Western North Carolina University

WCU ENGAGE

A Conversation with Jorge Majfud

Date and Time

Thursday, January 31 2019 at 5:30 PM EST to

Thursday, January 31 2019 at 7:00 PM EST

Location

UC Theater

Description

Visiting scholar, Dr. Jorge Majfud, will discuss different topics: immigration, race, the role of the humanities and intellectuals in the public sphere, etc. Dr. Majfud is Associate Professor of Spanish, Latin American Literature & International Studies at Jacksonville University, Florida.

Q&A to follow the event

Hosts: Department of World Languages; LatinXProgram; Humanities Initiative; Campus Theme: Defining America

 

 

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La crisis en Venezuela

Siemrpe dije que no me gustaba ni el presidente Maduro ni la oposición en Venezeuala. Pero en las dictaduras militares que yo conocí en América Latina, casi todas promovidas o apoyadas por EE.UU., cuando un disidente decía “no estoy de acuerdo”, lo secuestraban, torturaban y desaparecían en menos de 24 horas.  
JM, enero 25, 2019

Perros sí, negros no

El hombre de barba anglosajona (candado) sostiene su perro con un brazo mientras señala con un dedo a alguien que pasa. “No, no es odio”, dice, agitado. “Tengo todo el derecho del mundo a pensar que mi raza es superior. Está probado que la raza blanca es más inteligente que la negra. No es odio, no. Quienes no nos permiten expresarnos son quienes sufren de odio. No nosotros”.

Aparte de ser una moda, esa de acusar a los demás de lo que uno mismo sufre (según Trump, no hay en el mundo alguien menos racista y menos misógino que él), este argumento se ha vuelto muy popular en el club de la OTAN: no son los racistas los que odian. Ni siquiera son racistas.

El argumento tiene, sin embargo, algunos problemas.

Primero, aun asumiendo que los blancos son más inteligentes que los negros (luego discutimos cuándo los asiáticos van a expulsar a todos los blancos y por qué los negros han mejorado tanto en sus test de inteligencia en los últimos cuarenta años si, en su raíz, se trata de un problema biológico), eso no garantiza que los racistas no sean la excepción de su raza.

Segundo, podemos asumir que los supremacistas blancos se consideran intelectualmente superiores a los perros. Sin embargo, no por eso los echan de sus casas a patadas. Por el contrario, al menos aquí en Estados Unidos, la gente duerme con sus perros y no pocos los besan en la boca después que el perrito le lamió el pene al perro del vecino.

Pero cuando se discursa contra los negros o se acosa a los inmigrantes de piel oscura (del medio millón de ilegales europeos y australianos, ni una palabra), no se trata de odio sino, simplemente de un reconocimiento objetivo de que la raza blanca es superior. Eso, eso “no es odio”. (La nueva moda de los genios aburridos será: “Sí, es odio, ¿y qué?”)

Los partidarios de construir sociedades amuralladas consideran que esa es la mejor forma de evitar conflictos y de salvar la pureza de sus culturas y de sus identidades. Esta superstición esencialista, muy popular, ignora la fuerza de la historia que todo lo cambia. Basta que una sociedad expulse a todos los “diferentes” para que, dentro de sus orgullosas murallas, físicas y mentales, como en Calataid, comiencen a surgir diferencias, sino de hecho al menos por la percepción de sus habitantes que siempre ven lo que tenemos los humanos de diferente y nunca lo que tenemos en común. Para darse cuenta de esto basta con mirar cualquier familia.

Este argumento no se sostiene más que por el ejercicio religioso aplicado en el lugar equivocado, en el mundo factual, es decir, la creencia de que algo es verdad porque uno cree en ello, y si algo parece ilógico e imposible, mejor aún, porque se necesita poseer una fe inquebrantable, verdadera, probada, salvadora, para ir contra todas las evidencias. El barco se hunde y los fieles del capitán dicen que está tomando impulso o que se prepara para convertirse en submarino.

Un mundo compuesto de sociedades amuralladas no tiene futuro. Es la mejor receta para el conflicto, las guerras y los holocaustos. Si uno se rodea de murallas porque no se entiende con otros pueblos, no es lógico pensar que por esa misma particularidad vamos a poder comunicarnos y entendernos mejor con el resto del mundo, un mundo que ha sido reducido a un pañuelo por la tecnología. Si en la Edad Madia algunos reinos menores podían sobrevivir sin mayores contactos con el mundo exterior, si luego los burgos se amurallaron con relativo éxito para su defensa, eso ya no tiene sentido. Una nueva Edad Media es un proyecto imposible, impráctico y peligroso, por lo cual podemos prever que no se trata de un gran ciclo histórico sino de una reacción a una tendencia opuesta y mayor, como lo es la aceptación de la diversidad y el avance de la igualdad a pesar del poder de las elites que siempre se las ingenian para contrarrestar sus pérdidas.

El persistente intento de presentar al nacionalismo como la base de un entendimiento universal es una broma de mal gusto. No es un elemento capaz de unir, ni como utopía ni como realidad, a una sociedad global que debe enfrentar verdaderos peligros a su propia existencia, como lo es la catástrofe ecológica en curso, la amenaza nuclear, o la ultra segregación económica, donde 49 individuos, que no han aportado absolutamente nada a la historia de la humanidad, se llevan la mitad de toda la riqueza de la población mundial.

Está de más decir que esta idea (de que los promotores de las sociedades amuralladas solo defienden sus derechos a vivir según sus propios valores) es altamente hipócrita. Esa ola nacida en el mundo que colonizó el mundo en los últimos siglos, primero con colonias esclavistas y luego con la fuerza del dinero y los cañones, nunca pensó en el “derecho de cada cultura a vivir según sus propios principios”. Por siglos, a todas las culturas que eran diferentes se las consideró inferiores y se les impuso “nuestros principios”, aparte de explotarlos y masacrarlos por millones y millones.

Ahora que unos habitantes de esas excolonias, en un número insignificante en comparación, comienzan a migrar por desesperación al centro económico del mundo, se los criminaliza, se los expulsa y se levantan murallas para mantener al “invasor” lo más lejos posible.

Así que, el repetido argumento de que no se trata de odio sino de defender “lo nuestro”, se parece del todo a los racistas que aman a sus perros, pero no pueden vivir con vecinos negros porque son inferiores.

Para que no se sientan mal están las leyes justas que siempre se cambian cuando dejan de convenir al poder. Actualmente, la ley de Lotería de Visas para la Diversidad de Estados Unidos que beneficia a pocos pero demasiados no blancos, es atacada por el mismo Partido del Muro. Personalmente estoy de acuerdo que es una ley sin mucho sentido, pero observemos que fue inventada a finales de los 80 para beneficiar a los inmigrantes irlandeses, por entonces asimilados a la idea de “raza blanca”.

