Gusanos inteligentes

 

Enseguida recordó (¿fue en Key West?) una conversación con Ernesto. Recordó (sí, habían ido de viaje con Elena, Alexa y alguien más) que había tratado de defender cosas en las que ya no creía, como un sacerdote da misa cuando ya no cree en la misa y duda de Dios, pero teme reconocerlo.

—Esa es una típica paranoia de intelectuales —le había dicho, con una sonrisa, por las dudas, para atenuar los efectos de su afirmación—. No hay por qué tenerle miedo a la tecnología.

—No es a la tecnología a lo que le tengo miedo —había dicho Ernesto, haciendo dibujos en el sudor de su vaso de cerveza—, sino a la cultura que crea todo eso. A esa misma que pronto, en apenas unas décadas más, nos dejará sin estas playas. Tal vez nosotros no lo veamos en su peor momento, pero Alexita y su amiga sí.

—Como sea, la cultura se adaptará, no al revés. De hecho, estoy en un proyecto muy interesante en Asia, algo relacionado con eso mismo, aunque no puedo dar detalles.

—No te pongas misterioso. ¿Vas a trabajar para la CIA?

—No, nada de misterios. Es sólo discreción. Cosa de negocios que aún no se cerraron. Sí puedo decirte —(en el porche del hotel, maneó la cabeza; esas palabritas habían sido estúpidamente arrogantes)— que la inteligencia artificial será como cualquier otro invento del pasado. Cambiará muchas cosas y resultará en un beneficio para la humanidad. Hará muchas cosas que hacemos hoy los humanos…

—Como pensar —había contestado Ernesto—. Pero, bueno, considerando que la gente cada vez más se parece a robots, no sería para preocuparse tanto, ¿no? Ya no jodo más con eso del consumismo aquí en este país. Sólo mira esos pobres niños en Shanghái, en Corea del Sur… Duermen cinco horas porque el resto están estudiando. Escuela, tutores, práctica extra, revisión y vuelta a casa cuando son las diez de la noche y el padre ya se ha acostado porque a las cinco sale de la casa a la oficina, donde está su familia verdadera que ellos llaman colegas. Cada día de cada año se preparan para ser los mejores, para que cuando sean jóvenes puedan entrar a las mejores universidades y de esa forma puedan lograr un trabajito de siete de la mañana a siete de la noche, con algunas horas extras cuando la producción no alcanza las expectativas y todo el mundo anda nervioso y estresado por la inevitable crisis, el inevitable fracaso. Si esos niños, esos jóvenes no logran entrar a las mejores universidades, son automáticamente y por default un fracaso. Algunos se suicidan. Digo, se suicidan de forma tradicional, porque el resto ya está muerto.

—¡Vaya, qué trágico! ¿No te parece que exageras un poco?

—No. Yo no —había dicho Ernesto, mirándolo a los ojos como si se tratase de un detector de mentiras—. No exagero. Es la realidad la que exagera, y no un poco. Los que logran el éxito, lo hacen al precio de haberse convertidos en máquinas, en piezas de una gran maquinaria productiva, altamente efectiva. Si uno reemplaza esos cyborgs por robots con inteligencia artificial, no habrá mucha diferencia. Para entonces, los humanos ya se habrán deshumanizado mucho antes de ser reemplazados por máquinas más perfectas. Es decir, por ellos mismos en versión mejorada.

—El miedo a que los robots inteligentes se den vuelta contra los humanos y nos conviertan en esclavos o, simplemente nos exterminen es un miedo propio de los seres humanos…

—¿Y por qué las máquinas con inteligencia artificial, alimentadas con nuestros hábitos intelectuales, cosas de seres humanos, habrían de ser éticamente superiores a nosotros? ¿O no hemos sido, desde siempre, una especie altamente destructiva, una especie letal? Además, aunque los robots inteligentes sean el súmmum de la bondad, todavía queda la opción más probable: no serán ellos que nos destruyan; seremos nosotros mismos, cuando nos convirtamos en seres irrelevantes, perfectamente inútiles para sobrevivir sin la inteligencia artificial. Física y mentalmente perezosos. No necesitamos que los robots nos persigan para destruirnos, como en The Terminator; basta con que nos resuelvan todos los problemas. Con eso basta para convertirnos en apéndices, para tener una existencia de gusanos. Claro que si nos convertimos en gusanos nunca llegaremos a darnos cuenta. Nos sentiremos orgullosos de ser gusanos y hasta le pediremos a los robots que escriban libros y hagan películas y diseñen ideologías y religiones alabando nuestra admirable condición de gusanos.

 

JM, agosto 2018

 

 

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Democracia sin trabajadores

Entrevista a Jorge Majfud por Lourdes Vitabar, periodista, Radio Uruguay 

 

1. ¿Como evalúas la situación económica de EEUU?

En este preciso momento es relativamente buena, si miramos los guarismos macroeconómicos y no miramos los pobres; si miramos que China ha entrado en un período de dificultades (el yuan se ha devaluado dramáticamente, la construcción, motor hasta no hace mucho del PIB, está con problemas, el endeudamiento de las provincias, el futuro envejecimiento de la población, etc.). En Estados Unidos, el PIB del segundo cuatrimestre ha sido de 4.1 % (a pesar que Trump lo anunció como algo inaudito, no es tan alto como al menos dos cuatrimestres de 2014, durante la administración Obama). El desempleo continúa bajando, como desde hace varios años, a la misma velocidad. Después de varios tropiezos y bajas desde febrero hasta agosto, Wall Street ha vuelto a subir con fuerza (aunque las bolsas no dicen mucho de los ingresos de las clases medias y baja y sus entusiasmadas alzas suelen ser el canto del cisne que anuncian derrumbes brutales).

 Pero si miramos dónde se fue la mayor parte de la recuperación económica, también veremos que casi toda se fue para los sectores más altos, para el uno o dos por ciento de la población, no para los trabajadores. El salario real casi no ha aumentado, a pesar que las ganancias de las empresas han aumentado de forma exponencial, algo que tiene desconcertados a los economistas. Una teoría bastante sólida explica este fenómeno por la debilidad de los sindicatos. Hay varios estudios y gráficos que, en Estados Unidos y en varios países de Europa, muestran una correlación directa entre la desarticulación de los sindicatos y los salarios reales.

Por otro lado, no hay que olvidar algo que nunca se menciona en la prensa: ese numerito llamado inflación anual esconde muchas realidades diferentes. La inflación para las clases media y baja generalmente ha sido mayor que para las clases altas.

Un factor más, brevemente: los estadounidenses han recaído en los vicios crediticios de antes de la gran recesión, esa adicción enfermiza al crédito y al consumo que tanto celebran los economistas en los gobiernos como forma de inflar los índices de crecimiento del PIB. La memoria es frágil y los errores se repiten. Estamos en niveles de endeudamiento extremadamente peligrosos.

