“La libertad es una utopía, cuando no un mito. Sólo hay liberaciones”

Entrevista al escritor Jorge Majfud en el Encuentro Internacional del Libro Africano.

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Por Julio Castro Jimenez *Majfud Encontré a Jorge Majfud en el Salón Internacional del Libro Africano (SILA) este año, donde tenía que presentarlo en la charla inaugural y abrir un pequeño debate. Como dije en aquel momento, conocí la literatura narrativa de Jorge gracias a mi amiga Inma Luna y a la editorial Baile del Sol. Su lectura se ha ido ampliando más tarde y queda camino por recorrer (espero que mucho). Pero no hay nada mejor que compartir y debatir con un autor, para saber de dónde viene el camino que le ha trazado, o constatar si las coordenadas de destino van hacia donde parece por sus textos.

Y en su caso resulta ir más allá. Me parece digno interlocutor a la hora de saberle cercano a Eduardo Galeano y Noam Chomsky. En ambos casos por la manera de escribir y de expresarse, pero al primero por el corazón que pone en su razón apasionada, en tanto que al segundo por las razones que sustentan las ideas que defiende fervientemente. Se dice que escribe sobre la violencia (él mismo nos habla de la violencia moral como interés personal), cuando sus textos muestran a gente que busca un camino de salida, una huida hacia la libertad utópica que él mismo nos aclara, y una línea sur norte que hoy día ya está moviendo masas para reclamar justicia: no esa justicia colectiva adeudada, sino justicia personal, diminuta, la que nos deja amar, vivir, comer y beber si se precisa, justicia moral, porque sin esa justicia no llega aquella paz.

Es apasionante hablar con él y dejarle hablar y exponer, porque de ahí surge el tercer personaje, el que no se ve, pero se atisba en sus narraciones, el que movió todo antes de iniciar el relato, y el que se queda para finalizar una historia.

Uruguayo, de niño fue correo para los presos en las cárceles de la dictadura. De grande emigrado a otros países de África y Europa para trabajar; de arquitecto se reconvirtió a su pasión: la literatura. Su apellido le denota proveniente de lejanos orígenes libaneses, y qué mejor mezcla para saber que estamos junto a un internacionalista. Ahora enseña en una universidad de Estados Unidos, donde lejos lograr que cambie de ideas, creará generaciones de rebeldes o, como mínimo, élites con grandes dudas.

No es un autor conforme con la realidad social, y no se detiene a ver lo que ocurre, sino que interviene y da su opinión, estableciendo marcos ideológicos amplios, donde hacer reflexionar sobre la evidencia de las cosas. Sí, su narrativa también es una duda, también deja un gran espacio para que cada lector lo rellene con sus propias realidades y se enriquezca en la experiencia.

Le propuse una entrevista estando en Tenerife y accedió, así que aproveché para pedir consejo a Tito Expósito, editor de Baile del Sol, para buscar un sitio de allí, algún local tradicional y, mira por donde, acabamos en el espacio revolucionario de Nelson, donde de lo local surge un espacio internacional. Y rodeados de un ambiente cargado de mensajes, nos refrescamos del bochorno con ventilador y cerveza, entre carteles, dibujos, panfletos, alguna bandera republicana y una tortuga con pancarta (“vamos despacio porque vamos lejos”), tuvimos esta enésima charla durante esas jornadas, pero ahora con una grabadora al lado. No me he atrevido a cortarle nada, porque nada tiene desperdicio, pero animo también a leerle en sus libros porque será otra forma de ver a Jorge Majfud.

– ¿Por qué empiezas a escribir?

– Porque empecé a leer muy temprano por mí mismo, con cinco años, muchos de los periódicos que mi padre recibía. Como consecuencia, el médico prescribió que me retiraran los materiales de lectura por cuestiones de salud, para prevenirme de los nervios… Eso me lleva a leer en plan clandestino cuando era pequeño y, especialmente, de adolescente. Como consecuencia de esto creo que pasé a la escritura. Mis abuelos vivían en una población muy lejana en una granja donde no tenían televisión ni nada. Yo solía escribir pequeñas obras de teatro (ellos eran algunos personajes), y se las enviaba por carta. Escribía en una máquina Olimpia que mi padre tenía en el cuarto que yo compartía con mi hermano. Siempre la tenía cerrada, porque era un elemento caro para un carpintero y la usaba para cuestiones administrativas. Pero aprendí a abrirla y a empezar a escribir.

– Tu padre carpintero y tu madre artista plástica, supongo que eso también es una mezcla que supone grandes expectativas para la creatividad.

– Sí, porque era una época en que la carpintería era una arte, aunque era un acto económico también, casi ético, porque todo lo que se hacía se intentaba que durara muchísimos años, contrariamente a lo que es ahora en que las academias enseñan a calcular para que un producto dure poco (lo que también va contra el medio ambiente).

– ¿Es por eso que te diriges hacia la Arquitectura?

Probablemente, porque también en mi primera adolescencia me fascinaban las obras de Leonardo da Vinci, su pintura, sus inventos, me gustaba mucho la matemática y esa combinación del Arte y la Ciencia. Y la profesión más idónea era esa. Pero al mismo tiempo escribía y era algo marginal, pero sabia que nadie se podía dedicar a eso, así que en el momento de elegir una profesión pensé lo que se esperaba: estudiar una profesión tradicional. En esa época nadie imaginaba que se pudiera estudiar literatura y vivir de ella. Hoy mismo poca gente vive de la literatura.

