El mar estaba sereno (Julio Castro)

El mar estaba sereno, de Jorge Majfud

Nuestro pasado es la historia que enlaza vidas

 

Julio Castro – La República Cultural

 

Elige un punto en común en el que los avatares de todos los personajes habrán de sujetar el ancla que los comunique y, a partir de ahí, Jorge Majfud comienza a desenvolver los fragmentos de vida que ha capturado, donde cada uno de aquellos jugará su papel. Sus protagonistas son siempre gente sencilla, podría ser cualquiera del barrio, de cualquier barrio, no busca una élite especial, ni siquiera entre aquellos que destacarán más socialmente, porque cuando alguno integra ese personaje algo destacado, achata el comportamiento hasta vulgarizar su realidad: nos habla desde una mediocre burguesía, un proletariado poco avezado y unos entornos de cualquier tiempo.

Un texto construido con su andamiaje

Me interesan mucho las construcciones de personajes, de realidades, de historias, que hace el autor pero, además, me encuentro con espacios muy interesantes que le comunican con la escritura oculta de otros autores latinoamericanos hoy reconocidos, a partir de cuyo análisis parece haber comprendido el trasfondo en el que residían sus narrativas. Soy capaz de encontrar las pinceladas humildes (que no simples) de Galeano; los trazos amables y brutales de los duros relatos de Benedetti (y también de sus desgarrados amores); los mundos circunstanciales del Macondo de García Márquez (los mágicos y los terrenales). Todos ellos puestos al servicio de un estilo diferente e integrador, que no me atrevo a tildar de nuevo, porque parece querer afirmarse precisamente en algo contemporáneamente clásico.

Quiero denominarla novela, pero veo mayor interés en encuadrarla en un nudo transitorio de relatos humanos, porque la integridad del conjunto se la dan las circunstancias de sus personajes, o más bien lo que se deriva de la comprensión de aquello que les une, que de un argumento común al uso. Se da la circunstancia de que he podido acceder antes a los relatos de Majfud, donde juega con elementos comunes entre aquellos y que agrupa dentro de cada volumen, pero soy plenamente consciente de la manera en que casi cada relato recogido en otros libros es precursor de posibles sucesivas novelas. Así puede ocurrir en algún caso, pero en esta ocasión el autor hace un camino inverso: arrancar del núcleo novelístico para desarrollar el encuentro de relatos divergentes, o que pasan por un mismo lugar.

Contenidos e implicaciones

Las acciones principales se vinculan a Uruguay, al del propio autor, pero las necesidades nacen de fuera. En el trayecto encontramos a un exiliado descendiente de un español republicano, al hijo secuestrado por los militares uruguayos y entregado a otra familia en la infancia, a un huido de Argentina que trata de reencontrar el pasado de su abuelo ruso y, quizá el más conciso, un puertorriqueño metido a militar yanqui en la guerra de Irak. En el centro, un barco en medio de la calma chicha, como en tierra de nadie, donde las hormigas sirven de experimento al ojo mayor que las dirige, condiciona o estudia.

Es preciso recordar que el propio autor vivió la guerra sucia de la dictadura de su país, el encarcelamiento de familiares por su ideología y, creo, la implicación que en la infancia marcaría una parte de su manera de observar el destino de América. Desde ahí, en los diferentes textos que he podido leer del autor, hace su análisis del mundo a través del individuo, integrado en cualquier medio, pero siempre condicionado por él. En su presentación en Madrid de esta última novela publicada en España, rechaza la idea de la ficción en sus contenidos, al menos, no más allá de lo que supone recrear relatos y situaciones, porque dice nutrirse de las realidades que conoce directamente o a través de quienes le narran su historia.

Así pues, tampoco es ajeno al compromiso, sino que se zambulle en la necesidad de ofrecer al público lector la opción de descubrir los trazos de esos mundos que cita. En este sentido, podemos ignorar desde nuestro lado la dictadura de Uruguay, o la idea de las raíces argentinas y sus inmigrantes, como también desde otras geografías o generaciones, se puede hacer caso omiso de la represión fascista al final de la guerra civil española, o de las consecuencias de recientes guerras como la de Irak. Ello no impedirá la lectura de estos mundos como la traslación de distopías recogidas en cruces de caminos narrativos. Sin embargo, la intención del autor queda impresa de forma patente en las líneas y en la elección de las historias.

El pasado y la necesidad de la historia

La guerra y la tragedia parece encontrarse al final de cualquier línea de investigación de nuestros antecedentes o nuestros predecesores, y es por eso que Majfud aplica la necesidad de conocer el pasado a los textos que nos presenta. Sabedor de que la propia historia conduce a la necesidad de conocer el entorno en el que se desarrolla, provoca a sus lectores para que no permanezcan ajenos al pasado, a sus orígenes, a los errores o a los aciertos. En un momento dado evita activamente la aplicación de la venganza, una venganza totalmente comprensible, pero seguramente poco ética frente al opresor, en la que convertiría a uno de sus personajes en el mismo fascista que le oprime, pero le condena a vivir sabiendo que él también sabe, que ya no hay historias ocultas, que tampoco hay perdón, sólo conmutación de pena.

Me parece especialmente interesante ese personaje, el de Santiago, no solamente porque en su diseño seguramente está tratando mucho de lo personal del propio autor, sino porque se vuelca en la realidad de su proximidad histórica sin disimulos, porque habla de la represión en Uruguay, y porque probablemente ofrece un espacio para cierta paz al resto de personajes y narraciones de la novela. Pero no deja de ser interesante el contrapunto que ofrece a la joven Lucía Caballero, para mostrar un muro escalable, aunque sólo desde la convicción de quien accede a él. Lucía es un desafío a su contraparte, no sólo en el deseo de conquista, sino en la mirada hacia la vida. Probablemente es el detonante de las decisiones.

