El 1% más rico tendrá más que el resto de la población mundial en 2016

Oxfam Intermón pide a los partidos políticos que incorporen en sus programas electorales medidas concretas que reduzcan la desigualdad

“En el contexto actual, los ciudadanos no entenderían que los partidos políticos no pusieran el foco de sus programas económicos en medidas que permitan al Estado recaudar más de los que más tienen y redistribuir la riqueza en forma de inversión en servicios sociales básicos y políticas públicas que benefician a los más vulnerables”

La riqueza que poseen los 70 millones de personas más ricas del planeta podría superar el año que viene a la que tienen conjuntamente los 7.000 millones restantes,  según el informe titulado “Riqueza: tenerlo todo y querer más” que la organización hace público hoy en vísperas de la reunión anual del Foro Económico de Davos. Si no se toman medidas para detener el vertiginoso incremento de la desigualdad, el 1% más rico tendrá en 2016 más del 50% de toda la riqueza del planeta, más que el 99% de la población.

La organización internacional, cuya directora ejecutiva, Winnie Byanyima, copresidirá este año la reunión en Davos, ha advertido de que el aumento descontrolado de la desigualdad está lastrando la lucha contra la pobreza a nivel mundial. A día de hoy, una de cada nueve personas carece de alimentos suficientes para comer y más de mil millones de personas aún viven con menos de 1,25 dólares al día.

“Este último año hemos visto como líderes mundiales de la talla de Barak Obama o Christine Lagarde han hablado sobre la necesidad de combatir la desigualdad extrema, pero aún estamos esperando que muchos de ellos prediquen con el ejemplo. Ha llegado el momento de que nuestros líderes se enfrenten a los intereses creados que impiden lograr un mundo más justo y próspero”, afirma Byanyima que aprovechará la reunión de Davos para hacer un llamamiento urgente a la acción más allá de los discursos.

Farmacéutico, finanzas y seguros, los sectores que más se enriquecen

Oxfam también muestra su preocupación a que el poder de los grupos de presión puede suponer que las políticas se inclinen a favor de los intereses de unos pocos frente a las necesidades de la mayoría y sean en la práctica una barrera significativa, por ejemplo, al acceso a medicamentos vitales a las personas más pobres.

El 20% de los milmillonarios tiene intereses en los sectores financiero y de seguros, y vieron cómo el valor de su fortuna aumentó un 11% en los doce meses anteriores a marzo de 2014. En 2013, estos sectores de actividad emplearon 550 millones de dólares en financiar ejércitos de lobistas para influir sobre las políticas que se deciden desde Washington y Bruselas. En esta misma línea, los sectores farmacéutico y sanitario gastaron en lobby unos 500 millones de dólares y se han convertido en uno de los que más se enriquecen puesto que la fortuna de los milmillonarios con intereses en estos campos se incrementó en un 47% en el último año.

España necesita compromisos políticos

España es el segundo país más desigual de Europa, tan solo por detrás de Letonia. Y es también el país en el que el sistema fiscal (con las políticas de ingresos y gastos) es menos efectivo en la reducción de la desigualdad. Mientras el 1% más rico de la población española concentra más riqueza que el 70% más pobre, la dirección de las políticas actuales refuerza esta concentración de riqueza en manos de unos pocos en lugar de buscar una mayor redistribución y equidad.

En este contexto Oxfam Intermón ha comenzado una ronda de contactos con los distintos partidos políticos de cara a los procesos electorales de este año. El objetivo es que incorporen en sus programas electorales medidas concretas para reducir la desigualdad.

“Recientemente todos los partidos políticos de la oposición se comprometieron públicamente con la iniciativa de Oxfam intermón por unos Presupuestos Generales del Estado de la Equidad. Esperamos que este compromiso se plasme en sus programas electorales”, afirma José María Vera, director general de Oxfam Intermón”, afirma José María Vera, director general de Oxfam Intermón.

“En el contexto actual, los ciudadanos no entenderían que los partidos políticos no pusieran el foco de sus programas económicos en medidas que permitan al Estado recaudar más de los que más tienen y redistribuir la riqueza en forma de inversión en servicios sociales básicos y políticas públicas que benefician a los más vulnerables”, concluye Vera.