– Abandonas tu profesión de arquitecto…

– Jose Luis Gómez Martín ​es, oriundo de Soria, por entonces estadounidense profesor en la Universidad de Georgia, leyó un par de libros y me invitó a desarrollar mi carrera literaria, la que siempre fue mi primera vocación. En esa época, en el 2002, en Uruguay había una crisis que fue la mayor en cien años, estaba la crisis argentina también, así que salí a Estados Unidos (había estado en España trabajando para un arquitecto también), y la Universidad de Georgia me dio la oportunidad de pagarme mis estudios al mismo tiempo que daba clases como asistente. Tenía la oportunidad de estudiar una maestría y luego un doctorado, totalmente financiado por Georgia. Par mí fue una experiencia importante poder dedicarme a lo que realmente quería hacer: la literatura, la investigación, la cultura en general… no sólo restringida a la arquitectura. Porque la Arquitectura es muy romántica mientras la estudias, pero al salir al mercado laboral te enfrentas a la dificultad de conseguir trabajo, o tener clientes que, realmente, no tienen la menor idea de lo que es, y te imponen qué hacer. Alguien que no es parte de una gran empresa debe dedicarse, como yo hacía en gran medida, a calcular estructuras para otros arquitectos. Me parecía demasiado mecánico y una forma de supervivencia.

La universidad de Georgia me ofrecía la oportunidad de dedicarme a la literatura y vivir de eso, así que al principio lo hice como un experimento y, hasta ahora, estamos ahí.

– ¿Sales de Uruguay porque la situación es complicada políticamente con la dictadura?

– No, en realidad yo viví la dictadura de chico. Pasaba mensajes en la cárcel de Libertad, porque en el área de juegos de los niños, donde se les permitía estar, no se controlaba lo que decían los niños de la misma manera que se controlaba lo que decían los familiares por teléfono en las visitas. Así que la única forma que los familiares tenían de pasar mensajes era que algún niño con buena memoria y que entendiera el problema, se lo transmitiera a un preso y así también a los otros.

Tanto viví la dictadura, que vi a una de mis tías suicidarse por culpa de ese problema. Conocí las cárceles hasta principios de los años ’80. Una historia bastante trágica. Pero la decisión de irme de allí no fue por la dictadura que terminó mucho antes, sino por cuestiones de vocación, de oportunidades laborales y por la grave crisis económica que hizo que la producción arquitectónica bajara a cero. En esa época casi todos mis amigos venían a España o se iban a Estados Unidos.

– En tu literatura hablas mucho de gente marginada, oprimida o que no le queda más remedio que marcharse y cruzar fronteras.

– Sí, tanto en La reina de América, que es la emigrante o los emigrantes españoles que iban a América del Sur, pero también se encuentran con la dictadura: el inmigrante que viene o va buscando un sueño rara vez se encuentra con el sueño americano. Muy pocos se hicieron ricos y la mayoría simplemente sobrevivió. Y ahí está el drama de la esperanza, que la mayor parte se transforma en decepción, que es un proceso natural.

Ahora, yo trato de explorar la violencia moral más que la violencia física, porque siempre fue más sutil y más profunda. Y una parte está en el divorcio neurótico del discurso oficial contra la realidad, que es lo que vi desde que era chico: lo que se decía en las escuelas, lo que debíamos callar como niños, y lo que veía como familiar y amigo de presos políticos y de militares. Esa obligación de mentir para sobrevivir, que también ocurrió aquí en España durante la Guerra civil y el franquismo, que todavía se expresa en muchas obras de arte españolas, como en La lengua de las mariposas, donde la persona debe traicionar al amigo, diciendo lo que no piensa, como Judas traiciona a Jesús o Pedro lo niega al final. Es un tema universal, la violencia moral es terrible, ver que el amigo y camarada termina insultándote para salvarse a sí mismo…

También hay violencia moral en el caso de la prostituta, que cumple una función donde el hombre sigue siendo honorable aunque abuse de la mujer, que es denigrada socialmente. Sor Juana Inés de la Cruz decía “¿quién es peor, la que peca por la paga o el que paga por pecar?”. Ya en esa época, el hombre salía realzado en su honor y la mujer denigrada socialmente. Eso es violencia moral y lo he explorado muchas veces.

El caso del emigrante es un caso específico donde la violencia moral está amplificada. En el emigrante mexicano, porque es expulsado por su propia sociedad, sufre violencia económica y moral porque es el “inútil”, el “pobre”; en el país que lo recibe también hay violencia moral al considerarle criminal porque abusa de un sistema de salud, cuando en realidad es al contrario, porque están sosteniendo una economía. Más allá de los números, en Crisis traté de explorar ese tipo de violencia, que a veces es sutil y que en otras ocasiones la propia víctima descarga sobre otras víctimas, y se reproduce en forma de corrupción, en forma de violencia de género o de otros tipos de violencia.

– Hablas del desierto, hay un detalle que me llamó mucho la atención cuando alguien encuentra en el desierto una botella que otro dejó por si otro que lo atraviese la encuentra: alguien la encuentra y sobrevive. Es un símbolo de solidaridad ¿existe la solidaridad entre emigrantes?

– Hay ambas cosas, solidaridad y oportunismo, porque es parte de la naturaleza humana, y cuando uno se enfrenta a determinadas situaciones, esas carencias resurgen. En algunos casos predomina la solidaridad, en otras la supervivencia. Depende de la situación, en el caso del preso que es torturado, o el que vende a sus amigos para salvarse… hay toda una gama humana y resurge en distintas formas que están dentro del individuo. Unos con mayor conciencia ética reprimen lo más oscuro, otros con menos conciencia prefieren el beneficio propio…

– En España y Europa tenemos varios desiertos, uno se llama mar, otro se llama países intermediarios que explotan a inmigrantes. Ahora nos encontramos en esta situación con los refugiados, porque hemos cambiado términos para diferenciarlos, entre quienes huyen de una guerra y el resto. ¿Crees que esa situación de desiertos es comparable con lo que ocurre entre América Latina y Estados Unidos?