El autor y la creación de personajes

El autor genera a los personajes en acción, no los extenúa en su descriptiva, sino que propone a quien lee la posibilidad o la necesidad de interpretarlos y desarrollarlos a partir de sus diálogos. Así que, aunque más breves los diálogos que la narrativa, es en ellos en los que se conocerá el carácter de cada integrante de la novela. Este es un juego al que siempre somete a su público en los textos, dejando retazos inacabados en las “presentaciones” de sus entradas, para crear una lectura esforzada. Como ya decía hace unos años en una entrevista que tuve ocasión de hacerle, no es un autor conforme con la realidad social, y no se detiene a ver lo que ocurre, sino que interviene y da su opinión, estableciendo marcos ideológicos amplios, donde hacer reflexionar sobre la evidencia de las cosas, y su narrativa también es una duda, también deja un gran espacio para que cada lector lo rellene con sus propias realidades y se enriquezca en la experiencia.

Han pasado ya unos años desde que leí otros textos suyos como Perdona nuestros pecados (2008), La ciudad de la Luna (2009), Crisis (2012) o Algo salió mal (2015), y sigue siendo un escritor que se me debate entre la profundidad de su intención y la incógnita del alcance de su pensamiento. Además de sus textos narrativos recomiendo encarecidamente sus artículos de opinión y ensayos políticos (con los que también colabora a veces en nuestra revista), porque no es habitual encontrar la claridad de ideas, análisis y propuestas con las que sintetiza sus contenidos. Y si alguien tiene la ocasión de mantener una charla de profundidad, verá claramente que sus textos nunca son espacios vacíos, sino que con una breve sentencia es capaz de abrir ideas nuevas.

28 de agosto de 2017

 

DATOS RELACIONADOS

Título: El mar estaba sereno

Autor: Jorge Majfud

Formato: encuadernación rústica, 430 pág.

Editorial: Izana editores (2017)

ISBN: 9788494456787

Amazon.es

Cadena SER

 

Anuncios

Cómo (no) desafiar la violencia racista

“Los manifestantes se apresuran a desplegar una energía extraordinaria denunciando el racismo de pequeña escala, pero ¿qué pasa con el racismo a gran escala?”

 

Por Aviva Chomsky

Traducción de Jorge Majfud

 

Mientras el “nacionalismo blanco” y el llamado “alt-Right” han ganado prominencia en la era Trump, una reacción bipartidaria se ha unido para desafiar estas ideologías. Pero gran parte de esta coalición se centra en las movilizaciones y en la retórica individual, extremista y llena de odio, más que en la violencia profunda, diplomática y, aparentemente, más políticamente correcta que impregna la política exterior y doméstica de Estados Unidos en el siglo XXI.

Todo el mundo, desde los republicanos más convencionales hasta la izquierda “antifa” [antifascista] pasando por los diversos demócratas y los ejecutivos de corporaciones, se muestran ansiosos y orgullosos por denunciar en voz alta e, incluso, enfrentándose físicamente a los neonazis y a los supremacistas blancos. Sin embargo, los extremistas en las calles de Charlottesville, o aquellos que hacen el saludo nazi del Reichstag, están involucrados sólo en una política simbólica e individual.

Incluso el asesinato de una contra-manifestante fue un acto individual, uno de los 40 asesinatos al día que ocurren en Estados Unidos, la gran mayoría por armas de fuego (el doble muere todos los días por los automóviles en eso que llamamos “accidentes”, pero que evidentemente también tienen una causa). Los manifestantes se apresuran a desplegar una energía extraordinaria denunciando el racismo de pequeña escala, pero ¿qué pasa con el racismo a gran escala? No ha habido ninguna movilización semejante, ni siquiera ha habido alguna en absoluto, contra lo que Martin Luther King llamó “el mayor proveedor de violencia en el mundo de hoy”. Solo en 2016, el gobierno de Estados Unidos arrojó 72 bombas diarias, sobre todo en Irak y en Siria, pero también en Afganistán, en Libia, en Yemen, en Somalia y en Pakistán, produciendo cada día un 9/11 en esos países.

Históricamente, los individuos y las organizaciones que luchan por cambiar la sociedad y la política de Estados Unidos han utilizado la acción directa, los boicots y las protestas callejeras como estrategias para presionar a los grandes poderes para que cambien sus leyes, instituciones, políticas o acciones. Por ejemplo, durante los sesenta y setenta, el sindicato United Farm Workers les pidió a los consumidores que boicotearan las uvas para, de esa forma, presionar a los grandes productores para que se sentaran a negociar. Los manifestantes contra la guerra en Vietnam marcharon en Washington o presionaron a sus representantes en el Congreso. Más tarde, también tomaron medidas directas: registraron votantes, protestaron contra la proliferación de armas nucleares, realizaron sentadas frente a trenes que llevaban armas a Centroamérica.

Todo este tipo de tácticas siguen siendo opciones válidas hoy en día. Sin embargo, ha habido un cambio desconcertante que nos alejó de los objetivos reales, desviando la atención y usando las mismas tácticas para simplemente mostrar nuestra solidaridad y expresar cierta indignación moral y poco más. Recuerdo la primera vez que, allá por los setenta, en Berkeley, participé en la marcha contra la violencia de género que se llamó “Recuperemos la noche”. Mientras hombres y las mujeres marchábamos por el campus sosteniendo velas, me preguntaba si alguno pensaba que los violadores cambiarían de opinión por el hecho de que grandes sectores del público desaprobaban la violación.

