El lejano Oeste

de El mar estaba sereno (novela, 2018)

 

San Francisco, 24 de diciembre de 2010

Ernest Hatuey se mudó a California con su primo Eduardo en el otoño de 2009. Pero no duró mucho tiempo en la casa de la calle Embarcadero Road, en Palo Alto. Dos meses. Su primo Eduardo terminó desalojándolo como consecuencia de una discusión que terminó mal. Finalmente, Ernest Hatuey había perdido los límites luego de muchos meses de relativo autocontrol.

Todo había comenzado, aparentemente, con una broma. El 25 por la tarde habían estado tomando cerveza en el patio trasero con unos amigos de Eduardo y con Vladimir, un cubano que Ernest había conocido en un Chili’s de San Bruno. Ernest compartía con Vladimir el gusto por las motos de estilo, lo que en Vladimir se evidenciaba por un bordado brillante de las inconfundibles H-D sobre la espalda de su chaqueta negra. Los motoqueros que tanto alardeaban de la libertad y tanto odiaban al gobierno que los acosaba con impuestos y regulaciones, siempre usaban las autopistas y los caminos construidos por el maldito gobierno. Pero como es típico de esta cultura, pensaba Eduardo, sólo se puede ver el objeto, nunca el contexto. Por eso la autopista, el camino, las carreteras no contaban, eran invisibles. Sus héroes sólo podían ver las motos y esos tipos con bigotes largos desafiando al maldito gobierno que les impedía ejercer toda su libertad.

Pero al menos, pensó Eduardo, Hatuey había encontrado un cómplice. Aunque nunca había sido fácil para hacer amigos, esa era prácticamente la única habilidad social que le había quedado después de la guerra, o después del tour por Irak, como curiosamente le llamaban todos: hacer amigos, no conservarlos.

En la parrillada del 25 de diciembre por la tarde, Ernest bromeó sobre el insoportable liberalismo de los californianos, sobre todo de los hippies de San Francisco que todavía vivían en los sesentas, mientras en la televisión una de las hijas de Bush se despachaba con una respuesta irónica que arrancó los aplausos del público. Ernest Hatuey se detuvo un momento para mirar el curioso debate que debía estar teniendo lugar en Texas o en Arizona.

—Este debe ser Jenna —dijo John, tratando de reavivar el fuego—. Yo pensaba que nos estábamos liberados de los Bush. Pero se mira como que ni una barbecue puede uno hacer en paz…

—En algún lugar escuché que San Francisco es la ciudad más antimilitarista de país —dijo Hatuey—. ¿Eso es cierto? A ver, los genios de Stanford y de Berkeley, díganme si me equivoco… Deben haber muchos aquí, ¿cómo es que dicen ustedes? “Sí, hay… muchos estudios sobre el tema…”

En Texas o en Arizona la gente se levanta y sigue aplaudiendo. Desde el patio, se escuchan los aplausos y se ve la pantalla en una pared de la sala de estar, ocupada, por momentos casi completamente, con la cara de Jenna, quien no puede contener una sonrisa de satisfacción que a Eduardo le hace acordar al padre: la boca recortada como un tajo, los ojos pequeños, como los de Barney Rubble, pensó John.

—Puede ser —respondió alguien.

Puede ser —repitió Hatuey—. Puede ser. No hay evidencias… ¿Tú qué crees, Vladimir?

—¿Qué es el nombre en español de Barney Rubble? —preguntó John.

—¿Barney Rubble?—preguntó sorprendido Eduardo— ¿Quién es ese?

—Hombre, aquel carácter famoso de los cartoons de los The Flintstones… Las familias que dormían en camas separadas por no confundir a los niños. En los años sesenta los niños debían pensar que sus verdaderos padres eran pervertidos porque dormían en una misma cama…

—Perdón, ¿me estoy perdiendo de algo?

