El lejano Oeste

de El mar estaba sereno (novela, 2018)

 

San Francisco, 24 de diciembre de 2010

Ernest Hatuey se mudó a California con su primo Eduardo en el otoño de 2009. Pero no duró mucho tiempo en la casa de la calle Embarcadero Road, en Palo Alto. Dos meses. Su primo Eduardo terminó desalojándolo como consecuencia de una discusión que terminó mal. Finalmente, Ernest Hatuey había perdido los límites luego de muchos meses de relativo autocontrol.

Todo había comenzado, aparentemente, con una broma. El 25 por la tarde habían estado tomando cerveza en el patio trasero con unos amigos de Eduardo y con Vladimir, un cubano que Ernest había conocido en un Chili’s de San Bruno. Ernest compartía con Vladimir el gusto por las motos de estilo, lo que en Vladimir se evidenciaba por un bordado brillante de las inconfundibles H-D sobre la espalda de su chaqueta negra. Los motoqueros que tanto alardeaban de la libertad y tanto odiaban al gobierno que los acosaba con impuestos y regulaciones, siempre usaban las autopistas y los caminos construidos por el maldito gobierno. Pero como es típico de esta cultura, pensaba Eduardo, sólo se puede ver el objeto, nunca el contexto. Por eso la autopista, el camino, las carreteras no contaban, eran invisibles. Sus héroes sólo podían ver las motos y esos tipos con bigotes largos desafiando al maldito gobierno que les impedía ejercer toda su libertad.

Pero al menos, pensó Eduardo, Hatuey había encontrado un cómplice. Aunque nunca había sido fácil para hacer amigos, esa era prácticamente la única habilidad social que le había quedado después de la guerra, o después del tour por Irak, como curiosamente le llamaban todos: hacer amigos, no conservarlos.

En la parrillada del 25 de diciembre por la tarde, Ernest bromeó sobre el insoportable liberalismo de los californianos, sobre todo de los hippies de San Francisco que todavía vivían en los sesentas, mientras en la televisión una de las hijas de Bush se despachaba con una respuesta irónica que arrancó los aplausos del público. Ernest Hatuey se detuvo un momento para mirar el curioso debate que debía estar teniendo lugar en Texas o en Arizona.

—Este debe ser Jenna —dijo John, tratando de reavivar el fuego—. Yo pensaba que nos estábamos liberados de los Bush. Pero se mira como que ni una barbecue puede uno hacer en paz…

—En algún lugar escuché que San Francisco es la ciudad más antimilitarista de país —dijo Hatuey—. ¿Eso es cierto? A ver, los genios de Stanford y de Berkeley, díganme si me equivoco… Deben haber muchos aquí, ¿cómo es que dicen ustedes? “Sí, hay… muchos estudios sobre el tema…”

En Texas o en Arizona la gente se levanta y sigue aplaudiendo. Desde el patio, se escuchan los aplausos y se ve la pantalla en una pared de la sala de estar, ocupada, por momentos casi completamente, con la cara de Jenna, quien no puede contener una sonrisa de satisfacción que a Eduardo le hace acordar al padre: la boca recortada como un tajo, los ojos pequeños, como los de Barney Rubble, pensó John.

—Puede ser —respondió alguien.

Puede ser —repitió Hatuey—. Puede ser. No hay evidencias… ¿Tú qué crees, Vladimir?

—¿Qué es el nombre en español de Barney Rubble? —preguntó John.

—¿Barney Rubble?—preguntó sorprendido Eduardo— ¿Quién es ese?

—Hombre, aquel carácter famoso de los cartoons de los The Flintstones… Las familias que dormían en camas separadas por no confundir a los niños. En los años sesenta los niños debían pensar que sus verdaderos padres eran pervertidos porque dormían en una misma cama…

—Perdón, ¿me estoy perdiendo de algo?

—El carácter que dice yabba-yabba-dooo

“Usted es más inteligente que su padre —se escuchó que dijo el adversario de la hija de Bush—. Sin embargo también está equivocada. Sus afirmaciones contradicen todos los documentos recientemente desclasificados por el mismo gobierno que usted…”

Los Picapiedras

—Yo no sé…

—Sí, Los Picapiedras. El patriarca era Pedro Picapiedra, casado con Wilma y…

—Fred. Ese debe ser Fred. ¿Y el otro?

—Pablo Mármol.

—Ese. Ese es Barney. Barney. Barney es George Bush.

—Tienes razón. ¡Bush es Pablo Mármol! Cómo no me di cuenta antes. Ya me resultaba familiar ese hombrecito de la Edad de Piedra.

“…Por favor, no pare de contar ahí. Aparte de los soldados muertos, hay muchos otros miles de discapacitados, muchos otros miles de suicidas. Por no contar los cientos de miles de iraquíes, que también son personas, aunque sean un dato irrelevante…”

—Yo digo que no sé porque no leo —dijo Vladimir—. No tengo tiempo para esas cosas. Trabajo ocho y nueve horas en el aeropuerto. No, no. No me pregunten, como todo el mundo, si soy piloto o guardia de seguridad. No. Aunque en Cuba era pediatra, aquí hago el precintado de maletas, es decir, las envuelvo con cintas de seguridad. Pero prefiero esto a aquello otro.

“Cierto, murieron cinco mil soldados. Yo no los critico ni los desprecio. Al fin y al cabo eran muchachos que ni siquiera tenían edad legal para consumir alcohol. ¿Qué podían saber esos niños con cuerpos de hombres? Mataron y volvieron hechos pedazos, reclamando su premio moral, exigiendo que todos les digan “gracias por luchar por nuestra libertad; porque la libertad no es gratis” y todo ese discurso que les repiten siempre para que vaya a arriesgar sus vidas, con fanático orgullo y sin pensarlo demasiado. No los culpo por esa necesidad. Si a uno le falta un apierna y medio rostro, al menos necesita pensar que todo ese sacrificio fue por algo y no por nada, por una mentira que no valía un centavo. Crítico y desprecio a todos aquellos que pasaban los fines de semana en sus mansiones y los mandaron a una guerra hecha en base a mentiras. Pero todos saben que la justicia humana nunca los alcanzará porque son los dueños de las armas y de la opinión pública…”

—Qué bien…

—No, qué bien. Después de tres horas de hacer esto, así, con la mano, ya no quieres más y lo único que reclamas es que se termine el día… Pero después viene el otro y el otro y siempre hay que resolver. Claro que no tuve la misma suerte de algunos otros que se escaparon del Régimen mucho antes. Ni la suerte de muchos que ni siquiera son ciudadanos y hasta son pilotos. ¿Se imaginan ustedes? Ni siquiera son ciudadanos americanos y ya son pilotos de un Boeing 777.

—¿Tú eres ciudadano?

