Occidente hoy. Entrevista.

Por Gerardo Yong, revista Siempre, Mexico

 

Para expertos internacionalistas como Jorge Majfud, de la Universidad de la República del Uruguay,  Trump no es más que un empresario caprichoso que juega a hacer política desde sus mansiones en Florida. Un tipo obsesionado con Europa oriental, Rusia y Putin, quien prácticamente lo tiene atrapado en su propio juego de poder.

En entrevista con Siempre!, Majfud, quien también es egresado de la Universidad de Georgia, advirtió que esa “relación de amor puede convertirse en odio en cualquier momento, porque los egos son muy sensibles”.

  

1) ¿Cómo calificaría el gobierno de Trump a la mitad de sus cien primeros días?

Patético. Es un narcisista patológico, un pobre millonario que en 2015 reconoció haberse sorprendido de haber llegado tan lejos en las internas republicanas. Él mismo creyó lo que creyeron todos, que su incursión en el rodeo político, estilo Homero Simpson, era parte de su especialidad: el negocio de la diversión y la frivolidad.

Ahora, la misma ordinariez kirsch de las nuevas cortinas doradas de la Casa Blanca son apenas un reflejo de lo que es su nuevo inquilino: un niño rico y caprichoso que nunca maduró porque no tuvo necesidad de hacerlo. Cuando no está jugando al golf aquí en Florida en su castillo Mar-a-Lago está respondiendo por Twitter cada tontería que mira en su programa favorito “Fox and Friends”. La mayoría de las cosas que afirma están divorciadas de cualquier prueba o hecho, por lo que tiene un equipo detrás justificándolo sin muchas herramientas.

En estos los primero cincuenta días de su presidentica se ha promovido una reforma de salud con la típica mentalidad de los negocios que arrasa en el mundo, según la cual uno recibe la solidaridad del resto de la sociedad sólo cuando no la necesita. Gracias a esta mentalidad, hasta ser mujer era un problema antes del odiado Obamacare. Esos seres desagradables eran improductivos porque cada tanto tenían necesidades extrañas; los enfermos no podían comprarse un seguro porque podían causarle pérdidas a la empresa carroñera; y un largo etcétera.

Ahora se ha dejado claro que el medioambiente no les interesa. Ha aumentado el gasto militar, como si fuese poco, y ha reducido todo lo demás. Para pagar una parte de su absurdo muro (un exabrupto poético que le va a costar caro) ha dejado sin recursos a las viviendas de ayuda social. Pero la realidad también está hecha por los alienados, como bien lo muestra la historia. El motor principal de esta revuelta  (ya que ni califica para revolución) es el antiguo odio racial y de clase que lo mueve y mueve a sus seguidores.

 2) Hay señales en los medios de comunicación de que el gobierno de Trump se está basando más en la mentira y en la desinformación, ¿qué opinión tiene de esto y adónde cree que podrían llevarle estas acciones?

En estos dos últimos años los grandes medios de comunicación están sufriendo su propia medicina. Es cierto que ha habido y hay medios y periodistas valientes que investigan y publican hechos y verdades que son más bien inconvenientes, pero también los medios han tradicionalmente apoyado narrativas parciales y oficiales, como ha sido el caso de las guerras, donde muchas cadenas apoyaban las justificaciones de los gobiernos para invadir países, desestabilizar gobiernos y sociedades en nombre de la libertad y no de los intereses de los grandes negocios. El último gran ejemplo fue Irak. Todos los grandes medios apoyaron ese crimen de lesa humanidad que hoy se traduce en guerras civiles y nuevos grupos fundamentalistas islámicos, por no ir a la raíz, al caso de la destrucción de la democracia iraní de Mohammad Mosaddegh en 1953 cuando quiso nacionalizar el petróleo en manos de los británicos.

Esos crímenes no están desconectados de las tragedias que vivimos hoy, pero la prensa siempre ha omitido esos hechos y por el contrario ha sido complaciente: los rebeldes son “criminales” “asesinos” mientras la destrucción de democracias, como la guatemalteca en 1954, no fue para defender los intereses de las empresas estadounidenses sino para “derrocar el comunismo”, etc. Lo mismo Chile y tantos otros viejos ejemplos. La prensa, la gran prensa, tanto norteamericana como latinoamericana, ha sido cobardemente cómplice, por acción o por omisión, por miedo o por conveniencia, de todos esos crímenes y ahora se encuentra con su propia caricatura en frente, con esos personajes ridículos llamados Trump o Le Pen, atacándola como forma de enfurecer a la población por las razones equivocadas. La gente se enfurece son sus hermanos de piel oscura pero no con sus propios crímenes, que se cuentan con millones de víctimas.