—El carácter que dice yabba-yabba-dooo

“Usted es más inteligente que su padre —se escuchó que dijo el adversario de la hija de Bush—. Sin embargo también está equivocada. Sus afirmaciones contradicen todos los documentos recientemente desclasificados por el mismo gobierno que usted…”

Los Picapiedras

—Yo no sé…

—Sí, Los Picapiedras. El patriarca era Pedro Picapiedra, casado con Wilma y…

—Fred. Ese debe ser Fred. ¿Y el otro?

—Pablo Mármol.

—Ese. Ese es Barney. Barney. Barney es George Bush.

—Tienes razón. ¡Bush es Pablo Mármol! Cómo no me di cuenta antes. Ya me resultaba familiar ese hombrecito de la Edad de Piedra.

“…Por favor, no pare de contar ahí. Aparte de los soldados muertos, hay muchos otros miles de discapacitados, muchos otros miles de suicidas. Por no contar los cientos de miles de iraquíes, que también son personas, aunque sean un dato irrelevante…”

—Yo digo que no sé porque no leo —dijo Vladimir—. No tengo tiempo para esas cosas. Trabajo ocho y nueve horas en el aeropuerto. No, no. No me pregunten, como todo el mundo, si soy piloto o guardia de seguridad. No. Aunque en Cuba era pediatra, aquí hago el precintado de maletas, es decir, las envuelvo con cintas de seguridad. Pero prefiero esto a aquello otro.

“Cierto, murieron cinco mil soldados. Yo no los critico ni los desprecio. Al fin y al cabo eran muchachos que ni siquiera tenían edad legal para consumir alcohol. ¿Qué podían saber esos niños con cuerpos de hombres? Mataron y volvieron hechos pedazos, reclamando su premio moral, exigiendo que todos les digan “gracias por luchar por nuestra libertad; porque la libertad no es gratis” y todo ese discurso que les repiten siempre para que vaya a arriesgar sus vidas, con fanático orgullo y sin pensarlo demasiado. No los culpo por esa necesidad. Si a uno le falta un apierna y medio rostro, al menos necesita pensar que todo ese sacrificio fue por algo y no por nada, por una mentira que no valía un centavo. Crítico y desprecio a todos aquellos que pasaban los fines de semana en sus mansiones y los mandaron a una guerra hecha en base a mentiras. Pero todos saben que la justicia humana nunca los alcanzará porque son los dueños de las armas y de la opinión pública…”

—Qué bien…

—No, qué bien. Después de tres horas de hacer esto, así, con la mano, ya no quieres más y lo único que reclamas es que se termine el día… Pero después viene el otro y el otro y siempre hay que resolver. Claro que no tuve la misma suerte de algunos otros que se escaparon del Régimen mucho antes. Ni la suerte de muchos que ni siquiera son ciudadanos y hasta son pilotos. ¿Se imaginan ustedes? Ni siquiera son ciudadanos americanos y ya son pilotos de un Boeing 777.

—¿Tú eres ciudadano?

—Sí. Llegué en el 2002 en una de esas balsitas que ustedes conocen, una balsita hecha de gomas y bancos de plaza, que me costó una fortuna, chico, para lo que son los salarios allá. Pero apenas me planté aquí me recibieron con los brazos abiertos. En el 2004 me dieron la residencia.

—Habla más abajo —decía John, que hacía un gran esfuerzo por seguir el debate desde la parrilla—. No necesita gritar.

—Bueno, sí que tuviste mucha suerte de nacer en Cuba —dijo alguien abriendo una lata de cerveza—. Yo llegué de Republica Dominicana con una beca para estudiar en Berkeley, hace diez años, y después de graduarme todavía estoy esperando que a alguien se le ocurra que puedo quedarme o rime al carajo.

El adversario de la hija de Bush había terminado su argumento. Los abucheos habían cesado pero no habían sido reemplazados por aplausos. Se hizo un silencio profundo, momento en que el señor de lentes se dirigió al público y dijo:

“Sure, silence. Sólo silencio, esa reacción tan normal, tan previsible, tan humana ante la verdad”.

—Por eso yo me aseguré —dijo Vladimir— y no esperé a que me coman los gusanos y después de la residencia me puse a estudiar para el examen y me hice ciudadano americano. Tuve suerte que me tomara el examen un cubano, porque el inglés y la historia no son lo mío. Por eso yo estoy muy agradecido a este país, que me sacó del hambre y de la persecución.

