalidad”, esa leve fiebre que no enciende las alarmas, en algún momento (imposible predecir cuándo y dónde) las personas más civilizadas del planeta van a entrar en la fase Andes 72. Esto significa que podemos estar moviéndonos a una serie de estallidos sociales donde hasta el individuo más sensible, racional y civilizado pasa del respeto y la solidaridad social a la desesperada búsqueda de la sobrevivencia individual y familiar. 

Ojalá que estemos lejos de ese momento y que las cosas se reviertan antes. También esto es probable. Pero no subestimemos la fuerte posibilidad de un escenario Andes 72. Diez años atrás habíamos escrito que esta posibilidad se daría con el agravamiento de la crisis ecológica y las diferencias sociales. Probablemente la pandemia del Coronavirus haya adelantado esa catastrófica posibilidad. De por sí ya es una catástrofe. El año pasado agregábamos: “los seres humanos somos especialistas en mentirnos y solemos despertar con alguna crisis, como un conductor que se duerme al volante mientras maneja y algo indeseable lo devuelve a la realidad”.

Ahora el mejor escenario consiste en que (1) no lleguemos a ese punto de quiebre y que (2) como sociedad global tengamos la sabiduría de pensar globalmente y no meramente en base a los alegres dogmas que solo ven beneficios financieros a corto plazo. Los dogmas ideológicos que pretenden estar libres de ideología deberán ser revisados con más seriedad y con menos arrogancia de parte de sus creyentes. Como por ejemplo aquella ley sagrada de que “la búsqueda del interés personal conduce al bien común; una mano invisible organiza, equilibra y armoniza los intereses individuales en el bienestar colectivo, alcanzando el óptimo social como un resultado involuntario e ideal de la conducta espontánea de los hombres”. 

Por supuesto que todos tenemos intereses personales y suelen ser todos muy diferentes. Por supuesto que todos apreciamos la libertad individual y no toleramos la arbitrariedad de ningún poder estatal o privado que nos limite y nos imponga su fuerza sin más razón que el beneficio y la libertad de esos poderes y su elite beneficiaria. Pero cuando una dimensión humana se convierte en ley, como una secta basa toda su teología en una sola frase bíblica, se convierte en dogma. La actitud que sacraliza el interés personal por sobre todo lo demás (por casualidad, siempre es el interés personal de los más fuertes) es una especie de sublimación civilizada de los instintos más profundos y arcaicos de canibalismo. Así, un dogma adoptado por una mayoría termina llevando a la mayoría, o a todos, a la catástrofe, como las ratas encantadas del flautista de Hamelín.

Para empezar será necesario sacar del poder a todos aquellos jefes de Estado que entienden que un líder es un ganador (como un empresario exitoso que gana destruyendo a la competencia) y no un líder racional, alguien que no desprecia ni la ciencia ni la crítica, que posibilita entendimientos y cambios coordinados en beneficio de la sociedad (global) para beneficio de sus miembros (países, individuos) y no al revés, que es lo que hasta ahora han propuesto y practicado los enardecidos nacionalistas con su mentalidad tribal, los fanáticos de los negocios primero, de la acumulación, del consumo irracional y la destrucción ilimitada como única definición posible de éxito

 

JM, abril 2020

 

La vana arrogancia de los expertos

Dr., Máster, o lo que sea, Canciller de Uruguay Ernesto Talvi:

De mi mayor consideración.

Es verdad que cada una de las ideas y declaraciones del general, ex comandante del ejército uruguayo del pasado gobierno del Dr. Tabaré Vázquez (y, como es tradición en América Latina, rebelado contra su presidente a falta de mayor promoción) Manini Ríos, no tienen forma de defenderse sin caer en niveles cloacales. 

Pero si el general Manini quiere discutir sobre si más Keynes y si menos Friedman en el actual gobierno de derecha de nuestro país, no debería usted responder con una profunda muestra de debilidad y arrogancia descalificado a su temporal adversario por no ser economista. (A decir verdad, en realidad es su socio; usted no estaría donde está sin sus votos; si él traicionó a quien lo designó y promovió, no haga usted lo mismo para quedar bien con la historia). Es exactamente lo que hacen los ineptos: le refriegan su título al adversario dialéctico como si fuese un argumento. “Yo no me meto en temas militares; que él no se meta en temas de economía”, más o menos ha dicho usted en la televisión local.

Podemos estar de acuerdo en que hoy en día cualquiera se toma el atributo de discutir sobre cualquier especialidad, y por lo general con notable superficialidad y vana arrogancia, pero la opción contraria es aún peor. ¿Se imagina usted no discutiendo nada que no caiga dentro de lo aceptado como “economía”? Pues, usted debería estar en silencio la mayor parte del tiempo, lo cual no es el caso, sobre todo desde que entró en la arena política.

Pero si el general Manini Ríos o cualquier otra persona quiere discutir sobre la pertinencia de Keynes y Friedman en nuestros días, no importa si es militar, médico o vendedor de helados. Imagine que se me ocurra a mí decir que en una reunión sólo yo puedo opinar de arquitectura porque soy el único arquitecto en un grupo dado. O de relaciones internacionales, sólo porque resulta que doy clases de eso en alguna universidad del mundo. No tendría ningún sentido, aparte de hacer el ridículo. Esa soberbia de decir que “esa discusión ha sido saldada hace cuarenta años” vale lo mismo que decir que usted no quiere discutir el fondo de las dos opciones. Artigas y Jefferson murieron hace un par de siglos, y hoy los ejemplos de cada uno echarían mucha luz en cualquier discusión, si se diera (creo que el primero llevaría amplia ventaja en las cuestiones éticas sobre la justicia social y el racismo, pero eso sería parte de la discusión).