Hay una diferencia: antes los medios engañaban a la gente con verdades parciales, con omisiones, con simples mentiras. Esto no lo invento Joseph Goebbels sino un austriaco norteamericano llamado Edward Bernays, quien trabajó para varios gobiernos estadounidenses durante el siglo pasado, vendiendo cigarrillos, guerras y golpes de estado. De hecho los nazis aprendieron de este mercenario que, paradójicamente, era judío. Pero por entonces, para todo ello debían ocultar datos, hechos (casi siempre ese trabajo era realizado por agencias del gobierno como la CIA, por ejemplo). Actualmente ya ni siquiera la revelación de los hechos importa demasiado. La gente necesita creer, necesita que les mienten y están dispuestos a creer como en una secta por encima de cualquier hecho, dato o lógica.

3) A 70 años del inicio de la Guerra Fría, que mantuvo a EU y la Unión Soviética, cómo percibe la relación EU-Rusia.

Una relación entre mafiosos. Así funcionan los grandes negocios y entre machos se entienden. Más allá de que muy probablemente Putin posea secretos de Trump que escapan al conocimiento público, ambos se parecen como individuos. No es casualidad que Trump se haya casado con dos mujeres eslavas, siendo que detesta tanto a los inmigrantes, lo que demuestra que la raza no es un factor secundario en tanto odio. Esa relación de amor puede convertirse en odio en cualquier momento, porque los egos son muy sensibles, pero por el momento los elementos principales de la narrativa de la guerra fría (ideológicos) no están presentes. Solo persiste un factor omnipresente: los intereses de las grandes compañías, de los grandes negocios. Muchos de ellos, negocios personales, como las relaciones del mismo Trump o de sus asesores, como Rex Tillerson.

 

¿Es el retardo mental una característica de las razas superiores?

Un día de febrero de 2017 el periodista Jorge Ramos entrevistó a Jared Taylor, ferviente seguidor del presidente Donald Trump y miembro fundador de la organización racista “American Renaissance”. Las palabras y argumentos de Taylor son tan antiguas como andar a pie. Lo nuevo, o mejor dicho lo renovado, es el desparpajo con que los racistas han salido del closet luego del fenómeno Trump, lo cual es el aspecto positivo de esta historia.

Arthur Schopenhauer una vez escribió: “El que los negros hayan caído de preferencia y en grande en la esclavitud, es evidentemente una consecuencia de tener menos inteligencia que las demás razas humanas”. No vamos a decir que los alemanes de raza pura son menos inteligentes porque perdieron las dos guerras mundiales, a ver si tenemos problemas con los señores Trump y Taylor. En cualquier caso, el hecho de que algunos pueblos hayan caído en la esclavitud significaría que tienen menos inteligencia esclavista. El gran filósofo alemán escribía en un siglo donde el racismo se había hecho ciencia para justificar la toma europea del mundo por asalto. El Diccionario de psiquiatría de Antoine Porot definía a la sífilis y los parásitos como “psicopatología de los negros” recomendando la deportación de esos seres desagradables a las colonias expoliadas por Francia.

Por entonces, y aún hoy, se echa deliberadamente al olvido que cuando el centro de la civilización era Grecia o Roma, los rubios del norte eran considerados no sólo bárbaros (es decir, gente sin lengua) sino incapaces de alguna proeza intelectual, como libros y puentes. Y también fueron con frecuencia esclavizados por los europeos del sur, mientras en el norte de África y en Medio Oriente se desarrollaban las ciencias y las matemáticas que aún hoy significan la base de nuestro orgulloso progreso material. Los algoritmos no fueron inventados por Antoine Porot ni por el señor Taylor sino por un persa (no digamos iraní, por las dudas) hace más de mil años. Por no hablar del alfabeto de los fenicios y los números de los árabes que por mucho tiempo la misma Europa se resistió a adoptar por prejuicios culturales pero sin los cuales, incluido el imprescindible concepto del cero, ni siquiera la llegada del hombre a la Luna hubiese sido posible. Cuando el mundo islámico se convirtió en el centro de la civilización, de las artes y de las ciencias, la Europa de los rubios genios era gobernada por fanáticos religiosos cuando no por bárbaros que asolaron las ciudades más desarrolladas de su tiempo. No por coincidencia algunas tribus dieron sus nombres a la violencia bruta, como los vándalos.