—Sí. Llegué en el 2002 en una de esas balsitas que ustedes conocen, una balsita hecha de gomas y bancos de plaza, que me costó una fortuna, chico, para lo que son los salarios allá. Pero apenas me planté aquí me recibieron con los brazos abiertos. En el 2004 me dieron la residencia.

—Habla más abajo —decía John, que hacía un gran esfuerzo por seguir el debate desde la parrilla—. No necesita gritar.

—Bueno, sí que tuviste mucha suerte de nacer en Cuba —dijo alguien abriendo una lata de cerveza—. Yo llegué de Republica Dominicana con una beca para estudiar en Berkeley, hace diez años, y después de graduarme todavía estoy esperando que a alguien se le ocurra que puedo quedarme o rime al carajo.

El adversario de la hija de Bush había terminado su argumento. Los abucheos habían cesado pero no habían sido reemplazados por aplausos. Se hizo un silencio profundo, momento en que el señor de lentes se dirigió al público y dijo:

“Sure, silence. Sólo silencio, esa reacción tan normal, tan previsible, tan humana ante la verdad”.

—Por eso yo me aseguré —dijo Vladimir— y no esperé a que me coman los gusanos y después de la residencia me puse a estudiar para el examen y me hice ciudadano americano. Tuve suerte que me tomara el examen un cubano, porque el inglés y la historia no son lo mío. Por eso yo estoy muy agradecido a este país, que me sacó del hambre y de la persecución.

—¿Pero algo malo debe tener, no? —preguntó Eduardo, poniendo un CD de música, apenas dieron por finalizado el programa en Texas. John repitió: “No applause. Just silence, silence, that predictable reaction to the truth…”

—¿Este país? No algo. Muchas. Este país tiene muchas cosas malas. Como toda esa escoria que llega rompiendo la ley y luego se dedica a criticar al país que les mató el hambre.

Norberto, el mexicano que hasta entonces se había mantenido en silencio, concentrado en los tacos con aguacate, tosió, como única respuesta.

So… bye, bye Miss American Pie 

Drove my Chevy to the levee, but the levee was dry…

—A ver… — dijo Alejandro, con su acento malagueño. Eduardo iba a decir que no se metiera, pero Alejando igual no se contuvo:

—El país que les mató el hambre —dijo— también se aprovecha de todos esos millones de pobres que vienen a trabajar como bestias. Muchos tuvieron que abandonar países llenos de violencia, diezmados por golpes militares o por las guerras civiles que el país que les iba a matar el hambre apoyó con tanto cariño.

We were singing, bye, bye Miss American Pie 

Drove my Chevy to the levee, but the levee was dry 

Them good ol’ boys were drinking whiskey and rye, singing… 

—Si…, ya veo. Ahora me va a salir con todas esas teorías conspiratorias…

—Son teorías conspiratorias acerca de prácticas conspiratorias. Cuando tenga tiempo le muestro los documentos de la misma CIA, del señor Kissinger y de todos los demás conspiradores, honorables líderes de su séquito. Se lo menciono porque como sé que usted no va a creer en las víctimas, tal vez sí pueda creerle a gente seria y responsable.

This’ll be the day that I die 

This’ll be the day that I die 

—Bueno, bueno —dijo Ernest—, ya veo que seguiremos por lo del imperialismo y la criminal guerra en Iraq, a la cual fuimos algunos pocos para defender a unos cuantos que se quedaron aquí tomando cerveza.

On a dark desert highway, cool wind in my hair

Warm smell of colitas, rising up through the air

—Por lo pronto —dijo Alejandro—, todo lo que hicieron en Irak no lo hicieron en mi nombre ni por mi seguridad. Y no voy a discutir eso contigo porque bien sé que apenas fuiste una víctima de las mismas mentiras de siempre. Que primero había que invadir Irak porque Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva. Que luego porque no se encontró ni rastro de lo que el mismo gobierno de Ronald Reagan apoyó y promovió en los ochenta, entonces fue que estaban allí para promover la democracia y el amor fraterno… Pero en fin. Como te digo, no voy a entrar en eso, ya que conozco muchos soldados como tú que apenas fueron víctimas de toda esa locura, víctimas que lógicamente necesitan pensar que esa pierna y aquellos amigos que perdieron tenían algún sentido, que aquella medallita tenía algún valor y no era sólo plomo recubierto de plata, que todo aquello no fue un crimen sino un acto heroico… pero victimas al fin.

Welcome to the Hotel California

Such a lovely place (Such a lovely place)

—No me considero una víctima —dijo Ernest—. Eso me llevó años entender de mi terapeuta. Si me considero una víctima por mi post traumatic stress disorder nunca voy a liberarme de los demonios…

Such a lovely face

Plenty of room at the Hotel California

—Sí, ese otro ejército de psiquiatras que vienen a ser como una aspirina para calmar el dolor de una amputación. El día que las víctimas sean capaces de reconocer que fueron víctimas y dejen de consumir tanta propaganda pseudocientífica, no sólo tendrán una curación más duradera sino que el país se embarcará menos a menudo en crímenes masivos como los de Hiroshima o los de Viet Nam.

Any time of year (Any time of year)

You can find it here

—¿Alguno de ustedes me puede responder a una pregunta? —dijo Vladimir, con una sonrisa anticipada.

—Claro —contestó Alejandro.

—A ver… ¿qué tiene usted para aportarte a este gran país para que salga adelante?

—Crítica…

—Ahora sí, ¡bingo! —dijo Vladimir.

—No veo por qué la risa —continuó Alejandro—. Por lo menos un poco de crítica, señor, ya que de autocritica se ha quedado bastante corto y los recién llegados han confundido la lealtad a un país con la sumisión a un gobierno y a un ejército. Luego pretenden ser los campeones de la democracia. Claro, crítica. Nueva sangre sumisa, ya tiene. Viejos y nuevos fanáticos agitando la banderita mientras otros marchan a alguna guerra estúpida y criminal, hay de sobra y nunca falta. Así que si pudiese aportarle algo de la crítica que le falta a este país (que de alguna forma, seguramente de una forma diferente a la suya, aprendí a querer y a admirar), entonces creo que estaría aportándole algo. Por lo menos algo de verdad y no prefabricado. Por lo menos estaría respondiendo al llamado patriótico de sus padres fundadores. A propósito, soy un gran admirador de gente como Francklyn, Paine y Jefferson. ¿Conoce usted algo de esta gente?

—Lo dicho —dijo Vladimir, levantándose de su silla y dirigiéndose a Ernest, en un gesto de despedida—. Lo que yo no entiendo es por qué hay gente que critica tanto a este país y en lugar de armar sus maletas y tomarse el primer avión para el país de donde salieron insisten en fastidiar aquí adentro. Nunca he visto a nadie tan antiamericano como aquellos que critican y se quedan en sus grandes puestos donde ganan lo que ninguno de nosotros vamos a ganar en nuestras vidas.