 

2. ¿Se notan las consecuencias de la guerra comercial con China? ¿Como está el nivel de desempleo?

Por el momento el impacto ha sido muy menor: el aluminio de las latas de cerveza, el acero, las lavarropas, etc. La razón es que Estados Unidos exporta muy poco a China y China exporta mucho a Estados Unidos, por lo cual el impacto de las tarifas golpea de forma desigual. Pero sería ingenuo pensar que una crisis o desaceleración en China va a ayudar a la economía en EEUU. Todo lo contrario.

El nivel de desempleo está en 3.9, 3.8 %. No creo que se sostenga durante un año más. Sobre todo, cuando el crecimiento vuelva a bajar y los efectos “positivos” de los recortes de impuestos (ese saqueo extra a las clases trabajadoras) pase a partir del año próximo.

Como ya dije antes, para mí esto no se trata tanto de una guerra comercial sino una guerra fría, que incluye lo cibernético y militar, entre una superpotencia en declive (no absoluto sino relativo) y otra emergente. Hay que recordar que por mínimo que sea el impacto de una medida económica o social, siempre puede tener consecuencias desproporcionadas, de la misma forma que una pequeña pieza de dominó puede derrumbar otras mil piezas mucho mayores..

 

3. ¿Los votantes de Trump mejoraron su situación?

No, pero no importa. Una buena parte es creyente de Trump, lo que significa que no importa qué nivel de frustración vivan, nunca concederán que se equivocaron. Trump es la encarnación de sus frustraciones. Gran parte de ellos, del sector rural de los estados centrales, sobre representados en política (un voto allí vale por diez o veinte de otro en California o Nueva York), está sufriendo la guerra comercial con China, porque mucho son productores de soja, etc. Como solución Trump los subsidiará (aún más) con algunos billones de dólares. Si ven los precios de soja, estos han caído brutalmente este año y más lo han sentido los agricultores estadounidenses. Los mineros de West Virginia siguen sobreviviendo. No es que ganen mal, pero sus condiciones de trabajo son inhumanas y deben saber que es una actividad destinada a reducirse. Gracias a Trump, el carbón seguirá explotándose por un tiempo más, pese al daño ecológico, al tiempo que los trabajadores en el área de las energías renovables van a sufrir por algún año más.

En pocas palabras, el desempleo ha continuado disminuyendo, pero la brecha social entre ricos y pobres, entre ricos y trabajadores ha continuado aumentado. Pero, ya sabes, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

 

4. En un giro sorpresivo parece que en las próximas horas EEUU va a llegar a un acuerdo con México por el TLAN. ¿Qué beneficio obtiene EEUU al lograr este acuerdo?

Para empezar, Trump quiere cambiarle el nombre, porque no le gusta. “They used to call it NAFTA. We are going to call it the United States-Mexico trade agreement”.Tal vez querrá que se llame Trump-Free Trade Agreement (Tratado de Libre Comercio de Trump) pero no creo que se anime a algo tan evidente. Pero sí que va a bautizar a la creatura con otro nombre, para que el César sea recordado por eso también. También está en línea con lo que él mismo habia prometido, que eran acuerdos bilaterales, no regionales. En concreto: En lugar de que el 62% de los autos sean producidos en EEUU, ahora sería un 72%. Un 40 a 45% de los autos serían hechos con salarios de $16 dólares por hora. Sólo en esto veo dos problemas: Primero, México y Estados Unidos no son los únicos que producen autos en el mundo. Segundo, para un CEO eso se resuelve fácil: aumento de la robotización, despidiendo trabajadores “de cuello azul”, lo que mejoraría el promedio salarial de forma automática.

¿Alguien advirtió que en estas negociaciones sobre salarios nunca se llaman a los trabajadores a la mesa? Los trabajadores son fusibles para este sistema y para esta mentalidad, no seres humanos. Son objetos (de explotación y, en el mejor caso, de beneficio), pero nunca sujetos.

 

5. ¿Que cambió en la Casa Blanca para que esto ocurriera?

¿Qué cambió en la Casa Blanca? La pregunta sería ¿Qué no cambió? Trump está arrinconado con los juicios y confesiones de sus ex aliados más cercanos. Aunque ahora parece intocable, no hay que descartar en el futuro acciones que terminen por llevarlo ante la justicia y que sus herederos terminen pagando con sus negocios parte de sus pecados. Sería una interesante paradoja casi bíblica que una actriz porno termine por destronar al César misógino. También está el escandalo de las elecciones y la trama rusa, el acuerdo con Corea del Norte, que se reveló como puro circo, como casi todo lo que rodea a Trump. Y un largo etcétera. Es decir, que Trump necesita urgentemente desviar la atención.

Por otra parte, he observado un patrón psicológico en Trump: sus ataques virulentos hacia alguna persona o grupo pueden terminar en un repentino romance, aunque frágil y breve, como el de todo cazador, como el de todo narcisista. Tal vez esta sea sólo mi percepción, no como ensayista sino como novelista: veo que, como personaje que es, Trump posee una fuerte atracción erótica por el enemigo. Pero esto será tema para psicoanalistas cuando el personaje ya sea historia.  

 

6. ¿La economía va a pesar mucho en las elecciones de medio término? ¿Ya se puede aventurar algún resultado?

Creo que la economía no va a pesar tanto como pudiera. Los Republicanos intentarán jugar esa carta, porque no les queda mucho más tiempo para presumir de una economía fuerte, intuyo. A partir del próximo año veremos un declive económico, sino antes.

En las elecciones legislativas que tendrán lugar en más de dos meses no están en juego todos los escaños, pero podemos prever que habrá un fuerte corrimiento a la izquierda. Más mujeres electas, más representantes de minorías, ya sean étnicas, etarias, sociales.

Creo que la economía será un factor decisivo en las presidenciales de 2020, cuando ya hayamos visto los efectos de una recesión. Los presidentes que son candidatos a la reelección generalmente ganan, pero no creo que sea este caso. Tanto el gobierno como la población tendrá que enfrentarse con la realidad y, gracias a la economía, la gente comenzará a mirar más en serio los aspectos éticos del actual presidente. Sin embargo, como la población se está fragmentando, social e ideológicamente, todo esto puede llevar a un fuerte incremento de los conflictos. Una buena economía siempre mantiene los ánimos apaciguados, como lo ha demostrado China y tantos otros países, incluido este.

Los pobres trabajadores rurales y un porcentaje del proletariado continuarán votando por el millonario Trump, pero no los trabajadores urbanos, que continuarán moviéndose a la izquierda.

 

7. ¿Incide la muerte de McCain en las posibilidades de los republicanos?

No creo que mucho. McCain es una especie de mito, como lo es Reagan, porque se adecúa a la mitología nacional y porque se ignoran de plano sus sombras, que son muy largas.

