Nunca te olvides de Stalin

(poema funcional)

 

No me recuerdes que el saqueo de las Américas exterminó cien millones de nativos

porque Stalin ejecutó y mató de hambre a veinte millones. 

 

No me menciones que Inglaterra colonizó y esclavizó a más de medio planeta

no con flores ni con té a las cinco

sino con cañones civilizados y felices esclavos

 

Porque Stalin mató a más de veinte millones. 

 

No me importa si sólo un rey de Bélgica (¿Leopold, dijiste?)

mató diez millones en África

para mejorar sus negocios en Europa

y recibió cincuenta condecoraciones de todas partes del mundo

 

Porque Stalin mató veintidós millones.   

 

No me jodas con que Hitler, en menos tiempo,

mató sólo diez de millones

porque tal vez fueron menos

(pruebas no hay y el maldito Stalin mandó matar otros veinte millones de rusos

para terminar con el sueño del Führer)

 

Porque Stalin mató veintitrés millones.  

 

No me vengas con las veinte o treinta dictaduras en América Latina

casi todas promovidas por los higiénicos negocios de las grandes empresas

de la Gran Democracia del Norte

(no me jodas con los esclavos; siempre fue una Gran democracia

Líder del Mundo Libre)

que pusieron orden en el caos

de los bananeros de Árbenz en América central

de los mineros de Neruda

de los nadies de Galeano

en la sufrida América

 

Porque Stalin mató treinta millones.  

 

No me vengas con que Martin Luther King y Albert Einstein 

allá en el Imperio de hoy

eran socialistas

porque hay que ser retardados mentales para no repetir

mil veces que

 

Stalin mató treinta y tres millones. 

 

Si quieres los cincuenta mil dólares

o si quieres ser una buena persona

un patriota

héroe de la libertad y la democracia

no escribas sobre las injusticias de ayer

ni las de hoy

(escribe sobre el genocidio en Venezuela;

me quedan cincuenta mil dólares sin destino aún,

cuando quieras)

pero no me vengas con las bombas atómicas

en Hiroshima y Nagasaki

(¿sabes que Irán podría hacer lo mismo?)

no me vengas con la heroica guerra en Vietnam

que no la hubiésemos perdido

si no fuese por Chomsky y Mohammed Ali.

(en realidad no la perdimos, la ganamos)

 

Porque Stalin mató treinta y cuatro millones. 

 

Termina ya con esas teorías fake, hoax de hoy

(si algo odio en este mundo

aparte de los comunista-feminista-islámicos

alrededor de este rico mundo

de mierda

aparte de la gente que, como tú, piensa diferente,

son los profesores de Estados Unidos.

¡tan contradictorios, tan retardados!)

 

No saben que Stalin mató treinta y cuatro millones. 

 

Deja ya (¿sesenta mil dólares es suficiente? última oferta) esas tonterías

sobre el calentamiento global

sobre el millón de muertos de la guerra de Iraq

que, dices, sus promotores ya hace tiempo reconocieron

(¿pero qué mierda importa todo eso ahora?)

siempre habrá errores en la lucha por el Bien:

guerras basadas en información incorrecta de inteligencia

bombardeos de drones inteligentes sobre niños incivilizados

lo lamentamos mucho

porque somos buenos.

 

No como

 

Stalin que mató treinta y cinco millones. 

 

No, no me importa si insistes que no eres comunista

para mí eres comunista

Como el asesino del Che que ejecutó a quinientos patriotas

que valían por cincuenta millones

como el marxista padre Romero (tuvimos que matarlo,

como a tantos otros, por el bien de la democracia)

como Allende, como…

sí, a todos tuvimos que matarlos, para evitar que

 

Stalin matara otros cuarenta millones

 

Obvio que eres comunista

cuando vienes con eso de los Derechos Humanos

de la Libertad y la Democracia

la justicia (no me hagas reir, comemlielda;

solo nosotros podemos hablar

y matar

en nombre de la libertad y la democracia)

 

Yo sé y me basta con saber que eres comunista y asesino

(no necesito explicaciones ni teorías

esas son cosas de maricones)

Lo sé porque no pones la mano en el corazón

cuando suena el himno de la patria

Cuando no quieres fusilar treinta mil, como Bolsonaro

en cada país

para arreglar los problemas, como se debe.

