“La ciudadanía cultural y las leyes ‘Greaser’ del siglo 21”

English: Great Seal of The State of Alabama

Por Bruce Campbell

 
Los latinos están desapareciendo de las escuelas públicas, de las cocinas de los restaurantes, de las obras de construcción, y de los sembrados del estado de Alabama.

Se alegran los nativistas, xenófobos, racistas, y activistas y legisladores del Partido Republicano que apoyan la nueva legislación dura (HB 56) que toma por blanco a los migrantes indocumentados.

La huída de miles de latinos del estado a pesar de su estatus legal no es una consecuencia imprevista de la legislación – es precisamente su objetivo.  Como Lindsey Lyons, el alcalde de Albertville, Alabama, lo dijo en una entrevista con National Public Radio: “Vamos a ver un éxodo de los que se mudan a otros estados que no contemplen semejante legislación.”  El objetivo no es la reforma al sistema de inmigración; el objetivo es hacer que la población latina creciente se vaya.

Para los autores y para quienes apoyan la ley, el estado de Alabama está viviendo una fantasía que han promovido y han deseado ver puesta en escena al nivel nacional.  De modo importante, la fantasía de una población latina que se pierde de vista no es una fantasía estrictamente legal.  Se trata, de hecho, de un proyecto cultural, y tiene una larga historia.

Cultura, Poder, Ilusión
¿Cómo hacer que decenas de millones de latinos desaparezcan de la esfera pública nacional? Es un truco espectacular, comparable al truco del ilusionista David Copperfield cuando hizo desaparecer la Estatua de la Libertad frente a un público televisivo.  La decepción de Copperfield en 1983 se hizo bajo el cubierto de la oscuridad y usando una manipulación estratégica de la perspectiva del público. Las artimañas que buscan la invisibilidad relativa de los latinos en los Estados Unidos se llevan a cabo en plena luz y recurriendo a manipulaciones retóricas y medidas legislativas.

A estas alturas, nos es bastante familiar la retórica. La asociación constante, tocada como tambor por los nativistas anti-inmigrantes, entre los términos “ilegal” y “mexicano” y “inmigrante,” amplificada y reproducida por los medios masivos y en el discurso demagógico político, ha creado una nube semántica que oscurece la presencia, en plena vista, de diversos millones de latinos en la vida pública de los Estados Unidos.

El dueño de un restaurante en el vecindario donde vivo en Minneapolis, un hombre que había emigrado (legalmente) de Ecuador, me relató una experiencia que tuvo mientras tomaba un paseo veranal con su hijo. Fue interrogado por la policía, y la suposición pertinaz de los oficiales de policía fue que el ecuatoriano era mexicano, y al parecer creían también que había entrado a los Estados Unidos ilegalmente.

“Soy de Ecuador,” me dijo, “pero sólo podían ver a un mexicano ilegal.” La Estatua de la Libertad, se podría decir, se esfumó frente a sus propios ojos.

La ilusión pública en este caso resulta de mensajes culturales que niegan a los latinos su ciudadanía cultural – es decir, el derecho de ser diferente y de contribuir con esa diferencia al proceso público.  Teóricamente, todos los ciudadanos son iguales bajo la ley.  Sin embargo, en la práctica las normas culturales públicas están estructuradas por una jerarquía implícita de valores y privilegios que eleva a algunos ciudadanos por encima de otros.

Piense de cómo en una reunión pública el ciudadano que habla un inglés acentuado con una fonética no inglés podría conllevar menos autoridad moral con su audiencia que el locutor nativo hablante del inglés, a pesar de ser igualmente inteligibles y poseer los mismos derechos legales los dos. O piense de cómo un hombre que lleva un dashiki del oeste de África podría parecer, para muchas personas de un público estadounidense, un extranjero.  Las jerarquías de raza, clase social, género, y hasta edad se reflejan en el reconocimiento, o negación, de la ciudadanía cultural plena de diferentes grupos sociales.

Las marcas de las diferencias culturales en el cuerpo político pueden ser, y frecuentemente son, convertidos en signos de estatus de ciudadano de segunda clase.  Esta es una encrucijada importante de la cultura y la política en los Estados Unidos (igual que en otros países), un nexo de lo cultural y lo político que se aprovecha activamente por los que quisieran que los latinos se desaparecieran de la esfera pública.

El tomar por blanco a los inmigrantes con el martillo retórico de “ilegal” golpea pesadamente para sujetar en la mente pública una cadena de equivalencias.  Donde se trata de los latinos, el martillo y el yunque anti-inmigrantes de “ilegal” y “mexicano” buscan convertir a la piel morena, el español, y otras marcas de la visibilidad latina, en señales de la periferia de la vida pública estadounidense.  “Ellos,” nos dicen a los no latinos, no son como “nosotros.”

Destrás del amarillismo de los medios y de las posturas de campaña electoral, se halla una política de subrodinación y aislamiento cultural, y de divisionismo cívico. En la medida en que las marcas externas de la identidad latina se convierten en el equivalente cívico de letras escarlatas, los latinos se dejan menos legítimos como actores públicos, y menos visibles como compatriotas y ciudadanos. En el mismo proceso, los recursos específicos de su herencia cultural que podrían traer al proyecto nacional quedan categóricamente segregados y expulsados de las esfera pública.

Las consecuencias culturales son diversas. El español no se reconoce como lenguaje legítimo de participación cívica.  Regiones enteras del país se despojan de su rica herencia hispana en las mentes de muchos estadounidenses, a quienes se les facilita el olvido de la historia pluricultural grabada en topónimos como Arizona, Nevada, y Florida.

