El capitán Horacio

por Fernando Butazzoni 
No pretendo con estas líneas realizar un estudio (que a estas alturas, por otra parte, me parece más que necesario) sobre el incesante trabajo cultural de Horacio Verzi durante las últimas cuatro décadas. Se trata más bien de esbozar algunas imágenes de quien ha sido mi amigo, mi hermano, y con quien he discutido y reflexionado a lo largo de los años y en distintas partes del mundo acerca de ideas, ocurrencias, dislates, infamias propias y ajenas.
Lo primero que debo señalar es la variedad, vastedad y complejidad de la obra de Horacio Verzi. Para ello, es necesario delimitar lo que se entiende por “obra”. Más allá de algunas definiciones canónicas habituales en nuestro panorama teórico actual ─definiciones ya perimidas en mi opinión─, esa obra está constituida por novelas, cuentos, relatos, artículos, críticas y recensiones, clases, charlas y conferencias, ediciones y publicaciones, ausencias y presencias. Se trata de un aparataje complejo, poco visible y de gran solidez. Tan poco visible que su accionar no ha sido suficientemente reconocido en el Uruguay ─como sí lo ha sido en otras partes del mundo.
Horacio es un artista. Definición que desborda los límites preconcebidos de las diversas disciplinas para integrar en un todo su manera de entender la cultura y la sociedad. Verzi ha ejercido el criterio (ha hecho crítica) con implacable certeza, y lo novedoso de su aporte consiste en las formas múltiples de hacerlo.
Graffiti fue una instancia de enorme brillantez, digamos que un punto de inflexión. Tanto la revista
de ese nombre como el sello editorial que la acompañaba, marcaron una época en el panorama cultural uruguayo. Se trató de una enorme apertura, tanto gráfica como conceptual, literaria y social. La revista Graffiti incorporó nombres, temas y disciplinas que estaban ausentes desde hacía décadas en el obnubilado panorama local. Ese aire provinciano que a todos nos sofocaba a la salida de la dictadura, allá por fines de los años 80 del siglo pasado, era un estanque lleno de bacterias proclives a la putrefacción de los corpus cultuales. Graffitirenovó ese aire, le metió oxígeno, algo de azufre, ozono, vaya a saber qué.
No diré mucho de la  editorial, porque me comprenden las generales de la ley: yo publiqué la primera edición de “Príncipe de la muerte” en 1993, gracias a la generosidad de Horacio. Era una empresa arriesgada
, pues se trataba de un ladrillo de 400 páginas sobre un cuchillero del siglo XIX. Sin embargo, con buen tino Horacio supo cómo hacerlo sin empeñar el futuro de la empresa. También hubo una edición de “El tigre y la nieve”, cuando aún no se habían desenterrado a los muertos de La Perla, en Córdoba, lo que habla también de un cierto sentido histórico que recorre toda la obra de Horacio: está presente en sus libros (en sus novelas, en sus relatos), está presente en sus análisis críticos y está presente en su labor editorial. Sólo así puede entenderse la avispada y temprana publicación (tapa negra, ilustración helénica) de “El ojo dyndimenio”, de Daniel Chavarría, quizá una de las cumbres narrativas del siglo XX.
Al mismo tiempo que dirigía la revista y la editorial, Horacio escribía con la misma pasión y honestidad de siempre. Ya había obtenido reconocimiento internacional, en especial con su novela “El mismo invisible pecho del cielo”, pero él consideraba (y lo considera hoy, tantos años después) que la escritura es una forma de existir: explorar el mundo, el alma humana, las relaciones sociales, las pasiones. De modo que no se daba tregua. Esos pr
ocesos de escritura, dolorosos de por sí, tienen en Horacio Verzi una palabra que los distingue y que rara vez es aplicada a la literatura: decencia. Puedo decir con toda propiedad que es un escritor decente, es decir alguien que considera la dignidad de lo que escribe y la dignidad de lo que será leído (autor y lector) como parte sustancial de su tarea. Esta decencia también lo ha construido como lector de saberes enciclopédicos.
