El factor “expectativas”

The lads

The lads (Photo credit: KatherineKenny)

Debates presidenciales

El factor “expectativas” en las sociedades de consumo

Unas horas antes del segundo debate presidencial en Estados Unidos entre el republicano Mitt Romney y el presidente Barack Obama, mis estudiantes me pidieron una predicción sobre el resultado de esa noche. Considerando que había acertado en los puntos centrales del “sorpresivo” primer debate en el que el candidato republicano emergió como vencedor revirtiendo dramáticamente la caída libre en la que se encontraba según las encuestas de las semanas anteriores, quisieron probar mi método de predicción.

Aunque los individuos se definen por un alto grado de impredictibilidad, no tanto así las sociedades o los grupos numerosos. Resumiendo, mi respuesta fue que esa noche se decidía el presidente de Estados Unidos y que esta vez la pésima imagen que dejó el presidente Obama en el debate anterior, contrariamente a lo que se hablaba en todos los rincones, sería fácilmente reversible debido al factor “expectativas” que, como lo adelantamos en el primer debate, iba a perjudicarlo de forma dramática.

En todo debate político, sobre todo en una cultura post-libros, existen dos pilares centrales: el primero, el dialéctico, es una batalla que no todos entienden. El vencedor dialéctico no es necesariamente el vencedor anímico. Este es el segundo pilar: el psicológico, y se refiere por un lado al candidato y por el otro al público.

Para la mayoría de los votantes, el psicológico es el único que realmente cuenta, aunque digan lo contrario. Tanto el primer debate como el segundo (como en el debate entre los vicepresidentes), la gente prestó atención y luego recordó la actitud de cada uno. ¿Por qué Obama fue un “desastre” en el primero? No por los datos o los argumentos que expuso. Simplemente porque no se mostró como el hombre energético que se supone es; porque no miró a su adversario o evitó su mirada; porque tomó demasiadas notas y por esa razón vimos a un hombre cabizbajo la mayor parte del tiempo. Este body language (lenguaje corporal), esta actitud del individuo decidió la preferencia de millones de personas, según las encuestas. La culpable de esta catástrofe para Obama y la gracia para Romney se resume, otra vez, en una palabra: las expectativas. Este fue mi argumento en las radios y la televisión latinoamericana horas antes del primer debate.

Básicamente la explicación previa al segundo fue la siguiente: vivimos (sobre todo en Estados Unidos) en una cultura moldeada por el consumo y las finanzas. Razón por la cual, si observamos con cuidado la psicología del mercado (que es fundamental en casi todos sus conductas bipolares), tendremos la clave para comprender muchos otros fenómenos de esta sociedad, sobre todo el fenómeno político, que básicamente está cruzado por las leyes del mercado y la cultura del consumo: se invierte en candidatos y en políticas, se consumen candidatos y narrativas sociales.

Observemos qué ocurre en Estados Unidos el primer viernes de cada mes a las 8: 30 AM. Un nuevo informe oficial sobre la creación de puestos de trabajo durante el mes anterior es aguardado con gran expectativa por todos los grandes medios que ponen el tono de lo que es importante y lo que no lo es. En las horas previas se discute el numero que espera el mercado, que es el resultado de un promedio de opiniones entre economistas. Al menos eso es lo que se afirma. Pero lo importante no es realmente el número sino la diferencia entre este número y el oficial, que es tomado como “la realidad”, aunque luego sea revisada dramáticamente al mes siguiente. A diferencia que en otros países donde se mienten los números para mostrarlos mejores de lo que son, en Estados Unidos el gobierno normalmente predice un numero menos favorable. ¿Por qué? Probablemente porque han entendido el factor “expectativas”.

A las 8:31 de ese viernes se anuncia el “numero real” de nuevos puestos de trabajo creado (o destruidos). Si ese número es inferior al esperado, el Dow Jones y Wall Street en general se deprimen, lo que en alguna parte significa la evaporación de algunos cientos de millones de dólares. Si es superior, estos mismos templos celebran con subidas eufóricas, las que luego se van moderando.