– Sí y no, yo sé que hay diferencias entre refugiados y lo entiendo: no puedo compararme como inmigrante económico y con una educación, porque, por ejemplo, nunca fui ilegal. Hay diferencia entre inmigrante y refugiado, aunque en el fondo son la misma cosa, porque generalmente, el que emigra no lo hace porque está muy bien en su país, sino porque hay algo que lo motiva que suelen ser falta de oportunidades, violencia u otras causas. Los ricos no emigran. En el caso de América Central hay mucha violencia social derivada de un sistema global, como el narcotráfico u otros tipos, pero es un problema complejo del que no vamos a hablar ahora.

Lo que quiero decir es que en el caso Sirio, hay un problema urgente que resolver, pero durante décadas los inmigrantes han pasado penurias, como los africanos que cruzan el Mediterráneo y se ahogan ahí, o los mexicanos y centroamericanos que cruzan el desierto… ¿Quién pone su vida en ese extremo de riesgo si no es por una alta necesidad de algún tipo? Así que son refugiados de alguna forma, aunque técnicamente podamos considerarlos inmigrantes. Hay alguna diferencia, pero tienen algo en común: todos los inmigrantes son refugiados, o al menos buscan refugio y no lo encuentran, que es algo aún más trágico.

– ¿Crees que la literatura puede ayudar en algo?

– La literatura y la cultura humanizan, hacen más sensible a una persona, más consciente de los problemas ajenos y de las responsabilidades propias. Así que sí, desde el punto de vista social humanizan, desde el punto de vista individual también humanizan, porque si soy capaz de sentir y comprender una mayor gama de emociones, soy más humano. La literatura y el arte ayudan, así como un auto ayuda a ir más rápido y más lejos, expanden la experiencia existencial. Sin ella seríamos menos humanos.

En épocas de barbarie, la literatura y el arte son despreciados como lo están siendo hoy en gran medida. Por eso vivimos en época de barbarie, consumimos, compramos para satisfacernos y nuestra gama de emociones se reduce drásticamente y vamos perdiendo ese universo que tendríamos en el caso de acercarnos a la literatura y arte. Pero cuidado, uno pone en la palabra “cultura” muchas cosas y la usa de forma indiscriminada. Hay que diferenciar claramente lo que es cultura crítica o cultura radical, que es la que más expande los límites estrechos, aquella que nos impulsa hacia delante, aquella que explorara emociones, ideas, la diversa realidad, criticándola, desarticulándola… Y está la otra cultura que simplemente sirve para consumir como una droga, da satisfacción durante un momento, pero nos impone el olvido y una cierta acrítica. La cultura anestésica.

Entonces, la literatura sirve sí, pero ¿qué literatura? Esa literatura que podemos llamar radical si hablamos de literatura en general, o crítica que se refiere a un aspecto más social, esas literaturas sí nos ayudan en muchos aspectos. La otra tiene el aspecto contrario, y es también cultura, pero no tiene un aspecto liberador.

La literatura radical intenta expandir más allá el horizonte humano, así como la NASA cada vez intenta ver más lejos (esto es también muy cuestionable, pero bueno…) son instrumentos del ser humano para romper ciertos límites de nuestra propia realidad. Y eso es lo que ha hecho siempre el arte: rompiendo límites nos volvemos más humanos.

– Te he escuchado comentar acerca del intervencionismo de los políticos en el poder sobre los medios de comunicación.

– De los políticos y, peor aún, de las fuerzas financieras. Simplemente con poner dinero para promover su producto en un medio están presionando al periodismo. Si produzco automóviles y pongo mi anuncio en tu diario, probablemente tu diario no va a incidir en criticar mis negocios, porque retiro mi anuncio. Eso es totalmente legal, parece legítimo, pero es una forma de dominio de la prensa, y esta es la que narra una realidad que es consumida luego. Obviamente no es un poder absoluto, también hay sectores de la sociedad que no se limitan a consumir ese tipo de realidad, pero la mayor parte de la población sí, y la forma es tan sutil que se convierte en invisible. Los políticos son parte de ese mecanismo, de manera que cuando reciben ayudas para sus campañas están siendo prisioneros de esos grupos.

En Estados Unidos, Donald Trump lo dijo muy claro: “invité a Hillary Clinton a mi boda y tuvo que ir”, porque había puesto dinero para su fundación. Es muy claro, caricaturesco pero muy claro. Así mismo funciona dentro de la política. Pero como decíamos en las jornadas del SILA, es una obligación civil y moral del Estado apoyar a la Cultura, la que debe se siempre, siempre, independiente del aspecto político partidario.

– ¿Y eso es factible?

Muchas veces se dice “es que la enseñanza y la cultura están enredados en una ideología de izquierda”, y mi valoración de esa realidad (porque eso es una realidad), es que a lo largo de la Era Moderna (desde el 1600-1700 hasta acá), la cultura y los intelectuales radicales en el buen sentido de la palabra, siempre se han opuesto al poder. Si tú tienes que en América Latina casi todos los intelectuales eran de izquierda, en España de izquierda, hay que preguntarse ¿por qué? ¿es que los intelectuales son tontos y los demás son listos?

Mi respuesta es que la dinámica es obvia: si la intelectualidad es de izquierda, es porque el poder es de derecha. Y en América Latina era demasiado explícito, eran dictaduras, y cuando dejaron de ser dictaduras, continuaron siendo los poderes de algunas familias, del dinero, de la banca… Alguien puede decir que algunos intelectuales de Cuba siguen siendo de izquierda, pero en el contexto general sería estar en contra de una hegemonía que no es de izquierda, sino de derecha. No quiero centrarme en que la izquierda es buena y la derecha mala, porque los intelectuales de la Unión Soviética, tras algunas generaciones, estaban contra esa izquierda.