Agosto 2018

Venezuela, paren la mano

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, anuncia por TV que “recorrimos más de 21.824km al cuadrado. Esto es, multiplicado por dos, ida y vuelta”. Su ministro de Comunicación e Información, Jorge Jesús Rodríguez, hace lo mismo en otro evento televisado afirmando, con números prolijamente impresos, que “si un trabajador trabaja 8 horas al día de lunes a viernes, entonces trabaja 800 horas mensuales” y a partir de ahí continúa un cálculo basado en un más que obvio error matemático.
Claro que a Calros Andrés Pérez tampoco le daban los números. Claro que la oposición es patética. Claro que la mafia de los Jaime Bayly ha demostrado, una vez más, su impunidad. Pero, de cualquier forma, nada de eso sirve de excusa para un desastre tras otro.
JM, agosto 2018.

Nuestros hijos en nuestra cultura neurótica

Nuestro mundo neurótico es especialmente neurótico con los niños. Está organizado para evitarles todo tipo de sufrimiento, como si viviesen en Disney World, con la ausencia total de las necesidades básicas de otros tiempos y de otras sociedades periféricas, rodeados de cosas (que compramos para suplir nuestros sentimientos de culpa) mientras los torturamos y les impedimos tener una existencia propia, como si la niñez, primero, y el resto de la vida, después, fuesen una carrera interminable hacia el éxito económico, académico o social.

Desde que nacen, los especialistas de todo tipo comienzan a medir su naturaleza. Peso corporal, diámetro cerebral. A los pocos años, el especialista está contando cuántas palabras pueden aprender y producir, y las compara con las estadísticas. Como todos los individuos son diferentes, ninguno se adecúa exactamente al modelo. Para no herir sensibilidades, casi todos son calificados como “normales dentro del rango” de la felicidad. Pero si alguno sale un poco por fuera (es decir, todos), se lo empuja como ganado al tubo de tratamiento. Inmediatamente empiezan las ansiedades y el estrés por cualquier diferencia que, generalmente, debe ser tratada con un especialista para que: (1) si es un genio, no se le arruine el futuro que merece; o (2) si tiene alguna tara, como tenemos todos los que nos consideramos normales, se lo derive a un especialista para que lo ayude a superarla, al tiempo que, en el mismo proceso, el niño va absolviendo el resto de las taras de una cultura exitista y consumista.

Ni el orden socioeconomico ni la cultura que deriva de él y lo promueve, son tratados, porque para eso no hay especialistas diplomados: se tratan los individuos, de la misma forma que la policía y el sistema judicial castigan los elementos expurgados por una sociedad enferma. Son niños y adolescentes generalmente estresados y sufriendo el síndrome de la ansiedad crónica que su propia cultura produce. Sobre ellos proyectamos todas nuestras expectativas y, sobre todo, todos nuestros miedos. Los miedos propios de una sociedad basada en la competencia y el consumo, es decir, el miedo al fracaso, a no ser exitosos, a no tener cosas, títulos, a ser una basura que todavía no cometió ningún delito.

Nuestra generación, aunque jodida de otras formas, tuvo algunos privilegios existenciales: todas nuestras incapacidades fueron ignoradas. Yo aprendí a leer solo, antes de entrar a la escuela, y todavía tengo problemas para decidir si vacaciones va con c o con s. No había tantos nombres para esas deficiencias que hacen de un individuo un artista, un científico, un carpintero o un deportista. No había reportes detallados de nuestro coeficiente de inteligencia ni de nuestra incapacidad de prestar atención a lo que decía la maestra en clase, por lo cual podíamos recibir un grito histérico, pero no el estrés ni la ansiedad ni la desesperación diaria de nuestros padres por un hijo con futuro de perdedor.

A nosotros nos amaban tanto como nosotros amamos a nuestros hijos, con una diferencia: por lo general, nuestros padres, con todos sus problemas, que no eran pocos ni eran pequeños, aun siendo terriblemente estrictos, vivían con nosotros y nos dejaban en paz. Éramos, por lejos, más libres. No conocíamos la adicción a los videojuegos, a las pantallitas, esas fábricas de autistas sociales. Estábamos rodeados de seres humanos, con todos sus defectos de humanos. Nuestros padres eran, para el estándar actual, terriblemente negligentes. Corríamos casi desnudos por las calles bajo la lluvia. Solos, sin la guardia paterna. Hacíamos las compras en algún almacén. Íbamos caminando a la escuela, muriéndonos de frío o de calor. En las escuelas, en los automóviles, no existía ni la calefacción ni el aire acondicionado, por lo que no podíamos quejarnos de su falta. Sufríamos más el calor y el frío y menos la tristeza y la frustración. Hoy ya no hay niños jugando en las calles. Por estadísticas, los reclusos pasan más tiempo al aire libre que los niños de hoy.

Las maestras no nos exigían resolver la cuadratura del círculo ni nos presionaban para alcanzar altos escores en las pruebas PISA. No necesitábamos competir ni con Estados Unidos ni con China. Sí, éramos más pobres. Pero éramos lo que éramos. Éramos niños y, en mi opinión, más felices.

Ahora, los padres ya no vivimos con nuestros hijos; vivimos para nuestros hijos. Les damos todo y les exigimos todo. La repetida publicidad, los numerosos negocios no dejan de recordarnos que debemos comprar diez seguros, hasta por si se nos escapa una mala palabra en público y alguien nos hace un juicio. Debemos ahorrar en el Banco X para la universidad y hasta para el retiro de esos niños. El negocio está siempre en promover el miedo para vender una ilusión de futuro y aplastar el presente, convirtiéndolo en una oportunidad de inversión.

La solución no es individual sino colectiva. ¿Por qué? Porque incluso aquellos padres que criticamos esta cultura neurótica estamos atrapados o tenemos poco margen de movimiento real: si alguien quisiera criar a un niño por fuera de esta locura global, crearía un ser marginal, inadaptado, una futura víctima de una sociedad que lo castigará con todo su variado arsenal de privaciones, de humillaciones propias y de premios ajenos.

Todos los best sellers para niños y jóvenes insisten en la idea de escaparse del sistema, como si fuese una catarsis, un sueño pasajero que, al terminarse, deja la misma sensación de despertar de un sueño agradable a una realidad decepcionante. No aprendimos nada, pero renovamos energías para seguir haciendo lo mismo. Este tipo de industria editorial continúa haciendo montañas de dinero con una frustración infantil y adolescente a la que no ayuda, aparte de una distracción y de una mejora en las habilidades de lectura que lo harán un mejor consumidor o un mejor CEO. No es el espíritu crítico lo que se promueve, sino habilidades para aprobar esos exámenes que le enseñan al niño a odiar las matemáticas y la literatura o, en el mejor caso, a creer que la literatura es un examen clerical de datos computacionales.

