katrina: la hiperrealidad de la imagen

Post-Katrina School Bus

Image by laffy4k via Flickr

Hurricane Katrina and the Hyperreality of the Image (Spanish)

La hiperrealidad de la imagen


En el siglo XVI, fray Bartolomé de las Casas escribió una apasionada crónica sobre la brutal conquista del Imperio Español en el nuevo mundo. La denuncia de este cristiano converso (es decir, “de sangre impura”) a favor de un humanismo universal, provocó las Juntas de Valladolid (1550) en la cual se enfrentó, ante el público y ante el rey, a Ginés de Sepúlveda. Usando una cita bíblica tomada de Proverbios, Juan Ginés de Sepúlveda y sus partidarios defendieron el derecho del Imperio a esclavizar a los indios, no sólo porque lo hacían en nombre de la “verdadera fe” sino, sobre todo, porque la Biblia decía que el hombre inteligente debía someter al tonto. Como siempre, sólo una minoría promovía una nueva ética basada en “principios”. Se debió esperar hasta el siglo XIX para que estos “principios” se convirtieran en realidad por la fuerza de la “necesidad”.

Poco después, Guamán Poma Ayala denunció una historia semejante de violaciones, torturas y matanzas. Pero lo hizo, además, con una colección de dibujos, que entonces eran una forma de crónica, tan válida como la escrita. Su impacto e interés fue mínimo en su época, a pesar de la crudeza de las imágenes. Por entonces, al igual que en los tiempos de la Edad Media, las imágenes tenían una gran utilidad porque la mayoría de la población no sabía leer. No obstante, y por ello mismo, se puede explicar por qué no tuvo consecuencias de gran importancia: porque la “masa”, la población, no contaba como agente de cambios. O simplemente no contaba. La rebeldía podía encabezarla un cacique, como Tupac Amaru, pero la población no era protagonista de su propia historia.

Ahora a lo que voy: este proceso se ha revertido hoy en día. La “masa” ya no es “masa” y comienza a contar. No obstante, la lucha radica en este frente: como la masa (ahora sujetos de rebeldía) cuenta en la generación de la historia, aquellos que aun pertenecen al viejo orden buscan dominarla con su propio lenguaje: la imagen. Y muchas veces lo logran a la perfección. Veamos.

Nuestra cultura popular occidental está basada (y a veces atrapada) en códigos visuales y en una sensibilidad visual. Sabemos que la cultura de las clases dirigentes (dominantes) se sigue basando en las complejidades del texto escrito. Incluso los expertos en imágenes basan sus estudios y teorías en la letra. ¿Por qué la imagen es un “texto” básico para las sociedades capitalistas? Porque su “consumo” es rápido, desechable, y por lo tanto es confortable. El problema surge cuando esta imagen (el signo, el texto) deja de ser confortable y complaciente. En este momento el público reacciona, toma conciencia. Es decir, el entendimiento, la conciencia, entra por los ojos: una fotografía de una niña huyendo de las bombas de napalm en Viet Nam, por ejemplo. Por la misma razón se “recomendó” no mostrar al público las imágenes sobre la guerra de Irak donde aparecían niños destrozados por las bombas, los féretros de los soldados americanos regresando al país, etc. Por el contrario, el caso Terri Schiavo ocupó el tiempo y la preocupación del público americano durante muchas semanas, día a día, hora a hora. Hasta que esta pobre mujer se murió para descansar en paz de tanta imagen obscena de las cuales fue víctima e instrumento involuntario. Sin embargo, durante esas mismas semanas continuaron muriendo cientos de iraquíes e, incluso, de soldados americanos y ni siquiera fueron noticia, más allá de las estadísticas diarias que se publican. ¿Por qué? Porque no son personas, son números para una sensibilidad que sólo se conmueve por las imágenes. Y esto quedó demostrado con las fotografías de Abú Graib y con un video que mostraba a un soldado americano disparando contra un herido. Esos fueron los dos únicos momentos en que el público americano reaccionó indignado. Pero debemos preguntarnos, ¿alguien piensa que en la guerra no pasan esas cosas? ¿Alguien cree todavía en ese cuento posmoderno de las guerras higiénicas, donde existen “efectos especiales” pero no sangre, muerte y dolor?

Lo mismo podemos analizar sobre el problema reciente de Nueva Orleáns. La catástrofe no fue comprendida mientras los meteorólogos advirtieron de la escala de la tragedia, varios días antes. Tampoco se tomó conciencia del problema cuando los reportes hablaban de decenas de muertos. De igual forma, una contradicción dialéctica (una mentira revelada, por ejemplo) carece de consecuencias porque es “invisible”. Hoy, cuatro días después, sabemos que los muertos pueden ascender a centenares. Probablemente miles, si consideramos aquellos que morirán por falta de diálisis, por falta de insulina y otras medicinas de emergencia. Pero la televisión no ha mostrado ningún muerto. Cualquiera podrá recorrer las páginas de los principales diarios de Estados Unidos y nunca encontrarán una imagen “ofensiva”, una de esas fotografías que podemos ver en diarios de otras partes del mundo: cuerpos flotando, niños muriendo “como en África”, violencia, violaciones, etc. Porque si algo no faltan son las cámaras digitales; pero sobra “pudor”. Pudor propio, no ajeno, porque publicar en la tapa de una revista los cadáveres de una hombruna en África es tan tolerable como no censurar los senos de una africana y sí los de una mujer blanca o, al menos, “civilizada”. No soy partidario del morbo gratuito, ni de mostrar sangre repetidas veces y sin necesidad: soy partidario de mostrarlo todo. Como dijo alguien, refiriéndose a la guerra, “si fuimos capaces de hacerlo debemos ser capaces de verlo”.

Una tragedia natural como ésta (como el tsunami en Asia) es una desgracia de la cual no podemos responsabilizar a nadie. (Dejemos de lado, por un momento, la cuota de responsabilidad que tienen las sociedades en el calentamiento global de los mares.) Sin embargo, la tragedia de Nueva Orleáns está demostrando que una superpotencia como Estados Unidos puede movilizar decenas de miles de soldados, la más alta tecnología del mundo, la máquina más efectiva de ataque conocida hasta ahora en la historia de la humanidad para quitar a un presidente (o dictador) extranjero, pero no ha podido acceder hasta donde están miles de víctimas del huracán Katrina, en una ciudad que está dentro de su propio país. En Nueva Orleáns, en este momento, se están produciendo actos de vandalismo, violencia, violaciones y caos general mientras las víctimas se quejan que ni siquiera han visto un policía o un soldado que los ayudase, en un área que se encuentra bajo la ley marcial. Este reclamo lo hacen delante de las cámaras, por lo cual podemos pensar que al menos los periodistas sí pudieron acceder a esos lugares. Unos saquean por oportunistas, otros por desesperación, ya que comienzan a experimentar una situación de lucha por la sobrevivencia que no es conocida en el país más poderoso del mundo. Ayer el presidente G. W. Bush apeló a la ayuda privada y esta mañana ha dicho que no es suficiente. Falta de recursos no hay, claro (la guerra de Irak costó más de trescientos mil millones de dólares,  diez veces más de todos los destrozos producido por el huracán en esta tragedia); el parlamento ha votado una ayuda económica de diez mil millones de dólares para las víctimas. Pero éstas siguen muriendo, atrapados en estadios, en los puentes, viviendo a la intemperie, dando una imagen que no se corresponde con un país cuyos pobres sufren problemas de sobrealimentación, donde a los mendigos se los multa con mil dólares por pedir lo que no necesitan (ya que el Estado les provee de todo lo necesario para sobrevivir sin desesperación en caso de que no puedan hacerlo por sus propios medios). Una tragedia doble la sufren los hispanos indocumentados: no son objetos de compensaciones como sus vecinos, pero pierdan cuidado que serán ellos los primeros que pongan mano a la reconstrucción. ¿Quién más si no? ¿Qué otro grupo social de este país tiene la resistencia física, moral y espiritual para trabajar bajo límites de sobrevivencia y desesperanza? ¿O todavía creemos en los cuentos de hadas?

El pueblo norteamericano tomará conciencia de los objetivos y prioridades de este gobierno cuando compare la eficiencia o ineficiencia en diferentes lugares y momentos. Pero para ello debe “verlo” en sus televisores, en los medios de prensa de Internet escritos en inglés, a los cuales suelen acudir por costumbre. Porque de nada o de poco sirve que lo lean en los textos escritos, como no sirven los críticos artículos del New York Time que, con un gran número de brillantes analistas anotaron uno por una las contradicciones de este gobierno y, en vano, tomaron partido público en contra de la reelección de G. W. Bush. Ahora, cuando se produce un “cansancio” en la opinión pública, la mayoría de los habitantes de este país entiende que la intervención en Irak fue un error. Claro, como decía mi abuelo, tarde piaste.

La “opinión pública” norteamericana tomará conciencia de lo que está ocurriendo en Nueva Orleáns (y del por qué está ocurriendo, más allá del fenómeno natural) cuando puedan ver imágenes; una parte de aquello que están viendo las víctimas y narrando oralmente para un público que escucha pero no se conmueve por la narración oral, como no se conmueve por un análisis dialéctico que no apela a imágenes o a metáforas bíblicas. Se darán real cuenta de lo que está sucediendo cuando vean las imágenes “crudas”, siempre y cuando no confundan esas imágenes con el caos en algún país subdesarrollado.

El genial educador brasileño, Paulo Freire, expulsado por la dictadura de su país “por ignorante”, publicó en 1971 Pedagogía del oprimido en una editorial de Montevideo. Allí mencionó una experiencia pedagógica de una colega. La profesora mostró a un alumno un callejón de Nueva York lleno de basura y le preguntó qué veía. El muchacho dijo que veía una calle de África o de América Latina. “¿Y por qué no una calle de Nueva York?”, observó la profesora. Poco antes, en los años ’50, Roland Barthes había hecho un interesante análisis de una fotografía en la cual un soldado negro saludaba “patrióticamente” la bandera del imperio que oprimía a África (el imperio francés), y de ahí concluyó, entre otras cosas, que la imagen estaba condicionada por el texto (escrito) que la acompaña y es éste el que le confiere un significado (ideológico). Podemos pensar que el problema semántico (semiótico) es algo más complejo que esto, y depende de otros “textos” que no son escritos, que son otras imágenes, otros discursos (hegemónicos), etc. Pero la imagen “cruda” también tiene su función reveladora o, al menos, crítica. ¿Qué significa esto de “crudo”?  Son, precisamente, aquellas imágenes que el discurso hegemónico ha censurado (o reprimido, para usar un término psicoanalítico). Razón por la cual aquellos que usamos la dialéctica y el análisis relacionado históricamente con el pensamiento y con el lenguaje, debemos reconocer, al mismo tiempo, el poder de aquellos otros que manejan el lenguaje visual. Para dominar o para liberar, para ocultar o para revelar.

Una vez, en una aldea de África, un macúa me contó cómo una hechicera había transformado un saco de arena en un saco de azúcar y cómo otro hechicero había bajado volando del cielo. Le pregunté si recordaba un sueño extraño de los últimos tiempos. El macúa me dijo que había soñado que veía su aldea desde un avión. “Ha viajado alguna vez en un avión”, pregunté. Obviamente, no. Ni siquiera había estado cerca de alguno de estos aparatos. “Sin embargo usted dice que lo vio”, observé. “Sí, pero era un sueño”, me dijo. Los espíritus en cuerpos de leones, los hombres voladores, la arena convertida en azúcar no eran sueños. Historias como éstas podemos leerlas en las crónicas de los españoles que conquistaron América Latina en el siglo XVI. También podemos verlas hoy en día en muchas regiones como América Central. Mi respuesta a mi amigo macúa entonces fue la misma que les daría a los “evolucionados” norteamericanos: tengamos siempre presente que no es verdad todo lo que se ve ni se ve todo lo que es verdad.

© Jorge Majfud, 2 de setiembre de 2005

The University of Georgia

Hurricane Katrina and the Hyperreality of the Image

by Jorge Majfud

Translated by Bruce Campbell

In the 16th century, the Dominican brother Bartolomé de las Casas wrote an empassioned chronicle about the brutal conquest by the Spanish Empire of the new world. The denunciation by this Christian convert (which is to say, “of impure blood”) in behalf of a universal humanism, resulted in the Juntas de Valladolid (1550) in which he faced off, before the public and the king, with Ginés de Sepúlveda. Using a biblical quotation taken from Proverbs, Juan Ginés de Sepúlveda and his partisans defended the right of the Empire to enslave indigenous peoples, not only because they did it in the name of the “true faith” but, above all, because the Bible said that the intelligent man must subjugate the idiot. We will not go into who were the intelligent men. What matters now is knowing that over the centuries, a debate resulted among the “chroniclers” (the only literary genre permitted by the Spanish Inquisition in the Americas). As always, only a minority promoted a new ethics based on ethical “principles.” In this case the humanists and defenders of the “natural right” of the indigenous peoples. One had to wait until the 19th century for these “principles” to become reality by the force of “necessity.” In other words, the Industrial Revolution needed wage laborers, not free labor that competed with standardized production and that, besides, had no consumption power. From that point on, as always, “necessity” quickly universalized the “principles,” so that today we all consider ourselves “anti-slavery,” based on ethical “principles” and not by “necessity.”* I have explained this elsewhere, but what is important to me now is to briefly analyze the power of the written text and, beyond this, the power of dialectical (and sometimes sophistic) analysis.

Using the denunciations of father Bartolomé de las Casas, a nascent empire (the British) quickly found writers to create the “black legend” of Spain’s colonial enterprise. Then, like any new empire, it presumed an advanced morality: it presented itself as the champion of the anti-slavery struggle (which – what a coincidence – only became a reality when its industries developed in the 19th century) and pretended to give moral lessons without the necessary authority, which was denied by its own history of brutal oppression, equally as brutal as that of the old Spanish empire.

Shortly after the De las Casas-Supúlveda controversy and following the approval of the New Laws governing treatment of the indians as a consequence (although the laws weren’t worth the paper they were printed on), Guamán Poma Ayala denounced a similar history of rapes, torture and mass murder. But he did it, in contrast, with a collection of drawings, which at the time was a form of chronicle as valid as the written word. These drawing can be studied in detail today, but we would have to say that there impact and interest was minimal in their own time, despite the starkness of the images. In those days, just as during the Middle Ages, images had a special usefulness because the majority of the population did not know how to read. Nevertheless, and for that very reason, it is easy to explain why Guamán Poma’s chronicle was of no great consequence: because the “masses,” the population, didn’t matter as an agent of change. Or it simply didn’t matter. Rebellion might be headed by a cacique, like Tupac Amaru, but the population was not a protagonist of its own story.

Now here’s where I’m going with this: this process has been reversed today. The “masses” are no longer “masses” and have begun to matter: citing Ortega y Gasset, we might say that we had a “rebellion of the masses” but now can longer speak of “masses” but of a population composed of individuals that have started to question, to make demands, and to rebel. Nonetheless, the struggle is rooted on this front: as the masses (now subjects in rebellion) matter in the generation of the story, those who still belong to the old order seek to dominate them with their own language: the image. And often they succeed to perfection. Let’s take a look.

Our Western popular culture is based (at times trapped) in visual codes and a visual sensibility. We know that the culture of the ruling (or dominant) classes continues to be based on the complexities of the written text. Even the experts on images base their studies and theories on the written word. If in Latin America public opinion and sensibility are strongly conditioned by an ideological tradition (formed from the time of the Conquest, in the 16th century, and exploited by opposing political groups in the 20th century), here, in the United States, the relationship with the past is less conflict-oriented, and hence the lack of historical memory can, in some cases, facilitate the work of the proselytizers. We will not get into that issue here. Suffice it to say that the United States is a complex and contradictory country, and therefore any judgement about “Americanness” is as arbitrary and unfair as speaking of “Latinamericanness” without recognizing the great diversity that exists within that mythological construct. We must not forget that all ideology (of the left or of the right, liberal or conservative) sustains itself via a strategic simplification of the reality it analyzes or creates.

I understand that these factors should be taken into account when we want to understand why the image is a basic “text” for capitalist societies: its “consumption” is quick, disposable, and therefore “comfortable.” The problem arises when this image (the sign, the text) ceases to be comfortable and pleasant. When this happens the public reacts, becomes aware. That is to say, the understanding, the awareness, enters through the eyes: a photograph of a girl fleeing the napalm bombs in Viet Nam, for example. For the same reason it was “recommended” to not show the public images of the war in Iraq that included children torn apart by bombs (see the daily papers of the rest of the world in 2003), the coffins of American soldiers returning home, etc. By contrast, the Terri Schiavo case occupied the time and concern of the American public for many weeks, day after day, hour after hour; the president and governor Bush of Florida signed “exceptions” that were rejected by the judiciary, until the poor woman died to rest in peace from so many obscene images of which she was the unknowing and unwilling victim. Despite it all, during thos same weeks hundreds of Iraqis, as well as American soldiers, continued to die and they didn’t even make the news, beyond the publication of the daily statistic. Why? Because they aren’t persons, they are numbers for a sensibility that is only moved by images. And this was proved by the photographs of Abu Graib and with a video that showed an American soldier shooting a wounded man. Those were the only two moments in which the American public reacted with indignation. But we should ask ourselves, does anyone really believe that these things don’t happen in war? Does anyone still believe in that postmodern story about hygienic wars, where there are “special effects” but no blood, death and pain? Yes. Many people do. Lamentably, a majority. And it’s not due to lack of intelligence but to lack of interest.

We can analyze the same process at work with the recent problem of New Orleans. The catastrophe was not grasped when the meteorologists warned of the scale of the tragedy, several days before. Nor was there broad awareness of the problem when reports spoke of tens of dead. Four days after, we knew that the number of dead could rise into the hundreds. Possibly thousands, if we consider those wuo will die for lack of dialysis, lack of insulin and other emergency medicines. But television did not show a single dead person. Anyone can search the pages of the principal daily newspapers of the United States and they will not find an “offensive” image, one of those photographs that we can view in daily papers from other parts of the world: bodies floating, children dying “like in Africa,” violence, rapes, etc. Because if there is one thing in abundance it is digital cameras; but there is even more “modesty.” I am no advocate of morbid gratuitousness, nor of showing blood over and over again unnecessarily: I am an advocate of showing everything. As a U.S. citizen said with reference to the war, “if we were capable of doing it we should be capable of seeing it.”

A natural tragedy like this one (or like the tsunami in Asia) is a disgrace for which we cannot hold anyone responsible. (Let’s set aside, for a moment, the share of responsibility that societies have in the global warming of the oceans.) Nonetheless, the tragedy of New Orleans demonstrates that a superpower like the United States can mobilize tens of thousands of soldiers, the most advanced technology in the world, the most effective machinery of assault in human history in order to remove a foreign president (or dictator), but prove incapable of reaching thousands of victims of Hurricane Katrina, in a city within its own country. In New Orleans, there were acts of vandalism and violence, rapes and general chaos while victims complained that there were no policemen or soldiers to help them, in an area that found itself under martial law. This complaint was made in front of the cameras, and so we can believe that at least the journalists were able to gain access to those places. Some loot because they are opportunists, others out of desperation, as they begin to experience a situation of struggle for survival previously not seen in the most powerful country in the world. On September 1 president G.W. Bush appealed for private aid and on September 2 he said it was not sufficient. There is no lack of resources, of course (the war in Iraq cost more than three hundred billion dollars, ten times more than all the damages produced by the hurricane in this tragedy); the Congress voted for economic aid of ten billion dollars for the victims. But the latter continued to die, trapped in stadiums, on bridges, without shelter, offering up a jarring image for a country whose poor suffer from problems of overeating, where beggars are fined a thousand dollars for asking for things they don’t need (since the State supposedly provides them everything necessary to survive without desperation in case they can’t do so by their own means). Undocumented Hispanics suffer a double tragedy: they will not receive compensation like their neighbors, but rest assured that they will be the first to take up the task of reconstruction. Who else? What other social group in this country has the physical, moral and spiritual toughness to work under conditions of survival and hopelessness? Or do we still believe in fairy tales?

The people of the United States will become aware of the objectives and priorities of this government when they compare its efficiency or inefficiency in different places and moments. But for that to happen they must “see it” on their television sets, in the English-language news media on the Internet, to which they turn out of habit. Because it is of little or no use for them to read it in written texts, since the critical analyses of the New York Times are seemingly useless – a paper that, with a large number of brilliant analysts noting one by one the contradictions of this government, took sides publicly against the the reelection of G. W. Bush. Now, when there is a “fatigue” in public opinion, the majority of the country’s population understands that the intervention in Iraq was a mistake. Of course, as my grandfather used to say, you chirped too late.

U.S. public opinion will become aware of what is happening in New Orleans (and of what is happening beyond the natural phenomenon) when people can see images; a part of what the victims see and tell orally to a public that listens but is unmoved by a dialectical analysis that doesn’t appeal to images or biblical metaphors. The U.S. public will realize what is happening when its sees “raw” images, as long as they don’t confuse those images with the chaos of some underdeveloped country.

The brilliant Brazilian educator, Paulo Freire, exiled by the dictatorship of his country “out of ignorance,” published in 1971 The Pedagogy of the Oppressed with a publishing house in Montevideo, Uruguay. He mentioned there the pedagogical experience of a colleague. The teacher had shown to a student an alley of New York City filled with garbage and asked him what he saw. The boy said that he saw a street in Africa or Latin America. “And why not a street in New York City?” observed the teacher. A short timearlier, in the 1950s, Roland Barthes had done an interesting analysis of a photograph in which a black soldier saluted “patriotically” the flag of the empire that oppressed Africa (the French empire), and concluded, among other things, that the image was conditioned by the (written) text that accompanies it and that it is the latter that confers on the image (ideological) meaning. We might think that the semantic (or semiotic) problem is a bit more complex than this, and arises from other unwritten “texts,” other images, other (hegemonic) discourses, etc. But the “raw” image also has a revelatory, or at least critical, function. What do I mean by “raw”? “Raw” images are precisely those images censored (or repressed, to use a psychoanalytic term) by the dominant discourse. For this reason those of us who use dialectics and analysis related historically to thought and language must recognize, at the same time, the power of those others who control visual language. To dominate or to liberate, to hide or to reveal.

Once, in an African village, a Macua man told me how a sorceress had transformed a sack of sand into a sack of sugar, and how another sorcerer had come flying down from the sky. I asked him if he remembered any strange, recent dream. The Macua man told me he had dreamed that he saw his village from an airplane. “Have you ever flown in a plane?” I asked. Obviously not. He hadn’t even been close to one of those machines. “But you say that you saw it,” I observed. “Yes, but it was a dream,” he told me. Spirits in the bodies of lions, flying men, sand turned into sugar aren’t dreams. Stories like these can be read in the chronicles of the Spaniards who conquered Latin America in the 16th century. We can also see them today in many regions of Central America. My response to my Macua friend was the same as I would give to the more “evolved” U.S. public: we must always be aware that not everything we see is true, nor is can everything true be seen.

*This same principal that I call “necessity” was identified in the 19th century by Bautista Alberdi, when he recognized that laicism in the Rio de la Plata was (and had to be) a consequence of the great diversity of religions, a product of immigration. It was not possible to expel or engage in “ethnic cleansing,” as Spain did in the 15th century, since in Alberdi’s time we were in a different arena of history, and of the concept of “necessary resources.”

Translated by Bruce Campbell

© Jorge Majfud, september 2006.

El dulce azote del lenguaje

Milenio (Maxico)

El dulce azote del lenguaje

¿Por qué los negros en Estados Unidos se llaman “afroamericanos”? ¿Por qué los blancos no se llaman “euroamericanos”?  A los blancos se les dice americanos; a los negros, afroamericanos, que es como decir “casi-americanos”. Porque la palabra “negro” es despectiva mientras nadie se ofende por ser llamado “blanco”. ¿Qué tienen los llamados “afroamericanos” de africanos, además del color de la piel? Más tienen de Europa por asimilación y por reacción que de África por su cultura o por su memoria (y lo digo por haber vivido entre tribus africanas). De los europeos, la mayoría heredó su religión y la ideología capitalista; de los europeos heredaron la máquina, el dolor, la humillación y a veces el resentimiento. Razón por la cual los afroamericanos deberían ser llamados “euroamericanos”, si no fuese porque afroamericano es un eufemismo de “negro” (tabú que indica algo malo) que no se refiere a una cultura africana sino, simplemente, a su color de piel. Algo así como decir “hijo ilegítimo”. ¿Cómo un recién nacido (un ser humano sin pecado) puede ser ilegítimo? ¿Cómo un indocumentado puede ser “ilegal”?

Ninguna palabra es inocente (ya lo sabía Antonio Nebrija en 1492, cuando decía que el lenguaje es el principal compañero del imperio), pero hay algunas que están hinchadas de ideología, como por ejemplo las palabras “libertad”, “democracia”, “justicia”, “liberación”, “progreso”, etc. Usándolas como espadas sagradas, nos permitimos imponer nuestras convicciones aún por la fuerza, como hace casi quinientos años Cortés, Pizarro y tantos otros “adelantados” salvaron a América Latina decapitando, torturando, violando, esclavizando y quemando pueblos enteros como forma de persuasión. Creer que importando e imponiendo un sistema político cambiará automáticamente la realidad de un país es ignorar su cultura y su historia. Bastaría con los repetidos fracasos maquillados de éxitos que tenemos que presenciar cada día en el mundo para darse cuenta de ello. Bastaría con imaginar a China imponiendo un sistema monárquico a Estados Unidos en el 2040, por citar un ejemplo inverso. Para cambiar la cultura de un pueblo por la fuerza se necesitan siglos o décadas de corrupción y violencia, como bien lo demostró la colonización española, la inglesa, la americana… Siglos de violenta narración.

“Seguí mi camino —reportó Hernán Cortés en 1520 en carta al rey Emperador Carlos V— considerando que Dios es sobre natura, y antes que amaneciese di sobre dos pueblos, en que maté mucha gente y no quise quemarles casas por no ser sentidos con los fuegos de las otras poblaciones que estaban muy juntas. Y ya que amanecía di con otro pueblo tan grande que se ha hallado en él, por visitación que yo hice hacer, más de veinte mil casas. Y como las tomé de sobresalto, salían desarmados, y las mujeres y niños desnudos por las calles, y comencé a hacerles algún daño; y viendo que no tenían resistencia vinieron a mí ciertos principales del dicho pueblo a rogarme que no les hiciésemos más mal porque ellos querían ser vasallos de vuestra alteza y mis amigos; y que bien veían que ellos tenían la culpa en no me haber querido servir […] Después de sabida la victoria que Dios nos había querido dar y cómo dejaba aquellos pueblos en paz, hubieron mucho placer” .

Tener una convicción no es malo a priori; todo lo contrario; el problema son los métodos, como la inocente manipulación ideológica del lenguaje. Cada día asistimos a la lucha por el significado, desde los “medios de comunicación”, desde los discursos políticos, religiosos, académicos, etc. Estamos sumergidos en una guerra semiótica y semántica basada en la asociación arbitraria de conceptos-imágenes-palabras que es construida día a día, por repetición, con un objetivo ideológico y económico. Esos premoldeados productos semánticos —la Libertad, la Democracia, la Civilización, el Progreso, etc.— se convierten luego en axiomas donde se asientan las nuevas discusiones, axiomas que hacen suyos hasta quienes deben sufrir el significado impuesto por esta forma de violencia ideológica. Todo lo cual no significa que la libertad, la democracia, la civilización y el progreso no existan; pero por la misma razón de que existen, o puede existir, se los coloniza antes de que sean apropiados por sus víctimas.

El objetivo casi nunca es la verdad, la búsqueda interesada de comprender al otro, de escuchar: el objetivo es ser escuchado, es convencer en nombre de los “verdaderos valores”. Actualmente no existe el diálogo; existen discusiones permanentes, intentos dialécticos de legitimar con símbolos y palabras algo que no depende de los símbolos ni de las palabras. No puedo decir que estamos ante un diálogo de sordos porque los sordos cuando dialogan se entienden.

En ese aspecto nuestro orgulloso tiempo se parece a la Edad Media: por entonces, quien triunfaba por la fuerza de su brazo y de su caballo se atribuía toda la verdad de una disputa dialéctica, ajena al brazo y al caballo. La fuerza no sólo impone su verdad por el miedo y la coacción sino, sobre todo, por la seducción del vencido (luego de masacrados, los mexicanos reconocían llorando ante Cortés que la culpa era de ellos, por resistir a la invasión).

Un hombre pobre nada tiene que enseñarle a un hombre rico sobre cómo hacer fortuna, aunque la fortuna del hombre rico se deba a la lotería o al despojo ajeno. De ahí se sigue que un hombre pobre también es, necesariamente menos sabio y menos inteligente que un hombre rico (razón por la que los presidentes y senadores de una Gran Democracia casi siempre son hombres ricos o amigos de millonarios), con lo cual llegamos a la concusión de que Einstein era un retrasado mental y Sylvester Stallone un genio. Y peor si ese hombre pobre es un habitante del Tercer Mundo —categoría de por sí misma ideológica— que asume y confirma que la riqueza material es riqueza, a secas: espiritual, moral, intelectual, etc.

¿Quién se atrevería a decir que una comunidad indígena que ha tenido la sabiduría de vivir en paz durante siglos es el Primer Mundo? Podríamos decirlo, pero nos rompe los oídos, debido al “buen gusto” que hemos desarrollado escuchando otras frases y otros conceptos prefabricados.