—Amigo —continuó Alejandro—, me parece que hay cosas que todavía no ha entendido después que salió de la isla. Como, por ejemplo, que no hay nada más antiamericano, por lo menos en el sentido original de la palabra, que afirmar que para vivir en Estados Unidos o en cualquier otro país y ser un ciudadano honesto como condición hay que callarse la boca o dedicarse a la apología de una nación, que en el fondo no es más que la apología ciega a sus gobiernos. Como si una nación fuese una religión o un ejército. ¡Vaya absurdo tan popular! Vaya tantos pueblos embrutecidos que se dejan secuestrar de esta forma tan infantil. Es lo que pretenden siempre los que confunden a una nación con su iglesia o con su partido político. Nada más antiamericano, no para los macartistas pero al menos para aquellas primeras generaciones de ilustrados que fundaron un país, más bien rarísimo, por no decir utópico. De ser por aquel otro tipo de patriotismo infantil que los secuestradores fueron inventando con el tiempo, la Revolución americana hubiese sido apenas una revuelta. Igual que tantas. Pero créame, amigo, que no hay nada más antiamericano, en el sentido original de la palabra, pero sobre todo nada más antidemocrático, que pensar que una democracia se defiende con el servilismo de los esclavos que se callan o los adulones que viven cantando loas. Extraña forma de defender la democracia y la libertad. Permítame, que ya término. Si por algo ha avanzado la democracia en los últimos mil años, no le quepa duda, que ha sido gracias a los críticos, no a los apologistas del establishment de turno. Pero, claro, la historia no importa. Por eso luego, impunemente, vienen a darnos lecciones de lo que es ser americano y, peor, de qué significa la libertad y la democracia.

Strumming my pain with his fingers

Singing my life with his words

Killing me softly with his song

Vladimir le dio la mano a Ernest y, antes de irse, le dijo:

—Lo siento mucho por ti, hermano. Por estos traidores derramaste tu sangre en Irak. Un verdadero desperdicio, chico. Que te vaya bien. No me vuelvas a invitar a ninguna reunión de intelectuales porque te pego un tiro yo mismo. Por lo menos hubieras avisado.

Killing me softly with his song

Telling my whole life with his words

Killing me softly with his song…

 

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Lucía Cordero de Caballero

de El mar estaba sereno (novela, 2018)

 

Montevideo, 24 de febrero de 1962

Una carta de su hermana Clarita, fechada en Madrid el 22 de enero de 1962, le informó que su madre había muerto el pasado 16 del corriente.

Clarita se había casado con un funcionario del régimen, de nombre Alberto y de apellido desconocido para Jordi, y desde entonces sus cartas se fueron espaciando hasta la última, que escribió más por obligación que por sentimiento y para evitar decirle a la mucama que no se encontraba en la casa cada vez que su hermano llamaba de América. Como es la regla, Clarita se había convertido a las convicciones de su esposo, es decir, en este caso, al franquismo, poco antes de su casamiento. Como en tiempos de sus abuelas, pensó Jordi, cuando las mujeres se convertían a la religión del esposo, en caso más bien raro de que por entonces hubiese todavía algún hereje que perteneciera a alguna religión diferente, o a ninguna.

Por ese tiempo y por mucho tiempo más, Jordi había fluctuado entre la sospecha de su padre republicano y la defensa del general Franco a cualquier precio, como si a la distancia un país fuese su gobierno. Con vehemencia había enfrentado las críticas de los seguidores de Emilio Frugoni y había concebido la idea de fundar un periódico leyendo las calumnias marxistas del semanario Marcha. El acento, el recuerdo borroso pero persistente de la patria, el sobrenombre de gallego, no le dejaban demasiado margen de maniobra.

Quizás Clarita hubiese tenido una mejor imagen de su hermano exiliado si hubiese sabido de alguna de estas discusiones que en América le costaron al joven Jordi el mote de facho o de falangista en las mesas del café Sorocabana, nido de poetas e intelectualoides afrancesados. Y tanto lo acusaron de falangista que por algún tiempo él mismo se lo creyó. Hasta que encontró una solución intermedia a sus conflictos ideológicos y personales declarando, y haciéndose creer él mismo, que no le importaba la política sino el dinero, que una eran palabras cuando no muerte y encarcelados, y la otra era sólo progreso o, por lo menos, bienestar.

Esta confusión había surgido mucho antes, con su madre Lucía, que desde la desaparición de su esposo se había dedicado a instruir a sus hijos, sobre todo al mayorcito, a repetir repudios contra los republicanos, los rojos, los salvajes ateos que habían querido destruir España. A Jordi le costó mucho tempo, de hecho le constó toda la vida, entender algo del dolor de aquella mujer que había tenido que maldecir todas sus creencias, sus supersticiones juveniles sobre el voto de las mujeres, sobre la educación de los críos de los campesinos, sobre la inexistencia del infierno o sobre un infierno hecho por los hombres aquí en la tierra, y había tenido que instruir ella misma a sus hijos sobre las virtudes de los asesinos de su padre, para evitar perderlos a ellos también, como una mora o una judía en tiempos de Fernando e Isabel. Como una bruja en cualquier tiempo de barbarie.

Al parecer, Lucía había muerto en circunstancias extrañas. No la había secuestrado el régimen, porque el régimen nunca haría eso. No había muerto de pena porque, al parecer, según Clarita, lo tenía todo. Aparentemente, había decidido recluirse en el apartamentito que el esposo de Clarita le había mandado construir al fondo de su propiedad, con el dinero de la casita de Bonavista. Había sido su decisión. En los últimos dos años se había recluido en su minúsculo apartamento y sólo salía viernes y sábados con destino desconocido.

Hasta que un día la encontraron sin respuestas, tendida en su cama y rodeada de revistas viejas, de anillos y de guantes que alguna vez fueron blancos y que si los hubiese arrojado a la basura a tiempo otra hubiese sido la historia, terminaba la carta de Clarita.

Jordi dobló la carta tres veces, como era la costumbre en esa época. Las palabras, entre tristes e indiferentes de su hermana, quedaron repartidas al azar en ocho rectángulos que sólo volvieron a ver la luz una vez más, una tarde calurosa y extremadamente desolada de enero de 2010.

Había visto a su madre por última vez la tarde del sábado 3 de octubre de 1959 en el puerto de Barcelona. “El verano que viene estoy aquí, vieja”, le dijo, pero ella apenas se sonrió. Jordi conocía ese gesto triste de los que no creen o han dejado de creer. Sus labios recordaron por siempre aquella mejilla suave de mujer mayor, el perfume de lavanda que nunca había abandonado y que tal vez era una especie de código secreto, de última complicidad con los años treinta, con su padre. La vio de lejos hasta que se convirtió en una llamita rosada con la luz del atardecer y luego en una sombrita inmóvil que se resistía a dejar la dársena o intentaba apropiarse hasta el último minuto de lo que la suerte le había dejado de su hijo.