Estas peticiones se unen a las demandas que la organización hace también a nivel internacional, un llamamiento a los Gobiernos a adoptar un plan de siete puntos para luchar contra la desigualdad:

  • Hacer de la lucha contra la desigualdad un objetivo internacional
  • Distribuir el esfuerzo fiscal de forma justa y equitativa, trasladando la carga tributaria del trabajo y el consumo al patrimonio y el capital
  • Frenar la evasión y la elusión fiscal por parte de grandes empresas y los más ricos.
  • Invertir en servicios públicos gratuitos y universales, como la educación o la sanidad.
  • Fijar un salario mínimo para que todos los trabajadores alcancen un nivel de vida digno.
  • Lograr la igualdad salarial y promover políticas económicas a favor de las mujeres.
  • Garantizar sistemas de protección social adecuados para las personas más pobres incluidos un sistema de garantía de ingresos mínimos.

Existen cada vez más evidencias, tanto del Fondo Monetario Internacional como de otros organismos, de que la desigualdad extrema no sólo perjudica a los más pobres, sino que también daña el crecimiento económico del conjunto de la sociedad.

El pasado año, durante el Foro Económico Mundial, Oxfam reveló que las 85 personas más ricas del mundo poseían casi la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial: 3.500 millones de personas. Esta cifra es ahora de tan solo 80 personas; una disminución impresionante si tenemos en cuenta que en 2010 eran 388 personas. En términos de efectivo, la riqueza de las 80 personas más ricas se ha duplicado entre 2009 y 2014.

Notas a los editores:

El informe Riqueza: tenerlo todo y querer más.

Los datos sobre la riqueza de los correspondientes 1%, 50%, 80% y 99% de la población mundial han sido extraídos del Credit Suisse Global Wealth Datebook (2013 y 2014) https://www.credit-suisse.com/uk/en/news-and-expertise/research/credit-suisse-research-institute/publications.html. Oxfam ha calculado el aumento previsto para 2016 de la riqueza del 1% más rico de acuerdo con dichos datos.

La riqueza del 80% más rico se ha calculado en base a la lista de millonarios de Forbes:http://www.forbes.com/. Datos anuales extraídos de la lista publicada en marzo.

Credit Suisse realizó cambios en su metodología de cálculo entre 2013 y 2014. Utilizando esta nueva metodología, la cifra de 85 personas para el pasado año sería, ahora, de 92. Esto significa que el número de milmillonarios que poseían la misma riqueza que los 3.500 millones de personas más pobres del mundo ha disminuido de 92 a 80 en doce meses.

Más información sobre la campaña Iguales en http://bit.ly/DavOXNp

Wealthiest 1% will soon own more than the rest of the world’s population combined

The purse of the one percent

Who controls the world’s wealth

GLOBAL wealth has increased from $117 trillion in 2000 to $262 trillion this year. That comes to $56,000 for each adult on earth. But the fortune is far from evenly distributed. In 1906 the Italian economist Vilfredo Pareto observed that 80% of land was owned by just 20% of the Italian population. Today 94.5% of the world’s household wealth is held by 20% of the adult population, according to new data from Credit Suisse.

Wealth is so unevenly distributed, that you need just $3,650 (less debts) to count yourself among the richest half of the world’s population. A mere $77,000 brings you among the wealthiest 10%. And just $798,000 puts you into the ranks of the 1%—within the reach of many white-collar urban professionals in the West. Hence, more than 35m people carry such a plump purse. Among the three billion adults at the bottom with less than $10,000 in wealth, 90% reside in developing countries. Yet 15% of millionaires live in developing countries too.

L’ennemi intérieur

Le terrorisme ne se justifie en rien, mais s’explique en tout

Spanish: El enemigo interior

Le plus grand danger qui menace l’Occident se trouve dans l’Occident lui-même : il suffirait de rappeler que si la démocratie, la lutte pour la liberté individuelle et pour les Droits de l’homme sont bien occidentales, non moins occidentales sont la censure, la persécution, la torture, les camps de concentration, la chasse aux sorcières, la colonisation par la force des armes ou du capital, du racisme, etc.
 