Aquellos pueblos de gente tan bonita eran atrasados en muchos aspectos, menos en su eficiencia para destruir y conquistar. Lo mismo podemos decir de civilizaciones avanzadas de Mesoamérica, con ciudades futuristas en comparación a las sucias y malolientes capitales europeas de la época, aunque no tan avanzadas en el arte de matar, destruir y conquistar. Por las mismas razones siempre se insiste en la brutalidad de los rituales de los aztecas, cuando por la misma época la Inquisición torturaba y quema vivos por miles a disidentes y herejes al tiempo que los nuevos europeos comenzaron a nombrar extensas zonas como África, otrora centro de otras civilizaciones que por miles de años fueron la vanguardia del progreso intelectual, como “Barbaria”.

Hoy Europa, con derecho, puede estar orgullosa de su nivel de civilización, tanto material como social, mientras otras regiones del mundo, alguna vez cuna de la razón y el humanismo, se ven sumergidas en el caos y la esclavitud moderna. No obstante, ¿quién podría decir que todos esos cambios se debieron a cambios genéticos en los pueblos?

Pero también hoy el crédito moral de la mala conciencia de Europa tras la Segunda Guerra mundial comienza a agotarse. Los setenta años de progreso social y económico también. Del otro lado del Atlántico, la mala conciencia del racismo estadounidense ha salido del closet después de años de sofisticadas simulaciones.

La idea de razas es básicamente una construcción cultural. Podemos ver y concebir algunas diferencias entre un negro y un blanco como entre una mujer y un hombre. Dejemos de lado la problemática de la construcción de géneros y veamos que las supuestas razas son clasificaciones arbitrarias de hecho: en Estados Unidos se segregaba a los irlandeses por pelirrojos al límite de no permitirles acceder a determinados servicios o simplemente se los asesinaba por cualquier motivo. El odio de los primeros blancos hacia los nuevos blancos debía ser tan intenso como que el que alguna vez encontré en África entre miembros de distintas etnias por diferencias que yo no era capaz de percibir. Hoy en día muchos de esos supremacistas blancos son descendientes de aquellos irlandeses o polacos o italianos perseguidos y odiados por sus “razas”. ¿Por qué no hay una raza de ojos celestes y otra de ojos negros? Etc.

Pero vayamos al argumento ético sobre las inteligencias.

Hace años, Charles Murray y Herrnstein hicieron algunos estudios sobre “ethnic differences in cognitive ability”mostrando gráficas de coeficientes intelectuales claramente favorables a la raza blanca. En mi juvenil libro de ensayos Crítica de la pasión pura, escrito en una aldea de África en 1997, anoté una observación sobre estos estudios: “supongamos que un día se demuestre que hay razas menos inteligentes (y que se defina exactamente lo que quiere decir eso de “inteligencia”, sin recaer en una explicación escolar o zoológica). En ese caso, las creaturas deberán estar mejor preparadas para la verdad. Esto quiere decir que debemos esperar que las razas se traten entre sí como si no estuviesen unas por encima de otras sino en la misma superficie redonda de Gea. Es decir, que no se traten como ahora se tratan suponiendo una inteligencia racial uniforme”.

El señor Jared Taylor, como Ginés de Sepúlveda en el siglo XVI y todos los racistas que han pisado y asolado este planeta, consideran que la diferencia de inteligencia, es decir la superioridad racial, justifica que unos grupos dominen sobre otros o que tengan más derechos que otros a vivir en un país que asumen, por razones místicas, como propiedad privada de una raza y una cultura, olvidando otro elemento obvio: el pasado es un país extranjero, frecuentemente irreconocible con un supuesto nosotros.

Aquí surgen otras obviedades que también se echan convenientemente al olvido:

 

1.  No debemos olvidar que en cualquier caso, como lo demuestra la historia de los países y las civilizaciones, la cultura es el verdadero factor relevante, es decir, la inteligencia colectiva, y no tanto la inteligencia biológica. También podemos observar la importancia de esta dimensión, la cultural junto con otras como la alimentación, etc., cuando vemos que los test de inteligencia muestran que las diferencias entre blancos y negros han disminuido entre los años sesenta y noventa. ¿Alguno de estos grupos cambió su ADN en un proceso evolutivo ultra-exprés?

 2. Jared Taylor dice que los negros son menos inteligentes que los blancos y los blancos menos que los asiáticos (esta última observación es un impuesto argumental). Pero como está hablando de promedios, se debe entender que en el grupo B de los menos inteligentes hay individuos que superan la inteligencia de muchos otros pertenecientes al grupo A de los más inteligentes. ¿Significa esto que algunos negros deberían gobernar a los blancos o, al menos, tener el privilegio de ser sus vecinos? No, por supuesto. Porque la inteligencia es una justificación pero a no confundirse: el odio no es hacia los retardados mentales sino hacia los negros.