 

Eres comunista-feminista-islámico cuando no repites conmigo que

 

Stalin mató cuarenta y dos millones. 

 

Nope, no me digas que nunca defendiste a Stalin

Eso me ofende

 

porque Stalin sí mató a cuarenta y cuatro millones.  

 

Nope, no me digas que siempre estuviste en contra de los crímenes de Stalin

 

porque Stalin mató cuarenta y cinco millones.  

 

Y si las cruzadas y la inquisición y los imperios de todos los colores,

en el 1208 o en el 2018

que esclavizaron cientos de millones a lo largo de los siglos

existieron

sabes bien

fue para evitar que

 

Stalin matara a cuarenta y ocho millones. 

 

Por eso, cuando veas un niño comiendo basura

en Buenos Aires, en Los Angeles, en Paris o en Kuala Lumpur

cuando veas un millón de muertos en una nueva guerra

en algún país salvaje

en alguna cultura terrorista

 

cuando veas que nos quedamos con sus tierras

porque son terroristas

o nos quedamos con sus recursos

porque querían acabar con nuestro way of life

recuerda

que

 

Stalin mató cincuenta millones. 

 

 

 

JM, setiembre 2018

 

 

 

 

 

Anuncios

Mientras los de abajo soñaban…

​Cuando los partidos progresistas llegaron al poder a principios del siglo, estaban demasiado ocupados en revertir una situación económica y social de plena y brutal catástrofe. A pesar de que América Latina estaba acostumbrada a las desigualdades obscenas, a las hambrunas, a la corrupción masiva, al robo de guante blanco, y a todo tipo de injusticia, los gobiernos progresistas no se centraron en promover el brazo judicial para poner en la cárcel a una plétora de políticos que no sólo habían sido culpables de fundir países enteros sino de corrupción tradicional. 

La izquierda fue terriblemente ingenua asumiendo que todas aquellas fuerzas reaccionarias, formadas en una mentalidad de siglos, iba a rendirse a la popularidad de los nuevos gobiernos. ¿Acaso los asesinatos de Martin Luther King y Bob Kennedy no fueron una jugada maestra de las fuerzas conservadoras que, de esa y otras formas, aniquilaron la rebelión de los sin poder en los sesenta y aún hoy gobiernan en Estados Unidos? El modus operandi es el mismo, pero por alguna razón no se alcanza a visualizarlo.

La ingenuidad de la izquierda en América latina, salvo poquísimas excepciones, no hizo lo que están haciendo las fuerzas conservadoras: estimulando y aprovechándose del brazo judicial como antes lo hacían con el ejército, para acusar y promover procesos y juicios a los presidentes progresistas como Rousseff, Lula, Correa, Cristina Fernández, como si todos necesariamente fuesen corruptos por su ideología, como si no existieran corruptos del otro lado, como si los poderosos hombres de negocios, aquella micro minoría que posee la mayor parte de los beneficios de cualquier economía de esas todavía repúblicas bananeras, fuesen miembros de las carmelitas descalzas.

La lección es clara: nunca subestimes a las fuerzas conservadoras, a los asumidos dueños de los países por moralina y por poder económico, por la simple razón que es esa facción de la sociedad la que tiene el poder económico y mediático.

Y no van a renunciar a él tan fácilmente.

 

JM, set 2018

Psychopolitics of the scarecrow

Jorge Majfud 

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

 

President Donald Trump has just announced that, to answer the endless list of books that criticize him (especially books written by his former friends and trusted men, who by now are almost all of them), the White House will publish “a real book”. Obviously, he won’t write it, although, in our time, it wouldn’t be absurd for a person who never reads books to publish a book.

Nor is it a coincidence that his Twitter account (which is the main medium where the president of the world’s biggest power announces the decisions that will affect the rest of the world and where he expresses his mood according to the time of day) is @realDonaldTrump, while obsessively repeating that the rest of the world is fake. The world is fake, except me, who is real.

The psychological pattern is consistent and reveals a dark inverse feeling, similar to that of the homophobia of some men who get excited looking at images of men (according to laboratory tests), similar to the consumption, by a majority of women, of pornography where violence is exerted against women (according to the latest Big Data analysis), or the strict and puritanical public celibacy of rapist priests.