Así que la cultura puede que tome rasgos ideológicos, pero existe una lógica del por qué esa particularidad. Hay intelectuales de derecha, pero, como decía Octavio Paz “la derecha no tiene ideas”, y es por esa razón, porque la derecha está en el poder y no necesita ideas.

Si decimos: vamos a establecer una cuota ideológica en la enseñanza y en la cultura, y entonces yo digo, de acuerdo, establezcámosla también en el gobierno, en las finanzas, en Wall Street, en las iglesias, en el resto de la sociedad ¿por qué vamos a regularizar a un sector y a dejar libre a la economía al servicio de la ideología opuesta? Porque en Wall Street no mandan los intelectuales de izquierda, en los grandes gobiernos del mundo no mandan los intelectuales de izquierda, de hecho, ni se les consulta ni importan.

– Eres muy combativo en las ideas que lanzas, pero ¿eres negativo respecto a las expectativas?

Las dos cosas, optimista y pesimista. Optimista en cuanto a la permanencia de movimientos de resistencia, porque estos son los que han provocado casi todo el avance ético y social del siglo XX. Por ejemplo, ¿por qué hoy nadie discute que la integración racial es algo positivo? Es porque hubo generaciones que lucharon mediante movimientos de resistencia: movimientos malditos por la sociedad. Pero no se vendieron, siguieron luchando y, después de generaciones, vencieron en esa lucha dialéctica, social, redefiniendo lo que es correcto o incorrecto. Y casi siempre, esos grupos han reivindicado la libertad. Ahora, yo creo más en la liberación que en la libertad: la libertad es una abstracción, una utopía. Yo me puedo liberar de un problema económico, del tabaquismo, de una pareja que abusa, de la economía, de muchas cosas. El concepto libertad lo inventaron algunos para mantener un status quo y es un mito, aunque como utopía no es tan mala. Lo que es concreto son las liberaciones y fueron los grupos de resistencia los que siempre han luchado por la liberación.

Así que creo en la libertad pero con un objetivo ¿Cuál libertad? La libertad igualitaria, porque los millonarios son más libres que nosotros, pero no es esa la libertad que proponemos. Y para eso necesitamos un equilibrio de poder, porque si no tengo poder, ¿qué libertad poseo?

– Te voy a poner en un brete ¿tu literatura es libre?

– No, no lo es, está contaminada y comprometida con la realidad. Es un intento de liberación de mis obsesiones y de muchas otras cosas. Una exploración de la naturaleza humana y de los problemas sociales… pero no, no es libre, porque si fuera libre sería ininteligible, incluso para mí.

– Pero tratas de llegar a la gente como un concepto de propuesta de libertad.

Absolutamente. Es que, de hecho, la mayor manifestación de la libertad humana (o la que más se aproxima a ese concepto) se produce en la creación. Los pájaros no son libres, parecen libres, pero los pájaros migran porque deben migrar. Pero al crear algo diferente, se produce el máximo de libertad y el arte es uno de los principales laboratorios de ese ejercicio de libertad.

– ¿Te han censurado mucho?

Escribo en muchos medios y a veces un artículo que es publicado o rechazado por un medio, muchas veces lo es porque coincide o no con la línea ideológica de ese medio, sea de izquierda o de derecha. Y eso es una forma de censura. Afortunadamente, hoy en día tenemos elección. La gran prensa casi siempre es muy conservadora y, por lo tanto, esa creatividad y esa cuota de libertad está mucho más en los medios pequeños o medianos.

– Pero lo que llega en mayor medida son los grandes medios, aunque los pequeños seamos muchos ¿habría que equilibrar ese poder?

– Pero ¿cómo? Los medios juegan un rol no equitativo, y los grandes medios no dependen de los lectores porque no se venden como en los siglos XIX ó XX, los diarios prácticamente son gratis porque viven de los anuncios. Y el que tiene un pequeño bar no se anuncia en el New York Times, o en El País, o en La Razón, sino que son corporaciones mucho más grandes. Así que la perversa dinámica consiste en que los medios más consumidos por su poder de publicidad dependen de grupos conservadores.

– Me respondes con dudas, y en tu literatura también.

Es que sin la duda ¿qué clase de libertad hay? La duda es el primer paso para cuestionar, para pensar si es posible otro camino. No tengo una fórmula, ni siquiera para mi propia vida; la vida es una exploración y debemos tratar de ir rompiendo barreras como individuos y como sociedad. Claro que sin cultura ese proyecto es imposible.

*Julio Castro es crítico español y director de la revista cultural La República Cultural.es


http://letralia.com/entrevistas/2015/11/08/jorge-majfud-la-libertad-es-una-utopia/#.VkCaz2SrRz8

http://www.mdzol.com/entrevista/634889-la-libertad-es-una-utopia-cuando-no-un-mito-solo-hay-liberaciones/

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Nuevos documentos sobre el caso Orlando Letelier

El ex ministro de relaciones exteriores del gobierno de Salvador Allende, Orlando Letelier, fue asesinado en la ciudad de Washington DC el 21 de setiembre de 1976 junto con su secretaria Ronni Karpen Moffitt, en un atentado terrorista largamente olvidado. Como es sabido por las teorías conspiratorias desde los años setenta, el encargo del atentado terrorista partió del dictador Augusto Pinochet y fue realizado por los agentes secretos de la policía chilena.

Desde los años setenta, esta versión de los hechos fue atribuida a las teorías conspiratorias. Para alimentar estas teorías, el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry acaba de entregar a la presidenta chilena Michelle Bachelet  una serie de más de mil páginas de documentos desclasificados por parte del gobierno norteamericano. Entre estos documentos se pueden leer un cable escrito por la oficina de inteligencia del Departamento de Estado fechado en 1987 en los cuales resume una serie de informaciones recibidas en los años previos desde los años setenta y la afirmación del jefe de la agencia de inteligencia de Chila, Manuel Contreras, de que él mismo autorizó el asesinato de Letelier por órdenes del general Augusto Pinochet.