Cada vez los separaban más cosas. Jordi se iba al verano y ella entraba en los días largos del invierno. Ella que no se cansaba de preguntarle por su vida en Uruguay y él que no se atrevía a preguntarle por su padre. El futuro era la gran distracción de los dos.

La llamaba por teléfono cada dos meses, luego dos veces por año. Cada vez, iba a preguntarle por su padre, pero el pacto de secreto que de alguna forma habían establecido los dos, quién sabe cuándo, aparecía siempre como un muro de hielo, transparente pero inquebrantable. Una vez, Lucía se adelantó a cualquier pregunta diciendo que bueno, que había muchas cosas que conversar un día con un tecito, cara a cara, no a tantos miles de quilómetros y por un tubo de plástico.

—Que sea un café, niña hermosa— quiso confirmar él, con esa necesidad que tiene la gente de trivializar algo de su vida cuando sospecha que es de gran importancia.

Lucía hizo una pausa. Jordi la imaginó apretando los labios con dos dedos, porque ese era uno de sus gestos más comunes cuando pensaba en algo y luego se callaba.

A pesar de esta promesa (o por esto mismo), Jordi fue postergando el próximo verano en España. Tal vez era cierto que los negocios se habían ido complicando en la medida en que iban creciendo. Por entonces se vendían más libros y más revistas que nunca en Montevideo y Buenos Aires, lo que lo había obligado a abrir su propia imprenta primero y la importación y distribución de impresoras offset después. Una distracción por aquella época hubiese sido fatídica, el fin de todos sus esfuerzos desde 1953.

La llamó por teléfono el 24 de diciembre de 1961. Ésa fue la última vez que había hablado con ella. No parecía triste. No parecía enferma. Pero todas aquellas dulces trivialidades de siempre en el fondo significaban la misma tragedia, como si cada acto humano llevase oculto el germen de la Gran Verdad: cada una de aquellas palabras, recordó Jordi, habían sido las últimas que escuchaba de la boca de su madre mientras él se reía y ella también.

El 31 de diciembre no pudo comunicarse. Las líneas estaban saturadas o él no andaba con suficiente ánimo como para insistir más de cuatro o cinco veces.

Uno de los domingos de enero estuvo a punto de llamarla. Levantó el tubo y, por alguna razón, se le escapó de las manos como si estuviese hecho de plomo.

A fines de febrero, comenzó a perseguirlo el número 54, la edad de Lucía, como lo había hecho el 39 por mucho tiempo. Los autos que se frenaban delante de él tenían alguna patente que terminaba en 54. Los números de lotería que compraba siempre terminaban en 54, pero la comunicación nunca se dio, excepto por una modestísima suma por una aproximación, casi una devolución. 254 era el número de la casa que alquilaba todos los veranos en Punta del Este, aunque él se juraba que había descubierto la numeración cuando puso la llave por primera vez en la puerta. Cuando cumplió 54, sus empleados de la joven Metasoft le hicieron, por primera y última vez, un recibimiento sorpresa en la empresa, con una torta roja y amarilla y el número expuesto como una lápida. Jordi se los agradeció y les ordenó que no volvieran a hacerlo. El 54 y el 39 siguieron repitiéndose en las circunstancias más inesperadas hasta principios del 2001.

En el invierno de 1988, mientras leía el diario, por casi dos segundos (probablemente no más que eso, como suele suceder con las cosas importantes), don Jordi tuvo la sospecha que había dedicado su juventud a que su madre lo quisiera y lo admirase como quizás había querido y admirado a su padre, el desaparecido. Como su padre, había seguido el camino más indirecto de la desaparición y, de igual forma que el destino quiso que ella tuviese que hablar mal de su esposo delante de sus propios hijos y contra sus propias convicciones, lo único que podían decir los diarios de Uruguay del exitoso empresario español era sobre su avaricia y sus simpatías por el deleznable régimen franquista.

Había demasiados españoles en Uruguay, se dijo.

La segunda muerte de Jordi Caballero

de El mar estaba sereno (novela, 2018)

Sí, quisiera volver a repetir lo de siempre, que lo que importa es el futuro, que todo se dirige hacia mañana. Pero la única verdad es que nuestro futuro último es el pasado. Hacia allá vamos, inexorablemente. Hasta que se apague la luz, esa misteriosa luz.

 

Punta del Este, febrero de 1968

Su padre volvió a morir cuando Jordi cumplió treinta y cinco años. Tenía esa edad cuando lo vio por última vez en Barcelona, aquel jueves 9 de febrero de 1939.

Hasta entonces podía mirarse en el espejo y ver el rostro de su padre, la mirada ansiosa por una esperanza repentina o cansada por un nuevo fracaso. Todas sus intimidades habían sido también las de su padre. Todas las veces que sus ojos se dirigían al trasero de una mujer que pasaba por la ventana de un bar donde leía el diario al lado de un café humeante, era el gesto de su padre en la Barcelona de los años treinta o en la Madrid de los veinte. Al menos eso era lo que él creía. Creía que uno repite más o menos los sueños y las frustraciones de sus antepasados en diferentes escenarios. Entonces, cerraba los ojos y veía al abuelo que nunca conoció, el abuelo Caballero (se llamaba Jordi, igual que él, igual que su padre, por esa manía que tenía la gente de antes que no se conformaba con pasar sólo el apellido a sus hijos, acomplejados o acosados por un ansia inútil de eternidad) subiendo un camino de piedra al lado de la montaña, protegiéndose de la nieve, arrastrando un carro con una mula flaca, tratando de hacer arrancar una vieja Ford en Oviedo con su hijo que miraba ansioso desde adentro del auto descompuesto. Y veía a su padre descubriendo el mundo en Madrid, en una mesita solitaria en un rincón de un bar de obreros, con una vieja pluma, y era él mismo en el bar de Canelones y Ciudadela con un teléfono celular en la mano.

No podría imaginar en sus detalles a ninguno de aquellas otras personas que antecedieron a su abuelo, que salvaron sus vidas de milagro para que sin querer él, Jordi (Jordi tercero, Jordi cuarto), estuviese allí mirando el cuadrito de Renoir. Pero en definitiva todos esos eran detalles que no cambian lo que realmente importa en la experiencia humana: el amor, los celos, el dolor de la injusticia y la violencia moral, el insulto, la amenaza de un desconocido o de un vecino desencajado, la muerte del abuelo, de un tío, la culpa por haber hecho lo correcto o por haberse equivocado sin remedio. Todo eso es la realidad. Mejor dicho, la realidad más profunda de la realidad. Lo demás son escenarios. Como si en cada época, en cada generación, en cada siglo se pusiera en escena la misma obra. Romeo y Julieta en Verona. Romeo y Julieta en la París de la Segunda Guerra. Romeo y Julieta en la Nueva York de John Lennon o en la Buenos Aires de Tinelli. Romeo y Julieta caminando por las calles polvorientas de un pueblo en China. Romeo y Julieta muriendo en la frontera de Gaza.