Nor could it be a coincidence that, in its etymology and in some of its archaic uses, the word trump means fake, false, invention, the noise produced by the elephant (don’t forget that the elephant is the symbol of the Republican party) with its trunk, a kind of fart or thrombotic noise without content, or a childish act. Of course, the latter could be an over-interpretation, since we are talking about an individual and not an entire linguistic tradition where the patterns leave little room for doubt. At least that the boy Donald has had some information about his wonderful surname, as much as his own children’s readings.

Nor should it be a coincidence that his youngest son is called Baron Trump, exactly like the character in the children’s novels that Ingersoll Lockwood wrote in the late 19th century about a German character (his father was a German illegal immigrant) called Baron Trump. The character, in addition to initiating his adventures in Russia, being a rowdy and fond of insulting each individual who came across him along the way, boasts of his own intelligence.

Too many coincidences, such as winning the lottery four times.

Nor is it a coincidence that it was Trump who made the term “fake news” fashionable. By action or omission, the big media have always manipulated reality, at least since the nineteenth century (we have already stopped on the case of Edward Bernays and many others) but power always finds a way to dispel doubts by mocking its own methods when they reach a point of maximum suspicion. In 1996, the narrative voice of my first novel said something with which I agree: “There is no better strategy against a true rumor than to invent a false rumor that pretends to confirm it”. The logic of the designed distraction is the same (although, in this case, I understand that it is not intentional but part of the inevitable Darwinian nature of power): it invents a visible enemy of power, that resembles true power and that is in such a way that even the very critics of power end up defending the means of power. In simpler words: design a good scarecrow, distract; call the fake real and the real fake.

This logic is tragically confirmed today: the mass media have always been real in their news and fake in the created reality. By the form and by the selection of real facts, they have always manipulated and continue to manipulate reality, even though they now seem to be the champions of the people, of the peoples, of truth and justice. But for a fake president, a ridiculous person like a scarecrow, someone who became president of the most powerful country in the world with fewer votes than his adversary, thanks to an electoral system inherited from the times of slavery, with a medieval discourse, makes decent and reasonable people take sides on the contrary, that is, by defending the traditional means of real power, now “under attack,” those very people who until not long ago defended, supported or, at least, never criticized criminal actions like the Iraq war or like so many other secret invasions and plots everywhere. With honorable and courageous exceptions, it goes without saying, because in every flock there are black sheep.

Power doesn’t even need to think to be great. It is part of its nature.

When someone obsessively calls himself “real” and everything else “fake,” it is because he is obsessively trying to hide a painfully contrary feeling: a repressed consciousness of not being “real,” of being “fake,” of being Trump. Otherwise, there is no need for a consistently obsessive habit. But Trump is just a scarecrow of power. Pathetic, a dangerous amplifier of popular fears and traumas, yes, but not much more than that.

To the traditional powers (the owners of the decisive capital, of the finances, of the business of war and the peace of the cemeteries, of the physical and moral exploitation of those from below), all that confusion, all that perfect inversion of roles comes as a ring to the finger. As if there were a Darwinian logic in the staging and narrative of the power that permanently adapts to survive. Even placing a scarecrow in the power of the world’s greatest power so that crows and seagulls alike remain stressed with an artefact that insists it is the only real thing in a fake world.

 

Courtesy of Tlaxcala
Source: https://majfud.org/2018/09/11/la-psicopolitica-del-espantapajaros/
Publication date of original article: 11/09/2018
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=24055

Psychopolitique de l’épouvantail

Jorge Majfud 

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

 

Le président Donald Trump vient d’annoncer qu’en réponse à la liste interminable de livres qui le critiquent (en particulier les livres écrits par ses anciens amis et hommes de confiance, qui sont désormais presque tous dans ce cas), la Maison Blanche va publier “un vrai livre », « a real book ». Évidemment, il ne l’écrira pas, même si, à notre époque, il ne serait pas absurde qu’une personne qui ne lit jamais de livres en publie un.

Ce n’est pas non plus une coïncidence si son compte Twitter (qui est le principal média où le président de la plus grande puissance mondiale annonce les décisions qui affecteront le reste du monde et où il exprime son humeur selon l’heure du jour) est @realDonaldTrump, tout en répétant de manière obsessive que le reste du monde est faux. Le monde est faux, sauf moi, qui suis réel.