3.  Sr. Taylor, según los famosos test de coeficiente intelectual (IQ), yo pertenezco al uno por ciento más dotado de la población mundial. ¿Debemos los miembros de esta secta (bastante estúpidos e inhábiles en otros aspectos humanos, lo digo por experiencia aunque esa es una obviedad que no necesita confesión) reclamar algún derecho especial sobre el restante 99 por ciento? ¿Tal vez derecho a un voto doble? ¿A un doctorado exprés? ¿A una promoción automática en nuestras carreras? Bueno, si tenemos la piel un poco oscura o un acento extranjero, obviamente no. Si se trata de un caucasiano racista, uno de esos obsesionados con el tamaño del cerebro y de su pene, sí obviamente.

4.  ¿Un ser humano es un pedazo de cerebro, frecuentemente equivocado?

 

JM, marzo 2017

Los Hijos del Sol o la lógica del racismo

Luego de la espectacular victoria en los comicios generales, el partido de los Hijos del Sol decidió clonar a los tres líderes principales para recuperar la pureza de la raza superior amenazada por la diversidad.

Al tiempo que sus hijos iban creciendo y multiplicando las generaciones de los Padres refundadores, se procedió a la expulsión de todos aquellos invasores de rostros lejanos, mucho de los cuales los ancestros de los Hijos del Sol habían encontrado al llegar a la Tierra prometida. También se expulsó a un quinto de los descendientes de los Padres refundadores por sus rasgos africanos, un cuarto por no ser suficientemente blancos y la mitad por no alcanzar el promedio de coeficiente intelectual esperado.

Este esfuerzo histórico dio finalmente sus resultados. La raza fue depurada a imagen y semejanza de los tres Padres refundadores.

No obstante, pocas generaciones tomó para que la nueva sociedad advirtiese diferencias notables entre los tres grupos: al igual que los Tres Padres, todos tenían más o menos la misma piel blanca. Al igual que los Tres Padres, unos poseían el pelo rojizo, otros ojos celestes y otros marrones, casi negros.

Poco tiempo después ocurrió lo inevitable: cada grupo reclamó el derecho de poseer la tierra, la verdad de Dios y la verdad de los hombres debido a una de estas diferencias que conformaban razas incompatibles e irreconciliables. Las diferencias llevaron a una guerra de cinco años que diezmó la población y puso la existencia del planeta en riesgo.

Cada grupo, cada subgrupo, cada individuo no pudo dejar de odiarse unos a otros por sus diferencias, porque eso era, precisamente, lo que habían heredado todos de los originales Padres fundadores. El odio a los otros. 

 

JM

marzo 2017

Churchill: The Ugly Briton

Few statesmen of the 20th century have reputations as outsize as Winston Churchill’s. And yet his assiduously self-promoted image as what the author Harold Evans called “the British Lionheart on the ramparts of civilization” rests primarily on his World War II rhetoric, rather than his actions as the head of a government that ruled the biggest empire the world has ever known. Madhusree Mukerjee’s new book, Churchill’s Secret War, reveals a side of Churchill largely ignored in the West and considerably tarnishes his heroic sheen.

In 1943, some 3 million brown-skinned subjects of the Raj died in the Bengal famine, one of history’s worst. Mukerjee delves into official documents and oral accounts of survivors to paint a horrifying portrait of how Churchill, as part of the Western war effort, ordered the diversion of food from starving Indians to already well-supplied British soldiers and stockpiles in Britain and elsewhere in Europe, including Greece and Yugoslavia. And he did so with a churlishness that cannot be excused on grounds of policy: Churchill’s only response to a telegram from the government in Delhi about people perishing in the famine was to ask why Gandhi hadn’t died yet.

As Mukherjee’s accounts demonstrate, some of India’s grain was also exported to Ceylon (now Sri Lanka) to meet needs there, even though the island wasn’t experiencing the same hardship; Australian wheat sailed past Indian cities (where the bodies of those who had died of starvation littered the streets) to depots in the Mediterranean and the Balkans; and offers of American and Canadian food aid were turned down. India was not permitted to use its own sterling reserves, or indeed its own ships, to import food. And because the British government paid inflated prices in the open market to ensure supplies, grain became unaffordable for ordinary Indians. Lord Wavell, appointed Viceroy of India that fateful year, considered the Churchill government’s attitude to India “negligent, hostile and contemptuous.”

Churchill said that history would judge him kindly because he intended to write it himself. The self-serving but elegant volumes he authored on the war led the Nobel Committee, unable in all conscience to bestow him an award for peace, to give him, astonishingly, the Nobel Prize for Literature — an unwitting tribute to the fictional qualities inherent in Churchill’s self-justifying embellishments. Mukerjee’s book depicts a truth more awful than any fiction.

Tharoor, a Member of Parliament in India, is the author of Nehru: The Invention of India and other books