Las democracias y sus sustitutos

Las democracias y sus sustitutos

 

 

Estado de situación: qué democracias nos promete la nueva Guerra Fría

De repente, el mundo cambió y no una, sino varias veces. Espías disidentes, países que anexan pedazos de otros, conflictos internos imparables. Un diálogo con Jorge Majfud.

 

por Gabriel Conte :  gconte@mdzol.com

Version digital en http://www.mdzol.com/nota/524556-estado-de-situacion-que-democracias-nos-promete-la-nueva-guerra-fria/

 por Gabriel Conte@ConteGabriel– Estado de situación30 de Marzo de 2014

 

Entrevista (parte 1)

 

 “Lo peor que le puede pasar a una democracia es dejar a la política en manos de los políticos”. La frase la lanza en forma provocadora desde su despacho en Jacksonville University, en EEUU, Jorge Majfud, el uruguayo que es uno de los escritores de origen latinos más destacados de ese país. Tanto así que está entre los finalistas del premio más importante para este año: el “International Latino Book Awards”.

Majfud es arquitecto, pero además es máster en literatura y doctor en Filosofía y Letras. Y es esto último, junto con la literatura, lo que lo ha marcado. Traductor y prologuista de académicos como Noam Chomsky lo han dejado reservado a un sector del público lector, aunque ha podido llegar a porciones mayores con sus columnas en Milenio (México), La República (Uruguay), Cambio 16 y La Vanguardia (España), Courier International de Paris (Francia), Political Affairs y The Huffington Post, de Nueva York, Jornada de Bolivia, El Nuevo Herald de Miami, Página/12 de Buenos Aires y –por qué no decirlo- de MDZ, en donde sus textos y su palabra no han pasado desapercibidos.

Pero en los últimos meses se produjo una impasse en su presencia mediática. Justo, cuando –en todo caso- más se lo “necesitaba”, digamos, para decodificar una realidad que los medios, muchas veces, nos esmeramos por no analizar, sino en oficiar de espejos (muchas veces deformes) de otros medios.



Lanzada su provocación en tiempos en que cunden los gobiernos elegidos popularmente y derrocados de la misma forma, antes de tiempo; en que unos países deciden abiertamente qué pasará mañana adentro de otro y en los que el orden mundial se ve trastocado por jugadas geopolíticas fuera de agenda, la tomamos, para tentarlo a profundizar en el presente, sabiendo que el resultado de la charla no será jamás la hipnotización del lector, sino un puntapié hacia el pensamiento crítico.

 

Hace algún tiempo que no leemos sus columnas en los diarios…

-Cuando supe que 85 personas en el mundo poseían la misma riqueza que la mitad de la población del mundo, me di cuenta que todo estaba dicho. Como yo nunca quise ser rico, me resultaría indiferente este hecho si esos que sí se mueren por serlo nos dejaran de gobernar.

¿Es una ironía?

– Un poco. Pero también es verdad.

¿Cómo nos gobiernan “los ricos”?

– Más que los ricos, que ya son casi los nuevos proletarios, los megarricos, las corporaciones, lo que viene a ser una nueva paradoja, ya que si en el Renacimiento el dinero significó el fin de la aristocracia y sus privilegios de clase y de sangre, hoy en día ese mismo dinero ha creado un neo feudalismo donde las corporaciones son ducados y principados cerrados, con algunas muy publicitadas excepciones, obviamente. Ahora, si usted mira la desproporción de la propiedad del dinero se dará cuenta quién tiene la capacidad de dictar narraciones y quienes sólo pierden su tiempo replicando. Es un ejercicio dialectico, parecido a los torneos que se hacían en la antigua Grecia. Puro deporte dialectico. Últimamente me he desencantado de las posibilidades de este tipo de lucha. Probablemente regresaré, porque no es fácil dejar un vicio, pero ya no creo que sea el mismo joven optimista de unas décadas atrás. Por otro lado, también me desencanta un poco percibir cómo domina la “mentalidad de fútbol” en las disputas dialécticas. Unos se ponen de un lado y los otros del otro y todo lo que leen o dicen sirve para defender sus ideas y no para cuestionar las propias.

Aunque admiro a José Martí, no estoy de acuerdo con su optimismo acerca de que las “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”. Sí, valen más, pero cuánto mal hacen también.

¿Se puede creer todavía en la política?

– Esa pregunta contiene una suposición epistemológica más antigua que Amenofis IV: la verdad existe y es única. En política no hay verdades, hay intereses. Claro que podemos medirla también desde un punto de vista moral. Por lo tanto, a esa pregunta hay que contestarla que sí y no. Si bien la política es un área fundamental en la existencia humana, pocas cosas hay más superficiales que las opiniones políticas.

