¿Dictador o autoritario?

Adolf Hitler and Benito Mussolini in Munich, G...

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Ni el alemán Diccionario De Gruyter, ni la Gran Enciclopedia Rusa, ni el Diccionario Biográfico de los italianos, todos ellos contrastadas referencias en el ámbito de la biografía histórica, tuvieron problemas para llamar “dictador” a sus respectivos dictadores, o para relatar -simplemente con rigor histórico- las variadas tropelías y atrocidades de estos auténticos sátrapas de la Humanidad. Muy al contrario que elDiccionario Biográfico Español y su ya tristemente legendaria entrada sobre Franco firmada por el historiador Luis Suárez, y dedicada a ensalzar la valía del Generalísimo en el campo de batalla y a evitar -con todo el cariño y toda la militancia- llamarle “dictador”. Lo que fue.

– ADOLF HITLER (Diccionario De Gruyter,referencia en investigación histórica). “En su discurso ante el Reichstag el 30 de enero de 1939, Hitler había profetizado que en una nueva guerra mundial ‘se conseguiría el exterminio de la raza judía en Europa’. En otoño de 1941, después de estar dispuesto a aprobar la deportación de los judíos del Reich hacia el este, y cuando en diciembre una nueva guerra mundial se hizo realidad, Hitler aprobó la destrucción física de los judíos europeos”.

– JOSEF STALIN (Gran Enciclopedia Rusa). “En los años 20, y en el curso de la lucha por el liderazgo en el partido y el Estado, utilizando el aparato del partido y las intrigas políticas, Stalin encabezó el Partido Comunista y estableció un régimen totalitario en todo el país. Llevó a cabo una industralización forzada del país y una colectivización por la fuerza. A fines de los años 1920-1930, eliminó a sus contrincantes reales y supuestos, e inició el terror masivo”.

– BENITO MUSSOLINI (Diccionario Biográfico de los Italianos). “Figura emergente en el ámbito del recién formado Partido Nacional Fascista, inmediatamente después de la Marcha sobre Roma (1922), recibió el encargo por parte del rey de formar el Gobierno, instaurando al cabo de pocos años un régimen dictatorial. En la política internacional, afrontó la experiencia colonial en Etiopía, y se dejó involucrar en la persecución de los judíos por las buenas relaciones con la Alemania de Hitler”.

– FRANCISCO FRANCO (Diccionario Biográfico Español). “Montó un régimen autoritario, pero no totalitario, ya que las fuerzas políticas que le apoyaban, Falange, Tradicionalismo y Derecha quedaron unificadas en un Movimiento y sometidas al Estado. Una guerra larga de casi tres años le permitió derrotar a un enemigo que en principio contaba con fuerzas superiores. Para ello, faltando posibles mercados, y contando con la hostilidad de Francia y Rusia, hubo de establecer compromisos con Italia y Alemania”.

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Retrato de una Academia anclada en la Historia

Basilique Franco

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Ritos religiosos, cargos vitalicios, rotunda hegemonía masculina y una desatención por la España contemporánea lastran la institución

Los miembros de la Real Academia de la Historia, antes y después de cada junta general, se encomiendan a Dios. “Que el Espíritu Santo ilumine con su gracia nuestra inteligencia y nuestro corazón”, es la oración que precede el inicio de las sesiones de los viernes. El breve rezo en latín es una herencia que la institución no ha desterrado de sus rituales. No es el único lastre que arrastra del pasado: otras son la presencia de un arzobispo (en la actualidad, monseñor Antonio Cañizares), el escaso número de mujeres, la hegemonía centralista (apenas hay académicos de la periferia), el predominio de especialistas en tiempos gloriosos de reyes y conquistadores y algunas funciones anacrónicas, como la de censor. Este cargo, que ahora desempeña el decano de la Real Academia de la Historia, Carlos Seco Serrano, parece simbólico en la práctica, pero podría no serlo. Todos los discursos de ingreso, recepción y contestación de los nuevos académicos son supervisados por él. Un incesante chaparrón de críticas y denuncias

“Funciona como un club sumamente restringido”, critica Ángel Viñas. Un académico denuncia que un grupo de presión decide los ingresos. Se mantienen viejas tradiciones, como la de rezar antes de las juntas generales.

“Es necesario que se dé entrada a otras generaciones”, según F. Marías

No suele alterarlos, según un académico, pero podría hacerlo. Lo cierto es que la entrada de nuevos miembros apenas aviva el debate. A diferencia de lo que ocurre en la Real Academia Española (RAE), donde acostumbran a disputarse los sillones dos y tres candidatos, en la de Historia reina la absoluta unanimidad. En raras ocasiones se presenta más de un aspirante a los puestos vacantes.

