Cuando la verdad de la guerra se filtra en nuestro mundo de ilusiones

Umberto Eco, en alguna página de La definizione dell’arte (1968), decía que un objeto cualquiera que encontramos en la calle se resignifica al ser puesto en un museo. Su valor, artístico y semiótico, radica en la descontextualización. Algo similar habían entendido los formalistas rusos cuando a principios del siglo pasado analizaron la importancia de la (¿cómo decirlo?) agramaticalidad de un verso para arrastrar la atención del lector en la palabra imprevista, inusual. De esa forma, un engranaje, un sustantivo, cobraban un nuevo significado, más potente, más autónomo (los modernistas hispanoamericanos ya habían experimentado con esto en el siglo XIX).

Esta dinámica semiótica se confirma en los fenómenos de la globalización digital, donde interviene la fría indiferencia del fenómeno y la insoportable tragedia del dolor moral.

El reciente video donde se muestra la reacción sin llanto ni lágrimas de un niño víctima de los bombardeos aéreos en Alepo, Siria, se convirtió en eso que tan dudosamente se llama viral. Cada tanto el mundo se conmueve con estos rostros de víctimas inocentes. Un caso similar fue el de Aylan Kurdi, otro niño sirio ahogado en el intento de sus padres de llegar a las costas de Europa.

Ambas tragedias tienen, obviamente, muchos elementos en común. Pero ambas reacciones mediáticas  también. Tanto en el caso del niño muerto en la playa turca como en el de Alepo, el elemento común que los convierte en “virales” es la descontextualización, no en el descubrimiento de ninguna verdad sobre las guerras en curso y los abusos ya tradicionales de la fuerza.

Desde la invasión de Irak y desde mucho antes (Vietnam, Líbano, Guatemala, Palestina, Sahara Occidental, Sierra Leona, Nigeria… por nombrar sólo unos pocos, los más olvidados de los últimos años) hemos visto niños cubiertos de polvo, despedazados y masacrados en números escandalosos. Ninguna de esas imágenes produjo las reacciones en masa que hemos visto en los últimos casos mencionados. 

¿Por qué?

Bueno, creo que no hace falta ser un genio para darse cuenta que la explicación, más allá de moral, es psicológica. En ambos casos, los niños extrapolaban sus dramas (lejanos para Occidente y para el Oriente y el Medio Oriente rico) a un contexto familiar, propio de países desarrollados o, al menos, no en guerra. La playa de Kos era una playa europea, alejada del conflicto; el guardia turco que lo recogió con sus guantes de látex, podía ser alguien que conocemos de nuestras playas occidentales.

Aún más evidente es el reciente caso de Omran, en Alepo.

El primer elemento remarcable es la ausencia de llanto de Omran, la constatación de estar herido al tocar su cara y ver su mano ensangrentada. El gesto dolorosamente humilde de ese pequeño inocente que, casi como si no debiera, se limpia la sangre de su mano en el impecable sillón naranja y mira tímidamente a su alrededor. Su gesto significa, aunque sea por aturdimiento o confusión, todo lo que no esperaríamos de un niño de cinco años: la ausencia de llanto en medio de una tragedia que nuestros hijos nunca han vivido. Nuestros hijos saben llorar, y en un mundo consumista prácticamente lloran por todo. Omran ni siquiera puede darse el lujo de llorar.

Pero vayamos a un elemento menos evidente, aunque es lo primero que vemos: la composición de la imagen. El niño desdibujado por las heridas de los escombros y el polvo del ataque aéreo (cuyo objetivo era protegerlo; no vamos a poner en tela de juicio el buen corazón de las potencias mundiales) es sentado en un impecable sillón naranja, al lado de otros equipos impecablemente naranjas de los socorristas.

De por sí se establece un brutal contraste visual. Pero aún más marcado es el contraste simbólico: la fragilidad, la inocencia, extrapolada a nuestro mundo, el mundo moderno, impecable, funcional –civilizado.

Por transferencia simbólica, el niño pasa a ser uno de nuestros vecinos o uno de nuestros propios familiares viviendo una tragedia que no podemos contemplar sin conmovernos, sin movernos a contribuir en algo para aliviar esa tragedia, casi como alguien que le ofrece una aspirina a un enfermo de cáncer. Con todo, quizás, éste es el lado más positivo de toda la sensibilidad de aquellos que no viven en guerra.

Y, sin embargo, casi por norma, luego de la catarsis que nos demuestra todo lo bueno que somos, la mayoría siempre está dispuesta a olvidar o a hundirse en la inacción.