Por qué, de igual forma, llamamos “afroamericanos” a seres humanos europeizados por la cultura y por la violencia de la historia? ¿No es una nueva forma de violencia ideológica que hace suya la misma víctima, que de esa forma se define como periférica, por el color de su piel, al tiempo que cree revindicar una cultura como forma de resistencia y reivindicación? ¿No es esta una clasificación compulsiva que una persona de piel oscura se autoimpone, creyendo de esa forma resistir a una imposición? ¿No es esta clasificación una forma de dominación de una ideología que se pretende superar?

Porque, entiendo, una cosa muy diferente es la cultura afroamericana —indudablemente rica, desde Nicolás Guillén en Cuba hasta los seguidores de Yemanjá en Argentina, desde el Jazz en Chicago y Nueva Orleáns hasta la Samba en Río— y otra cosa muy distinta es clasificar a una persona como “afroamericano” sólo por el color de su piel —como si le hiciéramos un favor.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, setiembre 2006.

El Porvenir (Mexico)

 

Mémoire douce de la barbarie:

La prison de Liberté

Mes vieux amis ont toujours ri de ma mémoire quoique, avec les années, ils ont crû en prudence et m’ont gardé leur amitié. Le meilleur sentiment dont je suis redevable envers ma mémoire est la nostalgie. Une profonde nostalgie. D’entre le pire est l’inutile regret.

Les paradoxes du destin ont fait que j’eus à regretter les années de la dictature militaire dans mon pays; j’eus la malchance de croître et d’abandonner mon enfance à cette époque. Ce n’est pas à la barbarie que je dois être reconnaissant et qui paraît, du reste, l’éclairer, si ce n’était par l’illimitée nécessité humaine qui jamais ne se repose. Une fois, dans une classe de littérature au secondaire, nous demandions à la professeure pourquoi on ne parlait pas d’Onetti, étant donné qu’il avait reçu, deux années auparavant, le prix Cervantes d’Espagne, et que, il était un des classiques d’actualité de notre pays. La réponse, contondante, fut que Juan Carlos Onetti avait tout reçu de son pays – éducation, renommée, etc. –, et que par la suite il s’en était allé en exil parler en mal de son propre pays. Il n’est pas nécessaire de commenter de tels ex abrupto. Seulement on attend de quelqu’un qui s’est dédié à la littérature une vision moins étroite de l’existence. On suppose qu’une personne avec cet étrange métier a vécu plusieurs vies et a eu à sentir et à penser le monde à partir de d’autres prisons. Cependant, il n’en est pas ainsi; la nécessité n’est pas la simple carence de quelque chose, mais le résultat d’un long apprentissage, presque toujours basé sur la pratique. Si ce rappel occupe encore dans sa mémoire quelque espace, peut-être fait-il partie de son quota de regrets. J’ajouterai que cette professeure, selon mon jugement, n’était pas une mauvaise personne. Peut-être était-elle plus heureuse que les autres professeures de littérature que j’eus par la suite pendant des années. La seule chose qu’elles avaient en commun était une certaine sensualité, insoupçonnable, par la façon de se vêtir ou de parler.

A ce que je vois, c’est qu’il ne serait pas rare que quelqu’un pense, pendant que je signale que je grandis en des temps de dictature, que je lui suis reconnaissant, que je lui dois mon éducation et, peu s’en faut, la vie, et que par conséquent, je devrais lui témoigner quelque reconnaissance. Bien sûr que la réponse est non. Comme disait Borges – si souvent aveugle, mais non moins si souvent brillant – une personne naît où elle peut. A moi me revint de naître à un moment historique où la politique – ou, pour mieux dire, son antithèse: la barbarie – s’infiltrait par les fentes des portes et des fenêtres, jusqu’à détruire des familles entières. Une de celles-là fut, bien sûr, ma famille. Mais je ne vais pas entrer dans ceci maintenant.

Je ne peux éviter de rappeler cette nuit noire «la prison de Liberté», là en Uruguay. Avant, j’avais connu des dépôts moindres à l’occasion de visites que ma famille rendait à mon grand-père, Ursino Albernaz, le vieux rebelle, le révolutionnaire, le mouton noir d’une famille de paysans conservateurs. Mon grand-père avait été renié par sa première famille; il lui restait celle que lui-même avait construite et, sans le vouloir, détruite aussi. Il fut torturé par plusieurs «petits soldats de la patrie». Je passerai sous silence le nom de voisins, quoiqu’ils vivent encore et que je n’aie de preuves que la confession de mes êtres chéris, maintenant tous décédés; je dirai seulement que le célèbre “Nino” Govazzo fut d’entre ses lâches inquisiteurs. Quoique l’adjectif «lâche» est une redondance historique, car les dictatures ne soulignent aucun acte héroïque, ni de ses soldats et encore moins de ses généraux. Ni même ne purent en inventer; non seulement parce qu’elles manquaient d’imagination, mais parce que ni eux-mêmes ne se croyaient lorsqu’ils s’accrochaient des étoiles et des médailles à leurs uniformes, une après l’autre, jusqu’à se couvrir toute la poitrine de ferraille qu’ils portaient orgueilleusement dans les fêtes sociales. Il ne reste que le souvenir de la permanente et obsessive propagande détaillant les horreurs d’autrui. Ou les démonstrations d’amour des religieux partisans de Pinochet qui, dans les années 90’, défilaient avec les portraits des disparus sous le régime et montrant une légende qui disait : “Grâce à Dieu, ils sont morts”. (Récemment était ici à l’Université de Géorgie le célèbre Frederic Jameson qui, avec son habituel clin d’œil provocateur, rappela les coutumes narratives des empires, le plaisir du succès et de la torture : l’épique appartient aux vainqueurs pendant que le romantisme est le propre des perdants. Cependant, c’est ce dernier qui demeure. En Amérique Latine, il n’y eut même jamais une épique des vainqueurs. Qui peut imaginer un écrivain, si petit soit-il, repêchant quelque chose des misérables succès de nos Attila?)

De ces courses en enfer, mon grand-père en sortit avec une rotule claquée et quelques coups qui ne furent pas si démoralisateurs comme ceux dont dû souffrir son fils cadet, Caito, mort avant de voir la fin de ce qu’il appelait «les temps obscurs». Au début des années 70’, ils montèrent tous les deux au plus grand espace symbolique de la dictature : ils furent envoyés à la prison de Liberté.

Je me souviens de la prison de la Liberté à partir d’infinis points de vue. Pour nous les enfants qui allions là, le long voyage était une promenade, quoique nous devions toujours nous lever tôt pour ensuite attendre sur le côté d’une route, par nuits froides et pluvieuses. Attendre, toujours attendre sur la route, dans les terminaux d’omnibus, aux interminables postes de sécurité, dans les couloirs et les salles de tripotage. Enfants, nous ne pouvions imaginer que tout ce processus, en plus d’être épuisant, était humiliant. Cela nous sauvait l’innocence, ou la presque innocence, parce que je sus toujours ce que signifiait cela: c’était quelque chose dont nous ne pouvions parler. Des années plus tard, un de mes personnages nomma cette génération: “la génération du silence”, et je crois qu’il donna ses raisons, en plus de cela. Ce «silence» signifiait, pour moi, qu’il existait une contradiction tragique entre le discours officiel et ma propre vie. Dans l’humble école de Tacuarembó dans laquelle j’étais, cette école qui laissait dégoutter sur nos cahiers les jours de pluie, on nous parlait de la justice et de l’ordre pacifique qui régnaient sur le pays grâce aux Soldats de la Patrie. Des années plus tard, à l’école secondaire, on nous répétait encore que nous vivions en démocratie. Pendant que nous devions écouter et répéter tout cela sur la place publique, pendant les étés, dans une cuisine rurale de Colonie, rarement illuminée par une lanterne de mantille, j’écoutais les histoires de personnes inconnues au sujet d’hommes et de femmes jetés à partir d’avions dans le Rio de la Plata, un art de la dictature argentine. Quinze années plus tard, ce seraient ces mêmes confessions, de la part de l’ex-capitaine de navires Adolfo Scilingo, qui scandaliseraient le monde. Cela se passait en 1995, selon mes souvenirs; je lus cette nouvelle dans quelque pays d’Europe – par l’architecture ce pourrait être Prague -, ce qui me donna une idée de la suspecte innocence du monde et d’une bonne partie de notre société. Suite à Scilingo ou Tilingo (*), je me ravisai argumentant que tout cela avait été un «roman».

Si je libère ma mémoire à partir du premier «check point» qui a précédé l’entrée à la monstrueuse prison de Liberté, tout de suite me vient à la conscience des militaires de toutes parts portant des bottes noires, des femmes chargées de bourses, des enfants se plaignant du passage rapide de leurs mères, des malédictions en secret, des invocations à Dieu. Par la suite, un salon ressemblant à une station de train, gris, de tous côtés. Le ciel aussi gris et le plancher humide marqué par les bottes qui allaient et venaient. Un militaire à moustaches taillées et remplissant des formulaires et autorisant les gens à passer. Je ne sais pas pourquoi, il ressemblait à un Videla aux yeux clairs, aux lèvres serrées et à voix de commandement. Par la suite, une petite salle où d’autres militaires tâtaient les visiteurs. Puis, un chemin d’asphalte conduisant à un autre édifice. Une pièce sans fenêtre. Un portrait de José Artigas vêtu en lancier militaire. Plus tu attends, plus tu as envie d’aller aux toilettes et de ne pas pouvoir y aller. Une belle enfant qui me sourit parmi tout ce dégoût. Ses cheveux roux brillaient dans la pénombre de la petite salle. Mais, en ce qui me concerne, ce qui m’avait impressionné, c’était son regard, innocent (cela me revient maintenant), rempli de tendresse. Quelque chose d’improbable dans cet enfer.

A un certain moment, mon grand-père se leva et alla au téléphone parler à son fils. Une épaisse vitre les séparait. Ce même soir, ou bien un autre semblable, il lui avoua qu’il avait été là, en prison, où il s’était convertit en ce pour lequel il avait été emprisonné. Quelque temps plus tard, il me répéta aussi la même conviction : s’il était tombé injustement, maintenant, du moins, il avait une justification qui rendait toutes ses années de jeunesse plus supportables. Maintenant il avait une cause, une raison, quelque chose pour laquelle se sentir fier et racheté.

Par la suite les enfants continuèrent par une autre porte et sortirent dans une cour tendrement équipée de jeux d’enfants. L’oncle était là avec sa grosse moustache et son éternel sourire. Sa calvitie naissante et ses questions infantiles : “Comment ça va à l’école ?”. A mon côté, je me souviens de mon frère regardant d’une façon absorbée mon oncle et mon cousin plus âgé. M., s’éjectant d’un toboggan. Caíto l’attrapait, le remontait de nouveau et, à travers les cris de joie de M., en venait à lui demander : “Comment vont les papas?” “Alors, as-tu une fiancée?”

Mais nous, nous n’étions pas là pour cela. Je me rapprochai de l’oncle et lui dis, à voix très basse, afin que le gardien qui marchait par-là n’entende pas le message que j’avais pour lui. Il devint sérieux.

Par la suite, je me souviens de lui de l’autre côté d’une clôture barbelée, marchant en file indienne avec les autres prisonniers. J’avais envie de pleurer mais me contins. Mon cousin cria son nom et il fit comme s’il se touchait la nuque en bougeant les doigts. Je le vis s’éloigner, la tête inclinée vers le sol. L’oncle avait été torturé avec différentes techniques : ils l’avaient submergé plusieurs fois dans un ruisseau, traîné dans un champ couvert d’épines. Plus tard je sus que lorsqu’ils lui apportèrent son épouse elle se tira une balle dans le cœur. Mon frère et moi, ce jour de 1973 ou 1974, étions dans ce camp de Tacuarembó, jouant dans la cour près de la route. Lorsque nous entendîmes le coup de feu, nous allâmes voir ce qui arrivait. La tante Marta, que je connaissais à peine, était étendue sur un lit et une tache couvrait sa poitrine. Par la suite entrèrent des personnes que je ne pus reconnaître à une aussi grande distance et nous obligèrent à sortir. Mon frère aîné avait six ans et commença à se demander : “Pourquoi naissons-nous si nous devons mourir?” La maman, la grand-mère Joaquina, qui était une inébranlable chrétienne, celle que je ne vis jamais dans aucune église, dit que la mort n’est pas quelque chose de définitif mais seulement un passage pour le ciel. Excepté pour ceux qui s’enlèvent la vie

–Alors, la tante Marta n’ira pas au ciel?

–Peut-être que non – répondait ma grand-mère –, quoique cela personne ne le sait.

Il plaisait à un employé de mon père, de jouer avec les rimes, qu’il répétait chaque fois utilisant une seule voyelle :

Estaba la calavera

Sentada en un butaca

Y vino la muerte y le preguntó

Por qué estaba tan flaca? (**)

Lorsqu’elle arriva ici, son visage déformé par tant de «a» me rappelait la mort. La tante Marta était froide et morte. Plus tard j’eus un rêve qui se répéta souvent. Je gisais immobile mais conscient dans un sous-sol rempli de déchets. Quelqu’un, avec la voix de ma grand-mère disait : “Laisse-le, il est mort”. Alors, il était doublement abandonné : par moi-même et par les autres. Ce rêve, comme certains autres – quoique les critiques littéraires se plaisent à répéter que les rêves n’ont d’importance qu’à ceux qui les rêvent – sont transcrits, presque littéralement, dans mon premier roman. Mon frère et moi nous sûmes, par déduction secrète, pourquoi elle l’avait fait. Quoique maintenant je pense que personne ne peut culpabiliser personne d’un suicide sinon celui qui presse la gâchette ou qui se pend à un arbre. Ni même un dictateur. Laisser pour son propre suicide des lettres rendant responsable quelqu’un qui n’est pas présent à ce moment est de compléter la lâcheté de l’acte suprême d’évasion – et une preuve posthume de la manipulation des émotions d’autrui que la mort exerça ou voulut exercer de son vivant. Dans le cas de la tante Marta, ce ne fut pas un acte politique; elle fut seulement victime de la politique et de ses propres faiblesses.

L’oncle Caíto mourut peu de temps après être sortit de prison, en 1983, presque dix années plus tard, lorsqu’il avait 39 ans. Il était malade du cœur. Il mourut pour cette raison ou d’un inexplicable accident de moto, sur un chemin de terre, au milieu de la campagne.

Jorge Majfud

Université de Géorgie

Février 2006

(*) “bête”

(**) Était la tête de mort

Assise sur un fauteuil

Et vint la mort et lui demanda

Pourquoi était-elle si maigre?

Traduit de l’Espagnol par : Pierre Trottier, mai 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

país de los pájaros pintados

El país de los pájaros pintados

Aníbal Sampayo: el ejército invisible y la vergüenza de un poeta. (*)

Recuerdo una vez, hace veinte años más o menos allá en una granja de Uruguay, mi abuelo recibió una postal de un amigo llamado Aníbal Sampayo. Yo era aún un niño y cantaba sus versos sin saber quién era ni cómo se llamaba su autor. Décadas después, en países lejanos, escuché a amigos cantando “El Uruguay no es un río…” En otro momento, también lejos del país, mi esposa me recordó que cuando era niña tocaba en la guitarra las canciones de Aníbal Sampayo aunque no sabía quién era Sampayo. Familias de diversas ideologías durante los tiempos oscuros construyeron sobre sus versos, como sobre los versos de otros poetas de verdad, el verdadero “espíritu de un pueblo”, tan burdamente parafraseado y adulterado en los famosos “comunicados” que los gobiernos militares descargaban sobre la población como una camionada de estiércol refinado.

Un país no es un pedazo de tierra, ni un ejército cerrando las fronteras. Un país, al menos un país maduro, es fundamentalmente su pueblo. Pero sin memoria hay masa; no hay pueblo. Poetas como Aníbal Sampayo, con sólo cuatro versos hicieron por su país cuatro veces más que el inútil ejército de burócratas acomodados por repartos políticos según diferentes colores; ese que se apoderó de nuestro país hace más de medio siglo en perjuicio del resto y, a la larga, de ellos mismos. Ese ejército invisible que permanece porque tiene la habilidad de cambiar de color y a veces de nombres, de apellidos y de individuos. Ese ejército que destruyó el país más desarrollado de América latina, con el ingreso per cápita varias veces más alto que cualquier otro, sólo comparable con Estados Unidos; el país progresista de las reformas radicales, de la legislación más avanzada de Occidente, de los intelectuales más famosos del continente, de la educación popular y más efectiva del hemisferio, de los irremediables campeones del mundo en el deporte más popular… Podríamos seguir con una lista más larga, si no fuera porque se puede confundir con un patriotismo de himnos y escarapela; si no fuera porque todo eso parece ahora ciencia ficción.

El país, la patria —mejor, la matria—, no es un himno ni es la escarapela, ni son los comunicados de prensa. La patria, la matria, es ese espíritu que irradia cuando un pueblo se construye a sí mismo. El espíritu de un pueblo son las voces de sus panaderos y de sus médicos, de sus maestros y de sus obreros. De sus poetas como Aníbal Sampayo, cuyos versos no sólo están en la memoria colectiva de su país y de América Latina; también son, también han construido esa íntima realidad que conservan hasta los corazones más duros en el exilio político, cultural y económico de nuestros tiempos.

Quizás la paradoja más amarga sea que el poeta octogenario haya recibido recientemente un homenaje con motivo de su cumpleaños, de regalo la promesa de una modesta pensión que alivie sus últimos días de pobreza y deba seguir esperando (según me informan desde Uruguay allegados al poeta, como Schubert Flores) por un proceso burocrático que considera a las personas poco menos que inmortales. Quizás la paradoja es que este inmortal poeta uruguayo, después de sufrir la persecución política y la marginación económica, deba ver confirmado en sus últimos días que las banderas por la cual fue perseguido no lo abrigan lo suficiente —o nada; que su lucha quijotesca, como la de tantos otros, perdió lo mejor al recuperar Quijote la cordura, la realidad, al perder los sueños: porque es mejor vivir en la derrota con una esperanza y no ver en el triunfo político la derrota de la continuidad.

Claro que ningún gobierno es capaz de cambiar la cultura de un pueblo. Tal vez ni siquiera tiene derecho a hacerlo, más que el mismo pueblo. Pero hay cosas mínimas que un gobierno puede aportar a ese cambio cultural: una sería aniquilar el aparato burocrático; otra, volcar sus recursos hacia quienes lo necesitan y no hacia quienes se aprovechan de él. Más si quien lo necesita, como el poeta popular Aníbal Sampayo, le ha dado a su país lo que le ha quitado el antiguo ejército burocrático: una memoria, la emoción de ser uruguayo, latinoamericano —la condición de un ser humano.

Canoita pescadora

aguantame el temporal

si mis  brazos no se cansan

remando te he de sacar

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, setiembre 2006.

 

(*) Finalmente le fue concedida en octubre una pensión al poeta Aníbal Sampayo por parte del gobierno de Tabaré Vázquez. (Nota del autor)

 

 

 

En el país del no me acuerdo

Mientras escuchábamos aquellas canciones de María Elena Walsh que marcaron nuestras infancias, recordé con intensidad a mi maestra de jardinera con su tocadiscos viejo, haciéndonos escuchar “El mundo del revés” y “El país del no me acuerdo”. Eran los años de la dictadura. Seguramente aquella joven mujer escuchaba en ese momento otra canción que no escuchábamos aquellos niños de cinco o seis años. Tal vez, entonces, aquella maestra escuchaba esa otra canción que ahora no puedo dejar de escuchar, a la vez dulce y a la vez amarga, cuando se ha perdido la inocencia:

En el país de Nomeacuerdo

doy tres pasitos y me pierdo.

Es esa misma tierna, inocente, terrible, acusadora canción infantil que Marcelo Piñeyro y Luis Puenzo usaron en la película La historia oficial (1984), ya por entonces con el contraste dramático de los niños desaparecidos.

Quizás lo más dramático de estas canciones es que nunca pierden vigencia. Los últimos acontecimientos de mi país, Uruguay, con un pasado que resurge con sus violentos rencores y sus conflictos morales que, como siempre, como en años de la dictadura, se quieren atribuir a razones políticas. Conflictos que resurgen no por culpa de la memoria y de la justicia sino por culpa del olvido, de la justicia a medias o de la justicia a nada; con la cobardía de los viejos dictadores y violadores de no dar la cara y decir: “Yo fui, yo lo hice”, valiéndose de sus parientes menores para su defensa, mientras un país entero continúa:

Un pasito para aquí,

no recuerdo si lo di.

Un pasito para allá,

¡Hay que miedo que me da!

Recuerdo que los ministros de seguridad de los democráticos años ’90 —algunos de ellos antiguos izquierdistas acomodados en el poder— siempre decían por la televisión, con la mandíbula alta, estilo Pinochet, que “revolver el pasado era peligroso”. ¿Peligroso para quién? No lo era, claro, cuando en plena dictadura la propaganda insistía con el pasado. Tal vez porque no era un pasado real sino un pasado diseñado y construido a medida del consumidor, en defensa de la Paz y del Orden. Tengo en mi mente aquellas estrofas de la propaganda militar, impulsando el voto por el Sí, derrotado en 1980 por un No sin publicidad.

Sí por mi país

Sí por Uruguay

Sí por el Progreso

Y Sí por la Paz

Los viejos partidarios de la pasada dictadura militar y sus descendientes ideológicos permanecen aferrados en la cobardía del olvido que pretendieron imponer desde hace treinta años. Olvido construido especialmente con decretos y comunicados de prensa, que siempre interrumpían nuestros programas favoritos de niños con aquella invariable música de fanfarria que una generación (con memoria) llevamos marcada a fuego en nuestras conciencias. O aquellos discursos de otro presidente constitucional que, para salvar la constitución, la libertad, la tradición y la “esencia nacional”, violó efectivamente la constitución, la libertad, los derechos humanos y una parte importante de nuestra mejor tradición, respondiendo a quienes denunciaban torturas por parte de la Institución:

“La tradición honrosa de las Fuerzas Armadas uruguayas excluye procedimientos como los que usted menciona, por lo tanto, si alguno se ha registrado, corresponde a las acciones individuales que han sido debidamente investigadas y sancionadas. Simplemente nos hemos negado a dar la información al respecto a quienes, so pretexto de defender los derechos humanos, han hecho de la denuncia de torturas un medio de escándalo y de apoyo a la insurgencia silenciosa” (María Bordaberry, El País, 7 de julio de 1973).

Un pasito para atrás,

y no doy ninguno mas.

En un extenso libro de veinticuatro páginas, en 1997 el ex-presidente uruguayo Juan María Bordaberry expuso todo su pensamiento vivo sobre la democracia. Para Bordaberry, este sistema que lo llevó al poder en 1972 es el culpable de todos los vicios inmorales de nuestras sociedades. Por lo pronto, lo único concreto que podemos contar es que el mayor defecto del sistema que este señor critica está en que es capaz de otorgar el poder para su propia destrucción, como ocurrió en 1973. Según este político y extenso pensador, debemos “reconocer la soberanía divina como origen del poder”. La misma soberanía que invocaba Franco y la más antigua Inquisición para quemar a quienes ya habían sido condenados por algún dios oscuro.

Algunos militares de aquella época y sus cómplices —cómplices a su vez de una conflagración internacional que ayudó al hundimiento del país por méritos propios— aparte de haber hecho el ridículo histórico con aquellos comunicados de prensa que hoy se citan a las risas en las universidades y en los cafés del mundo entero, destruyeron la base moral de una nación mientras alardeaban de lo contrario.

“Los hombres de bien no hablan de dictaduras, no piensan en dictaduras ni reclaman derechos humanos”. (Aparicio Méndez, Conferencia de Prensa del 21 de mayo de 1977, Paysandú.)

Un pasito para atrás,

y no doy ninguno mas.

Porque ya, ya me olvidé

donde puse el otro pie.

Se exilió a los mejores o, al menos, a los espíritus más críticos. Se quiso construir la farsa intelectual con el mito de que la Universidad o la Iglesia no debían intervenir en política. Increíblemente, hoy en día no se ha superado esta mentalidad ingenua. Al prohibir el pensamiento, al prohibir la reflexión política en determinados ámbitos sociales, se legitimaza la práctica política: todo statu quo, toda negación de la dimensión política de una sociedad es una práctica política de tipo radical. Todo lo cual no significa que la política deba ser el centro de la Universidad y de la Iglesia: una se identifica, tradicionalmente, con espacios más amplios del pensamiento (científico, filosófico, artístico, sexual, religioso, etc.); la otra con un espacio más restringido aunque con mayores pretensiones de trascendencia (el espacio metafísico).

También el olvido es una práctica política. No sólo es una práctica radical sino además una práctica violenta: una persona se puede recuperar fácilmente de un golpe en la cara; mucho más difícil de recuperar es una persona, una sociedad, destruida por la violencia moral. ¿Puede sorprendernos, entonces, que nuestras sociedades latinoamericanas hayan vivido tanto tiempo y cada vez más sumergidas en la violencia del crimen y la delincuencia? ¿Alguien puede imaginar una sociedad armónica, sin asaltantes y violentos ladrones, cuando toda ella está construida sobre la mentira, la injusticia histórica y económica, la violencia moral y con frecuencia física que venimos arrastrando desde hace quinientos años? Sobre esa base histórica el único orden posible de instaurar es el Orden de los Museos y de los Cementerios.

Hace un tiempo, un encuentro de escritores en Monterrey nos reunió con el legendario Noe Jitrik. Rescaté unos antiguos escritos suyos donde, en 1980, todavía en el exilio, reflexionaba: “al menos para la derecha, toda inflexión hacia la política de lo que tradicionalmente parece propio de la cultura, todo aquello que perturbe desde la cultura lo que es admitido como peculiar de la práctica política, altera de tal modo la tranquilidad que todo golpe militar, entendido como acentuación de las leyes del statu quo, emprende acciones para neutralizarlo, con esas acciones pretende exhibir su razón de ser, justificarse.” (Las armas y las razones, 1984).

Creo que la posmodernidad agravó el autismo político, al restringir esta noción a la práctica ideológica, a la lucha entre partidos que aspiraban al gobierno o a la oposición pública. De esta forma, la política (en su sentido aristotélico o no restringido) quedó en manos de los políticos, la mayoría de ellos simples remedos de hombres mediocres con posibilidades excesivas de poderes excesivos. Para que esta trágica parodia humana se confirmara, fue necesario proscribir la política —formal— del resto de los actores sociales, condenándola en la educación, en las iglesias y hasta en los intelectuales peyorativamente calificados de “comprometidos”. Etiqueta que servía como profiláctico ante cualquier cuestionamiento de la realidad creada como un “orden natural”.

En base a estas observaciones, sugiero que se termine con esa parodia de laicismo y apolítica en la educación: todo debe ser materia de discusión y cuestionamiento. Pero por esa misma razón no puede haber una “historia oficial”, una “posición oficial” de la Universidad o de la enseñanza pública, ni debería sobrevivir ese mito que procuraron destruir los teólogos de la liberación: la idea de que una Iglesia puede ser “políticamente neutral”. Así como el significado de la muerte de Jesús tiene, para el cristianismo, esencialmente un significado religioso, así también fue una muerte con claros significados políticos. ¿Por qué la política habría de ser un tabú para el Hijo de Dios que era, al mismo tiempo, un hombre de carne y hueso? Si Dios baja a la Tierra para empaparse de todo lo humano, cómo podría excluir ese factor de amor, locura y sufrimiento que se formula en la reflexión y en la práctica política? También los Evangelios están llenos de política, de política subversiva, resistente al Imperio romano y al poder religioso del momento. Los romanos no tenían razones religiosas para sentenciar a muerte a Jesús. También los Fariseos tenían razones políticas para mantener los privilegios sociales que derivaban de su conformidad con el Imperio, como en América Latina las tuvieron las burguesías criollas para sacrificar sus democracias y sus hermanos disconformes. En su significado político, simbólico y humano, Tupac Amaru tiene más de aquel Jesús rodeado de oprimidos que aquellos sacerdotes fariseos que bendecían las armas, los tanques y las dictaduras en el Río de la Plata. Pero vaya uno a decirlo fuerte y al otro día lo crucifican los mismos pregoneros del amor cristiano.

Me opongo a la politización de la existencia humana como forma de simplificar ese universo infinito que es cada individuo. Pero de igual forma me opongo a la despolitización de los actos humanos, de la producción cultural, por dos razones: 1) porque es un acto político en sí mismo, pero un acto político que procede de la ideología del poder dominante; y 2) porque es una forma de amputación de esa misma realidad de individuo que no es posible entender ni definir sin la presencia de la historia, de las culturas, de su propia sociedad, de sus necesidades económicas: si la sociedad se compone de individuos, cada individuo está compuesto de su propia sociedad y de las sociedades que ya han desaparecido del mapa pero sobreviven en la cultura, en el inconsciente y en el pensamiento colectivo. Es más: hablar de “pensamiento colectivo” no es una curiosidad de mi parte sino una redundancia: no hay pensamiento estrictamente individual como no existe un compuesto químico de un solo elemento.

Es inútil: la voz de los oprimidos se puede silenciar de muchas formas, de formas violentas y de formas dulces. Pero el silencio y el olvido tiene grietas —grietas profundas que sangran en la memoria.

Mañana se lo llevan preso a un coronel

por pinchar a la mermelada

con un alfiler.

Yo no sé por qué

 

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, 19 de octubre de 2006.