Comme nous l’enseigne bien l’histoire, deux ennemis qui se combattent aveuglement et obsessionnellement tôt ou tard finissent par se ressembler l’un à l’autre. Ce fut, plus ou moins, ce qui est survenu pendant la dite Reconquista en Espagne. Sauf qu’à l’époque la tolérance politique et religieuse fut plus grande dans l’Espagne islamique que dans la catholique. L’idée et la pratique selon lesquelles des juifs, des chrétiens et des musulmans ont pu vivre et travailler ensemble durant longtemps se sont avérées inacceptables pour la nouvelle tradition suivie par les rois catholiques. Après l’expulsion des maures et des juifs en 1492, s’en sont suivies des purifications ethniques, linguistiques, religieuses et idéologiques successives.
En revenant au présent, nous voyons qu’une enquête récente montre que 62 % des Allemands non musulmans considère que l’islam est incompatible avec le « Monde occidental », ce qui démontre que l’ignorance n’est pas non plus incompatible avec l’Occident. Il y a moins d’un siècle, une grande majorité pensait la même chose des juifs en Allemagne, et aux États-Unis d’Amérique, on craignait le danger imminent d’une invasion de catholiques fanatiques traversant l’Atlantique vers la terre de la liberté. L’enquête est publiée par le Wall Street Journalsous le titre : « L’Allemagne reconsidère la place de l’islam dans sa société ». Des titres semblables sont légion tous les jours. C’est comme si de par l’existence du Ku Klux Klan, un quotidien publiait à la une : « Les États-Unis d’Amérique reconsidèrent la place du christianisme dans leur société ». C’est ce type d’ignorance qui met vraiment en danger (le meilleur de) l’Occident, ce pourquoi maintenant les leaders du monde se scandalisent (et profitent, une fois encore, d’une occasion parfaite de se faire prendre en photos en défilant à la tête des masses) : la liberté d’expression dans toutes ses formes et la tolérance pour la diversité.
Si nous mesurions objectivement le danger d’actes barbares comme ceux récemment survenus à Paris, en termes mathématiques, nous pourrions clairement voir que les possibilités de n’importe quel citoyen de mourir dans un acte semblable sont infinitésimales en comparaison du danger réel que quelqu’un nous colle une balle parce que notre voiture lui plait, ou parce la façon dont nous habillons, ou dont nous nous exprimons ne lui plait pas. Les massacres quotidiens qui, dans des pays comme les USA ou le Brésil, surviennent tous les jours sont pris de façon si naturelle que chaque matin dans les infos les prévisions météorologiques suivent. Ainsi qu’il pleuve ou qu’il fasse soleil, chaque jour quelques types tirent quelques balles sur quelques autres types. Mais cela n’est pas une info, ni scandalise personne. Premièrement parce que nous sommes habitués ; deuxièmement parce que les groupes au pouvoir ne peuvent pas capitaliser trop sur ce type de violence. Au contraire, c’est une affaire discrète.
Maintenant, si quelqu’un tue cinq ou neuf personnes et le fait drapé dans le drapeau de l’ennemi, alors là, toute une nation, toute la civilisation est un danger. Parce que pour le pouvoir, il n’y a rien de meilleur que ses propres ennemis.
Certes, on pourrait argumenter qu’il s’agit d’un problème de valeurs. Mais aussi, ici, il y a une grossière erreur de jugement. L’idée répétée que l’Islam provoque la violence, en conséquence qu’il est nécessaire de confiner, ou mieux d’exclure ses adeptes, esquive le fait que cette religion a plus d’un milliard de fidèles et qu’une partie infinitésimale d’entre eux commettent des actes barbares, en incluant les fanatiques de l’État Islamique. D’autre part, des lois religieuses comme celle qui ordonne de lapider une femme infidèle, ne sont pas dans le Coran, mais dans la Bible ; dans certains passages, la Bible tolère et même recommande l’esclavage et la soumission et aussi le silence des femmes. Quelqu’un accuserait-il le christianisme d’être une religion raciste, machiste et violente ? Encore une fois : ce n’est pas la religion, c’est la culture.
Mais la narration de la réalité est plus puissante que la réalité. Ceux qui identifient l’islam à la violence, le font pas uniquement par intérêts tribaux, par préjugés raciaux ou culturels ; ils le font aussi parce qu’ils ignorent ou préfèrent ne pas se rappeler que les croisades qui pendant des siècles ont rasé des peuples entiers sur le chemin de l’Europe à Jérusalem, c’est-à-dire du monde barbare vers le centre civilisé de l’époque, n’étaient pas musulmanes mais chrétiennes, aussi chrétiennes que n’importe qui ; que les inquisiteurs qui ont torturé et brûlé vifs des dizaines de milliers de personnes pendant des siècles pour le seul fait de ne pas observer le dogme, étaient chrétiens, non musulmans ; que les hordes les plus récentes du Ku Klux Klan sont chrétiennes, non musulmanes ; que Franco, Hitler et presque tous les dictateurs sanglants qui en Amérique Latine ont séquestré, torturé, violé et tué des innocents ou des coupables de dissidence, avaient l’habitude de participer à la messe tandis que la hiérarchie ecclésiastique de l’époque bénissait leurs armes et leurs actions.
Mais nous serions intellectuellement barbares si, basés sur ce passé proche et présent, nous terminions en jugeant que le christianisme est une religion violente (comme ça, au singulier), une menace potentielle pour la civilisation.
Les actes actuels du terrorisme islamiste ne sont pas seulement la conséquence d’un long développement historique. Évidemment, ils doivent être condamnés, poursuivis et traités avec tout le poids de nos lois. Mais nous serions mortellement ingénus si nous croyions que notre civilisation est en danger à cause d’eux. Si elle est dans un danger, c’est par nos propres déficiences, qui incluent les opportunistes réactionnaires qui attendent les actions de l’ennemi pour élargir leur contrôle idéologique, politique et moral sur le reste de leurs propres sociétés.
Pour ces gens, peu importe que le policier assassiné pour défendre Charlie Hebdo fut un musulman, ni que le fut aussi l’employé du magasin casher qui a sauvé sept juifs en les cachant dans la chambre froide du commerce. Ce qu’importe est de nettoyer leur pays « des autres », de ces « nouveaux venus », comme si les pays avaient des propriétaires.
Le terrorisme ne se justifie en rien, mais il s’explique en tout. Regarder l’histoire, avec plus d’un siècle d’interventionnisme et d’agressions occidentales au Moyen-Orient, n’est pas un détail ; c’est un devoir. Pour deux raisons : d’abord parce que est fondamental pour comprendre le présent ; deuxièmement parce que le passé démontre, sans doute, que la violence n’est la propriété d’aucune religion mais de cultures déterminées à des moments déterminés dans des conditions politiques et sociales déterminées.
(Traduit de l’espagnol pour El Correo par : Estelle et Carlos Debiasi)
– Jorge Majfud, auteur uruguayen et professeur de littérature latino-américaine à l’Université de Géorgie, Etats-Unis d’Amérique.