Claro, los irlandeses no siempre fueron blancos. Durante varias décadas del siglo XIX, fueron el mayor grupo de inmigrantes a Estados Unidos y, porque no eran el tipo de blanco esperado y sus pelos eran de un color horroroso, imperfecto, se los discriminó de formas violentas. Los indios, los mexicanos y los negros ni siquiera contaban como candidatos a ciudadanos (la ley definía ciudadanía en base al color de piel) y en la mayoría de los casos ni siquiera contaban como seres humanos. No era raro leer carteles que aclaraban el derecho de admisión en restaurantes: “Ni perros ni irlandeses”. Hoy el cartel diría: “Perros si, mexicanos no”.

El lado positivo es que no se trata de una mayoría, por suerte, aunque sí de una minoría con un poder político desproporcionado, por desgracia y por las razones que podemos discutir en otro artículo. Una minoría con un poder desproporcionado, como la de todo gran poder.

 

JM, enero 2019

 

 

 

Cuando un muro se desnuda, no hay verguenza que lo cubra

Que un grupo numeroso de estudiantes de un colegio de secundaria católico (Covington Catholic High School) de visita en Washington, orgullosos portadores de gorros colorados con la inscripción “MAGA” (Make America Great Again”) que identifica a Donald Trump y sus seguidores, le griten a un representante de los pueblos nativos americanos “Build that Wall” (“Construyan el muro”) es otra prueba irrefutable que la obsesión del famoso muro no tiene nada que ver con la seguridad de frontera sino, simplemente, con el viejo odio racista de una considerable proporción de la población, enferma hasta los huesos desde hace siglos.

Claro, sería demasiado pedir que una prueba irrefutable significase algo para esta horda, hoy en el poder de varios países del mundo.

La madre del muchacho salió en su defensa diciendo que los “negros musulmanes” (o “musulmanes negros”, para no ofender a nadie) había provocado a los muchachos.

Sí eran negros, pero no musulmanes. Se trataba de un grupo religioso que se considera una tribu perdida de Israel (los colores de la raza humana no se deben a ninguna evolución, porque eso es contra la Biblia, ¿no?) que se autodenomina “Hebreos Israelitas Negros”. 

Según otros videos, este grupo habría provocado también los jóvenes con insultos, por llevar todos gorros y camisetas con la inscripción MAGA. ¿Vio que los colegios religiosos son políticamente neutrales? Pues, el hecho ocurrió un día antes de el feriado conmemorativo de Marthin Luther King. 

Al dís siguiente, como para dar una idea de “las dos campanas” la gran prensa salió a ofrecer esta otra versión. Siempre hay otra versión de los hechos, por lo cual hasta es posible encontrar a algún hombre bueno entre los nazis. En todo genocidio hay gente buena y gente mala de ambos lados y en América latina se tradujo como “Teoría de los dos demonios”. Fácil. Cobarde. Inmoral. 

En pocas palabras, la nueva lectura de los hechos dice, o sugiere, o quiere decir, que en realidad esos dulces muchachos que rodean al representante de los pueblos indígenas en Estados Unidos no estaban acosando con sus burlas al viejo indio. Los canticos de “Construyan el muro” en realidad se refiere al deseo solidario y compasivo de buenos cristianos que quieren construir una casa para el viejo del tambor.


En norteamerica durnte el siglo XIX , indios y otros animales salvajes huyen desesperados del progreso, la civilización y la belleza erótica del “Destino manifiesto” de la superioridad blanca, elegida por Dios. (Pintura de John Gast, 1870):

Today’s World was Already Described at the Beginning of the Century

Between 2005 and 2009, Jorge Majfud wrote two different books that explain the world we are currently living in which, in 2016, began to be perceived as an unexpected novelty.

The first book, published in 2005, is titled La narración de lo invisible. Una teoría política sobre los campos semánticos (The Narration of the Invisible. A political theory on semantic fields), an essay and analysis book [Second edition EAE], and the second book, published in 2009  and titled La ciudad de la Luna (The City of the Moon) is a novel. 

Contradicting the classic precepts of economic materialism, La narración de lo invisible analyzes the importance of the semantic struggle and social narratives as determinants in our world’s social and political outcomes.
It draws a definition of the positive semantic fields (what is) and the negative fields (what is not) defined by the association of the established/consolidated social valuations (ideolexicos) to outline the meaning of the disputed/still uncrystallized social valuations.

In the novel La ciudad de la Luna (The City of the Moon) (anticipated by the same author for years in different journalistic articles and in short stories), he describes, in a metaphorical way, a city in the Sahara desert called Calataid, inhabited by European immigrants since the Spanish Reconquest.

The city is surrounded by thick walls, and its inhabitants, divided into sects that hate each other, are considered, as a whole and with a strong patriotic pride, the moral reserve of the world. Calataid hates immigrants and every new idea that comes from outside, such as the secular thought of Enlightenment, to the point of eliminating his only contact with the outside world, a train that arrived once a month with almost no passengers. Finally, with another reference that reminds us of the current drama of climate change and the rising sea levels, the inhabitants of Calataid deny the growing threat of desert sands that will eventually sink the arrogant city, blinded by its fighting and self-indulgent narratives.

These two books, published more than a decade ago, offer two global perspectives from different literary genres. They both warned us, long ago, what we were going to live through from the second decade of the 21st century.

Today, just a few people recognize this reality. The rest simply do not see it or refuse to see it.

Translation of Jorge Majfud’s The Walled Society by Bruce Campbell

El destino de un millón de jóvenes a subasta. DACA o los 25 mil dólares por cabeza

Hoy, 19 de enero de 2019, el presidente Donald Trump ha propuesto negociar las vidas de miles de jóvenes amparados por DACA (medida ejecutiva del gobierno de Barack Obama de 2012 y ampliada en 2014, cuyos beneficiarios son conocidos como “dreamers/soñadores”, un eufemismo o una ternura por demás idiota pero que, al menos, los beneficiaba temporalmente por períodos de dos años), por unos 5.7 billones de dólares, solución que pondría fin al cierre más largo de la historia del gobierno de Estados Unidos. Claro que cualquiera con un poco de memoria histórica sabe que, cuando un político o una super empresa privada dice que realizará una obra por 5.7 billones de dólares (5,7 mil millones, en castellano) es porque de antemano sabe que antes de terminarla comunicará al gobierno de turno que necesitará más tiempo y mucho más dinero para finalizar la obra, confiando que dicho gobierno no tendrá otra opción que facilitar los recursos para completar la obra. En este caso, un monumento a la inutilidad, el despropósito y el ego.

Hace exactamente un año publicamos el artículo “El destino de un millón de jóvenes a subasta. DACA o los 25 mil dólares por cabeza”, por lo cual me abstengo de repetir los mismos razonamientos de entonces. Si a alguien le interesa, puede leerlo en https://majfud.org/2018/01/30/el-destino-de-un-millon-de-jovenes-a-subasta/ o en algún otro sitio. 

jorge

19 de enero de 2019.

