La crisis de los refugiados

Por Noam Chosmsky

Traducción de Jorge Majfud

 

 En algunos países existe una verdadera crisis de refugiados. En Líbano, por ejemplo, donde al menos un cuarto de la población consiste en refugiados de Siria, han recibido esta ola de gente desesperada después de  otra que les había llegado desde  Palestina y desde Irak. Otros países de la región, pobres y golpeados por los conflictos, también han debido dar refugio a inmensas cantidades de personas. Entre ellos Jordania y la misma Siria, antes de que se hundiese en un suicidio colectivo.

Sin embargo, los países que han sobrevivido a la crisis de los refugiados no son aquellos que han tenido alguna responsabilidad en la creación de la crisis. El actual fenómeno de los refugiados es, en gran medida, consecuencia de las acciones de los países ricos y poderosos, esos mismos que ahora llorisquean por el terrible peso que les producen unas pocas víctimas de la miseria, a los que fácilmente podrían echar una mano abriéndole las puertas.

La conocida invasión de Irak por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña produjo el desplazamiento de cuatro millones de seres humanos, de los cuales la mitad huyeron a los países vecinos. Los iraquíes continúan huyendo de su propio país, un país que ahora es uno de los más miserables sobre la Tierra después de una década de sanciones criminales seguidas de la masacre de los ricos y poderosos que devastaron y arruinaron el país y, por si fuese poco, iniciaron un conflicto sectario que ahora está destrozando el país y la región en mil pedazos.

No hay necesidad de volver a revisar el conocido rol que jugó Europa en África, que es de donde provienen las otras olas de refugiados, los que ahora deben pasar por el embudo creado por los bombardeos de Francia, Gran Bretaña y Estaos Unidos sobre Libia, acciones que no solo destruyeron el país sino que además lo dejó en las manos de milicias que ahora se combaten unas a otras.

Tampoco es necesario volver a recordar el historial de Estados Unidos en América Central, el que produjo terroríficas cámaras de exterminación de las cuales la gente ha intentado escapar desesperada, uniéndose ahora también a las victimas mexicanas del Tratado de Libre Comercio que virtualmente destruyó la agricultura en ese país, haciéndola inviable en una abierta competencia con la producción de los conglomerados agrícolas estadounidenses, fuertemente subsidiados por el gobierno federal.

La reacción de uno de los ricos y poderosos, Estados Unidos, es presionar a México para mantener alejadas de su frontera a sus propias víctimas, enviándolas de regreso sin misericordia, en aquellos casos en que la víctimas logran evadir los controles. La reacción del otro rico y poderoso, la Unión Europea, consiste en chantajear y presionar a Turquía para que mantenga a los sobrevivientes lejos de su fronteras y arree como ganado aquellos que logren escapar del horror hacia campamentos donde son tratados con brutalidad.

Entre los ciudadanos hay honrosas excepciones. Sin embargo, la reacción de los gobiernos es una desgracia inmoral, aun dejando de lado sus responsabilidades en la creación de las circunstancias que han llevado a toda esa gente a huir de sus tierras para salvar sus vidas.

Toda esta vergüenza no es algo nuevo. Basta con considerar solo el caso de Estados Unidos, el país más poderoso y privilegiado de la tierra, rodeado de ventajas incomparables. A lo largo de su historia les dio la bienvenida a los refugiados europeos para que se asentaran en sus tierras, aquellas tierras que antes habían sido tomadas con brutalidad, eliminando a las naciones nativas que antes las ocupaban. Todo eso cambió con la ley de inmigración de 1924, diseñada para excluir a judíos e italianos. No es necesario entrar en detalles. Aún después de la guerra, se les negó la entrada a aquellos sobrevivientes que todavía permanecían en campos de concentración. Ahora los gitanos están siendo expulsados de Francia hacia condiciones desesperantes en la Europa del Este, es decir, están expulsando a los descendientes de las víctimas del holocausto, si es que a alguien le importa.

La vergüenza persiste y no tiene límites. Sin duda, el tiempo para ponerle un punto final a todo eso ha llegado, sin el cual no podremos nunca alcanzar un mínimo de decencia y de civilización.