Me dirán que el juicio de “la mayoría siempre está dispuesta a olvidar” es injusto o arbitrario. Cierto, es muy difícil cuantificar este grupo; ni siquiera podría cometer la soberbia de excluirme. Sin embargo, a juzgar por la interminable tradición de guerras y contraguerras, de invasiones e intervenciones que normalmente preceden a las guerras civiles y a los grupos terroristas que en consecuencia florecen y se multiplican y luego justifican nuevas intervenciones y más bombas, parecería que, efectivamente, el poder siempre cuenta con una mayoría de indiferentes que cada tanto se conmueve hasta las lágrimas cuando descubre las consecuencias de sus malas elecciones de las que nunca llegan a aceptar ninguna responsabilidad.

Jorge majfud

Progressive Grassroots Alliance

The Story

Progressive Grassroots Alliance Uniting America Tour (Don Ford and Matt Killen)

For the past few weeks, we have been planning a multi-state tour to meet with Grassroots leaders all around the country and assist them in their various efforts while making a Documentary using the contacts we have developed through not only our delegates but the various Executive Branches to show their perspectives without filter.

We are in a rare space of history between the Conventions and the General Election where no one is really sure what is going to happen. Independents and Progressive Democrats are equal parts inspired and confused, but the general consensus is that we have to keep the momentum going and find a way to keep people inspired.

We are both going to create a Hub for Activism by going directly to these grassroots programs strategizing with them, while at the same time capturing the current perspective of both sides of not only democratic delegates but all sides of the multi-party process.

We will be updating and sharing clips of the upcoming documentary along the way. We want you all to see how your neighbor states are uniting to not only encourage one another but also to bounce your ideas state to state to help further the movement. 

The current goal is for the first leg of our trip beginning today. Don Ford and Matt Killen are on the road and headed your way.  Don Ford or Katie Tillman will be contacting you for your states visit if we have not already. 

Expected Expenses: Food, Lodging, Gas, and Supplies
We are not looking to line our pockets and understand money is tight for everyone these days.  Our goal is to locate angel donors to complete our trip and have the sale of the documentary fund the continued organizing efforts. 

Now is not the time to give up! Now is the time to regroup and gather for the elections happening now.

Whether it’s a share or a donation, we appreciate your support.
In solidarity,
Progressive Grassroots Alliance

Nuevos documentos desclasificados sobre la barbarie en Argentina

 

Los primeros documentos desclasificados anunciados en marzo de este año por el presidente Obama en su última visita a Argentina, comienzan a ver la luz. Las primeras mil páginas se refieren al período que va de 1977 a 1980, es decir, aquellos documentos producidos mayormente durante la presidentica de Jimmy Carter, el presidente estadunidense menos agresivo y menos hipócrita del período de las dictaduras latinoamericanas. En Argentina se llamó “Guerra sucia”, como si los 25.000 torturados y desaparecidos hubiesen integrado una facción armada. El nombre correcto es “terrorismo de Estado”, que es la peor forma de terrorismo, si consideramos que su objetivo es la manipulación moral e ideológica de todo un país, y que en dicho caso las víctimas directas no tienen opción alguna de acudir ni a la policía ni a ningún tribunal del Estado, no tienen opción alguna ni de protección ni de reparo por las acciones criminales perpetradas con todo los recursos bélicos, económicos e institucionales financiados compulsivamente por una sociedad, ni tienen opción siquiera de reparo moral a través de la verdad, ya que no de la justicia.

La idea de “guerra sucia” o teoría de “los dos demonios” se basó en el argumento de que los golpes militares fueron provocados por los actos terroristas de grupos armados como los Montoneros, por lo cual, bajo dicho argumento, no se entiende cómo en Estados Unidos no se apoyó un golpe de Estado luego del bombardeo de Oklahoma en 1995 por parte de un grupo de fanáticos de extrema derecha en el cual perecieron 168 personas. Por mencionar un solo caso.

La eterna excusa que aún se repite hoy ignora absolutamente todos los golpes de Estados que se llevaron a cabo en América latina desde generaciones anteriores. En los golpes de última generación, como el de Guatemala en 1954, se comenzó a usar la nueva excusa, por entonces, de “la amenaza comunista”, cuando ha quedado harto probado por documentos desclasificados durante los años 90s, que la motivación fueron los meros intereses económicos de la United Fruit Company y el miedo al mal precedente de que un presidente democrático intentara devolver su país a sus ciudadanos.