 

Por qué el actual ataque contra el humanismo es una catástrofe global

Más allá de las variaciones, de las ambigüedades y contradicciones que podemos observar en lo que llamamos “humanismo”, como en cualquier fenómeno histórico y, sobre todo, humano, creo que también podemos entender con una relativa claridad el Humanismo, básicamente desde dos puntos de vista, uno diacrónico y otro sincrónico.

El primero, por referirse a la historia, es más “objetivo”, es decir, es más fácilmente contrastable con la literatura y el mar de documentos que nos han llegado. El segundo, se refiere más a una concepción filosófica de lo que es.

Empecemos por el segundo:

Sincrónico

Cada vez que en alguna clase menciono algún fenómeno social o algunos valores individuales como relativos al humanismo, mis estudiantes casi automáticamente piensan que estoy recurriendo a una explicación atea. Para algunos, humanismo y marxismo serían casi la misma cosa. Este error conceptual no es casualidad, ya que es el mismo que se asume en los medios y en muchos libros, incluso en algunos libros académicos de las últimas décadas. Para mí decir que el humanismo es una concepción atea es tan erróneo como decir que Dios y religión son la misma cosa. Hoy en día, sobre todo entre los grupos más conservadores, la sola idea de que alguien pueda prescindir de una religión para tener alguna idea o creencia de Dios es por lo menos inconcebible. El rechazo espontáneo es similar al que debió experimentar D. F. Sarmiento al anarquismo de los gauchos. Al mismo tiempo que estos grupos insisten en definirse como apolíticos, en negar que la muerte de Jesús fue (además) un hecho radicalmente político, se empeñan en mezclar política con religión.

Si tuviese que destilar o abstraer al máximo el primer rasgo “necesario” que define el pensamiento humanista diría que radica en la libertad del individuo. No me refiero a ese fetiche político del cual se ha abusado en los dos últimos siglos y, sobre todo, en las últimas décadas. Me refiero a un grado relativo, probablemente mínimo, de libertad concreta en un individuo concreto. Libertad de pensamiento y libertad de acción.

El marxismo más radical (a juzgar por los artículos que publicó durante diez años en The New York Daily Tribune, Karl Marx no era un típico marxista) no podía ser un humanismo porque consideraba que las ideas (y todo aquello perteneciente a la superestructura) era una consecuencia directa de la base, de las condiciones económicas, productivas, etc. Este aporte intelectual del marxismo es de una importancia histórica inconmensurable (de hecho explica el largo fracaso de algunos humanistas, laicos y religiosos, que por siglos lucharon contra la esclavitud y debieron esperar hasta la Revolución industrial, a las nuevas condiciones de producción y explotación para que sus valores morales se impusieran). Pero la verdad, como siempre, no se termina allí y, con frecuencia, resiste y destruye cualquier confortable convicción. En este sentido el marxismo más radical y panfletario era (o es) “anti-humanista” por lo que tenía de determinista. En oposición (no sin cierto grado de paradoja) estaría el intento de Jean Paul Sarte de reconciliar el existencialismo con el marxismo. Las corrientes existencialistas han sido básicamente corrientes humanistas, desde el existencialismo religioso de Soren Kierkegaard hasta el existencialismo ateo de Jean Paul Sartre, por el rol decisivo, central, que tenía el concepto de libertad individual (con sus implicaciones emocionales, antes que racionales).

Lo mismo podemos observar en ciertas corrientes religiosas, protestantes o islámicas, que tienen una concepción fatalista del destino del individuo y de la humanidad: el destino está escrito, decidido de antemano; no hay nada que un individuo pueda hacer para salvarse o perderse, etc. Todas estas son concepciones anti-humanistas porque no reconocen la libertad, el libre albedrío, como facultades definitorias del ser humano.

Lo mismo el capitalismo: cada vez que, como ideología, la libertad se reduce a una libertad de mercado pero en su extremo todo se reduce a la ley de oferta y demanda, a “la mano invisible del mercado”, entonces el destino humano estaría regido por una fatalidad meta-humana, divina o material, y, por lo tanto, no es un humanismo.

Ahora, ¿dónde radica a capacidad de libertad de un individuo? Por supuesto que lo primero que uno piensa es en la libertad física y los ejemplos de personas encarceladas o esclavizadas por sus problemas económicos surgen casi de forma automática. Esto es una parte importante del problema, pero no es toda, ya que es parte de la condición humana estar limitados por barreras materiales, unas que permiten mucho espacio y otras que son capaces de aplastar a un ser humano, como lo es la tortura física y psicológica, la violencia física y moral.

Pero creo que en su sentido más profundo la libertad se basa y se define en la capacidad creadora del individuo, más allá de las condiciones favorables o desfavorables en las que se encuentra.

Es decir, si bien es cierto que casi todas nuestras ideas proceden de algún lado, son heredadas o producto de unas condiciones económicas, sociales y culturales dadas, también es cierto que hay un espacio, aunque sea mínimo, para la creatividad, para lograr que la combinación de dos elementos genere un tercer elemento nuevo, diferente. De otra forma, la historia siempre se repetiría mecánicamente, y si bien creo que en lo más profundo nuestra condición humana no ha cambiado mucho en los últimos milenios, que repetimos de forma inadvertida historias similares a la de nuestros abuelos y antepasados, también entiendo que la libertad está en cada variación y en cada decisión de ser o de hacer algo diferente a lo que podría indicar la rutina y el sentido común.

Cada vez que elegimos no seguir al primer instinto, el primer impulso, la mecanicidad de un acto rutinario, cada vez que elegimos cambiar con algún propósito y no sólo somos concientes de nuestras condiciones dadas sino que además dirigimos nuestras acciones por caminos nuevos, estamos ejercitando cierto grado de creatividad, es decir, cierto grado de libertad. Es decir, es en ese preciso memento en que estamos siendo humanos. Y cuando lo reconocemos y lo revindicamos, además de humanos somos humanistas.

 

Ahora veamos el problema según su maduración histórica.

Diacrónico

El humanismo moderno fue uno de los principales motores de la dramática revolución que marcó el fin de la Edad Media y el surgimiento del Renacimiento, dos nombres discutibles, ya que reflejan un punto de vista particular, que es el del Iluminismo y la Ilustración. De hecho, el Iluminismo del siglo XVIII es hijo del humanismo, como lo es el Renacimiento de los siglos XV y XVI.

Si tuviese que hacer un breve resumen, muy sintético, de los cientos de volúmenes que he ido estudiando sobre el tema a lo largo de los años, creo que podríamos hacer una lista de esos valores que desde el siglo de Dante, Petrarca y Averroes, sino antes, significaron una lentísima, casi imperceptible pero radical revolución que se prolonga hasta nuestros días:

1) El humanismo puso el acento en la libertad del individuo. Por definición y concepción, toda doctrina fatalista o filosofía determinista es anti-humanista.