Peor: podemos ver que todavía hay una fuerte intoxicación de política en muchos países, como en Venezuela o en Estados Unidos, lo cual es tan mortal como la indiferencia radical. Ahora, más allá de todos los relativismos, podemos pensar que debe haber unos pocos puntos fijos, como por ejemplo la tolerancia, eso que tanto falta hoy en día en tantas partes del mundo. Si no es por los odios políticos, es por los odios religiosos o por los odios deportivos o por los nacionales que últimamente se reduce a medirse el tamaño del PIB. Mientras unos pocos se benefician de tanto odio, el resto lo practica: unas ideas y unas pasiones sirven a las corporaciones privadas, otras sirven a los caudillos de turno. Todos, siempre, tienen comprensibles excusas para mantenerse en el poder.

 

¿Hacia dónde nos dirigimos en política, entonces?

– En los años 90, en contra de la ola neoliberal que celebraba la derrota de los débiles, yo era de la opinión de que la historia se estaba moviendo de una democracia representativa a una democracia directa. En el 2003 la opción me parecía todavía en curso, aunque seguía publicando que luego de una gran crisis económica y de sistema como consecuencia de la guerra en Irak y de movimientos sociales de desobediencia, la humanidad se debatiría entre más democracia o más control del Estado. Por alguna oscura razón todavía creo que nos dirigimos a una mayor democracia directa, pero el presente parece contradecir mi predicción y, por el contrario, nos muestra un fuerte avance de totalitarismos no tradicionales.

Democracia no es solo votar. Cada tanto, el dictador Stroessner se hacía plebiscitar para legitimarse. En Corea del Norte y China, como en Cuba hay “elecciones”, aunque no pluripartidarias. ¿De qué calidad sería esa “democracia directa” de la que usted habla? ¿A nivel muy local? Se volvería a un dialogo oportunista con las masas para avalar decisiones? ¿Qué será del sistema de partidos políticos?

– Cuba fue una Revolución en los 60, una de las más importantes del siglo XX. Hoy es apenas un régimen conservador, aferrado a una religión. Por democracia directa me refería a la posibilidad de tomar decisiones por parte de los pueblos de forma inmediata o, al menos, no condicionada por ciclos electorales. Los representantes ya no representan nada más que una tradición, como los reyes en la vieja Europa. Son resabios de la inercia histórica.

Sin embargo, la madurez de la Sociedad Desobediente está mucho más lejos de lo que pensaba veinte años atrás. Sus principales instrumentos, las redes de comunicación, aún no alcanzan a ser verdaderas herramientas democráticas; todavía son juguetes. Digo todavía, como un aviente atisbo de optimismo.

 ¿Por ejemplo?

– …Como por ejemplo el totalitarismo financiero de las democracias occidentales, (o como se llamen, aunque prefiero una democracia entre comillas a una dictadura con mayúscula), como por ejemplo el control astronómico del hipergobierno de Estados Unidos debido a las nuevas tecnologías, totalmente a contrapelo de sus valores fundacionales.  Como por ejemplo el autoritarismo menos abstracto de gobiernos partidistas o personalistas como los de China y Rusia, o la torpeza personalista de Maduro en Venezuela, etc.

¿Se dirige Estados Unidos a una forma de totalitarismo?

– En muchos aspectos ya lo es, aunque en otros todavía tenemos algo que se llaman leyes que, afortunadamente, son el último recurso de los que no tienen poder. Como la antigua Atenas de Pericles, es una democracia fronteras adentro y un poder arrogante fronteras afueras. Claro que, como los mismos atenienses se justificaban antes las quejas de Esparta y de otros pueblos diciendo “ustedes se quejan porque no pueden hacerlo como nosotros podemos”, cualquier otra opción sería igual. O peor, si consideramos una China o una Rusia con la misma capacidad de crear y destruir como Estados Unidos. Pero esto último es pura especulación.

 

(Parte II)

¿La sociedad estadounidense se ha vuelto más radical?

– No. Al menos desde un punto de vista humanístico, la sociedad es menos fundamentalista que lo era en los años cincuenta e, incluso en los ochenta. Ahora se acepta mucho mejor la verdadera naturaleza de este país, que consiste en una inabarcable diversidad. Personalmente, ésta es la característica que más me apasiona de este país: su infinita diversidad, esa fértil obviedad que tanto cuesta ver desde afuera. Pero si vamos a juzgar los sentimientos populares que se desprenden de sus narrativas sociales, quizás podamos abusar de un aforismo y decir que hay dos tipos de personas que odian la enorme diversidad de Estados Unidos: uno son los antiestadounidenses; los otros son los estadounidenses…  esos nacionalistas que en todos los países pretenden hacerse pasar por los verdaderos ciudadanos. Ahora, cuando hablo del totalitarismo de Estados Unidos no me refiero a la sociedad, quizás ni siquiera al gobierno de turno, sino a las megas corporaciones y a los sistemas de control ejercidos por los aparatos del gobierno: control de los individuos, violación de su privacidad, control de las narrativas sociales, etc. Como todo totalitarismo, no es total. Menos este producto paradójico de un país tan diverso y complejo. El solo hecho de que podamos criticarlo es un indicio que lo demuestra, creo.

Es decir que sigue siendo un país de leyes.

