Premio Literario Internacional Independiente 2019

 

Se otorgó en Italia el Premio Literario Internacional Independiente en su séptima edición que distingue a escritores en lengua italiana, francesa y española en los géneros de libros publicados en novela y poesía y en inéditos presentados a concurso en los mismos géneros.
Este año el certamen estuvo dedicado a la memoria del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, Premio Cervantes 1980.


Los premiados han sido, por categoría de Novela editada en 2019, el estadounidense Jorge Majfud, por su novela El mismo fuego, y por novela inédita Tiempos de batalla, de la colombiana María Ligia Acevedo. En poesía publicada, el primer premio fue para Raquel Vázquez, de España, con Lenguaje ensamblador, mientras que en categoría inédita se premió a la también española Ana Vega, por su poemario Origen.
Por su parte, los finalistas fueron: En novelas editadas, Edmée Pardo (México), con Las lágrimas de Tánato. En categoría inédita, Christophe Vallée (Francia), con Vol d’enfance, Fernando Rivera Díaz (Perú), con Cenotafios y María Ligia Acevedo (Colombia), con Tiempos de batalla. En poesía publicada, los finalistas fueron: Alexis Soto Ramírez (Cuba), La moda albana, Giancarlo Stoccoro (Italia), Prove di arrendevolezza. En categoría poesía inédita, los finalistas fueron Angela Caccia (Italia), con Malinconico felice y Eloisa Ticozzi (Italia), con La cura dell’infinito.

A juicio de la entidad organizadora Orizzonte Atlántico, el primer premio en novela editada, El mismo fuego de Jorge Majfud es “es una autobiografía existencial basada en las experiencias del autor durante la pasada dictadura militar en Uruguay”, mientras la novela inédita premiada, Tiempos de batalla “habla de los avatares de los seres humanos en su paso por el mundo y cuanto afrontan con valentía y decisión en procura de alcanzar las metas que se proponen en cada etapa de sus existencias”. E poesía publicada “Lenguaje ensamblador de Raquel Vázquez es un poemario que busca adentrarse en los límites y aristas del lenguaje” mientras que en categoría de poesía inédita, Origen, de Ana Vega, “El poemario busca indagar en el origen de la palabra, en esa búsqueda de la expresión exacta, desnuda”.

Premio Literario Internacional Independiente. 2019 Séptima edición.
Orizzonte Atlantico, Italia
Agenzia letteraria, P.IVA 12184030018
Associazione culturale, CF 94078090019
premio@plii.it
https://www.orizzonteatlantico.it/2019-vii-edizione?lang=es

 

Premio Literario Internacional Independiente 2019

 

 

El mayor mito de la historia

De cómo el “mundo rico” duerme sobre los despojos del pasado

Comencemos por un lugar común que todavía no pudimos refutar: el dinero no lo puede comprar todo. Es, por este axioma, por lo cual quienes tienen mucho de eso detestan tanto todo aquello que no se puede comprar. Como la dignidad, por poner sólo un ejemplo. 

Ahora dejemos de lado a los dueños del mundo y veamos qué ocurre con el resto. Quienes ven más gente por debajo que por encima y que, por alguna razón profunda, sienten una comezón en la conciencia, necesitan comprar también confort moral y se compran cien paquetes de “todo lo que tengo, lo tengo gracias al esfuerzo propio”, “si no soy más exitoso es porque los holgazanes me roban a través del Estado”, “si no fuera por nosotros, el país se hundiría en la miseria”. Etcétera. 

Es verdad que hay gente sacrificada y hay holgazanes de primera, pero esos son factores de la ecuación, no la ecuación completa. Pongamos un ejemplo obvio que es invisible o inexistente en los grandes debates mundiales. Mientras uno duerme en un país paradójicamente llamado desarrollado (como si el desarrollo fuese un estado terminal descrito por un pasado participio) el oro que se apila por toneladas en los grandes bancos no duerme. Trabaja, nunca para, y trabaja billones de veces más que cualquier orgulloso empresario desclasado, de esos que hasta en Cochabamba ahora se llaman entrepreneurs. Una buena parte de ese oro fue literalmente robado de varios países latinoamericanos y africanos, por varios siglos. Sólo en las primeras décadas de la Conquista americana, más de 180 toneladas de oro y 16.000 toneladas de plata se embarcaron de México, Perú y Bolivia hacia Europa. Los registros de impuestos de Sevilla no dejan lugar a muchas discusiones. Para no seguir con el guano, el cobre, el café, las bananas del resto del continente; los diamantes, el oro y lo más valioso de las entrañas de África. Para no seguir con las riquezas que siglos de colonialismo nórdico arrebató de diferentes continentes del sur con sangre de millones que quedaron en el camino de este negocio ultra lucrativo que definió la jerarquía del mundo. Lo único que los imperios dejaron en esos continentes fue miseria y una profunda cultura de la corrupción, asentada en el despojo legitimado y en la ausencia de justicia ante el racismo y la brutalidad, física y moral, de los poderes locales contra los de abajo, de los mestizos que, al golpear a un indio en Bolivia, en Guatemala, o a un negro en Brasil, en el Congo,  se sentían (y se sienten) blancos arios. 