2) Consideró que el arte y la literatura enseñan a ser seres humanos. Este es un descubrimiento de la antigua Grecia.

3) Consideró que la historia no es necesariamente un proceso de corrupción y degradación, como durante milenios lo ilustró la metáfora de las edades según los metales, que comenzaba en la Edad de Oro (el Edén) y terminaban en la Edad de Hierro. Esta concepción del tiempo y de la historia fue dominante en muchas culturas de la Antigüedad y, sobre todo, en la tradición judeocristiana.

4) Si la historia puede progresar, entonces los valores morales (por lo menos algunos) pueden cambiar según los contextos; no son inamovibles ni han sido definidos para siempre por una sola Revelación.

5) Leer es interpretar. Como consecuencia, es posible que aquí se haya comenzado a destruir la idea de que el autor es la autoridad. Esta concepción (derivada de la idea de que el Autor de la Biblia y del Corán es Dios, que leer es tratar de descubrir la intención del autor, y que por tratarse de Dios sólo podría haber una verdad única) progresivamente se fue degradando, sobre todo referido a textos no religiosos.

6) Por lo tanto, si es posible que un signo irradie varios significados posibles (no cualquier significado, de lo contrario dejaría de ser un signo), la diversidad no es un atributo del demonio sino algo meramente humano.

7) La popularización de la cultura a través de la imprenta, que los mismos humanistas provocaron, es una “vulgarización” (el conocimiento al vulgo) positiva desde un punto de vista democrático.

8) Consecuentemente, surge un interés por las culturas populares, los romances, los refranes, y las lenguas vernáculas.

9) Surge la extraña idea de que a través de la educación de los niños se podría definir un cambio social.

10) En literatura, se produce un redescubrimiento de los géneros del diálogo y la epístola.

11) El comercio no es algo maldito. Es sólo otra actividad típicamente humana que beneficia el bienestar material y la expansión de la cultura.

12) Se reconoce el valor de la multiplicidad de puntos de vista y, en consecuencia, el eclecticismo y la tolerancia.

13) El Estado y las religiones deben estar separados. El primero debe garantizar la libertad de cultos. (Siglo XIV).

Muchos humanistas, generalmente académicos, profesores de letras procedentes de Grecia y Turquía no eran religiosos. Sin embargo, los siglos XIV, XV y XVI abundarán en humanistas religiosos, como los poetas italianos, los ensayistas españoles o la gran figura holandesa, Erasmo de Róterdam. En este sentido, es probable que la crítica de los católicos humanistas a la autoridad excesiva de la iglesia (aparte de sus críticas a la corrupción eclesiástica de la época) y su concepción del valor de la lectura y la relectura des-institucionalizada, hayan preparado el camino al protestantismo. Lo cual será una nueva paradoja histórica, porque de aquí surgirán las doctrinas más fatalistas y anti-humanistas de la Era Moderna.

También podríamos considerar a Miguel de Cervantes y un siglo antes a Bartolomé de las Casas como otro humanista católico, probablemente converso, quien en las primeras décadas de la conquista española de América se opuso a la esclavitud de los indígenas por motivos humanitarios (por entonces, una elite de intelectuales apoyaba la idea de un “derecho natural” universal, algo muy parecido a lo que hoy son los “derechos humanos”), resistiendo a teólogos como Ginés de Sepúlveda que intentó justificar la esclavitud de las razas inferiores usando la Biblia. Fue necesario que pasaran cuatro siglos para que su prédica se materializara, fundamentalmente gracias a las nuevas condiciones de producción creadas por la Revolución Industrial.

Nuestro tiempo sería imposible de concebir sin la revolución humanista. Valores como la libertad, la diversidad, la igualdad, la democracia, los derechos humanos y la conciencia humana como motor de progreso moral, ahora son casi paradigmas. Hoy casi todas las religiones aceptan estos valores como fundamentales. Sin embargo, creo que es necesario observar que ninguno de esos valores fue resultado de la lucha de ninguna religión dominante sino todo lo contrario: esos nuevos valores encontraron enardecidas y brutales resistencias de las fuerzas más conservadoras, generalmente apoyadas por las iglesias oficiales de turno. La libertad fue maldecida por religiosos como Santa Teresa, quien consideraba que la obediencia y el reconocimiento de la jerarquía masculina era decisión de Dios. Hasta en el siglo XX, la democracia fue maldita en algunos países y en para algunas tradiciones religiosas era obra del Demonio que buscaba destruir las sanas jerarquías del mundo predicando desobediencia y libertad. La diversidad, hasta no hace mucho, fue vista siempre como una inmoralidad. La posibilidad de que diferentes religiones puedan tener partes de verdad, fue siempre motivo de persecuciones, torturas y guerras sangrientas. Incluso en la Europa renacentista, el antisemitismo y cualquier otro tipo de discriminación y persecución racial era considerado una obligación ética, cuando no las guerras santas, que hasta hoy sufrimos.

Es, en este sentido, que alguna vez he dicho que el humanismo es la última gran utopía de Occidente. Porque es en sus principios, como el valor de la humanidad como una totalidad y de los individuos como una diversidad positiva, donde radica la esperanza de un mundo que todavía sufre de canibalismo. Dudo que haya alguna religión particular que pueda unir a la Humanidad y mitigar así sus trágicos conflictos. No dudo tanto de que son los valores humanistas los únicos capaces de unir la enorme heterogeneidad de la humanidad que, como una orquesta sinfónica, sea capaz de tocar una misma sinfonía, armónica, gracias a la diversidad de sus instrumentos.

 

 

 

Immigration, History, Politics, and the Latino Vote

2019 Lectures

 

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IMMIGRATION AND THE LATINO VOTE 

January 30, 2019 4:30 pm McKee 113 

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WCU Humanities Initiative

WCU welcomes Uruguayan-American scholar and author Jorge Majfud. 

In the first event, Dr. Majfud will join Dr. Benjamin Francis-Fallon (WCU History) in a panel about Immigration and the evolution of the Latino Voting Bloc in the US. 

Join us also the following day, when Dr. Majfud will engage in a dialogue with Dr. Alberto Centeno-Pulido (WCU World Languages) about immigration, racism, and the role of intellectuals in the public sphere as explorers of the human experience.

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For more information, contact Alberto Centeno-Pulido at acentenopulido@wcu.edu

 

 

  

The Walled Society

The Walled Society

http://www.freeuni.org/the-walled-society/

 

The Walled Society

 

A Novel That Foresaw Our Present World

The City of the Moon(La ciudad de la Luna) by Uruguayan American writer Jorge Majfud,published in 2009, is a metaphor of the world a decade after its publication, a world obsessed with walls, with nationalisms, with tribal or racial divisions, with identity politics, with the pride of different sects in a hyper-fragmented society that abandons the values of Illustration and submerges into a new Middle Age.