Con los años he llegado a ver, creo que cada vez con más claridad, lo que Adolph Reed llama “Posing as Politics” (Simulando política). En lugar de organizarse para el cambio, los individuos buscan realizar una declaración sobre lo que creen justo. Pueden boicotear ciertos productos, negarse a comer ciertos alimentos; pueden concurrir a marchas o en manifestaciones cuyo único propósito es demostrar la superioridad moral de los participantes. Los blancos pueden decir en voz alta que reconocen la injusticia de sus privilegios o se pueden declarar aliados de los negros o de cualquier otro grupo marginado. Las personas pueden manifestarse en sus comunidades afirmando que en ellas “no hay lugar para el odio”. Pueden, también, participar en contra-marchas para levantarse contra los supremacistas blancos, contra los neonazis. No obstante, este tipo de activismo solo enfatiza y revindica una auto confirmación del individuo en lugar de buscar un cambio concreto en la sociedad o en la política. Son profunda y deliberadamente apolíticos en el sentido de que no tratan de abordar cuestiones de poder, recursos, toma de decisiones ni de cómo lograr un cambio concreto.

Curiosamente, estos activistas que han reivindicado la responsabilidad por la justicia racial parecen estar comprometidos con una visión individual y apolítica de lo qué es el problema racial. La industria de la diversidad se ha convertido en un gran negocio, tanto para las universidades como para las empresas que buscan el sello de inclusividad. Las oficinas para la diversidad de los campus canalizan la protesta de los estudiantes en una especie de alianza con la administración y los conducen a pensar en las partes en lugar de ver el conjunto. Aunque son expertos en la terminología del poder, como la diversidad, la inclusión, la marginación, la injusticia y la equidad, evitan cuidadosamente temas más escabrosos como el colonialismo, el capitalismo, la explotación, la liberación, la revolución, la invasión y otros análisis concretos sobre temas nacionales y mundiales. Así, la masa es movilizada a través de una lista cada vez mayor de identidades marginadas, permitiendo que la historia y las realidades raciales sean neutralizadas por la Teoría de la diversidad, como si fuesen bolas de billar rodando entre las diferentes identidades, todas despojadas de su historicidad. Rodando por una superficie plana y, en ocasiones, chocando unas contra otras.

Pero no nos confundamos. Los blancos nacionalistas que marcharon en Charlottesville enfermos de odio, tan repugnantes como pueden serlo sus mismos propósitos, no son los responsables de las guerras de Estados Unidos en Irak, en Siria y en Yemen.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de escuelas públicas se haya convertido en una red de corporaciones privadas.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de salud sea inequitativo y discriminatorio hacia aquellos que no son blancos, dejándoles servicios precarios y condenándolos a una muerte prematura.

No son ellos los que excluyen y desalojan a la gente de color de sus casas.

No son ellos los autores del capitalismo neoliberal con sus devastadores efectos sobre los pobres de todo el planeta.

No son ellos los que militarizan las fronteras para hacer cumplir el apartheid mundial.

No son ellos quienes están detrás de la explotación y quema de combustibles fósiles que está destruyendo el planeta, siendo los pobres y las personas de color los primeros en perder sus hogares y sus medios de subsistencia.

Entonces, si realmente queremos desafiar el racismo, la opresión y la desigualdad, debemos dejar de mirar a esos pocos cientos de manifestantes en Charlottesville y poner de una vez por todas el ojo en las verdaderas causas y en los verdaderos gestores de nuestro injusto orden mundial.

Ni unos ni otros son difíciles de encontrar.

 

Aviva Chomsky es profesora de historia y coordinadora de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Estatal de Salem, en Massachusetts. Su último libro es Undocumented: How Immigration Became Illegal (Indocumentados: cómo la inmigración se convirtió en ilegal. Beacon Press, 2014)

Charlottesville: Cuando la historia se anuncia en una pequeña aldea

A finales de 2015, cuando el precandidato republicano Donald Trump dominaba las encuestas dentro de su partido, un amigo que vive en Buenos Aires me escribió entusiasmado con el posible triunfo del millonario. “Muchas cosas van a cambiar –dijo–, entre ellas las tonterías de lo políticamente correcto”. El desafío a lo políticamente correcto ha sido un ejercicio permanente en la academia (aunque no en la mayoría de los académicos) por décadas, sino por siglos. Eso no lo inventó Trump. Pero a veces lo políticamente correcto (como el respeto de los derechos y libertades de todos por igual, sean negros, mujeres u homosexuales) es, simplemente, lo correcto.

Mi amigo es judío y, a mi forma de ver, es uno de los que confunde el judaísmo y a los judíos con el gobierno de Israel. Aunque es una persona culta, su visión a corto plazo solo le permitió ver que Trump tiene un yerno judío y una hija convertida al judaísmo y que su retórica pro Israel y anti islámica no era menor que la del resto de los candidatos. Sin embargo, observé, no es casualidad que la gran mayoría de los judíos en Estados Unidos que no pertenecen a la minúscula clase de los millonarios han votado tradicionalmente por la izquierda, como no es casualidad que los mexicanos sean culturalmente conservadores y políticamente liberales, mientras los cubanos de Miami son culturalmente liberales y políticamente conservadores. Eso no es difícil explicar, pero ahora es harina de otro costal.

“Tal vez cambies de opinión –le escribí– cuando Trump llegue a la presidencia y comencemos a ver banderas nazis desfilando por las calles”.

No sé si mi amigo habrá cambiado de opinión. Según las estadísticas, quienes apoyan a Trump están convencidos que jamás dejarán de hacerlo, más allá de las circunstancias. Lo cual revela un componente irracional y religioso. Como hemos insistido antes, sólo la economía podrá poner los valores morales del presidente en cuestión. En otros casos, ni eso.

Hay un detalle aún más significativo: quienes ondean banderas nazis y confederadas, quienes revindican al KKK, ya no lo hacen cubriéndose los rostros. Este es un sutil signo de que las cosas se pondrán aún peores, no porque no les reconozca derecho a la libertad de expresión, sino por todo lo demás.