En Estados Unidos, tanto la educación elemental como secundaria, privada o pública, está obsesionada con la literatura, pero confunden literatura y cultura con tortura. La literatura debería expandir los límites interiores de la experiencia humana y no ser, como lo es hoy, un objeto de decodificación para aumentar las habilidades clericales y computacionales de los niños. Una actividad de primer año de secundaria (sexto año de primaria en América del Sur) suele consistir en doscientas preguntas sobre tres novelas de cien y doscientas páginas, de las cuales me reservo el calificativo.

¿Dónde está el espíritu crítico, la fantasía creadora, el placer de estar vivos? Entonces, uno entiende el desinterés de los jóvenes por la cultura crítica, esa que produce seres humanos, sensibles y pensantes, no consumidores de cantidades, eso otro tan necesario para la economía del uno por ciento que luego, en los promedios, se confunde con la economía de un país y con la felicidad de sus habitantes.

Para que todo eso funcione, los dulces padres deben ser los policías de sus hijos, como sus dulces maestros, cuya estrategia es acosar al niño con una montaña de deberes y actividades para que no piense, para que desarrolle solo aquellas habilidades que lo harán una persona exitosa en un futuro super-controlado y pre-determinado.

Un mundo que no estará controlado por ellos, sino por unos pocos que se encargarán del resto. Eso en el mejor de los casos, si no hay un quiebre abrupto.

 

JM, agosto 2018

 

Guatemala Police Archive under Threat

Repository of historic human rights evidence faces government crackdown

 

Washington, D.C., August 13, 2018—Guatemala’s renowned Historical Archive of the National Police (AHPN) is in crisis after its director Gustavo Meoño Brenner was abruptly removed in one of a series of recent actions orchestrated by the Guatemalan government and a United Nations office. The actions also placed the AHPN’s remaining staff of more than fifty people on temporary contract, and transferred oversight for the repository from the country’s national archives, where it had functioned since 2009, to the Ministry of Culture and Sports.

Meoño learned of his removal on Friday, August 3, when a convoy of government vehicles pulled up in front of the Police Archive, and officials from the Culture Ministry and the Guatemalan office of the United Nations Development Programmme (UNDP) entered, demanding that he leave. “The operation was executed with all the characteristics of a commando strike,” one press account reported.

The unexpected move threatens to jeopardize the stability of the AHPN’s enormous collection of fragile National Police documents. Since their discovery in an abandoned and deteriorating state on a Guatemala City police base in 2005, hundreds of volunteers and paid employees have cycled through the AHPN under Meoño’s leadership to clean, organize, scan, and make public over twenty million pages of the estimated 8 linear kilometers of paper records. A UNDP employee with no experience in archival management has been named to replace Meoño as director.

La generación 2001 y la violencia

En medio de la crisis del Cono Sur que se inició en el año 2001 y se profundizó en el 2002, todos se horrorizaban, con cierta dosis de inevitable acostumbramiento, por los niños que comían basura o se drogaban con pegamento debajo de los puentes. No eran casos aislados. Fue una epidemia súbita que arrojó a casi un veinte por ciento de los hijos de la clase media a la miseria y el abandono, debido al descalabro de la economía, al desempleo masivo y de los ya debilitados planes sociales de los gobiernos anteriores que, tanto en Uruguay como, sobre todo, en Argentina, se habían alineado a las recetas privatizadoras del FMI.

¿Dónde están hoy esos niños? ¿Desaparecieron? No.

Todo presente tiene un pasado, y aunque la gran mayoría de ellos hayan salido a flote, hacia una vida digna de lucha y trabajo, basta con un pequeño porcentaje para crear un fuerte estado de inseguridad debido a delitos crecientes en número y crueldad. Como solución, no pocos miran los tiempos de la dictadura militar con nostalgia, por el simple hecho que, por entonces, crímenes y violaciones de todo tipo, física, moral y económica, simplemente no salían en las noticias y quienes las denunciaban, desaparecían o perdían sus trabajos, en el mejor caso.

Por entonces, en medio de nuestras propias urgencias y necesidades, advertimos varias veces, con el pudor de estar terriblemente equivocados, que aquella crisis se podía superar en cinco años con un nuevo orden económico, que la economía de cualquier país se podía recuperar en un breve período, pero los efectos sociales siempre tienen consecuencias que persisten de diversas formas y son, por lejos, muy difíciles de resolver. El sermón dirigido a un delincuente, producto de una infancia deshumanizada por todas sus condiciones de inicio, sean familiares o sociales, no funciona. La inevitable cárcel, cuando no posee los onerosos recursos que realmente necesitaría, suele ser una universidad donde los delincuentes hacen posgrados.

Lo que por entonces repetíamos, literalmente (y estoy seguro que muchos pensaban igual), era que la situación de aquellos numerosos niños de la calle y de las precarias periferias eran “una bomba de tiempo programada para reventar en quince años”. Ahora, los políticos, tanto en la oposición como en el gobierno, repiten que “los delincuentes ya no tienen códigos”. La afirmación parece inocente, considerando que la definición de delincuencia es la de romper reglas y códigos, pero desde al menos un punto de vista está expresando una verdad: existe una degradación profunda de valores humanos (y no sólo entre los delincuentes). ¿No es lógico, entonces? ¿Qué se puede esperar de niños que fueron previamente deshumanizados por las más horrendas condiciones de educación social, desarrollo biológico y crecimiento personal?

Muchos se acordarán de esta metáfora de la bomba de tiempo, sobre todo en algunas reuniones familiares antes de irnos del país. Claro que este no es el único factor de la violencia social (tal vez hablar de “violencia social” es una redundancia). Es necesario considerar, al menos, otros factores como:

1) La cultura consumista y sus efectos violentos en muchos otros países, alguno de los cuales distan mucho de ser pobres, como en Estados Unidos. El efecto ampliamente estudiado de las crecientes desigualdades sociales que en el individuo, en una cultura consumista, importan más que los ingresos absolutos.

2) Los efectos de la creciente soledad del individuo, facilitada y generada por la adicción infantil y adolescente a ciertas tecnologías como los “teléfonos inteligentes”. La amistad y la muerte han sido banalizadas por los juegos interactivos y por las redes sociales. El otro ha sido deshumanizado, se lo puede bloquear, silenciar, desaparecer con un solo clic. En este sentido, el mouse es un arma implacable. Así, igual, es la fragilidad de una amistad virtual, con pocas excepciones.