El más infantil de los argumentos en favor de los golpes militares todavía reza, con voz reumática y mirada senil, “yo sé lo que digo porque lo viví”, como si haber vivido en una sociedad fuese suficiente para saber lo que estaba ocurriendo en ella; como si dos personas que vivieron los mismos hechos no fueran capaces de entender esos hechos de forma radicalmente diferente.

En las primeras mil páginas se pueden leer los informes de Robert Pastor, miembro del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos de la época, según el cual en la Argentina de 1978 habían 15.000 desaparecidos y continuaban desapareciendo a un ritmo de 40 por mes, al tiempo que el devoto hombre de fe y padre de familia, el General Rafael Videla, aseguraba que en el país no quedaban más de 400 terroristas aunque desconocía el paradero de los desaparecidos, porque por algo eran “desaparecidos”.

Excepto en algunos casos. Según el gobierno argentino, de las 3.500 personas que continuaban en prisión en 1977, para complacer al gobierno de Estados Unidos se estaban estudiando los casos de Jacobo Timerman, Guillermo Vogler y la familia Deutch. Según el congresista por California Waxman, “Deutch no es un hombre político, pero es judío” (Memorando de David Aaron del 6 de setiembre de 1977). El 11 de octubre, y de regreso de Washington, el presidente Videla responde a las alegaciones de secuestro de la familia Deutch informando que tanto Daniel Deutch como su esposa habían abandonado el país, los acusa de ser miembros del Partido Comunista Revolucionario y acusa a su padre, Alejandro, de haber encubierto a sus hijos, por lo cual se encontraba en interrogatorios, es decir, en sesiones de tortura.

Pero hubo casos menos atendidos y más crueles. Miles, varios miles.   

Dentro de la mayoría de páginas desclasificadas se pueden leer brutales testimonios mientras predomina la visión de la comisión de Derechos Humanos de Estados Unidos que, con la llegada de Jimmy Carter a la presidencia, tuvo un giro significativo, lo que confirma las conversaciones que de niño escuchaba en la granja de mi abuelo en Uruguay durante la dictadura que (al igual de las conversaciones sobre los detenidos arrojados al mar en los vuelos de la muerte) sólo se explica por el trafico subterráneo de información que por entonces tenía lugar:  el recorte (en el caso de Argentina) y la eliminación (en el caso de Uruguay) de la ayuda militar por parte de Estados Unidos y en consideración a la violación de los derechos humanos de las dictaduras del sur. En otros casos, la compra de cueros y zapatos de Uruguay había sido condicionado a las mejoras en la situación de los disidentes detenidos.

Por entonces ocurrió lo que ya sabemos: los gobiernos del cono sur intentaron aliarse contra las nuevas medidas de Carter (a algunos militares torturadores como Nino Gavazzo se les negó visa de entrada en base a informes que indicaban intenciones de emular casos como el atentado con bomba que le costó la vida a Orlando Letelier en Washington) pero la desconfianza y el rechazo mutuo entre los mismos gobiernos de la región no hicieron efectivo el propósito.

Sin embargo tampoco el gobierno de Carter era un monolito. El célebre Henry Kissinger continuó ejerciendo sus ya conocidas tácticas criminales. En un memorando secreto a Zbigniew Brezezinski fechado el 11 de julio de 1978, Robert Pastor informaba sobre la visita de Kissinger a la Argentina con motivo de la Copa Mundial de Futbol. “Sus palabras de aprecio por los logros del gobierno en su lucha contra el terrorismo fueron música en sus oídos, lo que habían estado esperando por mucho tiempo”. Luego: “sus declaraciones sobre la amenaza soviético-cubana me parecieron desactualizadas, con un retraso de quince o veinte años […] Lo que me preocupa es el deseo de atacar las nuevas políticas de la administración Carter sobre los derechos Humanos en América Latina. Por otra parte, no queremos una discusión publica sobre esto, sobre todo porque necesitamos su ayuda para el SALT” (parece referirse al tratado para limitar el uso de armas nucleares).

Un año después, el 5 marzo 1979 Pastor consideraba la situación de los derechos humanos en Argentina como “la peor del hemisferio”, con “el 90 por ciento de los prisioneros políticos torturados o ejecutados” con un promedio de 55 desaparecidos por mes”, aunque el “Ministro del Interior argentino insiste que son solo 40 por mes” y los vínculos con la izquierda de desaparecidos son “cada vez más vagos” y “a pesar de que según los Servicios de Seguridad Federal de Argentina hay sólo 400 terroristas en 1978 y Videla ha declarado que la guerra se terminó”.