Le schéma psychologique est cohérent et révèle un sombre sentiment inverse, semblable à celui de l’homophobie de certains hommes qui s’excitent en regardant des images d’hommes (selon des tests de laboratoire), semblable à la consommation, par une majorité de femmes, de pornographie où la violence est exercée contre les femmes (selon la dernière analyse Big Data), ou le célibat public strict et puritain de prêtres violeurs.

Ce n’est pas non plus un hasard si, dans son étymologie et dans certains de ses usages archaïques, le mot trump signifie fake, faux, invention, le bruit produit par l’éléphant (n’oublions pas que l’éléphant est le symbole du parti républicain) avec sa trompe, une sorte de bruit de pet ou de trompette sans contenu, ou un acte enfantin. Bien sûr, cette dernière pourrait être une surinterprétation, puisqu’il s’agit d’un individu et non d’une tradition linguistique entière où les schémas laissent peu de place au doute. À moins que le jeune Donald n’ait eu quelques informations sur son merveilleux nom de famille, ainsi que de ses propres lectures d’ enfant.

Ce n’est pas non plus un hasard si son plus jeune fils s’appelle Baron Trump, exactement comme le personnage des romans pour enfants qu’Ingersoll Lockwood a écrits à la fin du 19e siècle sur un personnage allemand (son père était un immigrant illégal allemand) appelé Baron Trump. Le personnage, en plus d’initier ses aventures en Russie, d’être un bagarreur et d’aimer insulter chaque individu qui a croisé son chemin, se vante de sa propre intelligence.

Trop de coïncidences, comme gagner au loto quatre fois.

Ce n’est pas non plus une coïncidence si c’est Trump qui a mis le terme “fausses nouvelles” à la mode. Par l’action ou l’omission, les grands médias ont toujours manipulé la réalité, du moins depuis le XIXe siècle (nous nous sommes déjà penchés sur le cas d’Edward Bernays et de bien d’autres), mais le pouvoir trouve toujours le moyen de dissiper les doutes en se moquant de ses propres méthodes quand elles atteignent un niveau de suspicion maximal. En 1996, lle narrateur de mon premier roman disait une chose avec laquelle je suis d’accord : « Il n’y a pas de meilleure stratégie contre une vraie rumeur que d’inventer une fausse rumeur qui prétend la confirmer ». La logique de la distraction conçue est la même (bien que, dans ce cas, je comprenne qu’elle n’est pas intentionnelle mais qu’elle fait partie de la nature darwinienne inévitable du pouvoir) : elle invente un ennemi visible du pouvoir, qui ressemble au vrai pouvoir et qui est tel que même les critiques du pouvoir défendent les moyens du pouvoir. En d’autres termes : concevoir un bon épouvantail, distraire, appeler le faux vrai et le vrai faux.

Cette logique est tragiquement confirmée aujourd’hui : les médias de masse ont toujours été réels dans leurs informations et faux dans la réalité créée. Par la forme et par la sélection des faits réels, ils ont toujours manipulé et continuent de manipuler la réalité, même s’ils semblent maintenant être les champions du peuple, des peuples, de la vérité et de la justice. Mais qu’un faux président le dise soudain, un ridicule comme un épouvantail, quelqu’un qui est devenu président du pays le plus puissant du monde avec moins de voix que son adversaire, grâce à un système électoral hérité des temps de l’esclavage, avec un discours médiéval, fait que des gens décents et raisonnables prennent parti au contraire, c’est-à-dire en défendant les moyens traditionnels du pouvoir réel, aujourd’hui “attaqués”, ceux-là mêmes qui, jusqu’il n’y a pas si longtemps, défendaient, soutenaient ou, du moins, ne critiquaient jamais des actes criminels comme la guerre en Irak ou comme tant d’autres envahissements et complots secrets partout. Avec des exceptions honorables et courageuses, cela va sans dire, car dans chaque troupeau il y a des brebis galeuses.

Le pouvoir n’a même pas besoin de penser pour être génial. Ça fait partie de sa nature.