—¿Pero algo malo debe tener, no? —preguntó Eduardo, poniendo un CD de música, apenas dieron por finalizado el programa en Texas. John repitió: “No applause. Just silence, silence, that predictable reaction to the truth…”

—¿Este país? No algo. Muchas. Este país tiene muchas cosas malas. Como toda esa escoria que llega rompiendo la ley y luego se dedica a criticar al país que les mató el hambre.

Norberto, el mexicano que hasta entonces se había mantenido en silencio, concentrado en los tacos con aguacate, tosió, como única respuesta.

So… bye, bye Miss American Pie 

Drove my Chevy to the levee, but the levee was dry…

—A ver… — dijo Alejandro, con su acento malagueño. Eduardo iba a decir que no se metiera, pero Alejando igual no se contuvo:

—El país que les mató el hambre —dijo— también se aprovecha de todos esos millones de pobres que vienen a trabajar como bestias. Muchos tuvieron que abandonar países llenos de violencia, diezmados por golpes militares o por las guerras civiles que el país que les iba a matar el hambre apoyó con tanto cariño.

We were singing, bye, bye Miss American Pie 

Drove my Chevy to the levee, but the levee was dry 

Them good ol’ boys were drinking whiskey and rye, singing… 

—Si…, ya veo. Ahora me va a salir con todas esas teorías conspiratorias…

—Son teorías conspiratorias acerca de prácticas conspiratorias. Cuando tenga tiempo le muestro los documentos de la misma CIA, del señor Kissinger y de todos los demás conspiradores, honorables líderes de su séquito. Se lo menciono porque como sé que usted no va a creer en las víctimas, tal vez sí pueda creerle a gente seria y responsable.

This’ll be the day that I die 

This’ll be the day that I die 

—Bueno, bueno —dijo Ernest—, ya veo que seguiremos por lo del imperialismo y la criminal guerra en Iraq, a la cual fuimos algunos pocos para defender a unos cuantos que se quedaron aquí tomando cerveza.

On a dark desert highway, cool wind in my hair

Warm smell of colitas, rising up through the air

—Por lo pronto —dijo Alejandro—, todo lo que hicieron en Irak no lo hicieron en mi nombre ni por mi seguridad. Y no voy a discutir eso contigo porque bien sé que apenas fuiste una víctima de las mismas mentiras de siempre. Que primero había que invadir Irak porque Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva. Que luego porque no se encontró ni rastro de lo que el mismo gobierno de Ronald Reagan apoyó y promovió en los ochenta, entonces fue que estaban allí para promover la democracia y el amor fraterno… Pero en fin. Como te digo, no voy a entrar en eso, ya que conozco muchos soldados como tú que apenas fueron víctimas de toda esa locura, víctimas que lógicamente necesitan pensar que esa pierna y aquellos amigos que perdieron tenían algún sentido, que aquella medallita tenía algún valor y no era sólo plomo recubierto de plata, que todo aquello no fue un crimen sino un acto heroico… pero victimas al fin.

Welcome to the Hotel California

Such a lovely place (Such a lovely place)

—No me considero una víctima —dijo Ernest—. Eso me llevó años entender de mi terapeuta. Si me considero una víctima por mi post traumatic stress disorder nunca voy a liberarme de los demonios…

Such a lovely face

Plenty of room at the Hotel California

—Sí, ese otro ejército de psiquiatras que vienen a ser como una aspirina para calmar el dolor de una amputación. El día que las víctimas sean capaces de reconocer que fueron víctimas y dejen de consumir tanta propaganda pseudocientífica, no sólo tendrán una curación más duradera sino que el país se embarcará menos a menudo en crímenes masivos como los de Hiroshima o los de Viet Nam.

Any time of year (Any time of year)

You can find it here

—¿Alguno de ustedes me puede responder a una pregunta? —dijo Vladimir, con una sonrisa anticipada.

—Claro —contestó Alejandro.