– Si. No obstante, las corporaciones y los lobbies se las arreglan muy bien para que las leyes no sean un obstáculo, es decir, para extender sus poderes sin necesidad de violar leyes escritas. Por ejemplo, si bien la casi infinita capacidad de la NSA, un organismo del gobierno superior a cualquier imaginario Gran Hermano, puede ser considerada ilegal desde algún punto de vista, o al menos cuestionable desde un punto de vista constitucional o moral, el abrumador poder de las corporaciones en la opinión pública es perfectamente legal. El problema es que las soluciones para limitar este poder privado han consistido, al menos en la experiencia de otros países como Venezuela, en el abuso del poder estatal, lo cual no ha solucionado el problema sino que ha creado otros. Venezuela, radicalizada para su mal, un partido o el otro pueden disputarles a las familias tradicionales, a los dueños de los grandes medios, el poder de crear “opinión pública” mediante el poco recomendable método del conflicto y la proscripción. Por el contrario, los gobiernos deberían propiciar la disidencia y la libertad individual (la única libertad real) en todas sus formas posibles. Para esto yo insistiría con algo que he repetido desde hace años: lo peor que le puede pasar a una democracia es dejar a la política en manos de los políticos. Un gobierno debe dar la bienvenida a la crítica y a la protesta, si es necesario, y tratar de integrar a los disidentes que siempre son y deben ser parte de la sociedad. Tal vez Uruguay es uno de esos ejemplos concretos de tolerancia política en nuestro continente. Podemos discutirlo todo, podemos cuestionarlo todo, pero en una democracia la tolerancia es la única verdad política posible.

Los intelectuales estadounidenses siempre se hablan de “las corporaciones”, pero ¿se puede ser más preciso, por ejemplo, en cómo actúan supuestamente estos grupos?

– Es muy simple: ellas no necesitan ser dueñas de ningún medio. Les basta con ser los principales anunciantes. Por ejemplo, si yo soy el dueño de la mayor fábrica de jabones en mi pueblo y el diario y todos sus trabajadores, periodistas y demás asalariados dependen de mis anuncios, seguramente ninguno de ellos se pondría a investigar sobre mis negocios, ni siquiera sus columnistas insistirían cada semana en atacar mis ideas políticas. Eso, más o menos, es lo que ocurre a gran escala en el mundo desarrollado hoy. Antes los diarios eran más independientes porque vivían de las ventas de sus ejemplares, pero hoy ese ingreso es mínimo, cuando no simbólico.

¿Hacia dónde se dirige la política en Estados Unidos?

– Me temo que Estados Unidos se dirige a una política étnica, al menos a nivel partidario. Desde un punto de vista humanístico y democrático, no tiene sentido que uno pueda adivinar las preferencias políticas sólo con ver el color de piel de una persona o su lugar de residencia, pero el hecho concreto es que actualmente es así. Antes esta previsibilidad venía, fundamentalmente, de las clases sociales. En cierta medida, en América Latina los odios siguen siendo de clase pero, sobre todo, son odios ideológicos, que vienen a ser un sustituto de los pasados odios religiosos de Europa la que, por su parte, se ha volcado a las disputas nacionalistas.

Es decir, América Latina se ha estancado en el siglo XX, Europa ha retrocedido a la Era Moderna de los siglos XVIII y XIX y Estaos Unidos se dirige, como siempre, a romper todas las barreras y practicar una política de la Edad Madia y, en pocos años, una política de las cavernas, donde las etnias son más importantes que las supersticiones religiosas e ideológicas. Sea como sea, el antídoto para evitar la catástrofe se basa en la novedad introducida por los humanistas del Renacimiento y por el Iluminismo de la Era Moderna: la tolerancia a la diversidad, ya que no el reconocimiento de su naturaleza constitucional.

¿Cuál es el modelo a seguir en el mundo?

– Tal vez no debería haber un modelo. Quizás una tendencia histórica, quizás una condición natural del ser humano, que se resumiría en la anarquía. No obstante, y aunque la humanidad den los últimos novecientos años ha dado grandes pasos hacia esa utopía, sigue siendo una utopía y probablemente lo será por siempre. El equilibrio está, entonces, en la mayor libertad individual posible y la mínima autoridad y control de parte de un grupo minoritario, sea éste el Estado o las corporaciones privadas, las que tanto se parecen a los principados de la Edad Media y del Renacimiento.

Desde su punto de vista, vamos hacia una nueva bipolaridad con “guerra fría” entre EEUU más Europa contra Rusia, la América chavista, Irán y China?

– Ya existe, desde hace algún tiempo, una neo Guerra Fría. En alguna medida Rusia se parece a la humillada Alemania de la entreguerras: un pasado imperio al más antiguo estilo de anexar territorios viviendo un renacimiento nacionalista. Por el otro, las potencias occidentales haciendo su negocio de siempre, aunque con algunos riesgos, como es el caso de Europa. Para Estados Unidos, muy a pesar de las criticas que los conservadores le hacen a Obama, la situación es mucho más favorable de lo que parece. Significa la perfecta excusa para tomar parte de otro de los países de la Europa del Este, descuartizados por los intereses de las potencias opuestas. Como escribí hace más de una década, los países árabes y el persa no son más que una distracción en un conflicto más amplio: Estados Unidos y Europa por un lado y China y Rusia por el otro. Pero yo no diría bipolaridad, aunque la mente humana tiende siempre a las confrontaciones de partidos bipolares. Yo diría multipolar con potencias dominantes.