En los últimos años abundan los candidatos propuestos por la historiadora Carmen Iglesias, la segunda mujer en ingresar en la Academia (ha arropado a tres de los seis últimos en ingresar), y Luis Suárez, especialista en Historia Medieval y autor de la complaciente biografía de Franco en elDiccionario Biográfico Español (tres de seis, también). Para ciertos académicos, es evidente que hay “un grupo de presión” con gran influencia a la hora de decidir quiénes se sentarán en las sesiones de la institución de la calle de León.

Al igual que ocurre en la RAE, tiene que ser una terna de académicos los que defiendan la conveniencia de postular a un candidato. Los últimos electos han sido el arabista Serafín Fanjul y Fernando Marías, historiador del Arte. Con anterioridad, lo fue Luis Alberto de Cuenca. “Funciona como un club sumamemente restringido, por cooptación. Prefiero el sistema británico, más competitivo y abierto”, sostiene Ángel Viñas.

Aunque la RAE y la RAH nacieron en el mismo siglo, el XVIII, empujadas por el mismo soplo de aire ilustrador y con similares prácticas, en los últimos años se han ido diferenciando en algunos aspectos. En la reforma de sus estatutos, la RAE aprovechó para suprimir los cargos vitalicios. La RAH, por el contrario, ha decidido mantener los de secretario, anticuario y bibliotecario como perpetuos, algo que no ocurre con la figura del director.

La institución histórica nació bajo los auspicios de Felipe V. En la cédula real de 1735 se animaba ya a realizar un diccionario que ayudase a aclarar “la importante verdad de los sucesos, desterrando las fábulas introducidas por la ignorancia o por la malicia, conduciendo al conocimiento de muchas cosas que oscureció la antigüedad o tiene sepultado el descuido”.

Ha costado casi tres siglos la tarea, pero algunos aspectos relacionados con la historia más reciente no brillan por su esmero en establecer hechos objetivos. “Si un admirador de un autor polémico hace su biografía, como el caso de Luis Suárez Fernández y Franco, siempre tendremos textos casi hagiográficos o muy benévolos hacia su gestión y conducta”, señala el historiador Enrique Moradiellos. La fallida elección de algunos biógrafos es una de las razones de la controversia que ha generado el Diccionario Biográfico Español, pero el origen entronca con la propia composición de la RAH, donde no están representados especialistas en la historia más reciente.

La comisión de Historia Contemporánea de la Academia -que por extensión se ocupó de supervisar contenidos del Diccionario– está formada por Miguel Artola (respetadísimo historiador del siglo XIX), Vicente Palacio (colaborador de autores vinculados al franquismo como Ricardo de la Cierva y biógrafo del Rey), Miguel Ángel Ochoa Brun (historiador de la diplomacia y la política exterior) y Carlos Seco Serrano (autor de una vasta obra sobre Alfonso XIII y Eduardo Dato).

De la institución están ausentes algunos reputados historiadores como Santos Juliá, Josep Fontana, Jordi Nadal o Juan Pablo Fusi, por citar algunos nombres. Salvo recientes incorporaciones, la media de edad de los académicos es muy alta: 15 de los 36 tienen más de 80 años. “Habría que remozarla internamente, rebajar la edad media de sus integrantes y ampliarla en número y funciones”, plantea Enrique Moradiellos.

Incluso su director, Gonzalo Anes, acepta que la renovación generacional y la entrada de mujeres y expertos en temas contemporáneos son asuntos pendientes. “Con el tiempo desaparecerá esta desigualdad”, asegura. Aunque hay académicos que, como el arabista Juan Vernet, son partidarios de que la Academia admita más mujeres pero siga fiel a sus tradiciones -“Yo no tocaría nada”-, los más jóvenes son conscientes de que la renovación es inevitable. “Todas las instituciones deben renovarse. Es lógico y necesario que se dé entrada a otras generaciones”, afirma Fernando Marías, que, con toda la cautela, sugiere que algunas de las entradas del diccionario que se preveían polémicas “tal vez deberían haber sido controladas por la institución y no dejar la responsabilidad a autores singulares”. Como es partidario de “aplicar la exigencia científica a la disciplina histórica”, intuye que se creará una comisión, interna y externa, para revisar los posibles errores”. Una corrección que según el propio Anes se pondrá en marcha desde la versión digital de la obra.