Los documentos desclasificados por el gobierno de Estados Unidos incluyen declaraciones de varios testigos que declararon durante la investigación realizada por agentes del FBI y detectives chilenos realizada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos durante la presidentica de Bill Clinton en 1999.

El analista Peter Kornbluh, autor de The Pinochet File: A Declassified Dossier of Atrocity and Accountability (New York: New Press, 2003) ha dicho que los documentos hecho públicos hoy significan “un triunfo para la diplomacia de la desclasificación” El ensayo de Kornbluh publicado hoy en el sitio del National Security Archive de la George Washington University, explica el trasfondo de los documentos del caso Letelier y los detalles del esfuerzo realizado para lograr la desclasificación de estos documentos.

Estos archivos también contienen el informe realizado sobre el rol de Pinochet y la DINA, los cuales citan al propio Contreras afirmando que todas as operaciones internacionales habían sido aprobadas por Pinochet y sobre las cuales Contreras había dejado documentación sellada, en el caso de que se produjera su propia muerte”.

Jorge Majfud

Octubre 6, 2015

¿Quién teme a la cultura?

Resumen de la conferencia inaugural del Salón Internacional del Libro Africano en Santa Cruz de Tenerife, setiembre 2015.

El problema con las palabras es que con demasiada frecuencia piensan por nosotros y de esa forma somos medios de un pensamiento y de unos valores transmitidos por las palabras: repetimos apriorismos enquistados en el lenguaje, en la cultura popular. Este problema es mayor aun cuando carecemos de una conciencia metalingüística.

Una de esas trampas consiste en usar palabras que encierran una diversidad insospechada donde generalmente uno de sus posibles significados domina y excluye a los otros. Algunas de esas palabras son, por mencionar solo unas pocas, patriota, libertad, igualdad, radical, cultura, y todos aquellos nombres de países, de religiones y de otras buenas intenciones.

En cualquier debate, en cualquier política sobre cultura es necesario aclarar a qué cultura nos estamos refiriendo. En una clasificación básica, existe lo que alguna vez se llamó durante el siglo pasado “alta cultura”; muy próxima, dentro y fuera de ésta, está la “cultura radical”. La cultura radical es aquella que eleva la conciencia de los individuos y de los pueblos, la que no se conforma con reproducir estándares y estereotipos y que, por consecuencia y consistencia, está siempre empujando los límites del pensamiento y de la sensibilidad. Es aquella que nos hace más humanos.

Por otro lado tenemos la “cultura popular” y dentro de ésta dos formas radicalmente opuestas: primero, la cultura que es generada por un pueblo (es decir, aquella que surge desde abajo hacia arriba) y, por otro lado, la cultura que es producida por la industria cultural (la que se dicta desde arriba hacia abajo). El primer tipo de cultura popular ha sido, por siglos, la dominante. Hoy en día se la puede encontrar en regiones como en la África alejada de los circuitos turísticos (que todo lo vulgariza y lo vacía de contenido), con su arte plástico, sus canciones y sus leyendas.

El siglo XX, en cambio, vio cómo los pueblos básicamente consumían cultura popular producida en las industrias especializadas como la industria del cine, cuyo paradigma fue y todavía es Hollywood, y los grandes medios de comunicación. Así, los pueblos adoptaron formas y valores de los cuales eran ajenos ejercitando un único rol: consumir.

Ante los críticos, el mercado se defendía (aún lo hace) con el inocente pero siempre efectivo argumento de que el éxito de las ventas se debe a el acierto de ofrecer lo que el público demanda. Si aceptásemos semejante teoría, deberíamos conceder que los lectores de novelas son responsables de las campañas millonarias de las grandes casas editoras y que cada año los niños del mundo se ponen de acuerdo para exigir que las compañías internacionales produzcan todos esos dibujitos y muñequitos surrealistas (como los más recientes Minecraft o Minions). Así, los niños unidos del mundo cada año ejercen su poder sobre las pobres compañías productoras que no tienen más opción que satisfacer una demanda tan arbitraria, propia de personas inmaduras, basada en dos o tres personajes básicos.

La libertad es una utopía y es un mito en el peor caso, ya que sólo existen formas de liberaciones pero nunca libertad a pesar de ser esta la palabra más recurrente de las narrativas nacionalistas. Sin cultura radical no hay democracia, no hay individuo pleno. Sin embargo, la cultura radical no se ha beneficiado en la misma proporción que el mercado y que la cultura popular de alguno de los nuevos hábitos de nuestro tiempo, como lo son, por ejemplo, las redes sociales. Basta con observar que las diferencias culturales e intelectuales entre los individuos que comparten un mismo espacio no está dada por las redes sociales sino por alguna otra forma de educación que han recibido, ya sea la educación formal y tradicional como de la educación del entorno familiar. Las redes sociales no han aportado nada a la cultura radical sino, quizás, lo contrario: aquellos consumidores de cultura popular prefabricada simplemente se limitan a eso: a consumir y a reproducir valores que no son solo previsibles y monótonos sino que también son funcionales a grupos en el poder económico a los cuales no pertenecen los pobres consumidores.

Entonces se da una paradoja de la resistencia, que es a la que le debemos todo el progreso ético y social de la historia moderna: la cultura vende, pero los gestores y creadores de la cultura radical no viven de la cultura como sí lo hacen los productores y reproductores de la cultura popular estandarizada. Es gracias a ese minoritario ejército de artistas, atores, científicos, editores de pequeña participación en el mercado, por lo cual la cultura radical sobrevive y, de esa forma, la democracia se salva de la dictadura planetaria y los individuos se salvan de la deshumanización del mero consumo y la estandarización.