En el país existen cientos de grupos racistas y violentos. La ley no los puede tipificar como terroristas (la expresión “terrorismo doméstico” es solo una expresión sin categoría legal) porque no existen los terroristas estadounidenses si masacran a mil personas en nombre de alguna organización doméstica. Para ser considerado terrorista, un terrorista debe ser ciudadano de otro país o trabajar para algún grupo extranjero. Esos “consorcios domésticos” todavía no se han sincronizado en una red mayor, pero ya han cruzado la línea que separa el odio íntimo de la ideología articulada del odio. En consecuencia, ya no usan mascaras.

Veamos un hecho puntual y reciente. En una conferencia de prensa, el presidente Donald Trump ha defendido la permanencia de los monumentos que celebran los ideales de la Confederación, argumentando que también George Washington y Thomas Jefferson tuvieron esclavos. Exactamente las mismas palabras que un manifestante pro nazi dijo en un video que circuló en las redes sociales dos días antes, otra muestra de que el presidente representa a la nueva generación: no lee ni se contiene para insultar en los foros a pie de página.

Durante años, tanto en los periódicos como en mis propias clases, he insistido sobre la doble moral de los Padres fundadores con respecto a los esclavos, cuando la declaratoria de la independencia reconocía “como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. O, cuando una década después, en la constitución se hacía celebre la primera frase “Nosotros el pueblo” y en realidad excluía a la mayoría de los habitantes de las trece colonias primero y más tarde de los territorios centrales usurpados a los indios y, finalmente, del resto donado por los mexicanos.

Sin embargo, comparar a Jefferson con el general Robert Lee es una manipulación histórica en base a los intereses racistas y clasistas del momento. Lo que celebramos de Jefferson no es que tenía esclavos y una amante mulata a la que nunca liberó, como sí lo hizo el gran José Artigas con su muy íntimo (relación nunca estudiada en serio) amigo Ansina. Lo que reconocemos de Jefferson es haber impulsado la historia hacia la dirección correcta en base a ciertos valores de la Ilustración.

El general Lee y todos los líderes y símbolos de la Guerra Civil no representan ninguno de esos valores que hoy consideramos cruciales para la justicia y la sobrevivencia de la especie humana sino todo lo contrario: representan las fuerzas reaccionarias, arrogantes, criminales que, por alguna razón de nacimiento, se consideran superiores al resto y con derechos especiales.

Como ya nos detuvimos en otros escritos, un análisis cuidadoso de la historia de Estados Unidos desde la rebelión de Nathaniel Bacon en 1676, exactamente cien años antes de la fundación de este país, muestra claramente que le racismo no era ni por lejos lo que comenzó a ser desde finales del siglo XVII. Si bien el miedo o la desconfianza a los rostros ajenos es ancestral, la cultura y los intereses económicos juegan roles decisivos en el odio hacia los otros. Las políticas deliberadas de los gobernadores y esclavistas de la época fue inocular ese odio entre las “razas” (indios, blancos y negros) para evitar uniones y futuros levantamientos de la mayoría pobre.

El racismo, una vez inoculado en una cultura y en un individuo, es uno de los sentimientos más poderosos y más ciegos. En tiempos de prosperidad económica, los blancos de clase media para arriba culpan a los pobres, sobre todo a los pobres negros, por su propia pobreza. La ética calvinista asume que uno recibe lo que merece, primero por voluntad divina, segundo por mérito propio. Pero cuando la economía no va del todo bien y esos mismos blancos razonables se descubren sin trabajo y sin la prosperidad de sus padres, inmediatamente se convierten en blancos supremacistas o, como mínimo, en blancos xenófobos bajo una amplia variedad de excusas. Entonces, ser pobres ya no es culpa ni de Dios ni de ellos mismos sino de los negros y de los extranjeros que vienen a quitarles sus trabajos.

Para el presidente Trump, en Charlottesville (ciudad fundada por indios y residencia de Jefferson y Madison) hubo dos grupos que chocaron y la responsabilidad es de ambos por igual, unos de izquierda y otros de derecha. Poner las cosas dentro de esta antigua clasificación, izquierda y derecha, hace lucir el problema como algo horizontal, como una cuestión de meras opiniones políticas, ambos igualmente responsables de todo el mal. Como en la teoría de los dos demonios en el Cono Sur, aquí se mide igual la violencia racista que la reacción antirracista. Como durante siglos se trató de justificar la violencia de los amos por la violencia de los esclavos.

Solo cabe esperar algo peor. Nuestro tiempo presenciará la lucha entre la Ilustración y la Edad Media. A largo plazo, no sabemos cuál de las dos fuerzas vencerá.

 

J​orge Majfud​, August 17, 2017.

Ricos de izquierda, pobres de derecha

No hace muchas horas Diego Maradona le envió un mensaje al presidente venezolano para que lo considerase uno de sus soldados. Poco después, Henrique Capriles, el eterno candidato de la oposición venezolana (casi tan eterno como Leopoldo Lopez y su familia de empresarios de la gran prensa conservadora) respondió echando mano a una de las frases prefabricadas que más gustan de usar los reaccionarios latinoamericanos: Maradona, como tantos otros, “son gente que se dice de izquierda y al final viven como millonarios”.

¿De dónde habrán sacado que si uno es de derecha puede vivir como rico y si es de izquierda debe vivir como pobre? Hace poco contestamos al mismo fast food, pero harto popular argumento, de que si uno escribe en una computadora y usa internet no puede criticar al capitalismo, porque todo eso se debe a su creación divina.

Cierto, es muy difícil defender las ocurrencias de Maradona. El hombre, además de haber sido el único futbolista mágico de la historia, se caracteriza por una espontaneidad que va más allá de cualquier lógica. Pero pocos futbolistas exitosos se han atrevido a romper los cánones de la autoridad arbitraria. En eso tiene un mérito que se subestima: el hombre no dice lo que le conviene sino lo que piensa, equivocado o no.