Tan cauto como su colega, el poeta y filólogo Luis Alberto de Cuenca reconoce que “la edad media de la academia es alta”, pero matiza: “Hay gente valiosísima que teniendo mucha edad son pilares de la historiografía española”. Ambos coinciden en que la renovación de la Academia debe pasar también por la incorporación de más mujeres. “Es una de las asignaturas pendientes y hay historiadoras estupendas”, dice De Cuenca. Ninguno, sin embargo, es partidario de establecer cuotas. “La mujer debe tener una presencia obligatoria, pero natural”, afirma Fernando Marías. “No creo que las cuotas ayuden a la dignidad femenina. En política es normal porque hablamos de los representantes de la ciudadanía y las mujeres son aproximadamente el 50%, pero las academias no representan a nadie”. Fundada en 1738, hubo que esperar a 1935 para que ingresara en ella una mujer: Mercedes Gaibrois. La siguiente en hacerlo fue, en 1991, Carmen Iglesias, a la que seguirían, hasta hoy, solo dos historiadoras más: Josefina Gómez Mendoza, en 2003 y Carmen Sanz Ayán, en 2006.

Los miembros de la Real Academia de la Historia, antes y después de cada junta general, se encomiendan a Dios. “Que el Espíritu Santo ilumine con su gracia nuestra inteligencia y nuestro corazón”, es la oración que precede el inicio de las sesiones de los viernes. El breve rezo en latín es una herencia que la institución no ha desterrado de sus rituales. No es el único lastre que arrastra del pasado: otras son la presencia de un arzobispo (en la actualidad, monseñor Antonio Cañizares), el escaso número de mujeres, la hegemonía centralista (apenas hay académicos de la periferia), el predominio de especialistas en tiempos gloriosos de reyes y conquistadores y algunas funciones anacrónicas, como la de censor. Este cargo, que ahora desempeña el decano de la Real Academia de la Historia, Carlos Seco Serrano, parece simbólico en la práctica, pero podría no serlo. Todos los discursos de ingreso, recepción y contestación de los nuevos académicos son supervisados por él.

 

No suele alterarlos, según un académico, pero podría hacerlo. Lo cierto es que la entrada de nuevos miembros apenas aviva el debate. A diferencia de lo que ocurre en la Real Academia Española (RAE), donde acostumbran a disputarse los sillones dos y tres candidatos, en la de Historia reina la absoluta unanimidad. En raras ocasiones se presenta más de un aspirante a los puestos vacantes.

En los últimos años abundan los candidatos propuestos por la historiadora Carmen Iglesias, la segunda mujer en ingresar en la Academia (ha arropado a tres de los seis últimos en ingresar), y Luis Suárez, especialista en Historia Medieval y autor de la complaciente biografía de Franco en elDiccionario Biográfico Español (tres de seis, también). Para ciertos académicos, es evidente que hay “un grupo de presión” con gran influencia a la hora de decidir quiénes se sentarán en las sesiones de la institución de la calle de León.

Al igual que ocurre en la RAE, tiene que ser una terna de académicos los que defiendan la conveniencia de postular a un candidato. Los últimos electos han sido el arabista Serafín Fanjul y Fernando Marías, historiador del Arte. Con anterioridad, lo fue Luis Alberto de Cuenca. “Funciona como un club sumamemente restringido, por cooptación. Prefiero el sistema británico, más competitivo y abierto”, sostiene Ángel Viñas.

Aunque la RAE y la RAH nacieron en el mismo siglo, el XVIII, empujadas por el mismo soplo de aire ilustrador y con similares prácticas, en los últimos años se han ido diferenciando en algunos aspectos. En la reforma de sus estatutos, la RAE aprovechó para suprimir los cargos vitalicios. La RAH, por el contrario, ha decidido mantener los de secretario, anticuario y bibliotecario como perpetuos, algo que no ocurre con la figura del director.

La institución histórica nació bajo los auspicios de Felipe V. En la cédula real de 1735 se animaba ya a realizar un diccionario que ayudase a aclarar “la importante verdad de los sucesos, desterrando las fábulas introducidas por la ignorancia o por la malicia, conduciendo al conocimiento de muchas cosas que oscureció la antigüedad o tiene sepultado el descuido”.

Ha costado casi tres siglos la tarea, pero algunos aspectos relacionados con la historia más reciente no brillan por su esmero en establecer hechos objetivos. “Si un admirador de un autor polémico hace su biografía, como el caso de Luis Suárez Fernández y Franco, siempre tendremos textos casi hagiográficos o muy benévolos hacia su gestión y conducta”, señala el historiador Enrique Moradiellos. La fallida elección de algunos biógrafos es una de las razones de la controversia que ha generado el Diccionario Biográfico Español, pero el origen entronca con la propia composición de la RAH, donde no están representados especialistas en la historia más reciente.