La ignorancia por parte del público estadounidense sobre los puertorriqueños – quienes a partir de la ley Jones de 1917 nacen ciudadanos de los Estados Unidos, aunque sin el derecho de votar en las elecciones de los Estados Unidos – se profundiza y se extiende a otra generación más.  El bilingüismo se hace sospechoso, en vez de ser reconocido como un tremendo recurso económico y cultural nacional, y como una virtud cívica.  Otras formas importantes de cultura pública – los murales, los corridos, las pachangas, entre otras – se castigan como cultura del Otro.  Las voces críticas de la política exterior de los Estados Unidos, las voces de las comunidades que tienen experiencia directa de las implicaciones para los derechos humanos para los Salvadoreños, para los Guatemaltecos, y otros, del financiamiento militar o de los tratados comerciales, se silencian.

Y mi vecino ecuatoriano-americano se encuentra enredado en una decepción de la cultura de masas que le niega la ciudadanía cultural plena, a pesar de sus derechos legales innegables.  Se le niega el poder de definir su propia presencia pública, su propia identidad como compatriota y ciudadano, y de ser reconocido como auténticamente Americano.

Ley, política, cultura
La magia negra promulgada por la retórica pública manipuladora tiene sus límites, afortunadamente.  La gente puede aguantar, y responder, los insultos.  Y el discurso público nunca es asunto de un solo lado.  Mi vecino ecautoriano-americano, por ejemplo, sin duda ha relatado su experiencia a muchos de sus compatriotas, produciendo una conciencia local que sirve de contrapeso en alguna medida para la tergiversación general de las realidades nacionales ejecutada por el amarillismo anti-inmigrante.  Los educadores siguen enseñando el español, y el interés estudiantil en el idioma sigue creciendo al lado del número creciente de estadounidenses que reconocen el valor político y económico y cultural del bilingüismo.

Y en algún momento, el discurso anti-inmigrante empieza a decir más sobre él que lo produce que sobre el objeto de su rencor.  De las 308 millones de cabezas contadas en el Censo de 2010, más de 50 millones (o más de 16%) se identificaron como Hispano o Latino. En algún momento, el hablar como si 16% de la nación no existiera (o no debiera existir) se convierte en estrategia de payaso (por no decir algo más fuerte).

Este es el momento en que entran en el escenario los mecanismos legislativos del  espectáculo cínico de la desaparición de los latinos.  Una confluencia de intereses xenófobos, nativistas, y Republicanos – después de haber visto desarrollarse los cambios demográficos de las últimas dos décadas, y al ver la consolidación de las consecuencias electorales de tales cambios – percibe una necesidad aún mayor de aislar la cultura latina y subordinar la participación pública de los latinos. Han aprendido que la retórica sola está perdiendo su magia.

De manera predicible, después de que las elecciones de 2008 resultaron en victorias convincentes para el Partido Demócrata, con márgenes significativos de apoyo entre los votantes latinos, en varios estados las asambleas legislativas bajo control Republicano han aprobado leyes que toman por blanco a los inmigrantes indocumentados.

La asamblea del estado de Arizona en 2010 aprobó SB 1070, una ley que criminaliza el no llevar consigo documentos que acrediten el estatus legal y permite que la policía detenga a cualquier persona sospechada de ser inmigrante indocumentado. (Para dejar claro que el blanco político y cultural incluía a los ciudadanos latinos, la mayoría Republicana también aprobó una ley que prohibe la enseñanza de Estudios Étnicos en las escuelas públicas.)  Luego, en 2011, los estados de Georgia, Indiana, Utah, y Carolina del Sur aprobaron sus propias versiones de la ley de Arizona, promoviendo de manera semejante las prácticas del perfil racial en el tratamiento oficial a los latinos y la criminalización de los esfuerzos por integrar económicamente y socialmente a los inmigrantes indocumentados.

No queriendo quedarse atrás, el estado de Alabama aprobó HB 56, una ley que, entre otras cosas, prohibe a que los inmigrantes indocumentados asistan a las unidersidades estatales, criminaliza “el transporte, el hospedaje, o el alquiler de propiedad” a los indocumentados, y requiere que las escuelas públicas verifiquen el estatus legal de todos sus estudiantes.

Estas leyes aplican el poder del estado – en la forma de las prácticas del perfil racial – para apoyar los mensajes culturales que subordinan y marginalizan a los latinos y los excluyen de las esfera pública.  Una medida del efecto cultural de la ley en Alabama: los niños latinos que no han desaparecido de las escuelas públicas ahora reportan que son maltratados e intimidados por otros niños que les dicen “ilegales.”

Todos estos estados comparten dos elementos clave: Primero, el gobierno del estado está bajo el control del Partido Republicano, y segundo, el Censo de 2010 halló una tasa de crecimiento drámatica de la población latina/hispana entre 2000-2010, un crecimiento demográfico que pronto o tarde podría poner en peligro la dominancia política de los Republicanos en el estado.

Georgia, Carolina del Sur, y Alabama vieron tasas de crecimiento alucinantes para la población latina/hispana, de 96.1%, 147.9%, and 144.8%, respectivamente. La tasa de crecimiento en Indiana para la categoría demográfica de Latinos/Hispanos fue 81.7%, y en Utah’s 77.8%, casi doble la tasa nacional para el mismo sector de la población. En el caso de Arizona, el crecimiento del sector latino/hispano fue “sólo” 46.3% – pero lo que sería aún más preocupante para los Republicanos, los racistas, y los xenófobos: la población latina/hispana había llegado a representar aproximadamente 30% de la población del estado.