The novel takes place in Calataid, a walled city to the south of Argelia between 1955 and 1992. This city, surrounded by the Sahara desert, probably founded by a lost body of troops from the Spanish Army after the Iberian Reconquista, possesses the particularity of being inhabited almost exclusively by white Europeans, most of them Christians, secluded in a quiet and unknown corner after the independence of Argel in 1962. In order to survive, Calataid seeks to cut the last physical and cultural ties with the outside world, especially with the almost empty train that, almost like a ghost, reaches her once a month. One of its protagonists and narrators is the monster-son of an Argentinian physician who, from his own loneliness, sees the reality of a society that considers itself the perfect moral reserve of the corrupt world. Under the presumption of a free and democratic society, religious moralism and social discourse oppress true diversity that exists in the city. Despite the evident traces of decadence, urbanistic, economic ethical, Calataid resists all change until it succumbs to a tide of sand that overcomes its thick walls. Calataid can be understood as a metaphor of contemporary societies that, as much in the East as in the West, are capable of imploding by the strength or their own pride, until crushing their individuals before sinking down into collective decadence. It is a metaphor of the hate and sectarian violence that manipulates us in the name of our own good and it is also a metaphor of the final emptiness of all human power.

Calataid ends up sinking into the sands of the Sahara, in an almost inadvertent way by its inhabitants that insist on denying the danger that threatens its thick walls.

Part of the narration experiments with the perspectives of cubism, in such a way that in a single sentence, different narrators can join together (multiple subjects and multiple verbal times) with the intention of accenting the main character of the city-society.

L.M.S.

Spanish Department

First Chapter 
IF CALATAID WAS CHARACTERIZED BY ANYTHING, it was by its nightly groans, by those ghostly echoes that bounced off the dark alleys of San Patricio, between the thick walls of Compassion and Gitanera since the time of the colony, from the times of its painful founding. Those groans that were never defined by pain or by pleasure, between ecstasy and the martyrdom of insanity, between holiness and sin. The groans of Calataid that were preceded by the last bell tolls of the center and, more recently, by the absurd thundering of the Basiliscus trumpet -blasts without order or harmony, like a call to the demon at the entrance to the Holy City of Calataid.

HIS MOTHER HAD BEEN PARTLY RIGHT. Playing jazz or that damned tango at the train station, in a country that had become intolerant to everything Western, was it not a way of dangerously exposing a town of Europeans, refugees of other definitely overcome human miseries? A town that had been the advancement of the spiritual adventure of Europe -according to Doctor Uriburu himself-, long before the insatiable colons arrived, and that at that time had become the lagging disbandment, huddled since 1962 in a corner of the infinite Sahara, trying not to move or make noise so as to not be seen, so that one would not hear of them in children’s stories, always expectant of saving the world from the last tremor, from chaos, from the tragic but necessary end.

Everyone knew that one day word would go out that, hidden in the demon-possessed desert of Barbaria, a musician was playing jazz and, quicker than a rooster’s crow, the fanatics of the great moorish sect would come for him and would find an entire town of unfaithful (according to their erroneous conception of God), with their churches full of images and their bodegas full of wine, with their proud Freedom.

“Blurred Freedom” /the Basiliscus father had written, doctor Uriburu, seven years prior, in a notebook that disappeared along with some other books one day after his death-, freedom that was never welcomed in Calataid, but is now rescued as an old piece of junk from an abandoned trunk in a basement, discovered by chance and with desperation by a scared member of the family that ran off to take refuge in the darkness of a house on the brink of caving in, on the brink of being crushed by the infernal vomit of the Vesuvius.

A town that would not have time to explain, according to others, that they had nothing to do with the oppressors of the colony, with the being and nothing of Paris nor with the socialists nor Budiaf nor Ali kafi nor with the Organisation Armée Secrète. And though it be miraculously granted the Western right to show them all that, they wouldn’t be able to hide their churches and plaster saints; nor their marble virgins with a beautifully insolent breast; the barefoot and unclothed Saint Theresa in her best momento of ecstasy, about to be run through several times by the spear of that beautiful angel, in one of the discrete corners of the Mother church; nor its pig breeding grounds on the outside that served as trash dumps; nor its noble reproductions of Fra Angelico on the walls of the Town Hall and the largely hated image of the half-naked David; nor its pagan books kept safe in the basements of the five blind towers, with its lookouts permanently walled in in 1962; nor its Bibles ignorant of Mohammed; nor its door knockers announcing the monstrous fetishism of each dweller; nor its gardens and squares full of labenders from France and poppies from China; nor its women without chador nor its men that occasionally participated in the calm of wine and rational conversation, of Aristotle and Saint Augustine, of cheese and meat during Ramadan. They would rip the stone knocker that precedes the West Gate off; they would break open the walls, like in 1847; they would burn the churches, tear down the five blind towers and dig up the sacred graves; they would hang the theater widow from her neck with two yards of Casablanca; they would behead the mayor and drag the Russian man from the Palestine shop through the streets. And was that not all, by any chance, the secret desire of a deformed and rancorous being like the Basilicus?

[…]

“The Walled Society”, narrated by Gregory Allen Siders. An English chapterfrom La ciudad de la Luna(video):

A chapter from the novel The City of the Moon by Jorge Majfud:   http://www.thesquawkback.com/2011/09/… 

Original in Spanish at http://www.ensayistas.org/curso3030/t… (2004) Analysis athttp://www.ensayistas.org/curso3030/t...

Título: LA CIUDAD DE LA LUNA
Autores: Jorge Majfud
ISBN-10(13): 978-84-92528-26-4
Referencia: M-96
Fecha de publicación: 2009
Número de páginas: 286
Idioma: Español

Malas noticias sobre Uruguay: el país cada año es más democrático

Uruguay continúa creciendo en el ranking global sobre democracia y libertades civiles que elabora anualmente The Economist. En el 2018 se situó solo por debajo de Canadá en las Américas y por encima de todos los otros países, incluido, obviamente, Estados Unidos. Más allá de que los rankings sean siempre materia de discusión, el punto central es que no se puede sospechar que The Economist (soy subscriptor y lo leo semanalmente en su versión papel desde hace años) está lejos de considerarse una publicación marxista o algo cercano a la izquierda (para esa catarsis de acusaciones, estamos los profesores, al menos aquí en ee.uu)

Este dato sería celebrado en cualquier gobierno conservador o reaccionario, pero como se trata de un gobierno algo a la izquierda, se lo ningunea o desacredita. Mejor repetir en los medios, sin parar, que los crímenes han aumentado (lo cual también es un problema real que el actual gobierno debe enfrentar con mejores ideas, pero no es solo un problema de ese país sino de casi todos los demás).