Hasta que don Jordi cumplió los treinta y cinco, todas aquellas imágenes de aquel lejano padre comprensivo y a veces ausente fueron adquiriendo cuerpo. El bigote de su padre disimulando una dentadura imperfecta. Sus palabras bondadosas que abrazaban a aquel niño que era don Jordi, como las suyas propias cuando trataba de consolar y, sobre todo, proteger con consejos a su pequeña niña de brazos delgadísimos, más que para aliviar sus miedos y frustraciones para evitar otros dolores en la mujer que él imaginaba iba a ser Lucía.

Le faltaba, sin embargo (se decía don Jordi, recurriendo a esas secretaras formas de autoflagelaciones que encuentra siempre una persona acosada por un oculto sentimiento de culpa), todo el idealismo de su padre. Aquel idealismo político, republicano por las circunstancias, que por mucho tiempo miró con displicencia y que sólo al aproximarse a los treinta y cinco años pudo sentir, al menos en parte, cuando en un arranque de locura romántica le regaló una pequeña chacrita en San José a la familia que había tomado para que cuidase los árboles frutales. Cada tanto se daba una vuelta por allí y los cinco hijos del casal lo salían a recibir como si fuese el padre fundador de una microrepública. El padre, al que los vecinos llamaban el Negro Silva, había colgado a la entrada un cartel que decía “Granja Caballero”.

Otra vez se metió en un fraude innecesario, allá por los setenta, en plena dictadura. Había logrado evadir el treinta por ciento de los impuestos de ese año. Una jugada que no era digna de don Jordi, se dijo a sí mismo, no por lo deshonesta, si realmente tiene algo de deshonesto no pagar impuestos, sino por lo rudimentario de la maniobra. Alguien lo advirtió y elevó la denuncia. Por unas semanas sintió ese vértigo de ser un perseguido. Podía haberse involucrado con alguno de los bandos, con algún grupo de disidentes en el exilio, con los artistas de la cárcel de Libertad que pintaban palomas abstractas y mariposas que lloraban, o con alguna de esas sectas o logias que cada tanto armaban los militares para sentirse importantes. Podía haber intentado algo más elegante que una burda evasión, pensó cuando pasó la tormenta que le costó un desembolso considerable para salvarse de la cárcel y mantener su nombre lejos de los diarios. Al menos hubiese sido más honroso.

Pero le faltaban algunos ingredientes que hicieron a su padre, pensaba. Le faltaba coraje. Le faltaba ese idealismo estúpido que hizo y deshizo a su padre y a su madre. Al menos eso quiso pensar, ya que la posibilidad de que su padre hubiese sido en realidad bastante más parecido a él de lo que podía pensar, lo aterrorizaba. No quería ensuciar algunos recuerdos. Hubiese sido como demoler los pilares centrales de su existencia. Tal vez prefirió no saber la verdad completamente. O tal vez no tuvo la suficiente sabiduría para entender que también los héroes defecan y participan con algunas acciones en el mercado de las miserias humanas.

Pero cuando cumplió treinta y cinco comprendió que ya no podía seguir descubriendo a su padre en sus propios miedos, en sus alegrías, en sus obsesiones, en sus tics, en sus tristezas injustificadas, en una copa de más. Desde entonces tuvo que seguir caminando solo. Cuando alcanzó la edad que tenía su padre cuando desapareció, cuando se murió o lo asesinaron, supo que todo lo nuevo que podía sentir y experimentar en esta vida le había sido ajeno a aquel otro Jordi Caballero: las depresiones de los cuarenta; las erecciones menos frecuentes; las preocupaciones de criar a un adolescente; el pragmatismo a veces arrogante; la ausencia absoluta de miedo al hablar en público; la incapacidad de emocionarse con el olor a lavanda o con la presencia del mar desnudo; las creciente escasez de mujeres hermosas que se dignaban a mirarlo a los ojos; el cada vez más frecuente odio de los más jóvenes que no encontraban caminos de llegar donde él estaba encumbrado, como un dictador usurpando un espacio público y privado por un tiempo excesivamente prolongado; la sospecha de que las personas comenzaban a ver su muerte con creciente indiferencia; la conciencia de estar en un barco que se aleja de la costa, que se aleja del mundo de los jóvenes que comienzan a ocupar las ciudades y a reescribir la historia de ellos y de sus viejos.

Sabía que nada de esos paisajes interiores había formado parte del mundo de su padre, muerto tan joven. Todo eso era ahora su mundo y él tenía que descubrirlo solo. A partir de aquellos treinta y cinco años tuvo que empezar a vivir solo. Su padre había muerto por segunda vez y, aún así, sabía que tampoco ésta era una muerte definitiva.

 

La paradoja de las clases sociales

Aunque las sociedades están compuestas de una gran diversidad de grupos y de intereses, todavía podemos abstraer su estructura en su clásica pirámide tripartita. De la historia observamos algunas persistencias críticas que podemos formular así para entender el presente y reflexionar sobre el futuro:

Postulado 1: Mientras las clases alta y baja tienden a ser conservadoras, la clase media es más liberal o progresista.

Postulado 2: La clase media le teme más a la clase baja que a la clase alta.

Corolario: La clase media es más propensa a renunciar en cuotas a sus derechos y beneficios durante un largo período que a arriesgar a perder sus privilegios remanentes en una revuelta abrupta.

Ad Hoc: La motivación de un hecho sociopolítico, intencional o no, debe ser atribuible al grupo que se beneficia de él.

 

Postulado 1.

Este principio ha sido aún más claro durante los últimos siglos de la Era Moderna. Con abrumadora frecuencia, los esclavos, los desposeídos de la tierra, los campesinos y obreros deshumanizados por su pobreza, por su etnia o por su lenguaje, tardaron décadas y generaciones (apenas interrumpidas por algunas revueltas) hasta que fueron mal o bien conducidos por individuos de la clase media, generalmente gente culta o educada (Gandhi, Guevara, Lumumba, Martin Luther King), a romper con un determinado orden. En la era contemporánea, en la Era de las Post revoluciones, sus votantes se inclinaron, con más frecuencia, por los políticos conservadores que por los progresistas o reformadores. Por otra parte, el recurrente “cambio” propuesto por la clase dominante siempre significó status quo o vuelta atrás.

Postulado 2.