Los “expertos” en el poder y bastante fuera de práctica académica o de ejercicios intelectuales profundos que hace tiempo se daban en nuestros cafés del sur, no se cansarán nunca de proclamar que los asuntos del pasado, pasados son; que las discusiones teóricas de cuarenta años atrás “están saldadas”, como si se tratase de una discusión entre física newtoniana y la física cuántica y hoy no hubiese profundas divergencias en las opiniones de los “expertos” en economía, muchos de los cuales han sido distinguidos con premios Nobel y no le tienen miedo a discutir la pertinencia de Keynes o de Friedman. Por no mencionar los editoriales y las discusiones semanales en publicaciones liberales como The Economist, del que seguramente usted será suscriptor. Los expertos en economía no predijeron ni la gran crisis de 2008 ni siquiera se imaginaron que la base de toda la economía no tienen nada que ver con la economía y los negocios, como ha quedado demostrado con la devastadora pandemia de COVID 19 que en estos momentos sufrimos. ¿Se imagina usted a los genios de los Chicago Boys, a los creyentes de Milton Friedman y sus variaciones maquilladas proponiendo la “mano invisible del mercado”, de los negocios sin externalidades, y del poder absoluto de “los beneficios primero” como forma de solucionar esta catástrofe?

Eso de que “el dilema X es una discusión saldada” y que nadie puede hablar de economía excepto expertos en economía como usted, sobre todo cuando se lo dice desde las alturas del súbito poder (aunque sea de un país pequeño) y desde la arrogancia ideológica (usted ha dicho que en la Universidad de Chicago ha aprendido que la economía es cuestión de datos duros, cosa que ni los economistas más celebrados del planeta se lo creen) es como como si una mujer con un ojo morado no tuviese derecho a reclamar por violencia doméstica porque los hombres solían pegarle a sus mujeres en tiempos de la prehistoria y desde entonces muchas cosas han cambiado. Es decir, según esa costumbre servil de explicar la realidad para los de abajo, ya no existe el imperialismo, ni la hegemonía, ni las elites legislando en su favor, ni las narrativas de los grandes medios funcionales a los grandes intereses económicos ni un largo etcétera. Todas esas son discusiones viejas, sesentistas, del siglo diecinueve. Como lo puso en práctica el propagandista Edward Bernays hace más de medio siglo, con resultados sorprendentes e irrefutables, la mejor propaganda de un sistema de dominio económico y político consiste en hacer que los supuestos expertos digan lo que nosotros queremos que otros escuchen y crean. Descalifica, descalifica que algo quedará.

Pues, no, Dr. Talvi. Muchas cosas no han cambiado desde hace doscientos años. Lo que han cambiado son los discursos y las excusas de los “expertos” para que quienes están en el poder nacional (usted ahora) y en el poder internacional (olvídese, usted no está ni estará nunca ahí; es solo un colaborador) continúen haciendo lo mismo: cambiar para que nada cambie.

Personalmente no creo que usted haga todo esto de forma deliberada, aunque me puedo equivocar. Sospecho que usted no es un hombre malo. Tiene usted toda la razón cuando dice que sin justicia no hay república. De hecho, sin justicia no hay casi nada.  Lo que dice y hace es porque se cree un experto. Igual, las clases privilegiadas siempre creen que tienen razón y entienden la realidad mucho mejor que el resto de la sociedad porque toman whisky etiqueta negra mientras los tontos se conforman con vino de mala calidad y no saben que la discusión entere Keynes y Friedman fue saldada hace cuarenta años cando los Chicago Boys hacían lo que se les antojaba en las dictaduras amigas de América Latina y recibían tsunamis de dólares de Washington para demostrar que estaban en lo cierto.

Atentamente

Jorge Majfud

 

 

 

 

 

 

Basta de decir que nadie es responsable de la pandemia

Aunque no haya culpables por esta pandemia, hay que dejar de decir que nadie es responsable de la magnitud de la tragedia. Varios líderes mundiales deberían ser juzgados ante una Corte internacional por irresponsabilidad, fatua egolatría, arrogancia exitista, vanidad, avaricia y fanatismo, pero sabemos que no lo serán y ellos también lo saben y actúan como tales. Sin ellos, con gente más racional, más humilde (con líderes que no se arroguen la facultad de hablar en nombre de Dios), la tragedia pudo haber sido mucho menor de lo que es y de lo que será. 

El mundo ya no será el mismo luego de la peste aunque buscará desesperadamente volver a “la normalidad”, porque a la locura siempre le ha gustado llamarse así. Los ideólogos del neoliberalismo, del capitalismo salvaje, los profetas del interés propio, del progreso individual, de la agresividad de los negocios y los beneficios primero como religión no desaparecerán; heridos de muerte, se volverán aún más agresivos y el resto de la humanidad seguirá esperando la próxima pandemia, la próxima catástrofe climática para salir corriendo desesperados a buscar una solución. Y será tarde. Algo mucho peor que la actual pandemia del coronavirus.