Seguidamente Robert Pastor le pide a Brezezinski  que trate de preguntarle a Kissinger si no le importaría el hecho de que un miembro de su staff (“yo mismo”) pudiese cuestionar los objetivos de su viaje a Argentina. Con cierta ambigüedad o ingenuidad, Pastor concluye: “Eso podría darme un indicio sobre si a él realmente le interesa algo sobre nuestras políticas de derechos humanos para promover una campaña y darle alguna información sobre la efectividad de nuestra política de derechos humanos para América Latina”.

Los documentos desclasificados abundan en menudencias como la costumbre de las fiestas, los conciertos y las cenas de rigor a los que estaban expuestos los diplomáticos en Argentina; la reunión de Kissinger con Jorge Luis Borges y unas horas después con Martínez de Hoz.

En fin, sólo nuevos detalles de una realidad que aquellos que insisten en la fórmula “yo sé lo que digo porque lo viví” continúan negando. Porque no lo vivieron todo. Ni siquiera lo vieron todo, como el personaje del cuento El Aleph, de Borges.

 

Jorge Majfud

 

Inside the administration’s $1 billion deal to detain Central American asylum seekers

By Chico Harlan August 14 at 9:32 PM 

DILLEY, Tex. — As Central Americans surged across the U.S. border two years ago, the Obama administration skipped the standard public bidding process and agreed to a deal that offered generous terms to Corrections Corporation of America, the nation’s largest prison company, to build a massive detention facility for women and children seeking asylum.

The four-year, $1 billion contract — details of which have not been previously disclosed — has been a boon for CCA, which, in an unusual arrangement, gets the money regardless of how many people are detained at the facility. Critics say the government’s policy has been expensive but ineffective. Arrivals of Central American families at the border have continued unabated while court rulings have forced the administration to step back from its original approach to the border surge.

In hundreds of other detention contracts given out by the U.S. Immigration and Customs Enforcement agency, federal payouts rise and fall in step with the percentage of beds being occupied. But in this case, CCA is paid for 100 percent capacity even if the facility is, say, half full, as it has been in recent months. An ICE spokeswoman, Jennifer Elzea, said that the contracts for the 2,400-bed facility in Dilley and one for a 532-bed family detention center in Karnes City, Tex., given to another company, are “unique” in their payment structures because they provide “a fixed monthly fee for use of the entire facility regardless of the number of residents.”

The rewards for CCA have been enormous: In 2015, the first full year in which the South Texas Family Residential Center was operating, CCA — which operates 74 facilities — made 14 percent of its revenue from that one center while recording record profit. CCA declined to specify the costs of operating the center.

Why immigration officials are deporting Central American immigrants

 

Federal authorities launched a nationwide operation to remove Central American illegal immigrants from the U.S. Here is what you need to know about why agents are targeting this group. (Claritza Jimenez/The Washington Post)

“For the most part, what I see is a very expensive incarceration scheme,” said Rep. Zoe Lofgren (Calif.), the top Democrat on the House’s Immigration and Border Security subcommittee. “It’s costly to the taxpayers and achieves almost nothing, other than trauma to already traumatized individuals.”

The Washington Post based this account on financial documents — including copies of the agreements spelling out the Dilley deal obtained from the National Immigrant Justice Center — and interviews with government lawyers and former immigration and homeland security officials.

CCA’s chief executive, Damon Hininger, told investors in an earnings call this month that ICE recently has begun pushing for a more “cost-effective solution.” Those discussions, he said, are in the “preliminary stage.”

The facility in Dilley — built in the middle of sunbaked scrubland, in what used to be a camp for oil workers — now holds the majority of the country’s mother-and-child detainees. Such asylum seekers, until two years ago, had rarely been held in detention. They instead settled in whatever town they chose, told to eventually appear in court. The Obama administration’s decision to transform that policy — pushed by lawmakers assailing the porous state of the nation’s border — shows how the frenzy of America’s immigration politics can also bolster a private sector that benefits from a get-tough stance.

Before Dilley, CCA’s revenue and profit had been flat for five years. The United States’ population of undocumented immigrants had begun to fall, reversing a decades-long trend, and the White House was looking to show greater leniency toward illegal immigrants already in the country. But under pressure to demonstrate that it still took border issues seriously, the administration took a tougher stance toward newly arriving Central Americans.

“This was about the best thing that could happen to private detention since sliced bread,” said Laura Lichter, a Denver immigration and asylum attorney who spent months living out of an old hunting lodge in Dilley.