Bueno, llamen al famoso ranking de The Economist algo irrelevante. Obviamente, el tradicional ranking del mejor futbolista de América elaborado por El Pais de Uruguay sí, eso sí es cosa seria…

 

Otro dato inquietante (inquietante para alguno de nosotros; para otros es una buena noticia) de este reporte es que, al mismo tiempo que en el mundo la participación política de la gente ha aumetnado, al mismo tiempo las libertades civiles han disminuido (ver grafico)

Inquietante pero previsible, según hemos pulicado anteriormente, ya hace muchos años. 

JM.

 

Fuente

https://www.economist.com/graphic-detail/2019/01/08/the-retreat-of-global-democracy-stopped-in-2018

War of the Pigs and tribal politics

Jorge Majfud

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

 

To distract attention from the global assault by 0.1 percent of the world’s population, we have a growing War of the Pig (Diary of the War of the Pig, novel by Bioy Casares, 1969, engL 1972) but extended to the most diverse extremes the Argentine novelist ever imagined: young against old, whites vs.  blacks, Latinos vs.  Anglos, fat vs.  skinny, truckers and miners vs.  university students, beer drinkers vs.  abstainers, vegans vs.  vegetarians and vegetarians vs.  carnivores, feminists of the first wave vs.  Instagram feminists and vs.  men, machistas vs.  feminists, men vs. women, lesbians vs. heteros and heteros vs. gays, Ford drivers vs. Chevrolet drivers, bearded Harley-Davidson bikers vs. beardless professors, third-generation vs. first-generation immigrants, gun lovers and Saturn believers vs. Uranus believers. Good haters vs. bad haters (another untranslatable word defecated in the centre of the world for consumption by the periphery).

At the beginning of this century (still with some optimistic faith in a new form of radical, direct democracy of a “disobedient society” liberated from its great leaders and from the manipulations of the financial aristocracy) we began to publish on the return of “The Mental Frontiers of Tribalism” (2004, tribal, in the European sense of the word, because the “wild tribes” I found in Africa were the most civilized and peaceful people I’ve ever known in my life), about the new “Culture of Hatred” (2006) and about the possible return of Western monsters (“The Slow Suicide of the West”, 2002) such as fascism, arrogance and intolerance towards “the other”. The most recent article “The own opinion and other banalities” (2015), then read as satire, is now a reality: machines can easily opine on everyone based on their consumption habits or on their social, racial position, etc.

But we can still speculate that all that medieval mentality that has been installed in the world can be just a reaction to a major historical movement, deepened in the sixties or, in the worst case, a historical cycle in itself that has come to stay for many years. (I don’t believe that much in the latter. Most likely in a few decades we will be talking about a reaction from those from below. We haven’t crossed the inevitable break line yet and it’s not going to be pleasant for anyone.

The new interactive media have not helped significantly to know the other better (the other individual, the other culture) but, probably, the opposite.

Why? What happened?

Many years ago, with an outside view from within the great power, we were surprised that in the United States one could guess a person’s political affiliation just by looking at her face, seeing her walk, without the need for her to say a word. That apparent absurdity is currently the fashion trend in the world.

We did not foresee that one of the repressed monsters to which we had referred before that moment and which define us as human beings, opposed to altruism, to the search for justice and coexistence, would be strengthened thanks to the same interactive media. I am referring to the blind ego, to the need to feel superior to the rest at any price, to the “Trump syndrome” in everyone as an illusory source of pleasure (not happiness) that only causes more anxiety and frustration.

In other words, it is the politics of the aforementioned tribes (nationalisms) and micro tribes (social bubbles). Many times, bubbles prefabricated by the culture of consumption.

From this atomization of politics and society into tribes, into microbubbles, our global culture has become increasingly toxic, and hatred of the other into one of the common factors that organizes it. Hate and inevitable frustration exacerbated by the struggle for social recognition, by the five-minute fame, by the desire to become viral thanks to some frivolity, by the need for “visibility”, the old word and obsession of USAmerican culture before it was adopted as its own and natural by the rest of the world. (A few months ago, a Uruguayan congresswoman, Graciela Bianchi, not a millennial but an older woman, defended herself in front of an Argentine journalist questioning her statements by saying that she had “a lot of visibility” in her country.)

But since not all individuals can be famous, “influencers” (much less when the individual no longer exists, when it is a flat, standard, repeated entity with minimal variations that each one considers fundamental), the need for individual recognition is projected in a larger group, in the tribe, in the irrational nationalist or racial feelings where the fury for a flag of a country or for the flag of a football club hardly differs but in scale. Thus, if even an individual named Donald Trump, a millionaire who has become president of the most powerful country in the world, needs to humiliate and degrade the rest in order to feel superior, it is not difficult to imagine what goes through the grey muscle of millions of other less fortunate abstainers.

The humanist idea of equality-in-diversity, the paradigm that most recently defined the Modern Era (apart from reason and secularism) and which was an absurd novelty until the 18th century, has suddenly lost much of its prestige.

Although it may seem absurd, people get tired of peace, they get tired of justice, they get tired of solidarity. That is why they need, from time to time, a great conflict, a catastrophe, in order to put aside again “the rage and pride” a la Oriana Fallaci, that toxin of the individual, of the race, of the tribe, of the group in front of  an enemy and to return to worry for the values of justice and the collective survival.

For this reason, certain periods of world peace and solidarity are possible, but humanity itself is doomed to self-destruction, sooner or later. Human nature is not content with discharging its most primitive energies in football stadiums, in presidential elections, but needs to humiliate, rape and kill. If others do it in its name and with a beautiful flag, so much the better.

History will continue to be written in the eternal struggle of power against justice, but moral arrogance, selfishness, individual or collective, will always have the sword of Damocles in their hand. The novel The City of the Moon, published late in 2009, was a clear metaphor for the world that came after this new medievalism in which we are slowly sinking as Calataid sank in the desert sands while its members hated each other in sects that considered themselves the moral reserve of the world.

No, nothing we see now was a surprise of history.

La guerre au cochon et la politique tribale

par Jorge Majfud

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي


Pour détourner l’attention de l’assaut mondial du 0,1 % de la population mondiale, nous avons une guerre au cochon  croissante (
Journal de la guerre au cochon , roman de Bioy Casares de 1969) mais étendue aux extrêmes les plus divers que le romancier argentin ait jamais imaginé : les jeunes contre les vieux, les blancs contre les noirs, les Latinos contre les Anglos, les gros contre les maigres, les camionneurs et les mineurs contre les étudiants, les buveurs de bière contre les abstinents, les vegans contre les végétariens et les végétariens contre les carnivores, les féministes de première vague contre les féministes Instagram contre les hommes, les machinistes contre les féministes, les hommes contre les femmes, les lesbiennes contre les hétérosexuels et les hétérosexuels contre les gays, les conducteurs de Ford contre les conducteurs de Chevrolet, les barbus Harley-Davidson contre les professeurs imberbes, les immigrés de la troisième génération contre les ceux de la première génération, les amoureux des armes et les adeptes de Saturne contre les adeptes d’ Uranus. Les bons haïsseurs contre les mauvais haïsseurs (“haïsseurs”, haters en anglais, un autre mot intraduisible déféqué dans le centre du monde pour consommation dans  la périphérie).