Así como escribir más allá del micro fragmento es un acto radical del pensamiento y de la sensibilidad, leer un libro es también una expresión de rebeldía propio de la cultura radical, porque un libro, sea digital o en papel, es un ser subversivo solo por su formato, por su resistencia a la fragmentación del individuo. También lo son los eventos culturales que los gobiernos apoyan tímidamente como si se tratase de un despilfarro superfluo; son ejercicios de la cultura radical, ejercicios de liberación, de levitación de la conciencia humana que en su estado natural (es decir, no embrutecido por la propaganda y la ideología) siempre aspira a la liberación de sus condicionantes, de su propia deshumanización en curso; la liberación de su apropias potencias.

Un pueblo sin cultura (sin cultura radical) es un pueblo dócil, un esclavo que se cree feliz como un drogadicto que se cree libre por el solo hecho de tener acceso a la droga.

Ahora, aunque no estemos a favor de la injerencia de los gobiernos en la cultura y en la mayor parte de la vida de los individuos, sería ingenuo esperar del otro gran actor, el mercado, algo mejor. Dejar a la cultura en las manos de las leyes del mercado sería como dejar a la agricultura en las manos de las leyes de la meteorología y de la microbiología. Nadie puede decir que el exceso de lluvias, que las sequías, que las invasiones de langostas y gusanos, de pestes y parásitos son fenómenos menos naturales que la siempre sospechosa mano inasible del mercado. Si dejásemos a la agricultura librada a su suerte pereceríamos de hambre. De la misma forma es necesario entender que si dejamos a la cultura en manos de las leyes del mercado, pereceríamos de barbarie.

Jorge Majfud

¿Quién teme a la cultura?

http://www.huffingtonpost.es/jorge-majfud/quien-teme-a-la-cultura_b_8310966.html

La Ñ se viste de África en el SILA, por Conchi Moya

SILA_01De izda. a dcha. los escritores guineoecuatorianos Donato Ndongo y Remei Sipi, la escritora canaria Mª Jesús Alvarado, Conchi Moya y el escritor saharaui Bahia Mahmud Awah.
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Esta entrada ha sido escrita por la periodista y escritora Conchi Moya.

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Tengo que reconocer que en lo referido a la literatura saharaui en español siento una especie de esquizofrenia. Por un lado, animo encarecidamente a los escritores saharauis a que sean ellos mismos los que escriban sus historias. Al fin y al cabo, quién mejor que ellos van a transmitir su lucha, deseos, anhelos, su cultura, el sufrimiento y también las alegrías que han vivido en estos cuarenta años de ocupación; quién va a conocer la Historia saharaui como sus propios intelectuales. Pero por otro lado, tras publicar varios libros y decenas de artículos relacionados con el Sahara Occidental, no puedo dejar de escribir sobre ellos y de acompañarles en este ya largo camino desde que hace diez años se fundara la Generación de la Amistad y comenzara la andadura de la tercera generación de escritores saharauis en español. Mis escritores amigos se comprometieron también de manera literaria con su causa y con el español, siguiendo los pasos de la Generación del 73 saharaui y la Generación de la Guerra. Las difíciles condiciones que les tocó vivir  a ambas generaciones (la invasión marroquí y la guerra de liberación) no les permitieron desarrollar más su producción.