Es difícil no llegar a la conclusión de que la legislación anti-inmigrante en estos estados se trata de un esfuerzo por cambiar los hechos demográficos para futuras elecciones, y antes del momento inevitable en que una reforma federal y comprensiva de la política migratoria ofrezca una oportunidad para hacerse ciudadanos a los estimados 12 millones de inmigrantes indocumentados en la nación, principalmente de México y Centroamérica.

A la misma vez, la legislación anti-inmigrante al nivel estatal puede verse como un esfuerzo desesperado por usar la ley como aparato para extender la vida de una política cultural que ha buscado históricamente la subordinación y la exclusión de los latinos de la esfera pública.

Redefiniendo América
Lo que está en juego en la coyuntura actual no es una cuestión solamente de leyes y resultados electorales.  Los parámetros culturales de la vida pública en los Estados Unidos también se están jugando. Lo que está en juego en el largo plazo es nada menos que las formas y el significado de la vida pública democrática en América  – es decir, la cuestión de quién se permite hablar, y cómo, y sobre qué.

Es importante recordar (y no permitir que otros olviden) que la cultura política que niega a los latinos la igualdad en la vida pública en los Estados Unidos tiene una larga historia.  Los esfuerzos actuales por expulsar a los latinos de la vida pública tienen parentesco común en los asaltos a los mexicano-americanos que ocurrieron después del Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, el acuerdo oficial que puso fin a la guerra entre los Estados Unidos y México, y mediante el cual México cedió a los Estados Unidos aproximadamente la mitad de su territorio nacional.

El Tratado de 1848 incluyó una opción de ciudadanía estadounidense para los muchos mexicanos que de repente se econtraron viviendo en territorio ajeno, pero el sentimiento xenófobo y racista conspiró con ciertos intereses económicos para despojar a los mexicanos de su tierra en toda la región afectada por el Tratado, y quitándoles además sus concesiones mineras en California durante la fiebre de oro en aquella época. Una de las múltiples maneras en que estos intereses operaron al cuerpo social para extirpar la presencia mexicano-americana fue el aprobar de legislación que tomaba por blanco a los aspirantes a la ciudadanía.

Las leyes “Greaser” (así llamadas por sus partidarios, con el término racista “Greaser” indicando claramente el objetivo de la legislación) incluyeron una ley infame que se aplicaba explícitamente a “Toda persona típicamente conocida como ‘Greaser’ o de sangre india o española…y que anda armada y no es pacífica y quieta” [“All persons who are commonly known as ‘Greasers’ or the issue of Spanish and Indian blood…and who go armed and are not peaceable and quiet persons”]. Este ataque legislativo contra la presencia pública de los mexicano-americanos y los indígenas fue antecedida por el Impuesto al Minero Extranjero de 1850, el cual les cobró una tarifa abusiva a las concesiones mineras de los no nativos, con la consecuencia práctica de despojar a los mexicanos y latinoamericanos (y los franceses y alemanes) de sus concesiones en el contexto de la Fiebre de Oro. Por supuesto, la hostilidad xenófoba avivada contra los hispanohablantes ninguna distinción hizo entre los mexicanos y los californios nativos.

La política cultural que intenta desaparecer a los latinos no podrá superar la realidad contundente de una población creciente.  David Copperfield pudo desaparecer a la Estatua de la Libertad, pero al salir el sol la próxima mañana, allí estaba otra vez.  La diferencia es que Copperfield no quería cambiar el significando de la Libertad.

A final de cuentas, los intentos nativistas por actualizar para el siglo 21 las leyes “Greaser” del siglo 19, no harán que los latinos desaparezcan literalmente. Pero las artimañas en este caso cambian el significado potencial de América, disminuyen las posibilidades democráticas, debilitan el diálogo y las relaciones sociales posibles tanto en el presente como en el futuro.  Los recursos culturales y las perspectivas que los latinos podrían traer consigo a la mesa común se desprecian y se mantienen al margen de la esfera pública nacional.  Nuestros esfuerzos por contrarrestar la desigualdad promulgada y promovida por estas leyes necesitan encararse con la dimensión cultural de la lucha por definir la democracia americana.

Bruce Campbell es profesor de Estudios Latinos/Latinoamericanos en St. John’s University en Collegeville, MN.  Es autor de ¡Viva la historieta!: Mexican Comics, NAFTA, and the Politics of Globalization (University Press of Mississippi, 2009), y Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003)

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El estallido de la indignación

Entrevista a Jorge Majfud

Analía Gómez Vidal nació en Buenos Aires, Argentina, en 1989. Estudió Economía (especialización en Periodismo) en la Universidad Torcuato Di Tella. Actualmente, cursa la Matejiestría en Economía en la misma institución, y trabaja como asistente de investigación en la Federación Iberoamericana de Bolsas (FIAB). Es colaboradora habitual de distintos medios independientes y se desempeña como responsable del blog del South American Business Forum (SABF).  