Hace unos días revisé los pronósticos de los thinks tanks para 2014.El que más prensa tuvo a finales de 2013 no dijo ni jota de Ucrania, salvo lo que veía en ese momento: “una crisis interna”. ¿Será que está más imprevisible el mundo debido a la rapidez con que se caen estrategias y se difunden datos secretos gracias a gente como Assange o Snowden? ¿O que “todo está fuera de control”? 

– El mundo no es imprevisible sino que su complejidad es tan inabarcable que nadie puede preverlo todo. Así ha sido siempre. Con todo, lo de Ucrania no es tan grave. Todos están haciendo un gran negocio, menos los ucranianos, lo cual es parte de un patrón histórico, sobre todo en el área. ¿Cuándo las potencias mundiales no sacaron ventajas de las intervenciones en los países de Europa del Este? Hace siglos que viene ocurriendo y seguirá ocurriendo.

 

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La tolérance est le vin des peuples

Español: La tolerancia es el vino de los pueblos

La tolérance est le vin des peuples

par Jorge Majfud *

Toutes les versions de cet article : [Español] [français]

Mon père était le quatrième ou cinquième fils d’une douzaine qu’un mariage d’immigrants libanais, chrétienne elle et probablement lui aussi, a donné à l’Uruguay. Toute son enfance il l’a vécue dans la misère, e grattant les racines du champ pour manger, e mettant les pieds déchaussés dans le fumier des vaches pour amoindrir le froid des aubes givrées, se battant avec d’autres pauvres pour les os que le Frigorífico Tacuarembó rejetait.

Il était un enfant de l’école quand avec ses frères il travaillait déjà en pétrissant de la boue pour faire des briques ou en plantant des légumes qu’il vendait ensuite au village. Quand un frère revenait de l’école, l’autre le retrouvait à la sortie du village pour lui prendre ses chaussures.

Avec le temps, aux alentours des années cinquante, mon père a réussi à partir à la capitale pour étudier la menuiserie et la radiophonie et de retour dans son village il a ouvert son Usine de meubles, comme il la nommait, en plus de commencer diverses affaires et de fonder un Rotary Club et une coopérative bancaire avec une certain réussite. Pendant le jour il travaillait dans sa pharmacie ou cherchait une vache perdue dans un de ses champs et les nuits, pendant trente ans, il a donné des cours à l’école technique. Ses collèges riaient de son habileté à s’en dormir assis ou encore débout.

« si je revenait vivre, je travaillerais moins et jouirais plus », c’était l’une des dernières choses qu’il m’a dite par téléphone, non par amertume mais pour me donner un nouveau conseil, qui s’est trouvé le dernier. Notre dernière conversation fut sur un ton de plaisanteries, parce que on ne sait jamais le signifiant de chaque moment.

Le jour suivant ses obsèques, en marchant par les recoins de la ville de mes vies précédentes, comme si je promenais la tristesse avec l’espoir secret de qu’elle se perde dans un coin de rue, j’ai croisé de nombreuses personnes, trop nombreuses pour le moment, la majorité d’entre elles je ne les connaissais pas ou n’arrivais pas à les reconnaître après tant d’années. L’un d’eux m’a dit :

–La meilleure période de ma vie Je l’ai passé quand je travaillais avec ton père. L’homme savait comment obtenir du travail dans n’importe quelle ville et là-bas nous allions tous.

– J’ai été un élève de ton père – m’a dit un autre monsieur, de qui oui je me souvenais des années en arrière–. J’étais un garçon perdu quand je l’ai connu. Il m’a donné mon premier travail et il m’a appris à devenir quelqu’un. S’il ce n’était pas grâce à lui, aujourd’hui je ne serais pas ce que je suis ni j’aurais la famille que j’ai.

Ma perspective, comme celle de n’importe qui, n’est pas neutre. Pour moi c’était un homme austère, généreux avec les siens et les autres, bien que plusieurs penseraient sûrement le contraire. « Pour les uns je suis un type bien – disait-il – et pour d’autres sûrement un misérable. On ne peut pas être bien avec Dieu et avec le diable. « Il n’était pas difficile de lui trouver des défauts, non parce qu’il se distinguera spécialement dans cette particularité humaine, mais parce qu’il n’est jamais difficile de trouver des défauts chez les autres. Si on dit même qu’il y a déjà eu un type parfait, qui passait tout son temps en prêchant de l’amour démocratique même à ses ennemis et ils l’ont crucifié quand même : qu’est-ce que peut-on attendre de plus ?

Ceci était encore plus évident dans le monde des passions idéologiques. Nous discutions toujours de politique. Lui, enferré dans ses convictions conservatrices et moi, enferré à le réfuter. Nos discussions étaient intenses, mais toujours étaient résolues d’une façon simple :

– Eh bien, je vois déjà que nous n’allons pas nous mettre d’accord – disait-il– ; allons nous prendre un vin, alors.