Au début de ce siècle (avec encore une certaine foi optimiste  en une nouvelle forme de démocratie radicale, directe, d’une “société désobéissante” libérée de ses grands dirigeants et des manipulations de l’aristocratie financière), nous avons commencé à publier sur le retour des “Frontières mentales du tribalisme” (2004, tribal, au sens européen du terme, parce que les “tribus sauvages” que j’ai rencontrées en Afrique étaient la chose ce que j’ai connu de plus civilisé et de plus pacifique dans ma vie), sur la nouvelle “Culture de la haine” (2006) et sur le retour possible des monstres occidentaux (“Le lent suicide de l’Occident”, 2002) comme le fascisme, l’arrogance et l’intolérance envers “l’autre”. L’article le plus récent “L’opinion propre et autres banalités” (2015), lu alors comme une satire, est désormais une réalité : les machines peuvent facilement se faire une opinion sur chaque individu en fonction de ses habitudes de consommation ou de sa position sociale, raciale, etc.

Mais on peut encore spéculer sur le fait que toute cette mentalité médiévale qui s’est installée dans le monde n’est peut-être qu’une réaction à un grand mouvement historique, approfondi dans les années soixante ou, dans le pire des cas, à un cycle historique en soi qui est venu pour rester pendant de nombreuses années (je ne crois pas beaucoup à cette dernière hypothèse. Il est fort probable que dans quelques décennies, nous parlerons d’une réaction de ceux d’en bas. Nous n’avons pas encore franchi la ligne de fracture inévitable et ce ne sera agréable pour personne).

Les nouveaux médias interactifs n’ont pas beaucoup aidé à mieux connaître l’autre (l’autre individu, l’autre culture) mais, probablement, le contraire.

Pourquoi ? Que s’est-il passé ?

Il y a de nombreuses années, avec un point de vue extérieur de l’intérieur de la grande puissance, nous avons été surpris qu’aux USA, on puisse deviner l’affiliation politique d’une personne simplement en regardant son visage, en la voyant marcher, sans qu’elle ait besoin de dire un mot. Cette absurdité apparente est actuellement la tendance à la mode dans le monde.

Nous n’avions pas prévu que l’un des monstres refoulés auxquels nous avions fait référence auparavant et qui nous définissent comme des êtres humains, opposés à l’altruisme, à la recherche de la justice et de la coexistence, serait renforcé par les mêmes médias interactifs. Je fais référence à l’ego aveugle, au besoin de se sentir à tout prix supérieur aux autres, au “syndrome de Trump” chez chaque individu comme une source illusoire de plaisir (et non de bonheur) qui ne fait que provoquer plus d’anxiété et de frustration.

En d’autres termes, c’est la politique des tribus susmentionnées (les nationalismes) et des microtribus (les bulles sociales). Souvent, des bulles préfabriquées par la culture de la consommation.

De cette atomisation de la politique et de la société en tribus, en microbulles, notre culture globale est devenue de plus en plus toxique, et la haine mutuelle est devenue un des facteurs communs qui l’organisent. La haine et l’inévitable frustration exacerbée par la lutte pour la reconnaissance sociale, pour la gloire de cinq minutes, pour le désir de devenir viral grâce à une quelconque frivolité, pour le besoin de “visibilité”, un vieux mot et une vieille obsession de la culture yankee avant d’être adoptés comme siens et naturel par le reste du monde. (Il y a quelques mois, une députée uruguayenne du nom de Graciela Bianchi, pas une née avec le siècle mais déjà âgée, s’est défendue contre les questionnements d’un journaliste argentin sur le fondement de ses propos en affirmant qu’elle avait “beaucoup de visibilité” dans son pays.)

Mais comme tous les individus ne peuvent pas être célèbres,  des “influenceurs” (encore moins lorsque l’individu n’existe plus, lorsqu’il s’agit d’une entité plate, standard, répétée avec des variations minimales que chacun considère comme fondamentales), le besoin de reconnaissance individuelle se projette dans un groupe plus large, dans la tribu, dans les sentiments nationalistes ou raciaux irrationnels où la furie pour un drapeau de pays ou pour un drapeau de club de foot ne varie guère sinon en ampleur. Ainsi, si même un individu nommé Donald Trump, un millionnaire qui est devenu président du pays le plus puissant du monde, a besoin d’humilier et de dégrader les autres pour se sentir supérieur, il n’est pas difficile d’imaginer ce qui passe par le muscle gris de millions d’autres personnes moins fortunées qui ne boivent pas.

L’idée humaniste de l’égalité-dans-la-diversité, le paradigme qui a récemment défini l’ère moderne (en dehors de la raison et de la laïcité) et qui était une nouveauté absurde jusqu’au XVIIIe siècle, a soudainement perdu beaucoup de son prestige.

Même si cela peut paraître absurde, les gens en ont assez de la paix, de la justice, de la solidarité. C’est pourquoi ils ont besoin, de temps en temps, d’un grand conflit, d’une catastrophe, pour mettre de côté “la rage et l’orgueil » fallaciens [d’Oriana Fallaci, NdT], cette toxine de l’individu, de la race, de la tribu, du groupe en fonction d’un ennemi et se soucier à nouveau des valeurs de justice et de survie collective.

Pour cette raison, certaines périodes de paix et de solidarité mondiales sont possibles, mais l’humanité elle-même est condamnée à l’autodestruction, tôt ou tard. La nature humaine ne se contente pas de déployer ses énergies les plus primitives dans les stades de football, lors des élections présidentielles, mais doit humilier, violer et tuer. Si d’autres le font en son nom et avec un beau drapeau, tant mieux.

L’histoire continuera à s’écrire dans l’éternelle lutte du pouvoir contre la justice, mais l’arrogance morale, l’égoïsme, individuel ou collectif, auront toujours l’épée de Damoclès dans leurs mains. Le roman La Cité de la Lune, publié tardivement en 2009, était une métaphore claire du monde qui a suivi ce nouveau médiévisme dans lequel nous sombrons lentement comme Calataid sombre dans les sables du désert tandis que ses membres se haïssent mutuellement dans des sectes qui se considèrent la réserve morale du monde.

Non, rien de ce que nous voyons maintenant n’était une surprise dans l’histoire.