Twitter: http://twitter.com/#!/agomezvidal

 

El estallido de la indignación (parte I)

Analia Gomez Vidal

 

Analía Gómez Vidal: En sus artículos anteriores, usted plantea una suerte de continuidad entre los procesos de Oriente y Occidente mediante una cita a Cronel West sobre “la continuidad entre la primavera árabe y el otoño americano“. Sin embargo, parecería que los orígenes de las protestas son distintos. Me arriesgaría a decir que, en el fondo, existe una suerte de “lag” o retraso temporal en las demandas. Es decir, mientras Occidente plantea sus dudas y desilusiones con el régimen capitalista actual y su desarrollo, en Oriente se plantea una suerte de acercamiento al paradigma occidental, comenzando por la consideración de la democracia como sistema político a implementar. ¿Qué hay de cierto en esto? ¿Se pueden analizar las situaciones en naciones tan heterogéneas como si estuvieran interrelacionadas?

Jorge Majfud: No. Precisamente, no creo que puedan ser equiparables. Están inevitablemente interrelacionados, pero no son lo mismo. En concreto, tienen orígenes diferentes. Unos protestan por mayores libertades y otros por cierta frustración económica y social. No había movimientos occupy antes de la crisis económica de los últimos tres años. Por otra parte, ambos movimientos, uno nacido en el mundo Oriental y el otro en el mundo Occidental, uno en países pobres y otro en países ricos, tienen algo en común: ambos luchan o resisten una tiranía, una injusticia. Uno pelea contra las tiranías personalistas; el otro, contra la de las elites capitalistas o financieras, representadas por ese ahora famoso eslogan del “Somos el 99%”. Ambas luchas serían, desde el punto de vista social, movimientos que reivindican una determinada justicia, aquella de las mayorías débiles, sometidas o gobernadas por las minorías más fuertes. Consecuentemente, ambas luchan por formas diferentes de libertad; ambos representan el otro elemento del par de opuestos que están en el centro de cualquier civilización: la lucha entre el poder y la libertad, la moral del oprimido contra la moral por el oprimido. Tienen otro aspecto en común: como no podía ser de otra forma, la mayoría de los participantes son jóvenes. Eso los asemeja a los levantamientos de los años ‘60, aunque mucho menos ideológicos en el sentido libresco de la palabra. Mucho antes de la crisis de 2008, en pleno apogeo de las fuerzas conservadoras, publicamos que el próximo decenio serían los nuevos años ‘60 que pondrían fin a los ‘80. Ahora estamos en ese momento de definición. Los dos son movimientos ideológicos desde el momento en que no carecen de ideas, aunque la idea de la primavera árabe es muy simple y los occupy son más emocionales que racionales. Todo lo cual no los desmerece, obviamente. Por el contrario, los occupy son tan necesarios como cualquiera de los grupos que desde hace décadas vienen luchando por los derechos de las minorías o de las mayorías débiles (débiles por el capital o por una cultura, como en el caso de las mujeres). Es una tradición moderna que no nace pero proviene de las primitivas luchas sindicales del siglo XIX. Es una lucha de fuerzas, pero es algo más. Cada vez estoy más convencido de que lo que alguna vez desarrollamos en una tesis académica sobre la lucha de los campos semánticas (2005) es mucho más determinante de lo que parecía en un principio. Es decir, si bien las fuerzas económicas y productivas pueden definir un discurso o una moral, no es menos real el poder que puede tener una narrativa que haya logrado el éxito en la lucha semántica. Basta con observar el caso de los negros y de los homosexuales. Su lucha dialéctica ha logrado tantas o más victorias que cualquiera de sus luchas por la fuerza. Una vez impuesto un sistema de valores, es muy difícil revertirlo simplemente a fuerza de dinero. En cuanto a la segunda parte de tu observación, sobre un “acercamiento” al paradigma occidental, podemos reiterarlo una vez más: existe una americanización del resto del mundo. La idea de “economías emergentes” se refiere a valores básicamente cuantitativos: acelerados (aunque sospechosos) incrementos anuales de los PIBs, etc. Pero la idea de “países emergentes” se refiere a un movimiento o tendencia que sigue un canon: se “emerge” y se tiene “éxito”, según los valores del capitalismo tardío que básicamente están resumidos en la sociedad de consumo: más producción y más consumo significa éxito social, a nivel nacional y a nivel individual. Pero hay otro punto: las sociedades islámicas tienen dos opciones claras y en conflicto: el giro hacia sociedades estructuradas en las tradiciones religiosas o hacia el secularismo que inauguró la Ilustración francesa y la Revolución americana; en el caso de Occidente, las opciones parecen más improbables: un socialismo (¿real?) que no tiene modelos brillantes como paradigmas y un capitalismo que se ha revelado insostenible hasta para los más ricos que comienzan a pedir que les suban los impuestos. A finales del siglo pasado, soñábamos con que una democracia directa reemplazaría a las anacrónicas democracias representativas. Pero esta realidad parece todavía muy lejana por dos motivos: las viejas estructuras se resisten a ceder terreno, y las nuevas herramientas digitales continúan distrayendo a los “ciudadanos” que persistimos en conductas obsesivas e intrascendentes. Sospecho que hoy en día, el instrumento más poderoso seria aquel que el activista americano Cesar Chávez resumió como “every dollar is a vote”. Bien, si los ricos pueden hacer lobbies, y por otras razones, tienen más poder político en esta democracia sin un sistema alternativo a corto plazo, entonces cada ciudadano deberá tomar conciencia de cómo actuar de forma colectiva para que “su dólar” junto al de otros, cuente para un cambio o para cambios puntuales.