3) Los efectos de las redes sociales que (esta ha sido una especulación personal, sin datos científicos) han amplificado las frustraciones y el odio de eso que a veces es un individuo y a veces ni siquiera lo es, o es un individuo con múltiples identidades, es decir, neurótico. De hecho, este mismo artículo será compartido y no en pocas ocasiones recibiré la clásica lista de insultos y acusaciones que antes no ocurría por el simple hecho de que los lectores estaban obligados a digerir lo leído, sin la ansiedad de la respuesta inmediata, y solían discutirlo cara a cara con algún conocido, lo cual aumentaba el sentido de respeto y responsabilidad; no de forma anónima, como si fuesen múltiples vómitos y compulsiones. Nada de esto puede ser neutral a la hora de explicar la violencia, sea la criminalidad callejera o las conductas políticas de los votantes que cada día adoptan más y más una conducta tribal, en el sentido negativo de la palabra, como lo son la xenofobia, el racismo, el sexismo y el irracional odio a los pobres.

4) También existen las razones históricas (como pasadas guerras civiles, dictaduras recientes) y sus efectos culturales (impunidad, deshumanización).

5) O el más comprensible factor económico. Para eso bastaría con considerar países como Venezuela (desde las profundas crisis de los 80s y 90s hasta la fecha, aunque con diferente color ideológico), Honduras, Guatemala y El Salvador (con estados fallidos desde principios del siglo pasado, con una ausencia crónica de los servicios sociales más elementales, pero con ejércitos omnipresentes, siempre listos para reprimir en nombre de los intereses de las clases exportadoras y de las compañías transnacionales, hoy “inversores”), países con guarismos de violencia muy alejados de la realidad del Cono Sur.

Ahora, volviendo al factor concreto de la Generación 2001, la realidad muestra que, sin llegar a “niveles latinoamericanos” de desigualdad y violencia, la bomba de tiempo ha explotado en los dos países del extremo Sur. Uno, el Uruguay, con una prosperidad económica (a muchos les disgusta esta palabra cuando se habla de un país que en el exterior se convirtió en símbolo de una alternativa de perfil bajo), un país que lleva quince años sin recesión y con una notable disminución de la pobreza. El otro, Argentina, con una nueva crisis fabricada cuidadosamente en dos años por las mismas políticas que produjeron la gran crisis del 2001.

Cuando menciono que, pese a este serio problema los niveles de violencia y desigualdad en Uruguay están muy lejos de casi cualquier otro país latinoamericano, me responden, con obviedad: “Nosotros no debemos compararnos con ningún otro país. Debemos compararnos con nosotros mismos, con el Uruguay que fue”. Precisamente, “el Uruguay que fue” no puede ser, porque el pasado es un país extranjero. Comparar los Estados Unidos de hoy y los de Lincoln o los de F. D. Roosevelt es comparar un país donde los únicos con derechos de ciudadanía eran los blancos y los demás esclavos desechables. Si alguna comparación es válida, es aquella que nos pone en el contexto real, el contexto presente en la región y en el mundo. En el pasado están nuestros orígenes, pero nosotros no estamos allí, ni podemos ser lo que fuimos, ni como individuos ni como sociedad.

El actual gobierno, sea el uruguayo o el argentino, tienen la principal responsabilidad en la búsqueda de soluciones a un problema específico (el de la G2001) que ya no depende de ninguna prosperidad económica. Pero no se debe olvidar que el origen del problema nació junto con sus actuales protagonistas, en su mayoría adolescentes y jóvenes, muy jóvenes aun, como el siglo.

 

JM, agosto 2018

Lenguaje: el pasado es un país extranjero

Hace pocos días iba caminando por Jacksonville Beach y leí el nombre de un edificio de apartamentos muy caros: Beachcomber. Recordé que ése era el origen de una de las palabras más rioplatenses que se puedan escuchar: “bichicome”, y que significa alguien pobre que anda buscando cosas (en la playa, “beach-comber”), algo similar a la palabra “chusma”, que procede del árabe, como un cuarto de las palabras españolas, como “cheque”, “algebra”, “algoritmo”, y tantas otras referidas a las ciencias. 

Mirando la fotografía de la góndola de un supermercado en Uruguay, volví a comprobar que “el pasado es un país extranjero”. Los frascos de Nescafé estaban anunciados con un cartelito de letras impresas que decía “Precio Bajo”, expresión que, como tantas otras, proviene del inglés “low price“, omnipresentes en los supermercados de Estados Unidos. Hace solo quince años, allá en el lejano sur de las Américas, se decía “oferta”. Seguramente, dentro de un tiempo quizás, cuando uno se dé una vuelta por su país de origen y hable de oferta te salgan con eso de “la influencia del inglés”. (¿De dónde saldrá la antigua expresión rioplatense “cuánto sale”? ¿Habría sido una adopción del inglés “sale”, cuando algo está en oferta, en liquidación, a “precio bajo”?)

Entiendo que el lenguaje de los que emigran a otros países madura (como, en cualquier caso, porque los individuos maduramos) y se adapta, como en el caso específico de quienes viven una realidad particular, cultural y lingüísticamente diferente. Eso no es un defecto, sino una evolución, parte de la rica diversidad de la experiencia humana en este planeta. Si yo no fuese sensible al spanglish, no podría entender ni hablar, ni siquiera de forma mínima, funcional, de la realidad de cincuenta millones de hispanos que viven en Estados Unidos. De mi experiencia en una cultura en la que el inglés es dominante y en la que cada día se escuchan variaciones dialectales del español que jamás se escucharían en ningún país latinoamericano, donde un provinciano de un país cree que el provinciano de otro país habla de forma incorrecta o, por lo menos, exótica. Ninguna de esas variaciones impide la comunicación si el individuo se libera de su propia arrogancia provinciana.

Hace un tiempo, un año quizás, escuché al expresidente Julio María Sanguinetti, un hombre de ochenta años, decir que los jóvenes ya no “compran esa idea”. Era la primera vez que lo escuchaba en español. Les comenté esta rareza a unos amigos periodistas de allá y me dijeron que no les parecía raro. Lo tenían naturalizado. Por no entrar a hablar de expresiones populares en los programas televisivos de Buenos Aires, donde los jurados “daban retorno” a los concursantes, típica expresión inglesa de “feedback”. Un par de décadas atrás “retorno” en la televisión se aplicaba a una conexión de audio, no a la crítica constructiva. No es casualidad, porque desde Gran Hermano hasta los programas de competencia de cocineros (un medio como la televisión, que carece de olores y sabores, siempre está obsesionado con los programas de cocina, como las películas eróticas sin sexo, los programas deportivos sin deporte, o los programas de políticos sin ideas). O programas de cocineros famosos humillando restaurantes sucios. Todo eso, sea bueno o malo, primero se inventa aquí, primero lo vemos aquí y luego se copia allá. Nada nuevo.