La comisión de Historia Contemporánea de la Academia -que por extensión se ocupó de supervisar contenidos del Diccionario– está formada por Miguel Artola (respetadísimo historiador del siglo XIX), Vicente Palacio (colaborador de autores vinculados al franquismo como Ricardo de la Cierva y biógrafo del Rey), Miguel Ángel Ochoa Brun (historiador de la diplomacia y la política exterior) y Carlos Seco Serrano (autor de una vasta obra sobre Alfonso XIII y Eduardo Dato).

De la institución están ausentes algunos reputados historiadores como Santos Juliá, Josep Fontana, Jordi Nadal o Juan Pablo Fusi, por citar algunos nombres. Salvo recientes incorporaciones, la media de edad de los académicos es muy alta: 15 de los 36 tienen más de 80 años. “Habría que remozarla internamente, rebajar la edad media de sus integrantes y ampliarla en número y funciones”, plantea Enrique Moradiellos.

Incluso su director, Gonzalo Anes, acepta que la renovación generacional y la entrada de mujeres y expertos en temas contemporáneos son asuntos pendientes. “Con el tiempo desaparecerá esta desigualdad”, asegura. Aunque hay académicos que, como el arabista Juan Vernet, son partidarios de que la Academia admita más mujeres pero siga fiel a sus tradiciones -“Yo no tocaría nada”-, los más jóvenes son conscientes de que la renovación es inevitable. “Todas las instituciones deben renovarse. Es lógico y necesario que se dé entrada a otras generaciones”, afirma Fernando Marías, que, con toda la cautela, sugiere que algunas de las entradas del diccionario que se preveían polémicas “tal vez deberían haber sido controladas por la institución y no dejar la responsabilidad a autores singulares”. Como es partidario de “aplicar la exigencia científica a la disciplina histórica”, intuye que se creará una comisión, interna y externa, para revisar los posibles errores”. Una corrección que según el propio Anes se pondrá en marcha desde la versión digital de la obra.

Tan cauto como su colega, el poeta y filólogo Luis Alberto de Cuenca reconoce que “la edad media de la academia es alta”, pero matiza: “Hay gente valiosísima que teniendo mucha edad son pilares de la historiografía española”. Ambos coinciden en que la renovación de la Academia debe pasar también por la incorporación de más mujeres. “Es una de las asignaturas pendientes y hay historiadoras estupendas”, dice De Cuenca. Ninguno, sin embargo, es partidario de establecer cuotas. “La mujer debe tener una presencia obligatoria, pero natural”, afirma Fernando Marías. “No creo que las cuotas ayuden a la dignidad femenina. En política es normal porque hablamos de los representantes de la ciudadanía y las mujeres son aproximadamente el 50%, pero las academias no representan a nadie”. Fundada en 1738, hubo que esperar a 1935 para que ingresara en ella una mujer: Mercedes Gaibrois. La siguiente en hacerlo fue, en 1991, Carmen Iglesias, a la que seguirían, hasta hoy, solo dos historiadoras más: Josefina Gómez Mendoza, en 2003 y Carmen Sanz Ayán, en 2006.

[fuente >>]

Millionaires Control 39% of the World’s Wealth

By Robert Frank

Last year was another good year for millionaires – though their pace of growth is slowing.

According to a new report by Boston Consulting Group out today, the number of millionaire households in the world grew by 12.2% in 2010, to 12.5 million. (BCG defines millionaires as those with $1 million or more in investible assets, excluding homes, luxury goods and ownership in one’s own company).

The U.S. continues to lead the world in millionaires, with 5.2 million millionaire households, followed by Japan with 1.5 million millionaire households, China with 1.1 million and the U.K. with 570,000. Singapore leads the world in “millionaire density,” or the percentage of millionaires, with 15.5% of its population now millionaire households.

The most important trend, however, is the global wealth distribution. According to the report, the world’s millionaires represent 0.9% of the world’s population but control 39% of the world’s wealth, up from 37% in 2009. Their wealth now totals $47.4 trillion in investible wealth, up from $41.8 trillion in 2009.

Those higher up the wealth ladder also gained. Those with $5 million or more, who represent 0.1% of the population, controlled 22% of the world’s wealth, up from 20 percent in 2009.

As you can see from the accompanying chart, millionaires control 29% of North America’s wealth, while millionaires control about 38% of the wealth in the Middle East and Africa. While the chart makes it look like millionaire-wealth in America is more concentrated, we also have far more millionaires, so their wealth is more spread out among the millionaire population.

Still, the data supports a trend we have been seeing for years: the rise of the global, winner-take-all (or most)  economy.

[fuente: WSJ >>]