http://alainet.org/active/80178&lang=es

Jorge Majfud, enero 2015

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El enemigo interior

French: L’ennemi intérieur

El terrorismo no se justifica con nada, pero se explica con todo.

El mayor peligro que amenaza Occidente se encuentra en Occidente mismo: bastaría con recordar que si la democracia, la lucha por las libertades individuales y por los Derechos Humanos son bien occidentales, no menos occidentales son la censura, la persecución, la tortura, los campos de concentración, la caza de brujas, la colonización por la fuerza de las armas o del capital, el racismo, etc.

Como bien enseña la historia, dos enemigos que se combaten ciega y obsesivamente uno a otro tarde o temprano terminan por parecerse. Más o menos eso fue lo que ocurrió durante la llamada Reconquista en España. Solo que por entonces la tolerancia política y religiosa era bastante más abundante en la España islámica que en la católica. La idea y la práctica de que judíos, cristianos y musulmanes pudieron vivir y trabajar juntos por mucho tiempo resultaron inaceptables para la nueva tradición que siguió a los reyes católicos. Luego de la expulsión de moros y judíos en 1492 siguieron sucesivas limpiezas étnicas, lingüísticas, religiosas e ideológicas.

Volviendo al presente vemos que una reciente encuesta muestra que el 62 por ciento de los alemanes no musulmanes considera que el Islam es incompatible con el “Mundo occidental”, lo que demuestra que la ignorancia no es incompatible con Occidente tampoco. ​No hace un siglo una amplia mayoría pensaba lo mismo de los judíos en Alemania y en Estados Unidos se temía por el peligro inminente de una invasión de católicos fanáticos cruzando el Atlántico hacia la tierra de la libertad.  ​La encuesta es publicada por el Wall Street Journalbajo un titular que dice: “Alemania se replantea el lugar del Islam en su sociedad”. Titulares semejantes abundan por estos días. Es como si por la existencia del Ku Klux Klan un diario publicara en primera plana: “Estados Unidos se replantea el lugar del cristianismo en su sociedad”. Es este tipo de ignorancia que pone en verdadero riesgo a (lo mejor de) Occidente, eso mismo por lo cual ahora los líderes del mundo se rasgan las vestiduras (y aprovechan, una vez más, otra perfecta oportunidad para sacarse fotos desfilando frente a las masas): la libertad de expresión en todas sus formas y la tolerancia a la diversidad.