Entre otros periodos y regiones, este fenómeno se observó durante las dictaduras latinoamericanas a lo largo de más de un siglo. Los pequeños comerciantes, empleados y burócratas toleraron y hasta apoyaron de forma activa o pasiva los regímenes militares hasta el extremo de justificar la violencia estatal como respuesta necesaria a la rebelión o subversión de grupos “radicales”. Quienes no lo hicieron de forma voluntaria fueron suprimidos por el aparato represor. En la Era contemporánea, este factor se expresa en la forma de votar a grupos políticos que le ofrecen a la clase media sacrificio a cambio de estabilidad, beneficios inmediatos para las clases altas a cambio de una promesa de prosperidad general a (muy) largo plazo, generalmente bautizada con los ideoléxicos “responsabilidad” y “seguridad”.

 

Corolario

La traducción política de esta dinámica es similar a la psicología de los seguros. Los conductores más responsables pagan por los menos responsables; los no fumadores por los costos médicos de los fumadores; los países austeros (pobres) pagan por los excesos del consumismo del primer mundo. Si no existieran los segundos, los primeros pagarían mucho menos en cada póliza, porque los costos de las aseguradoras serían menores.

Hay una diferencia. En el caso político, el miedo de quien compra un antivirus es el negocio de quien lo produce, por lo cual, aplicando el ad hoc mencionado arriba, podemos sospechar que policías y ladrones mantienen una relación simbiótica de “antagónico necesario”.

En otras palabras. La brecha económica y social que separa el uno por ciento del restante 99 por ciento siempre tiende a crecer. Un motivo es la dinámica política y económica: cuanto más capital un grupo tiene, más posibilidades tiene de dominar las narrativas sociales a través de los principales medios de prensa. Cuanto más dominio de la narrativa y poder de donación o financiación de campañas políticas, más acceso tiene al congreso, al gobierno y a otros poderes del Estado de su país. Cuanto más poder político en el congreso y en el gobierno, más leyes que protejan sus propios intereses pueden pasar. Hoy en día, el 66 por ciento de los representantes en el Congreso de Estados Unido son millonarios. Es decir, una minoría con dinero representa los intereses de una mayoría sin dinero. La excusa de que esa minoría debe gobernar porque es exitosa reduce no solo el concepto de éxito a la mera acumulación de dinero, sino que no deja posibilidades de igual poder político a aquellos otros que no están interesados en ser millonarios, pero tampoco en ceder derechos democráticos a una plutocracia.

 

Ad hoc analítico

En 2017 el gobierno de Estados Unidos acusó al gobierno cubano por un extraño ruido que estaba causando problemas de salud en los funcionarios de la embajada estadounidense en La Habana. Todavía no conocemos las razones del fenómeno, pero la primera pregunta de análisis debe ser: ¿a quién beneficia el incidente? Asumimos que el gobierno de Cuba está interesado en avanzar con los acuerdos realizados con el gobierno estadounidense anterior, para recuperar un poderoso mercado, bloqueado desde los años 60. El nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha insistido en su intención de revertir también este “logro” de su predecesor. La pregunta crítica nos deja mirando hacia un solo lado.

Lo mismo debe considerarse en cualquier acción de “bandera falsa” y con respecto a grandes procesos. Cuando cada vez menos familias (ahora son 60) poseen lo mismo que la mitad más pobre del mundo, cuando en las sociedades observamos que las diferencias económicas van aumentando desde hace décadas, debemos hacer la pregunta inicial: ¿a quién beneficia el sistema económico mundial? ¿A quién benefician las leyes? ¿A quién benefician las nuevas tecnologías? Una respuesta funcional (según la premisa del Postulado 2 y el Corolario) salta automáticamente: “si el mundo fuse de otra forma nos hundiríamos en la catástrofe”. “De otra forma, el 99 por ciento no disfrutaría de los beneficios del progreso que disfruta hoy”. Etc.

Pero veamos que el progreso no se debe al uno por ciento sino al 99 por ciento. En todo caso, “de otra forma” el uno por ciento no disfrutaría de ser los dueños del mundo.

Por otra parte, la aparente estabilidad (olvidémonos de quienes en este mundo feliz pasan hambre, de los que no tienen trabajo y de quienes sí lo tienen y trabajan como esclavos para sobrevivir) es una estabilidad inestable. Excepto las crisis económicas controlables (esas que sirven para que quienes tienen grandes capitales lo multiplican comprando por nada las propiedades y valores de quienes apenas trabajan para sobrevivir) la lógica que sostiene la Paradoja tarde o temprano se rompe en una crisis mayor que no beneficia ni al uno ni al restante 99 por ciento.

Si en ciencias esto se llama, como lo definió T.S. Kuhn, un “Cambio de paradigma”, en términos de sociedad y civilización se llama suicidio colectivo.

JM

 

 

Le paradoxe des classes sociales

par Jorge Majfud *

 

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Bien que les sociétés soient composées d’une grande diversité de groupes et d’intérêts, nous pouvons encore isoler leur structure dans une pyramide classique divisée en trois. A partir de l’histoire nous observons quelques persistances critiques que nous pouvons formuler ainsi pour comprendre le présent et réfléchir à l’avenir :

  • Postulat 1 : Tandis que les classes élevées et basses tendent à être conservatrices, la classe moyenne est plus libérale ou progressiste.
  • Postulat 2 : La classe moyenne craint davantage la classe basse que la classe élevée.
  • Corollaire : La classe moyenne a davantage tendance à renoncer en partie à ses droits et bénéfices pendant une longue période que de risquer de perdre ses privilèges rémanents dans une révolte brutale.
  • Ad Hoc : La motivation d’un fait politico-social, intentionnel ou non, doit être attribuable au groupe qui en bénéficie.

Postulado 1.

Ce principe fut encore plus clair pendant les siècles derniers de l’Ère Moderne. Avec une écrasante fréquence, les esclaves, les dépossédés de la terre, les paysans et les ouvriers déshumanisés par leur pauvreté, par leur ethnie ou par leur langage, ont mis des décennies et des générations (à peine interrompues par quelques révoltes) jusqu’à ce qu’ils fussent mal ou bien conduits par des individus de la classe moyenne, en général des gens cultivés ou éduqués (Gandhi, Guevara, Lumumba, Martin Luther King), à rompre avec un ordre déterminé. Dans l’ère contemporaine, dans l’Ère des Post révolutions, leurs électeurs ont plus souvent penché pour des hommes politiques conservateurs que pour des progressistes ou des réformateurs. D’autre part, le « changement » récurrent, proposé par la classe dominante a toujours signifié un statut quo social ou un retour en arrière.

Postulat 2.

Dans d’autres périodes et régions, ce phénomène a été observé pendant les dictatures latinoaméricaines durant plus d’un siècle. Les petits commerçants, le personnel et les bureaucrates ont toléré et ont même appuyé de forme active ou passive les régimes militaires jusqu’à l’extrémité de justifier la violence étatique comme réponse nécessaire à la rébellion ou à la subversion de groupes « radicaux ». Ceux qui ne l’ont pas fait de façon volontaire ont été supprimés par l’appareil répresseur. Pendant l’Ère contemporaine, ce facteur s’exprime par la façon de voter pour des groupes politiques qui demandent à la classe moyenne un sacrifice en échange de stabilité, des bénéfices immédiats pour les classes privilégiées en échange d’une promesse de prospérité générale à (très) long terme, généralement baptisée avec des concepts de « responsabilité » et « sécurité ».

