Pía Castro (Deutsche Welle)

AQUÍ ESTOY

Aquí estoy – Jorge Majfud, escritor uruguayo

Pía Castro entrevista al escritor y académico uruguayo Jorge Majfud, un experto en América Latina radicado en Estados Unidos. El novelista y ensayista conversa acerca de las divisiones y contradicciones de la comunidad hispana en ese país. El racismo latente en Estados Unidos, la inmigración y la lengua española como puente entre diversas culturas son algunos de los temas tratados en esta edición.

El escritor uruguayo Jorge Majfud es el invitado de esta semana en ¡Aquí estoy! Es académico y se desempeña como profesor de estudios de América Latina en la Universidad de Jacksonville en Florida, Estados Unidos. Pía Castro lo invitó a recorrer la emblemática Bernauer Straße de Berlín mientras conversaban. Para Majfud, la capital alemana es una ciudad de “grandes mentes” y “grandes tragedias”. El breve paseo por los restos del muro de Berlín da pie para hablar de las divisiones y contradicciones de la comunidad hispana en Estados Unidos, el país donde reside desde hace varios años. Majfud aborda el tema del racismo, que a su juicio siempre estuvo latente en la sociedad estadounidense, a pesar del avance que significaron los dos mandatos de Barack Obama. También reflexiona sobre lo que significa ser inmigrante y vivir entre varias lenguas, así como de la capacidad de unir que, en su opinión, tiene el idioma español.

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La trivialización de los grandes temas de la humanidad

Estimados profesores de la Universidad Alice Salomon de Berlín:

Por este medio les solicito reconsiderar la decisión de borrar el poema de Eugen Gomringer grabado en uno de los edificios de su institución por incluir la palabra “admirador” la que, según sus estudiantes, denigra a la mujer. 

Admirar no puede ser una ofensa, al menos que el objeto o sujeto de admiración no sean las mujeres sino el odio, la opresión y el genocidio. 

Este tipo de activismo denigra, trivializa y caricaturiza la heroica lucha de las mujeres y del feminismo a lo largo de la historia y en el presente. 

Las palabras no ofenden. Ofenden los hechos y las intenciones, y cualquier estudiante que entienda que el poeta quiso denigrar a las mujeres en este poema debería considerar abandonar la universidad y dedicarse a otra cosa. 

Por otra parte, la reciente ola de hipersensibilidad dialéctica en las universidades banaliza el trabajo intelectual. Es precisamente aquí donde debemos tener la entereza suficiente para lidiar y confrontar todo tipo de ideas, incluidas aquellas que nos repugnan. O renunciar a nuestro trabajo. Si alguien no puede ver sangre no debería aspirar a ser un cirujano.

Si las palabras y las ideas deben ser censuradas porque hieren algunas sensibilidades (imagínese qué deberíamos hacer con Shakespeare, Sartre, Gerda Wegener, Bukowski), es que no se ha entendido nada la misión central de las universidades –ni de la cultura ni de aquellas mujeres y hombres que, aunque no hayan pisado una universidad en sus vidas, han contribuido al progreso del conocimiento y la libertad a pesar de sufrir las diversas formas de la censura.

Atte,

JM.

http://www.dw.com/es/alemania-borrar%C3%A1n-pol%C3%A9mico-poema-por-sexista/a-42310170

 

El destino de un millón de jóvenes a subasta

DACA o los 25 mil dólares por cabeza

 

Sólo el título de “soñadores” para referirse a los jóvenes indocumentados que fueron traídos por sus padres a Estados Unidos siendo niños, es un cliché. Si no un sarcasmo, si consideramos que sus sueños no se refieren al sueño americano sino a una larga pesadilla que no sólo tiene efectos legales y sociales sino profundamente morales y psicológicos.