Si fuésemos a medir objetivamente el peligro de actos barbáricos como los recientes en Paris, en términos matemáticos, claramente podríamos ver que las posibilidades de cualquier ciudadano de morir en un acto semejante son infinitesimales en comparación al real peligro de que alguien nos pegue un tiro porque le gusta nuestro auto o porque no le gusta como vestimos o nos expresamos. Las masacres diarias que en países como Estados Unidos o Brasil ocurren cada día son tomadas de forma tan natural que cada mañana en los informativos siguen al pronóstico meteorológico. Así como llueve o sale el sol, cada día unos tipos le pegan unos cuantos tiros a unos cuantos otros. Pero eso no es noticia ni escandaliza a nadie. Primero porque estamos acostumbrados; segundo porque los grupos en el poder social no pueden capitalizar demasiado ese tipo de violencia. Por el contrario, es un secreto negocio.

Ahora, si alguien mata a cinco o nueve personas y lo hace envuelto en la bandera del enemigo, entonces toda una nación y toda la civilización están en peligro. Porque para el poder no hay nada mejor que sus propios enemigos.

Claro, se podría argumentar que se trata de un problema de valores. Pero también aquí hay un grosero error de juicio. La repetida idea de que el Islam promueve la violencia, por lo cual es necesario limitar, sino excluir a sus seguidores, soslaya el hecho de esa religión tiene más de mil millones de seguidores y una infinitésima parte de ellos cometan actos barbáricos, incluidos los fanáticos del Estados Islámico. Por otra parte, leyes religiosas como la que manda ejecutar a pedradas a una mujer infiel no están en el Corán sino en la Biblia; en ciertos pasajes, la Biblia tolera y hasta recomienda la esclavitud y la sumisión y también el silencio de las mujeres. ¿Alguien acusaría al cristianismo de ser una religión racista, machista y violenta? Otra vez: no es la religión; es la cultura.

Pero la narrativa de la realidad es más poderosa que la realidad. Aquellos que identifican al Islam con la violencia no solo lo hacen por intereses tribales, por prejuicios raciales o culturales; también lo hacen porque desconocen o prefieren no recordar que las cruzadas que durante siglos arrasaron pueblos enteros en su camino de Europa a Jerusalén, es decir desde el mundo bárbaro hacia el centro civilizado de la época, no eran musulmanes sino cristianos, tan cristianos como cualquiera; que los inquisidores que torturaron y quemaron vivos a decenas de miles de personas durante siglos por el solo hecho de no observar el dogma, eran cristianos, no musulmanes; que las más recientes hordas del Ku Ku Klan son cristianos, no musulmanes; que Francisco Franco, Hitler y casi todos los sangrientos dictadores que en América Latina secuestraron, torturaron, violaron y mataron inocentes o culpables de disidencia solían concurrir a misa mientras la jerarquía eclesiástica de la época bendecía sus armas y sus acciones.

Pero seríamos intelectualmente bárbaros si basados en semejante pasado y presente terminásemos juzgado que el cristianismo es una religión violenta (así, en singular), una potencial amenaza para la civilización.

Los actuales actos de terrorismo islamista no son solo la consecuencia de un largo desarrollo histórico. Obviamente, deben ser condenados, perseguidos y sujetos de todo el peso de nuestras leyes. Pero seríamos mortalmente ingenuos si creyésemos que nuestra civilización está en peligro por ellos. Si está en peligro, es por nuestras propias deficiencias, que incluyen a los oportunistas reaccionarios que esperan las acciones del enemigo para expandir su control ideológico, político y moral sobre el resto de sus propias sociedades.

Para esa gente de nada importa que el policía asesinado por defender a Charlie Hebdo fuese un musulmán ni que también lo fuera el empleado de la tienda cosher que salvó a siete judíos escondiéndolos en el refrigerador del comercio. Lo que importa es limpiar sus países de “los otros”, de los “recién llegados”, como si los países tuviesen dueños.

El terrorismo no se justifica con nada, pero se explica con todo. Mirar a la historia, a más de un siglo de intervencionismos y agresiones occidentales en Medio Oriente no es un detalle; es un deber. Por dos razones: primero porque forma parte fundamental para entender el presente; segundo porque el pasado diverso demuestra, sin duda, que la violencia no es propiedad de ninguna religión sino de determinadas culturas en determinados momentos bajo determinadas condiciones políticas y sociales.

Jorge Majfud, enero 2015

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