—A ver… ¿qué tiene usted para aportarte a este gran país para que salga adelante?

—Crítica…

—Ahora sí, ¡bingo! —dijo Vladimir.

—No veo por qué la risa —continuó Alejandro—. Por lo menos un poco de crítica, señor, ya que de autocritica se ha quedado bastante corto y los recién llegados han confundido la lealtad a un país con la sumisión a un gobierno y a un ejército. Luego pretenden ser los campeones de la democracia. Claro, crítica. Nueva sangre sumisa, ya tiene. Viejos y nuevos fanáticos agitando la banderita mientras otros marchan a alguna guerra estúpida y criminal, hay de sobra y nunca falta. Así que si pudiese aportarle algo de la crítica que le falta a este país (que de alguna forma, seguramente de una forma diferente a la suya, aprendí a querer y a admirar), entonces creo que estaría aportándole algo. Por lo menos algo de verdad y no prefabricado. Por lo menos estaría respondiendo al llamado patriótico de sus padres fundadores. A propósito, soy un gran admirador de gente como Francklyn, Paine y Jefferson. ¿Conoce usted algo de esta gente?

—Lo dicho —dijo Vladimir, levantándose de su silla y dirigiéndose a Ernest, en un gesto de despedida—. Lo que yo no entiendo es por qué hay gente que critica tanto a este país y en lugar de armar sus maletas y tomarse el primer avión para el país de donde salieron insisten en fastidiar aquí adentro. Nunca he visto a nadie tan antiamericano como aquellos que critican y se quedan en sus grandes puestos donde ganan lo que ninguno de nosotros vamos a ganar en nuestras vidas.

—Amigo —continuó Alejandro—, me parece que hay cosas que todavía no ha entendido después que salió de la isla. Como, por ejemplo, que no hay nada más antiamericano, por lo menos en el sentido original de la palabra, que afirmar que para vivir en Estados Unidos o en cualquier otro país y ser un ciudadano honesto como condición hay que callarse la boca o dedicarse a la apología de una nación, que en el fondo no es más que la apología ciega a sus gobiernos. Como si una nación fuese una religión o un ejército. ¡Vaya absurdo tan popular! Vaya tantos pueblos embrutecidos que se dejan secuestrar de esta forma tan infantil. Es lo que pretenden siempre los que confunden a una nación con su iglesia o con su partido político. Nada más antiamericano, no para los macartistas pero al menos para aquellas primeras generaciones de ilustrados que fundaron un país, más bien rarísimo, por no decir utópico. De ser por aquel otro tipo de patriotismo infantil que los secuestradores fueron inventando con el tiempo, la Revolución americana hubiese sido apenas una revuelta. Igual que tantas. Pero créame, amigo, que no hay nada más antiamericano, en el sentido original de la palabra, pero sobre todo nada más antidemocrático, que pensar que una democracia se defiende con el servilismo de los esclavos que se callan o los adulones que viven cantando loas. Extraña forma de defender la democracia y la libertad. Permítame, que ya término. Si por algo ha avanzado la democracia en los últimos mil años, no le quepa duda, que ha sido gracias a los críticos, no a los apologistas del establishment de turno. Pero, claro, la historia no importa. Por eso luego, impunemente, vienen a darnos lecciones de lo que es ser americano y, peor, de qué significa la libertad y la democracia.

Strumming my pain with his fingers

Singing my life with his words

Killing me softly with his song

Vladimir le dio la mano a Ernest y, antes de irse, le dijo:

—Lo siento mucho por ti, hermano. Por estos traidores derramaste tu sangre en Irak. Un verdadero desperdicio, chico. Que te vaya bien. No me vuelvas a invitar a ninguna reunión de intelectuales porque te pego un tiro yo mismo. Por lo menos hubieras avisado.

Killing me softly with his song

Telling my whole life with his words

Killing me softly with his song…

 

Lucía Cordero de Caballero

de El mar estaba sereno (novela, 2018)

 

Montevideo, 24 de febrero de 1962

Una carta de su hermana Clarita, fechada en Madrid el 22 de enero de 1962, le informó que su madre había muerto el pasado 16 del corriente.