Ernest Hemingway alguna vez discutió con alguien sobre la naturaleza de los ricos y, por alguna razón no del todo clara, le atribuyó a su colega Scott Fitzgerald el siguiente razonamiento: “sí, los ricos son diferente a nosotros; ellos tienen plata”. La precisión sobre quién fue el verdadero autor de esas palabras es ahora irrelevante. No el problema en cuestión. Aparte del detalle del dinero, podemos sospechar que hay otras diferencias. Los estudios realizados sobre el tema demuestran que los ricos que caminan en la calle le prestan menos atención a la gente que los demás. Incluso la cuantificación del tiempo que estas personas miran a otras es sistemática y significativamente menor. (Knowles y Dietze, New York University 2016, etc.) A partir de ese hecho, se ha teorizado una explicación: a los ricos les interesa menos la agente que al resto de la gente. Justo, candidatos ideales para presidentes y representantes del pueblo.

Claro que esto es un hecho estadístico, lo que significa que siempre será posible encontrar ricos más interesados en los pobres que algún pobre. Sobre todo en una cultura, en una civilización deshumanizada por la sobrevaloración de la mercancía, sea material, humana o animal. En toda cultura, los valores (éticos, estéticos) que proceden de un grupo dominante son gradualmente absorbidos y adoptados por los grupos subalternos. Digámoslo así para no usar las palabras oprimidos o dominados que ponen nerviosos a los apologistas de los valores en curso. Otra vez: siempre hay excepciones, como las culturas contestatarias o resistentes, porque las sociedades son equilibrios inestables y contradictorios.

Esta cultura, donde el éxito se mide, exclusivamente, por la fama y el dinero, tiene al “hombre de negocios” como el héroe sagrado e incuestionable. Gracias a los hombres de negocios comemos pan, conocemos el teorema de Pitágoras, existe la ley laboral de las ocho horas y las mujeres tienen hijos. Algo tan arbitrario como si pretendiésemos lo mismo de los poetas, los profesores, los carpinteros, los conductores de taxis, etc. Arbitrario pero, a esta altura, totalmente naturalizado.

Ahora, si bien el actual tsunami mercantilista puede tener su epicentro en el mundo anglosajón (el mundo todavía dominante) podemos ver en otras culturas y en otras regiones periféricas cómo la brutalidad del dictador o del hombre rico traficó igualmente con seres humanos como si fuesen mera mercadería. Bastaría con recordar que en la Nicaragua de los 70s, el dictador Anastasio Somoza, asesorado por hombres de negocios cubanos, les compraba sangre a los pobres por un dólar el litro y se la vendía a los Estados Unidos por diez.

La historia de Somoza escandaliza por su valor gráfico, como uno se escandaliza por los rituales aztecas mientras que la tortura y quema de herejes en la Europa de entonces (también por razones político-religiosas) es vista apenas como un lamentable paso hacia el desarrollo de gente civilizada.

Ahora mismo, en este momento, no escandaliza algo que, desde el punto de vista de la víctima, es mil veces peor que la venta de sangre, como lo son las negociaciones para resolver el problema de casi un millón de jóvenes que viven en Estados Unidos desde que eran niños, que estudian, trabajan y contribuyen a este país mucho más que los políticos y los exitosos hombres de negocio que han secuestrado la moral de una sociedad de trescientos millones de personas.

El presidente Trump ha propuesto, e insiste, con su solución: si el partido de la oposición acepta financiar la construcción de su muro en la frontera mexicana, él firmará una ley que evite la expulsión del país a un millón de jóvenes. Como bono, la gran oferta de un camino a la ciudadanía en diez o doce años.

La propuesta (una vez más) demuestra algo que, por razones de cultura y costumbre, no se ve como evidente e inmoral ante los ojos de cualquiera: el presidente siente y razona como un exitoso hombre de negocios y propone negociar la vida de un millón de jóvenes por 25 mil millones de dólares. Tal vez piense que, a 25 mil dólares por cabeza, cualquiera de esos honestos seres humanos debería sentirse, finalmente, valioso.

De acuerdo, un político debe lidiar con los aspectos prácticos de los conflictos sociales. Debe negociar. Pero nada de eso significa que esté exento de un sentido moral. Si se va a discutir el destino de los jóvenes y la ley DACA, la discusión debería centrarse en el problema de cómo llegar a una solución humana, justa y razonable. Un presidente decente no puede poner en una mesa de negociaciones, por ejemplo, la abolición de la segregación racial o la inequidad salarial de géneros a cambio de que le permitan perforar en el Ártico para extraer gas natural. En cada caso, la decisión debería centrarse en cada problema. ¿Qué solución es más justa y razonable? ¿Podría un médico exigir un aumento salarial como condición a entrar a una sala de cirugía donde espera un paciente anestesiado? No. Pero desde el tratado de Guadalupe de 1848, los negocios más legales se hacen secuestrando a la otra parte.