Certes, quelqu’un dira que la tolérance n’est pas le vin, mais l’opium des peuples. Il n’en est pas moins vrai que son absence est la mort des peuples et, pire, la frustration de chacune des vies concrètes qui façonnent cette abstraction mythologique.

Je l’aimais beaucoup, comme tout bon fils peut aimer un bon père. Mais un fils n’aime jamais autant comme un père. Cela prend toute une vie pour arriver à cette vérité ; même, certains ont besoin de deux pour le comprendre et une de plus pour arriver à l’accepter. Ainsi, on découvre dans les souvenirs anciens d’autres significations, de plus en plus profondes.

Par exemple, lors de plusieurs élections politiques le vieux a composé les listes de son parti. Je n’ai jamais voté pour lui. Je me rappelle que la première fois, à la fin des années 80, j’ai voté pour un naissant parti écologique. Quand je suis arrivé à la maison j’ai dit à mon père que je n’avais pas voté pour lui. Comme toujours, il l’a reçu avec un sourire et il m’a dit que j’avais bien fait.

Maintenant qu’il est mort, je me demande à quoi diable a servi toute cette honnêteté idéaliste dont j’ai bénéficié ce jour d’élections. A quoi a servi toute cette petite cruauté ? A quoi a servi toute cette petite vérité, cette honnêteté suspecte ?

A quoi bon tout cela a servi ? Je me le demande tandis que je regarde un paquet d’une centaine de lettres écrites en arabe que ses parents ont écrit et ont reçu il y a presque un siècle. Je ne sais pas ce qu’ils disent. À peine si je peux soupçonner des histoires des amours et d’indifférence, des rencontres et d’éloignements que mon père , non plus, n’est jamais arrivé à connaître parce que les siens lui ont aussi caché leurs frustrations, comme ils ont caché tous les secrets de la langue qu’ils utilisaient seulement dans le plus profond de leurs deux intimités dévastées dans un habitat en torchis, au milieu d’un champ qui n’était pas à lui et qui donnait à peine de quoi survivre.

A quoi bien a servi tout cela ?, je recommence à me demander.

Alors je regarde mon fils qui regarde à travers la fenêtre, comme j’avais l’habitude de regarder tandis que mon père travaillait dans des choses plus utiles et je me rends compte que je connais la réponse. La réponse, non la vérité. Parce qu’une chose est le devoir, ce qui doit être, et l’autre simplement ce qui est. Pour l’une il n’y a pas de doutes et pour l’autre, sur la vérité, probablement personne ne sait ni même son nom.

Jorge Majfud * para Página 12

Traduit de l’espagnol pour El Correo par : Estelle et Carlos Debiasi.

 

 

La tolerancia es el vino de los pueblos

Francaise La tolérance est le vin des peuples

 

 

La tolerancia es el vino de los pueblos

 Por Jorge MajfudPágina/12

Mi padre era el cuarto o quinto hijo de una docena que dio al Uruguay un matrimonio de inmigrantes libaneses, cristiana ella y probablemente él también. Toda su infancia la vivió en la miseria, escarbando raíces del campo para comer, poniendo los pies descalzos en el estiércol de las vacas para aliviar el frío de las madrugadas con escarcha, peleándose con otros pobres por los huesos que desechaba el Frigorífico Tacuarembó.

Era un niño de escuela cuando con sus hermanos ya trabajaba amasando barro para hacer ladrillos o plantando verduras que luego vendía en el pueblo. Cuando un hermano volvía de la escuela, el otro lo encontraba a la salida del pueblo para ponerse sus zapatos.

Con el tiempo, allá por los años cincuenta, mi padre logró irse a la capital para estudiar carpintería y radiofonía y al volver a su pueblo levantó su Fábrica de Muebles, como la llamaba él, además de iniciar diversos negocios y de fundar un Rotary Club y alguna cooperativa bancaria con cierto éxito. Durante el día trabajaba en su farmacia o buscaba alguna vaca perdida en alguno de sus campos y por las noches, durante treinta años, daba clases en la escuela técnica. Sus colegas se reían de su habilidad de quedarse dormido sentado o aun de pie.

“Si volviera a vivir, trabajaría menos y disfrutaría más”, fue una de las últimas cosas que me dijo por teléfono, no por amargura sino para darme un nuevo consejo, que resultó ser el último. Nuestra última conversación fue en tono de bromas, porque uno nunca sabe el significado de cada momento.

Un día después de su funeral, caminando por los viejos rincones de la ciudad de mis vidas anteriores, como si sacara a pasear la tristeza con la secreta esperanza de que se perdiera en alguna esquina, me crucé con muchas personas, demasiadas para el momento, la mayoría de las cuales no conocía o no alcanzaba a reconocer después de tantos años. Uno de ellos me dijo:

–La mejor etapa de mi vida la pasé cuando trabajé con tu padre. El hombre sabía cómo conseguir obras en cualquier ciudad y allá íbamos todos.