AGV: Desde la crisis que comenzó en 2008, hemos escuchado voces muy dispares respecto a la situación del capitalismo y sus estadíos. Algunos sostuvieron que estábamos ante el fin del capitalismo. Otros negaron fervientemente que el capitalismo fuera a terminar. Los más moderados se han centrado en la tesis del “fin del capitalismo tal como lo conocemos hoy”. En definitiva, tres años después mantenemos nuestro viaje vertiginoso en un sistema que poco tiene de control y mucho de incertidumbre y especulación. Esto nos permite pensar que estamos ante un panorama donde, incluso por omisión, se realimenta el sistema original en una suerte de “statu quo consentido” por los actores principales a nivel internacional. De ser cierta esta resistencia al cambio, ¿Son realmente las protestas actuales una vía hacia la solución? La notable amplitud de demandas de los indignados a nivel global, ¿pueden plantear realmente una alternativa a lo actual? ¿Cómo se puede pasar del “caos” reinante a estructuras de base que permitan cambiar de dirección?

JM: Recuerdo una conversación que tuve por entonces con Eduardo Galeano y él, con el sentido poético, metafórico y conciso que tiene del lenguaje y de las ideas mismas, me dijo algo como “he sido invitado muchas veces al funeral del capitalismo”. Claro que la historia nos enseña que todos los grandes sistemas sociales y paradigmas históricos tienen un ciclo. Tarde o temprano, se agotan. El problema es que no hay forma de calcular cuánto puede durar cada ciclo. El capitalismo no es el orden más longevo pero se las ha arreglado para sobrevivir en diferentes momentos cruciales de la historia, como en la Segunda Guerra Mundial (que fue la primera guerra global en realidad). Luego, el suicidio del bloque soviético le dio una bocanada de oxigeno. Es de esperar que un sistema sea reemplazado por otro. Pero cuando no hay otro como alternativa clara entonces no estamos en un tiempo de revolución sino de crisis, marcado por derrumbes y revueltas. La primavera árabe es una revolución política trascendente. Pero, medido en un marco más amplio, es apenas una revuelta internacional, ya que de ella no surgen nuevos paradigmas sino la consolidación del paradigma hegemónico, obviamente más moderno (aunque no menos rapaz) que las anacrónicas dictaduras personales, verticales y patriarcales, con sus previsibles tendencias a volver la mirada a un orden teocrático como forma de consolidar una identidad y una reacción a los viejos dictadores seculares. En el mundo más “contemporáneo” (medido en una escala de valores humanista-ilustrado), en el mundo occidental, las protestas no son la solución ni pueden cambiar ningún paradigma hegemónico sino confirmarlo a través de una reparación. Es decir, este sistema está agotado, pero en vista de que no hay una alternativa clara y su crisis general representa crisis individuales y sufrimientos concretos, entonces nos conformaremos con que sea más estable, próspero y justo (en lo posible). El centro reconocerá sus errores y la periferia aparecerá para repararlos, lo cual es, como dices, una forma de statu quo, con diferentes colores, con países que suben y otros que bajan y luego vuelven a subir. Es decir, ninguno de esos cambios nos sugieren un cambio de paradigma histórico. Insisto, ese cambio habría que buscarlo en los indicios de una democracia directa y global. Pero me temo que los instrumentos y la cultura que podría hacer posible una “profundización de la democracia (directa)” están ahora ocupadas en una “trivialización de la democracia”. Tarde o temprano se producirá.

 

El estallido de la indignación (parte II)

 

Analía Gómez Vidal: En contraposición con lo expresado por usted en la primera parte de esta entrevista, existe la sensación colectiva de que las nuevas tecnologías “democratizan” y le dan voz al ciudadano que tiene acceso a ellas.

Jorge Majfud: Son un instrumento, una herramienta, un arma o un juguete. Depende del uso que se les dé.  

AGV: Bien, pero retomando su afirmación sobre la distracción de las nuevas tecnologías, ¿Son una pantalla engañosa para el atontamiento en masa? ¿Definen un nuevo estrato social, sin valor real a nivel político y civil, que marca una nueva forma de marginalidad? Pero en ese caso, ¿Cómo se justifica la expansión y globalización de ideas alrededor del mundo? ¿No sería simplista extremar el rol de las nuevas tecnologías en las revueltas árabes, ya sea posicionándolas como actores principales, o como “elementos de distracción”?

JM: Dese los antiguos egipcios, fenicios, hebreos y helenos las ideas se han expandido, internacionalizado y globalizado. Nacen, se desarrollan, se expanden y mueren. Algunas duran unos pocos años y otros algunos siglos. Algunas renacen permanentemente, como las ideas de los antiguos griegos. Las tecnologías tienen su propia dinámica pero no están exentas de los estímulos de la cultura, de la historia y de los intereses más temporales de la política. La invención de la imprenta provocó una revolución pero fue provocada por la revolución humanista, y así todo. Yo no creo que haya un Demiurgo capaz de calcular y provocar el “atontamiento de las masas”. Tampoco creo que las masas sean tontas, pero no voy a caer en la demagogia de “voz populi, vox Dei”, de la cual no creo ni medio. Basta con mirar un poco la historia. La democracia directa está todavía por nacer. Aparece más lejana de lo que pensábamos hace veinte años, pero la posibilidad real está ahí todavía y tal vez sea inevitable. Postergable, pero inevitable. Tenemos los instrumentos, pero nos falta la madurez social, la cultura necesaria que sólo llega con generaciones de aprendizaje. Por ahora hay sólo balbuceos, con frecuencia trágicos.

 

AGV: Volviendo al análisis sobre el sistema capitalista, como lo plantee anteriormente, existe una cierta sensación de statu quo aguerrido.