Clarita se había casado con un funcionario del régimen, de nombre Alberto y de apellido desconocido para Jordi, y desde entonces sus cartas se fueron espaciando hasta la última, que escribió más por obligación que por sentimiento y para evitar decirle a la mucama que no se encontraba en la casa cada vez que su hermano llamaba de América. Como es la regla, Clarita se había convertido a las convicciones de su esposo, es decir, en este caso, al franquismo, poco antes de su casamiento. Como en tiempos de sus abuelas, pensó Jordi, cuando las mujeres se convertían a la religión del esposo, en caso más bien raro de que por entonces hubiese todavía algún hereje que perteneciera a alguna religión diferente, o a ninguna.

Por ese tiempo y por mucho tiempo más, Jordi había fluctuado entre la sospecha de su padre republicano y la defensa del general Franco a cualquier precio, como si a la distancia un país fuese su gobierno. Con vehemencia había enfrentado las críticas de los seguidores de Emilio Frugoni y había concebido la idea de fundar un periódico leyendo las calumnias marxistas del semanario Marcha. El acento, el recuerdo borroso pero persistente de la patria, el sobrenombre de gallego, no le dejaban demasiado margen de maniobra.

Quizás Clarita hubiese tenido una mejor imagen de su hermano exiliado si hubiese sabido de alguna de estas discusiones que en América le costaron al joven Jordi el mote de facho o de falangista en las mesas del café Sorocabana, nido de poetas e intelectualoides afrancesados. Y tanto lo acusaron de falangista que por algún tiempo él mismo se lo creyó. Hasta que encontró una solución intermedia a sus conflictos ideológicos y personales declarando, y haciéndose creer él mismo, que no le importaba la política sino el dinero, que una eran palabras cuando no muerte y encarcelados, y la otra era sólo progreso o, por lo menos, bienestar.

Esta confusión había surgido mucho antes, con su madre Lucía, que desde la desaparición de su esposo se había dedicado a instruir a sus hijos, sobre todo al mayorcito, a repetir repudios contra los republicanos, los rojos, los salvajes ateos que habían querido destruir España. A Jordi le costó mucho tempo, de hecho le constó toda la vida, entender algo del dolor de aquella mujer que había tenido que maldecir todas sus creencias, sus supersticiones juveniles sobre el voto de las mujeres, sobre la educación de los críos de los campesinos, sobre la inexistencia del infierno o sobre un infierno hecho por los hombres aquí en la tierra, y había tenido que instruir ella misma a sus hijos sobre las virtudes de los asesinos de su padre, para evitar perderlos a ellos también, como una mora o una judía en tiempos de Fernando e Isabel. Como una bruja en cualquier tiempo de barbarie.

Al parecer, Lucía había muerto en circunstancias extrañas. No la había secuestrado el régimen, porque el régimen nunca haría eso. No había muerto de pena porque, al parecer, según Clarita, lo tenía todo. Aparentemente, había decidido recluirse en el apartamentito que el esposo de Clarita le había mandado construir al fondo de su propiedad, con el dinero de la casita de Bonavista. Había sido su decisión. En los últimos dos años se había recluido en su minúsculo apartamento y sólo salía viernes y sábados con destino desconocido.

Hasta que un día la encontraron sin respuestas, tendida en su cama y rodeada de revistas viejas, de anillos y de guantes que alguna vez fueron blancos y que si los hubiese arrojado a la basura a tiempo otra hubiese sido la historia, terminaba la carta de Clarita.

Jordi dobló la carta tres veces, como era la costumbre en esa época. Las palabras, entre tristes e indiferentes de su hermana, quedaron repartidas al azar en ocho rectángulos que sólo volvieron a ver la luz una vez más, una tarde calurosa y extremadamente desolada de enero de 2010.