Esta noción (mía) de decencia en el trabajo literario, que a todas luces se contrapone con las doctrinas imperantes respecto al asunto, está relacionada estrechamente con la noción (de Horacio) respecto a la necesaria problematización de la vida cultural en general y de la escritura en particular. En efecto, Verzi considera que el mercado, las modas, los caprichos y los negocios han convertido el ámbito de la literatura en general en una simplificación absurda y ─agrego yo─ dañosa.
Durante años (en especial durante los años 90 del siglo XX, en el apogeo del llamado “neoliberalismo”) se establecieron algunas consignas que terminaron por convertirse en dogmas culturales: la linealidad, la economía verbal, la comprensión directa, la vulgaridad. Esto ocurrió en la literatura ─y muy especialmente en la narrativa hispanoamericana─, pero también en la dramaturgia, en el cine, en la pintura, en la crítica. Hubo un divorcio entre la elaboración compleja del arte y sus discursos, por una parte, y el mercado y los mercaderes por el o
tro. La poesía virtualmente desapareció de las librerías, las vanguardias plásticas quedaron acorraladas en las muestras under, el teatro buscó la taquilla con el ingrediente facilongo de los artistas de la televisión… Y así. O sea, hubo un proceso de desproblematización de la cultura, que nos llevó como sociedad al borde del precipicio (y ahí estamos).
Jamás olvidaré la santa indignación de Horacio tras ver una pieza publicitaria televisiva que promocionaba el sorteo de un automóvil cero kilómetro: un meritorio trabajador acaba de comprarse su auto tras muchos esfuerzos. El tipo lo está lavando en la puerta de su casa y reflexiona sobre los valores que le inculcó su papá ya fallecido (el trabajo, el ahorro, la constancia). El hombre mira hacia lo alto, hacia un cielo azul perfecto, en señal de agradecimiento. En eso llegan los bullangueros vecinos con un auto igualito, del mismo color, que se lo acaban de ganar en un sorteo. El meritorio laburante no entiende por qué unos deben trabajar para conseguir lo que desean y otros simplemente tienen suerte. No entiende y alza sus ojos al cielo, esperando una iluminación paternal de algún tipo, pero entonces lo que ocurre (y así, brutalmente, cerraba la pieza publicitaria) es que una cagada de pájaro le golpea el parabrisas recién lavado.
Horacio consideraba que esa pieza publicitaria (magistral en su relato, implacable en la transmisión de ciertos valores) era un síntoma social de un deterioro creciente. Hay que señalar, para entender del todo el episodio, que esa pieza publicitaria se emitió en el Uruguay de finales de los años 80. Disneylandia ya asomaba sus garras.
Horacio Verzi, convencido de que la complejidad de la vida excede con mucho a esas desproblematizaciones banales, recorrió un camino de auto repliegue que provocó la desaparición de Graffiti, la publicación esporádica de algunas obras suyas (casi siempre gracias a premios y distinciones internacionales) y una labor incesante como docente e investigador que ha desplegado con humildad y seriedad impar durante los últimos  treinta años.
Él, que perpetró aventuras de gran calibre en varios momentos de su vida, que combatió a dictadores y chantas con el mismo entusiasmo, ahora vive con una serenidad un tanto irónica en La Barra de Maldonado, en un sitio que hasta hace unos años era una especie de paraíso perdido, pero que ya ha comenzado a sufrir los embates civilizatorios. Allí, Horacio y su mujer Isabel Romero pasan sus días, contemplan la naturaleza, estudian el comportamiento de los animales y las plantas, leen, miran películas y reciben amigos, conocidos y hasta extraños que cada tanto peregrinan en busca de la isla del tesoro y lo que hay en ella.
Es que en la isla robinsoniana de Horacio e Isabel puede haber muchos tesoros, lo que confunde a los peregrinos: los bosques, los libros, el bosque de libros en la gran sala presidida por una impresionante estufa a leña; o puede ser la familia de perros que desde hace décadas los acompaña a ambos (cómo olvidar al difunto Archibaldo, cómo no temerle al levantisco Sánchez, cómo no congeniar con el prescindente Cascarilla); o el tesoro isabelino de Horacio, esa mujer que me recuerda por su talante y modales a la Cora Munro de Fenimore Cooper.