–Yo fui alumno de tu padre –me dijo otro señor, a quien sí recordaba de años atrás–. Yo era un muchacho perdido cuando lo conocí. El me dio mi primer trabajo y me enseñó a ser gente. Si no fuera por él, hoy no sería el que soy ni tendría la familia que tengo.

Mi perspectiva, como la de cualquiera, no es neutral. Para mí era un hombre austero, generoso con propios y ajenos, aunque seguramente muchos opinarían lo contrario. “Para unos soy un buen tipo –decía él–, y para otros seguramente un miserable. No se puede estar bien con Dios y con el diablo.” No era difícil encontrar defectos en él, no porque se destacara especialmente en esta particularidad humana, sino porque nunca es difícil encontrar defectos en los demás. Si dicen que ya hubo un tipo perfecto, que se la pasaba predicando amor democrático hasta para sus enemigos y lo crucificaron igual, ¿qué más se puede esperar?

Esto era aún más evidente en el mundo de las pasiones ideológicas. Siempre discutíamos de política. El, aferrado a sus principios conservadores y yo, aferrado a rebatirlo. Nuestras discusiones eran intensas, pero siempre se resolvían de una forma sencilla:

–Bueno, ya veo que no nos vamos a poner de acuerdo –decía–; vamos a tomar un vino, entonces.

Claro, alguien dirá que la tolerancia no es el vino, sino el opio de los pueblos. No menos verdad es que su ausencia es la muerte de los pueblos y, peor, la frustración de cada una de las vidas concretas que conforman esa abstracción mitológica.

Yo lo quería muchísimo, como cualquier buen hijo puede querer a un buen padre. Pero un hijo nunca quiere tanto como un padre. Toma una vida entera llegar a esta verdad; algunos, incluso, necesitan dos para comprenderlo y una más para llegar a aceptarlo. Así, uno va descubriendo en los recuerdos antiguos otros significados, cada vez más profundos.

Por ejemplo, en varias elecciones políticas el viejo integró las listas de su partido. Yo nunca lo voté. Recuerdo que en mi primera vez, a fines de los años ’80, voté a un incipiente partido ecologista. Cuando llegué a casa le dije a mi padre que no lo había votado a él. Como siempre, él lo recibió con una sonrisa y me dijo que había hecho bien.

Ahora que ha muerto, me pregunto para qué diablos sirvió toda aquella honestidad idealista de la que presumí aquel día de elecciones. ¿Para qué sirvió toda esa pequeña crueldad? ¿Para qué sirvió toda aquella pequeña verdad, aquella sospechosa honestidad?

¿Para qué sirvió todo?, me pregunto mientras miro un mazo de un centenar de cartas escritas en árabe que sus padres escribieron y recibieron hace casi un siglo atrás. No sé lo que dicen. Apenas puedo sospechar historias de amores y desamores, de encuentros y desencuentros que mi padre tampoco llegó nunca a saber porque los suyos también le ocultaron sus frustraciones, como le ocultaron todos los secretos del idioma que sólo usaban en lo más profundo de sus dos desoladas intimidades en un rancho de barro, en medio de un campo ajeno que apenas daba para sobrevivir.

¿Para qué sirvió todo?, vuelvo a preguntarme.

Entonces miro a mi hijo mirando por la ventana, como yo solía mirar mientras mi padre trabajaba en cosas más útiles y me doy cuenta de que sé la respuesta. La respuesta, no la verdad. Porque una cosa es el deber, lo que debe ser, y otra simplemente lo que es. De una no hay dudas y de la otra, de la verdad, probablemente nadie sabe ni su nombre.

 

 

* Escritor uruguayo.
Profesor en la Jacksonville Univeristy

Pagina/12 (Argentina)

La Capital (Argentina)

El País (España)

el país

 

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Orfeo

El complejo de Orfeo

.

Si el presidente o el primer ministro de un poderoso país

arrasa una horrible ciudad con alas de fuego

para salvar la vida y la civilización

para liberar a la victimas

y castigar a los fanáticos

 

Si el presidente o el primer ministro de un poderoso país

masacra a su pueblo o a un pueblo ajeno

para salvar el orden del caos invasor

para defenderse del ataque artero

de los que comen basura

 

podrá ser llamado héroe, hermano, o padre salvador

podrá ser maldecido por malditos de poca fe

podrá ser castigado con chorros de tinta

pero nunca dejará de ser

el presidente o el primer ministro de un poderoso país

 

No por masacrar horribles bestias de siete años

el presidente o el primer ministro de un poderoso país

perderá su puesto ni acortará sus días

en la profesión de administrar el poder de los demás

en la costumbre de secuestrar la opinión ajena

 

Pero si se descubre, ¡ay, si se descubre!