 

 

 

Los torturadores también lloran

Pero no entienden o no quieren entender

El olvido es una institución central en la creación de todo tipo de mitos. Sobre el olvido se levantan estatuas y monumentos que el tiempo petrifica y hace intocables. Bajo la sombra de estas estatuas agoniza la reivindicación de las víctimas. Un ejemplo viejo en nuestro país es el genocidio indígena, que para muchos es políticamente inconveniente reconocer. Por razones obvias de la mitología nacional. Tampoco se ha escuchado el arrepentimiento público de aquellos altos sacerdotes que bendecían las armas del dictador Videla antes de aplastar a su pueblo; o de aquellos otros sacerdotes que legitimaron de forma diversa y abundante las dictaduras de este lado y del otro del Río de la Plata. Ni de aquellos médicos que colaboraron en sistemáticas sesiones de tortura.

No esperamos un arrepentimiento de los criminales para humillarlos. Ellos se humillaron solos. Pero no reclamen olvido ni perdón si ni siquiera han tenido la valentía de arrepentirse de los crímenes más bajos que conoce la humanidad.

En 1979 Mario Benedetti publicó en México la breve obra de teatro Pedro y el capitán. Si bien no puedo decir que sea lo mejor de Mario, desde un punto de vista estrictamente literario —suponiendo que en literatura puede existir algo “estrictamente literario”—, nos sirve como testimonio político y cultural de una época: el torturador de guantes blancos le saca la capucha a su víctima y le confiesa: “Hay algunos colegas que no quieren que el detenido los vea. Y alguna razón tienen. El castigo genera rencores, y uno nunca sabe qué puede traernos el futuro. ¿Quién te dice que algún día esta situación se invierta y seas vos quien me interrogue?” Existen otras predicciones en la obra de Benedetti, pero me las reservo por pudor ante el reciente suicidio de uno de los militares citados por la justicia. No obstante, el torturador de Pedro reconocía que semejante posibilidad era improbable: los terroristas de estado habían tomado sus medidas.

Sin embargo, en dos cosas se equivocaron quienes pensaron así: primero, no es posible la impunidad perfecta; segundo, quienes hoy interrogan a estos monstruos de nuestra civilización lo hacen en un estado de derecho; estos monstruos gozan de todas las garantías de un juicio con defensa, sin apremios físico y sin amenazas a sus familiares —el punto más flaco de aquellos que soportaron la tortura hasta la muerte.

La única tortura de hombres —por llamarlos de alguna forma— como el teniente coronel José Nino Gavazzo, como el coronel Jorge “Pajarito” Silveira, como el coronel Gilberto Vázquez, como el coronel Ernesto Ramas, como el coronel Luis Maurente, y como los ex policías Ricardo “Conejo” Medina y José Sande Lima, es la exposición pública de su falta de dignidad, ya que descartamos algún tipo de remordimiento. Otra obra de teatro expresó esta condición. En La Muerte y la Doncella (1992) Ariel Dorfman reflexiona en voz de uno de sus personajes. Paulina, la mujer violada que reconoce en un médico a su torturador, planea un juicio clandestino y en un momento lo amenaza: “Pero no lo voy a matar porque sea culpable, Doctor. Lo voy a matar porque no se ha arrepentido un carajo. Sólo puedo perdonar a alguien que se arrepiente de verdad, que se levanta ante sus semejantes y dice esto yo lo hice, lo hice y nunca más lo voy a hacer.” El supuesto torturador finalmente es liberado para convivir entre sus víctimas. No pongo un ejemplo real; pongo un ejemplo verosímil que incluye a miles de ejemplos reales.

Esta obscena convivencia de víctimas y victimarios ha contaminado el alma de nuestras sociedades. Ni la muerte ni el encierro de los pocos asesinos ancianos que quedan resuelven nada por sí mismo. Pero el valor de la justicia es siempre absoluto. En nuestro caso, al menos, bastarían cualquiera de dos razones: primero, la impunidad es una afrenta moral para las víctimas y el peor ejemplo para el resto de la sociedad; segundo, sin verdad, la sospecha y el prejuicio se arroga el derecho de (pre)juzgar por igual a todos los que parecen iguales, por alguna arbitraria o circunstancial condición, como puede serlo el simple hecho de pertenecer o haber pertenecido al ejército. Quienes están libres de culpa deberían ser los primeros en sumarse al reclamo universalmente legítimo del resto de la sociedad. O resignarse a la vergüenza propia y ajena.

Seis militares y dos policías uruguayos han sido enviados a prisión por la desaparición de una sola persona en un país vecino. Sin duda es una muestra desproporcionada. Pero algo es algo y si las leyes del pasado deben pesar a las nuevas generaciones, deberán ser los historiadores que se pongan al hombro el trabajo que nunca pudieron realizar los jueces en cualquier democracia mínima. Como bien ha sugerido el gobierno actual de Tabaré Vázquez, no habrá una “historia oficial”. Este acierto de una democracia madura, es una posibilidad que no es considerada por la imaginación de aquellos que se indignan cada vez que un profesor da su versión de los hechos históricos más recientes. ¿Qué prefieren, el silencio cómplice? ¿O tal vez la versión única, “oficial”, de viejos terroristas de estado? ¿ O la ingenua y maquiavélica dialéctica del “yo sé lo que digo porque lo viví”? (como si no hubieran tantas experiencias opuestas de un mismo hecho, tantos “yo sé lo que digo” contradictorios de personas que vivieron en un mismo tiempo).

Aunque los nuevos historiadores —considerados en toda su diversidad social— no tengan el poder de administrar el castigo, con la verdad ya tendremos casi toda la justicia que reclamamos aquellos que perdimos en 1989 la lucha contra la Ley de Impunidad; la verdad que reclaman las nuevas generaciones que deben sufrir de nuestros antiguos traumas, porque la historia no es eso que está en los “textos únicos” sino las ideas y las pasiones de los muertos que sobreviven, inevitablemente, para bien y para mal, en los vivos.

Aunque los autores de un terrorismo organizado en todo un continente paguen por la desaparición de una sola persona y no la muerte y la tortura de miles, algo es algo. Porque de esa forma, al menos, derogamos la vieja costumbre según la cual un ladrón de gallinas iba irremediablemente a la cárcel mientras que los genocidas siempre resultaban absueltos —como si en el mercado del crimen hubiese siempre descuento para mayoristas. Algunos militares deberían agradecer que todavía pueden hacer discursos públicos en protesta contra quienes reclaman la verdad. La valentía que la mayoría de ellos nunca pudo poner a prueba en ninguna guerra —excepto en sesiones de tortura y violaciones de mujeres—, resurge con todo el orgullo de la impunidad. Disfrutan de un derecho que le negaron violentamente a un país durante más de una década; y estratégicamente se lo siguieron negando veinticinco años más. Hasta hoy. Un derecho que les sirve para protestar por lo que entienden es una “provocación”, un peligroso “revisionismo”, una incómoda recordación, una afrenta a la Institución. Un derecho que les sirve para demostrar que todavía no entienden nada, o no quieren entender. No entienden que en una democracia mínima no se puede vivir sin revisar el pasado, sin exigir la verdad y la justicia —según una justicia mínima. Todavía no entienden o no quieren entender.

Se equivocan, por otro lado, quienes creen que estos horrores no volverán a repetirse. Eso ha creído la humanidad desde mucho antes de los césares. Desde entonces, la impunidad no los ha impedido: los ha promovido, cómplice con la cobardía o la complacencia de un presente aparentemente estable y una moral aparentemente confortable.

 

 

Jorge Majfud

The University of Georgia, setiembre 2006.

 

La cultura del odio

Drawing of Francisco Pi y Margall, Spanish sta...

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The Culture of Hate (English)

La cultura del odio en la crisis de la historia

 

Sobre la revolución y la reacción silenciosa de nuestro tiempo. Las razones del caos ultramoderno. Sobre la colonización del lenguaje y de cómo el poder tradicional reacciona contra el progreso de la historia usando herramientas anacrónicas de repetición.

Pedagogía universal de la obediencia

La pedagogía antigua se sintetizaba en la frase “la letra con sangre entra”. Este era el soporte ideológico que permitía al maestro golpear con una regla las nalgas o las manos de los malos estudiantes. Cuando el mal estudiante lograba memorizar y repetir lo que el maestro quería, cesaba el castigo y comenzaba el premio. Luego el mal estudiante, convertido en un “hombre de bien”, se dedicaba a dar clases repitiendo los mismos métodos. No es casualidad que el célebre estadista y pedagogo, F. Sarmiento, declarara que “un niño no es más que un animal que se educa y dociliza.” De hecho, no hace otra cosa quien pretende domesticar un animal cualquiera. “Enseñar” a un perro no significa otra cosa que “hacerlo obediente” a la voluntad de su amo, de humanizarlo. Lo cual es una forma de degeneración canina, como lo es la frecuente deshumanización de un hombre en perro —remito al teatro de Osvaldo Dragún.

No muy distinta es la lógica social. Quien tiene el poder es quien define qué significa una palabra o la otra. En ello va implícita una obediencia social. En este sentido, hay palabras claves que han sido colonizadas en nuestra cultura, tales como democracia, libertad, justicia, patriota, desarrollo, civilización, barbarie, etc. Si observamos la definición de cada una de las palabras que deriva desde el mismo poder —el amo—, veremos que sólo por la fuerza de un “aprendizaje violento”, colonizador y monopólico, se puede aplicar a un caso concreto y no al otro, a una apariencia y no a la otra, a una bandera y no a la otra —y casi siempre con la fuerza de la obviedad. No es otra lógica la que domina los discursos y los titulares de los diarios en el mundo entero. Incluso el perdedor, quien recibe el estigma semiótico, debe usar este lenguaje, estas herramientas ideológicas para defender una posición (tímidamente) diferente a la oficial, a la establecida.

La revolución y la reacción

Lo que vivimos en nuestro tiempo es una profunda crisis que naturalmente deriva de un cambio radical de sistemas —estructurales y mentales—: de un sistema de obediencias representativas por otro de democracia progresiva.

No es casualidad que esta reacción actual contra la desobediencia de los pueblos tome las formas de renacimiento del autoritarismo religioso, tanto en Oriente como en Occidente. Aquí podríamos decir, como Pi i Margall en 1853, que “la revolución es la paz y la reacción la guerra”. La diferencia en nuestro tiempo radica en que tanto la revolución como la reacción son invisibles; están camuflados con el caos de los acontecimientos, de los discursos mesiánicos y apocalípticos, en antiguos códigos de lectura heredados de la Era Moderna.

La gran estrategia de la reacción

Ahora, ¿cómo se sostiene esta reacción contra la democratización radical, que es la revolución invisible y tal vez inevitable? Podríamos continuar observando que una forma de atentar contra esta democratización es secuestrando la misma idea de “democracia” por parte de la misma reacción. Pero ahora mencionemos sólo algunos síntomas que son menos abstractos.

En el centro del “mundo desarrollado”, las cadenas de televisión y de radio más importantes repiten hasta el cansancio la idea de que “estamos en guerra” y que “debemos enfrentar a un enemigo que quiere destruirnos”. El mal deseo de grupos minoritarios —en crecimiento— es incuestionable; el objetivo, nuestra destrucción, es infinitamente improbable; a no ser por la ayuda de una autotraición, que consiste en copiar todos los defectos del enemigo que se pretende combatir. No por casualidad, el mismo discurso se repite entre los pueblos musulmanes —sin entrar a considerar una variedad mucho mayor que esta simple dicotomía, producto de otra creación típica de los poderes en pugna: la creación de falsos dilemas.

En la última guerra que hemos presenciado, regada como siempre de abundante sangre inocente, se repitió el viejo modelo que se repite cada día y sin tregua en tantos rincones del mundo. Un coronel, en una frontera imprecisa, declaraba a un canal del Mundo Civilizado, de forma dramática: “es en este camino donde se decide el futuro de la humanidad; es aquí donde se está desarrollando el ‘choque de las civilizaciones’’”. Durante todo ese día, como todos los días anteriores y los subsiguientes, las palabras y las ideas que se repetían una y otra vez eran: enemigo, guerra, peligro inminente, civilización y barbarie, etc. Poner en duda esto sería como negar la Sagrada Trinidad ante la Inquisición o, peor, cuestionar las virtudes del dinero ante Calvino, el elegido de Dios. Porque basta que un fanático llame a otro fanático de “bárbaro” o “infiel” para que todos se pongan de acuerdo en que hay que matarlo. El resultado final es que rara vez muere uno de estos bárbaros si no es por elección propia; los suprimidos por virtud de las guerras santas son, en su mayoría, inocentes que nunca eligen morir. Como en tiempos de Herodes, se procura eliminar la amenaza de un individuo asesinando a toda su generación —sin que se logre el objetivo, claro.

No hay opción: “es necesario triunfar en esta guerra”. Pero resulta que de esta guerra no saldrán vencedores sino vencidos: los pueblos que no comercian con la carne humana. Lo más curioso es que “de este lado” quienes están a favor de todas las guerras posibles son los más radicales cristianos, cuando fue precisamente Cristo quien se opuso, de palabra y con el ejemplo, a todas las formas de violencia, aún cuando pudo aplastar con el solo movimiento de una mano a todo el Imperio Romano —el centro de la civilización de entornes— y sus torturadores. Si los “líderes religiosos” de hoy en día tuviesen una minúscula parte del poder infinito de Jesús, las invertirían todas en ganar las guerras que todavía tienen pendientes. Claro que si vastas sectas cristianas, en un acto histórico de bendecir y justificar la acumulación insaciable de oro, han logrado pasar un ejército de camellos por el ojo de una misma aguja, ¿qué no harían con el difícil precepto de ofrecer la otra mejilla? No sólo no se ofrece la otra mejilla —lo cual es humano, aunque no sea cristiano—, sino que además se promueven todas las formas más avanzadas de la violencia sobre pueblos lejanos en nombre del Derecho, la Justicia, la Paz y la Libertad —y de los valores cristianos. Y aunque entre ellos no existe el alivio privado de la confesión católica, la practican frecuentemente después de algún que otro bombardeo sobre decenas de inocentes: “lo sentimos tanto…”

En otro programa de televisión, un informe mostraba fanáticos musulmanes sermoneando a las multitudes, llamando a combatir al enemigo occidental. Los periodistas preguntaban a profesores y analistas “cómo se forma un fanático musulmán?” A lo que cada especialista trataba de dar una respuesta recurriendo a la maldad de estos terribles personajes y otros argumentos metafísicos que, si bien son inútiles para explicar racionalmente algo, en cambio son muy útiles para retroalimentar el miedo y el espíritu de combate de sus fieles espectadores. No se les pasa por la mente siquiera pensar en lo más obvio: un fanático musulmán se forma igual que se forma un fanático cristiano, o un fanático judío: creyéndose los poseedores absolutos de la verdad, de la mejor moral, del derecho y, ante todo, de ser los ejecutores de la voluntad de Dios —violencia mediante. Para probarlo bastaría con echar un vistazo a la historia de los varios holocaustos que ha promovido la humanidad en su corta historia: ninguno de ellos ha carecido de Nobles Propósitos; casi todos fueron acometidos con el orgullo de ser hijos privilegiados de Dios.

Si uno es un verdadero creyente debe comenzar por no dudar del texto sagrado que fundamenta su doctrina o religión. Esto, que parece lógico, se convierte en trágico cuando una minoría le exige al resto del pueblo la misma actitud de obediencia ciega, usurpando el lugar de Dios en representación de Dios. Se opera así una transferencia de la fe en los textos sagrados a los textos políticos. El ministro del Rey se convierte en Primer Ministro y el Rey deja de gobernar. En la mayoría de los medios de comunicación no se nos exige que pensemos; se nos exige que creamos. Es la dinámica de la publicidad que forma consumidores de discursos basados en el sentido de la obviedad y la simplificación. Todo está organizado para convencernos de algo o para ratificar nuestra fe en un grupo, en un sistema, en un partido. Todo bajo el disfraz de la diversidad y la tolerancia, de la discusión y el debate, donde normalmente se invita a un gris representante de la posición contraria para humillarlo o burlarse de él. El periodista comprometido, como el político, es un pastor que se dirige a un público acostumbrado a escuchar sermones incuestionables, opiniones teológicas como si fuesen la misma palabra de Dios.

Estas observaciones son sólo para principiar, porque seríamos tan ingenuos como aquellos si no entrásemos en la ecuación los intereses materiales de los poderosos que —al menos hasta ahora— han decidido siempre, con su dedo pulgar, el destino de las masas inocentes. Lo que se prueba sólo con observar que los cientos y miles de víctimas inocentes, aparte de alguna disculpa por los errores cometidos, nunca son el centro de análisis de las guerras y del estado permanente de tensión psicológica, ideológica y espiritual. (Dicho aparte, creo que sería necesario ampliar una investigación científica sobre el ritmo cardíaco de los espectadores antes y después de presenciar una hora de estos programas “informativos” —o como se quiera llamar, considerando que, en realidad, lo más informativo de estos programas son los anuncios publicitarios; los informativos en sí mismo son propaganda, desde el momento que en reproducen el lenguaje colonizado.)

El diálogo se ha cortado y las posiciones se han alejado, envenenadas por el odio que destilan los grandes medios de comunicación, instrumentos del poder tradicional. “Ellos son la encarnación del Mal”; “Nuestros valores son superiores y por lo tanto tenemos derecho a exterminarlos”. “La humanidad depende de nuestro éxito”. Etcétera. Para que el éxito sea posible antes debemos asegurarnos la obediencia de nuestros conciudadanos. Pero quedaría por preguntarse si es realmente el “éxito de la guerra” el objetivo principal o un simple medio siempre prorrogable para mantener la obediencia del pueblo propio, el que amenazaba con independizarse y entenderse de una forma novedosa con los otros. Para todo esto, la propaganda, que es propagación del odio, es imprescindible. Los beneficiados son una minoría; la mayoría simplemente obedece con pasión y fanatismo: es la cultura del odio que nos enferma cada día. Pero la cultura del odio no es el origen metafísico del Mal, sino apenas el instrumento de otros intereses. Porque si el odio es un sentimiento que se puede democratizar, en cambio los intereses han sido hasta ahora propiedad de una elite. Hasta que la Humanidad entienda que el bien del otro no es mi perjuicio sino todo lo contrario: si el otro no odia, si el otro no es mi oprimido, también yo me beneficiaré de su sociedad. Pero vaya uno a explicarle esto al opresor o al oprimido; rápidamente lograrán ponerse de acuerdo para retroalimentar ese círculo perverso que nos impide evolucionar como Humanidad.

La humanidad resistirá, como siempre resistió a los cambios más importantes de la historia. No resistirán millones de inocentes, para los cuales los beneficios del progreso de la historia no llegarán nunca. Para ellos está reservado la misma historia de siempre: el dolor, la tortura y la muerte anónima que pudo evitarse, al menos en parte, si la cultura del odio hubiese sido reemplazada antes por la comprensión que un día será inevitable: el otro no es necesariamente un enemigo que debo exterminar envenenando a mis propios hermanos; el beneficio del otro será, también, mi beneficio propio.

Este principio fue la conciencia de Jesús, conciencia que luego fue corrompida por siglos de fanatismo religioso, lo más anticristiano que podía imaginarse de los Evangelios. Y lo mismo podríamos  decir de otras religiones.

En 1866 Juan Montalvo dejó testimonio de su propia amargura: “Los pueblos más civilizados, aquellos cuya inteligencia se ha encumbrado hasta el mismo cielo y cuyas prácticas caminan a un paso con la moral, no renuncian a la guerra: sus pechos están ardiendo siempre, su corazón celoso salta con ímpetus de exterminación” Y luego: “La paz de Europa no es la paz de Jesucristo, no: la paz de Europa es la paz de Francia e Inglaterra, la desconfianza, el temor recíproco, la amenaza; la una tiene ejércitos para sojuzgar el mundo, y sólo así cree en la paz; la otra se dilata por los mares, se apodera de todos los estrechos, domina las fortalezas más importantes de la tierra, y sólo así cree en paz.”

Salidas del laberinto

Si el conocimiento —o la ignorancia— se demuestra hablando, la sabiduría es el estado superior donde un hombre o una mujer aprenden a escuchar. Como bien recomendó Eduardo Galeano a los poderosos del mundo, el trabajo de un gobernante debería ser escuchar más y hablar menos. Aunque sea una recomendación retórica —en el entendido que es inútil aconsejar a quienes no escuchan— no deja de ser un principio irrefutable para cualquier demócrata mínimo. Pero los discursos oficiales y de los medios de comunicación, formados para formar soldados, sólo están ocupados en disciplinar según sus reglas. Su lucha es la consolidación de significados ideológicos en un lenguaje colonizado y divorciado de la realidad cotidiana de cada hablante: su lenguaje es terriblemente creador de una realidad terrible, casi siempre en abuso de paradojas y oxímorones —como puede ser el mismo nombre de “medios de comunicación”. Es el síntoma autista de nuestras sociedades que día a día se hunden en la cultura del odio. Es información y es deformación.

En muchos ensayos anteriores, he partido y llegado siempre a dos presupuestos que parecen contradictorios. El primero: no es verdad que la historia nunca se repite; siempre se repite; lo que no se repiten son las apariencias. El segundo precepto, con al menos cuatrocientos años de antigüedad: la historia progresa. Es decir, la humanidad aprende de su experiencia pasada y en este proceso se supera a sí misma. Ambas realidades humanas han luchado desde siempre. Si la raza humana fuese más memoriosa y menos hipócrita, si tuviera más conciencia de su importancia y más rebeldía ante su falsa impotencia, si en lugar de aceptar la fatalidad artificial del Clash of Civilizations reconociera la urgencia de un Dialogue of Cultures, esta lucha no regaría los campos de cadáveres y los pueblos de odio. El proceso histórico, desde sus raíces económicas, está determinado y no puede ser contradictorio con los intereses de la humanidad. Sólo falta saber cuándo y cómo. Si lo acompañamos con la nueva conciencia que exige la posteridad, no sólo adelantaremos un proceso tal vez inevitable; sobre todo evitaremos más dolor y el reguero de sangre y muerte que ha teñido el mundo de rojo-odio en esta crisis mayor de la historia.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, agosto, 2006

Bitacora (La Republica)

 

The Culture of Hate

On the silent revolution and reaction of our time. The reasons for ultramodern chaos. On the colonization of language and how traditional authority reacts to historical progress using the anachronistic tools of repetition.

Universal Pedagogy of Obedience

The old pedagogical model was synthesized in the phrase “the letters enter with blood.” This was the ideological support that allowed the teacher to strike with a ruler the buttocks or hands of the bad students. When the bad student was able to memorize and repeat what the teacher wanted, the punishment would end and the reward would begin. Then the bad student, having now been turned into “a good man,” could take over teaching by repeating the same methods. It is not by accident that the celebrated Argentine statist and pedagogue, F. Sarmiento, would declare that “a child is nothing more than an animal that must be tamed and educated.” In fact, this is the very method one uses to domesticate any old animal. “Teaching” a dog means nothing more than “making it obedient” to the will of its master, humanizing it. Which is a form of canine degeneration, just like the frequent dehumanization of a man into a dog – I refer to Osvaldo Dragún’s theatrical work.

The social logic of it is not much different. Whoever has power is the one who defines what a particular word means. Social obedience is implicit. In this sense, there are key words that have been colonized in our culture, words like democracy, freedom, justice, patriot, development, civilization, barbarism, etc. If we observe the definition of each one of these words derived from the same power – the same master – we will see that it is only by dint of a violent, colonizing and monopolistic “learning” that the term is applied to a particular case and not to another one, to one appearance and not to another, to one flag and not another – and almost always with the compelling force of the obvious. It is this logic alone that dominates the discourse and headlines of daily newspapers the world over. Even the loser, who receives the semiotic stigma, must use this language, these ideological tools to defend (timidly) any position that differs from the official, established one.

Revolution and Reaction

What we are experiencing at present is a profound crisis which naturally derives from a radical change in system – structural and mental: from a system of representative obedience to a system of progressive democracy.

It is not by accident that this current reaction against the disobedience of nations would take the form of a rennaissance of religious authoritarianism, in the East as much as in the West. Here we might say, like Pi i Margall in 1853, that “revolution is peace and reaction is war.”  The difference in our time is rooted in the fact that both revolution and reaction are invisible; they are camouflaged by the chaos of events, by the messianic and apocalyptic discourses, disguised in the old reading codes inherited from the Modern Era.

The Grand Reactionary Strategy

Now, how does one sustain this reaction against radical democratization, which is the invisible and perhaps inevitable revolution? We might continue observing that one form of attack against this democratization is for the reaction itself to kidnap the very idea of “democracy.” But now let’s mention just a few of the least abstract symptoms.

At the center of the “developed world,” the most important television and radio networks repeat tiresomely the idea that “we are at war” and that “we must confront an enemy that wants to destroy us.” The evil desire of minority groups – minority but growing – is unquestionable. The objective, our destruction, is infinitely improbable; except, that is, for the assistance offered by self-betrayal, which consists in copying all of the defects of the enemy one pretends to combat. Not coincidentally, the same discourse is repeated among muslim peoples – without even beginning to consider anyone outside this simple dichotomy, product of another typical creation of the powers in conflict: the creation of false dilemmas.

In the most recent war, irrigated as always with copious innocent blood, we witnessed the repetition of the old model that is repeated every day and ceaselessly in so many corners of the world. A colonel, speaking from we know not which front, declared to a television channel of the Civilized World, dramatically: “It is on this road where the future of humanity will be decided; it is here where the ‘clash of civilizations’ is unfolding.” Throughout that day, as with all the previous days and all the days after, the words and ideas repeated over and over again were: enemy, war, danger, imminent, civilization and barbarism, etc. To raise doubts about this would be like denying the Holy Trinity before the Holy Inquisition or, even worse, questioning the virtues of money before Calvin, God’s chosen one. Because it is enough for one fanatic to call another fanatic “barbaric” or “infidel” to get others to agree that he needs to be killed. The final result is that it is rare for one of these barbaric people not to die by their own choice; most of those eliminated by the virtue of holy wars are innocents who would never choose to die. As in the time of Herod, the threat of the individual is eliminated by assassinating his entire generation – without ever achieving the objective, of course.

There is no choice: “it is necessary to win this war.” But it turns out that this war will produce no victors, only losers: peoples who do not trade in human flesh. The strangest thing is that “on this side” the ones who favor every possible war are the most radical Christians, when it was none other than Christ who opposed, in word and deed, all forms of violence, even when he could have crushed with the mere wave of his hand the entire Roman Empire – the center of civilization at the time – and his torturers as well. If the “religious leaders” of today had a miniscule portion of the infinite power of Jesus, they would invest it in winning their unfinished wars. Obviously if huge Christian sects, in an historic act of benediction and justification for the insatiable accumulation of wealth, have been able to pass an army of camels through the eye of that particular needle, how could the difficult precept of turning the other cheek present a problem? Not only is the other cheek not offered – which is only human, even though it’s not very Christian – but instead the most advanced forms of violence are brought to bear on distant nations in the name of Right, Justice, Peace and Freedom – and of Christian values. And even though among them there is no recourse to the private relief of Catholic confession, they often practice it anyway after a bombardment of scores of innocents: “we are so sorry…”

On another television program, a report showed Muslim fanatics sermonizing the masses, calling upon them to combat the Western enemy. The journalists asked professors and analysts “how is a Muslim fanatic created?” To which each specialist attempted to give a response by referring to the wickedness of these terrible people and other metaphysical arguments that, despite being useless for explaining something rationally, are quite useful for feeding the fear and desire for combat of their faithful viewers. It never occurs to them to consider the obvious: a Muslim fanatic is created in exactly the same way that a Christian fanatic is created, or a Jewish fanatic: believing themselves to be in possession of the absolute truth, the best morality and law and, above all, to be executors of the will of God – violence willing. To prove this one has only to take a look at the various holocausts that humanity has promoted in its brief history: none of them has lacked for Noble Purposes; almost all were committed with pride by the privileged sons of God.

If one is a true believer one should start by not doubting the sacred text which serves as the foundation of the doctrine or religion. This, which seems logical, becomes tragic when a minority demands from the rest of the nation the same attitude of blind obedience, usurping God’s role in representing God. What operates here is a transference of faith in the sacred texts to faith in the political texts. The King’s minister becomes the Prime Minister and the King ceases to govern. In most of the mass media we are not asked to think; we are asked to believe. It is the advertizing dynamic that shapes consumers with discourses based on simplification and obviousness. Everything is organized in order to convince us of something or to ratify our faith in a group, in a system, in a party. All in the guise of tolerance and diversity, of discussion and debate, where typically a grey representative of the contrarian position is invited to the table in order to humiliate or mock him. The committed journalist, like the politician, is a pastor who directs himself to an audience accustomed to hearing unquestionable sermons and theological opinions as if they were the word of God himself.

These observations are merely a beginning, because we would have to be very naïve indeed if we were to ignore the calculus of material interests on the part of the powerful, who – at least so far – have always decided, thumb up or thumb down, the fate of the innocent masses. Which is demonstrated by simply observing that the hundreds and thousands of innocent victims, aside from the occasional apology for mistakes made, are never the focus of the analysis about the wars and the permanent state of psychological, ideological and spiritual tension. (As an aside, I think it would be necessary to develop a scientific investigation regarding the heart rate of the viewers before and after witnessing an hour of these “informational” programs – or whatever you want to call them, since, in reality, the most informative part of these programs is the advertisements; the informational programming itself is propaganda, from the very moment in which they reproduce the colonized language.)