Mucho más difícil es entender y justificar las decisiones del presidente Maduro. No sólo sus opciones económicas (un país dedicado al monocultivo no puede prosperar; es algo que lo hemos venido repitiendo desde hace más de diez años, no solo referido a Venezuela). También sus decisiones políticas (la Asamblea constituyente solo sirve para echar leña al fuego en la narrativa del sistema Global dominante sin ninguna ventaja política para sus opositores, por mencionar uno solo de sus errores catastróficos).

Venezuela se ha erigido hoy en una de las peores pesadillas de los progresistas latinoamericanos. Todo lo cual no significa que la vieja derecha conservadora del continente, al viejo estilo fascista y golpista, tenga algo para elogiar. No son nuevos héroes; son viejos oportunistas que, tarde o temprano, lograrán lo que se proponen. Eso es seguro. Eso de la “libertad” es una bonita excusa que ha sido usada durante todo el siglo XX para camuflar la realidad de los intereses, no solo de las clases acomodadas sino de sus padrinos, las grandes empresas europeas y estadounidenses.

La doble vara ni siquiera se considera. O no importa. Si Donald Trump destituye al jefe del FBI (James Comey) porque lo está investigando, si luego destituye a su fiscal general (Sally Yates) porque no apoyó el bloqueo a inmigrantes de siete países musulmanes (y un largo etcétera), eso es democracia. Si el presidente de una república bananera, Nicolás Maduro, destituye a la fiscal (Luisa Ortega) por pronunciarse en su contra, eso es dictadura para los mayores medios del mundo. Si un helicóptero de la Policía científica de Venezuela ataca a balazos el Tribunal Supremo de Justicia en Caracas, si los militares venezolanos atacan un cuartel en un intento de golpe de Estado, si la oposición acumula bombas en diferentes rincones del país y los arroja a la policía o simplemente queman vivo a otros manifestantes, eso es en “defensa de la libertad” y como “legitima respuesta” de la “represión del gobierno”.

Si mucho menos ocurre en Estados Unidos, en España o en Francia, eso es terrorismo, y se paga como tal. Por no entrar a considerar prisiones, como la que Estados Unidos todavía mantiene en el territorio ocupado de Guantánamo (recordemos que después de diez y doce años de torturas, la mayoría, varios cientos de prisioneros, fue declarada inocente, solo culpable de haber estado “en el lugar erróneo en el momento equivocado”; los liberados nunca recibieron indemnización, ni económica ni moral). No se puede comparar Guantanamo y las cárceles que tiene “la dictadura venezolana”, cuyos prisioneros más notables se van a sus casas y conspiran cada día en la prensa internacional como si fuesen mártires.

Para colmo, Maduro se despacha con esa reforma constitucional, buena para nada. Hasta la reelección indefinida (repito, un mamarracho) ya está en la actual constitución de Venezuela. Otra demostración de que si Maduro es un dictador, nunca podrá ejercer plenamente como tal por falta de facultades plenas, más allá del cierto acoso a la prensa (sobre todo a la vieja prensa golpista, defensora de sus propios intereses de clase y finanzas).

La sagrada (y actual, con enmiendas) constitución de Estados Unidos permitió por ciento cincuenta años la reelección indefinida, gracias a lo cual el presidente (cierto, uno de los mejores que tuvo este país) Franklin Roosevelt pudo ser presidente por cuatro periodos consecutivos. Si un presidente latinoamericano propone lo mismo en América latina (déjenme repetir, a tono personal, que me parece una pésima idea), entonces es considerado propio de las dictaduras latinoamericanas. Todo lo que haga Estados Unidos o Europa estará bien, o casi bien, por la simple razón que son ellos los que administran la narrativa global (ya que, todavía, administran el sistema global que rige el mundo).

Claro que la arrogancia unilateral cada vez es más difícil de sostener. Se resiste, pero las condiciones geopolíticas y económicas indican lo contrario. Todo lo cual es de temer que se cumpla, una vez más, la lógica (o trampa) formulada por Tulcidides miles de años atrás y tengamos un conflicto a gran escala en este mismo siglo, sino en esta misma generación.

Claro, José Mujica es un consecuente. Vive como piensa y piensa como vive. No deja de ser un mérito relativo. ¿Pero quién dijo que el objetivo de los progresistas es la pobreza y no la verdadera libertad, es decir, la igual-libertad? Si consideramos que todos (Mujica, Maradona, Bill Gates, Trump y cualquier otro ser humano que pisa este planeta) vive en un sistema global que no es otro que el capitalismo más obsceno, a mí no me sorprenden ni me escandalizan que haya hombres y mujeres que distan de ser pobres y son de izquierda. La derecha quisiera verlos pobres y anulados o, al menos, sin voz. Incluso hay millonarios con algunas ideas de izquierda, como Warren Buffett, que pedía desesperadamente que le suban los impuestos, a él y a su minúscula, insaciable y patológica clase social que continúa invirtiendo billones en propaganda para promover leyes y narrativas que le permitan aumentar aún más sus ganancias.

En pocas palabras, no encuentro tan contradictorio que haya gente rica que sea de izquierda. Al menos no tan contradictorio como lo contrario. Según las estadísticas, los estudios y los resultados electorales, como los más recientes de las elecciones en Estados Unidos de 2016, según casi todas las elecciones en el último siglo y más en América latina, los conservadores de derecha abundan en las clases más pobres y en las más ricas. Por obvias razones. En casos son mayoría.

Entonces, si es una contradicción ser ricos y de izquierdas, ¿no es una contradicción mayor ser pobres y conservadores de derecha?

JM, 9 de agosto de 2017

Realmente devemos a modernidade ao capitalismo?

Uma das afirmações que os apologistas do capitalismo mais repetem e menos se questiona é aquela que afirma que este foi o sistema que mais riqueza e mais progresso criou na história. Devemos a ele a Internet, os aviões, o YouTube, os computadores a partir dos quais escrevemos e o todo o avanço médico e as liberdades sociais e individuais que podemos encontrar hoje.