Había visto a su madre por última vez la tarde del sábado 3 de octubre de 1959 en el puerto de Barcelona. “El verano que viene estoy aquí, vieja”, le dijo, pero ella apenas se sonrió. Jordi conocía ese gesto triste de los que no creen o han dejado de creer. Sus labios recordaron por siempre aquella mejilla suave de mujer mayor, el perfume de lavanda que nunca había abandonado y que tal vez era una especie de código secreto, de última complicidad con los años treinta, con su padre. La vio de lejos hasta que se convirtió en una llamita rosada con la luz del atardecer y luego en una sombrita inmóvil que se resistía a dejar la dársena o intentaba apropiarse hasta el último minuto de lo que la suerte le había dejado de su hijo.

Cada vez los separaban más cosas. Jordi se iba al verano y ella entraba en los días largos del invierno. Ella que no se cansaba de preguntarle por su vida en Uruguay y él que no se atrevía a preguntarle por su padre. El futuro era la gran distracción de los dos.

La llamaba por teléfono cada dos meses, luego dos veces por año. Cada vez, iba a preguntarle por su padre, pero el pacto de secreto que de alguna forma habían establecido los dos, quién sabe cuándo, aparecía siempre como un muro de hielo, transparente pero inquebrantable. Una vez, Lucía se adelantó a cualquier pregunta diciendo que bueno, que había muchas cosas que conversar un día con un tecito, cara a cara, no a tantos miles de quilómetros y por un tubo de plástico.

—Que sea un café, niña hermosa— quiso confirmar él, con esa necesidad que tiene la gente de trivializar algo de su vida cuando sospecha que es de gran importancia.

Lucía hizo una pausa. Jordi la imaginó apretando los labios con dos dedos, porque ese era uno de sus gestos más comunes cuando pensaba en algo y luego se callaba.

A pesar de esta promesa (o por esto mismo), Jordi fue postergando el próximo verano en España. Tal vez era cierto que los negocios se habían ido complicando en la medida en que iban creciendo. Por entonces se vendían más libros y más revistas que nunca en Montevideo y Buenos Aires, lo que lo había obligado a abrir su propia imprenta primero y la importación y distribución de impresoras offset después. Una distracción por aquella época hubiese sido fatídica, el fin de todos sus esfuerzos desde 1953.

La llamó por teléfono el 24 de diciembre de 1961. Ésa fue la última vez que había hablado con ella. No parecía triste. No parecía enferma. Pero todas aquellas dulces trivialidades de siempre en el fondo significaban la misma tragedia, como si cada acto humano llevase oculto el germen de la Gran Verdad: cada una de aquellas palabras, recordó Jordi, habían sido las últimas que escuchaba de la boca de su madre mientras él se reía y ella también.

El 31 de diciembre no pudo comunicarse. Las líneas estaban saturadas o él no andaba con suficiente ánimo como para insistir más de cuatro o cinco veces.

Uno de los domingos de enero estuvo a punto de llamarla. Levantó el tubo y, por alguna razón, se le escapó de las manos como si estuviese hecho de plomo.

A fines de febrero, comenzó a perseguirlo el número 54, la edad de Lucía, como lo había hecho el 39 por mucho tiempo. Los autos que se frenaban delante de él tenían alguna patente que terminaba en 54. Los números de lotería que compraba siempre terminaban en 54, pero la comunicación nunca se dio, excepto por una modestísima suma por una aproximación, casi una devolución. 254 era el número de la casa que alquilaba todos los veranos en Punta del Este, aunque él se juraba que había descubierto la numeración cuando puso la llave por primera vez en la puerta. Cuando cumplió 54, sus empleados de la joven Metasoft le hicieron, por primera y última vez, un recibimiento sorpresa en la empresa, con una torta roja y amarilla y el número expuesto como una lápida. Jordi se los agradeció y les ordenó que no volvieran a hacerlo. El 54 y el 39 siguieron repitiéndose en las circunstancias más inesperadas hasta principios del 2001.

En el invierno de 1988, mientras leía el diario, por casi dos segundos (probablemente no más que eso, como suele suceder con las cosas importantes), don Jordi tuvo la sospecha que había dedicado su juventud a que su madre lo quisiera y lo admirase como quizás había querido y admirado a su padre, el desaparecido. Como su padre, había seguido el camino más indirecto de la desaparición y, de igual forma que el destino quiso que ella tuviese que hablar mal de su esposo delante de sus propios hijos y contra sus propias convicciones, lo único que podían decir los diarios de Uruguay del exitoso empresario español era sobre su avaricia y sus simpatías por el deleznable régimen franquista.