Abril 2016

 

 

 

El peligro de la diversidad

Publicado: 11/05/2016 07:10 CEST Actualizado: 11/05/2016 11:47 CEST
PAT
 
 
 

El dos veces candidato presidencial por el Partido Republicano, Pat Buchanan, ha expresado su apoyo al actual candidato Donald Trump. Aunque con estilos y suertes diferentes, ambos comparten ideas e ideales en materia de inmigración y política exterior. Ambos, razonablemente, se han manifestado en contra de la guerra en Iraq y los tratados de libre mercado. Las alternancias en el poder tienen esa ventaja; un mismo partido, y a veces un pueblo entero, puede borrar con el codo lo que escribió con la mano. Irak no los diferencia demasiado del socialista Bernie Sanders. Ambos conservadores, como los presidentes de este país en el siglo XIX, son proteccionistas en materia económica, lo cual es una novedad ente los neoconservadores, campeones del libre mercado, que de cualquier forma nunca fue libre como bien lo saben las corporaciones que se reparten el mundo en nombre de la libertad y la libre competencia.

Lo interesante es que este proteccionismo no es económico sino racial.

En 2006, Buchanan publicó el libro State of Emergency: The Third World Invasion and Conquest of America (Estado de emergencia: la invasión del Tercer mundo y la conquista de Estados Unidos) donde, básicamente, criticaba la inmigración ilegal. Como se puede sospechar, la legalidad es una recurrente excusa que cubre otras motivaciones más profundas. En una entrevista a NPR, la excelente Radio Pública de Estados Unidos, el 5 de mayo de 2016, Buchanan se expresó de una forma más espontánea, por no decir psicoanalítica.

La periodista le recordó algunos conceptos de su libro, en el cual afirmaba que “si no tomamos control de nuestras fronteras, para el año 2050 los estadounidenses descendientes de europeos serán una minoría en la nación que nuestros ancestros crearon y construyeron”. Está claro que en esta confesión, la ilegalidad (aquello de “no estamos contra la inmigración; estamos contra la inmigración ilegal”) no es lo que más preocupa. La inmigración ilegal está normalmente compuesta de hombres y mujeres de piel oscura, marginados en sus propios países latinoamericanos, por indios o por pobres, despreciados y explotados aquí por los empresarios que no encuentran ciudadanos dispuestos a trabajar, y despreciados y expulsados de allá, de sus propios países de origen, a los que luego agradecen con millonarias remeses que envían para ayudar a sus familias y que, indirectamente, terminan en las manos de los mismos señores de siempre, los creadores de empleo. Sólo México recibe más dinero por remesas que envían los pobres que por el petróleo que administran los ricos, y es el principal ingreso de divisas en países como Honduras.

El país unido de verdad del que habla Buchanam vivía bajo un régimen de apartheid, nunca nombrado como tal. Ni los negros ni los hispanos de piel oscura, ni los judíos ni los italianos ni ningún no-asimilado podía siquiera usar servicios reservados para los blancos asimilados.

 
 

Según Pat Buchanan, para darse cuenta del problema basta con ver lo que está pasando en Europa y en todo el mundo: hay conflictos terribles por culpa de las diferencias étnicas y de identidad, de lo cual, se deduce, deberíamos renunciar al mayor logro de la era moderna (y de otros períodos más antiguos), cuando se dejó de demonizar la diversidad y la igualdad en la diferencia, para convertirnos en lo que Fernando e Isabel lograron en España en 1492: la unidad de un país, no por la integración de lo diverso, sino por la eliminación del otro: un país con una lengua única, una raza única, una religión única en la sociedad más diversa de la Europa de entonces. En 1492, los reyes católicos expulsaron a los judíos y a los moros, tanhispanos (o españoles, si forzamos la historia para adaptarla a la percepción el presente) como cualquier cristiano. Luego, los convertidos fueron expulsados de nuevo, ya que para una mentalidad purista (fascista, en términos modernos), apenas se limpian las diferencias mayores, las menores, los tonos se convierten en diferencias fundamentales, y así, como en muchas otras partes del mundo de hoy, uno no alcanza a distinguir a uno del otro y ellos se matan por sus diferencias.

¿Que en la Europa hoy en día hay conflictos por culpa de las diferencias raciales? Claro, porque en la Europa de ayer no se mataban por diferencias religiosas, como en la Matanza de San Bartolomé, donde en pocos días, cristianos masacraron a varios miles de cristianos por diferencias de interpretación sobre el bien y la verdad. Porque en Europa, los nazis no advirtieron el mismo problema a tiempo y, para evitar la violencia, procedieron a eliminar la horrible y corrupta diversidad. Claro, porque en Estados Unidos nunca hubo discrepancias ni con los negros ni los indios ni con los mexicanos, porque se los expulsó de sus tierras a punta de fusil. Una vez, en un edificio público, encontré la historia de Estados Unidos narrada con pequeñas estatuas blancas. En una, un indio se enfrentaba a un temible oso, y más abajo, una leyenda aclaraba: “Los mayores peligros que los indios debían enfrentar por entonces”.