O capitalismo não é o pior, nem o menos criminoso dos sistemas que já existiram, mas esta interpretação arrogante é, também, um sequestro da história pela ignorância.

Em termos absolutos, o capitalismo é o período (não o sistema) que produziu mais riqueza na história. Esta verdade seria suficiente, se não a considerássemos tão enganosa como quando, nos anos 1990, um ministro uruguaio se ufanava de que em seu governo haviam sido vendidos mais celulares que no restante da história do país.

A chegada do homem à Lua não foi simples consequência do capitalismo. Para começar, nem as universidades públicas e nem as privadas são, em seus fundamentos, empresas capitalistas (exceto alguns poucos exemplos, como o fiasco da Trump University). A NASA também nunca foi uma empresa privada, mas estatal e, além do mais, se desenvolveu graças à prévia contratação de mais de 1.000 engenheiros alemães, entre eles Wernher von Braun, que haviam experimentado e aperfeiçoado a tecnologia de foguetes nos laboratórios de Hitler, que investiu fortunas (é verdade, com alguma ajuda econômica e moral das grandes empresas norte-americanas). Tudo, dinheiro e planejamento, foi estatal.

A União Soviética, sobretudo sob o comando de um ditador como Stalin, ganhou a corrida espacial ao colocar, pela primeira vez na história, o primeiro satélite, a primeira cachorra e até o primeiro homem na órbita, doze anos antes do Apollo 11 e apenas quarenta anos após a revolução que converteu um país atrasado e rural, como a Rússia, em uma potência militar e industrial, em algumas poucas décadas. Nada disso se entende como capitalismo.

Claro, o sistema soviético foi responsável por muitos pecados morais. Crimes. Mas, não são as deficiências morais as que distinguiam o comunismo burocrático do capitalismo. O capitalismo só se associa com as democracias e os Direitos Humanos por uma narrativa, repetitiva e cruciante (teorizada pelos Friedman e praticada pelos Pinochet), mas a história demonstra que pode conviver perfeitamente com uma democracia liberal; com as genocidas ditaduras latino-americanas que precederam o pretexto da guerra contra o comunismo; com governos comunistas como China e Vietnã; com sistemas racistas como África do Sul; com impérios destruidores de democracias e de milhões de habitantes na Ásia, África e América Latina, como foram, nos séculos XIX e XX, Inglaterra, Bélgica, Estados Unidos, França, etc.

A chegada à Lua, assim como a criação da Internet e os computadores, que são atribuídas ao capitalismo, foram basicamente (e, em certos casos, unicamente) projetos de governos, não de empresas como Apple ou Microsoft. Nenhum dos cientistas que trabalharam nesses revolucionários programas tecnológicos, agiu como empresário ou buscando se tornar ricos. De fato, muitos deles eram ideologicamente anticapitalistas, como Einstein, etc. A maioria era formada de professores assalariados, não os agora venerados entrepreneurs.

A esta realidade há que acrescentar outros fatos e um conceito básico: nada disto surgiu do zero, no século XIX ou no século XX. A energia atômica e as bombas são filhas diretas das especulações e dos experimentos imaginários de Albert Einstein, seguido de outros gênios assalariados. A chegada do homem à Lua teria sido impossível sem conceitos básicos como a Terceira lei de Newton. Nem Einstein e nem Newton teriam desenvolvido suas maravilhosas matemáticas superiores (nenhuma delas por causa do capitalismo) sem um conjunto de descobertas matemáticas introduzidas por outras culturas, séculos antes. Alguém consegue imaginar o cálculo infinitesimal sem o conceito de zero, sem os números arábicos e sem a álgebra (al-jabr), para nomear alguns poucos?

Os algoritmos que os computadores e os sistemas de internet utilizam não foram criados nem por um capitalista, nem em qualquer período capitalista, mas séculos atrás. Conceitualmente, foi desenvolvido em Bagdá, a capital das ciências, por um matemático muçulmano de origem persa, no século IX, chamado, precisamente,  Al-Juarismi. Segundo Oriana Fallaci, essa cultura não deu nada às ciências (ironicamente, o capitalismo nasce no mundo muçulmano e o mundo cristão o desenvolve).

Nem o alfabeto fenício, nem o comércio, nem as repúblicas, nem as democracias surgiram no período capitalista, mas em dezenas de séculos antes. Nem sequer a imprensa em suas diferentes versões alemãs e chinesas, uma invenção mais revolucionária do que o Google, foi graças ao capitalismo. Nem a pólvora, nem o dinheiro, nem os cheques, nem a liberdade de expressão.

Ainda que Marx e Edison sejam a consequência do capitalismo, nenhuma grande revolução científica do Renascimento e da Era Moderna (Averróis, Copérnico, Kepler, Galileu, Pascal, Newton, Einstein, Turing, Hawking) se deveu a esse sistema. O capitalismo selvagem produziu muito capital e muitos Donald Trump, mas muito poucos gênios.

Isto sem falar de descobertas mais práticas, como a alavanca, o parafuso ou a hidrostática de Arquimedes, há 2.300 anos. Ou a bússola do século IX, uma das descobertas mais importantes na história da humanidade, de longe muito mais importante do que qualquer telefone inteligente. Ou a roda, que vem sendo utilizada no Oriente há 6.000 anos e que ainda não saiu de moda.

É claro que entre a invenção da roda e a invenção da bússola passaram vários séculos. Mas, o tão vangloriado “vertiginoso progresso” do período capitalista não é nenhuma novidade. Exceto períodos de catástrofe como o foi o da peste negra, durante o século XIV, a humanidade veio acelerando o surgimento de novas tecnologias e de recursos disponíveis para uma crescente parte da população, como, por exemplo, as diferentes revoluções agrícolas. Não é necessário ser um gênio para advertir que essa aceleração se deve à acumulação de conhecimento e à liberdade intelectual.