Dialogue has been cut off and the positions have polarized, poisoned by the hatred distilled by the big media, instruments of traditional power. “They are the incarnation of Evil”; “Our values are superior and therefore we have the right to exterminate them.” “The fate of humanity depends upon our success.” Etcetera.. In order for success to be possible we must first guarantee the obedience of our fellow citizens. But it remains to be asked whether “success in the war” is really the main objective or instead a mere means, ever deferrable, for maintaining the obedience of one’s own people, a people that was threatening to become independent and develop new forms of mutal understanding with other peoples. For all of this, propaganda, which is the propagation of hate, is indispensable. The beneficiaries are a minority; the majority simply obeys with passion and fanaticism: it is the culture of hate that sickens us day after day. But the culture of hate is not the metaphysical origin of Evil, but little more than an instrument of other interests. Because if hatred is a sentiment that can be democratized, in contrast private interests to date have been the property of an elite. Until Humanity understands that the well-being of the other does me no harm but quite the opposite: if the other does not hate, if the other is not oppressed by me, then I will also benefit from the other’s society. But one will have a heck of a time explaining this to the oppressor or to the oppressed; they will quickly come to an agreement to feed off of that perverse circle that keeps us from evolving together as Humanity.

Humanity will resist, as it has always resisted the most important changes in history. Resistance will not come from millions of innocents, for whom the benefits of historical progress will never arrive. For them is reserved the same old story: pain, torture and anonymous death that could have been avoided, at least in part, if the culture of hate had been replaced by the mutual comprehension that one day will be inevitable: the other is not necessarily an enemy that I must exterminate by poisoning my own brothers; what is to the benefit of the other will be to my benefit also.

This principle was Jesus’s conscience, a conscience that was later corrupted by centuries of religious fanaticism, the most anti-Christian Gospel imaginable. And the same could be said of other religions.

In 1866 Juan Montalvo testified to his own bitterness: “The most civilized peoples, those whose intelligence has taken flight to the heavens and whose practices are guided by morality, do not renounce war: their breasts are ever burning, their zealous heart leaps with the impulse for extermination.” And later: “The peace of Europe is not the peace of Jesus Christ, no: the peace of Europe is the peace of France and England, lack of confidence, mutual fear, threat; the one has armies sufficient to dominate the world, and only for that believes in peace; the other extends itself over the seas, controls every strait, rules the most important fortresses on earth, and only for that believes in peace.”

Exits from the Labyrinth

If knowledge – or ignorance – is demonstrated by speaking, wisdom is the superior state in which a man or a woman learns to listen. As Eduardo Galeano rightly recommended to the powerful of the world, the ruler’s job should be to listen more and speak less. Although only a rhetorical recommendation – in the sense that it is useless to give advice to those who will not listen – this remains an irrefutable principle for any democrat. But the discourses of the mass media and of the states, designed for creating soldiers, are only concerned with disciplining according to their own rules. Their struggle is the consolidation of ideological meaning in a colonized language divorced from the everyday reality of the speaker: their language is terribly creative of a terrible reality, almost always through abuse of the paradox and the oxymoron – as one might view the very notion of “communication media.” It is the autistic symptom of our societies that day after day they sink further into the culture of hate. It is information and it is deformation.

In many previous essays, I have departed from and arrived at two presuppositions that seem contradictory. The first: it is not true that history never repeats itself; it always repeats itself; it is only appearances that are not repeated. The second precept, at least four hundred years old: history progresses. That is to say, humanity learns from past experience and in the process overcomes itself. Both human realities have always battled each other. If the human race rememberd better and were less hypocritical, if it had greater awareness of its importance and were more rebellious against its false impotence, if instead of accepting the artificial fatalism of Clash of Civilizations it were to recognize the urgency of a Dialogue of Cultures, this battle would not sow the fields with corpses and nations with hate. The process of history, from its economic roots, is determined by and cannot be contradictory to the interests of humanity. What remains to be known is only how and when. If we accompany it with the new awareness demanded by posterity, we will not only advance a perhaps inevitable process; above all we will avoid more pain and the spilling of blood and death that has tinged the world hate-red in this greatest crisis of history.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, November 2006.

Translated by Bruce Campbell

Bitacora (La Republica)

 

Civilización y barbarie

DAVOS-KLOSTERS/SWITZERLAND, 29JAN09 - Tony Bla...
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Bitácora (La Republica)

Civilización y barbarie

¿Incluyen nuestros valores la imposición de nuestros valores? De cómo presentar el horror propio como una novedad ajena.

En un discurso ante el World Affairs Council de Los Ángeles, el primer ministro inglés, Tony Blair, dijo que todas las luchas que libran los países libres alrededor del mundo son para defender nuestros valores. “No es solo sobre seguridad —dijo el Primer ministro— o sobre tácticas militares; se trata de mentes y de corazones. Se trata de de inspirar a la gente y persuadirlos sobre la integridad de nuestros valores […] Se trata de demostrarles que nuestro sistema de valores es robusto, verdadero y vencerá sobre los suyos” (CNN, 1º de agosto de 2006).

Como todo discurso, también éste va dirigido a una masa previamente modelada. Bastaría con observar que diferenciar “tácticas militares” con “mentes y corazones” no es más que un nuevo y falso dilema hecho a la medida del consumidor. ¿Qué sería de los ejércitos del mundo ultramoderno si no contaran con el apoyo cómplice de las “mentes y los corazones” de los pueblos? Pero basta con que el Ministro trace otra línea en el suelo para imponer la nueva dicotomía: no se trata sólo de tirar bombas; se trata de conquistar los corazones. El público deberá asumir que nuestra conquista de los corazones se realiza con Amor, mientras la conquista del fanatismo ajeno se realiza con Odio. Ya en otro ensayo me ocupé de este punto, de la cultura del odio, que es el principal instrumento de dominación que comparten hoy en día los supuestos adversarios, las supuestas civilizaciones en conflicto. Veamos ahora brevemente el problema de “nuestros valores”.

Es lógico y natural que todos consideremos nuestros valores como superiores a los valores ajenos; si no fuera así, adoptaríamos otros valores. El problema surge cuando en nombre de unos valores se materializan realidades opuestas. Como por ejemplo: en nombre de la tolerancia se suprime al diferente; en nombre de la compasión se bombardean ciudades; en nombre de la vida se riega los campos de muerte. En nombre de la “defensa de nuestros valores” —que incluye la aceptación del otro— se invaden países lejanos para “imponer nuestros valores”.

Creo que la pregunta central aquí sería: ¿Nuestros valores incluyen la imposición de nuestros valores? El Ministro ha hablado de “persuasión” (It’s about inspiring people, persuading them). Pero habrá que reconocer que la guerra como forma de persuasión es un sofisma antiguo que sólo sobrevive gracias a la inagotable estupidez humana que se renueva con cada generación. ¿No tenemos aquí un dilema que exige el principio de no-contradicción?: o se persuade o se impone. La persuasión no es el primer recurso, sino el amable complemento para quienes sobreviven a la sagrada imposición.

Pero he aquí una nueva muestra de lo que he llamado “la colonización del lenguaje”. ¿Por qué se llamó “conquista” a la usurpación, robo, esclavización y masacre de pueblos enteros en América? O hay dos formas de conquistas (una por seducción; otra por imposición) y no nos aclararon de qué acepción se trataba, o hay una palabra colonizada: si un asiático conquista, eso es barbarie; si un occidental conquista, eso es seducción. Y seguramente lo mismo podemos decir desde la otra perspectiva.

Manuel González Prada, en 1908 observaba la costumbre de los teóricos europeos al especular sobre las razas. Muchos —decía el intelectual peruano— se refieren a “la solidaridad entre los hombres civilizados de la raza europea frente a la Naturaleza y la barbarie humana. Donde se lee barbarie humana tradúzcase hombre sin pellejo blanco”.

No es mi intención separar de forma absoluta el discurso (la narrativa ideológica de la realidad) de los “hechos”. No obstante, decir y hacer todavía siguen siendo dos cosas diferentes. Veamos, entonces, algunos hechos históricos.

En la antigüedad eran los pueblos “bárbaros” los que solían invadir las civilizaciones más avanzadas. No obstante, desde las invasiones musulmanas a España y las turcas en el este de Europa, el proceso ha sido abrumadoramente el contrario. ¿Cuándo en los últimos quinientos años, una tribu africana, un pueblo sudamericano, un a país asiático ha invadido Europa o Estados Unidos, es decir, los centros “civilizados” del mundo? A lo sumo la “invasión” ha sido pacífica, en forma de productiva inmigración, por necesidad y no por desbordada ambición. Pero nunca militar; ni siquiera ideológica. Las invasiones de “defensa” han procedido siempre desde el centro a la periferia, del mundo “civilizado” hacia los pueblos “bárbaros”. Así han procedido todos los imperios orgullosamente llamados “occidentales”: El imperio romano (por no comenzar con Alejandro), el imperio español, la Francia imperialista, el imperio británico y el imperio norteamericano. Siempre en nombre Dios, la Libertad, la Democracia y la Civilización; todo lo cual se resume en una única bandera: la defensa de los mejores valores —los nuestros.

Lo que significa que esos “valores” han sido, principalmente, los valores de la invasión de territorios ajenos por la fuerza de las armas y del dinero. Por lo tanto, no invadir a un país más débil es entendido como una forma de traición a esos “valores occidentales” —tanto como criticarlo.

En nuestro tiempo, el hecho de que exista la doctrina de la singularidad de Estados Unidos no tiene nada de singular. La (arbitraria) singularidad justifica la imposición de los valores propios. Lo mismo han pensado todos o casi todos los pueblos del mundo primitivo, especialmente aquellos que por alguna razón material han predominado sobre otros más débiles. La fuerza es el mayor legitimador de la barbarie, porque el “éxito” siempre procede de “dios”. La idea de singularidad habilita a soslayar las mismas leyes que se les imponen a otros. Predomino, luego fui elegido por mi alta moral. Incluso los pigmeos —y no hago alusión al tamaño físico— se consideran “los verdaderos hombres”. No tiene nada de particular, entonces, que en Estados Unidos los líderes religiosos consideren que este es el nuevo “pueblo elegido”. Si cien países votan en la ONU por no y uno o dos votan por sí, eso no es entendido como una derrota abrumadora de Uno o Dos. Por el contrario, es una prueba de que el mundo es malo y aún así es salvado por Uno o Dos pueblos elegidos por Dios. Porque Dios no puede beneficiar a todos los pueblos por igual y llamar a todos los pueblos “pueblos elegidos”. Esta es la razón lógica de la singularidad. La razón práctica se demuestra con la superioridad militar de uno o dos sobre cien o doscientos, lo que hace cualquier votación una muestra irrefutable de la impotencia de cien o doscientos contra la voluntad de Dios. Cuando un pueblo elegido sufre una catástrofe (natural, económica o militar), es tan grande su singularidad y su excepcionalidad, que la tragedia nunca es atribuida a Dios sino a fenómenos naturales o a la maldad humana. Es el único momento cuando los fanáticos religiosos se acuerdan de la Naturaleza.

Tampoco tiene nada de singular ni de novedoso para la historia el hecho de que hoy sea Estados Unidos el país que más influencia tiene en el mundo —para bien y para mal— y al mismo tiempo sus habitantes sean las personas que más ignoran lo que pasa más allá de sus fronteras.

Por otra parte, todas estas paradojas —toda esta singularidad—, no es propia de una raza o de un pueblo en particular o de una religión: es propia del vencedor.

Ángel Gavinet anotaba, a finales del siglo XIX: “Yo quisiera ver —ha escrito Cobden— un mapa del mundo según la proyección de Mercator, con puntos rojos marcados en todos aquellos lugares en que los ingleses han dado alguna batalla; saltaría a la vista que, al contrario de todos los demás pueblos, el pueblo inglés lucha desde hace siete siglos contra enemigos extranjeros en todas partes menos en Inglaterra. ¿Será preciso decir una palabra más para demostrar que somos el pueblo más agresivo del mundo?”. Años antes, en 1866, el ecuatoriano Juan Montalvo escribía: “Los pueblos más civilizados, aquellos cuya inteligencia se ha encumbrado hasta el mismo cielo y cuyas prácticas caminan a un paso con la moral, no renuncian a la guerra: sus pechos están ardiendo siempre, su corazón celoso salta con ímpetus de exterminación”. Y más adelante: “La paz de Europa no es la paz de Jesucristo, no: la paz de Europa es la paz de Francia e Inglaterra, la desconfianza, el temor recíproco, la amenaza; la una tiene ejércitos para sojuzgar el mundo, y sólo así cree en paz; la otra se dilata por los mares, se apodera de todos los estrechos, domina las fortalezas más importantes de la tierra, y sólo así cree en paz. Los zuavos, los huásares, los cazadores de Vincennes son la paz de Francia; los buques acorazados, Gibraltar, Malta son la paz de Inglaterra […] Rusia ahogando a Polonia, ahorcándola, azotándola, mandándola a los steeps de Siberia, es la paz de Europa. La Gran Puerta degollando, desterrando, aniquilando a mansalva a los montenegrinos, es la paz de Europa. Prusia defendiendo el derecho divino, oprimiendo a Dinamarca…” En 1942, Alfonso Reyes recordaba al primer ensayista francés: “Es cierto, se decía Montagne, que aquellos indígenas [de las Amazonas] son caníbales, pero ¿no es peor que comerse a sus semejantes el esclavizar y consumir, como lo hace el europeo, a las nueve décimas partes de la humanidad? América tortura a sus prisioneros de guerra; Pero Europa, piensa Montagne, se permite mayores torturas en nombre de la religión y la justicia”. El mismo Juan Montalvo había observado: “el tigre devora al corzo, pero ¿vemos que jamás el tigre devora al tigre, ni el oso al oso, el buitre al buitre? Sólo el hombre devora al hombre y en esto viene a ser peor condición que la bestia misma”.

Ahora, si las diferencias religiosas fueran tan importantes como lo promueve la ideología de The Clash of Civilizations, las diferentes comunidades en un mismo país vivirían en permanente guerra. La razón de los conflictos mundiales radican en los intereses del poder, y éstos generan las ideologías y los discursos moralizantes que las sostienen.

La cultura del odio es el instrumento democrático del cual se sirve el cálculo del interés, que es el fin aristocrático. La lógica nos dice que la repetida y saturada invocación a Dios por parte de los fanáticos de un lado, debería hacer reflexionar a los fanáticos del otro bando que recurren a la misma invocación divina con la misma insistencia. La locura ajena debería iluminar la locura propia: secuestrar a Dios es una pretensión arbitraria y criminal. Sin embargo, observamos que el efecto es estrictamente el contrario: los fanáticos de un lado y del otro profundizan el mismo recurso sin ver la paja en el ojo propio. Lo que bastaría para demostrar que no los guía la razón ni la sensatez, sino el mismo fanatismo. Pero ¿cómo explicarle esto a un fanático que se cree elegido por Dios?

Aún mantengo la creencia en el progreso de la historia. Pero cuando miro el repetido horror del cerebro humano, cometidos en nombre de la Verdadera Religión y de los Mejores Valores, lo único que le pido a Dios es que exista.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, agosto 2006.

Civilisation et Barbarie

Est-ce que nos valeurs incluent l’imposition de nos valeurs? Comment présenter notre propre horreur comme un événement dû aux autres.

Dans un discours devant le World Affairs Councils de Los Angeles, le premier ministre Anglais Tony Blair a dit que toutes les luttes que livrent les pays libres autour du monde le sont afin de défendre nos valeurs. ‘‘Ce n’est pas uniquement une question de sécurité, a dit le premier ministre, ou de tactiques militaires; il s’agit de mentalités et de cœurs. Il s’agit de rassurer les gens et de les persuader de l’intégrité de nos valeurs. Il s’agit de leurs démontrer que notre système de valeurs est robuste, vrai et vainquera sur les leurs’’. (CNN, 1er août 2006)

Comme tout discours aussi, celui-ci va être dirigé vers une masse préalablement modelée. Il suffirait d’observer que différencier ‘‘tactiques militaires’’ d’avec ‘‘mentalités et cœurs’’ n’est pas plus qu’un nouveau et faux dilemme fait à la mesure du consommateur. Que seraient les armées du monde ultramoderne si elles ne comptaient pas avec l’appui complice des ‘‘mentalités et des cœurs’’ des peuples ? Mais il suffit que le Ministre trace une autre ligne sur le sol pour imposer une nouvelle dichotomie : il ne s’agit pas seulement de tirer des bombes; il s’agit de conquérir les cœurs. Le public doit assumer que notre conquête des cœurs se réalise avec Amour, tandis que la conquête du fanatisme étranger se réalise par la Haine. Déjà, dans un autre essai, je me suis occupé de ce point, de la culture de la haine, qui est le principal instrument de domination que partagent à ce jour les supposés adversaires, les supposées civilisations en conflit. Voyons maintenant brièvement le problème de ‘‘nos valeurs’’.

Il est logique et naturel que tous nous considérions nos valeurs comme supérieures aux valeurs étrangères; s’il n’en était pas ainsi nous adopterions d’autres valeurs. Le problème surgit lorsque au nom de quelques valeurs se matérialisent des réalités opposées. Comme par exemple : au nom de la tolérance on supprime la différence; au nom de la compassion on bombarde des villes; au nom de la vie on arrose les champs de mort. Au nom de la ‘‘défense de nos valeurs’’, quoiqu’elle inclue l’acceptation de l’autre, on envahit des pays étrangers afin de leurs ‘‘imposer nos valeurs’’.

Je crois que la question centrale ici serait : ‘‘Nos valeurs incluent-elles l’imposition de nos valeurs’’? Le Ministre a parlé de persuasion (It’s about inspiring people, persuading them). Mais il faudra reconnaître que la guerre comme façon de persuasion est un antique sophisme qui survit seulement grâce à l’inépuisable stupidité humaine qui se renouvelle avec chaque génération. N’avons-nous pas ici un dilemme qui exige le principe de la non-contradiction ?: ou on persuade ou on impose. La persuasion n’est pas le premier recours mais l’aimable complément pour ceux qui survivent à la sacrée imposition.

J’ai ici un exemple de ce que j’ai appelé « la colonisation du langage ». Pourquoi appelle-t-on ‘conquête’ l’usurpation, le vol, l’esclavagisme et le massacre de peuples entiers en Amérique ? Ou il y a deux formes de conquête (l’une par séduction; l’autre par imposition) et ils ne nous éclaireront sur quelle acceptation il s’agit; ou bien il y a une parole colonisée : si un asiatique conquiert cela est barbarie; si un occidental conquiert cela est séduction. Et nous pouvons sûrement dire la même chose à partir de l’autre perspective.

Manuel Gonzalez Prada observait en 1908 la coutume des théoriciens européens de spéculer sur les races. Beaucoup d’entre eux disait l’intellectuel péruvien se réfèrent à la ‘ solidarité entre les hommes civilisés de la race européenne face à la Nature et à la barbarie humaine. Où on lit barbarie humaine cela se traduit par homme sans peau blanche’.

Ce n’est pas dans mon intention de séparer de façon absolue le discours (le récit idéologique) de la réalité des faits. Cependant, dire et faire continuent encore d’être deux choses. Voyons alors certains faits historiques.

Dans l’Antiquité, les peuples « barbares » étaient ceux qui avaient l’habitude d’envahir les civilisations plus avancées. Cependant, depuis les invasions musulmanes en Espagne et les invasions turques dans l’est de l’Europe, le procédé a été de manière accablante le contraire. Quand, dans les derniers cinq cent ans, une tribu africaine, un peuple sud-américain ou un pays asiatique a t-il envahit l’Europe ou les États-Unis, c’est-à-dire, les centres « civilisés » du monde? Tout au plus, ‘l’invasion’ a été pacifique, sous forme d’immigration productive, par nécessité et non par ambition démesurée. Mais jamais militaire, ni même idéologique. Les invasions de « défense » ont toujours procédé à partir du centre vers la périphérie, du monde « civilisé » vers les peuples « barbares ». Ainsi ont procédé tous les empires orgueilleusement appelés ‘‘occidentaux’’. L’empire romain (pour ne pas commencer avec Alexandre), l’empire espagnol, la France impérialiste, l’empire britannique et l’empire nord-américain. Toujours au nom de Dieu, de la Liberté, de la Démocratie et de la Civilisation. Tout cela se résume sous une unique bannière: la défense des meilleures valeurs : les nôtres.

Ce qui signifie que ces ‘‘valeurs’’ ont été, principalement, les valeurs de l’invasion de territoires étrangers par la force des armes et de l’argent. Par conséquent, ne pas envahir un pays plus faible est compris comme une forme de trahison envers ces ‘‘valeurs occidentales’’, autant que les critiquer.

De nos jours, le fait qu’existe la doctrine de la singularité des États-Unis n’a rien de singulier. La (arbitraire) singularité justifie l’imposition de leurs valeurs propres. Ont pensé de la même façon tous les peuples du monde primitif, ou presque, spécialement ceux qui, pour quelque raison matérielle, ont prédominé sur d’autres plus faibles. La force est le plus grand légitimateur de la barbarie parce que le ‘‘succès’’ procède toujours de ‘‘dieu’’. L’idée de singularité habilite à éviter les mêmes lois qu’on impose aux autres. Je domine, par la suite je fus élu pour ma haute morale. Même les pygmées, qui ne font pas allusion à la taille physique, se considèrent les ‘‘vrais hommes’’. Il n’y a rien de particulier alors qu’aux États-Unis, les leaders religieux les considèrent comme le nouveau ‘‘peuple élu’’. Si cent pays à l’ONU votent ‘‘non’’ et qu’un ou deux pays votent ‘‘oui’’, cela n’est pas compris comme une défaite écrasante par ces derniers. Au contraire, c’est une preuve que le monde est mauvais et encore qu’il est sauvé par un ou deux de ces peuples élus de Dieu. Parce que Dieu ne peut favoriser tous les peuples de manière égale, et appeler tous les peuples ‘‘ ses élus’’. Cela est la raison logique de la singularité. La raison pratique est démontrée par la supériorité militaire d’un ou de deux sur cent ou deux cent, ce qui fait de quelconque vote la preuve irréfutable de l’impuissance de cent ou de deux cent sur la volonté de Dieu. Lorsqu’un peuple élu subit une catastrophe (naturelle, économique ou militaire) que tant est grande sa singularité ou son exceptionnalité, que jamais la tragédie n’est attribuée à Dieu mais aux phénomènes naturels ou à la méchanceté humaine. C’est le seul moment où les fanatiques religieux s’accordent avec la Nature.

Non plus n’a rien de singulier ni de nouveau pour l’histoire le fait que les États-Unis aujourd’hui soit le pays qui possède le plus d’influence sur le monde, pour le bien ou pour le mal, et que ses habitants soient ceux qui ignorent les plus ce qui se passe au-delà de leurs frontières.

D’autre part, tous ces paradoxes, toute cette singularité, n’est pas le propre d’un peuple ou d’une race en particulier, ou d’une religion : c’est le propre du vainqueur.

Angel Gravinet notait, à la fin du XIX è siècle : ‘‘Je voudrais voir, a écrit Cobdeno, une carte du monde selon la projection de Mercator, avec des points rouges sur tous les lieux où les Anglais ont livré quelque bataille; il sauterait à la vue qu’au contraire de tous les autres peuples que le peuple anglais lutte depuis sept siècles contre des ennemis étrangers dans toutes les parties du monde, moins en Angleterre. Faut-il dire une parole de plus pour démontrer que nous sommes le peuple le plus agressif du monde’’?

Des années auparavant, en 1866, l’équatorien Juan Montalvo écrivait : ‘‘Les peuples les plus civilisés, ceux dont l’intelligence s’était élevée jusqu’au ciel même et dont les pratiques cheminaient de concert avec la morale, ne renonçaient pas à la guerre : leurs poitrines brûlaient toujours, leur cœur jaloux sautait avec des élans d’extermination’’. Et plus avant : ‘‘La paix de l’Europe n’est pas la paix de Jésus-Christ, non : la paix de l’Europe est la paix de la France et de l’Angleterre, la méfiance, la peur réciproque, la menace; l’une possède des armées pour dominer le monde, et ainsi seulement on croit en la paix; l’autre s’étend par les mers, s’empare de tous les détroits, domine les forteresses les plus importantes de la terre, et ainsi seulement on croit en la paix. Les zouaves, les huasares, les chasseurs de Vincennes sont la paix de la France; les bateaux cuirassés, Gibraltar, Malte sont la paix de l’Angleterre. La Russie étouffant la Pologne, l’abandonnant, la fouettant, l’envoyant aux steppes de Sibérie, c’est la paix de l’Europe. La Grande Porte détruisant, exilant, annihilant en toute tranquillité les monténégrins, c’est la paix de l’Europe. La Prusse défendant le droit divin, opprimant le Danemark? En 1942, Alfonso Reyes, rappelait au premier essayiste français : ‘‘Il est certain, disait Montagne, que ces indigènes (de l’Amazonie) sont des cannibales, mais n’est-il pas pire de manger ses semblables en les rendant esclaves et en les détruisant, comme le fait l’Europe au neuf dixièmes de l’humanité ? L’Amérique torture ses prisonniers de guerre; mais l’Europe, pense Montagne, se permet de plus grandes tortures au nom de la religion et de la justice’’. Le même Juan Montalvo avait observé : ‘‘Le tigre dévore le chevreuil, mais a-t-on jamais vu le tigre dévorer le tigre, ni l’ours dévorer l’ours et le vautour dévorer le vautour’? Seul l’homme dévore l’homme et en cela il en vient à être en pire condition que la bête même’’.

Maintenant, si les différences religieuses furent si importantes comme le promeut l’idéologie de The Clash of Civilizations, les différentes communautés dans un même pays vivraient en guerre permanente. La raison des conflits mondiaux réside dans les intérêts du pouvoir, et ces derniers génèrent les idéologies et les discours moralisants qui les soutiennent.

La culture de la haine est un instrument démocratique dont se sert le calcul de l’intérêt, qui est le fin aristocratique. La logique nous dit que la répétée et saturée invocation à Dieu de la part des fanatiques d’un côté, devrait faire réfléchir les fanatiques de l’autre bande qui recourent à la même invocation divine avec la même insistance. La folie d’autrui devrait illuminer notre propre folie : séquestrer Dieu est une prétention arbitraire et criminelle.

Cependant, nous observons que l’effet est strictement le contraire : les fanatiques, d’un côté et de l’autre, approfondissent le même discours sans voir la paille dans leur propre oeil. Ce qui suffirait afin de démontrer que ce qui les guide ne sont ni la raison, ni la sagesse, mais le même fanatisme. Mais comment expliquer cela à un fanatique qui se croit élu par Dieu ?

Je nourris encore la croyance dans le progrès de l’histoire. Mais lorsque je regarde la répétée horreur du cerveau humain, commise au nom de la Véritable Religion et des Meilleures Valeurs, tout ce que je demande à Dieu, c’est qu’il existe.

© Jorge Majfud

Université de Géorgie, Août 2006

Traduit de l’Espagnol par :

Pierre Trottier, août 2006

Trois-Rivièrs, Québec, Canada

(1)              Le Choc des Civilisations, de Samuel Huntington. [N. du T.]

Des boucliers humains et plus d’effets collatéraux

Par Jorge Majfud

Lundi passé le 17 (juillet 2006), à une élégante table, le président Bush se croyant dans l’intimité, dit à Tony Blair lequel arborait une cravate rosée, émoussée, propre et anglaise : «What they need to do is get Syria to get Hezbollah to stop doing this sh…, and it’s over » (Ce qu’ils ont à faire c’est d’obliger la Syrie pour qu’elle dise au Hezbollah d’arrêter cette merde, et vite). On se référait au nouveau conflit, bombardement, massacre, absurde entre Israël et le Liban, ou entre Israël et le Hezbollah – ce point n’est pas clair. Le journal anglais Daily Mirror, se scandalisant, titula : « Bush, commence par respecter notre ministre ».

En 1941, Erich Fromm psychanalysait (dans La peur de la liberté) que l’or équivalait à la merde, et la rétention de cette dernière chez l’enfant préfigurait le caractère du capitalisme. A partir de ce point de vue de la critique historique, le président des États-unis, en quelque chose a raison : cela est une merde. Oh, nous ne somme pas aussi fins; quoique les toilettes aient des robinets d’or, la civilisation encore se languit sur ses cloaques.

Mais allons au but. J’ai toujours défendu le droit d’Israël à se défendre. Je n’ai jamais hésité à publier un essai, ou quoique ce soit, signalant les contradictions et la maladie morale de l’anti-sémitisme. Et je continuerai à le faire parce que, de quelque façon, je ne peux transiger, en quelque chose je suis intolérant : au-dessus de quelconque secte, au-dessus de quelconque arbitraire division, au-dessus de quelconque médiocre et arrogant fanatisme, racisme, sexisme, classicisme, au-dessus de quelconque sentiment de supériorité de noblesse héréditaire, l’humanité est une seule, une seule race. Une race toujours malade, mais c’est la seule que nous avons et à laquelle nous ne pouvons cesser d’appartenir, quoique souvent nous enviions la vie plus franche des chiens…

Malgré tout cela, je ne pourrai jamais justifier le massacre d’un seul innocent et encore moins de centaines, sous l’argument qu’à travers eux se trouve quelque terroriste. Cette dialectique maintenant est un disque rayé, pendant que les victimes, prises au hasard, sont presque en totalité les innocents, la masse, les anonymes, qu’ils soient arabes ou juifs, irakiens ou américains, macuas ou macondes. Chaque fois que meure un chef rival, bien sûr, on s’en sert afin de justifier le succès de toute cette horreur.