Sin embrago, cuando dejé Uruguay ningún supermercado usaba esa expresión de “Precio bajo” como etiqueta en lugar de “oferta”. Me hubiese resultado tan extraña como cuando escuché aquí en Estados Unidos, por primera vez, expresiones como “I don’t buy it”, para decir “no me lo creo” o “no me lo trago”. Por entonces, aprendí a aceptar y usar estas expresiones que me parecieron propias de una cultura materialista, con miles de idioms (dichos) y expresiones referidas al dinero, a la compra o venta de algo: “no es mi negocio” (por “no me importa”), “paga atención” (por “presta atención”), “me siento como un millón de dólares” (por “me siento feliz”), “te pagaré una visita” (por “te haré una visita”), el mozo en un restaurante, muy amablemente: “¿todavía están trabajando?” (por “¿no terminaron (el placer de) la comida?”) y así un largo etcétera.

Por otro lado, los países naturalmente van cambiando su lenguaje, sus expresiones y hasta sus pronunciaciones. Basta con escuchar un audio o un video de una sesión parlamentaria de medio siglo atrás. En el caso del castellano de países alejados de los centros anglosajones de poder y de irradiación cultural, los cambios son más evidentes para quienes dejaron ese país que para aquellos que conviven cada día con la lenta metamorfosis del lenguaje. Quien dejó su país y convive por un largo período con otra cultura y otro lenguaje, puede alterar sus expresiones, pero también mantiene un material lingüístico mucho menos alterado. En muchos aspectos, y a pesar de que también consumimos información de esos mismos lugares (diarios, radio, televisión, conversaciones por Skype con familiares), nuestro lenguaje materno permanece mucho mejor conservado en un tiempo pasado. Como las mismas memorias de los lugares permanecen inalterados, lejos de los inevitables cambios de esos lugares y de los inevitables cambios de nosotros mismos. Como la misma memoria de las cosas y de las gente está sensibilizada en el que se fue, por una nostalgia mucho más profunda y recurrente.

No es casualidad que, en español, el voseo del Rio de la Plata y de regiones colombianas menos accesibles por el antiguo monopolio español, sea más antiguo que el tuteo de España. O que en Estados Unidos se usen expresiones y palabras del inglés que se dejaron de usar en Inglaterra tiempo atrás, como, por ejemplo, fall en lugar de autumn.

Hace unos años, en una discusión en un comité de mi universidad, escuché que una profesora argumentaba en favor de un nombre para una nueva ley del programa de matemáticas porque era “more sexy”. Pocos años después, todo el mundo hablaba de títulos sexys y propuestas sexys, que no tenían nada que ver con ninguna sensualidad física. Quiero decir, muchachos, que si en la periferia geopolítica del mundo la gente comienza a hablar de ideas sexys que no se refieren a nada relacionado con el deseo sexual, ya saben de dónde proviene todo ese “puro castellano”.

 

JM, agosto 2018

 

Más allá de la migración

 

Prólogo del libro De un infierno al otro, de Leonor Taiano Campoverde

University of Notre Dame

por Ana Cristina dos Santos

Universidade do Estado do Rio de Janeiro

taiano

En los días de hoy, estar en el mundo es convivir con la existencia de innúmeros desplazamientos territoriales, como la migración, la diáspora, el exilio y con las consecuencias que el cruce de fronteras provoca en el sujeto y en la propia sociedad. Debemos observar que esos tránsitos no son una característica específica del momento actual, sino una parte intrínseca de la historia del Occidente, ya que no podemos pensar las sociedades y las literaturas occidentales sin los diversos dislocamientos que las formaron.

Sin embargo en la contemporaneidad, dichos tránsitos se intensificaron. La globalización, la unión de los países en grandes bloques políticos y económicos y los desplazamientos espaciales mucho más rápidos nos dan la impresión de que las fronteras territoriales se diluyeron y que vivimos en una sociedad en constante dislocamiento. En la concepción de Castells (1999), podemos incluso pensar en las sociedades actuales en términos de desterritorializaciones y reterritorializaciones, movilidades urbanas, de no lugares intercambiables, de ciudades globales que privilegian lo que se mueve, se desplaza y fluye. No nos faltan datos para sostener esa visión, ya que muchos países latinoamericanos, como México, Uruguay y Ecuador, poseen del 15% al 20% de su población en el extranjero (GARCÍA CANCLINI, 2009, p. 3). Esas cifras hacen que la idea de nación ultrapase las fronteras geográficas de los países y, consecuentemente, amplíen el concepto de identidad y de lo “nacional”.

Son varios los motivos que llevan a uno a dejar su país, pero podemos resumirlos en dos: deseo y necesidad. Los desplazamientos por deseo son provocados por causas diversas que abarcan desde la salida del país para hacer turismo hasta la elección de trabajar o de estudiar en el exterior. Con todo, en los últimos años, son los desplazamientos por necesidad los que provocan el éxodo de un sinnúmero de personas en búsqueda de otros países para vivir y que suelen desestabilizar las relaciones políticas y económicas entre el país de salida y el país de llegada. La razón para dejar familia, casa y todo un pasado hacia atrás pasan por los altos índices de violencia criminal, los estragos causados por los carteles de la droga, los regímenes políticos dictatoriales, las guerras civiles o la falta de perspectivas socioeconómica como ocurren en muchos países latinoamericanos y africanos.

Al considerar ese panorama social y cultural, percibimos que no es casual el hecho de que la literatura y la crítica contemporánea privilegien las narrativas que mapean las diversas formas de movimientos territoriales y que evidencien sujetos en tránsito y sus experiencias. Tampoco es casual que específicamente la literatura latinoamericana haga hincapié en el tema del dislocamiento más permanente y regular que efectúan los latinos desde mediados del siglo XX y que se intensificó en el XXI: la migración del eje Sur-Norte del continente americano. En otras palabras, el cruce por la frontera mexicana de los ciudadanos de México y de los países de América Central y del Sur hacia los Estados Unidos en búsqueda de mejores condiciones de vida. El tema de la migración, generalmente ilegal al territorio estadunidense, la difícil vida que llevan esos migrantes en el país que les excluye socialmente y el pertenecer a dos culturas como los descendientes de la segunda o tercera generación es, quizás, el tema más constate en las narrativas de los escritores latinoamericanos contemporáneos que viven o vivieron en los Estados Unidos.

El teórico Silviano Santiago (2016) llama a ese sujeto que migra por necesidad — el pobre urbano — de “cosmopolita pobre”. Añade que generalmente son latinoamericanos o africanos que llegan a las megalópolis modernas y desarrolladas económicamente, expulsados por la miseria de sus países, con ilusiones de mejores oportunidades de vida en el mundo de abundancia y riqueza de los Estados Unidos o Europa. Tienen la ilusión de llegar al país elegido, trabajar, tener una buena vida (que no tenían en sus países), ahorrar y algunos, incluso, piensan en después volver al país natal y vivir, ahí, una vida mejor. Se transforman muchas veces en proveedores de los miembros de la familia que dejaron en el país de origen, enviándoles parte del dinero que ahorran.