 

que el presidente o el primer ministro de un poderoso país

pronunció palabras ofensivas o denigrantes

contra la raza azul o la etnia amarilla,

contra el sexo derecho o el sexo izquierdo

contra la religión de las víctimas o la superstición de los pobres,

o hizo el amor en otro lugar o por el lado equivocado

 

el presidente o el primer ministro de un poderoso país

renunciará honorablemente a su cargo

para no ser expulsado del grupo de los poetas de dios

para que dios no se ofenda con un verso mal contado

para salvar la moral de todo un pueblo civilizado

 

Porque el presidente o el primer ministro de un poderoso país

puede salvar o arruinar su carrera por lo que dice,

no por lo que hace.

El presidente o el primer ministro de un poderoso país

nunca dejará de ser el presidente o el primer ministro de un poderoso país

por el numero con ceros de horribles muertos de siete años.

 

Horribles hombres y mujeres abortados a los siete años

Seres deformes sin cabezas y sin piernas, sin sueños, insensibles, inexistentes

que el presidente o el primer ministro de un poderoso país

decidió suprimir sin querer, porque era necesario

porque la vida siempre está primero

para seguir siendo el presidente o el primer ministro de un poderoso país

 

para seguir siendo el poeta maldito

que cuida esas palabras

que cuidan los hechos

que protegen la vida, el derecho y la civilización de los hombres

amenazados por aquellos otros horribles hombres y mujeres de siete años

sin cabezas, sin piernas y mirando sin mirar

 

mirando sin mirar

la mano salvadora y justiciera

el verbo que se hace luz y crea el mundo y protege a sus dueños

a través de los versos que como salmos repiten los verdaderos fieles

del presidente o del primer ministro de un poderoso país

Jorge Majfud

 

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Sabía que no iba a funcionar

No iba a funcionar

de la novela Crisis

Lupita fue siempre una niña obligada a madurar a los golpes. Pero ni así maduró nunca ni yo quería que madurara. Estaba tan linda y tan cariñosa así. Toda su infancia de hambre y su adolescencia de gritos y humillaciones no la habían hecho más dura, más resistente a la suerte que le tocó en vida sino todo lo contrario. Para mí que el viejo la trataba tan mal porque la madre de Lupita había muerto en el parto y él no le perdonaba esto.

Quién sabe si hubiese sobrevivido a las calles de la villa donde la llevé para salvarla del alcoholismo del viejo. Quién sabe si hubiese tenido mejor vida entre los metros de Nueva York. Quién sabe si se hubiese venido de no ser porque yo mismo le pinté el oro y el moro del otro lado. No sufras más, Lupita, no se puede vivir así entre medias lágrimas. Yo me largo para yanquilandia y que sea lo que Dios quiera. Total, quién va a saber que tenemos una foto del Che en la cocina? La sacamos mañana mismo y a poner la mejor sonrisa en la embajada.

—No le van a dar una visa a dos pobretones como nosotros, Nacho. No tenemos ni qué comer.

—Eso no lo sabe nadie, ni tu padre ni tu hermana. Menos mi pobre vieja, que está medio ciega. Después me seguís vos.

No voy a aguantar que te vayas, me decía, y yo que no íbamos a estar separados por mucho tiempo.

—Cuánto tiempo no es mucho tiempo? Un año? Dos años?

—No, ni tanto. Serán unos meses. Apenas pueda juntar para tu pasaje de avión te venís.

Por entonces no te negaban la visa como ahora. Además Lupita tenía título de traductora, aunque en los dos años que vivimos juntos en la villa hizo dos y sólo le pagaron una porque tuve que ir yo en persona a meter la pesada. Y después que nos robaron la tele y las ollas teflón que nos había regalado la hermana de Lupita, y que por suerte no estábamos en la casucha ese sábado, le dije que en febrero yo me iba.

Nos quedamos todo el domingo mirando el techo, mirando cómo sudaba la chapa de zinc, de puro calor húmedo que había y no nos dejaba dormir. Pero no era el calor, era esta vida que nos había tocado y que no había macho que la torciera, que de haberlo sabido no venía a este mundo en estas condiciones.

Y cuándo vamos a tener un hijo así? empezaba ella, y yo nada, nada que nada porque no tenía qué decirle. Pensaba que de no haber sido más infeliz con su padre nunca la hubiese sacado de su casa. Por lo menos allí tenían cielorraso y el perro del vecino que le ladraba desde la azotea, y no se sudaba el techo en verano ni faltaba el pan y la pasta los domingos y los cuentos tristes del tano viejo antes de que el calor del tuco y el vapor del vino tinto se le subieran al marote. Claro, aunque sobraban las peleas y los gritos, qué lo parió aquella gente. Papá, tomate un café, un café por favor papá que hoy vino Nacho. Qué Nacho ni ocho cuartos, me van a decir lo que tengo que hacer en mi propia casa, háyase visto. Hacele café a tu macho a ver si no se te escapa y tengo que aguantarme otro más vago que este. Otro qué, papá, si sólo tuve dos novios. Mirá, no me hagas hablar. Por qué don Paolo? Qué tiene para decir que yo no sepa? Dos que yo sepa, decía el viejo y empezaba a entrar en calor. Y yo, por complejo de macho, quería saber cuántos novios había tenido Lupita. Lupita no es una santita. Como diez, o como once, el equipo de fútbol del barrio. No diga eso padre, que usted sabe que no es verdad, no sea malo. Malo no, que no conté los suplentes. Y luego yo que le daba a Lupita con eso del novio reconocido que había tenido y ella se defendía diciendo que yo sabía que ella era virgen cuando me conoció y no sé qué otras cosas que ni vale la pena traerlas ahora.