For the first years of the Obama administration, the United States maintained fewer than 100 beds for family detention. But by the end of 2014, the administration had plans for more than 3,000 beds, and immigration advocates said the ramp-up had broken with America’s tradition of welcoming those seeking a haven from violence. At the Dilley facility, detainees described in interviews an understaffed medical clinic and rampant sickness among children, among other problems.

CCA, a Nashville-based public company valued at $3.18 billion, declined interview requests for this story. The company declined to respond to 28 of 31 written questions. It said that ICE oversees medical care at the facility, and the agency said it was comfortable with the quality of care.

“CCA is committed to treating all individuals in our care with the dignity and respect they deserve while they have due process before immigration courts,” the company said in a five-paragraph statement. “Responding to pressing challenges such [as] this — and doing so in a way that can flexibly meet the government’s changing needs — is a role that CCA has played for federal immigration partners for more than 30 years.”

The Central American asylum seekers were coming mostly from three countries in meltdown — El Salvador, Guatemala and Honduras — where gang and drug-related violence have grown so rampant that their murder rates are now three of the world’s five highest, according to U.N. data. By claiming that they feared for their safety, the Central Americans were not subject, as are other unauthorized migrants, to ordinary deportation; they were entitled to press their asylum claims. But Homeland Security Secretary Jeh Johnson, who oversees ICE, heard from border patrollers that the emergency was brewing momentum: People kept coming because word was out that the United States was granting permisos to new arrivals, allowing them to walk right into the country.

According to lawmakers and administration officials, Johnson determined that the United States could cut down the surge only by demonstrating that asylum seekers wouldn’t receive leniency. Johnson won approval from the White House to explore ramping up family detention for asylum seekers on a scale never before seen in America, part of what he called an “aggressive deterrence strategy.” He ordered ICE to figure out a way to make it work.

“This whole thing [was] building and reaching an unsustainable level,” said Christian Marrone, then Johnson’s chief of staff. “We had to take measures to stem the tide.”

Fast action

In a matter of days, ICE patched together a temporary solution. In June 2014, it placed the first batch of Central American mothers and children at a law-enforcement training site in Artesia, N.M. The agency pulled border agents off their usual jobs to help run the facility, and it was wary of hiring new employees and building a permanent facility for a problem it didn’t know how long would last.

“It makes sense that you put some of the risk on a private company,” said Mark Krikorian, executive director at the Center for Immigration Studies, which favors stricter border control.

That’s how ICE made the call to CCA.

The company, founded three decades earlier, had risen from near-bankruptcy thanks to an immigrant detention boom that followed the 9/11 terrorist attacks. Over the following 15 years, the share of revenue that CCA got from federal contracts more than doubled, according to the company’s annual reports. CCA and its only major competitor, the GEO Group, operate nine of the 10 largest immigration detention centers.

Through it all, CCA had pitched Washington on the idea that it could be an antidote to big government spending. One of the company’s co-founders, Thomas Beasley, told Inc. magazine in 1988 that selling prisons was no different from “selling cars, or real estate, or hamburgers.” But behind that pitch, CCA was a mega-sized business — one that pays its chief executive $3.4 million and has on its payroll a slew of former senior government officials.

Immigration activists say CCA had already proved itself incapable of running a family detention center. Between 2006 and 2009 — the only other major U.S. attempt to house women and children seeking asylum — CCA ran a facility in Taylor, Tex. Children wore prison uniforms, received little education and were limited to one hour of play time per day, according to an American Civil Liberties Union lawsuit filed against ICE in 2007 that led months later to a settlement agreement and improved conditions. Months after taking office, Obama closed the facility.

At ICE, officials saw the reboot of family detention as a welcome, if belated, sign of strength on the border. CCA was one of the two companies with the “means” to pull it off, along with GEO, said Phil Miller, an ICE deputy executive associate director who helps to oversee family detention. It could build a new facility quickly and had a legion of staff members with the right security clearances. (GEO, which referred all questions to ICE, ended up refurbishing a smaller facility.)

In forging their deal, CCA and ICE faced one major hurdle: the requirement for a public bidding process — one that threatened to significantly delay construction. So CCA found a workaround. In September 2014, the company approached Eloy, Ariz., an interstate town of 17,000, and asked its officials if they would be willing to amend its existing contract with the town. The company had been operating a detention center for undocumented men in Eloy since 2006. If Eloy modified that contract — essentially, directing CCA to build a new facility in another state, 1,000 miles away — the federal government would be freed from the bidding process. And by reaching out to a town already involved with the industry, CCA could also avoid the political risks that often come when trying to convince a new locality to build a detention center.