Una muestra más de esta esquizofrenia es mi participación en el libro ‘Literaturas hispano africanas: realidades y contextos’, editado por Verbum y coordinado por Inmaculada Díaz Narbona, con un artículo sobre la Literatura Saharaui en Español. Porque en un libro sobre el español y África no podían faltar los escritores saharauis. Por suerte ya estamos lejos de aquellos días en que algunos autores y editores ponían pegas a la hora de hablar de República Saharaui o de considerar al Sahara Occidental como un país. Quien tenga dudas puede preguntar a la organización continental, la Unidad Africana. Con mucho esfuerzo esas mentalidades neocoloniales van siendo superadas.
Y para hablar del español en África nos reunimos en Tenerife en la V edición del SILA (Salón Internacional del Libro Africano) que tuvo lugar entre el 24 y el 27 de septiembre. Allí tuve el honor de participar como ponente en la mesa “África en español”, moderada por la escritora canaria Mª Jesús Alvarado y que contó además con las intervenciones de los escritores guineoecuatorianos Remei Sipi y Donato Ndongo y el saharaui Bahia Mahmud Awah.
Como reflexionó Mª Jesús Alvarado, cuando se habla de idioma español se piensa en España, Latinoamérica, EEUU, pero curiosamente no se piensa en África, a pesar de que hay dos países, Guinea Ecuatorial y el Sahara Occidental, que fueron provincias españolas y donde aún se mantiene, con esfuerzo, el español. “Es una paradoja que la lengua colonial se haya convertido en una lengua reivindicativa e identificativa de la independencia de ambos países y de su lugar en el mundo, frente a su propia condición y frente al mundo”, afirmó la escritora canaria.
Especialmente grato es que los escritores de Guinea Ecuatorial hayan estado en una misma mesa con escritores del Sahara Occidental. “Somos dos países hermanísimos”, afirmó Donato Ndongo. El español se mantiene vivo en ambos países africanos a pesar de los políticos españoles y guineanos. Ndongo explicó que el presidente Obiang ha impuesto otras lenguas como la francesa y más actualmente la portuguesa, que ahora son lenguas cooficiales, “sin razones históricas o culturales que lo avalen”. Al mismo tiempo Guinea Ecuatorial no reconoce a la República Saharaui, “una estupidez más de nuestro presidente”, añadió Ndongo.
La polémica del uso de la lengua colonial está ya bastante superada. “Para nosotros, aunque hayamos combatido el colonialismo, es fundamental utilizar una lengua que nos ayuda a comunicarnos con millones de personas. No la consideramos una lengua extranjera. La enseñanza del español en Guinea se hizo de una manera  brutal pero, quitando las formas, es una herramienta para una mayor integración”, explicó Ndongo. Ante aquellos que les interpelan por escribir en la lengua del colonizador, el escritor guineoecuatoriano reafirma su derecho a usar la lengua que le venga en gana. “En el caso del uso de la lengua española exijo que no me digan lo que tengo que pensar y que no me trasladen a mí sus propios complejos. Soy mayorcito para saber lo que quiero, lo que es lo mejor para mí y lo mejor para mi pueblo”. Por su parte Bahia Mahmud Awah recordó las palabras del escritor argelino Kateb Yacine: “Escribo en francés para decirle a los franceses que no soy francés”.
El escritor e investigador Bahia Mahmud Awah destacó el carácter integrador y de unión que tiene el idioma de la metrópoli: “La lengua española es un denominador común entre saharauis, guineanos y latinoamericanos y el mundo hispano en general. España estuvo en el Sahara más de cien años. Salió de mala manera de sus colonias africanas y el Sahara sigue inmerso en un proceso de descolonización inconcluso”. El escritor saharaui destacó que el único legado que dejó España fue el patrimonio cultural y lingüístico, que los saharauis han incorporado a su identidad. “A saharauis y guineanos nos une vivir en el exilio y la diáspora. Ambos pueblos hemos vivido un exilio cultural”, resaltó.
A diferencia de otras potencias que han cuidado el idioma en las que fueran sus colonias, España no ha sido en absoluto inteligente en ese aspecto y no ha cuidado ni promovido el español en estos países. Es el caso del abandono a este español africano  por parte del Instituto Cervantes, creado por España en 1991 para la promoción y la enseñanza de la lengua española. Otro problema es el de la publicación de las obras de los escritores africanos. Mª Jesús Alvarado destacó que hay una falta total de apoyo institucional para la edición. Los autores optan por remediar esta problemática de diferentes maneras. En el caso de la literatura saharaui se ha apostado en algunos casos por la autopublicación y la ayuda de universidades, organizaciones y asociaciones solidarias. En Guinea destaca la labor de la escritora Remei Sipi, que incluso ha montado la Editorial Mey para la publicación de autores guineanos. La escritora ecuatoguineana se mostró pesimista, “en Guinea la cultura no interesa para nada”, se lamentó. “Al poder le interesa mantener al pueblo en la ignorancia, así se le tiene oprimido”.
La obra de todos estos autores se ha escrito casi en su totalidad en el exilio, como señaló Mª Jesús Alvarado. Esto hace que los temas escogidos sean muy característicos y vayan más allá de las preocupaciones e intereses personales. En Guinea la literatura arrancó con más fuerza en la poesía pero ahora está destacando más la narrativa. Los saharauis se han centrado sobre todo en la poesía, aunque esto también está cambiando.
Bahia Awah destacó que durante la presencia del colonizador se omitió la cultura saharaui y sus referentes. En los programas de enseñanza de aquellos años nunca se incluyeron a los sabios y eruditos saharauis. Era una enseñanza completamente española. “Esto nos ha llevado a los escritores a hacer una obra comprometida con nuestra gente y con nuestra causa. Compartimos con Guinea Ecuatorial una literatura de dolor, de lucha y de principios”, concluyó.
“Escritores nunca van a faltar, lo que faltan son oportunidades”, afirmó el escritor uruguayo de origen libanés Jorge Majfud durante estas jornadas. Ojalá esto cambie y los escritores africanos en español logren ocupar el verdadero espacio que les corresponde por derecho propio.
*La Ñ se viste de África: parafraseando el título del documental de Mª Jesús Alvarado ‘La Ñ viste de negro’, sobre el uso del español en Guinea Ecuatorial.

http://blogs.elpais.com/donde-queda-el-sahara/2015/10/la-%C3%B1-se-viste-de-africa-en-el-sila.html

Donald Trump et le syndrome du petit pharaon

« La politique ne m’intéresse pas » m’a dit, il y a quelques mois, une étudiante. « Je voterai pour un président qui a été un homme d’affaires brillant. C’est ce dont a besoin l’Amérique [USA] pour recommencer à être grande ».

C’est une réponse à la mode aux États-Unis d’Amérique : le seul mot « redevenir » dissipe beaucoup de doutes idéologiques, mais peut-être ce qui nouveau, c’est la présence écrasante de l’idéologie des affaires à tel point qu’elle est parvenue à ce qu’on confonde un pays entier avec une entreprise. Ce n’est pas étonnant, puisque les citoyens d’hier, sont aujourd’hui des employés ou des consommateurs, ce qui revient à être la même chose que ce nous voyons dans un Wal Mart.

Le phénomène Donald Trump dans les enquêtes du parti républicain reproduit en politique la psychologie et la culture de l’un de ses business favoris : Miss USA et Miss Univers. Dans ces parades machistes à la frivolité féminine, les spectateurs consomment un idéal qu’ils ne peuvent pas atteindre : être jeunes, belles et connues en même temps. Il va sans dire qu’ils ne les élisent pas pour leur intelligence, en dehors de l’obscénité de soumettre ces pauvres femmes (à demi vêtues et en équilibre sur des talons aiguilles) à des questions auxquelles même un intellectuel ne répondrait pas élégamment dans les dix secondes imparties.