Lo mismo ocurre el ultimo viernes de un trimestre, esta vez a las 9: 30 AM, cuando suena la campana de Wall Street. Todas las expectativas giran entorno a un numero esperado sobre el PIB de ese período. Otra vez, los economistas dan sus opiniones, las que son promediadas para alcanzar un numero, digamos 1,5 por ciento. Y la historia se repite: cualquier punto por encima o por debajo definen si las bolsas suben o bajan. Si alguien manipulara ese número y lo llevase al uno por ciento, cualquier resultado mayor a uno e inferior a 1,5 producirían un alza en esas mismas bolsas. Pero el resultado es el opuesto cuando se espera un numero mayor.

Lo mismo ocurre en Europa con la prima de riesgo, por ejemplo. Si Moody’s amenaza con rebajar la calificación de los bonos de un país a “bonos basura” y luego no lo hace, las bolsas suben. (En ingles “mood” es “humor” y “moody’s” puede traducirse como “lo del humor cambiante”.)

No importa la realidad sino las expectativas que se hayan establecido acerca de esa realidad (virtual). De la misma forma que en la prensa las imágenes no valen por mil palabras ni son objetivas de nada, sino esclavas del texto que “dicen” qué significa realmente esa imagen, lo mismo ocurre con los números en la economía actual, dominada por los símbolos: no importa si un numero es bueno o es malo. De hecho no es ni bueno ni malo hasta que un político o los medios nos convencen que realmente es un número bueno o es malo. La batalla semántica por la valoración de un número, como de un ideoléxico, es decisiva. Y para ello están la propaganda y el discurso, que básicamente son dominados por los medios que a su vez son dominados por los grandes capitales.

Esta ilusión no solo es una forma de realidad sino que tiene la virtud de cambiar muchas realidades. No otra cosa son los “estímulos” a las economías, que básicamente consisten en inyecciones de símbolos, sobre todo símbolos numéricos. El problema radica en que cada cierto tiempo las comunidades financieras despiertan o se dan por enteradas de que no pueden continuar haciendo dinero de esas realidades virtuales. Entonces viene lo que se llama “crisis”, las cuales no son más que fuertes depresiones de las expectativas que llevan a los mercados y a las sociedades a una espiral histérica que afecta la economía real.

Jorge Majfud

Jacksonville University

Pagina/12 (Argentina)

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Noam Chomsky, el aguafiestas

English: A portrait of Noam Chomsky that I too...

Noam Chomsky

A propósito Ilusionistas, del nuevo libro de Noam Chomsky. >>

 

Noam Chomsky, el aguafiestas

Hace un par de años, Noam Chomsky dio la conferencia titulada “I am Kinda” en Princeton University. De pie, con voz pausada y casi murmurante, con una energía y una claridad intelectual que ignoraban completamente sus ochenta y un años, Chomsky leyó su conferencia de más de una hora antes de la tradicional sesión de preguntas y respuestas. Algunos lo escucharon con extrema atención y otros, probablemente estudiantes en su primer año, dedicaron una buena parte de ese tiempo a textear y leer comentarios en Facebook.

Unos días después me envió el texto original para que lo tradujera y publicara en algunos medios del continente. Pero su extensión de treinta páginas lo hacía inadecuado para la prensa común. Luego un contratiempo relacionado con los derechos de una editorial que planeaba publicar una versión del mismo texto en inglés demoró este proyecto.

Finalmente, después de discutir varias versiones del mismo texto con el autor, y la pertinencia de integrar otras tres conferencias con algunas modificaciones necesarias además de una introducción para los lectores del mundo hispánico, Editorial Irreverentes se hizo cargo de su publicación. En un momento oscuro para España, sé que el quijotezco esfuerzo de financiar este proyecto fue más allá de lo que los lectores podrían imaginarse. No fue apoyado por el gran capital (como normalmente ocurre cuando se trata del intelectual más influyente del mundo), sino por una colectividad de otros escritores que pusieron lo que no les sobraba.