Celui qui met une bombe et tue dix, cent personnes est un monstre, un terroriste. Mais tuer cent innocents avec des bombes plus « intelligentes », au loin et à partir d’en haut : peut-être en résulte-t-il une prouesse du Droit International et du Progrès pour la Paix? Les terroristes sont des criminels parce qu’ils utilisent des boucliers humains; et les autres leaders (que je ne sais comment les nommer) : ne sont-ils pas également des criminels à bombarder ces « boucliers » comme s’ils étaient des murailles de pierres et non de chair innocente d’un peuple? Parce que si nous disons que ces enfants, ces jeunes, ces personnes âgées et ces femmes, qu’ils ne sont même pas « innocents », nous sommes alors aussi malades que les terroristes. Avec une touche d’hypocrisie, bien sûr.

Maintenant que pouvons-nous espérer d’un peuple bombardé? L’amour du prochain? De la Compréhension? Bien plus : pourrons-nous espérer un minimum de rationalité de quelqu’un qui a perdu sa famille éclatée sous une bombe, même si c’est une bombe chargée du Droit, de la Justice et de la Morale? Nous ne pouvons espérer ce miracle d’aucune des deux parties. La différence est – nous le supposons – que pour un terroriste aucun type de rationalité et de compréhension de l’autre partie ne l’intéresse, pendant qu’il nous faudrait supposer que l’autre partie fasse appel à cette faculté humaine, sinon comme valeur éthique au moins comme stratégie de survie, ou de convivialité, ou de certaines de ces choses nobles que nous entendons toujours dans les discours. Cette carence de la rationalité face à la haine humaine est un triomphe de la terreur. Ceux qui la créent ou l’alimentent sont responsables, peu importe qui a commencé.

Afin que notre pessimisme soit complet, chaque escalade de violence sans discrimination dans le monde est la meilleure mise en garde et la plus parfaite excuse pour que d’autre noctambules comprennent le message : mieux vaut un suspect bien armé qu’un innocent sans arme. Comme ces politiciens « démocratiques » qui obtiennent l’obéissance aveugle de leurs partisans sur la base de la peur de l’adversaire, les terroristes au pouvoir aussi obtiennent de leurs partisans cette semence de la haine. La haine est le venin le plus démocratique dans lequel agonise l’humanité; nous nous doutons qu’il sera impossible de l’extirper de notre espèce mais aussi nous savons que, malgré son discrédit post-moderne, seule la rationalité est capable de la contrôler à l’intérieur des réduits infernaux du subconscient individuel et collectif.

Le président des États-unis s’est plaint que Kofi Annan, le secrétaire général des Nations Unies, était partisan d’un cessez-le-feu immédiat. « Je crois que cela est suffisant afin de régler le problème ». Non, bien sûr. Quand une mesure fut-elle suffisante pour résoudre les tueries dans le monde? Mais cesser de tuer est quelque chose, non? Ou considériez-vous que deux cent personnes tuées en une semaine soit à peine un détail? Serait-ce seulement un détail si la moitié de ceux-ci parlaient anglais?

En 1896, Angel Gavinet, dans son livre Idearium espagnol, observa avec scepticisme et amertume : « Une armée qui lutte avec des armes de grande portée, avec des mitrailleuses à tirs rapides et des canons de gros calibres, quoiqu’elle laisse le champ parsemé de cadavres, est une armée glorieuse; et si les cadavres sont de race noire, alors on dit qu’il n’y en a pas tant. Un soldat qui lutte au corps à corps et qui tue son ennemi d’un coup de baïonnette, commence à nous paraître brutal; un homme vêtu en civil, qui se bat et tue, nous apparaît un assassin. Nous ne nous arrêtons pas sur le fait. Nous nous arrêtons sur l’apparence. »

Ma thèse a toujours été la suivante : ce n’est pas vrai que l’histoire toujours se répète; elle se répète toujours. Ce qui ne se répète pas ce sont les apparences. Ma première observation non plus n’a pas changée : la violence sans discrimination non seulement sème la mort mais, ce qui est encore pire —la haine.

Jorge Majfud

juillet 2006, Université de Géorgie

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, juillet 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

Escudos humanos y “efectos colaterales”

Escudos humanos y más “efectos colaterales”

 

El pasado lunes 17, en una elegante mesa, el presidente George Bush, creyéndose en la intimidad, le dijo a Tony Blair, quien ese día lucía una enrome, pulcra, inglesa corbata rosada: “what they need to do is get Syria to get Hezbollah to stop doing this sh…, and it’s over.” (“lo que tienen que hacer es obligar a Siria a que Hezbollah pare esta mierda, y listo”) Se refería al nuevo conflicto, bombardeo, masacre, absurdo entre Israel y Líbano, o entre Israel y la guerrilla Hizbollah —este punto no está claro. El diario inglés Daily Mirror, escandalizado, tituló: “Bush, empiece por respetar a nuestro ministro”.

En 1941, Erich Fromm psicoanalizaba (en El miedo a la libertad) que el oro equivale a la mierda y la retención de ésta en el niño prefigura el carácter del capitalismo. Desde el punto de vista de la crítica histórica, en algo tiene razón el presidente de Estados Unidos: esto es una mierda. Oh, no seamos tan finos: aunque los toilettes tengan grifos de oro, la civilización aún se yergue sobre sus cloacas.

Pero vayamos al punto. Siempre he defendido el derecho de Israel a defenderse. Nunca he dudado en publicar un ensayo, o lo que sea, señalando las contradicciones y la enfermedad moral del antisemitismo. Y lo seguiré haciendo porque en algo no puedo transar, en algo soy intolerante: por encima de cualquier secta, por encima de cualquier arbitraria división, por encima de cualquier mediocre y arrogante fanatismo, racismo, sexismo, clasismo, por encima de cualquier ridículo sentimiento de superioridad de nobleza hereditaria, la humanidad es una sola, es una sola raza. Una raza siempre enferma, pero la única que tenemos y a la que no podemos dejar de pertenecer, aunque a veces envidiemos la vida más franca de los perros.

Pese a todo esto, nunca podré justificar la masacre de un solo inocente y menos de cientos, bajo el argumento de que entre ellos se encuentra algún terrorista. Esta dialéctica ya está siendo disco rayado, mientras las víctimas —vaya casualidad— siempre son, en su casi totalidad, los inocentes, la masa, los anónimos, sean árabes o judíos, iraquíes o americanos, macúas o macondes. Cada tanto muere algún jefe ajeno, claro, que sirve para justificar el éxito de todo el horror propio.

Quien pone una bomba y mata a diez, a cien personas es un monstruo, un terrorista. Pero matar cientos de inocentes con bombas más “inteligentes”, a lo lejos y desde arriba ¿resulta acaso una proeza del Derecho Internacional y del Progreso por la Paz? Los terroristas son criminales por usar escudos humanos; y los otros líderes (que no sé cómo llamarlos) ¿no son igualmente criminales al bombardear esos “escudos” como si fueran murallas de piedra y no carne inocente de un pueblo? Porque si decimos que esos niños, jóvenes, viejos y mujeres ni siquiera son inocentes, estamos tan enfermos como los terroristas. Con un toque de hipocresía, claro.

Ahora, ¿qué podemos esperar de un pueblo bombardeado? ¿Amor al prójimo? ¿Comprensión? Es más: ¿podremos esperar un mínimo de racionalidad de alguien que ha perdido a su familia reventada por una bomba, aunque sea una bomba cargada de Derecho, Justicia y Moral? No podemos esperar este milagro de ninguna de las dos partes. La diferencia está —suponemos— que a un terrorista no le interesa ningún tipo de racionalidad y comprensión de la otra parte, mientras que habríamos de suponer que la otra parte apela a esta facultad humana, si no como valor ético al menos como estrategia de sobreviencia, o de convivencia, o de alguna de esas cosas nobles que siempre escuchamos en los discursos. Esa carencia racional del odio humano es un triunfo del terror. Quienes la crean o la alimentan son responsables, sin importar si estaba primero el huevo o la gallina.

Para que nuestro pesimismo sea completo, cada escalada de violencia indiscriminada en el mundo es la mejor advertencia y la más perfecta excusa para que otros trasnochados comprendan el mensaje: más vale sospechoso bien armado que inocente sin armar. Como aquellos políticos “democráticos” que obtienen la obediencia ciega de sus seguidores en base al miedo del adversario, también los terroristas de turno obtienen sus seguidores de esta siembra de odio. El odio es el veneno más democrático en el que agoniza la humanidad; sospechamos que será imposible de extirparlo de nuestra especie, pero también sabemos que, pese a su desprestigio posmoderno, sólo la racionalidad es capaz de controlarlo dentro de los reductos infernales del subconsciente individual y colectivo.

El presidente de Estados Unidos se quejó que Kofi Annan, el secretario general de la ONU es partidario de un alto al fuego inmediato. “Cree que esto es suficiente para arreglar el problema”. No, claro, ¿cuándo una medida fue suficiente para superar las matanzas en este mundo? Pero dejar de matar ya es algo, no? ¿O usted considera que doscientas personas muertas en una semana son apenas un detalle? ¿Serían sólo un detalle si la mitad de estos hablaran inglés?

En 1896 Ángel Gavinet en su libro Idearium español observó, con escepticismo y amargura: “Un ejército que lucha con armas de mucho alcance, con ametralladoras de tiro rápido y con cañones de grueso calibre, aunque deja el campo sembrado de cadáveres, es un ejército glorioso; y si los cadáveres son de raza negra, entonces se dice que no hay tales cadáveres. Un soldado que lucha cuerpo a cuerpo y que mata a su enemigo de un bayonetazo, empieza a parecernos brutal; un hombre vestido de paisano, que lucha y mata, nos parece un asesino. No nos fijamos en el hecho. Nos fijamos en la apariencia.”

Mi tesis ha sido siempre la siguiente: no es verdad que la historia nunca se repite; se repite siempre. Lo que no se repiten son sólo las apariencias. Mi primera advertencia tampoco ha cambiado: la violencia indiscriminada no sólo siembra muerte sino, además, lo que es aún peor —odio.

 

 

© Jorge Majfud

The University of Georgia, Julio 2006.

 

 

Des boucliers humains et plus d’effets collatéraux

Par Jorge Majfud

 

 

Lundi passé le 17 (juillet 2006), à une élégante table, le président Bush se croyant dans l’intimité, dit à Tony Blair lequel arborait une cravate rosée, émoussée, propre et anglaise : «What they need to do is get Syria to get Hezbollah to stop doing  this sh…, and it’s over »  (Ce qu’ils ont à faire c’est d’obliger la Syrie pour qu’elle dise au Hezbollah d’arrêter cette merde, et vite). On se référait au nouveau conflit, bombardement, massacre, absurde entre Israël et le Liban, ou entre Israël et le Hezbollah – ce point n’est pas clair. Le journal anglais Daily Mirror, se scandalisant, titula : « Bush, commence par respecter notre ministre ».

En 1941, Erich Fromm psychanalysait (dans La peur de la liberté) que l’or équivalait à la merde, et la rétention de cette dernière chez l’enfant préfigurait le caractère du capitalisme. A partir de ce point de vue de la critique historique, le président des États-unis, en quelque chose a raison : cela est une merde. Oh, nous ne somme pas aussi fins; quoique les toilettes aient des robinets d’or, la civilisation encore se languit sur ses cloaques.

Mais allons au but. J’ai toujours défendu le droit d’Israël à se défendre. Je n’ai jamais hésité à publier un essai, ou quoique ce soit, signalant les contradictions et la maladie morale de l’anti-sémitisme. Et je continuerai à le faire parce que, de quelque façon, je ne peux transiger, en quelque chose je suis intolérant : au-dessus de quelconque secte, au-dessus de quelconque arbitraire division, au-dessus de quelconque  médiocre et arrogant fanatisme, racisme, sexisme, classicisme, au-dessus de quelconque sentiment de supériorité de noblesse héréditaire, l’humanité est une seule, une seule race. Une race toujours malade, mais c’est la seule que nous avons et à laquelle nous ne pouvons cesser d’appartenir, quoique souvent nous enviions la vie plus franche des chiens…

Malgré tout cela, je ne pourrai jamais justifier le massacre d’un seul innocent et encore moins de centaines, sous l’argument qu’à travers eux se trouve quelque terroriste. Cette dialectique maintenant est un disque rayé, pendant que les victimes, prises au hasard, sont presque en totalité les innocents, la masse, les anonymes, qu’ils soient arabes ou juifs, irakiens ou américains, macuas ou macondes. Chaque fois que meure un chef rival, bien sûr, on s’en sert afin de justifier le succès de toute cette horreur.

Celui qui met une bombe et tue dix, cent personnes est un monstre, un terroriste. Mais tuer cent innocents avec des bombes plus « intelligentes », au loin et à partir d’en haut : peut-être en résulte-t-il une prouesse du Droit International et du Progrès pour la Paix? Les terroristes sont des criminels parce qu’ils utilisent des boucliers humains; et les autres leaders (que je ne sais comment les nommer) : ne sont-ils pas également des criminels à bombarder ces « boucliers » comme s’ils étaient des murailles de pierres et non de chair innocente d’un peuple? Parce que si nous disons que ces enfants, ces jeunes, ces personnes âgées et ces femmes, qu’ils ne sont même pas « innocents », nous sommes alors aussi malades que les terroristes. Avec une touche d’hypocrisie, bien sûr.

Maintenant que pouvons-nous espérer d’un peuple bombardé? L’amour du prochain? De la Compréhension? Bien plus : pourrons-nous espérer un minimum de rationalité de quelqu’un qui a perdu sa famille éclatée sous une bombe, même si c’est une bombe chargée du Droit, de la Justice et de la Morale? Nous ne pouvons espérer ce miracle d’aucune des deux parties. La différence est – nous le supposons – que pour un terroriste aucun type de rationalité et de compréhension de l’autre partie ne l’intéresse, pendant qu’il nous faudrait supposer que l’autre partie fasse appel à cette faculté humaine, sinon comme valeur éthique au moins comme stratégie de survie, ou de convivialité, ou de certaines de ces choses nobles que nous entendons toujours dans les discours. Cette carence de la rationalité face à la haine humaine est un triomphe de la terreur. Ceux qui la créent ou l’alimentent sont responsables, peu importe qui a commencé.

Afin que notre pessimisme soit complet, chaque escalade de violence sans discrimination dans le monde est la meilleure mise en garde et la plus parfaite excuse pour que d’autre noctambules comprennent le message : mieux vaut un suspect bien armé qu’un innocent sans arme. Comme ces politiciens « démocratiques » qui obtiennent l’obéissance aveugle de leurs partisans sur la base de la peur de l’adversaire, les terroristes au pouvoir aussi obtiennent de leurs partisans cette semence de la haine. La haine est le venin le plus démocratique dans lequel agonise l’humanité; nous nous doutons qu’il sera impossible de l’extirper de notre espèce mais aussi nous savons que, malgré son discrédit post-moderne, seule la rationalité est capable de la contrôler à l’intérieur des réduits infernaux du subconscient individuel et collectif.

Le président des États-unis s’est plaint que Kofi Annan, le secrétaire général des Nations Unies, était partisan d’un cessez-le-feu immédiat. « Je crois que cela est suffisant afin de régler le problème ». Non, bien sûr. Quand une mesure fut-elle suffisante pour résoudre les tueries dans le monde? Mais cesser de tuer est quelque chose, non? Ou considériez-vous que deux cent personnes tuées en une semaine soit à peine un détail? Serait-ce seulement un détail si la moitié de ceux-ci parlaient anglais?

En 1896, Angel Gavinet, dans son livre Idearium espagnol, observa avec scepticisme et amertume : « Une armée qui lutte avec des armes de grande portée, avec des mitrailleuses à  tirs rapides et des canons de gros calibres, quoiqu’elle laisse le champ parsemé de cadavres, est une armée glorieuse; et si les cadavres sont de race noire, alors on dit qu’il n’y en a pas tant. Un soldat qui lutte au corps à corps et qui tue son ennemi d’un coup de baïonnette, commence à nous paraître brutal; un homme vêtu en civil, qui se bat et tue, nous apparaît un assassin. Nous ne nous arrêtons pas sur le fait. Nous nous arrêtons sur l’apparence. »

Ma thèse a toujours été la suivante : ce n’est pas vrai que l’histoire toujours se répète; elle se répète toujours. Ce qui ne se répète pas ce sont les apparences. Ma première observation non plus n’a pas changée : la violence sans discrimination non seulement sème la mort mais, ce qui est encore pire —la haine.

 

 

Jorge Majfud

juillet 2006, Université de Géorgie

 

 

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, juillet 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

 

Las perversiones de un sistema

Las perversiones de un sistema

Cuando el Estado pierde su razón de ser

Uno de los programas de televisión más populares de México, que se transmite por aire en Estados Unidos con altos niveles de audiencia, consiste en la conocida fórmula de una competencia de cantantes amateurs que buscan triunfar e iniciar una exitosa carrera artística. (*) En principio este tipo de propuestas circenses no tiene nada de malo y podríamos decir que la mayoría de los concursantes demuestran talentos especiales para el canto. El problema surge cuando advenimos otra característica común de nuestros tiempos. Al igual que en un ciclo semejante donde los competidores bailaban en lugar de cantar, cada uno lo hacía “por una causa noble”, que además era parte de las reglas de juego: uno necesitaba el dinero del premio para iniciar un tratamiento que le devuelva la vista a su padre, otro para que su hermano paralítico pudiese caminar, otro para que su esposa con un terrible cáncer que le cubre media cara pudiese hacer un tratamiento, etc. Los casos más comunes son los de enfermedades extremas y parte del espectáculo consiste en mostrar a la víctima sufriendo y al competidor y el público emocionándose hasta las lágrimas imaginándose lo buenos, sensibles y solidarios que somos ante la desgracia ajena. Este sadismo morboso, camuflado de sensibilidad lacrimógena, es coherente con la costumbre de las competencias contemporáneas donde ya no se premia al mejor de entre un grupo de cinco o diez concursantes sino que se elige al peor —generalmente usando el democrático voto del público— y se lo humilla sacándolo de la competencia. Como si en un concurso de Miss Universo comenzaran por elegir a la más fea de todas, para verla retirarse desilusionada y humillada bajo el foco de las luces y las cámaras, hasta que al llegar a la más linda el morbo ha anestesiado cualquier expectativa estética y la coronación ya no tiene la importancia que solía tener. Al final, lo mismo de siempre: nuestro capitalismo premia el deseo pero castiga el placer.

En principio uno podría pensar que el programa en cuestión es una forma de ayudar a alguien que de otra forma no obtendría ayuda. De hecho éste es el argumento que se repite desde el centro del escenario. Aún aceptando esta verdad circunstancial, debemos preguntarnos por el fondo del problema. ¿Por qué “de otra forma no obtendría ayuda”? ¿Por qué una persona que está postrada en una cama, sufriendo día a día la tortura de una terrible enfermedad, debe exponerse al público y esperar que su defensor cante mejor que los demás (y que los jueces y finalmente el público se compadezcan de la víctima al tiempo que queden cautivados por la voz del concursante) para poder sobrevivir? ¿No se parece este espectáculo a la antigua y bárbara costumbre de castrar a jóvenes cantores para formar una voz perfecta? ¿O la otra bárbara costumbre de sacar con un clavo los ojos de los pájaros para que no dejaran de cantar en sus jaulas? Parafraseando a Horacio Guaraní, no sin radical escepticismo, habría que recitar:

Si se calla el cantor, calla la vida

porque la vida, la vida misma es todo un canto

si se calla el cantor, muere de espanto

la esperanza, la luz y la alegría

los obreros del puerto se persignan

¿quién habrá de luchar por sus salarios?

Esta es una de las peores muestras de la morbosidad del capitalismo y de la perversión de la masa que aún no sale de su estado de obediencia y consumismo. Aturdidos por el sueño de la “libertad del individuo”, los consumidores somos solo eso: devoradores de productos, educados y anestesiados por el mismo sistema que produce estos circos romanos, donde la crueldad no sólo es parte del espectáculo sino que, para peor, está disfrazada de compasión y generosidad. Un sistema que moraliza y enseña que ese tipo de espectáculos y la limosna final son prueba de la sorprendente bondad humana. Se aplaude la generosidad y la sensibilidad de las donaciones que hará el programa y el canal de televisión a una o a dos de las siete víctimas. No pondremos en tela de juicio su buena fe; pero tampoco vamos a creer que la empresa y sus empleados perderán dinero con este “noble acto”, remendando o disimulando un abismo ético del sistema al que sirven.

Una vez que el cantor que concursaba por una operación en el cerebro de su hermano gana, la esposa agonizante del perdedor debe resignarse a escuchar que de alguna forma la van a ayudar. ¿Entonces para qué el concurso? Se dirá que es necesario para recaudar dinero. Pero este argumento es una nueva prueba de la perversión del sistema (capitalista tardío) y una bofetada en la cara de millones de personas que se creen generosas al votar por uno de los concursantes, dándole una esperanza a uno y sumiendo en la desesperación al otro, quien se lleva su cáncer a otra parte cuando se apagan las luces y con ella la breve memoria de los generosos consumidores. Como esos correos electrónicos que recibimos a diario con imágenes de alguien que parece sufrir una terribles enfermedad (aunque nunca se sabe exactamente quién es ni dato fiable alguno), recurriendo a la caridad para salvar una vida. Como aquel ejército de leprosos que en India nos mostraban sus miembros mutilados y llenos de llagas a cambio de una limosna.

En todo este absurdo no sólo debemos poner el dedo en un sistema decadente sino, en particular, en cada Estado que lo sirve. Conozco la objeción clásica: “¿Por qué siempre hemos de depender del Estado? ¿Por qué esperar siempre del Estado la solución de los problemas sociales e individuales?” Por mí, lo ideal sería que las sociedades no tuviesen que depender de ningún estado, no al menos de ese aparato tradicional, nido del poder vertical y de la corrupción y depositario de las excusas del pueblo. Sin embargo, siempre me ha llamado la atención que quienes hacen este tipo de preguntas como único recurso ideológico, suelen ser partidarios radicales del capitalismo clásico. Me llama la atención, digo, porque entiendo que tanto el comunismo como el capitalismo son sistemas que no sobrevivirían sin la existencia de un Estado central. Refiriéndolo al problema que planteamos al inicio, preguntémoslo: ¿Por qué no recurrir en estos casos al Estado? Si se le exige al Estado que garantice el funcionamiento de las bolsas (para lo cual se invierten recursos astronómicos), de los caminos y las comunicaciones, ¿por qué no se le exigiría que se haga cargo de un moribundo que por su auxilio podría tener una vida rica y plena? La mayor parte de la actividad económica, desde la inútil propagación de llamadas telefónicas a la esposa para avisar que ha vuelto a casa y en ese momento está metiendo la llave en la cerradura, hasta los juegos más banales que se han inventado en la historia, todas tienen por finalidad el desarrollo de un sector de la economía y no precisamente la cobertura de las necesidades básicas de los más necesitados. Prueba de ello son los ineficientes sistemas de salud de países tan ricos como Estados Unidos, donde una parte considerable de la población gasta cien dólares semanales en ropa para su perro y trescientos en una visita al veterinario, y se ofende si uno les recuerda que al sur del río Grande hay niños que gastan menos en un año. Porque ¿cómo es posible que alguien dude de mi sensibilidad si yo cuido a un perro como si fuese una persona?

¿Cómo es posible que un Estado —cualquier estado, en cualquier país— pueda invertir millones de dólares en ornamentación urbana, dilapidar otros millones en propaganda política, tanto más para proteger hoteles y casinos de lujo y no se haga cargo de aquellos ciudadanos que están agonizando con una enfermedad terminal? ¿Por qué una muchacha que puede ver su vida arruinada en una cama si no se opera de la columna o si no le extirpan un quiste en un ojo debe recurrir a rifas, programas de televisión que exponen su terrible caso para conmover a los posibles donantes mientras los Estados observan impasibles o preocupados por el insaciable incremento del PBI? Si el Estado impone un cobro de impuestos para pagar el sueldo a sus burócratas, a sus choferes, a sus servidores de café y, lo que es peor, a sus diputados y cargos de confianza, ¿por qué no habría de imponer otro tanto para salvar vidas caídas en desgracia y sin merecerlo? ¿Por qué un ejército inútil es sostenido por una tributación compulsiva y para salvar a un niño con cáncer hay que recurrir al buen corazón de algún samaritano o a la Iglesia? ¿Tal vez porque dando limosnas al ejército no se gana uno el cielo?

Morirse de cáncer o quedarse ciego por alguna enfermedad reversible puede ser una desgracia circunstancial para cualquier individuo, pero es un hecho regular y constante en cualquier sociedad. Se podría excusar a un gobierno por no prever un terremoto o la explosión de una maldita bomba en un tren, pero ¿cómo excusar a un gobierno y a toda una sociedad por no atender a aquellos miles de inocentes que previsiblemente caen año tras año en desgracia sin ser responsables de ello? ¿Cómo excusar a un presidente y a sus legisladores que están viendo un morboso espectáculo televisivo donde la competencia es entre un cáncer y un tumor, entre una parálisis y una ceguera, complacidos por la bondad de su pueblo que a través del pago de publicidad de otros productos financian la rehabilitación de uno de ellos? Y obsérvese que no les da el coraje para poner en competencia a un niño desnutrido, porque candidatos les aseguro que no faltan en nuestra sufrida América. O porque quizás el premio sería un plato de comida diario, y lo que necesita el espectáculo es una operación de cincuenta mil dólares, un verdadero esfuerzo que revele la gran fuerza del pueblo cuando se une por una causa noble.

Es en estos momentos cuando la gastada palabra “solidaridad” termina de naufragar. Porque no es la solidaridad de las limosnas las que hacen una sociedad virtuosa sino la solidaridad de un sistema que prioriza la vida de sus habitantes antes que el lujo o la conveniencia de un supuesto crecimiento económico. Porque luego viene el crecimiento construido con este tipo perverso de moral cívica y cuando podemos disfrutar de él estamos tan corrompidos que en lo único que pensamos es en perpetuar los vicios que nos llevaron al éxito.

 

 

© Jorge Majfud

The University of Georgia, junio 2006.

 

(*) “Cantando por un sueño”, Televisa-Univisión 2006.

 

La desunión latinoamericana

La desunión latinoamericana

 

Uno de los países más poblados del mundo y con una de las mayores economías de América Latina, México, tiene el cuarenta por ciento de su población viviendo en la pobreza y a casi la totalidad sufriendo altos índices de violencia. Para que nuestra tristeza sea completa, esta no es una excepción en nuestro vasto y ya viejo continente. Es cierto, en Estados Unidos también hay pobres. Un sector importante de la población está categorizada de esa forma, por lo cual debe resignarse a vivir en casas amplias pero sin flores en los jardines, con aire acondicionado pero sin hispanos que le laven los vidrios y le aspiren la alfombra, comiendo en exceso hasta reventar y matando las horas en un monótono shopping center, comprando artículos inútiles y bebiendo Coca-Cola a falta de agua, a falta de otras ocupaciones físicas o preocupaciones intelectuales; esperando que algo o alguien los saque del agobiante aburrimiento que los acosa cuando los medios no le repiten que algo o alguien en el extranjero está amenazando gravemente su way of life. El norteamericano pobre suele estar atrapado en la mediocridad del consumo, del discurso ideológico —como en cualquier país— mientras que los pobres en nuestra América Latina deben luchar contra el hambre, el frío y la marginación sin retorno. Por lo cual habría que entender que poor y pobre son falsos cognados; poor o, incluso, indigent, ya no significan lo mismo que pobre o indigente. Pobre es ahora la traducción de homeless o foodless o hopeless… Un poor man, en cambio, es un aburrido, un mal americano.

Pongamos por un momento estas observaciones en el contexto político actual mexicano. ¿Cómo se explica que el oficialismo, los conservadores, hayan ganado las recientes elecciones en México? No me interesa ahora una estéril y repetida discusión política, basadas en pensamientos reducidos a frases del tipo: “porque mi partido es la mejor opción para el progreso del país”. Por el contrario, no vamos a juzgar el valor político; atendamos un momento a los factores psicológicos y culturales.

Un razonamiento muy simple podría llevarnos a pensar que alguien que vive en la pobreza no debería ser conservadora ni debería apoyar a un representante de la clase alta, a no ser por un acto de fe que, con orgullo, lo explica todo sin rebajarse al indigno recurso de la argumentación. Se podría decir que aquellos “representantes” defienden, a la larga, los intereses de esos pobres. Pero ¿cuáles intereses? ¿Quién tiene algo para perder ante un cambio, las clases altas o los pobres de siempre? Al menos que la propuesta del cambio sea la eliminación de la pobreza usando el recurso de la exterminación en masa. Puedo entender que un país como Estados Unidos vote por una orientación conservadora de su política —aunque le sea perjudicial a largo plazo—, pero ¿por qué un país con altos índices de pobreza y de violencia premia a sus dirigentes con la voluntad del voto? Al menos que sea una voluntad prestada, una esperanza vendida, una creencia calculada. Es cierto que el nuevo gobierno fue elegido con el 36 por ciento de esas “voluntades”, pero no deja de ser representativo y legítimo según las reglas de juego.

Creo que nos acercaremos al centro del problema si seguimos por la observación de la conducta partidaria de los inmigrantes.

