La enfermedad del patriotismo

Periódico Irreverentes

Jorge Majfud

Patriotismo

Natural es todo aquello que inventaron los hombres y las mujeres antes que naciésemos nosotros; toda mentira que no cuestionamos es necesariamente una verdad. Una mentira útil nunca sirve al engañado sino al que engaña. Una mentira útil, un instrumento de la perversión inhumana es el patriotismo.

Por todos lados vemos inflamados discursos patrióticos, actos públicos, guerras y matanzas, ofensas y contraofensas, ceremonias de honor y ritos solemnes impulsados por esa orgullosa y arbitraria discriminación que se llama patriotismo. Claro, no se pueden montar discursos en nombre de los intereses de una clase social, ya que la tradición no es suficiente para sostener un concepto moralmente insignificante y generalmente negativo, como lo es el concepto de “interés”. Por lo tanto, se apela a un concepto de larga y bien construida tradición positiva: el patriotismo. Con ello, se niega la división interna de la sociedad afirmando la división externa…

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Tomás de Mattos

 

Mattos y Majfud en Presentación libro Memorias de un desaparecido Tbó 1996

Con Tomás, el no sé qué de setiembre u octubre de 1996 en la presentación de Memorias de un desaparecido. Nos vamos, nos vamos yendo.

En 1996, el nunca suficientemente reconocido escritor y editor de Graffiti, Horacio Verzi, vuelto de su exilio, le envió a Tomás mi primera novela Hacia qué patrias del silencio (Memorias de un desaparecido). Tomás la presentó en un salón del Club Democrático de Tacuarembó. No sé si en algún lado hay fotos de esos momentos. Tampoco guardo ejemplares de diarios o revistas. Allá por 1999 una amiga de Montevideo me pidió una breve colección de diarios donde habían publicado alguno de mis cuentos, entrevistas y artículos y la señora encargada de la limpieza los tiró a la basura pensando que eran diarios viejos. Desde entonces aprendí la sabia lección de aquella mujer y no malgasto mi tiempo coleccionando esas cosas.

Volví unas pocas veces más a la famosa casona de Tomás, en la calle 25 de Mayo, en Tacuarembó, no recuerdo por qué motivos o con qué excusa. Una vez con un shetani de pau preto que había conseguido en el mato del norte de Mozambique y que su esposa guardará en algún estante.

En 1999 empecé a pagar un apartamento muy pequeño del BHU en Montevideo, en el piso 14, el último piso de un edificio de Avenida Libertador y Cerro Largo. Unos meses después alguien (Circe Maia, si no me traiciona la memoria), me dijo “¿Así que vivís en el mismo edificio de Tomacito?”. No tenía la menor idea que Tomás vivía en Montevideo también. Menos en el edificio en el cual pensé que había hecho un excelente negocio renunciando a una beca para hacer una maestría en Arquitectura en Nueva Zelanda. Renunciamos a la maestría, apostamos todo por vivir en Uruguay, y enseguida vino aquella crisis, la peor crisis de Uruguay en 100 años.

A Tomas lo encontré tiempo después, caminando por allí o en el hall de entrada del edificio.

Luego nos vimos un par de veces en la entrada, nos sentamos a conversar de lo mal que iban las cosas y sobre planes que se frustraron poco después, como un periódico que saqué y que duró unos pocos números.

Cuando supo que me iba a la Universidad de Georgia me habló con admiración de REM, del cual su hijo era fanático. Nos escribimos una pocas veces más.

Alguna vez le dije que le tenía una gran admiración pero me costaba mucho leer sus novelas. Casi tanto como al gran Onetti. Los dos eran muy lentos para mi gusto, demasiado descriptivos, uno más urbano que el otro pero los dos excesivamente descriptivos para mi gusto (yo prefería, y aún prefiero a los Sartre, los Sábato, los Galeanos, los Hemingway), aunque con páginas magistrales que yo nunca escribiré. Creo que no le gustó mi comentario pero por entonces yo era un joven que tenía la superstición rioplatense de que decir las cosas directamente es un gesto de amabilidad…

Más allá de cualquier comentario (un día habrá que aclarar la discutible historia de su última novela que involucra a mi propia familia), pero lo que está fuera de discusión es que la historia de la literatura uruguaya lo recordará por muchas generaciones. Algo que, para un escritor, a largo plazo es siempre irrelevante; pero no para sus lectores.

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