The deal is formed by two separate agreements: One between ICE and Eloy, the other between Eloy and CCA. Both were signed on the same day and refer to the family detention center in Dilley. As spelled out in the contracts, ICE provides the money to Eloy; Eloy, in turn, receives a small “administrative fee” for being party to the deal.

According to one Eloy official, county records and an account from the time in a local newspaper, the Eloy Enterprise, a CCA executive pitched the opportunity at a city council meeting in September 2014, saying Eloy could profit from the deal by collecting the payout from Washington, receiving a small percentage — roughly $1.8 million over the four years — and then passing the rest to CCA.

“At the time, there was some reluctance because of the optics” to go along with it, said Harvey Krauss, the Eloy city manager. “But I told everybody, we’re not taking a position; we’re just a fiscal agent. The federal government was in a hurry and this was an expedited way for them to get it done.”

ICE senior leaders signed off on the deal, an official at the agency said.

Mark Fleming, an attorney at the National Immigrant Justice Center, who has reviewed hundreds of federal ICE contracts, said the deal was “singularly unique” and was designed to “avoid transparency.” The center obtained copies of the financial agreements through Arizona open-records laws and gave them to The Post. Several other experts on federal procurement said that while the government can avoid bidding laws in urgent or national security cases, they had never before seen a facility in one state created with the help of a recycled contract from another.

“This is the arrangement of a no-bid contract by twisting and distorting the procurement process past recognition,” said Charles Tiefer, a University of Baltimore law school professor, former solicitor and deputy general counsel of the House of Representatives, who reviewed the deal at the request of The Washington Post.

The contract shows how CCA is assured of a predictable payment, collecting a fixed amount of around $20 million per month — even when the facility’s population drops.

A CCA spokesman, Jonathan Burns, said that the company is required by the contract to provide full staffing and other services no matter the population. But, from the government’s perspective, the contract becomes less cost-effective when fewer people stay in Dilley. When 2,400 people are detained, the government spends what amounts to $285 per day, per person, according to a Post calculation. When the facility is half-full, as it has been in recent months, the government would spend $570. On some days when the facility is nearly empty, as it was for a period in January, the government would be paying multiples more.

At more than 200 non-family immigration detention sites, most per diems are between $60 and $85, according to an ICE document. The daily cost to detain children is higher, ICE officials said, because the government requires a litany of extra standards such as education courses and medicine for nursing mothers.

Critics say ICE could have chosen much more cost-effective alternatives. Ankle monitors, which could track asylum seekers as they await court dates, for example, cost several dollars per day.

Miller, the ICE official, said his agency didn’t push as hard as usual for lower costs because of the “immediacy” of the need.

“If you need an air conditioner today, you’re going to pay what the AC guy tells you,” Miller said. “If it’s December and you want a new AC unit in place by June, you have more time to research.”

The deterrence issue

For the opening of the South Texas Family Residential Center on Dec. 15, 2014, Johnson flew to Dilley and announced that the country’s borders are “not open to illegal migration.” A U.S. government ad blitz in Central America spread a similar message.

But immigration activists cast doubt on whether the United States is getting what it paid for: deterrence.

Border-crossing among asylum-seeking women and children has changed little from two years ago. Over the previous 12 months, according to government statistics, 66,000 “family units” — mostly women and children — have been apprehended at the border, compared with 61,000 in the same period two years earlier.

“What is the root problem? I don’t believe it’s a pull factor so much as a push,” said John Sandweg, a former acting ICE director who left in early 2014, months before the immigration surge. “I do not believe that family detention has been a deterrent.”

Initially, the government had intended Dilley to hold families for months at a time. But that model has been changed by two court decisions in 2015 — one determining that ICE couldn’t detain asylum seekers “simply to deter others,” and one that the government had to abide by a two-decade-old settlement requiring that migrant children be held in the least restrictive environment possible. The judge in that case, Dolly Gee, ordered the government to release children “without unnecessary delay,” and Homeland Security has so far been unsuccessful in appealing.

As a result, stays at Dilley have shortened. Families are typically released in a matter of weeks, after women pass an initial interview establishing they have a “credible” reason to fear returning home. Even when Dilley has many empty beds, families sometimes aren’t detained at all, according to immigration lawyers.

Use of the Dilley facility has become so “haphazard,” said Ian Philabaum, an advocacy coordinator, that in January it was nearly empty, even as Central Americans were arriving at a steady pace along the Texas border.