Sí, un exitoso hombre de negocios piensa y siente diferente. En casos, pasando por encima de las reglas éticas más básicas. Cuando ese hombre de negocios es el presidente del país más poderoso del mundo, entonces la inmoralidad salpica al resto de la sociedad que mira pasiva la violación de principios éticos fundamentales. Lo cual no es nada nuevo tampoco. Mientras la economía vaya bien, la sensibilidad moral puede esperar.

El mercado de carne humana continúa de muchas formas. Ésta es una forma evidente que ya no escandaliza a nadie. Lo cual significa que estamos ante un problema inconmensurablemente mayor.

 

JM

​¿Por qué los nacionalismos ahora?

Las actuales olas nacionalistas tienen, al menos, dos características: primero, no se trata de los nacionalismos que llevaron a la descolonización de África o a la rebelión en el resto del tercer mundo durante los 50 y 60. En aquellos casos eran nacionalismos de izquierda, casi una contradicción, por otras dos razones (porque estaban inspirados en pensamientos socialistas, internacionalistas, y porque se trataba de revindicar y levantar el espíritu del oprimido, del sirviente deshumanizado). No es casualidad que algunos de los inspiradores de estas corrientes, nacionalistas como instrumento, no como objetivo, fuesen rebeldes como Frantz Fanon (psiquiatra y pensador latinoamericano radicado en Argelia, autor de Pieles negras, máscaras blancas, 1952) o Ernesto Che Guevara, ambos con ideas como “el hombre nuevo”, ese proyecto quijotesco de un ser descolonizado, descosificado y liberado de la ambición que lleva a unos hombres a explotar a otros por dinero. Ambos, no por casualidad, acusados de violentos o inspiradores de la violencia. Por entonces las potencias europeas y estadounidense eran la versión de la madre Teresa militarizada, masacrando millones alrededor del mundo en nombre de la libertad y la democracia. La Unión Soviética hacía más o menos lo mismo en nombre de la igualdad, aunque sus tentáculos globales eran de menor alcance, histórico y geográfico. Sólo en ese sentido se entiende la firma habitual del Che, “Patria o muerte, venceremos”.

Obviamente, este tipo de patriotismo no se debe confundir con el patriotismo de las potencias coloniales: los colonizados saludaban la bandera del opresor como a un dios que les recordaba su propia inferioridad, razón por la cual ocupaban el lugar natural del servidor, del feo, del vicioso, del retardado. Incluso, aún hoy el colonizado suele emocionarse al reconocer esta superioridad del colono haciendo hasta lo imposible por parecerse y asimilarse al poderoso, al vencedor. El colonizado, sea inmigrante o acomodado en su propia patria, se pondrá discursos, camisas y pantalones con la bandera del poderoso y hasta dejará correr una lágrima cuando encuentre una buena razón para defender y justificar la arrogancia del vencedor, cual patético síndrome de Estocolmo. Esa lágrima que se le escapa al desposeído cuando descubre la buena persona que es por defender al poderoso que, tarde o temprano, lo recompensará por el servicio moral.

Pero el nacionalismo del colonizado y el del colonizador son tan diferentes como el feminismo y el machismo. Parecen iguales, pero son lo opuesto en su dimensión ética y política.

En segundo lugar, los actuales nacionalismos, como los del siglo XX, son nacionalismos de derecha y se dan, fundamentalmente, en el mundo rico o desarrollado. Eventualmente se pueden expandir al resto del mundo, como todo lo que surge aquí. También Europa y Estados Unidos fueron los primeros en difundir ideas como el Fin de la historia y el triunfo definitivo del neoliberalismo y las democracias liberales a partir de la disolución final de la parodia soviética. De ahí partió la idea de globalización como la liberación definitiva de los capitales. La idea de la disolución de las fronteras sólo se dio en Europa con la ampliación de la Unión Europea y el establecimiento del Euro, y en América del Norte, con tratados como el NAFTA. Era una globalización de los capitales, del poder, no de los trabajadores, que malinterpretaron las buenas intenciones convirtiéndose en inmigrantes ilegales.