JM: Sí, esa es una buena definición. Pero también hay una lucha por una “reparación”. Todos quieren “salvar algo”, desde el Euro hasta los puestos de trabajo. Nadie, o casi nadie, habla de “sepultar algo”. Pero el statu quo siempre ha sido violento, más cuando se lo cuestiona. Pi i Margall, un catalán progresista, si no anarquista, en 1851 publicó Reacción y revolución… Lo tengo por aquí, decía: “la revolución es la paz y la reacción la guerra”. Y en otra parte: “Cincuenta años atrás —dicen— no existía entre nosotros esta peste abominable [de los partidos políticos]; a la voz de Dios doblaban todos los españoles la rodilla, a la del rey ceñían o desceñían sus espaldas. […] La libertad nos ha traído la discordia […] La revolución ha venido a cerrar la era de paz de nuestros padres, ha venido a encender la guerra entre clase y clase, entre hombre y hombre, entre la fe y la razón […] Nuestro pueblo, es cierto, se ha insurreccionado cien veces en lo que va del siglo; mas se ha insurreccionado, examinadlo bien, por falta de libertad, no por la libertad de que ha gozado”. Son reflexiones muy actuales, escritas en un contexto ultraconservador.

AGV: Mientras los indignados protestan y salen a las calles, hay un movimiento en sentido contrario, pero paralelo, que se refugia en la posición más conservadora. Entonces, surgen resultados políticos como el fortalecimiento del Tea Party en EE.UU., o la victoria del PP en España de la mano de Rajoy. Estos sucesos, a su vez, parecen estar en contradicción íntima con las demandas de los jóvenes y trabajadores indignados en Occidente. ¿Por qué entonces se dan estos resultados? ¿Qué hace que caminemos en dirección contraria a lo que demandamos?¿Son realmente alternativas o posiciones excluyentes?

JM: Vamos por partes. El Tea Party es un movimiento básicamente reaccionario. La confusión y la falta de sustento conceptual es tal que se mezclan un ejército de mediocres feudalistas con gente de una inteligencia extraordinaria y con algunas propuestas verdaderamente valientes, como es el caso del republicano Ron Paul y su no-intervencionismo radical. No obstante, sospecho que este movimiento fraudulento del Té disminuirá su influencia política de forma progresiva. Los Occupy han aparecido en el momento justo para contrabalancear lo que muchos piensan es una ola conservadora imparable. En España, como en otros países, votaron con el bolsillo y con un fuerte sentimiento de frustración. En esos casos de crisis económicas, los votantes necesitan encontrar un culpable que no sean ellos mismos. En el 2003 estuve en España por varios meses y le dije a mis colegas arquitectos: la nueva generación está demasiado acostumbrada a la bonanza económica. Sus niveles de gasto y ocio multiplican al de Uruguay y Argentina, mientras que no veo que la productividad por persona sea mayor. Por otra parte, el boom de la construcción no puede sostenerse indefinidamente. Me dijeron que los que estaban en crisis eran Uruguay y Argentina, no España. Cierto: las olas de inmigrantes provenían del sur. Ellos recordarán mi respuesta (algo de lo mismo ya había dicho en los diarios de España): No olviden que, por alguna razón, el Río de la Plata se llenó de inmigrantes europeos en el siglo XX, sobre todo de España, y esa realidad se va a repetir apenas se produzca la primer gran crisis aquí. Sonriendo, me preguntaron si sabía cuándo vendría esa crisis (razón por la cual rechazaba una magnífica oportunidad que me estaban ofreciendo por escrito para trabajar como arquitecto allí) y les dije: “No más de cinco años, al menos en la construcción; luego viene lo demás, como siempre”. Ahora los españoles están emigrando. Ahora, el sistema bipartidista es la ilusión perfecta del cambio que mantiene el statu quo: los electores votan al partido de la oposición cada vez que quieren un cambio pero no se animan a cambiar nada de verdad. El debate electoral en España fue alarmantemente mediocre. “Esto es inconcebible, es una real vergüenza, es incalificable, es producto de hacer las cosas mal, es inexcusable”. Es la política de los adjetivos. Luego de limpiar los discursos y los debates (en realidad no hubo debate entre Rajoy y Rubalcaba, ni entre el PP y el PSOE en general, sino simulacros) no quedaba nada, o casi nada. Entonces la política, que es concebida como solución y salvación de una sociedad en crisis, se convierte en su opuesto: en un consuelo destructivo, más que en un instrumento de potencialización de una sociedad. Porque un cambio real hubiese sido preguntarse, en tiempos de bonanza, qué se está haciendo mal para realizar los cambios a tiempo y no cuando llega la crisis. Esa es mi mayor crítica desde hace un par de años a los países de America Latina. Están dormidos en la autocomplacencia de la bonanza, en el festejo del derrumbe (muy cuestionable) del imperio. Pero si observamos que gran parte de esa bonanza se basa en la misma historia de décadas y siglos atrás, debería llamarlos a reflexión. Por ejemplo, la exportación de commodities, la lenta, y hasta, inexistencia de una mayor cultura democrática en el sentido del respeto individual por las reglas de juego (que se traduce en corrupción administrativa arriba y violencia civil e impunidad generalizada abajo) y la falta de coraje civil para cambiar esas mismas reglas y una repetición y renovación alarmante de viejos discursos exculpatorios.