Quand quelqu’un se dit obsessionnellement “réel” et tout le reste “faux”, c’est parce qu’il essaie obsessivement de cacher un sentiment douloureusement contraire : une conscience refoulée de ne pas être “réel”, d’être “faux”, d’être Trump. Sinon, il n’est pas nécessaire d’avoir une habitude obsessionnelle constante. Mais Trump n’est qu’un épouvantail de pouvoir. Pathétique, un dangereux amplificateur de peurs et de traumatismes populaires, oui, mais pas beaucoup plus que ça.

Pour les pouvoirs traditionnels (ceux qui contrôlent les capitaux décisifs, les finances, les affaires de guerre et de paix des cimetières, l’exploitation physique et morale de ceux d’en bas), toute cette confusion, toute cette inversion parfaite des rôles sied comme un gant. Comme s’il y avait une logique darwinienne dans la mise en scène et la narration du pouvoir qui s’adapte en permanence pour survivre. Y compris en mettant un épouvantail au pouvoir de la plus grande puissance du monde pour que les corbeaux et les mouettes restent en état de stress face à un artefact qui insiste sur le fait qu’il est le seul truc real dans un monde fake.

 
Courtesy of Tlaxcala
Source: https://majfud.org/2018/09/11/la-psicopolitica-del-espantapajaros/
Publication date of original article: 11/09/2018
URL of this page : http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=24056

La psicopolítica del espantapájaros

El presidente Donald Trump acaba de anunciar que, para contestar la interminable lista de libros que lo critican (sobre todo libros escritos por sus ex amigos y ex hombres de confianza, que a esta altura son casi todos), la Casa Blanca publicará “un libro real”, “un libro verdadero” (“a real book”). Obviamente, no lo escribirá él, aunque, en nuestro tiempo, no tendría nada de absurdo que una persona que nunca lee libros publique un libro.

Tampoco es casualidad que su cuenta de Twitter (que es el principal medio donde el presidente de la mayor potencia del mundo anuncia las decisiones que afectarán al resto del mundo y donde expresa su estado de ánimo según la hora del día) sea @realDonaldTrump, al tiempo que repite, obsesivamente, que el resto del mundo es fake. El mundo es fake, excepto yo, que soy real.

El patrón psicológico es consistente y revela un oscuro sentimiento inverso, similar al de la homofobia de algunos hombres que se excitan mirando imágenes de hombres (según pruebas de laboratorio), similar al consumo, por parte de una mayoría de mujeres, de pornografía donde se ejerce violencia contra las mujeres (según los últimos análisis de Big Data), o el estricto y puritano celibato público de curas violadores.

Tampoco podría ser casualidad que, en su etimología y en alguno de sus usos arcaicos, la palabra trump significa fake, falso, invención, el ruido que produce el elefante (obviemos que el elefante es el símbolo del partido Republicano) con su trompa, una especie de pedo o ruido trombótico sin contenido, o un acto infantil. Claro que esto último podría ser una sobre interpretación, ya que estamos hablando de un individuo y no de toda una tradición lingüística donde los patrones no dejan mucho lugar a dudas. Al menos que el joven, que el niño Donald haya tenido alguna información sobre su maravilloso apellido, tanta como sus propias lecturas infantiles.

Tampoco debe ser casualidad que su hijo más joven se llame Baron Trump, exactamente como el personaje de las novelas para niños que Ingersoll Lockwood escribió a finales del siglo XIX sobre un personaje alemán (su padre era un inmigrante ilegal alemán) llamado Baron Trump. El personaje, además de iniciar sus aventuras en Rusia, de ser camorrero y aficionado a insultar a cada individuo que se le cruzaba por el camino, presume de su propia inteligencia.

Demasiadas casualidades, como sacarse la lotería cuatro veces.

Tampoco es casualidad que haya sido Trump quien puso de moda el término “fake news”. Por acción o por omisión, los grandes medios de comunicación siempre han manipulado la realidad, por lo menos desde el siglo XIX (ya nos hemos detenido sobre el caso de Edward Bernays y muchos otros) pero el poder siempre encuentra una forma de disipar las dudas burlándose de sus propios métodos cuando éstos llegan a un punto de máxima sospecha. En 1996, la voz narrativa de mi primera novela dijo algo con lo que estoy de acuerdo: “No existe mejor estrategia contra un rumor verdadero que inventar otro falso que pretenda confirmarlo”. La lógica de la distracción diseñada es la misma (aunque, en este caso, entiendo que no es intencional sino parte de la inevitable naturaleza darwiniana del poder): inventa un enemigo visible del poder, que se parezca al verdadero poder y que sea de tal forma que hasta los mismos críticos del poder terminen por defender los medios del poder. En palabras más simples: diseña un buen espantapájaros, distrae; a lo fake llámale real y a lo real, fake.