El resultado es un libro de una gran unidad y de un gran coraje intelectual, con una precisa abundancia de datos que, sin embargo, no caen en el laberinto académico. Aquí están lo que considero son, básicamente, las preocupaciones de Noam Chomsky de los últimos años, no muy diferentes a las que lo han ocupado desde los años cincuenta: el sentido de la democracia y los obstáculos de los poderes corporativos, las imposiciones y las representaciones de la realidad, las verdades oficiales y la manipulación de la historia, el trabajo colectivo y las diferentes expresiones de la libertad, la tiranía del dinero acumulado, el secuestro de las democracias y el problema ecológico.

Sin duda este libro, Ilusionistas, removerá las susceptibilidades negacionistas; más que políticamente correctas, políticamente obligatorias. Para muchos, Chomsky es un traidor a su tribu, a su etnia o a su país. En su raíz, la idea de que un crítico —alguien que usa el favor de ideas y palabras; no la violencia de las armas o de los capitales— es un traidor a un país, contiene todo el espíritu fascista, sea de izquierda o de derecha, según el cual los países tienen dueños ideológicos, religiosos, lingüísticos, sectarios y tribales. Según estos “demócratas”, si alguien no está de acuerdo con ellos debería abandonar el país o callarse para no caer en contradicción —ya que ese país le pertenece a ellos, naturalmente— dejando libre el poco espacio que los críticos y los disidentes tienen en la narrativa social.

Cuando un crítico incisivo como Chomsky defiende los derechos de un individuo o de un pueblo lejano, sea cual sea, denunciando las injusticias de los poderes que han secuestrado la identidad de su propia nación, no sólo está defendiendo la justicia de los otros sino la dignidad de los propios. No es traición de ningún tipo; es lealtad al género humano en general y a la moral más profunda del grupo al que pertenece, en particular.

En Ilusionistas, Chomsky recuerda que “es normal que los vencedores arrojen la historia a la basura, como lo es que las victimas insistan en rescatarla”; y como respuesta al círculo infinito de violencia, propone un camino que podría formularse como piensa radical, actúa moderado, cuando en Understanding Power dice:

 

“No creo que para promover un cambio social en serio haya que trazar un plan sobre la sociedad del futuro. Por el contrario, creo que lo que debe guiar a alguien que lucha por un cambio social son ciertos principios que entiende deberían ser alcanzados de alguna forma [y] para llegar a estos logros no hay un sólo camino […] desde el momento en que estamos enfrentados a un problema de extrema complejidad que nadie puede entender completamente, creo que lo mejor es impulsar ciertos cambios y verificar qué consecuencias tienen. Si realmente funcionan, entonces sí se pueden avanzar otros cambios en la dirección deseada”.

 

Para muchos otros, la lectura de Ilusionistas será, aún en el desacuerdo, un desafío intelectual y un ejercicio moral tan importante como puede serlo el ejercicio físico para la salud física. Sólo que más trascendente, ya que tal vez de un cambio de conciencia dependa el destino de toda la Humanidad. Un cambio que desarticule las realidades que proceden de la siempre activa y poderosa industria de las ilusiones.

Estas páginas también reflejan de forma escrita el tono sereno y equilibrado del Chomsky oral, un hombre que dice sus verdades sin temor y sin rabia, sin las inseguridades que ocultan las apasionadas arengas de los fanáticos proselitistas de todo tipo. Estas páginas son una equilibrada y apasionada desarticulación de diversos mitos y narraciones sociales. Si el lector sale de ellas con un espíritu incendiario, probablemente no habrá comprendido el fondo del pensamiento chomskiano. Por el contrario, si es capaz de mantener una crítica radical más allá de las creencias, una actitud libre de las tradicionales cazas de brujas, de las explosiones del carácter propias de los preescolares, o de las verdades convenientes de quienes están en el poder y de quienes lo soportan como una fatalidad divina, si es capaz de buscar la verdad aunque sea dolorosa para construir una humanidad más justa y sustentable, entonces habrá dado un paso en la misma dirección que promueve el autor y las páginas de este libro.

Jorge Majfud

Milenio (Mexico)

 

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