Más adelante, Pat Buchanan, con esa voz de Donald Trump, siempre cargada de una elocuencia que enamora a los conservadores más pobres, confiesa su ideal de inmigrante para una nación virtuosa, lo que recuerda a Domingo Sarmiento en la Argentina del siglo XIX y a varios gobiernos de Estados Unidos y de Europa durante… bueno, durante casi toda su historia:

“Este país tuvo un éxito enorme con la inmigración que llegó desde 1890 hasta 1920. Por entonces, llegaba mucha gente de la Europa del Este y de la Europa del Sur. Esa gente venía y se asimilaba, se americanizaba, aprendía inglés, y así fue como creamos un país unido de verdad; el 97 por ciento hablaba inglés en 1960”.

 
 

El país unido de verdad vivía bajo un régimen de apartheid, nunca nombrado como tal. Ni los negros ni los hispanos de piel oscura, ni los judíos ni los italianos ni ningún no-asimilado podía siquiera usar servicios reservados para los blancos asimilados. Es decir, blancos ex discriminados, como los italianos, los judíos o los irlandeses que aprendieron cómo se hace teniendo la piel blanca. El enorme éxito no incluye la discriminación, ni el KKK, ni la Gran Depresión de los años 30 durante la cual fueron expulsados medio millón de mexicanos, la mayoría de ellos ciudadanos legales de este país.

El imparable cambio demográfico, como un tsunami, les pasará por encima tarde o temprano. ¿Cómo ganar elecciones teniendo a las minorías, que ya son la mayoría, en su contra?

 
 

Durante el idílico periodo mencionado por Buchanan, llegaron irlandeses, horribles mujeres y hombres de pelos rojos. No hace mucho, Noam Chomsky me comentaba en Boston que allí, en una de las ciudades más civilizadas de la época, había carteles en los restaurantes prohibiendo la entrada a perros e irlandeses. El mismo Chomsky recordaba que en 1924 se había aprobado una ley para filtrar la inmigración de italianos y judíos, ya que se prefería a los europeos del este y, no por casualidad, muy pocos judíos fueron admitidos como refugiados mientras eran masacrados en Europa. Nunca hubo ni hay animosidad alguna contra inmigrantes de Europa del Este, como la esposa de Donald Trump, que demuestra que los inmigrantes hacen trabajos que los americanos no quieren hacer. De ahí la simpatía de Trump por líderes como Putin y su odio por los híbridos de piel oscura resumido en los mexicanos.

En pocas palabras: no somos racistas ni estamos contra la inmigración legal, pero una América blanca es lo que debemos preservar.

Buchanan observa, con pesar, que hoy en día en California, en la mitad de los hogares se habla una lengua que no es inglés. La periodista pregunta qué tiene de malo la diversidad lingüística y Buchanan responde: “Aquel que crea que un país se puede sostener sin una unidad étnica y lingüística es profundamente ingenuo, y mi misión no es hacer feliz a la gente, sino decir la verdad”. Luego, con amargura de viejo y elocuencia infantil, concluye: “Se trata del país en el que crecí; era un buen país”.

El país en el que Pat Buchanan y su generación creció era asolado por el macartismo, el antisemitismo, por los últimos coletazos de los nazis estadounidenses manifestándose en marchas a favor de Hitler, por una brutal segregación racial donde hasta el matrimonio interracial estaba prohibido por ley y la secta del Ku Klux Klan actuaba impune, donde los japoneses eran recluidos en campos de concentración por el solo hecho de tener cara de japoneses y un largo etcétera.

El lado positivo: estas son las típicas reacciones de la retirada: a lo más que podrían aspirar es a ganar el Gobierno en 2016, cosa por demás improbable (la única batalla decisiva estará en Florida). Pero aún en caso que lo lograran, estarían confirmando el hundimiento del Partido Republicano, una secta, a esta altura, que no quiere ver la realidad de este país. El imparable cambio demográfico, como un tsunami, les pasará por encima tarde o temprano. ¿Cómo ganar elecciones teniendo a las minorías, que ya son la mayoría, en su contra?

El gran Thomas Jefferson tampoco escapó al racismo de su época, pero en 1789 tuvo uno de sus varios momentos de lucidez: la Tierra le pertenece a los vivos, no a los muertos.