 

La guerra de los cerdos y la política tribal

La guerre au cochon et la politique tribale

Para distraer la atención del asalto global del 0,1 por ciento de la población mundial, tenemos una creciente Guerra del Cerdo (novela de 1969 de Bioy Casares) pero extendida a los extremos más diversos que el novelista argentino nunca imaginó: jóvenes contra viejos, blancos contra negros, latinos contra anglos, gordos contra flacos, camioneros y mineros contra universitarios, bebedores de cerveza contra abstemios, veganos contra vegetarianos y vegetarianos contra carnívoros, feministas de la primera ola contra feministas Instagram contra hombres, machistas contra feministas, hombres contra mujeres, lesbianas contra heteros y heteros contra gays, conductores de Ford contra conductores de Chevrolet, contra barbudos de Harley-Davidson contra profesores sin barba, inmigrantes de tercera generación contra inmigrantes de primera, amante de las armas y creyentes en Saturno contra creyentes en Urano. Odiadores buenos contra odiadores malos (“odiadores”, haters, otra palabreja intraducible defecada en el centro del mundo para consumo de la periferia).

A principios de este siglo (todavía con cierto optimismo en una nueva forma de democracia radical, directa, de una “sociedad desobediente” liberada de sus grandes líderes y de las manipulaciones de la aristocracia financiera) comenzamos a publicar sobre el regreso de “Las fronteras mentales del tribalismo” (2004, tribal, en el sentido europeo de la palabra, porque las “tribus salvajes” que encontré en África eran lo más civilizado y pacifico que conocí en mi vida), sobre la nueva “Cultura del odio” (2006) y sobre el posible regreso de los monstruos occidentales (“El lento suicidio de Occidente”, 2002) como el fascismo, la arrogancia y la intolerancia hacia “el otro”. El más reciente artículo “La opinión propia y otras banalidades” (2015), por entonces leído como sátira, hoy es una realidad: las máquinas fácilmente pueden opinar por cada individuo basadas en sus hábitos consumistas o en su posición social, racial, etc.

Pero todavía podemos especular que toda esa mentalidad medieval que se ha instalado en el mundo puede ser solo una reacción a un movimiento histórico mayor, profundizado en los sesentas o, en el peor de los casos, un ciclo histórico en sí mismo que ha llegado para quedarse por muchos años. (No creo tanto en esto último. Lo más probable es que en unas décadas estemos hablando de una reacción de los de abajo. Todavía no hemos cruzado la inevitable línea de quiebre y no va a ser agradable para nadie).

Los nuevos medios interactivos no han ayudado significativamente para conocer mejor al otro (al otro individuo, a la otra cultura) sino, probablemente, lo contrario.

¿Por qué? ¿Qué pasó?

Muchos años atrás, con una mirada exterior desde dentro de la gran potencia, nos sorprendía que en Estados Unidos uno pudiese adivinar la afiliación política de una persona con sólo mirarla a la cara, con verla caminar, sin necesidad de que dijera una sola palabra. Ese aparente absurdo es actualmente la tendencia de moda en el mundo.

No previmos que uno de los monstruos reprimidos a los que nos habíamos referido antes de ese momento y que nos definen como seres humanos, opuesto al altruismo, a la búsqueda de justicia y convivencia, se iba a potenciar gracias a los mismos medios de interacción. Me refiero al ego ciego, a la necesidad de sentirse superior al resto a cualquier precio, al “síndrome Trump” en cada individuo como fuente ilusoria de placer (ya que no de felicidad) que solo provoca más ansiedad y frustración.

En otras palabras, es la política de las antes mencionadas tribus (los nacionalismos) y de las micro tribus (las burbujas sociales). Muchas veces, burbujas prefabricadas por la cultura del consumo.

A partir de esta atomización de la política y de la sociedad en tribus, en microburbujas, nuestra cultura global se ha convertido en algo crecientemente toxico, y el odio al otro en uno los factores comunes que la organiza. Odio e inevitable frustración exacerbada por la lucha por el reconocimiento social, por la fama de cinco minutos, por el deseo de convertirse en virus por alguna frivolidad, por la necesidad de “visibilidad”, antigua palabra y obsesión de la cultura estadounidense antes de ser adoptada como propia y natural por el resto del mundo. (Hace unos meses, una diputada uruguaya de nombre Graciela Bianchi, no una milenial sino una señora mayor, se defendía del cuestionamiento de un periodista argentino sobre los fundamentos de sus declaraciones diciendo que ella tenía “mucha visibilidad” en su país.)

Pero como no todos los individuos pueden ser famosos, “influencers” (mucho menos cuando el individuo ya no existe, cuando es un ente plano, estándar, repetido con mínimas variaciones que cada uno considera fundamental), la necesidad de reconocimiento individual se proyecta en un grupo mayor, en la tribu, en los irracionales sentimientos nacionalistas o raciales donde la furia por una bandera de un país o por la bandera de un club de futbol casi no difieren sino en escala. Así, si hasta un individuo llamado Donald Trump, un millonario que ha llegado a ser presidente del país más poderoso del mundo, necesita humillar y degradar al resto para sentirse superior, no es difícil imaginar lo que pasa por el músculo gris de millones de otros abstemios con menos suerte.

La idea humanista de igualdad-en-la-diversidad, el paradigma que más recientemente definió la Era Moderna (aparte de la razón y el secularismo) y que fuera una novedad absurda hasta el siglo XVIII, ha perdido, de repente, gran parte de su prestigio.

Aunque parezca absurdo, los pueblos se cansan de la paz, se cansan de la justicia, se cansan de la solidaridad. Por eso necesitan, cada tanto, un gran conflicto, una catástrofe, para volver a dejar de lado “la rabia y el orgullo” fallaciano, esa toxina del individuo, de la raza, de la tribu, del grupo en función a un enemigo y volver a preocuparse por los valores de la justicia y la sobrevivencia colectiva.

Por esta razón, son posibles ciertos períodos de paz y solidaridad mundial, pero la humanidad en sí está condenada a la autodestrucción, más tarde o más temprano. La naturaleza humana no se conforma con descargar sus energías más primitivas en los estadios de futbol, en las elecciones presidenciales, sino que necesita humillar, violar y matar. Si lo hacen otros en su nombre y con una bonita bandera, mucho mejor.

La historia seguirá escribiéndose en la eterna lucha del poder contra la justicia, pero la arrogancia moral, el egoísmo, individual o colectivo, siempre tendrán la espada de Damocles en su mano. La novela La ciudad de la Luna, publicada tardíamente en 2009, fue una metáfora clara del mundo que vino después, de este nuevo medievalismo en el que nos vamos hundiendo lentamente como Calataid se hundió en las arenas del desierto mientras sus integrantes se odiaban unos a otros en sectas que se consideraban la reserva moral del mundo.

No, nada de lo que vemos ahora fue una sorpresa de la historia.

 

JM, 2 de enero 2019