Na Europa, o dinheiro e o capitalismo significaram um progresso social diante da estática ordem feudal na Idade Média. Mas, logo se tornaram o motor de genocídios coloniais e, depois, em uma nova forma de feudalismo, como o do século XXI, como uma aristocracia financeira (um punhado de famílias acumulam a maior parte da riqueza em países ricos e pobres), com duques e condes políticos e com vilões e vassalos desmobilizados.

O capitalismo capitalizou (e os capitalistas sequestraram) séculos de progresso social, científico e tecnológico. Por essa razão, e por ser o sistema global dominante, foi capaz de produzir mais riqueza que os sistemas anteriores.

O capitalismo não é o sistema de alguns países. É o sistema hegemônico do mundo. É possível abrandar seus problemas, é possível desmantelar seus mitos, mas não é possível eliminá-lo, enquanto não entrar em sua crise ou declive, como o feudalismo. Até que seja substituído por outro sistema. Isso no caso de que reste planeta ou humanidade. Porque o capitalismo também é o único sistema que colocou a espécie humana à beira da catástrofe global.

JM

tradução é do Cepat.

IHU

Devons-nous vraiment la modernité au capitalisme ?

La “narrature” du capitalisme

par Jorge Majfud *

L’une des affirmations les plus répétées et les moins remises en cause des apologistes du capitalisme consiste à dire que celui-ci a été le système qui a crée dans l’histoire le plus de richesse et de progrès. Nous lui devons Internet, les avions, YouTube, les ordinateurs sur lesquels nous écrivons et toute l’avancée médicale et la liberté sociale et individuelle que nous pouvons trouver aujourd’hui.

Le capitalisme n’est ni le plus et ni le moins criminel des systèmes qui ont existé, mais cetteinterprétation arrogante est, en outre, une confiscation historique commise par l’ignorance.

En termes absolus, le capitalisme est la période (non le système) qui a produit le plus de richesse dans l’histoire. Cette vérité serait suffisante si nous ne considérions pas qu’elle est aussi trompeuse que ce ministre uruguayen qui, dans les années 90, s’était vanté de ce que, durant son gouvernement, il s’était vendus plus de téléphones portables que dans toutel’histoire du pays.

L’arrivée de l’homme sur la Lune n’a pas été une simple conséquence du capitalisme. Pour commencer, ni les universités publiques, ni les privées ne sont, dans leurs fondements, des entreprises capitalistes (exceptés quelques rares exemples, comme le fiasco de la Trump University). La NASA non plus n’a jamais été une entreprise privée mais publique et, de plus, elle s’est développée grâce à l’engagement préalable de plus de mille ingénieurs allemands, dont Wernher von Braun, qui avaient expérimenté et perfectionné la technologie des fusées dans les laboratoires de Hitler, qui a investi des fortunes (certes, avec une certaine aide économique et morale des grandes entreprises US). Tout, l’argent et la planification a été étatique. L’Union soviétique, surtout sous les ordres d’un dictateur comme Staline, a gagné la course spatiale après avoir mis en orbite pour la première fois de l’histoire le premier satellite, la première chienne et jusqu’au premier homme, douze ans avant Apollo 11 et à peine quarante ans après la révolution qui a transformé un pays arriéré et rural, comme la Russie, en puissance militaire et industrielle en quelques décennies. Rien de cela ne s’avère être du capitalisme.

Certes, le système soviétique a été responsable de beaucoup de fautes morales. De crimes. Mais ce ne sont pas les déficiences morales qui distinguaient le communisme bureaucratique du capitalisme. Le capitalisme s’associe seulement avec la démocratie et les Droits de l’homme par la narration, répétitive et accablante (théorisée par les Friedman [Chicago Boys] et pratiquée par les Pinochet), mais l’histoire démontre qu’il peut parfaitement cohabiter avec une démocratie libérale, avec les dictatures génocidaires latino-américaines qui invoquaient l’excuse de la guerre contre le communisme,  avec des gouvernements communistes comme la Chine ou le Viêt-Nam, avec des systèmes racistes comme l’Afrique du Sud,  avec des empires destructeurs de démocratie et de millions d’habitants en Asie, en Afrique et Amérique Latine, comme aux XIXe et XXe siècles le furent l’Angleterre, la Belgique, les USA,  la France etc.

Le débarquement sur la Lune comme la création d’Internet et les ordinateurs qui sont attribués au capitalisme ont été à la base (et, parfois, uniquement) des projets de gouvernements, non d’entreprises comme Apple ou Microsoft. Aucun des hommes de science qui ont travaillé dans ces programmes technologiques révolutionnaires ne l’a fait comme entrepreneur ou en cherchant à devenir riches. En fait, plusieurs d’entre eux étaient idéologiquement anticapitalistes, comme Einstein, etc. La majorité étaient des professeurs salariés, non les entrepreneurs vénérés d’aujourd’hui.

À cette réalité il faut ajouter d’autres faits et un concept basique : rien de cela n’a surgi de zéro au XIXe siècle ou au XXe siècle. L’énergie atomique et les bombes sont des filles directes des spéculations et les expériences imaginaires d’Albert Einstein, suivi d’autres génies salariés. L’arrivée de l’homme sur la Lune aurait été impossible sans des concepts basiques comme la Troisième loi de Newton. Ni Einstein ni Newton n’auraient développé leurs merveilleuses mathématiques supérieures (aucune d’elles due au capitalisme) sans une pléthore de découvertes mathématiques introduites par d’autres cultures bien des siècles auparavant. Quelqu’un imagine-t-il le calcul infinitésimal sans le concept du zéro, sans les nombres arabes et sans l’algèbre (de l’arabe al-jabr ), pour n’en citer que quelques-uns ?