Durante el gobierno del presidente conservador Vicente Fox emigraron de México cuatro millones personas —de trabajadores. “Emigrar” es, en este caso, un eufemismo. Digamos que fueron expulsados por un sistema social y económico y atraídos por otro, al precio de poner en riesgo sus vidas, sometiéndose pasivamente a la humillación y resignándose a la ilegalidad. Si bien podemos suponer que estos desterrados se encuentran viviendo mejor hoy que donde estaban ayer en México y que, además, ayudan a sus familias y al mismo país que los expulsó —y lo hacen con amor, con nostalgia y sin resentimientos, por si fuera poca nobleza—, nada de esto habrá sido gracias a la gestión del presidente Fox ni de su partido. ¿Deberían estar agradecidos a su gobierno por sugerirles la brillante idea de emigrar como delincuentes?

Sin embargo, casi el 60 por ciento de los votos que enviaron los mexicanos desde Estados Unidos fue para el candidato oficialista, mientras algo más del 30 por ciento fue para el opositor. En un sistema de elecciones nacionales, donde por tradición en casi todo el mundo la población se divide automáticamente en dos mitades o las mayorías se resuelven por el dos o el cuatro por ciento, treinta puntos es una exageración significativa. ¿Cómo se entiende esta paradoja? Muy fácil. Como ya previmos en otro ensayo, antes de que se instaurara el nuevo sistema de votos desde el exterior —con sus teóricas virtudes, no hay por qué negarlo—, debido a las circunstancias, en la práctica sólo sería la legitimación de otra injusticia. De once millones de mexicanos que viven en Estados Unidos sólo cuarenta mil votaron. ¿Por apatía tal vez? Razones para la apatía y el desinterés no debieron faltarles. Sin embargo los motivos fueron otros más materiales, del todo previsibles: los ilegales no pueden votar, ya que para ello se requiere documentación, y la mayoría no la tiene ni podría renovarla; o no se animó a acudir a las autoridades. Sólo una clase privilegiada pudo ejercer ese derecho. Y lo digo sin pasar juicios ideológicos; también yo pertenezco a esa clase privilegiada, aunque de otra nacionalidad; no por razones económicas sino por los privilegios de una educación formal que me salvó de haber caído en la ilegalidad por el imperio de la necesidad. Pero una cosa es ser privilegiado en algún aspecto y otra es hacerse el tonto. El hecho concreto es que sólo los legales, los que por una razón u otra pertenecen a esta clase privilegiada, casi siempre coincidiendo con privilegios económicos originados en sus países de origen, estaban habilitados para votar. Y lo hicieron según una “conducta de clase”.

Muchos habrán observado —más de una vez, aunque no sea la regla general— cómo muchos latinoamericanos y muchos mexicanos en particular rechazan la llegada de sus propios compatriotas desheredados, aquellos que no pudieron estudiar en el extranjero ni tienen una visa especial ni han llegado en limousine a la residencia por carecer del privilegio —tantas veces sospechoso— de una abultada cuenta bancaria. Muchos hispanos se quejan de la “mala imagen” que les pegan los ilegales, sin pensar que ni trabajar es vergonzoso ni son los inmigrantes ilegales los que tienen los mayores índices de delincuencia, según estudios serios. Como si les hicieran competencia o fuesen los culpables de la mala imagen de sus países en el exterior. O como aquellos otros que sólo ven virtudes en sus propias comarcas, modelos a imitar. (Alguna vez alguien de Centroamérica dijo en una reunión a la que tuve el gusto de asistir, que el problema del idioma español era que los sudamericanos lo hablaban mal.)

Es aquí, entiendo, donde radica gran parte del problema: la cultura de la división, el espíritu fraccionado del pueblo latinoamericano, la conspiración de la competencia sectaria.

Toda cultura tiene sus tabúes; unos son fórmulas que nos protegen como cuerpo social —como por ejemplo, el antiguo tabú del incesto o aquel otro no tan respetado que proscribe codiciar la mujer del prójimo— mientras otros sólo son fórmulas ideológicas, anacronismos o simplemente taras colectivas. Un tabú anacrónico e inmovilizante es el de la unión de los pueblos latinoamericanos. Si bien como utopía podría ser un motor válido, como tabú es una máscara que nos impide ver el presente. En los medios de comunicación y en las reuniones entre conocidos internacionales, indefectiblemente se hace gala y alarde de esta unión, de la Patria Grande, de la “identidad común” que tenemos todos los hispanos, etc. Que tenemos muchas cosas en común es algo que nadie discute; pero lo que tenemos en común tantas veces nos separa más de lo que creemos. En casos, esta unión bien puede ser una esperanza, un anhelo; en muchos, me temo, es simple formulismo social, un discurso políticamente correcto.

No obstante este anhelo, utopía o simple formulismo, cualquier pequeño roce provoca el sangrado de la herida. La sensibilidad y el resentimiento entre nacionalidades están al final de cualquier pequeña diferencia, de cualquier sobremesa o de cualquier diferendo internacional. Viejos y nuevos resentimientos entre hermanos, pero resentimientos al fin: peruanos con chilenos, chilenos con bolivianos, brasileños con argentinos, argentinos con uruguayos y uruguayos con brasileños, colombianos con venezolanos, nicaragüenses con ticos y ticos con panameños, dominicanos con boricuas y boricuas con cubanos, cubanos con mexicanos, cubanos con cubanos de aquí y con cubanos de allá. Incluso en la diáspora cubana en Estados Unidos, ideológicamente monolítica, existen grandes divisiones de fondo: los exiliados de los ‘60, representantes de la clase alta de La Habana, no son los mismos cubanos de los ’80, los llamados “marielitos”, ni estos ni aquellos son los mismos que los balseros de los ’90. No hace mucho una cubana rechazaba a su futuro yerno porque era negro y en el calor de la discusión quiso insultarlo llamándolo “balsero”. Esta pobre mujer olvidaba así que ella misma había salido de Cuba en balsa, lo que demuestra, una vez más, que el lenguaje está cargado de prejuicios e ideologías, que no nos pertenecen exclusivamente como individuos ni expresan limpiamente nuestros pensamientos —ni nuestros pensamientos suelen ser nuestros.

Tampoco tenemos el consuelo de la historia. Desde el génesis utópico de la Patria Grande, de Bolívar, Artigas y San Martín, el destino de América Latina comenzó a mostrarles este rasgo de división a la misma generación de libertadores. Todos nuestros héroes fundadores murieron fracasados, amargados y en el exilio. Cada tanto resurge un Enrique Rodó (nacido de la reacción española del siglo XIX ante la tradición del fracaso), un José Vasconcellos (de la reacción ante el nuevo poder anglosajón), un Eduardo Galeano (de la reacción ante toda la historia europea en América), quienes encarnan el sueño latinoamericanista de la Unión. Pero quizás este sueño es tal porque en la realidad y en el mismo subconsciente de nuestros pueblos vive la fuerza de un destino contrario. La misma historia se repite en ese enorme pueblo hispano de Estados Unidos, que siempre existió pero que ahora es percibido como fenómeno y como amenaza, incluso por los mismos hispanos.

Aparte de la división horizontal que ha llevado a una fragmentación geográfica con un discurso unionista, sobrevive aún una semifeudal división vertical. Si en todos los países del mundo existen clases sociales, en ninguna región del mundo —salvo donde aún sobreviven los vestigios del sistema de castas y estamentos— las diferencias sociales son tan dramáticas como en América Latina; y en ninguna otra región es más difícil escapar de un destino social heredado por nacimiento, a no ser por recurso de los mismos vicios que sostienen la vieja estructura político-social.

Ahora, ¿quiere decir todo esto que no hay salida al pesimismo y la resignación? ¿La Unión latinoamericana no es posible?

Sí es posible; y, como bien decía el insoportable Unamuno, el pesimismo que protesta no es tal pesimismo. Claro, no será posible la unión sobre la continuidad de todas nuestras tradiciones. Doscientos años de soledad es suficiente. Una unión como la quiso Bolívar ya no sería una utopía sino un anacronismo. Una unión política, ideológica, ha sido siempre el atajo más corto pero nunca ha conducido a nada más que al principio. Si echamos una mirada a la historia, veremos que la política tradicional sólo nos ha llevado a confirmar la desunión. También las uniones regionales (Mercosur, Comunidad Andina, etc.) han estado basadas en la misma retórica histórica, pero han carecido del espíritu de unión necesario, lo que se refleja con la conmoción vertebral producida por el simple estornudo de cualquiera de las partes. El “espíritu de partido”, casi siempre enarbolado por el ego (unionista) de algún caudillo de turno, lo ha arruinado todo. Incluso la esperanza. Y si decimos que la culpa de la desunión la tuvo el capitalismo industrial anglosajón —teoría en parte irrefutable—, con más razones, entonces, para revertir la desunión, proceda de donde proceda, de adentro o de afuera, creando una mentalidad progresista —en el sentido civilizatorio— que corte los lazos con un pasado paralizante.

Liberarse de la memoria es la mejor forma de recordar. El primer paso, entiendo, es comenzar reconociendo nuestra crónica y endémica tendencia al egoísmo, a la fracción, al “espíritu de partido”, al nacionalismo provinciano, al tiempo que proclamamos lo contrario. Nuestra visión de la realidad la transforma. Si veo gigantes en lugar de molinos de viento, levantaré ejércitos y murallas acordes a la realidad que me rodea. Un pueblo se hace según cómo se ve a sí mismo: lo que es, es también producto de lo que se imagina o se representa. El alma de un pueblo se construye con las necesidades materiales que lo rodean y lo limitan, pero también se refleja en sus propias obras que lo liberan. El siguiente paso es la rebeldía ante el miedo paralizante, el despojo de las corazas ideológicas, siempre al servicio de diversas minorías. Luego, conectar el discurso con la acción como imperativo moral —ejercicio para el cual todos somos naturalmente débiles. Finalmente, luego de avanzada la unión latina —o simultáneamente— debemos aprender que el “otro” es también la humanidad y no simplemente nuestros verdugos.

 

 

© Jorge Majfud

The University of Georgia, julio 2006.

 

 

 

 

Des boucliers humains et plus d’effets collatéraux

Par Jorge Majfud

 

Lundi passé le 17 (juillet 2006), à une élégante table, le président Bush se croyant dans l’intimité, dit à Tony Blair lequel arborait une cravate rosée, émoussée, propre et anglaise : «What they need to do is get Syria to get Hezbollah to stop doing this sh…, and it’s over » (Ce qu’ils ont à faire c’est d’obliger la Syrie pour qu’elle dise au Hezbollah d’arrêter cette merde, et vite). On se référait au nouveau conflit, bombardement, massacre, absurde entre Israël et le Liban, ou entre Israël et le Hezbollah – ce point n’est pas clair. Le journal anglais Daily Mirror, se scandalisant, titula : « Bush, commence par respecter notre ministre ».

En 1941, Erich Fromm psychanalysait (dans La peur de la liberté) que l’or équivalait à la merde, et la rétention de cette dernière chez l’enfant préfigurait le caractère du capitalisme. A partir de ce point de vue de la critique historique, le président des États-unis, en quelque chose a raison : cela est une merde. Oh, nous ne somme pas aussi fins; quoique les toilettes aient des robinets d’or, la civilisation encore se languit sur ses cloaques.

Mais allons au but. J’ai toujours défendu le droit d’Israël à se défendre. Je n’ai jamais hésité à publier un essai, ou quoique ce soit, signalant les contradictions et la maladie morale de l’anti-sémitisme. Et je continuerai à le faire parce que, de quelque façon, je ne peux transiger, en quelque chose je suis intolérant : au-dessus de quelconque secte, au-dessus de quelconque arbitraire division, au-dessus de quelconque médiocre et arrogant fanatisme, racisme, sexisme, classicisme, au-dessus de quelconque sentiment de supériorité de noblesse héréditaire, l’humanité est une seule, une seule race. Une race toujours malade, mais c’est la seule que nous avons et à laquelle nous ne pouvons cesser d’appartenir, quoique souvent nous enviions la vie plus franche des chiens…

Malgré tout cela, je ne pourrai jamais justifier le massacre d’un seul innocent et encore moins de centaines, sous l’argument qu’à travers eux se trouve quelque terroriste. Cette dialectique maintenant est un disque rayé, pendant que les victimes, prises au hasard, sont presque en totalité les innocents, la masse, les anonymes, qu’ils soient arabes ou juifs, irakiens ou américains, macuas ou macondes. Chaque fois que meure un chef rival, bien sûr, on s’en sert afin de justifier le succès de toute cette horreur.

Celui qui met une bombe et tue dix, cent personnes est un monstre, un terroriste. Mais tuer cent innocents avec des bombes plus « intelligentes », au loin et à partir d’en haut : peut-être en résulte-t-il une prouesse du Droit International et du Progrès pour la Paix? Les terroristes sont des criminels parce qu’ils utilisent des boucliers humains; et les autres leaders (que je ne sais comment les nommer) : ne sont-ils pas également des criminels à bombarder ces « boucliers » comme s’ils étaient des murailles de pierres et non de chair innocente d’un peuple? Parce que si nous disons que ces enfants, ces jeunes, ces personnes âgées et ces femmes, qu’ils ne sont même pas « innocents », nous sommes alors aussi malades que les terroristes. Avec une touche d’hypocrisie, bien sûr.

Maintenant que pouvons-nous espérer d’un peuple bombardé? L’amour du prochain? De la Compréhension? Bien plus : pourrons-nous espérer un minimum de rationalité de quelqu’un qui a perdu sa famille éclatée sous une bombe, même si c’est une bombe chargée du Droit, de la Justice et de la Morale? Nous ne pouvons espérer ce miracle d’aucune des deux parties. La différence est – nous le supposons – que pour un terroriste aucun type de rationalité et de compréhension de l’autre partie ne l’intéresse, pendant qu’il nous faudrait supposer que l’autre partie fasse appel à cette faculté humaine, sinon comme valeur éthique au moins comme stratégie de survie, ou de convivialité, ou de certaines de ces choses nobles que nous entendons toujours dans les discours. Cette carence de la rationalité face à la haine humaine est un triomphe de la terreur. Ceux qui la créent ou l’alimentent sont responsables, peu importe qui a commencé.

Afin que notre pessimisme soit complet, chaque escalade de violence sans discrimination dans le monde est la meilleure mise en garde et la plus parfaite excuse pour que d’autre noctambules comprennent le message : mieux vaut un suspect bien armé qu’un innocent sans arme. Comme ces politiciens « démocratiques » qui obtiennent l’obéissance aveugle de leurs partisans sur la base de la peur de l’adversaire, les terroristes au pouvoir aussi obtiennent de leurs partisans cette semence de la haine. La haine est le venin le plus démocratique dans lequel agonise l’humanité; nous nous doutons qu’il sera impossible de l’extirper de notre espèce mais aussi nous savons que, malgré son discrédit post-moderne, seule la rationalité est capable de la contrôler à l’intérieur des réduits infernaux du subconscient individuel et collectif.

Le président des États-unis s’est plaint que Kofi Annan, le secrétaire général des Nations Unies, était partisan d’un cessez-le-feu immédiat. « Je crois que cela est suffisant afin de régler le problème ». Non, bien sûr. Quand une mesure fut-elle suffisante pour résoudre les tueries dans le monde? Mais cesser de tuer est quelque chose, non? Ou considériez-vous que deux cent personnes tuées en une semaine soit à peine un détail? Serait-ce seulement un détail si la moitié de ceux-ci parlaient anglais?

En 1896, Angel Gavinet, dans son livre Idearium espagnol, observa avec scepticisme et amertume : « Une armée qui lutte avec des armes de grande portée, avec des mitrailleuses à tirs rapides et des canons de gros calibres, quoiqu’elle laisse le champ parsemé de cadavres, est une armée glorieuse; et si les cadavres sont de race noire, alors on dit qu’il n’y en a pas tant. Un soldat qui lutte au corps à corps et qui tue son ennemi d’un coup de baïonnette, commence à nous paraître brutal; un homme vêtu en civil, qui se bat et tue, nous apparaît un assassin. Nous ne nous arrêtons pas sur le fait. Nous nous arrêtons sur l’apparence. »

Ma thèse a toujours été la suivante : ce n’est pas vrai que l’histoire toujours se répète; elle se répète toujours. Ce qui ne se répète pas ce sont les apparences. Ma première observation non plus n’a pas changée : la violence sans discrimination non seulement sème la mort mais, ce qui est encore pire —la haine.

 

© Jorge Majfud

juillet 2006, Université de Géorgie

 

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, juillet 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

 

 

el mito de la Reconquista

Siqueiros Reloaded

Image by Esparta via Flickr

Propaganda and the Myth of Reconquest (English)

 

La propaganda y el mito de la Reconquista mexicana


Nunca entendí cuál es el mecanismo de la propaganda ideológica o, mejor dicho, cuál es el mecanismo por el cual la propaganda logra manipular la opinión de la gente si no es por la propensión histórica a la obediencia, a la pereza intelectual o por lo que Erich Fromm llamaba “el miedo a la libertad”.

Pongamos un par de ejemplos. Uno de ellos referido a Estados Unidos y el otro a América Latina. Hace pocos días un conocido cicerón de extrema derecha repetía por una cadena de radio una opinión que se está haciendo común en nuestros días: los inmigrantes ilegales deben ser acusados de “deshonestos” y de “criminales”, no sólo porque han entrado ilegalmente al país sino, principalmente, porque su objetivo es la “Reconquista”. En un mal acento español, los llamó “reconquistadores”, razón por la cual no había dudas: esa gente no sólo es deshonesta sino que, además, son criminales.

Dejemos de lado esta utopía de la reconquista. Dejemos de lado los  matices de un impreciso cognado como “criminal”. Analicemos el silogismo planteado. Aún asumiendo que los trabajadores ilegales son “reconquistadores”, es decir aquellos que reclaman vastos territorios perdidos por México a manos de los colonos anglosajones en el siglo XIX, habría que concluir, según el argumento de los radicales, que su país está fundado en la ilegitimidad y en la acción de supuestos “criminales”. (Texas fue “conquistada” en 1836 y de esa forma se reestableció la esclavitud en un territorio donde era ilegal; la misma suerte corrieron los otros estados del Oeste, guerra mediante y un pago al vencido a manera de compra, porque por entonces el dinero ya era una poderoso agente de legitimación.)

Esto no lo digo yo; de sus palabras lógicamente se desprende. Si una reconquista es un “crimen” ¿qué es una conquista? En todo caso sería más lógico afirmar que este fenómeno inmigratorio no es “políticamente conveniente” (aunque económicamente sí lo es). Pero, ¿deshonesto? ¿Criminal? ¿Se atreverían a calificar de criminal la Reconquista española? No, claro, y no porque no se hubiese llevado a cabo a fuerza de sangre y racismo, sino porque en aquel caso se trataba de cristianos contra musulmanes (y judíos). Por aquellos tiempos de la Edad Media, la propaganda, política y religiosa era igualmente imprescindible. Las grandes banderas siempre cubren los rostros que las sostienen. Curiosamente, la nobleza, las clases altas, entonces como ahora eran las que producían la mayor cantidad de propaganda nacionalista, destinada a la moralización del pueblo. Curiosamente, la nobleza se consideraba una clase guerrera, pero las crónicas —escritas por funcionarios del rey— casi no mencionan a los plebeyos que morían por miles cada vez que los señores salían de sus palacios a cazar nuevos honores y ampliar sus tierras en nombre de la Verdadera Religión. (O, como escribió el brasileño Érico Veríssimo en Ana Terra, sobre la conquista de Uruguay: “Guerra era bom para homens como o Cel. Amaral e outro figurões que ganhavam como recompensa de seus serviços medalhas e terras, ao passo que os pobres soldados às vezes nem o soldo receberiam”.) No obstante, tanto en los primeros años de la conquista musulmana en España como en la conquista española en América, fueron las clases altas los primeros en ponerse de acuerdo con los invasores para no perder sus privilegios sociales. Y una vez revertida la hazaña ajena en hazaña propia, fue el honor y el orgullo piedra fundamental del subsiguiente derrumbe, tan largo y agonizante como breve fue la gloria del Imperio. En 1868, el españolísimo Juan Valera acertó en una crítica que dolió a muchos de sus compatriotas: “La tiranía de los reyes de la casa de Asturias, su mal gobierno y las crueldades del Santo Oficio, no fueron causa de nuestra decadencia… Fue una epidemia que inficionó a la mayoría de la nación o a la parte más briosa y fuerte. Fue una fiebre de orgullo, un delirio de soberbia que la posteridad hizo brotar en los ánimos al triunfar después de ocho siglos en la lucha contra los infieles”.

De cualquier forma todo este razonamiento carece de importancia, ya que lo que importa es la propaganda. La propaganda es el gancho a la mandíbula de la historia. La nueva idea de una “reconquista (mexicana)” —se omite el adjetivo “mexicana” porque se asume que esa es la raza de toda la América que se extiende al sur del Río Grande— es una ficción para millones de trabajadores expatriados, los desheredados de siempre que sólo buscan sobrevivir y alimentar a sus familias marginadas por una centenaria tradición social, injusta y anacrónica. Pero una ficción estratégica para los propagandistas que procuran ocultar así las dramáticas razones económicas que existen detrás del proceso de legalización. Para no hablar ahora de dramas mucho mayores, como lo son las guerras, siempre sazonados de vehementes discursos éticos. Bien decía el sofista Protágoras que la ética sólo se aplica cuando conviene a los intereses propios. Para ser más precisos, no la ética sino la moralización. Así, basta con repetir mil veces un silogismo contradictorio para convertirlo en verdadero. U olvidar la historia y así tachar una de las incómodas premisas. Y si se lo hace con el estilo de los predicadores —con furor y sudor en la frente— mucho mejor, porque es ese el histrionismo que mejor entiende una parte importante de sus provincianos oyentes.

Llegado a este punto de alienación me alejo y, casi asfixiado, trato de buscar alternativas. Pero como el mundo se encuentra estratégicamente dividido en izquierda y derecha, inconscientemente presto atención a aquello que es vendido como izquierda. ¿Y qué encuentro? Algún que otro nuevo caudillo latinoamericano moviendo masas, como siempre, no para organizar la vida propia sino para gritar contra el Demonio que gobierna el mundo. De verdad que no veo mejor forma de servir al demonio que ocuparse de él cada día. El Demonio nunca estuvo más vivo que en los tiempos de la Santa Inquisición, cuando se quemaban personas vivas por negar su existencia.

Las banderas se secuestran con facilidad. Si alguien quiere acabar con la esperanza de un pueblo preséntese como el único estandarte de la Esperanza y luego me cuenta. Y para eso no necesita razones sino propaganda, es decir, el discurso fragmentado y repetitivo de la ya obsoleta Posmodernidad.

Con todo, insisto que no comprendo el mecanismo psicológico de la propaganda. Como le ocurre a muchos, cada vez que escucho a un predicador, pierdo la fe. Esto me pasa casi a diario ante las “obvias razones” de los arengadores de la extrema derecha norteamericana o de los nuevos “líderes de la liberación” de América Latina. Cada vez que me expongo a los poemas mediáticos de estos caudillos nacionalistas pierdo toda mi fe en la “alternativa”. Cuanto más escucho menos creo. Pero esto seguramente se debe a una incapacidad personal por la cual no puedo disfrutar de lo que otra gente disfruta, como es la seguridad de las trincheras cavadas por la propaganda y la autocomplacencia.

En 1640 Diago Saavedra Fajardo publicó Idea de un príncipe, dirigido al rey, donde declaró convencido: “El vulgo juzga por la presencia las acciones, y piensa que es mejor príncipe el más hermoso”. “Para mandar es menester ciencia, para obedecer basta una discreción natural, y a veces la ignorancia sola”. “El mando es estudioso y perspicaz; la obediencia casi siempre ruda y ciega” “La elocuencia es muy necesaria en el príncipe, siendo sola la tiranía que puede usar para atraer a sí dulcemente los ánimos y hacerse obedecer”. ¿Qué no son éstas sino las leyes principales de la propaganda moderna?

© Jorge Majfud

The University of Georgia, junio 2006.

Tranchées d’idées

En 1891, le grand José Marti écrivit une des phrases les plus répétées à ce jour : “ Des tranchées d’idées valent plus que des tranchées de pierre “. Sans doute, c’était une phrase idéaliste, propre au XIX è siècle, née au siècle passé sur les pierres de la force et de l’autorité. Rien de plus démocratique et d’anti-dogmatique que d’avoir ses propres idées. Mais rares furent les fois où ces tranchées furent construites avec ce type de propriétés, ce qui fait d’une retraite un double paradoxe. Aussi, au XV è siècle, « mourir pour un idéal » était un des plus grands mérites que pouvait atteindre un homme ou une femme, mélange de martyr chrétien et de philosophe humaniste, le tout résumé dans la figure d’un Che Guevara.

Mais, maintenant, à notre époque, la prérogative de bâtir des « tranchées d’idées » commence à être une gêne pour une mentalité philosophique : c’est le symbole le plus parfait du combat idéologique. Les peuples, qui se sont élevés au-dessus de la passivité de sujet à la critique et de la réclame du bourgeois d’abord, et du prolétaire ensuite, se sont maintenus dans le retranchement qui paraît, d’une certaine façon, confortable. Une idéologie est un système d’idées qui prétend expliquer et faire fonctionner l’ensemble, le tout – l’Univers – selon une partie qui le compose. C’est le produit d’un penser, mais c’est un produit qu’il faut supplanter. Pourquoi ? Non seulement à cause d’une incapacité à l’observer, mais parce que l’on comprend, communément, que remettre en question les armes que nous utilisons pour nous défendre est une forme de « trahison à la cause. »  Et ce qui est pire : on oublie qu’un instrument idéologique n’est seulement qu’un instrument. Une idéologie peut nous servir afin de nous démarquer de d’autres idéologies, mais, nous ne pouvons vivre d’elle et pour elle. Beaucoup moins au nom d’une humanisation. Et cela est, j’entends, le mécanisme qui actuellement endommage le plus nos façons de penser.

Le penser de notre temps est réduit presque exclusivement au penser politique. Ce spectacle, que donnent les parlementaires du monde entier ( institutions qui, si elles ne sont pas vues aujourd’hui comme anachroniques, c’est à cause du poids d’une tradition héroïque ) est répété tristement par les intellectuels et par les académiques du Nord et du Sud. Inversant l’aphorisme de Hobbs, nous pourrions dire que la politique est la continuation de la guerre par d’autres moyens; rien de cela n’a à voir avec la recherche de la vérité. Envisagé de cette façon, le débat verbal est absolument inutile à l’élaboration de la pensée; cela peut seulement servir à gagner ou perdre une position d’intérêt, comme celui qui résout une équation se battant en duel au champ d’honneur. Alors, jusqu’à un cadavre lancé par la barbarie d’une dictature peut servir comme argument en faveur de la théorie du libre marché ou du matérialisme dialectique. Dans la Grèce antique, il y avait un sport dialectique qui était, à tout le moins, plus conscient et plus honnête: les participants se divisaient en deux groupes et, par la suite, s’assignaient les vérités que chaque groupe devait défendre. Le triomphe ne dépendait pas de la proposition assignée mais de l’adresse discursive de chaque groupe, et, ce que l’on récompensait était cette dernière et non la proposition elle-même. Actuellement, le même jeu se pratique de façon moins civilisée : les adversaires assument que le triomphe dialectique signifie la possession de la vérité pré-existente, comme c’était le cas dans les joutes médiévales chaque fois qu’un chevalier vainquait par la force de sa monture et de son épée, ce qui était sa façon de démontrer une vérité et sauver l’honneur.

Mais la politisation de la vie, peut-être, n’est pas l’erreur la plus dramatique. Dans le processus, dans la lutte, d’autres significations tragiques nous menacent chaque jour. Jusque dans le plus noble combat idéologique, on court toujours le risque de paraître l’ennemi de quelqu’un ; dans l’aspiration à la libération, pratiquée comme combattants et non comme êtres humains, nous finissons par tomber sous l’aliénation d’un homme ou d’une femme unidimensionnel, mécanique, enfermé dans ses fidélités religieuses. Dans la lutte pour la libération nous confirmons notre propre oppression : nous mettons de côté notre humanité, notre penser multidimensionnel, au nom d’un futur inaccessible. Par la suite, nous mourons et les nouvelles générations n’héritent pas du produit de notre sacrifice – la libération – mais de notre sacrifice même. Et ainsi, successivement jusqu’à ce que vivre se convertisse en un absurde chaque jour plus grand, la noble lutte pour notre humanisation nous animalise. L’adversaire vend chèrement sa défaite; dans le meilleur des cas, le triomphe du vainqueur est sa propre caricature, le triomphe de ses misères. Afin de vaincre, le soldat qui lutte pour la liberté doit se radicaliser; et il ne radicalisera pas son humanité, mais sa condition de soldat. La bataille est l’éternel moyen qui finit par se convertir en une fin en soi. S’il obtient du succès au champ de bataille, il finira par imposer l’étroit objectif de son succès. Alors, la lutte recommencera là où elle s’était terminée.