Corollaire

La traduction politique de cette dynamique est similaire à la psychologie des sécurités. Les conducteurs les plus responsables paient pour les moins responsables ; les non fumeurs pour les coûts médicaux des fumeurs ; les pays austères (pauvres) paient pour les excès de la surconsommation du premier monde. Si les deuxièmes n’existaient pas, les premiers paieraient beaucoup moins dans chaque police, parce que les coûts des assureurs seraient moindres.

Il y a une différence. Dans le cas politique, la peur de celui qui achète un antivirus est le business de celui qui le produit, à partir de là en appliquant l’ad hoc précité, nous pouvons soupçonner que des policiers et les voleurs maintiennent une relation symbiotique « d’antagonique nécessaire ».

En d’autres mots. La brèche économique et sociale qui sépare le un pour cent du 99 %restant tend toujours à augmenter. Un motif est la dynamique politique et économique : plus un groupe possède de capital, plus il a les moyens de dominer les narrations sociales à travers des principaux médias de presse. Plus il domine la narration et le pouvoir de donation ou de financement des campagnes politiques, plus il a accès au congrès, au gouvernement et aux autres pouvoirs de l’État de son pays. Plus il a du pouvoir politique au congrès et au gouvernement, plus les lois qui protègent ses propres intérêts peuvent passer. Aujourd’hui, 66 % des représentants au Congrès des États-Unis sont millionnaires. C’est-à-dire une minorité ayant de l’argent représente les intérêts d’une majorité sans argent. L’excuse selon laquelle cette minorité doit gouverner parce qu’elle réussit, non seulement réduit le concept de succès à la simple accumulation d’argent, mais il ne laisse pas les possibilités d’un pouvoir politique égal à ceux qui ne sont pas intéressés par être millionnaires, mais non plus à céder les droits démocratiques à une ploutocratie.

Ad hoc analytique

En 2017 le gouvernement des États-Unis a accusé le gouvernement cubain d’un bruit étrange qui causait des problèmes de santé chez les fonctionnaires de l’ambassade US à La Havane. Nous ne connaissons pas encore les raisons du phénomène, mais la première question de l’analyse doit être : à qui bénéficiait l’incident ? Nous remarquons que le gouvernement de Cuba est intéressé à avancer avec les accords réalisés avec le gouvernement précédent des Etats-Unis, pour récupérer un marché puissant, bloqué depuis les années 60. Le nouveau président des États-Unis, Donald Trump, a insisté sur son intention de revenir aussi sur cette « réussite » de son prédécesseur. La question critique nous laisse regarder vers un seul côté.

La même chose doit être considérée dans toute action « de faux drapeau » et à l’égard des grands processus. Quand de moins en moins de familles (maintenant elles sont 60) possèdent la même chose que la moitié la plus pauvre du monde, quand dans les sociétés nous observons que les différences économiques augmentent depuis des décennies, nous devons poser la question initiale : à qui bénéficie le système économique mondial ? À qui bénéficient les lois ? À qui bénéficient les nouvelles technologies ? Une réponse fonctionnelle (selon la prémisse du Postulat 2 et le Corollaire) arrive automatiquement : « si le monde était d’une autre façon nous coulerions dans la catastrophe ». « Autrement dit, les 99 % ne jouiraient pas des bénéfices du progrès dont ils profitent aujourd’hui ». Etc.

Mais nous voyons que le progrès ne découle pas du 1 pour cent mais des 99%. En tout cas, « d’une autre façon, » le un pour cent ne profiterait pas d’être les propriétaires du monde.

Par ailleurs, l’apparente stabilité (oublions ceux qui dans ce monde heureux soufrent de faim, ceux qui n’ont pas de travail et ceux qui oui en ont et travaillent comme des esclaves pour survivre), est une stabilité instable. Excepté les crises économiques contrôlables (celles qui servent à ceux qui ont d’importants capitaux et les multiplient en achetant pour rien les propriétés et les valeurs de ceux qui travaillent pour survivre) la logique qui soutient le Paradoxe tôt ou tard se brise dans une crise majeur qui ne bénéficie ni au 1 %, ni au 99 % restant.

Si en sciences cela s’appelle, comme T.S. Kuhn l’a défini, un « Changement de paradigme », dans des termes de société et de civilisation cela s’appelle suicide collectif.

Jorge Majfud* pour El Correo de la Diaspora

Jorge Majfud est Uruguayen, écrivain, architecte, docteur en philosophie pour l’Université de Géorgie et professeur de Littérature latinoaméricaine et de Pensée Hispanique dans la Jacksonville University, aux États-Unis d’Amérique. College of Arts and Sciences, Division of Humanities. Il est auteur des romans « La reina de lAmérica » (2001), « La ciudad de la Luna » (2009) et « Crise » (2012), entre d’autres livres de fiction et d’essai.

Traduit de l’espagnol pour El Correo de la Diaspora par : Estelle et Carlos Debiasi

El Correo de la Diaspora. Paris, le 14 décembre 2017.

La gran crisis del siglo XXI

Porque el pasado está hacia adelante y el futuro hacia atrás, sólo podemos ver el primero, con cierta precisión, y apenas sentir el segundo, como una brisa unas veces, como un vendaval otras. Si al menos tuviésemos un espejo para poder echar una mirada al futuro… Pero no. Al menos que ese espejo sea el pasado mismo que, al decir de Mark Twain, no se repite, pero rima.

Cada vez que alguien se detiene un instante en su marcha atrás, se levantan las voces advirtiendo de los peligros, cuando no de la inutilidad, de las predicciones que, de forma despectiva, se etiquetan como futurología.

Lo primero es cierto: es un intento peligroso. Lo segundo no: no solo es útil; también es una necesidad, si no una obligación moral.

Hoy, en 2017, estamos sentados sobre una bomba de tiempo. Mejor dicho, sobre dos, interconectadas.

La primera es la creciente, excesiva y desproporcionada acumulación de dinero y, por ende, de poder político y militar de una minoría cada vez más minoritaria, tanto a escala global como a escala nacional. Esta acumulación crecientemente desproporcionada, producto de la espiral que retroalimenta el poder del dinero con el poder político-mediático y viceversa (dinámica que produce bolas de nieve primero y avalanchas después) se agravará aún más por la automatización del trabajo. El desempleo en los países ricos, centros del control financiero, narrativo y militar, aumentará la tensión, no porque la economía del mundo rico colapse sino, quizás, por lo contrario. El creciente fascismo y las reacciones micropolíticas de la izquierda con marchas y contramarchas, serán solo síntomas violentos de un problema mayor.