Había demasiados españoles en Uruguay, se dijo.

La segunda muerte de Jordi Caballero

de El mar estaba sereno (novela, 2018)

Sí, quisiera volver a repetir lo de siempre, que lo que importa es el futuro, que todo se dirige hacia mañana. Pero la única verdad es que nuestro futuro último es el pasado. Hacia allá vamos, inexorablemente. Hasta que se apague la luz, esa misteriosa luz.

 

Punta del Este, febrero de 1968

Su padre volvió a morir cuando Jordi cumplió treinta y cinco años. Tenía esa edad cuando lo vio por última vez en Barcelona, aquel jueves 9 de febrero de 1939.

Hasta entonces podía mirarse en el espejo y ver el rostro de su padre, la mirada ansiosa por una esperanza repentina o cansada por un nuevo fracaso. Todas sus intimidades habían sido también las de su padre. Todas las veces que sus ojos se dirigían al trasero de una mujer que pasaba por la ventana de un bar donde leía el diario al lado de un café humeante, era el gesto de su padre en la Barcelona de los años treinta o en la Madrid de los veinte. Al menos eso era lo que él creía. Creía que uno repite más o menos los sueños y las frustraciones de sus antepasados en diferentes escenarios. Entonces, cerraba los ojos y veía al abuelo que nunca conoció, el abuelo Caballero (se llamaba Jordi, igual que él, igual que su padre, por esa manía que tenía la gente de antes que no se conformaba con pasar sólo el apellido a sus hijos, acomplejados o acosados por un ansia inútil de eternidad) subiendo un camino de piedra al lado de la montaña, protegiéndose de la nieve, arrastrando un carro con una mula flaca, tratando de hacer arrancar una vieja Ford en Oviedo con su hijo que miraba ansioso desde adentro del auto descompuesto. Y veía a su padre descubriendo el mundo en Madrid, en una mesita solitaria en un rincón de un bar de obreros, con una vieja pluma, y era él mismo en el bar de Canelones y Ciudadela con un teléfono celular en la mano.

No podría imaginar en sus detalles a ninguno de aquellas otras personas que antecedieron a su abuelo, que salvaron sus vidas de milagro para que sin querer él, Jordi (Jordi tercero, Jordi cuarto), estuviese allí mirando el cuadrito de Renoir. Pero en definitiva todos esos eran detalles que no cambian lo que realmente importa en la experiencia humana: el amor, los celos, el dolor de la injusticia y la violencia moral, el insulto, la amenaza de un desconocido o de un vecino desencajado, la muerte del abuelo, de un tío, la culpa por haber hecho lo correcto o por haberse equivocado sin remedio. Todo eso es la realidad. Mejor dicho, la realidad más profunda de la realidad. Lo demás son escenarios. Como si en cada época, en cada generación, en cada siglo se pusiera en escena la misma obra. Romeo y Julieta en Verona. Romeo y Julieta en la París de la Segunda Guerra. Romeo y Julieta en la Nueva York de John Lennon o en la Buenos Aires de Tinelli. Romeo y Julieta caminando por las calles polvorientas de un pueblo en China. Romeo y Julieta muriendo en la frontera de Gaza.

Hasta que don Jordi cumplió los treinta y cinco, todas aquellas imágenes de aquel lejano padre comprensivo y a veces ausente fueron adquiriendo cuerpo. El bigote de su padre disimulando una dentadura imperfecta. Sus palabras bondadosas que abrazaban a aquel niño que era don Jordi, como las suyas propias cuando trataba de consolar y, sobre todo, proteger con consejos a su pequeña niña de brazos delgadísimos, más que para aliviar sus miedos y frustraciones para evitar otros dolores en la mujer que él imaginaba iba a ser Lucía.