Les adeptes de Trump partagent quelque chose avec leur candidat, parce que l’empathie est la base de la politique de la consommation : le rudiment intellectuel, la glorification de l’Ego et sa revendication de l’arbitraire, la catharsis collective de l’insulte personnelle et de son refus corrélatif de l’excuse, révèle beaucoup de groupes sociaux, traditionnellement dominants, qui se sentent menacés par une diversité croissante ethnique, culturelle et probablement idéologique. Les dernières recherches montrent que le sécularisme et ceux qui ne s’identifient à aucune église grandissent dans un pays traditionnellement religieux, tandis que dans le reste de monde le processus est l’inverse.

Les adeptes de Trump partagent avec lui et avec le reste de population, la culture de l’individu aliéné qui se croit original en étant une copie. Mais il y a quelque chose, un détail que les adeptes de Trump n’ont pas en commun avec leur candidat : ils ne sont pas millionnaires. Encore moins multimillionnaires, comme Trump.

Si nous considérons que 66% du Sénat US est composé de millionnaires, que le 1% représente les 99% de la population et qu’on appelle cela encore démocratie, nous pourrons facilement voir une contradiction névrotique entre désir et réalité. Aussi comme à Hollywood, la politique vend le désir (d’appartenir un jour au 1%) pour soutenir une réalité opposée (99% ne pourront jamais faire partie de ce 1%).

La politique comme spectacle est un phénomène global, mais Trump a atteint le sommet. Deux choses peuvent arriver : que cet orgasme dure suffisamment pour qu’il batte Bernie Sanders (que la presse étiquette comme « populiste », comme si Hillary, Trump et toute l’industrie de la publicité n’étaient pas des exemples extrêmes du populisme), ou bien que nous sommes près du déclin accéléré de la réaction à une autre réalité imparable : le changement démographique.

Son recours dialectique consiste à dire que tout a empiré dans ce pays et que la solution consiste dans « je le ferai » sans donner la moindre piste de comment il pense le faire. Comme il ne peut pas expliquer comment il pense faire ce qu’il dit qu’il va faire, il fait appel à quelque chose que beaucoup d’Usaméricains font très bien : y croire. Pourquoi les gens doivent –ils croire qu’il saura comment faire ? Parce qu’il est riche. Si quelqu’un a de l’argent, alors c’ est un gagnant, et si c’ est un gagnant, c’est parce qu’il a raison. La même logique s’appliquait au Moyen Âge : quand l’un des concurrents faisait tomber l’autre chevalier lors d’une joute, la force de son bras démontrait qu’il avait raison, puisque Dieu n’allait pas être si injuste en donnant plus de force à celui qui était dans le faux. Avec la même logique, Rocky Marciano aurait démontré qu’Albert Einstein délirait. Pas seulement parce qu’il n’aurait pas résisté au premier coup de poing au visage mais parce que c’était un modeste professeur de Princeton.

L’idée qu’être riche prouve que l’on est dans le vrai, a été confirmée par la théologie calviniste, qui est basiquement celle sur qui s’assoit l’éthique d’une grande partie de la population de ce pays. Si Jésus a dit qu’il était plus probable qu’un chameau passe par le chas d’une aiguille qu’un riche atteigne le royaume des cieux, le protestantisme a démontré le contraire : si tu es riche, c’est parce que tu as été béni par Dieu et l’or ici sur la terre démontre que tu recevras tout l’or du ciel quand tu mourras.

Ce n’est pas étonnant, alors, qu’aujourd’hui presque tout le monde assume que le progrès scientifique, technologique et social dont nous jouissons, découle des riches et d’hommes d’affaires, quand toute liste d’hommes de sciences, inventeurs et des militants sociaux qui ont promu la liberté était interdite et barrée, jusqu’à il n’y a pas si longtemps, par les conservateurs au pouvoir, liste qui n’a rien de riche mais tout le contraire : la majorité a toujours travaillé dans des universités, dans des organismes étatiques comme la NASA ou sont salariés des compagnies privées. Presque tous appartiennent à la classe moyenne et presque aucun ne se consacre aux affaires, ni n’a de temps pour investir à la bourse, ni dans aucun des mégas business de messieurs comme Donald Trump.

Mais comme les narrations sociales proviennent de ceux qui arborent le pouvoir social, et celui-ci réside dans les capitaux financiers, il n’est pas étrange que les fourmis admirent tant le fourmilier et même qu’ils le choisissent, systématiquement, comme sénateur ou comme président.

Bien entendu le commerce a historiquement amélioré les sociétés avant même l’invention de l’écriture. Mais une chose est que les sociétés se servent du commerce, et une autre est que le commerce utilise les sociétés comme comodities. C’est à ce moment qu’il devient une idéologie dominante. On peut le voir dans l’éducation et dans les universités : déjà il ne reste presque aucun espace pour la formation générale de l’individu : ce qui importe est d’étudier une carrière qui apporte de l’argent. Cela s’appelle « retour » et se mesure méticuleusement dans un monde qui quantifie tout. On le voit aussi dans le déplacement des sciences humaines dans les écoles de commerce et dans la même tentative des sciences humaines de prouver qu’elles sont capables de se mettre à former des salariés et des entrepreneurs.

Cependant, Donald Trump a un grand mérite, si grand qu’il se protège lui même contre l’intelligence de son propre électorat. Un slogan qu’il se plaît à marteler : « Je suis riche, immensément riche ». Récemment, lors du premier débat républicain à Cleveland, il s’est vanté de la façon dont il utilise son argent : « J’ai dit à Hilary Clinton qu’elle vienne à mon mariage. Elle n’a pas eu le choix, puisque j’avais mis de l’argent dans sa fondation ».

Jorge Majfud pour El Correo de la diaspora latinoaméricaine

Traduit de l’espagnol pour El Correo de la diaspora latinoamericaine par : Estelle et Carlos Debiasi

El Correo de la diaspora latinoaméricaine Paris, 22 septembre 2015