En más de una ocasión me he preguntado a qué personaje de La isla del tesoro corresponde Horacio. Con él muchas veces recordamos el acertijo (“¿Cuántos hombres hay sobre el cofre del muerto?”). Por momentos se me asemeja a Ben Gunn, con su empeño en volver a la lucha. O al caballero Trelawney, siempre dispuesto a un lance honorable, algo distante en el trato pero de buen corazón. Sin embargo, me parece que Horacio es el capitán Smollett. Si hasta puedo verlo en una noche de tormenta, junto a la rugiente desembocadura del Maldonado, dispuesto a zarpar de nuevo por los mares del tiempo y de la vida.
Fernando Butazzoni (Montevideo, 1953). Narrador, ensayista, poeta, guionista y periodista.  Entre 1972 y 1985, vivió en Chile, Cuba, Nicaragua y Suecia. Luego del proceso electoral puede retornar al Uruguay, donde desarrollaría una intensa actividad periodística y literaria. Fue encargado de páginas culturales del semanario Brecha, director de la Revista de la Universidad de la República, secretario de redacción del matutino La República, corresponsal del diario Clarín de Buenos Aires y director y conductor de programas de radio y TV.
En narrativa ha publicado: Los días de nuestra sangre (cuentos, Cuba, 1979); La noche abierta (novela, Costa Rica, 1982); El tigre y la nieve (novela, Montevideo, 1986); La danza de los perdidos (novela, Montevideo, 1988); La noche en que Gardel lloró en mi alcoba (novela, Montevideo, 1996); Príncipe de la muerte (novela, Montevideo 1997); Mendoza miente (nouvelle, Montevideo, 1998); Libro de brujas novela, (novela, Montevideo, 2002); El tigre y la nieve (novela, Montevideo, 2006); El profeta imperfecto (novela, Montevideo,2007); Un lugar lejano (novela, Montevideo, 2009).
Asimismo ha dado a conocer en crónica  y ensayo Nicaragua: noticias de la guerra (Montevideo, 1986); el volumen de reportajes Seregni-Rosencof Mano a mano (Montevideo, 2002); Los ensayos del Orobon (Montevideo, 1998) y Alabanza de los reinos imaginarios, un recorrido por el castillo del conde de Lautréamont (Montevideo 2004).
Su obra ha recibido diversas distinciones, entre ellas,  los premios Casa de las Américas (Cuba, 1979), EDUCA de narrativa (Costa Rica, 1981),  Bartolomé Hidalgo (Uruguay, 2008) y fue finalista del Planeta-Casa de América (2007) y del Rómulo Gallegos(2009).
 
Horacio Verzi (Montevideo, Uruguay, 1947). Narrador, ensayista,  periodista y docente .  En 1983 obtuvo el Primer Premio de Narrativa del Certamen Anual Latinoamericano EDUCA  en Costa Rica por la novela “El mismo invisible pecho del cielo”.  Ha publicado las novelas “La otra orilla” (Montevideo, 1987), “Los caballos lunares” (Montevideo, 1991)  y “Toda la muerte” (Montevideo,1999;  mención en la categoría de novela inédita en el concurso anual 1998 del Ministerio de Educación y Cultura del Uruguay). Su relato “Reliquia familiar” obtuvo el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar (Cuba, 2004). En ensayo dio a conocer parcialmente el aún inédito: ENTRE LA EXPECTACIÓN Y EL DESENCANTO.  Construcción y autorreconocimiento de la identidad personal en la poesía y la narrativa de Jorge Luis Borges (2010).
Horacio Verzi ejerció la  docencia en  La Habana, Cuba (1977-1982)  y trabajó como   investigador en el Centro de investigaciones literarias de Casa de las Américas (1981-1985).  Asimismo se desempeñó como redactor, corresponsal y editor de noticias en distintos medios periodísticos en países de América Central y el Caribe.
A su regreso al Uruguay, fundó y dirigió la revista Graffiti y la editorial  homónima (1989-1999). En la actualidad dicta clases en el Centro Regional de Profesores (CERP) de Punta del Este, Uruguay.
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