            Al llegar al país extranjero, el cosmopolita pobre acepta trabajar en actividades que los ciudadanos norteamericanos o europeos no desean realizar ya que las consideran subempleo. Así los servicios de limpieza y cuidados del hogar, los servicios de lavandería y peluquería y los trabajos en la agricultura son ejecutados en su mayoría por los migrantes. La indocumentación y la falta de permiso de trabajo de la mayoría de los migrantes les conducen a la ilegalidad en el país. Por tal motivo, aceptan trabajar por cualquier dinero, aun en cambio de comida. No poseen ninguna garantía social y tampoco laboral. Son invisibles socialmente, pero, el sueño de una vida mejor los mantiene ahí, en el territorio que los oprime y a la vez los despersonaliza. Constantemente tienen miedo de ser deportados y alejados de la familia con que vive en el país de llegada. Muchas veces, el retorno al país natal ocurre tan solo en un ataúd.

            De un infierno a otro: el migrante latino en Crisis de Jorge Majfud se ocupa del análisis de estos temas. La investigación detallada y profunda de los personajes que ejemplifican el cosmopolita pobre (los diversos personajes Ernesto y Guadalupe), de sus descendientes (los diversos personajes Tony) y del contexto socio-político y cultural que forma parte de sus vidas hace del libro de Leonor Taiano un ejemplar impar para la comprensión de la novela Crisis (2012). El análisis de Taiano nos acerca de una literatura que indaga y reflexiona sobre el papel del migrante de origen latina en la sociedad estadunidense y su exclusión como persona social que lo convierte en antihéroe en la sociedad estadounidense. Sus discusiones permiten comprender la dura crítica que hace Jorge Majfud – escritor uruguayo que actualmente vive en los EEUU – a la realidad socio-política contemporánea “marcada por la crisis del post-heroísmo, en la que los héroes del pasado han sido reemplazados por entes mecanizados” (TAIANO, p. 70).

El propio título de la obra – De un infierno a otro – ya hace el lector reflejar sobre la falta de perspectivas que conduce al migrante a un callejón sin salida tanto en su país natal como en los Estados Unidos. El migrante sale de un infierno y llega a otro, mostrando que no hay cualquier expectativa de que encuentre una vida mejor. Las situaciones vividas por los personajes en Crisis comprueban el infierno presente en el título del texto de Taiano. Ellos tienen miedo, sufren de ansiedad, depresión severa, estrés, porque en cualquier momento las rendadas pueden ir a sacarlos de su casa o de su sitio de trabajo, pues ser un indocumentado es vivir en el limbo, con un pie en los Estados Unidos y otro en el país de origen.

Como nos apunta acertadamente Leonor Taiano, Crisis es una novela mosaico, en la que el autor reúne “una serie de historias sobre latinoamericanos que migran a Estados Unidos y estadounidenses de origen latinoamericano” (p. 19). Historias ficcionales pero, a la vez, son el retrato de la época contemporánea en que las discusiones políticas se centran en la cuestión de la migración y específicamente, en los EEUU, en torno al debate político sobre la migración de los latinos. Aunque Crisis haya sido publicado en el año 2012, el tema sigue actual en 2018, con el endurecimiento de las políticas migratorias del actual presidente estadunidense en contra la entrada de los latinos en territorio estadunidense. El presidente estadunidense, incluso, sugiere la construcción de un muro entre México y Estados Unidos para detener la migración irregular.

El flujo migratorio constante e ininterrupto de los latinos a los EEUU hace que ese grupo sea la minoría étnica más grande en territorio estadunidense. Taiano incluso nos recuerda que el compromiso literario de Crisis es enseñar “la estrecha conexión que existe entre la política exterior estadounidense y la diáspora latinoamericana” (p. 105). De modo que la autora no aleja de su análisis literario, el análisis político y económico de las sociedades latinoamericanas y estadunidense, ya que ésas forman parte de la crítica majfudiana presente en Crisis.  

Las historias de los personajes diversos de Majfud permiten a Taiano discutir las tensiones que emergen de la migración de los latinoamericanos a las ciudades estadounidenses —“el dorado” contemporáneo. De un lado hay las diversas crisis personales y socioeconómicas ocasionadas por la fuga hacia la búsqueda estereotipada por el american dream, la esperanza sinfín de una vida mejor y el miedo constante de no ser deportado. De otro, las crisis personales y sociopolíticas que ocasionan la “americanización” y la “deshispanización” de los descendientes que, aun siendo americanos jus soli, son considerados ciudadanos de segunda clase —“los otros” — y no logran integrarse y vivir en las mismas condiciones que la sociedad americana blanca, anglosajona y protestante.

            De un infierno a otro demuestra que los personajes latinos majfudianos consideran el cruce de fronteras al territorio estadunidense como la única alternativa que les resta para tener una vida mejor y huir de la miseria y la violencia que asolan sus países. En las historias narradas, Jorge Majfud asocia los personajes migrantes hispanoamericanos a la pobreza y constata que las actividades laborales ejercidas se centran, principalmente, en el sector de servicios y en los trabajos brazales. Para Taiano, esa labor contribuye para mantener la sumisión de los latinos a la cultura y a la economía estadunidense, restringiéndoles el espacio social. Así, la cultura estadunidense invisibiliza al migrante y le niega cualquier posibilidad de una vida digna en los EEUU.

En Crisis, los personajes y sus historias nos dan testimonio de cómo las crisis sociales, políticas y económicas enfrentadas por los países hispanoamericanos y también por los Estados Unidos (específicamente la crisis financiera en 2008) afectaron y afectan directamente la vida de los migrantes de origen latina y de sus descendientes. Jorge Majfud critica explícitamente la realidad socio-política estadunidense (como también la de los países hispanoamericanos) que lleva a los migrantes — legales e ilegales — y a los naturalizados a ser considerados parias sociales y utilizados como grey disciplinada y sumisa.

Por todas esas cuestiones, para comprender la novela, el lector de Crisis necesita ir mucho más allá del tema de la migración de los hispanoamericanos al territorio estadunidense y comprender también los aspectos filosóficos, políticos, económicos y sociales presentes en las entrelíneas de las historias narradas. Aquí reside el valor de la publicación del libro De un infierno a otro que nos brinda la ensayista Leonor Taiano: permitir una lectura de la migración latina desde un sistema marcado por la globalización, por las crisis y por políticas hegemónicas paradójicas. A partir de esa lectura, la autora desvela el retrato existencial del migrante latinoamericano contemporáneo y demuestra que la intención de Jorge Majfud con la publicación de la novela Crisis es “ir más allá de la dimensión literaria del tópico del éxodo, adaptándolo perfectamente a la realidad histórica del mundo globalizado en el que está ocurriendo la diáspora latinoamericana” (p.112).