Pensar Latinoamérica hoy (Parte III)

 

AGV: Al observar la situación en América Latina, muchos plantean actualmente el reinado de la intolerancia como el ambiente actual en la región. Incluso algunos, un poco más extremos, se han animado a hablar de un acercamiento a la época negra de las dictaduras en América Latina (en países como Venezuela o Argentina), si bien esta vez se produce dentro de gobiernos democráticos. Muchos se han escudado también en una suerte de redención histórica después de haber vivido esa época, cayendo en el peligro de revisar la historia hacia un relato único, y reviviendo enfrentamientos y modos que, en definitiva, no parecieran permitir el avance de la región hacia una realidad de crecimiento y equidad. Otros, de forma más explícita, han recurrido a la persecución y al asesinato de comunicadores, periodistas y actores relevantes del ámbito político y económico. ¿Somos, efectivamente, rehenes de nuestra propia historia? ¿La intolerancia a la crítica y el debate son parte de nuestra idiosincrasia, o sólo un mecanismo de defensa política a la orden del día? ¿Cómo superar la falta de oposición articulada, como el caso argentino, que potencia el fortalecimiento de un sólo discurso, y divide la opinión entre amigos y enemigos?¿A qué otros mecanismos democráticos acceder para evitar el desgaste de nuestras democracias?

JM: Ahí hay varios puntos. En breve: 1) No podemos equiparar la América Latina de hoy con aquella de las viejas dictaduras militares. No hay punto de equiparación. 2) No hay que temerle a ningún revisionismo histórico, excepto aquellos que sonpromovidos o institucionalizados por un gobierno, como es el caso más reciente de Argentina. En una democracia no debe haber tabúes, pero esta discusión y revisionismo debe partir de la libertad de los distintos grupos independientes, no comprometidos con partidos políticos y menos con el oficialismo, es decir, el poder político del momento. 3). El problema de la violencia del narcotráfico en países como México no es solo responsabilidad de los países productores o de tránsito sino de los países consumidores, como Estados Unidos y los países europeos. La mejor forma de eliminar una oferta (y en consecuencia la violencia que se deriva de ella) es eliminando la demanda. Ningún país ha ilegalizado el trafico de estiércol de perro ni nadie se mata por ese producto porque no hay interés en comprarlo (al menos por ahora). Diferente ha sido la larga historia del guano, el codiciado estiércol de murciélago y aves marinas en Perú. 4) Sí, en parte somos rehenes de nuestra propia historia. Esa es una de las razones por las cuales personalmente excuso a aquellos que están en situación de miseria y escasa educación. Cuando en un país no faltan recursos, ellos (sobre todo los niños) son el rostro visible de un crimen colectivo. Somos rehenes de la historia cuando no sabemos hacer otra cosa. Pero cuando hemos visto alternativas, otras formas de ser, y persistimos, entonces ocurre algo muy común: somos rehenes voluntarios. A nivel personal, podemos tomar conciencia de un problema pero al mismo tiempo no tomamos medidas porque nos falta voluntad, coraje o simplemente porque no queremos cambiar. Entonces necesitamos una explicación acorde, una justificación: la culpa es del otro que ha arruinado mi vida. En nuestra sociedad consumista, la falta de coraje y voluntad se llama “enfermedad”; entonces pagamos a un tercero para que nos escuche y nos diga lo que en el fondo ya sabemos o nos lo han dicho los amigos o un familiar.

AGV: Eso podría justificar la cantidad de psicólogos en la región (en especial, en Argentina)…

JM: Bueno, el fenómeno de la proliferación de psicólogos y psiquiatras en Argentina es anterior. Probablemente se explique por la gran cantidad de inmigrantes europeos a principios del siglo XX, por la propensión a la nostalgia y el intelectualismo argentino-uruguayo que se refleja hasta en el tango y en la literatura rioplatense. Pero el fenómeno de la dictadura de la psicología popular, no la más profesional sino aquella que se ha vendido como pan caliente, es más reciente; probablemente tenga menos de dos generaciones. Hace unos años, discutía con unos amigos sobre las costumbres “políticamente correctas” que reproducimos inconscientemente; no puedo citar los correos ajenos pero sí me puedo citar a mí mismo: “antes esperábamos que nuestros padres terminasen de ver el informativo para ver dibujos animados; ahora los padres debemos esperar que nuestros niños dejen de ver dibujos animados para ver el informativo. Siempre hay una generación jodida”. Enseñamos a no tener coraje y a resolver deseos y necesidades comprando y pagando. En esta nueva cultura del mercado, se forman y consolidan actitudes, reflejos y fijaciones psicológicas: pagar es importante, como en el supermercado, pago y obtengo satisfacción. Tantas veces que luego no concibo uno sin el otro. Imagina este fenómeno a nivel colectivo. El problema es harto más complejo. Y aun así, al fin de cuentas, casi todo depende de la voluntad, que es el principal componente de la libertad. América Latina ha cambiado mucho y poco a la vez. Han habido algunos progresos, pero demasiado lentos. Creo que hay una persistencia que explica tu sorpresa: la cultura verticalista y personalista que lleva siglos en el continente. Sea de izquierda o de derecha, los políticos latinoamericanos se enamoran del poder y, mientras gobiernan, van tejiendo tramas de poder que se enquistan en el aparato político y en la sociedad. Los presidentes que han promovido cambios, que han hecho revoluciones y han renunciado al poder son contados con las manos. Un caso es el de José Artigas, en el siglo XIX y otro caso notable y paradójico, que muchos no aceptarán, es el del quijotesco Ernesto Che Guevara. Pero la regla ha sido la contraria.