Le faltaba, sin embargo (se decía don Jordi, recurriendo a esas secretaras formas de autoflagelaciones que encuentra siempre una persona acosada por un oculto sentimiento de culpa), todo el idealismo de su padre. Aquel idealismo político, republicano por las circunstancias, que por mucho tiempo miró con displicencia y que sólo al aproximarse a los treinta y cinco años pudo sentir, al menos en parte, cuando en un arranque de locura romántica le regaló una pequeña chacrita en San José a la familia que había tomado para que cuidase los árboles frutales. Cada tanto se daba una vuelta por allí y los cinco hijos del casal lo salían a recibir como si fuese el padre fundador de una microrepública. El padre, al que los vecinos llamaban el Negro Silva, había colgado a la entrada un cartel que decía “Granja Caballero”.

Otra vez se metió en un fraude innecesario, allá por los setenta, en plena dictadura. Había logrado evadir el treinta por ciento de los impuestos de ese año. Una jugada que no era digna de don Jordi, se dijo a sí mismo, no por lo deshonesta, si realmente tiene algo de deshonesto no pagar impuestos, sino por lo rudimentario de la maniobra. Alguien lo advirtió y elevó la denuncia. Por unas semanas sintió ese vértigo de ser un perseguido. Podía haberse involucrado con alguno de los bandos, con algún grupo de disidentes en el exilio, con los artistas de la cárcel de Libertad que pintaban palomas abstractas y mariposas que lloraban, o con alguna de esas sectas o logias que cada tanto armaban los militares para sentirse importantes. Podía haber intentado algo más elegante que una burda evasión, pensó cuando pasó la tormenta que le costó un desembolso considerable para salvarse de la cárcel y mantener su nombre lejos de los diarios. Al menos hubiese sido más honroso.

Pero le faltaban algunos ingredientes que hicieron a su padre, pensaba. Le faltaba coraje. Le faltaba ese idealismo estúpido que hizo y deshizo a su padre y a su madre. Al menos eso quiso pensar, ya que la posibilidad de que su padre hubiese sido en realidad bastante más parecido a él de lo que podía pensar, lo aterrorizaba. No quería ensuciar algunos recuerdos. Hubiese sido como demoler los pilares centrales de su existencia. Tal vez prefirió no saber la verdad completamente. O tal vez no tuvo la suficiente sabiduría para entender que también los héroes defecan y participan con algunas acciones en el mercado de las miserias humanas.

Pero cuando cumplió treinta y cinco comprendió que ya no podía seguir descubriendo a su padre en sus propios miedos, en sus alegrías, en sus obsesiones, en sus tics, en sus tristezas injustificadas, en una copa de más. Desde entonces tuvo que seguir caminando solo. Cuando alcanzó la edad que tenía su padre cuando desapareció, cuando se murió o lo asesinaron, supo que todo lo nuevo que podía sentir y experimentar en esta vida le había sido ajeno a aquel otro Jordi Caballero: las depresiones de los cuarenta; las erecciones menos frecuentes; las preocupaciones de criar a un adolescente; el pragmatismo a veces arrogante; la ausencia absoluta de miedo al hablar en público; la incapacidad de emocionarse con el olor a lavanda o con la presencia del mar desnudo; las creciente escasez de mujeres hermosas que se dignaban a mirarlo a los ojos; el cada vez más frecuente odio de los más jóvenes que no encontraban caminos de llegar donde él estaba encumbrado, como un dictador usurpando un espacio público y privado por un tiempo excesivamente prolongado; la sospecha de que las personas comenzaban a ver su muerte con creciente indiferencia; la conciencia de estar en un barco que se aleja de la costa, que se aleja del mundo de los jóvenes que comienzan a ocupar las ciudades y a reescribir la historia de ellos y de sus viejos.

Sabía que nada de esos paisajes interiores había formado parte del mundo de su padre, muerto tan joven. Todo eso era ahora su mundo y él tenía que descubrirlo solo. A partir de aquellos treinta y cinco años tuvo que empezar a vivir solo. Su padre había muerto por segunda vez y, aún así, sabía que tampoco ésta era una muerte definitiva.