El corazón es ciego, le decía a Lupita. De otra forma los ojos no estarían en la cabeza; estarían en el pecho. Si no me hubiese enamorado tampoco me hubiera ido yo de la casa de la vieja. Pero hay cosas que uno no puede elegir. Me enamoré y nunca pude dejar de querer a la Lupita, como un enfermo no pude.

Pensaba en todo eso mirando el techo todo sudado y no iba a ninguna parte. Entonces ella se ponía más triste porque yo no quería hablar. Pero yo no dejaba nunca de pensar y pensar. Eso es lo que más recuerdo de esa época. Me la pasaba pensando, calculando, imaginando, fantaseando al cuete.

Hasta que en febrero del año pasado la quinta juvenil del club hizo la tan esperada gira por Los Angeles y una noche allá después del partido que empatamos dos a dos y con una pésima actuación por mi punta izquierda, me hice humo. Dejé el pozo, como decían los chicos del cole. Dicen que el técnico me anduvo buscando pero que ni se calentó conmigo. Además sabía que yo era un patadura y no tenía futuro en el club. Ni en ese ni en cualquier otro. Y como tampoco era cubano, nadie se enteró. Después me quedé manso cuando un mexicano me dio una changa en su restaurante de Santa Mónica.

Dos días me llevó conseguir trabajo y Lupita me escribía diciendo qué maravilla, qué maravilla Nacho ahí sí que vamos a poder hacer nuestras vidas en paz.

Para mí al principio eso fue el paraíso. Leer los emailes de Lupita tan contenta a pesar de que no dormía de noche por el miedo de la villa. Pero ella tenía tantas esperanzas y le daba con eso del hijo que por el momento no había que ponerse negativos, así las cosas funcionaban mejor. Entonces yo exageraba todo lo bueno de aquí o no contaba que un día me había cruzado con una mara, una patota como le dicen allá, y había tenido que entregar toda la plata de la semana. No abras la boca, me decía un panameño amigo. Te confunden con un americano por el pelo y los ojos, pero apenas dices algo y ya te adivinan que eres ilegal y que cobras cash y te siguen y te dejan sin un dólar, en el mejor de los casos.

Pero de a poco todo fue cambiando. En dos meses había juntado para el pasaje de Lupita, pero luego vino la crisis y el primero en volar antes de que el restaurante cerrara fui yo, porque era el nuevo, me decían. Igual mandé la plata para Lupita para que se viniera, porque ya no aguantábamos más. No pensé que después iba a ser tan difícil conseguir chamba.

Con Lupita anduvimos buscando en Los Angeles y después en Las Vegas y después en toda Arizona hasta que terminamos en San Antonio, con la promesa de un boricua que tenía una empresa de limpieza. La verdad que no era tan fácil limpiar hoteles y oficinas como parecía al principio. El patrón siempre estaba desconforme con nuestro trabajo. Cuando no era muy lento era muy descuidado. Llegué a pensar que nos tomaba el pelo, o nosotros no entendíamos qué era lo que quería, y dos semanas después quedamos en la calle de nuevo.

En la calle literalmente, porque teníamos que esperar en una esquina de madrugada porque allí levantaban trabajadores sin papeles. Y yo y la Lupita allí en medio de puros hombres que por suerte no se portaban mal con nosotros, sino todo lo contrario, pero la verdad que yo siempre andaba con el Jesús en la boca y mirando para todos lados a ver quién iba a meterse con la Lupita. Tanto que en este trabajo no ponía atención en las camionetas que pasaban y levantaban trabajadores. Los mexicanos eran los más hábiles en esto y tuve que mirar y aprender de ellos. A veces Lupita me decía por qué no me había acercado al de la camioneta blanca, al del auto negro, que parecía con buen trabajo, pero la verdad es que no quería dejarla allí sola, esperando, antes que amaneciera del todo y entonces me hacía el distraído o que no nos convenía ese por esto o por aquello.

Hasta que pasó una SUV negra y le hizo seña a uno y éste me vino a decir que quería a la muchacha. Yo me fui hasta la camioneta y el tipo de lentes oscuros a esa hora del día no me inspiró mucha confianza. Tenía chamba para domésticas en casa de familia con plata, decía, pero atrás yo no veía a ninguna otra mujer. Lupita, más pálida que de costumbre y con los labios temblando me dijo que no podíamos dejar escapar otra porque no íbamos a tener para comer.

Yo no dije nada pero ella terminó subiendo atrás seguro que contra su propia voluntad. Y cuando arrancó la camioneta ella me hizo así con su manito y me tiró un beso triste. Yo sabía que iba llorando porque la conozco. Yo sabía que eso no iba a funcionar ni esta puta vida iba a funcionar. 

 

Jorge Majfud

 

Cyborgs (ensayos)