Première page du livre fondateur de l’algèbre, le Kitāb al-mukhtaṣar fī ḥisāb al-jabr wa-l-muqābala (Abrégé du calcul par la restauration et la comparaison) de Mohammed Ibn Mūsā al-Khuwārizmī, dont le nom est à l’origine du terme algorithme

Les algorithmes qu’ utilisent les ordinateurs et les systèmes d’Internet n’ont pas été créés ni par un capitaliste ni dans aucune période capitaliste, mais des siècles auparavant. Il a été conceptuellement développé à Bagdad, la capitale des sciences, par un mathématicien musulman d’origine persane au IXe siècle appelé Al-Khwârizmî , précisément. Selon Oriana Fallaci, cette culture n’a rien donné aux sciences (ironiquement, le capitalisme naît dans le monde musulman et c’est le monde chrétien le développe).

Ni l’alphabet phénicien, ni le commerce, ni les républiques, ni la démocratie n’ont surgi pendant la période capitaliste mais des dizaines de siècles avant. Ni même l’imprimerie dans ses différentes versions, allemande ou chinoise, invention plus révolutionnaire que Google, ne l’a été grâce au capitalisme. Ni La poudre, ni l’argent, ni les chèques, ni la liberté d’expression.

Bien que Marx et Edison soient la conséquence du capitalisme, aucune grande révolution scientifique de la Renaissance et de l’Ère Moderne (Averroès, Copernic, Kepler, Galilée, Pascal, Newton, Einstein, Turing, Hawking) n’est due à ce système. Le capitalisme sauvage a produit beaucoup de capital et plusieurs Donald Trump, mais très peu de génies.

Pour ne pas parler des découvertes plus pratiques, comme le levier, la vis ou l’hydrostatique d’Archimède, découvertes faites il y a 2 300 ans. Ou la boussole du IXe siècle, l’une des découvertes les plus importantes dans l’histoire de l’humanité, de loin plus importante que tout téléphone intelligent. Ou la roue, qui s’utilise en Orient depuis six mille ans et qui n’a pas encore passé de mode.

Bien sûr, entre l’invention de la roue et l’invention de la boussole quelques siècles ont passé. Mais le « vertigineux progrès » de la période capitaliste n’est d’aucune nouveauté. Sauf des périodes de catastrophe comme le fut la peste noire au XIVe siècle, l’humanité a accélère l’apparition de nouvelles technologies et de ressources disponibles pour une partie croissante de la population, comme par exemple le furent les différentes révolutions agricoles. Il n’est pas nécessaire d’être un génie pour remarquer que cette accélération découle de l’accumulation de connaissances et de la liberté intellectuelle.

En Europe, l’argent et le capitalisme ont signifié un progrès social devant l’ordre statique féodal du Moyen Âge. Mais bientôt, ils sont devenus le moteur de génocides coloniaux et ensuite une nouvelle forme de féodalisme, comme celle du XXIe siècle, avec une aristocratie financière (une poignée de familles accumulent la plupart de richesse dans les pays riches et pauvres), avec des ducs et des comtes politiques et avec des roturiers et des vassaux démobilisés.

Le capitalisme a capitalisé (et les capitalistes ont confisqué) des siècles de progrès social, scientifique et technologique. Pour cette raison, et étant  le système global dominant, il a été capable de produire plus de richesse que les systèmes précédents.

Le capitalisme n’est pas le système de quelques pays. C’est le système hégémonique du monde. Ses problèmes peuvent être atténués, ses mythes peuvent être démantelés, mais on ne peut pas l’éliminer jusqu’à ce qu’il entre dans sa crise ou pente descendante comme le féodalisme. Jusqu’à qu’il soit remplacé par un autre système. Cela au cas où il reste encore une planète ou une humanité. Parce qu’aussi le capitalisme est l’unique système qui a mis l’espèce humaine au bord de la catastrophe planétaire.

 

Jorge Majfud * pour El Correo de la Diaspora.

 

* Jorge Majfud est Uruguayen, écrivain, architecte, docteur en philosophie pour l’Université de Géorgie et professeur de Littérature latinoaméricaine et de Pensée Hispanique dans la Jacksonville University, aux États-Unis d’Amérique. College of Arts and Sciences, Division of Humanities. Il est auteur des romans « La reina de lAmérica » (2001), « La ciudad de la Luna » (2009) et « Crise » (2012), entre d’autres livres de fiction et d’essai.

Traduit de l’espagnol pour El Correo de la Diaspora par : Estelle et Carlos Debiasi.

Paris, le 4 août 2017.

Pagina/12

La redistribución de la riqueza

He escuchado a alguien decir: “Si usted está a favor de la redistribución de la riqueza, empiece por redistribuir la suya”. Obviamente, esto es parte de una discusión que todos conocen desde hace décadas. Lo he leído varias veces, alguna vez encuadrado orgullosamente con forma de lápida.

La idea de que son los holgazanes (de izquierda) que exigen la redistribución de la riqueza los trabajadores millonarios (de derecha) empieza mal con un oxímoron: trabajadores y millonarios.

Pero veamos que el famoso argumento equivale a decir que solo los que estén a favor de los impuestos deben pagar impuestos.

Por otro lado, la idea de que son solo los socialistas quienes están a favor de la redistribución de la riqueza es una tontería. Ellos están a favor de la redistribución a través de un Estado.

Creo que es necesario aclarar un fundamento, no formulado, de toda filosofía económica: todo sistema económico es un sistema de redistribución de la riqueza. Por ejemplo, cuando los holgazanes reciben lo mismo que los trabajadores, esa es una redistribución injusta. También cuando un inversor mueve un millón de dólares de un negocio a otro, de un país a otro y con eso obtiene una ganancia de cincuenta mil dólares, y lo hace porque el sistema que lo protege está re-distribuyendo la riqueza. Es una transferencia de riqueza que va desde los productores hacia los inversores, desde las mayorías hacia las micro-minorías, desde el 99 % hacia el 1% –y, en casos, hacia el 0,1%. Etcétera.

 

JM, 2 de agosto de 2018.