Le marché idéologique, à ce jour, est le produit d’une surconsommation semblable à celle des savons ou des automobiles. Fréquemment, les intellectuels ne se gênent pas pour se mettre au service d’une droite ou d’une gauche clairement définie. Tout au contraire ; à plus forte raison si elle est mieux définie, parce que cela est la loi même de la consommation : le produit doit être facile à obtenir et le confort un effet immédiat. Même les activités des néo-rebelles se convertissent en exercices salutaires pour le système auquel ils s’opposent. Leurs rebellions, classiques et prévisibles, légitiment l’aspect démocratique et tolérant des sociétés qu’ils intègrent. Même dans les théories à la mode chez le monde académique et philosophique, cette réduction s’est répandue comme la peste. Un exemple évident est un certain type radical de critique « dé-constructiviste ». Bien que le dé-constructivisme ( ou The New Criticism dans son étape finale ) en vient à un questionnement salutaire envers les paradigmes de la Modernité, ces mêmes questionnements se sont installés comme « clichés ». L’un d’entre eux affirme que les œuvres classiques de la littérature servent afin de reproduire des modèles oppressifs, comme par exemple le patriarcat, de « placer » la femme dans une situation traditionnelle. On en déduit que, afin de faire progresser l’humanité dans sa culture, la condition requise de ce fait n’est pas la mémoire mais l’oubli. Alors cela est de prétendre écrire une théorie historiciste ignorant l’histoire. Que prétend-on trouver dans Hamlet ou dans Don Quichotte sinon la société de Shakespeare et de Cervantès, ce qui n’était pas notre société? Par cette observation, certains critiques réputés ont conclu que la littérature est un instrument reproducteur du pouvoir. Ils commettent, à tout le moins, trois fautes graves : (1) Ils oublient que, peut-être, La littérature n’existe pas, sinon une pluralité de littératures. (2) Ils n’arrivent pas à voir que si une littérature sert afin de reproduire un ordre et opprimer, il y en aura toujours une autre qui servira son contraire : pour questionner et pour changer, comme l’éducation peut être un instrument d’endoctrinement et d’oppression sociale ( à imposer et à reproduire une idéologie dominante déterminée ), elle est aussi indispensable pour son contraire : sans éducation ( sans un type d’éducation ) il n’y a pas de libération possible non plus. Les langues nous en donnent un autre exemple: une langue, comme le latin, le castillan ou l’anglais peut être un instrument d’un empire oppresseur, mais la même langue aussi peut servir comme arme de résistance et de libération. La même langue qui servit afin de réduire en esclavage un peuple a aussi servi à Martin Luther King afin de le rendre digne. (3) Si nous disons que la littérature, comme tout l’art, est un instrument idéologique, si la même sensibilité esthétique d’un certain moment est le produit de l’imposition d’un canon au service de l’oppresseur et, pour autant, que sa valeur littéraire dépend des valeurs idéologiques, économiques et historiques d’un moment déterminé, nous opérons la plus absurde des simplifications sur l’art et, en conséquence, sur l’être humain. Ainsi pourront passer une ou deux générations croyant, non avec originalité, qu’elles ont atteint l’illumination et la connaissance. Mais tôt ou tard ces critiques et théoriciens seront anecdotes; non en ce qui concerne Homère, Cervantès ou Jorge Luis Borges. Parce que l’art est, précisément, ce qui ne peut être cerné par une théorie. Pour qu’une théorie puisse expliquer la complexité de l’art, on doit auparavant le réduire à certaines de ses composantes – comme l’idéologie -. Et, si les œuvres classiques ont résisté au temps, cela n’a pas été simplement par une idéologie qui aujourd’hui n’existe plus, qui a été remplacée par une autre. Si à ce jour survivent Don Quichotte et la tragédie grecque c’est pour ce « quelque chose de plus » qui échappe à toutes les réductions. Cela ne veut pas dire que, de notre part, nous invalidions quelque effort théorique. Non, une théorie est un instrument nécessaire afin de comprendre un aspect de la réalité, de l’existence humaine. Et rien de plus. Le reste est vaine prétention.

Tout est politique mais la politique n’est pas tout. Tout ce que nous faisons ou disons a une implication politique, mais nous sommes plus que la politique. Tout ce que nous faisons ou disons a une implication religieuse, mais nous sommes plus que religion. Tout ce que nous faisons ou disons a des implications sexuelles, mais nous sommes plus que sexe, plus qu’érotisme. Nier une dimension de la complexité humaine est de la simplifier; aussi la réduire à une de ses multiples dimensions est une simplification, non moins grave.

Dans la lutte politique permanente on méprise aussi, comme dans le fanatisme religieux, la réflexion sur la condition humaine. De penser à la condition existentielle de l’individu est vu comme une trahison envers la société, envers les opprimés. Mais moi je vous dis qu’il y a une trahison pire encore qui est de ramener l’être humain à un combattant idéologique. Pire, les philosophes de notre époque, fréquemment, sont reclus dans des académies, compétitionnant avec les critiques, oubliant que plus important que l’histoire de la philosophie est la philosophie même: le penser. Ils oublient qu’un philosophe n’est spécialiste en rien. Le philosophe fuit la spécialisation ; sa tâche est beaucoup plus ardue et risquée. Sa tâche est, précisément, de rompre les tranchées d’idées afin d’en voir le dehors. Et oser le dire, d’une façon erronée ou non, au risque que ses camarades renforcent encore plus la muraille – d’idées – qui les sépare du reste du monde.

© Jorge Majfud

Université de Géorgie,février 2006

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, février 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

El pensamiento y la política

El pensamiento y la política

La crisis de la transición y el Nuevo Orden por venir

Entiendo que una de las traiciones más graves al pensamiento es su manipulación por parte de una ideología. Otra es la demagogia o la complacencia, lo que en textos antiguos se acusa como “adulación”, y tanto da adular al rey como al pueblo, cuando de éste recibimos el sustento. Pero sálveme Dios de andar por ahí moralizando sobre los demás.

Si entendemos por ideología a un sistema de ideas que pretende explicar el vasto universo de los seres humanos, debemos reconocer que todos, de una forma u otra, poseemos una determinada ideología. El problema surge cuando nuestra actitud ante este hecho es de sumisión, de lealtad o de conveniencia y no de rebeldía. Si no estamos dispuestos a desafiar nuestras propias convicciones entonces dejamos de pensar para adoptar una actitud de combate. Es decir, nos convertimos en soldados y convertimos el pensamiento en ideología, en trinchera, en retórica; es decir, en un instrumento de algún interés político o de alguna supersticiosa lealtad. Es en este preciso momento cuando nos convertimos en obediente rebaño detrás de la ilusoria consigna de una supuesta “rebeldía”. Los beneficiados no sólo son los arengadores de un bando sino, sobre todo, los del bando contrario.

Durante casi toda la historia moderna, esta prescripción —el individuo anulado en el soldado, en la imitación de sus movimientos de mecano— ha sido construida según los códigos de honor del momento: en la Edad Media, por ejemplo, los “soldados de Dios” se caracterizaban por su obediencia absoluta al Papa o al rey. Si era mujer además debía obediencia a su marido. El mártir recibía la promesa del Paraíso o los laureles del honor, inmortalizados en las crónicas reales del momento o en los cantos populares que alababan el sacrificio del individuo en beneficio del reino, es decir, de las clases en el poder. Sin embargo, y no sin paradoja, siempre han sido las clases altas las que más han moralizado sobre la lealtad del patriota al mismo tiempo que han sido éstas las primeras en entregar sus reinos al extranjero. Así ocurrió cuando los musulmanes invadieron España en el siglo VIII o cuando los españoles invadieron el Nuevo Mundo en el XVI: en ambos casos, las elites de nobles y caudillos se entendieron rápidamente con el invasor para mantener sus privilegios de clase o de género.

Desde los primeros humanistas del siglo XVI, la lucha de clase significó una conciencia nueva, la rebelión del “villano” contra el “noble”, del lector contra la autoridad del clero. Casi simultáneamente, el pensamiento puso el dedo en otras opresiones ocultas: la opresión de género (Christine de Pisan, Erasmo, Poulain de la Barre, Sor Juana, Olimpia de Gouges, Marx y Engels) y de raza (Montesinos, de las Casas, etc.). Siglos más tarde, se consolidaron los movimientos sindicales, la crítica post-colonialista y diferentes feminismos. Con excepciones (Nietzsche), la lucha del pensamiento ha sido hasta ahora contra el Poder. A veces contra un poder concreto y no pocas veces contra un Poder abstracto.

Muchos de los logros contra la verticalidad se han realizado con un precio doble: el sacrificio del mártir y el sacrificio del individuo. La sangre de los mártires libertadores (no vamos a problematizar este punto ahora) no es despreciable; sus heroísmos, su frecuente altruismo tampoco. El problema surge cuando ese mártir es elogiado como soldado y no como individuo, no como conciencia. Y si es reconocido como conciencia se espera que sus seguidores sólo continúen la obra anulando su individualidad por razones estratégicas que se asumen provisorias y se convierten en permanentes.

Desde el poder tradicional, la lógica es la misma. Como escribió Sábato en 1951, la Tumba al Soldado Desconocido es la tumba del “Hombre-cosa”. Los Estados normalmente honran a los soldados caídos porque es una forma de moralizar sobre el virtuoso sacrificio a la obediencia. Desde niños se nos impone en las secundarias el deber de jurar por “nuestra bandera”, prometiendo morir en su defensa. Si bien todos estamos inclinados a poner en riesgo nuestras vidas por alguien más, el hecho de exigirnos un cheque en blanco firmado es la pretensión de anularnos como individuos en nombre de “la patria”, sin importar las razones para oponernos a las decisiones de los gobiernos de turno. Claro que ante esta observación siempre habrá “patriotas” dispuestos a justificar aquello que no necesitaría ser justificado si no tuviese algún sentido implícito, como lo es la construcción del soldado a través de la subliminal moralización del individuo. El proceso no es muy diferente al que es sometido un futuro suicida “religioso”: antes que nada se procede a anular al individuo a través de una moralización utilitaria y con un discurso trascendente que le promete la gloria o el paraíso.

Ahora, alguien podría decir que, según mi perspectiva, el “revolucionario” es el modelo perfecto de individuo. A esto hay que responder con una pregunta básica: “¿qué es eso de revolucionario?”. Porque si hay una costumbre en el pensamiento de segunda mano es dar por asumido los términos centrales. Si por revolucionario entendernos aquel que sale a la calle a romper vidrieras, enardecido por un discurso redentor, mi respuesta sería no. O aquel otro que, atrapado en las viejas dicotomías maniqueístas, ha aceptado como propia la división del mundo entre ángeles y demonios, entre “ellos los malos” y “nosotros los buenos”. Ese es el perfecto soldado. Dudar de que nosotros somos los ángeles y ellos son los demonios es una forma grave de traición a la patria o a la causa, al partido o a la santa religión. Durante los tiempos de la Guerra Fría —que para América Latina fueron los tiempos de la Guerra Caliente— era común justificar el asesinato de un obrero o de un cura porque era “marxista”, siendo que los soldados que cumplían apasionadamente con su deber jamás habían leído un libro de Marx ni habían escuchado las ideas de sus víctimas. Otro tanto hacían los falsos revolucionarios, tirando bombas en un ómnibus lleno de campesinos “traidores a la causa” o de “cipayos vendidos al imperio”, en nombre de un marxismo que desconocían. Y otro tanto hacen hoy en día los Mesías de turno, confundiendo el espíritu de comunidad con el espíritu de masa. Pero ¿cómo se puede ser revolucionario repitiendo los mismos discursos y las mismas estrategias políticas del siglo XIX? ¿Por qué subestiman así al pueblo latinoamericano? ¿Por qué necesitamos tirar piedritas al Imperio de turno para definirnos o para ocuparnos de nuestras propias vidas, tanto como el Imperio necesita de la demonización de la periferia para cometer sus atrocidades (también en masa)? ¿Cuándo aportaremos a la humanidad la creación de una forma de vivir nueva y propia, de la que tanto reclamaba el cubano José Martí, y no esos viejos resabios del colonialismo hispánico que Andrés Bello equivocadamente creyó muy pronto serían superados, allá a principios del siglo XIX?

La historia está llena de conservadores fortalecidos por supuestos rivales revolucionarios. En América Latina podemos observar ciclos de diez años que van de un discurso extremo al otro y a largo plazo volvemos siempre al mismo punto de partida. Porque la obra siempre es llevada a cabo por caudillos y el último siempre es presentado como el tan esperado Salvador. Pero no sólo las viejas dictaduras latinoamericanas se alimentaron siempre de este “peligroso desorden”, sino también las grandes potencias conservadoras explotaron sabiamente los peligros del margen desestabilizador para radicalizar sus imposiciones, un (viejo) orden en peligro. Así, Orden y Desorden resultaron igualmente peligrosos. La dialéctica del poder, aún en eso que por alguna razón histórica se llama “democracia”, sería imposible sin su antítesis. Por lo general existen dos partidos, dos rivales que luchan por el poder y, de esa forma, promueven la ilusión de un posible cambio. La política tradicional no cambiará nada, como no fue la política de los papas y de los emperadores que cambiaron el mundo en el Renacimiento. Suponer lo contrario sería como igualar la historia a una telenovela, donde los malos y los buenos son tan visibles que nadie cuestiona el subyacente orden social e ideológico que es reproducido con el triunfo del bueno y el fracaso del malo.

Lo que la política puede hacer es retrasar o acelerar un proceso; sus grandes obras casi siempre son retrocesos a la barbarie. Un tirano puede inventar un genocidio en pocos meses, pero nunca avanzará la humanidad a la siguiente etapa de su destino. La Reforma luterana nace en la misma conciencia crítica de los católicos humanistas del siglo XV y XVI; el mismo feminismo le debe más al Renacimiento —regreso al “hombre” después de una tradición religiosa y patriarcal— que a las actuales “soldados” que creen que la mujer es hoy más libre gracias a una acción de confrontación con el sexo tirano y no a una larga historia de cambios y evoluciones, gracias a la apasionada mediocridad de una Oriana Fallaci en el siglo XXI y no a una crítica que tiene siglos trabajando desde diferentes culturas. O como tantos otros grupos ideológicos que se levantan un día, orgullosos, creyéndose los inventores de la pólvora.

Entonces, ¿qué paso es necesario para una verdadera revolución? (Advirtamos que nunca se cuestiona la necesidad de un cambio radical; porque la realidad es siempre insatisfactoria o porque esa es nuestra tradición política.) El primer paso —según mi modesto juicio, está de más decirlo— es una negación: el pueblo latinoamericano debe romper con el antiguo círculo, negándole autoridad al caudillo, sea este de izquierda o de derecha, si es que todavía podemos dividir la política de forma tan simple. Nuestro presente no es el presente de Bolívar, de Sarmiento, de Getúlio Vargas o de Eva Perón, aunque una narrativa de la continuidad siempre es atractiva, aunque encontramos Perones por todas partes cada quince años, luchando entre sí para mantener a la masa en la misma plaza, en el mismo estado de alienación, renovando la ilusión de la novedad, que es renovar el olvido. En México dominó durante décadas un llamado “Partido Revolucionario Institucional”; ahora en Argentina hay “Piqueteros Oficiales”. Semejante oxímoron es una afrenta a la inteligencia del pueblo y una muestra de la efectividad de la masificación ideológica, casi tan perfecta como la masificación de consumo. Lo único que permanece son las pasiones y las promesas de redención, pero el mundo y hasta América Latina son otros. No inventemos la pólvora otra vez. El nuestro es el tiempo del individuo amenazado doblemente por la alienación del consumo y de la vieja política, el individuo que ha sido disuelto en la masa y en el individualismo. Seamos desobedientes a las guerras que otros inventan para sostener un sistema anacrónico, como lo es la democracia representativa —representativa de las clases dominantes o de los demagogos de turno—, sostenida no sólo por un discurso conservador sino por la supuesta amenaza de los caudillos de antaño. No hay Salvadores. Cada vez que América Latina cree descubrir al Mesías termina donde comenzó.

El segundo paso, como ya lo hemos señalado y definido hace años, es la desobediencia. El pueblo, en lugar de andar peleándose enardecidamente por un candidato o por otro, debería exigir las reformas estructurales que lleven a la participación directa en la gestión de las sociedades. Los Estados deben estar penetrados por el control ciudadano, su gestión debe ser más susceptible de cambios según los individuos y no según los burócratas de turno. Una forma nueva de referéndum deberá ser un instrumento habitual, procesado a través de los nuevos sistemas electrónicos, no como una forma excepcional para enmendar abusos del poder tradicional, sino como instrumento central de gestión y control ciudadano. En una palabra, sacar a la abusada “democracia” del prostíbulo, de un estado de aletargamiento y devolverle su principal característica: la progresiva devolución del poder a aquellos de donde proviene; el pueblo. Las decisiones sobre la producción deben residir en la creatividad de los individuos, de los grupos comunitarios antes que en los Estados o las grandes compañías monopolizadoras. La victimización del oprimido debe ser reemplazada por una rebeldía radical, una toma de acción directa del individuo, aunque sea mínima, y no una renuncia de su poder en los “padres del pueblo”, en esa eterna y confortable promesa llamada “buen gobierno”.

Yo tengo para mí que cada vez que veo, en Estados Unidos o en América Latina, una encuesta que varía dramáticamente luego de un discurso presidencial, reconozco que la desobediencia del individuo aún se encuentra lejos. El individuo aún es material e ideológicamente dependiente de la propaganda, de las decisiones y las estrategias políticas que se toman en un salón lleno de “gente importante”. Cada vez que un publicista se jacta de haber llevado a un hombre a la presidencia de un país, está insultando la inteligencia de todo un pueblo. Pero este insulto es recibido como el acto heroico de un individuo admirable. Cuando este síntoma desaparezca, podemos decir que la humanidad ha dado un nuevo paso. Un paso más hacia la desobediencia, que es como decir un paso más hacia su madurez social e individual.

 

© Jorge Majfud

The University of Georgia, mayo 2006

 

 

 

 

Esos estúpidos intelectuales

Una vez un estudiante me preguntó: “Si América Latina ha tenido siempre tantos buenos escritores, ¿por qué es tan pobre”? La respuesta es múltiple. Primero habría que problematizar algo que parece obvio: ¿de qué hablamos cuando hablamos de pobreza? ¿De qué hablamos cuando hablamos de éxito? Estoy seguro que el concepto asumido en ambos es el mismo que entiende el Pato Donald y su tío: como observó Ariel Dorfman, para los personajes de Disney sólo hay dos posibles formas de éxito: el dinero y la fama. Los personajes de Disney no trabajan ni aman: conquistan —si son machos— o seducen —si son hembras. Razón por la cual nunca encontramos allí obreros ni padres ni madres ni más amor que seducción. Lo que nos recuerda que nuestra cultura del consumo estimula el deseo y castiga el placer. Y lo que me recuerda, especialmente, lo que me dijera un viejo budista en Nepal, hace ya muchos años: “ustedes los occidentales nunca podrán ser felices; porque la cultura del deseo sólo conduce a la insatisfacción”. Si aún vive aquel sabio sin zapatos, seguramente hoy se estará tirando de las barbas al ver cómo esa cultura del deseo comienza a vencer en la India hindú.

Ahora, por otro lado, a la pregunta original tenemos que responder con una pregunta retórica: “Bueno, ¿y cuándo en América Latina las estructuras de poder, los gobiernos y las empresas privadas que dirigieron la suerte de millones de personas, le hicieron algún caso a los intelectuales?”. Sí, en el siglo XIX hubo presidentes intelectuales, cuando no militares. En la siguiente centuria escasearon los primeros y abundaron los segundos. Aunque pienso que sería mejor escuchar un poco a alguien que ha dedicado su vida al estudio en lugar de tantas opiniones sobre política, economía y cultura de futbolistas y estrellas de la farándula, no creo que los intelectuales deberían tener una voz gravitante en la sociedad —como en algún momento pudieron tenerla Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, por ejemplo— y menos en las decisiones de su destino. Sólo son otra voz, poco escuchada, pero otra voz. Quizás no peor que la voz de una gran parte de los políticos profesionales que, atrapados en su mismo “espíritu de partido”, deformados por la práctica de la defensa de posiciones comprometidas, de intereses estratégicos, de pasiones personales y electorales, están paradójicamente negados al ejercicio del ideal de cualquier “estadista”, o “educador”.

En el siglo XX los intelectuales fueron sistemáticamente ninguneados o expulsados por las estructuras de poder. Tal vez este tipo de marginaciones sea saludable para ambos. No lo es, creo, cuando la marginación es política y social. Observaba el Nobel argentino César Milstein, que cuando los militares en Argentina tomaron el poder civil en los ‘60 decretaron que nuestros países se arreglarían apenas expulsaran a todos los intelectuales que molestaban por aquellas latitudes. Brillante idea que llevaron a la práctica, para que tiempo después no hubiese tantos preguntando por ahí por qué fracasamos como países y como sociedades. En Brasil, el educador Paulo Freire fue expulsado por ignorante, según los golpistas del momento. Por citar sólo dos ejemplos autóctonos.

Pero este desdén que surge de un poder instalado en las instituciones sociales y del frecuente complejo de inferioridad de sus actores, no es propio sólo de países “subdesarrollados”. Poco tiempo atrás, cuando le preguntaron a la esposa del presidente de Estados Unidos cómo había conocido a su marido, confesó: de una forma muy extraña. Ella trabajaba en una biblioteca. Lo conoció allí, por milagro, porque su esposo no visita ese tipo de recintos. Paradojas de un país que fue fundado por intelectuales.

Tampoco en Estados Unidos escuchan a sus intelectuales aunque, paradójicamente, ha sido este país, en casi toda su historia, el refugio de disidentes, casi siempre de izquierdas, como Albert Einstein, Érico Veríssimo, Edward Wadie Said o Ariel Dorfman —por citar a los más moderados. Quizás por esa misma razón: porque no son escuchados, a no ser por otros intelectuales. Es más, siempre son los intelectuales, los escritores o los artistas críticos quienes encabezan las listas de los diez estúpidos más estúpidos del país. Entre los preferidos de estas listas han estado siempre críticos como Noam Chomsky y Susan Sontag. Las universidades son respetadas al mismo tiempo que sus profesores son burlados en los canales de radio y televisión como estúpidos izquierdistas porque se atreven a opinar de política, área que parece reservada a los talk shows. Esta actitud recuerda a la crítica del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez a su propia iglesia: “la no intervención en materia política vale para ciertos actos que comprometen la autoridad eclesiástica, pero no para otros. Es decir que ese principio no es aplicado cuando se trata de mantener el statu quo, pero es esgrimido cuando, por ejemplo, un movimiento de apostolado laico o un grupo sacerdotal toma una actitud considerada subversiva frente al orden establecido”. (Teología de la liberación, 1973).

Algo semejante podemos ver en la realidad universitaria de hoy en casi todo el mundo. Si se asume que la academia universitaria debe responder a un determinado interés político, religioso o ideológico, o a un determinado “proyecto” de sociedad, estamos anulando su principal fundamento. Incluso si advertimos que los académicos tienen una tendencia A o B no podríamos nunca legislar para cambiar esa tendencia —en teoría, producto de la misma libertad intelectual— con la excusa de buscar un “equilibrio”. Un “equilibrio” que siempre es planteado por el poder político cuando advierte que está representado por una minoría en algún sector de la sociedad. Por ejemplo, en Estados Unidos se ha propuesto muchas veces una ley para “equilibrar” el desproporcionado número de profesores liberales, es decir, de “izquierdistas” —tendencia que se repite en la mayoría de las universidades de Occidente. (En algún momento podríamos pensar que la idea de promover semejante equilibrio, aunque no sea un resultado espontáneo, es excelente: las universidades con más empresarios conservadores y las grandes compañías que controlan los países con más intelectuales de izquierda…)

Los intelectuales son estúpidos, y quienes hacen estas listas, ¿quiénes son? Los mismos de siempre: orgullosos hombres y mujeres con “sentido común”, como si esta falsificación del realismo no estuviera cargada de fantasías y de ideologías al servicio del poder del momento. “Sentido común” tenían los hombres y mujeres del pueblo que afirmaban que la Tierra era plana como una mesa; un hombre de “sentido común” fue Calvino, quien mandó quemar vivo a Miguel de Servet cuando se cansó de discutir por correspondencia con su adversario, sobre algunas ideas teológicas. Hombres de “sentido común” fueron aquellos que obligaron a Galileo Galilei a retractarse y cerrar su estúpida boca, o aquellos otros que se burlaban de las pretensiones de un carpintero llamado Jesús de Nazaret —asesinado por razones políticas y no religiosas.

Un personaje de la novela Incidente em Antares, de Érico Veríssimo, reflexionaba: “Durante a era hitlerista os humanistas alemães emigraram. Os tecnocratas ficaram com as mãos e as patas livres”. Y más adelante: “Quando o presidente Truman e os generais do Pentágono se reuniram, no maior sigilo, para decidir si lançavam ou não a primeira bomba atômica sobre uma cidade japonesa aberta… imaginas que eles convidaram para essa reunião algum humanista, artista, cientista, escritor ou sacerdote?”.

Otro brasileño, Paulo Freire, nos recordó: “existe, en cierto momento de la experiencia existencial de los oprimidos una atracción irresistible por el opresor. Por sus patrones de vida” (Pedagogía del oprimido, 1971). Aunque provista de una incipiente y precoz consciencia historicista, la monja rebelde, la mexicana sor Juana Inés de la Cruz ya había advertido otro factor ahistórico que completa la respuesta: “no puede estar sin púas que la puncen quién está en lo alto […] Cualquiera eminencia, ya sea de dignidad, ya sea de nobleza, ya de riqueza, ya de hermosura, ya de ciencia padece esta pensión; pero la que con más rigor la experimenta es la del entendimiento: lo primero porque es el más indefenso, pues la riqueza y el poder castigan a quien se les atreve; y el entendimiento no, pues mientras es mayor, es más modesto y sufrido, y se defiende menos” (Respuesta a sor Filotea, 1691).

Estas últimas observaciones nos llevan a recordar —no debería ser necesario, pero nunca se debe subestimar la ignorancia del poder— que la división no radica en intelectuales y obreros, entre “cultos” e “incultos”, sino entre aquellos que respetan y defienden la cultura y el pensamiento y aquellos otros que la atacan o la ningunean. Ejemplos hay de sobra de doctores que, llegados al poder, liquidaron las universidades y la educación del pueblo mientras otros líderes sin educación formal pero con una conciencia más sensible la defendieron a ultranza —tal vez porque reconocieron en ella el camino más sólido de liberación de la pobreza y de la opresión social que divorcia brillantes discursos con las opacas realidades que promueven.

En nuestro tiempo y en los tiempos por venir, la misión del intelectual ya no será aquella escolástica mala costumbre de desplegar una erudición sin resultados concretos sino, por el contrario, la de poder realizar diferentes síntesis conceptuales, refinar y expurgar del mar de datos, ideas y divagaciones que la futura sociedad producirá, las ideas fundamentales, los pensamientos generatrices, los peligros del entusiasmo, de la propaganda y de las narraciones ideológicas; como un médico que busca detrás de los síntomas los desórdenes funcionales. Esta tarea será como ha sido siempre crítica. Como toda verdadera crítica, deberá apuntar al menos contra dos factores: el poder y la autocomplacencia. El primero —ya lo supo Descartes—, porque todo pensamiento antes de producirse como tal debe romper primero las cadenas invisibles que lo aprisionan con ideas prefabricadas, “políticamente correctas”, “moralistas”, al servicio de un determinado interés de clase, de género, de raza, etc. La segunda, porque la autocomplacencia es, en cierta forma, una consecuencia de la opresión del poder que reproduce el mismo oprimido para evitar el segundo paso que, tradicionalmente, han estado en deuda los intelectuales: la creación. Creación de caminos, de proyectos sociales y culturales, de una nueva forma de ser que tanto reclamaron Juan Bautista Alberdi, José Martí y José E. Rodó. Tal vez este déficit se haya debido a que la tarea es gigantesca para una simple elite intelectual o porque, especialmente en América Latina, la necesaria crítica, que nunca ha sido suficiente, ha absorbido todas sus energías. Pero el desafío sigue en pié y esperando.

Los intelectuales seguirán siendo una elite, como a su manera son una elite los electricistas y los calculistas. La virtud será que estas elites dejen de representarse y ser vistas en un orden vertical y comiencen a conformar una unidad más armónica y orgánica al servicio de las sociedades y no de algunas elites entronadas en el poder social. Me dirán que los intelectuales se han equivocado feo a lo largo de la historia; y tendré que darles la razón. Pero también se equivocan los electricistas, los médicos y los calculistas. Con la diferencia que, si bien cualquiera de estos errores pueden tener consecuencias trágicas en la sociedad, el trabajo del intelectual, por su naturaleza creativa sobre lo desconocido, sobre la nada, es mucho más difícil que la tarea del calculista, por ejemplo —y lo digo por experiencia personal: calcular la estructura de un edificio en altura implica una gran responsabilidad, pero su proceso no involucra, normalmente, ninguna duda fundamental.

Ernesto Che Guevara escribió en El socialismo y el hombre: “Los revolucionarios carecemos, muchas veces, de los conocimientos y la audacia intelectual necesarios para encarar la tarea del desarrollo de un hombre nuevo por métodos distintos a los convencionales; y los métodos convencionales sufren la influencia de la sociedad que los creó”.

Yo no sería tan extremista: tampoco los intelectuales tienen la fórmula de la creación de ese “hombre nuevo”, reclamado por Europa en el siglo XIX. Pero sin duda podrán ser agentes estimulantes en su creación o en su desarrollo —si no se los aplasta antes, con la persecución o el ninguneo; si ellos mismos no se precipitan antes, desde esas inútiles alturas que suelen escalar, enceguecidos por sus propios —por nuestros propios egos.