Government officials no longer say that the Dilley detention center is for deterrence. But Johnson said at a recent roundtable with reporters that family detention, though it had been “reformed considerably,” had still been useful for women and children while the government determined whether they had health problems or posed flight risks.

“I think we need to continue the practice so we’re not just engaging in catch-and-release,” Johnson said.

CCA declined to comment on the evolution of family detention policy. But Hininger, CCA’s chief executive, said in a release for investors that the company was “pleased” with its performance at the start of the year. Its increase in revenue, the company said, was “primarily attributable” to the South Texas Family Residential Center.

Priscila Mosqueda contributed to this report.

 

The Bible and the Constitution

On Wednesday, March 1, 2006, at a hearing on the proposed Constitutional Amendment to prohibit gay marriage, Jamie Raskin, professor of law at American University, was requested to testify. At the end of his testimony, Republican State Senator Nancy Jacobs said:

“Mr. Raskin, my Bible says marriage is only between a man and a woman. What do you have to say about that?”

Raskin replied:

“Senator, when you took your oath of office, you placed your hand on the Bible and swore to uphold the Constitution. You did not place your hand on the Constitution and swear to uphold the Bible.”

The room erupted into applause.

Marco Rubio y el terrorismo ajeno

La realidad no importa

 

Luego de la derrota en las primarias por el partido republicano, el senador de Florida e hijo de inmigrantes cubanos, Marco Rubio, se encuentra en campaña para su reelección al Congreso. En su más reciente anuncio de televisión, Rubio se define como “un líder nacional que ha luchado contra el acuerdo de Estados Unidos con Irán y por el bloqueo de los refugiados provenientes de países terroristas con el fin de mantener la seguridad nacional”.

El eslogan, sin duda, captará muchos votos de la vieja guardia conservadora que heroicamente se resiste a admitir su declive y que ni en sueños recuerda que en 1953 Gran Bretaña y Estados Unidos destruyeron la democracia iraní liderada por Mohammad Mosaddegh para revertir la nacionalización de sus recursos naturales. En su lugar instauraron la larguísima dictadura del Sah que terminó con la Revolución de 1979 y el odio acumulado por décadas de muertes y humillaciones. El bueno de Winston Churchill, actor relevante en este proceso de despojo y doble moral, tiempo atrás había declarado que no comprendía los pruritos morales de algunos críticos: “Estoy a favor del uso de gas venenoso contra las tribus incivilizadas”, dijo. “Los gases químicos son una de las armas más piadosas, por lo cual las críticas en India no son razonables”. Consecuentemente, Churchill usó armas químicas en Rusia, en Gaza, y en varias regiones del mundo pobladas por gente incivilizada. Por no hablar del Agente Naranja, el herbicida que aún hoy sigue matando indiscriminadamente a miles de niños en Viet Nam, mientras aquí las almas más puras entre los conservadores ponen el grito en el cielo por las leyes que regulan el aborto.

De todas formas no importa. El significado de “países terroristas” es conferido automáticamente por una dominante narrativa social y política, fundamentalmente creada por los medios y los lobbies que no parecen estar demasiado interesados en algún tipo de consistencia semántica, probablemente porque apuestan fuerte a la escasa memoria de la población o a la irrelevancia de los hechos ante un creciente público mejor informado pero definitivamente adicto a las distracciones.

Hasta recientemente, figuras históricas como Nelson Mandela estuvieron en la lista de peligrosos terroristas de varios gobiernos de Estados Unidos. Tanto Ronald Reagan como Margaret Thatcher consideraron siempre que la lucha de Mandela y del Congreso Nacional Africano contra el brutal régimen del Apartheid era realizada por “un grupo típicamente terrorista”.

Hasta recientemente, Cuba también integraba la misma lista de países que apoyaban el terrorismo. El senador Rubio, la mayoría de los miembros de su partido y la casi totalidad de los miembros políticos del exilio cubano rechazaron este cambio impulsado por un “musulmán comunista” llamado Barak Hussein Obama. Sin embargo, desde principios de los años sesenta, los refugiados de ese país terrorista han sido amparados por la Ley de Ajuste Cubano de 1965 conocida como Wet feet, dry feet (Pies mojados, pies secos) que en un año convierte en residentes y luego en ciudadanos a cualquier cubano que logre llegar ilegalmente a este país sin importar su historial. Un incentivo extra para cualquier cubano que esté dispuesto a arriesgar su vida tirándose al mar Caribe en embarcaciones generalmente precarias, aunque tres cuartos proceden desde México y otros países bastante democráticos como Panamá o Costa Rica.