Entonces, ¿cómo es posible que sea justo en esa misma área geomonetaria donde los discursos nacionalistas, proteccionistas y los cuestionamientos a las democracias liberales se están dando con más fuerza?

La respuesta la venimos repitiendo desde hace algunos años: se trata de la percepción, no declarada, del declive. No es que Europa y Estados Unidos se encuentren ya en la pobreza, sino todo lo contrario. Lo que ocurre es que sus habitantes ya perciben el declive relativo de sus privilegios hegemónicos. La próxima etapa es la rebelión de los de abajo en este mundo rico, desdesarrollado.

Este es un componente psicológico, pero existe un modelo histórico anterior de base ideoeconómica. Se trata de la historia del proteccionismo contra la ideología del libre mercado. A principios de la Revolución industrial, Inglaterra era uno de los países que más brutalmente penalizaba el libre mercado de productos en desarrollo, como los manufacturados. Hasta que sus industrias fueron lo suficientemente fuertes como para “competir” con India, América latina e, incluso con los subdesarrollados Estados Unidos del siglo XIX. América Latina adoptó fácilmente este cuento y abrió sus fronteras (la destrucción del Paraguay durante la guerra de la Triple Alianza fue una de sus jugadas maestras). Por el mismo tiempo, Estados Unidos tenía las cosas más claras, como muchas otras veces en lo que se refiere a competencia y beneficios económicos. Los presidentes Cleveland y McKinley lo pusieron más o menos así: nosotros seremos los campeones del libre mercado cuando nuestras industrias sean lo suficientemente fuertes para competir con las británicas. No ahora.

Cuando Estados Unidos desarrolló sus industrias a un nivel que lo alejaba de cualquier competidor, de repente se cumplió la profecía: promovió el libre mercado, por las buenas y por las malas. Práctica, por supuesto, que nunca tuvo mucho de libertad debido a recurrencias como el dumping (aniquilación de la competencia por venta a precios debajo del coste) y las frecuentes intervenciones del ejército y los diplomáticos estadounidenses (algo así como los ad hocs del capitalismo para convertirlo en lo que realmente era: imperialismo revestido de nombres como libertad, justicia y democracia). Por no hablar de la inundación de dólares sobre las dictaduras amigas y luego la manipulación de las tasas de interés por parte de la FED que creó astronómicas deudas externas en el tercer mundo.

Por supuesto que, durante todo ese período, el nacionalismo sólo era un cuento para alentar a los soldados, pero no a los capitalistas, que de nacionalistas no tenían un pelo. El nacionalismo ajeno era tan malo que casi no se promovía el propio para no dar el mal ejemplo.

Ahora que Europa y Estados Unidos han perdido la abrumadora hegemonía (económica) de décadas atrás, surgen las rabietas nacionalistas entre sus habitantes. Estados Unidos reacciona con discursos proteccionistas y egocéntricos, añorando un pasado que fue varias veces más pobre y racista que el presente, pero por entonces dictaba como un dios brutal, bondadoso y temible. Inglaterra, todavía un centro importante de las finanzas, se sabe débil y decadente. Provincias como Cataluña reclaman su pasado y una riqueza que es relativamente mayor al resto de España, la que a su vez responde con su propio nacionalismo en nombre de la unidad, llegando, no en pocos casos, a un revival del falangismo y a una xenofobia que va desde el disimulo a la exaltación del racismo. Y así podíamos seguir con el resto del hasta hace poco eufórico mundo rico que quería disolver las fronteras y globalizar los Derechos Humanos.

Así vemos cómo el efecto de la percepción de ya no ser los referentes económicos y morales produce el renacimiento de sus propios monstruos y la pérdida de sus mejores logros, como los valores humanistas, de la ilustración y hasta de la confianza en las ciencias.

Claro que todo vuelve y todo termina. Lo importante es saber cuánto se destruirá hasta que el más arrogante y ciego nacionalismo vuelva al sótano donde se guardan las vergüenzas de la historia.

 

JM, enero 2018.