Esta lógica se confirma trágicamente hoy: los medios masivos siempre han sido reales en sus noticias y fake en la realidad creada. Por la forma y por la selección de los hechos reales, siempre han manipulado y continúan manipulando, la realidad, aunque ahora parezcan los paladines del pueblo, de los pueblos, de la verdad y la justicia. Pero que, de repente, lo diga un presidente fake, un personaje ridículo como un espantapájaros, alguien que llegó a ser presidente del país más poderoso del mundo con menos votos que su adversario, gracias a un sistema electoral heredado de los tiempos de la esclavitud, con un discurso medieval, hace que la gente decente y razonable tome partido por lo contrario, es decir, por defender a los medios tradicionales del poder real, ahora “bajo ataque”, esos mismos que hasta no hace mucho defendían, apoyaban o, por lo menos, no criticaron nunca acciones criminales como la guerra de Iraq o como tantas otras invasiones y complots secretos por todas partes. Con honrosas y valientes excepciones, está de más decir, porque en todo rebaño hay ovejas negras.

El poder ni siquiera necesita pensar para ser genial. Es parte de su naturaleza.

Cuando alguien obsesivamente se llama a sí mismo “real” y a todo lo demás “fake”, es porque está, obsesivamente, tratando de ocultar un sentimiento dolorosamente contrario: una conciencia reprimida de no ser “real”, de ser “fake”, de ser Trump. De otra forma, no hay necesidad de un hábito consistentemente obsesivo. Pero Trump es apenas un espantapájaros del poder. Patético, un peligroso amplificador de los miedos y de los traumas populares, sí, pero no mucho más que eso.

A los poderes tradicionales (los dueños de los capitales decisivos, de las finanzas, de los negocios de la guerra y de la paz de los cementerios, de la explotación física y moral de los de abajo), toda esa confusión, toda esa perfecta inversión de roles le viene como anillo al dedo. Como si existiera una lógica darwiniana en la escenificación y en la narrativa del poder que permanentemente se adapta para sobrevivir. Incluso, poniendo un espantapájaros en el poder de la mayor potencia del mundo para que cuervos y gaviotas por igual se mantengan estresados con un artefacto que insiste en que es lo único real en un mundo fake.

 

JM, setiembre 2018

 

 

 

¿Coherencia?

Mis estudiantes en Estados Unidos me han cuestionado muchas veces por qué soy tan defensor de la educaión pública, siendo que trabajo en una universidad privada. ¿Es esa una contradicción?  Aparte de que, por experiencia, entiendo que una uneversidad privada sin fines de lucro, al menos aquí, se parece más a una cooperativa que a una emprsa privada, les he dicho que lo que pienso y lo que me conviene no siemrpe coniciden, pero cuando hablo, digo lo que pienso, no lo que me conviene. No sé si me entendieron ni espero tanto. 

 

agosto 2018

Y cuando los de abajo despertaron, el dinosaurio todavía estaba allí

Quienes hace veinte años estaban en el gobierno en Uruguay y en Argentina, antes y durante una de las mayores crisis económicas y sociales nunca vista por generaciones, dicen que, en realidad, ellos “lo hicieron bien” aunque “les tocó” un mal momento.

La brutal crisis económica y social fue consecuencia de un fenómeno climático o producto de la caída de un asteroide en la cuenca del Plata. Sin embargo, esta catástrofe no extinguió los dinosaurios. Ahora dicen que a los gobiernos que les siguieron “les tocó” un buen momento (el famoso viento en popa, otro fenómeno climático), pese a lo cual estos gobiernos irresponsables, en realidad, “lo hicieron mal”. (Durante esos años dorados, personalmente escribí mucho en contra de la euforia de Lula, de su Deus é brasileiro, o de los Kirchner, lo mismo sobre Uruguay y Chile, sin dejar de reconocer sus logros, que no fueron pocos ni fueron pequeños.)