AGV: Con respecto a esto que menciona, es una tendencia en América Latina el desmantelamiento de las instituciones que forjan a la democracia, a partir de sus herramientas y mediante medidas amplias y poco definidas. Lo más llamativo, actualmente, es el desarrollo de este patrón desde gobiernos democráticos, en algunos casos incluso reelectos. Ante esto, ¿es tremendista advertir esta clase de movimientos políticos? ¿O pecamos de ingenuos al creer que las buenas intenciones son reales, y no sólo manipuladas? ¿Cuáles son los elementos que hacen de esta realidad algo común en Latinoamérica, con democracias tan jóvenes y tan buscadas?

JM: La ideología para muchos es como la pasión de un hincha de futbol: una vez que alguien se hace hincha de Boca o de las Chivas, defenderá a muerte su camiseta. Cambiará de esposa o de país, pero nunca dejará de ser hincha de ese equipo. Esta “lógica” no es ajena a muchos (por no decir arrogantemente a la mayoría) a los seguidores ideológicos. Y no lo dice alguien que cree que es posible vivir en una sociedad de forma neutral y sin ideología (sin un sistema de ideas), pero creo que también se puede ejercer la autocrítica y la conciencia de que una ideología es solo una forma parcial de ver la compleja realidad. Es la voluntad de explicar el todo a través de la comprensión de una de sus partes. Alguien dijo que los problemas de la democracia se solucionan con más democracia. Esto sigue siendo cierto. Los sistemas democráticos suelen tolerar prácticas autoritarias, sobre todo cuando hay una población “despolitizada” como en Estados Unidos o excesivamente “politizada” como en América Latina. En ambos casos es imposible un dialogo político, una reflexión política y entonces los pueblos fácilmente se dividen en izquierda y derecha, en blanco y negro, en “Braden o Peron”, Christianism or Communism”, “la burka ou la liberté”, etc. La esencia de un político exitoso que aspira al poder es crear dicotomías. La realidad es siempre compleja y si tiene cien variables el político elegirá dos: si usted elije la opción A, sufrirá las consecuencias de la catástrofe; si elige la opción B, la nuestra, será salvado y la prosperidad llegará a este reino. Claro que un político debe tomar decisiones dentro de un conjunto de opciones posibles. Pero el problema universal surge cuando se simplifica la realidad y se impone una sola narrativa. Y si no hay un enemigo claro, se lo inventa. Ese es parte del mecanismo por el cual una democracia (ni que hablar una dictadura) se convierte en un sistema ambiguamente autoritario, legitimado por el voto y las instituciones secuestradas con la complacencia (en democracia) o el temor (en dictadura) de las masas.

 

AGV: Entonces, en definitiva, ¿siempre tendemos al autoritarismo…? ¿Cómo podemos avanzar hacia una democracia real, con libertades individuales respetadas, y voz y voto como ciudadanos? ¿Es esto una utopía, o sólo un ensayo fallido de aquello a lo que aspiramos como sociedad?

JM: La infancia de una persona condiciona pero no determina su destino. Un ser humano se define por un diferencial: cierto grado de conciencia, de libertad y de responsabilidad. Gracias a estos tres factores que se parecen mucho entre sí, somos capaces de romper cualquier círculo vicioso. Es una perspectiva humanista. No es necesario dejar de reconocer, como en el pensamiento marxista, que la condición de clase condiciona nuestra libertad y nuestra conciencia, pero creo que debemos observar que si este mecanismo fuese absoluto cada individuo sería, necesariamente, una pieza de un engranaje. Para ser libres debemos tomar conciencia de las advertencias que han hecho los grandes marxistas de la historia, pero si nos limitamos a ellas nos paralizamos en el justo momento en que podemos ser libres. Es decir, por ejemplo, una mujer puede reconocer que sus ideas sobre cómo ser una buena mujer, una buena pobre y una buena negra o india proceden de su condición social y cultural. No sólo puede, debería hacerlo como primer paso a su propia liberación. Pero si se detiene en ese momento y no se hace responsable de su propia condición, entonces no saldrá de su círculo de violencia. Por el contrario, lo confirmará con su propia victimización. Lo mismo podemos decir del pensamiento psicoanalítico, etc. Estamos condicionados por un pasado, pero no condenados a repetimos. Igual la historia de los pueblos. Y lo digo yo que, precisamente, he propuesto y ampliado la resistida idea de que existen ciertos valores y probablemente ideas propios de las culturas latinoamericanas que proceden de las antiguas culturas prehispánicas. Algunos profesores me han dicho que unir el mito de Quetzalcóatl con el Che Guevara era imposible. Yo creo que es difícil probarlo, aunque he aportado muchos indicios al respecto, pero si es imposible probarlo también es imposible refutarlo con mayor fuerza. Todo lo cual no significa que cada pueblo esté determinado, fatalmente, por su pasado o por su nacimiento. A cada momento podemos decidir qué hacer con nuestro propio pasado. Esa decisión, a nivel social, es mucho menos radical; normalmente, si se tiene el coraje colectivo de realizar cambios profundos, puede llevar generaciones. Por la misma razón, no creo que los países cambien en diez años. Pueden tener crisis y bonanzas económicas, pero siguen siendo los mismos países, con sus mismas obsesiones y sus mismos defectos y virtudes pero con diferentes recursos.

Milenio I, (B), (Mexico)

Milenio II (B) (Mexico)

Milenio III (B) (Mexico)

Minenio IV (B) (Milenio)

Milenio V (B) (Mexico)

South American Business Forum (Engl.) (Argentina)