En 1982, el Departamento de Estado determinó que “Cuba apoya el terrorismo financiando grupos rebeldes en África y América Latina” (Council on Foreign Relations). Lo cual es estrictamente correcto. No obstante, semejante definición de un Estado terrorista resultaría en una autoacusación: hoy en día ningún historiador estadounidense cuestionaría el hecho de que no existieron en el mundo otros gobiernos como los de Estados Unidos que hayan apoyado en la misma escala grupos rebeldes, subversivos, golpes de Estado y sangrientas dictaduras en casi todos los continentes –y especialmente en América latina.

Afortunadamente, millones de estadounidenses, casi por norma los hijos más valientes y mejor educados de este gran país, han resistido heroicamente estas agresiones como las que varios de sus gobiernos perpetraron en otras partes del mundo. Sin ellos, probablemente la historia contemporánea hubiese sido aún peor.

Según palabras del senador Marco Rubio del 17 de diciembre de 2014, “Cuba, al igual que Siria, Irán y Sudan, continúan apoyando el terrorismo en el mundo”. Ahora, si aplicamos la lógica con la que el senador Rubio y su heroico grupo ven el mundo, según la cual Cuba debería continuar en la lista de los países que apoyan el terrorismo, ergo sus refugiados deberían ser impedidos de ingresar al país en lugar de ser recibidos de una forma legalmente excepcional.

Tengo amigos dentro de este grupo de exiliados, todos bastante pobres, sobreviviendo en trabajos bastante precarios, alguno de ellos con títulos universitarios; los considero gente honesta que simplemente trata de vivir su vida, la única que tienen, de la mejor forma que cada uno puede y desea, lo cual es un derecho humano inalienable. Al fin y al cabo, ni el gobierno de Cuba ni el de Estados Unidos (ni el de ningún otro país), ni los lobbies ni las mega corporaciones ni los billonarios que lo poseen casi todo son dueños de ningún país y mucho menos de ningún individuo.

Como todo, este grupo es visto desde afuera como un monolito, cuando no calificados indiscriminadamente de “gusanos”. Desde adentro, las divisiones son brutales y no es raro que la primera ola de inmigrantes inmediatamente después de la Revolución cubana, normalmente más educada y mucho más rica que las posteriores, no tenga una buena relación con, por ejemplo, los “Marielitos”, los más de cien mil cubanos llegados en 1980 cuando Fidel Castro decidió limpiar las cárceles de Cuba y junto con unos llegaron los otros (al menos el 15 por ciento eran delincuentes comunes que, naturalmente, se sumaron a “la búsqueda de la libertad”). Algo parecido ocurrió a principio de los noventa.

No pocas veces he escuchado a algunos cubanos acomodados referirse despectivamente a los recién llegados como “balseros”, algo parecido a un par de mexicanos de clase alta que llamaban “espaldas mojadas” a los mexicanos indocumentados –a los pobres sin padrinos, a los jodidos de siempre.

No son pocos los políticos de Estados Unidos que, razonablemente, ahora comienzan a considerar el aspecto discriminatorio de la ley Pies mojados, pies secos que no se aplica a todos aquellos países latinoamericanos que han sufrido crueles dictaduras, persecuciones y matanzas de disidentes. Muchas de esas dictaduras fueron promovidas y apoyadas por gobiernos de Estados Unidos (aún cincuenta años antes de la recurrente excusa de la “lucha contra el comunismo”, gracias a la cual en nuestros países se luchaba por la democracia suprimiéndolas, se luchaba por la libertad eliminándola y se protegía la vida humana torturando y matando a escalas solo vistas en tiempos de holocaustos). Esto es vastamente ignorado por los ciudadanos estadounidenses, por lo menos hasta el segundo año de universidad, que es cuando toman algún curso más o menos serio sobre historia.

Actualmente, en Miami residen figuras como Luis Posada Carrieles, el cubano y ex agente de la CIA que es considerado un “peligroso terrorista” por el FBI por perpetuar diferentes atentados con bombas, como el que derribó el vuelo 455 de Cubana en 1976 matando a sus 73 ocupantes. El juez que bloqueó su extradición a Venezuela en 2005 argumentó que allí corría el riesgo de ser torturado por el gobierno, motivo por el cual no se entiende que no haya sido enviado a Guantánamo donde los prisioneros, sean terroristas o inocentes con mala suerte (tal como han sido declarados por el gobierno estadounidense en su mayoría) gozan de todas las garantías constitucionales y donde se respetan los Derechos Humanos.