Memorias mínimas

A finales del siglo pasado, cuando era un estudiante solitario, más bien raro (decían mis amigos), en Montevideo, solía pasar períodos sin comer por mi mala costumbre de no calcular el futuro.

Una vez estuve cinco días sin comer, pero asistiendo a toda mis clases.

–¿Qué te pasa? –me preguntó una vez uno de mis mejores amigos, Maxi Meilán–. Pareces un mendigo, demacrado y sin afeitar.

El hambre, o la conciencia de haber hecho algo equivocado, no me dejaban dormir. Los fines de semana salía a caminar por la rambla y por los barrios más modestos de Montevideo. Recuerdo la Ciudad Vieja, más allá el barrio Palermo los sábados y los domingos, con gente aún más modesta haciendo sus asados en un medio tanque de gasolina convertido en parrillero urbano, siempre acompañados de una radio, con sus informativos y sus tangos viejos y sus cervezas y sus risas por alguna ocurrencia ajena.

Yo pasaba por ahí y me imaginaba participando de esas fiestas modestas, siendo invitado con un trozo de pan y de chorizo. Por supuesto que pasaba de largo. Nunca, jamás pude pedir nada a ningún extraño ni en mis momentos de mayor necesidad, que no fueron pocos en diversos países del mundo.

Yo pasaba de largo, pensando en la riqueza de esos pobres que tenían una familia para compartir lo poco que tenían para comer.

Ahora que estoy viejo y no me falta nada para comer, ahora que casi me he convertido a un vegetariano moderado, cada vez que se me ocurre comer un huevo frito y le agrego unos pocos trozos de tocino, algo entra por mi nariz directo a mi memoria más profunda.

No es aquel asado hecho en un medio tanque, ni aquellas cervezas que nunca tomé, ni es ninguna de las historias que nunca alcancé a escuchar hasta el final.

Es sólo mi juventud que ya se fue y que cada tanto vuelve a visitarme por unos segundos cuando pongo unos minúsculos trozos de tocino en el sartén y me rodea todo el silencio bullicioso de un tiempo que no está aquí.

Pero está en alguna parte.

 

JM, agosto 2019

 

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