            Al abarcar estudios aun tan cercanos a nuestra realidad y sobre una obra recién publicada, el texto de Leonor Taiano contribuye para la comprensión de nuestro momento actual y seguramente servirá como punto de partida para futuras investigaciones sobre la obra majfudiana y sobre el tema de la migración de los latinos a Estados Unidos. Su texto no solo se evidencia como una referencia bibliográfica para los estudiosos de la obra majfudiana y del tema de la migración latina a los EEUU, como también aporta una amplia y actualizada bibliografía sobre los temas discutidos.

            Esperamos que las reflexiones suscitadas por la lectura del texto de Leonor Taiano sean provechosamente discutidas y que contribuyan para mostrar que la literatura de Jorge Majfud va más allá de la ficción al trazar un retrato fiel de la realidad histórica del migrante latinoamericano en la sociedad globalizada contemporánea.

De este modo, podemos afirmar que la publicación De un infierno a otro: el migrante latino en Crisis de Jorge Majfud abre caminos de descubiertas y posibles inquietudes para nuevas investigaciones y estudios sobre las obras del autor uruguayo.

Disfruten de la lectura agradable y placerosa de ese libro.

 

Referencias:

CASTELLS, Manuel. A sociedade em rede. São Paulo: Paz e Terra, 1999.

 

GARCÍA CANCLINI, Néstor. Introducción. Los muchos modos de ser extranjero. In: ____. (org). Extranjeros en la tecnología y en la cultura. Buenos Aires: Ariel, 2009. p. 1-12.

 

SANTIAGO, Silviano. Deslocamentos reais e paisagens imaginárias. O cosmopolita pobre. CHIARELLI, Stefania; OLIVEIRA NETO, Godofredo de (orgs.). Falando com estranhos: o estrangeiro e a literatura brasileira. Rio de Janeiro: 7Letras, 2016. p. 15-32.

 


Profª Drª Ana Cristina dos Santos

Profesora Asociada del Doctorado y del Máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y del Departamento de Letras Neolatinas (Portugués/Español)

Universidade do Estado do Rio de Janeiro – Brasil

 

Professora Associada de Literaturas Hispânicas (UERJ)

Professora do Programa de Pós-graduação em Letras (UERJ)

GT Vertentes do Insólito Ficcional (ANPOLL)

 

Libro sobre literatura de la crisis

Nuevo libro sobre Literatura de la Crisis
Literatura de Estados Unidos en español.
La editorial Dialogarts de la Universidad Estatal de Rio de Janeiro acaba de publicar el libroDe un infierno a otro: El migrante latino en Crisis de Jorge Majfud, de la crítica y académica Dr. Leonor Taiano (Universidad de Notre Dame), con prólogo de la profesora Ana Cristina dos Santos, de la Universidad de Rio de Janeiro.
El libro es un profundo análisis de la novelaCrisis, del escritor uruguayo estadounidense Jorge Majfud, originalmente publicada en España (Editorial baile del Sol) en 2012, y que bucea en el drama de los inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos, principalmente en el contexto de la Gran Recesión del año 2008. Taiano analiza la pluralidad de personajes y la multidimensionalidad de cada uno, desde su perspectiva psicológica como cultural y política.
Tanto la novelaCrisis de Majfud como el cuidadoso estudio de Leonor Taiano cobran una mayor vigencia en la actualidad, cuando los mismos dramas y problemas individuales y sociales se han multiplicado en el gran país del Norte, casi diez años después.
La académica Leonor Taiano es graduada de la Universidad de Salamanca y doctora por la University of Tromsø de Norguega. Ha presentado parte de sus estudios sobre la obra de Majfud en diferentes universidades de Europa y Estados Unidos.
PR 2018

La simple lógica de la inequidad

Existe una relación directa, ampliamente estudiada (Derek Epp, Enrico Borghetto, etc.) entre el aumento las desigualdades sociales y la disminución del debate social sobre el aumento las desigualdades sociales.

Esta distracción se logra, principalmente, desviando la atención a temas menos importantes pero mucho más apasionantes, casi ancestrales, razón por la cual, cada vez que aumenta la inequidad social, también aumentan las apasionadas discusiones sobre la inmigración, la invasión de otras razas y otras culturas, el patriotismo, la bandera, el himno nacional (un futbolista es silbado por arrodillarse en protesta, un político pone la mano en el corazón, y todas esas masturbaciones colectivas), la fe contra la razón, el crimen callejero en lugar del crimen legal, la inseguridad y la necesidad de un poder concentrado que ponga orden (que en realidad significa “confirmación del status quo”), como un padre justo pone orden entre sus niños desobedientes, aunque para ello haya que ceder aún más poder, más recursos y más riqueza.

No importa que el incremento de todos esos problemas también tenga su raíz en las mismas desigualdades sociales, astronómicas a esta altura, en la misma cultura que crea (de forma creciente, neurótica e ilimitada) necesidades que son imposibles de satisfacer por la amplia mayoría de cualquier sociedad y del planeta mismo. Desde un punto de vista psicológico, estas diferencias relativas, sin importar los ingresos absolutos de los individuos en una sociedad determinada, disparan los índices de ansiedad, de alcoholismo, de depresión, de adicciones, de suicidio, como también lo muestran diversos estudios referidos a los países ricos.

Esta distracción es una consecuencia de un proceso lógico: quienes aumentan cada día su poder económico, político y social, controlan una parte crítica la narrativa social que se escribe no sólo en los grandes medios de comunicación que les son funcionales, sino por una clase política que es, a un tiempo, causa y consecuencia de esas narrativas.

Por esto, no es casualidad que las micro minorías que concentran una macro proporción de los recursos del mundo no sean consideradas beneficiarias del sistema que los produce y protege, sino benefactoras del resto (son ellos, los ricos inversores, quienes crean trabajo, quienes inventaron el cero, los algoritmos, la penicilina, la computación, los derechos humanos, nuestra modernidad, todo nuestro progreso, y otros absurdos tan comunes en nuestra civilización adicta a la pornografía política y religiosa).

No es casualidad que, al mismo tiempo que aumentan los desequilibrios sociales, aumentan las ideologías que los sustentan, como el fascismo y otras variaciones de la extrema derecha.

Claro que toda esa lógica es insostenible y siempre llega un momento de quiebre que, al final, termina por golpear a todos, los de arriba y los de abajo, los de derecha y los de izquierda, en diferente grado, según el momento histórico.

Claro que el nuestro es un problema aún mayor. No se trata de que la Humanidad esté preparando su próxima gran crisis. Se trata de saber cómo sobreviviremos como especie en las próximas generaciones.

Claro que los ancianos más egoístas del planeta, generalmente aquellos que se encuentran en el poder político de la mayoría de los países más poderosos del mundo, tienen poco que perder y, a juzgar por sus acciones, poco les importa más allá de la breve borrachera de sus millonarias y miserables existencias.

 

JM, julio 2018.