Más allá de sus méritos propios en otras áreas, Europa y Estados Unidos no se hicieron solos. Se hicieron gracias al trillonario despojo del resto del mundo. Nada de ese “desarrollo” logrado en los siglos previos se evaporó. Ni un gramo de esas toneladas de oro y plata se evaporó. Ni la vergüenza se evaporó, porque nunca existió o sólo castigó a los mejores europeos, a los estadounidenses más valientes, que terminaron demonizados por las serviles narrativas sociales.

Cada tanto aparece alguna queja displicente de los desarrollados del mundo o de sus orgullosos bufones sobre las quejas de los pobres acerca del pasado y del presente. “Los pobres no salen de su pobreza porque no se hacen responsables de su presente”. Hasta dos generaciones atrás se explicaba todo por la “inferioridad de las razas” (Theodore Roosevelt, Howard Taft, Adolf Hitler y millones de otros) y ahora se prefiere arrojar, como una bomba de racimo, bellezas como “la enfermedad de sus culturas” y “la corrupción de sus gobiernos”. 

Es una verdad existencial que uno debe hacerse cargo de su propia vida sin descargar en otros los fracasos propios. Uno debe jugar con las cartas que le tocaron. Pero también es una simplificación criminal cuando aplicamos esta misma lógica del individuo a los pueblos y a la historia, como si cada país se hiciera de cero cada vez que nacemos. Los individuos no heredan los pecados de sus padres, pero heredan sus ideas y todos sus bienes, aún cuando fueron logrados de forma inmoral o ilegítima.

Gracias a ese orden, el mundo tuvo como monedas globales el peso español, la libra inglesa y el dólar estadounidense. Gracias a tener una divisa global y dominante, no sólo fue posible instalar cientos de bases militares alrededor del mundo para hacer buenos negocios, sino que desde hace décadas basta con imprimir dólares sin aumentar el depósito de oro de las reservas nacionales. Si cualquier país menor imprime papel moneda, automáticamente destruye su economía con hiperinflación. Si Estados Unidos, Europa y ahora también China hacen lo mismo, simplemente crearán valor como quien recoge agua un día de lluvia, succionando ese valor de los millones de depósitos de millones de ahorros de millones de trabajadores alrededor del mundo. (Hace un tiempo, en un debate de una universidad, un economista me dijo que esta idea no tiene sentido, pero no fue capaz de articular una explicación). 

Creer que sólo existe el pecado, la responsabilidad y los méritos individuales es el mayor mito (producto de la ideología protestante) de los últimos siglos que mantiene un sistema de explotación global. Cuando un pobre diablo (me incluyo) trabaja siete días a la semana, tiende a creer (quiere creer) que todo lo que ha logrado es sólo por mérito propio. De igual forma, cuando un pobre diablo trabaja siete días a la semana en un país pobre de América Latina o de África, lo vemos con condescendencia por no ser tan inteligentes y meritorios como los otros (nos-otros). Pero el oro acumulado en los bancos por siglos, las riquezas robadas con las mismas manos de sus víctimas, los privilegios arbitrarios debido a un orden que hace las cosas posibles para unos e imposibles para otros, continúa trabajando para los inocentes herederos de siglos pasados. 

Como esta es una verdad enterrada, no sólo por la propaganda del poder sino por la mala conciencia de los de abajo, unos deciden perpetuar este orden de cosas comprando confort moral, justificándose con cien unidades de “yo lo merezco; quienes lo cuestionan son inadaptados, demonios que merecen la cárcel o la muerte”. Entonces, se transforman en soldados dialécticos disparando argumentos llenos de bilis a quienes incomodan ese confort moral. Las municiones más baratas son: “si no estás de acuerdo con el sistema, no votes”, “si no estás de acuerdo con este país, vete a otro”, “si no estás de acuerdo con que existan pobres, dona tu casa a los pobres”, “si no estás de acuerdo con nosotros, arruinate y vete a vivir debajo de un puente”, “si crees que los inmigrantes pobres merecen ser tratados como seres humanos, lleva a dos o tres a dormir en el cuarto de tu hija” y toda esa batería mediocre pero efectiva. Efectiva, precisamente porque es mediocre; no por su calidad McDonalds es el restaurante más popular del mundo. 

Otros prefieren decir lo que piensan, aunque lo que piensan no convenga a sus intereses ni a su confort moral. Por el contrario, sólo les trae más problemas. 

Pero de ellos es eso que no se puede comprar con dinero.

 

JM, diciembre 2019