La segunda bomba de tiempo, es la gravísima amenaza ecológica, producto, naturalmente, de la avaricia de esa minoría y del sistema económico basado en el consumo y el despilfarro ilimitado, en el desesperado crecimiento del PIB a cualquier costo, aun al costo de la destrucción de los recursos naturales (flora y fauna) y de sus mismos productos (automóviles, televisores y seres humanos). El desplazamiento de millones de personas debido al aumento de las aguas y los desiertos, nuevas enfermedades y el creciente costo de la tierra, acelerarán la crisis.

Cualquiera de estas dos bombas de tiempo que estalle primero hará estallar a la otra. Entonces, veremos una catástrofe mundial sin precedentes. 

La hegemonía de Estado Unidos, que se asume será pacíficamente compartida por una sociedad de conveniencia con China, muy probablemente seguirá la Trampa de Tucidides, y el evento decisivo, del conflicto y de la derrota militar de la Pax americana, será un evento de gran magnitud en el área del Pacifico Este. La marina más poderosa del mundo y de la historia, encontrará una derrota material, política y, sobre todo, simbólica. Solo la futura crisis demográfica en China (el envejecimiento de la población y las anacrónicas políticas de inmigración y la desconformidad de una generación acostumbrada al crecimiento económico) podría retrasar este acontecimiento por décadas.

El panorama, por donde se lo mire, no es alentador. Quizás de ahí el cerrado negacionismo de quienes están hoy en el poder. Ese negacionismo ciego en todas las esferas está hoy representado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y por las corrientes nacionalistas y neo racistas, precisamente cuando el problema es global. La presidencia de este país podrá ser reemplazada por un candidato de la izquierda, en el 2020 o en el 2024, pero no será suficiente para detener el desarrollo de los acontecimientos ya desencadenados. Por el contrario, será una forma de renovar la esperanza en un sistema y en un orden mundial que está llegando a su fin de forma dramática.

Si bien es necesario continuar luchando por las causas justas de las micro políticas, como los derechos de género en el uso de baños públicos (que para los individuos no tiene nada de “micro”), etc., ninguna de estas medidas y ninguna de estas luchas nos salvará de una catástrofe mayor. Cuando ya no haya tierra, agua, alimentos, leyes, cuando los individuos y los pueblos estén luchando por sobrevivir de la forma más desesperada y egoísta posible, a nadie le importarán las causas de la micro política. 

Lo bueno es que, si bien el pasado no se puede cambiar de forma honesta, el futuro sí. Pero para hacerlo primero debemos tomar conciencia de la gravedad de la situación. Si realmente vamos caminando hacia atrás, rumbo hacia el abismo, el simple acto de detenerse un momento para pensar en un cambio de rumbo, parece lo más razonable.

 

jorge majfud

dec. 7 2017

Uruguay : Haro sur les intellos

Translated by  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

 

Le quotidien El País* de Montevideo (Uruguay),  dans son éditorial du 7 Novembre 2017, crie haro sur les écrivains Eduardo Galeano et Mario Benedetti et l’auteur-compositeur-interprète Daniel Viglietti (disparu le 30 octobre) pour avoir appuyé la violence, les accusant d’avoir été « coresponsables des déviations tragiques d’un secteur de la jeunesse uruguayenne».  Le simple mot « déviations » rappelle la dictature uruguayenne et bien d’autres, comme la junte argentine,  dont le ministre des Affaires sociales se plaignait que le problème des étudiants était qu’ils avaient trop de temps pour penser et que la « l’excès de pensée produit des déviations ».

Pas un mot sur  la violence chronique qu’El País a soutenue, avant, pendant et après la dictature, rien. Ainsi donc, dans un continent en proie à des dictatures brutales, des assassinats de masse, racistes et de classe, un siècle avant que la Guerre froide serve de prétexte à plus d’oppression et de tueries, les intellectuels auraient été les promoteurs de la violence.

Pas les généraux qui ont ordonné la disparition des dissidents, qui violaient et torturaient à volonté, beaucoup d’entre eux conseillés par des nazis (comme Klaus Barbie) protégés des puissances “du monde libre”.

Pas les grands patrons qui téléphonaient au gouvernement usaméricain pour soutenir un petit putsch par-ci, un petit putsch par-là.

Pas les grands propriétaires fonciers qui disposaient de leurs péons et de leurs enfants comme de leur bétail.

Pas des commissaires qui ont appris les techniques de torture dans des écoles internationales.

Pas de ceux qui dépensaient des millions de dollars pour acheter des armes ou des opinions dans les médias.

Pas les propriétaires des grands médias qui ont manipulé l’opinion publique ou simplement caché la réalité avec beaucoup de fumée pour perpétuer l’état semi-féodal.

Oh, non, ils étaient tous des hommes responsables et modérés, des citoyens honorables prêts à se sacrifier pour la Patrie. Tous répétaient qu’ils avaient servi le pays pour ne pas dire que le pays les avait servis.

Non, bien sûr, les radicaux dangereux étaient ces intellectuels qui utilisaient des idées et des mots radicaux. Ces radicaux dangereux à cause  desquels l’Amérique latine était comme elle était et si elle n’était pas pire, c’était grâce aux dictatures qui ont servi à une minuscule classe d’ exportateurs et  d’exploiteurs pendant plus d’un siècle, soutenue par ses  armées, ses écoles, ses églises et ses grands médias.

Certes, l’Uruguay n’a pas été le pire cas en Amérique latine. C’était peut-être presque une exception, précisément à cause de son niveau d’éducation précoce et de ses figures critiques. Mais ces putains d’intellos pointés du doigt par El País ne limitaient pas leurs critiques à leur propre pays, qui les méritait (ou non ?), mais surtout ils l’étendaient à la réalité mille fois plus brutale de l’Amérique latine et à ses implications logiques avec l’impérialisme international ( quelque chose qui, de toute évidence, n’existait pas pour El País et beaucoup de ses lecteurs).

 

NdT:

Principal quotidien uruguayen, El País, fondé en 1918, a toujours été lié aux « Blancs », les conservateurs issus des grands propriétaires fonciers et grands éleveurs, opposés aux « Rouges », réformistes et progressistes. Il a apporté un soutien inconditionnel à la dictature (1973-1985), censée avoir sauvé la nation du « chaos », de la « ruine » et de la menace du « totalitarisme marxiste ». Ci-dessous un exemple de Une, du 28 juin 1975. Le journal annonce la capture de 20 « factieux » (des guérilléros urbains du MLN-Tupamaros) au cours d’une opération où 3 « meneurs » ont été abattus. Comble du scandale : les « terroristes » avaient un arsenal contenant des « grenades argentines ».