Es verdad que quedan temas muy pendientes, como la educación y la criminalidad callejera, dos problemas que no le son propios en el contexto internacional. En cuanto a la disminución de los desequilibrios sociales no se fue lo suficientemente radical como se debió, pero recordemos que en las democracias liberales también existe una oposición, y es siempre un elemento necesario en cualquier dinámica social saludable.

Pero es interesante detenerse en la omnipresente narrativa actual.

Ahora resulta que quince años de ininterrumpido crecimiento, de mayor independencia internacional, del pago de deudas impagables, de millones de menos pobres, fueron calamidades que deben ser corregidas.

Por eso ahora, en Uruguay, esos mismos grupos, con las mismas recetas ideológicas y las mismas promesas de los años 90, con algunos rostros más viejos y otros más jóvenes que no por casualidad se parecen mucho, aseguran que ellos “lo harán bien”.

Lo que es para preocuparse.

Obviamente, hay algo que lo hacen muy bien, porque de otra forma no se explicaría la insistente recurrencia de los déjà vu sociales: con los medios de prensa más fuertes de sus países, como siempre fue la regla en América Latina desde el siglo XIX, medios que nunca dejaron de serles funcionales durante la excepción de los últimos quince años, todo lo declaran con obviedad, convicción y elocuencia contagiosa.

Hay, sin embargo, dos novedades: (1) una fuerte dosis de furia tribal que en las redes sociales explota hasta por una simple mirada y produce el milagro de terminar culpando siempre a las víctimas de todos los males de una sociedad y (2) la sutil y efectiva estrategia de la judicialización de la política (que debería llamarse politización de la justicia) por la cual, como es de esperar según la lógica de los ideoléxicos, la persecución y encarcelación selectiva de los políticos más populares (sean corruptos o no) es calificada como “una muestra de la independencia de la justicia” y “una prueba de la salud democrática de un país”. Ideoléxicos en su estado más hipócrita.

En Argentina están mucho más adelantados que en Uruguay. Con las mismas promesas y con las mismas recetas ideológicas de los años noventa, lograron reconquistar el gobierno y, después de casi tres años, “ya lo están haciendo bien”, pese a la “pesada herencia” de quince años de insincero crecimiento económico interrumpido y de una prolongada e irresponsable reducción de la pobreza.

Lograron “hacerlo bien”, pese a que otra vez “les tocó” un mal momento. Casi no queda un indicador económico y social que no se haya degradado hasta límites impensables, ni siquiera por esos mismos “hombres de negocios”, esos genios que, a diferencia del resto de los mortales “saben cómo funciona el mundo” y cuya radical ideología se esconde en otro ideoléxico: “pragmatismo económico”. Es decir, ajustar hacia abajo y no hacia arriba, estrangular a la clase media, a los trabajadores, a los pequeños y medianos empresarios es un acto de responsabilidad que, por si fuese poco, por una lógica muy elemental, inevitablemente conduce a la recesión y a más injusticia social.

Pocas ideologías son tan radicales como la ideología de la no-ideología de los Grandes Negocios. Luego no se explican cómo siendo tan exitosos Super Hombres de negocios, fracasan vergonzosamente en los gobiernos, ya no sólo en lo social sino hasta en lo económico, porque nunca entendieron que las montañas de dinero que ellos llaman éxito propio y beneficio social se deben a que existe un Estado y una sociedad que cada día, de forma directa (corrupta) o indirecta (legal) trabaja para ellos.

Ningún partido político en el mundo (males necesarios, todavía) tiene el monopolio de hacerlo bien o de equivocarse, pero es siempre recomendable considerar los antecedentes de cada individuo, de cada grupo político y de cada receta, así como hace cualquier empleador cuando lee el currículo vitae de un candidato a un modesto puesto. Mucho más cuando estamos hablando de grupos y de individuos que aspiran a hacerse con el poder político de todo un país porque sólo con el abrumador poder económico y financiero que ostentan, o representan, no es suficiente para aprobar las leyes que necesitan para establecer las reglas de juego y formular, a su imagen y semejanza, la diferencia entre el bien y el mal que consumirán y reproducirán unos cuantos de los de abajo.

 

 

JM, agosto 2018.