 

 

© Jorge Majfud

The University of Georgia, octubre de 2006.

 

elocuencia de la ignorancia

La elocuencia imperial de la ignorancia

 

Cierta vez alguien llamó a una radio de Georgia para opinar sobre los problemas más importantes que angustian al mundo. El locutor, como es su costumbre, lo interrumpió —Oh, man; wait-wait-wait! Stop!— diciendo que en menos de quince segundos le definiría qué es el socialismo y en qué consiste el capitalismo. Efectivamente, en quince segundos, o en menos, dio dos definiciones “completas y absolutas” de lo que es uno y lo que es el otro. Entusiasta, agregó: “y todo esto, que le hubiera llevado años en cualquier universidad, lo ha aprendido usted en quince segundos. Y gratis”. No podía faltar esta observación final, ya que se corresponde con la primera, en un mundo formado y deformado por la cultura del consumo rápido y sistemático, además del odio disimulado por las universidades. La anécdota me recuerda cuando alguien en Grecia —se atribuye la anécdota a Platón, pero este dato me parece dudoso y poco significativo— definió al hombre como “un animal bípedo e implume” y Diógenes arrojó entre la multitud un pollo desplumado: “he aquí al hombre”, ironizó.

Este es el nivel de la inteligencia para los ideólogos que se ocultan cobardes detrás del falso disfraz del pragmatismo. Su epistemología equivaldría a decir que uno es capaz de definir qué es el mundo en quince segundos. O en menos: el mundo es una esfera. ¿O miento? Bueno, casi una esfera. Y lo he dicho en menos de diez segundos. Ahora, ¿no será que el mundo es algo más que una esfera? En un mundo donde predomina la mentalidad del consumo —todavía entiendo que es una tara propia de la transición histórica—, ser capaces de simplificar, de no molestar con conceptos complejos es toda una virtud. Al fin y al cabo, como bien entiende N. García Canclini, el comercio ha sustituido a la política al tiempo que los consumidores han sustituido al ciudadano moderno. Siguiendo el ejemplo de nuestro sabio locutor, uno podría tener toda una taxonomía de conceptos, resumida en una sola línea cada una y, al momento de que alguien pregunte por una cosa o por la otra podríamos contestar con gran obviedad: “a es c”. Y punto. Esta seguridad siempre da la sensación de conocimiento. De hecho, es un tipo de conocimiento: es conocimiento chatarra, como las hamburguesas hechas con yeso y carne de lombrices son un tipo de comida. Pero si nuestras sociedades de la información están lejos de algún tipo sustentable de conocimiento, están aún más lejos de cualquier tipo de sabiduría.

 

El Poder y la Universidad: una contradicción sin solución

Sin la duda no habría libertad y sin libertad no tendríamos academia sino una comité político, una iglesia o una secta, donde necesariamente se deben excluir determinadas propuestas: si uno pertenece a un partido conservador no podría insistir en posiciones liberales; si uno pertenece a la iglesia católica no debería insistir con preceptos budistas, no podría negar o cuestionar la autoridad del Papa, etc. Todo lo contrario se espera de la academia: excepto el principio de “libertad de cátedra”, nada se puede prescribir, nada se debe excluir de sus cuestionamientos: ni la política, ni la religión, ni la economía, ni el arte, ni el sexo, ni nada. No tendría ningún sentido proscribir la teoría de Darwin, el marxismo o el creacionismo bajo argumentos morales, políticos o religiosos. Incluso si advertimos que los académicos tienen una tendencia A o B no podríamos nunca legislar para cambiar esa tendencia —en teoría, producto de la misma libertad intelectual— con la excusa de buscar un “equilibrio”. Un “equilibrio” que siempre es planteado por el poder político cuando advierte que está representado por una minoría en algún sector de la sociedad. Por ejemplo, en Estados Unidos se ha propuesto muchas veces una ley para “equilibrar” el desproporcionado número de profesores liberales, es decir, de “izquierdistas” —tendencia que se repite en la mayoría de las universidades de Occidente. Claro, en algún momento podríamos pensar que la idea de promover el equilibrio, aunque no sea un resultado espontáneo, podría llegar a ser excelente: imaginen las universidades con más empresarios conservadores y las grandes compañías que controlan los países con más intelectuales de izquierda… Es curioso que un grupo numeroso e influyente de partidarios del libre mercado no sea igualmente partidario de la libertad de cátedra: allí donde se prescribe la mano invisible del mercado se prescribe la regulación de la producción intelectual. Donde se proclama la libertad del capital se condena el libre tránsito de los trabajadores y de las ideas.

Una vez alguien me dijo, considerando que nuestra universidad es una isla de “liberales” en medio de un mar de conservadores, que si los contribuyentes supieran cuáles son los temas que se estudian en los departamentos de humanidades, al poco tiempo se quedarían sin recursos. Podríamos pensar que esta es una idea “razonable” que normalmente es aplicada a la enseñanza primaria y hasta en la enseñanza media: el Estado tiene una cierta idea de qué es bueno y qué es malo, qué es “conveniente” ensañar y qué no; no sólo para aumentar la producción de esa sociedad sino para controlarla dentro de un determinado paradigma social, político y moral. Esto depende, claro, de qué tipo de Estado estamos hablando. Lo bueno y lo malo varían si consideramos China o Francia, Cuba o México, el sistema feudal o el sistema capitalista, el capitalismo industrial o el capitalismo posindustrial.

No obstante, cualquier universidad que se precie de un mínimo de dignidad, coherente con su historia milenaria, no puede basarse en la imposición de tabúes ideológicos o prescripciones paradigmáticas —lo cual no significa que la academia no sufra de estas mismas limitaciones, ya que es parte de una sociedad—. La academia desaparece, literalmente, cada vez que el Estado o el mercado de bienes y males, con sus intereses propios, prescriben o proscriben algo, por mínimo que sea. La paradoja de la academia es que no puede (ni debe) ser económicamente autosuficiente al mismo tiempo que no debería ser ideológicamente dependiente de la mano que le provee los recursos necesarios para su existencia, ya sea pública o privada. Claro que la asignación de recursos por parte del Estado a un área o a la otra, que las donaciones privadas a un campo y no al otro, dirigen con frecuencia el rumbo de la actividad intelectual. Pero si eso es lo que realmente ocurre no es por ello que se define históricamente la academia y mucho menos el pensamiento. Claro que un estado, una institución, puede negarle recursos económicos a sus universidades, argumentando que allí se generan ideas contrarias a sus propios intereses. Claro que puede hacerlo. ¿Y por qué no lo hace? Porque desde ese momento el Estado no puede ser considerado un estado democrático que promueve el libre pensamiento y la nvestigación. Por esta razón, la relación que une al Estado y a la Universidad es una relación mutuamente interesada, basada en una irresoluble contradicción.

 

Elocuencia y barbarie: las estrategias del poder

La Academia —la pretendida libertad de cátedra— nunca ha estado más amenazada que en tiempos de estratégicas luchas políticas. Cuando el proselitismo del miedo, principal instrumento del discurso hegemónico, invade todos los rincones de la sociedad, se hace invisible y se perpetúa bajo la idea de un orden “natural”, atemporal. Son los tiempos en que la ignorancia y la apatía del pueblo son sistemáticamente organizadas por la propaganda y la elocuencia de los arengadores públicos. Son los tiempos en que la violencia de la uniformidad quema hombres, mujeres y libros. Recordemos apenas un ejemplo, que la historia se ha empecinado en borrar de la memoria humana.

La famosa Escuela de traductores de Toledo se desarrolló durante gran parte del siglo XII gracias a un período de tolerancia racial, política y religiosa, en una región dominada y arrasada sucesivamente por árabes y godos. El método de esta Escuela consistía en traducir los libros de ciencia y filosofía del árabe a la lengua romance española. El mediador era, por lo general, un judío que leía árabe y recitaba en lengua vulgar para que un cristiano lo escribiese en latín. Así conocieron en Occidente a Ptolomeo, Aristóteles, Euclides, Avicena, Plotino, las enciclopedias de medicina, etcétera. También llegaron a Toledo en aquella época el inglés Abelardo de Bath y el francés Pierre le Venerable, abad de Cluny, quien le encargó al judío Pedro de Toledo la traducción del Corán al latín, la cual fue acabada en 1143. El más famoso traductor fue Gherard de Cremona, un italiano que tradujo al latín 87 obras, entre ellas el Almagesto de Ptolomaios. Al mismo tiempo trabajaban los pensadores aristotélicos en Al-Andalus, como el famoso Averroes. El célebre rey cristiano Alfonso X el Sabio, inspirado por la cultura de las cortes taifales, especialmente de la toledana e impulsado por colaboradores judíos, inició más tarde las traducciones arábigo-españolas, a la lengua romance. Pero éstos no eran excepciones. Otras familias de judíos también se dedicaron a traducir textos árabes —al tiempo que producían sus propias novedades—. En Cataluña, Jacob Ibn Tiddlon (Propacius Iudaeus) fue traductor y autor de Almanach, obra leída y admirada por Copérnico, Calvius y Kepler. No deberíamos olvidar, además, que, como dice Reyna Pastor, “Azarquiel, en un principio reputado forjador, llegó a ser el astrónomo y matemático más famoso de su época. Discutió a Ptolomeo, descubrió el movimiento de los planetas alrededor del Sol y el recorrido elíptico de Mercurio usando instrumentos de su invención: […] especies de astrolabios. A ello debe agregarse las llamadas ‘Tablas toledanas’, base de las ‘Tablas Alfonsinas’ de Alfonso el Sabio”.[1] La lista de sabios y de obras es inabarcable y sería aún mayor si el dictador Almanzor no hubiese quemado los cuatrocientos mil volúmenes de la biblioteca de Córdoba.[2] Bastaría con decir que España fue el principal centro intelectual de Europa y que gracias a esta libertad y respeto intelectual por la diversidad no sólo se salvó gran parte de la cultura antigua sino que, además, se impulsó los cambios que llevaron a Europa a un auge civilizatorio que ya todos conocemos.

Como es vieja costumbre de la historia, el fanatismo religioso —miserable esclavo de otras preocupaciones más terrenales— acabó con este período de paz y de florecimiento cultural. A partir de 1180, cesa en la iglesia el nombramiento de obispos extranjeros y comienza una etapa signada por un sentimiento nacionalista que, al decir de Amarill Chanady al referirse a América Latina, es siempre producto de una negación violenta sobre el otro, de una obligación de olvidar en búsqueda de una unidad[3]. A finales del siglo XII se unifican las iglesias hispanas y romana. En 1188, pensando en la necesidad de una “guerra santa”, el papa Clemente III envía una carta al obispo de Toledo prometiendo perdón de todos los pecados para aquellos que luchen contra los sarracenos, al igual que para aquellos que mueran en la Cruzada. En una carta del 29 de octubre de 1192 al arzobispo de Toledo, su sucesor, el papa Celestino III, citando a la Biblia, decreta: “No es contrario a la fe católica exterminar y perseguir a los sarracenos”.[4] Mucho después de la expulsión de los moros de Toledo, y como consecuencia de la larga Reconquista, en 1391 se practicará una nueva matanza que reducirá la población judía a la mitad. Una vez más Dios es secuestrado en nombre de intereses políticos. La víctima, como siempre, no será sólo la Academia sino, lo que es peor, el ser humano.

Algo me dice que nuestros tiempos no se diferencian mucho de aquella Edad Media, llena de oscuridades pero no tan oscura como se la representan en las escuelas primarias. Vivimos en el imperio de las simplificaciones; no en la Edad Media de Alfonso el Sabio sino en la de Pedro el Terrible; no en la Edad Media de la brillante Córdoba o de la Toledo tolerante sino de las Cruzadas y la Guerras Santas, de los héroes que luchan por salvar la Civilización en nombre de Dios, tirando bombas y arengando a los fieles contra el infiel.

Los necios han puesto el mundo entre dos cáscaras de nuez y han proclamado su conocimiento absoluto. Ya no queda nada por discutir. Just do it. Los nacionalismos, los estrechos patriotismos, los discursos bélicos destruyen cada día la necesaria serenidad del pensamiento. Demagogos y maquiavelos excitan la sangre y anestesian el alma. El objetivo inmediato es ganar, destruir al enemigo, un enemigo previamente creado —ese perfecto aliado de los viejos opresores que nunca falla. El objetivo a largo plazo es mantener las cosas como están.

Claro que siempre es posible salirse de la prisión de las cosas obvias. Cuando Diógenes, el filósofo vagabundo de Atenas fue capturado y llevado como esclavo a Creta le preguntaron qué era lo que mejor sabía hacer: “Mandar”, dijo el padre del cinismo.

 

 

© Jorge Majfud

The University of Georgia, abril 2006.

 

 

[1] Pastor de Togneri, Reyna. Del Islam al Cristianismo. En las fronteras de dos formaciones económico-sociales: XI-XIII. Barcelona: Ediciones Península, 1975, pág. 77.

[2] Aguilar Gavilán, Enrique. Historia de Córdoba. Madrid: Sílex, 1995, pág. 42.

[3] Chanady TA \s “Chanady” , Amarill. Latin American Identity and Constructions of Difference. Minneapolis: University of Minessota Press, 1994, pág. xix. Chandy también cita a Renan y a Homi Bhabha, quienes hacen la misma observación: “As Renan TA \l “Renan” \s “Renan” \c 1  writes, ‘unity is always affected by means of brutality.’ What that means is not only that the nonhegemonic sectors of society are ‘obligated to forget’, and concomitantly obligated to adopt dominant cultural paradigms in several spheres, but that ‘forgetting’ is the result of marginalization and silencing, if not annihilation”; “Being obligated to forget became the basis of remembering the nation” (xx).

[4] Pastor de Togneri, Reyna, pág. 173.

 

 

Los estigmas sociales del latino

Los estigmas sociales del latino

Hace algunos meses iba en un bus de la ciudad y delante de mí iba un hombre leyendo en el periódico Eco Latino uno de mis ensayos sobre los mitos de la inmigración. En ese ensayo, simplemente daba datos y razones que contradecían los discursos repetidos en los medios de comunicación. El hombre llevaba ropa de obrero, la piel quemada por el sol y las manos embrutecidas por algún trabajo extenuante. Los gestos cansados de un intocable latinoamericano. Lo observé leer, aparentemente con atención y de cabo a rabo. Pensé entonces (o quise pensar) que ese ensayo estaba justificado; no sólo porque pretendía decir una verdad —muy a pesar de mi frecuente escepticismo—, sino porque esa verdad tenía un valor ético: era la verdad de los oprimidos, de los desheredados, la reivindicación moral de un hombre o de una mujer violentado por las relaciones de producción mundiales; pero aún más violentado por los discursos moralizantes que, en sus casos más extremos los acusan de criminales, delincuentes y poco menos que terroristas —al mismo tiempo que se sirven de ellos, claro. Finalmente, el hombre sin nombre cerró el diario, se quedó mirando por la ventana y esperó su parada. Se bajó y siguió caminando con la cabeza gacha, tal vez pensativo, y se perdió de mi vista. Intenté imaginar lo que podía estar pensando. Traté de ponerme en su lugar y comprendí que era inútil. O casi imposible.

En aquel ensayo observábamos las contradicciones del discurso que responsabiliza a los inmigrantes de afectar negativamente la economía de Europa y Estados Unidos —razón por la cual, cada tanto, se pretende legislar recortándoles derechos de salud y asistencia— con datos que indicaban precisamente lo contrario: los inmigrantes, aún aquellos trabajadores indocumentados, representan un sector importante en la producción económica y en el sustento del mismo Seguro Social. Estos hombres y mujeres invisibles, los eternos fugitivos, sustentan las economías de los países de los cuales fueron expulsados y de los países a los cuales son obligados a emigrar por el mismo sistema global que los desprecia. No volveremos sobre esos temas. Veamos otro mito social, estratégicamente construido por la ideología del miedo.

Existe la idea de que los inmigrantes son los responsables del aumento de los índices de criminalidad. Este mito social cae con más fuerza en la cabeza de los inmigrantes latinos, y muchas veces es reproducido por los mismos latinos, así como después de siglos de deformación colonial muchas veces fueron los mismos indígenas los que oprimieron a sus hermanos, recordándoles su condición de raza inferior, olvidándose que ni Machu Pichu ni Chichen Itzá ni Teotihuacan ni Tenotchitlan hubieran podido ser jamás levantados por sociedades de retardados mentales. Lo que demuestra el poder amnésico de una “educación” al servicio de una clase de exitosos traidores. El mismo “machismo latinoamericano” no fue un invento indígena sino parte de esta misma deformación lograda por los invasores en complicidad con los caciques y las elites indígenas que aún hoy se presentan como salvadoras de los pueblos oprimidos, unas veces bajo el discurso criollo capitalista, otras bajo la demagogia neo-indigentita, sazonado de retórica revolucionaria y de anacrónica práctica caudillista.

Según los datos recogidos a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX, la inmigración de europeos a Estados Unidos había elevado los índices de criminalidad, de violencia organizada y de comunidades desorganizadas. No obstante, diferente a la historia antes referida y contradiciendo el discurso hegemónico de hoy en día, el incremento de la inmigración —en su mayoría latina, en su mayoría indocumentada— no ha provocado un aumento en los índices de criminalidad sino todo lo contrario. Como lo demuestra el profesor Robert J. Sampson de Harvard University, el incremento de la inmigración en los últimos veinte años se corresponde con una disminución proporcional de la criminalidad. El punto de inflexión de esta tendencia es el año 2000: es a partir de aquí que la inmigración comienza a disminuir y, también proporcionalmente, comienza a aumentar el índice de delincuencia. Luego de su exhaustivo estudio, Robert J. Sampson llegó a la conclusión obvia: “si queremos bajar los índices de criminalidad, cerrar las fronteras no es la respuesta”.[1]

Los sociólogos norteamericanos han verificado que los latinos (aún en condiciones económicamente desventajosas, por no decir “extremas”) son menos propensos a la violencia que el resto de la población, por lo que han llamado a esa revelación con el nombre de “Latino paradox”. La misma expresión demuestra un prejuicio previo que asume que si alguien es latino debe ser violento, porque ese factor parecería ser intrínseco a la cultura, cuando no a la raza. Este mito probablemente está en gran parte alimentado por la violencia permanente que viven varios países latinoamericanos, especialmente azotados por el narcotráfico y por los fenómenos pandilleros como el de las maras —sin mencionar que ambos fenómenos son el resultado de un contexto global sin el cual no podrían existir—. No obstante, la violencia entre los inmigrantes latinos es la mitad que la alcanzada por las terceras generaciones de americanos.

La dramática diferencia que existe entre distintos grupos de “latinos” en diferentes contextos —políticos, sociales y económicos— demuestra que si bien nadie está determinado sólo por la infraestructura económica tampoco existe el determinismo cultural: si las maras son un fenómeno “latino” ese fenómeno no obliga a la abrumadora mayoría de miembros de esa región cultural a comportarse como pandilleros. No obstante, la publicidad y los discursos xenófobos se aferran a las excepciones y no a las reglas. ¿Por qué? Primero porque todo discurso ideológico sólo ve y muestra lo que le conviene; segundo porque nuestra cultura visual está formada y deformada por el fenómeno de las excepciones y, por lo tanto, por las criminales simplificaciones: una cámara de televisión —patético instrumento epistemológico, paradigma de la “verdad objetiva” y del control democrático— sólo puede enfocar excepciones. Una cámara de televisión no puede mostrar una verdad sinóptica general, abstracta, al menos que se refiera al estado del tiempo. Una conclusión abstracta de un conocido profesor de alguna universidad no puede entrar por los ojos ni puede ser representada de una forma divertida. Si hiciera el intento probablemente pasaría inadvertida por una población anestesiada por los “reality shows”, esas ficciones del capitalismo tardío que pretenden pasar por “hiperrealidad”. Y lo que es peor: no se puede cuestionar a una persona que está embriagada por el mito de la libertad individual y el orgullo del éxito económico. Con todo, este no es un desmérito de nuestros tiempos. Hace dos mil quinientos años ya Demócrates se lamentaba: “el que amonesta a un hombre que se cree inteligente trabaja en vano.”

Esta contradicción entre el mito social y el resto de la realidad nunca es una casualidad y podríamos pensar que posee una funcionalidad específica en el control de unos estratos sociales sobre otros en desventaja económica e ideológica. De la misma forma, observábamos que la idea del “mexicano haragán”, durmiendo la siesta debajo de un enorme sombrero, se contradice de forma dramática con los inmigrantes mexicanos (y latinos en general) que representan el grupo social más sufrido y trabajador, para los cuales hay más obligaciones que derechos. Si los radicales que desfilan armados por las fronteras fuesen un poco más coherentes, deberían dejar de comer pollo, frutas y verduras; deberían evitar caminar por aceras limpias o conducir sobre caminos donde se ha empleado mano de obra indecente; la mayoría de ellos debería cambiar sus casas por alguna carpa levantada sin ayuda extranjera y a la hora de cobrar la jubilación deberían arrojar a la hoguera un buen porcentaje del cobro, ya que no es despreciable la cuota que procede de aquellos aportes no reclamados por los hombres invisibles que escaparon a la cacería humana. Estos tristes y orgullosos personajes no solo ignoran su presente sino también su propia historia. Ignoran, o han olvidado, que incluso después de los atentados terroristas de 1919 cundió en Estados Unidos lo que se llamó “el susto rojo”, en referencia a la nueva amenaza comunista, lo que provocó una serie de razias y deportaciones de extranjeros. Desde entonces, el congreso aprobó fuertes restricciones a la inmigración en 1921, 1924 y, finalmente, en 1929. Los años ’20 fueron los años de la Ley Seca, del resurgimiento del Ku Klux Klan y del desprecio por los inmigrantes no anglosajones; fue la década de las radicalizaciones, en que John T. Scopes fue enjuiciado por enseñar la teoría de Charles Darwin; la década de la gran prosperidad que terminó en la crisis económica más dramática del mundo Occidental moderno. Olvidan o recurren a su único argumento: no les interesa —aunque debería interesarles.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, abril 2006.

[1] The New York Times, 11 de marzo de 2006, pág. A27.

Las trampas de la Moral

Spaniards executing Tupac Amaru in 1572, drawi...

Image via Wikipedia

Why Culture Matters (English)

Las trampas de la Moral

Mujeres, homosexuales y la traición del patriarcado latinoamericano

Hace pocos días, en una entrevista de televisión, la madre del candidato presidencial que lidera las encuestas en Perú, Ollanta Humala, declaró que la primera acción de gobierno de su hijo debería consistir en ejecutar un par de homosexuales para que se termine la inmoralidad del mundo. Por su parte, su padre reconoció que había hecho a su hijo militar para que llegue al poder. Su hijo, un centímetro más estratégico, les recomendó que no hablaran más hasta el día de las elecciones.

La confianza de esta señora madre en un acto “simbólico” por parte de su hijo, además de criminal, es un monumento a la ingenuidad. De esta forma se supone que si el hijo de María no pudo acabar con la inmoralidad del mundo sí podrá hacerlo el hijo de la señora Humala, recurriendo a una moral farisea que el mismo Jesús condenó repetidas veces. Otros puntos son aun más trágicos y significativos: la común escala de valores de los moralistas de la Inquisición, según la cual el asesinato y la abolición de los derechos humanos son necesarios para imponer la Moral en el mundo —la moral de criminales, está de más decirlo.

Desmoraliza verificar que la alternativa a una tradición política conservadora en América Latina, basada en una cultura de abusos —de clase, de sexo y de raza— sea tan mezquina como ésta que, para peor, pretende venderse como “revolucionaria”. ¿Cómo es posible que países como Perú, con culturas indígenas tan ricas, sigan presentando alternativas tan estrechas, propias de la vieja deformación colonialista al servicio de imperios extranjeros? Elegir entre Fujimori, Alan García, Ollanta Humala y Lourdes Flores es como elegir entre negro y oscuro, entre Oeste y Oriente. ¿Dónde están los Salomón de nuestros pueblos? ¿Dónde están nuestros pueblos?

Este hecho es también significativo por provenir de una mujer, de la madre de un supuesto “líder indígena” que no es más que otro militar autoritario con un discurso diferente pero con la misma mentalidad de mesianismo moralizante de otros tiempos. Es una prueba más de la traición del patriarcado que sirvió como instrumento principal en la brutal conquista y colonización de nuestros pueblos indígenas, que aspiran liberarse usando las mismas cadenas que antes los oprimían. Trataré de explicar esta tesis, brevemente.

Por una infinidad de datos, entiendo que el sistema patriarcal no estaba tan avanzado en la América precolombina como lo estaba en la Europa del siglo XV. Si bien es cierto que el Inca y otros jefes mesoamericanos expresaban ya un tipo de organización masculina, en las bases mayoritarias de las sociedades indígenas las mujeres aún mantenían una cuota de poder que luego le será expropiado. ¿Cómo y cuando se produce el nacimiento del patriarcado y la consecuente opresión de la mujer? Podríamos dar una explicación de perfil marxista, que por el momento se me ocurre como la más clara: del cambio de un sistema de subsistencia a un sistema donde la producción excedía el consumo, surgió no sólo la división del trabajo sino, también, la lucha por la apropiación de estos bienes excedentes. ¿Y quién sino los hombres estaban en mejores condiciones de apropiarse y administrar (en beneficio propio) este exceso? No por una razón de fuerza doméstica, sino porque la misma sobreproducción —con sus respectivos períodos de escasez— necesitó de una clase de guerreros organizados que extendieran el dominio a otras regiones y proveyesen de esclavos para retroalimentar el nuevo sistema. Los ejércitos, entonces, serían causa y consecuencia del patriarcado; antes que para la defensa surgen para el ataque, para la invasión, con la lógica tendencia a sustituir al poder político por la fuerza de su propia organización armada. Y, como todo poder político y social necesita una legitimación moral, ésta fue proporcionada por mitos, religiones y una moral hecha a medida y semejanza del hombre.

En muchas comunidades de base de la América precolombina, las mujeres continuaban compartiendo el poder y el protagonismo social que no tenían las mujeres blancas en sus propios reinos. Según el historiador Luis Vitale, la idea de la función “natural” de la mujer como ama de casa es resistida por las mujeres indo-americanas hasta que el modelo patriarcal europeo es impuesto por los conquistadores.[1] Sin embargo, varios datos nos revelan que el patriarcado ya había surgido antes de la conquista en las clases altas, en la administración de los imperios. Varias crónicas y relatos tradicionales escritos en el siglo XVI —Cieza de León, pero ejemplo[2]— nos refieren la costumbre de los oprimidos por los españoles a oprimir a sus propios hermanos más pobres, reproduciendo así la verticalidad del poder. También tenemos noticia por el Inca Garcilaso de la Vega, que el inca Auquititu ordenó perseguir a los homosexuales para que “en pública plaza [los] quemasen vivos […]; así mismo quemasen sus casas”. Y, con un estilo que no escapa al relato bíblico de Sodoma y Gomorra, “pregonasen por ley inviolable que de allí en delante se guardasen en caer en semejante delito, so pena de que por el pecado de uno sería asolado todo su pueblo y quemados sus moradores en general.”[3]

La inhumana persecución y ejecución de los homosexuales es un claro síntoma de un patriarcado incipiente, más si consideramos que no tenemos la misma historia de incineraciones de lesbianas. El peligro de las mujeres al orden patriarcal se expresó de otras formas, no tanto por su práctica lésbica.

Ahora, ¿a qué me refiero con el título de este ensayo? Si bien podemos considerar que la división del trabajo pudo tener una función ventajosa para los dos sexos y para la sociedad en un determinado momento, también sabemos que el patriarcado, como cualquier sistema de poder, nunca fue democrático ni mucho menos inocente en su moralización. En el mundo precolombino ese patriarcado incipiente se materializó en la presencia de jefes y caudillos indígenas que progresivamente fueron traicionando al resto de sus propias sociedades. Si bien es cierto que hubo algunos caudillos rebeldes —como Tupac Amaru—, también sabemos que los conquistadores se sirvieron de esta clase privilegiada para dominar a millones de habitantes de estas tierras. ¿Cómo se comprende que unos pocos de miles de españoles sometieran a una civilización avanzadísima y gigantesca en número como la inca, la maya o la azteca, compuesta de millones de habitantes? Hubo muchos factores, como las enfermedades europeas —primeras armas biológicas de destrucción masiva—, pero ninguno de estos elementos hubiese sido suficiente sin la función servil de los caciques nativos. Éstos, para mantener el poder y los privilegios que tenían en sus sociedades, y para confirmar el patriarcado, se entendieron rápidamente con los blancos invasores. No es casualidad que en un mundo que luego se caracterizaría por el machismo hayan surgido tantas mujeres rebeldes que, desde el nacimiento de América se opusieron al invasor y organizaron levantamientos de todo tipo. La traición de los caiques no fue sólo una traición de clase sino también una traición del patriarcado. No es casualidad que otra de las características que sufrimos aún hoy en América Latina —y que analizáramos en un ensayo anterior— sea, precisamente, la división. Esta división alguna vez fue un elemento estratégico de la dominación española sobre el continente mestizo; luego se convirtió en una institución psicológica y social, en una ideología que llevó a la formación de países y nacionalismos liliputienses o gigantescos egoísmos. La misma división que luego sirvió para mantener pueblos enteros en la más prolongada opresión. La misma división que muestran los llamados “latinos” en Estados Unidos, según sus intereses personales más inmediatos.[4]

Entiendo que en el fondo toda la filosofía y los movimientos sociales del siglo XX —especialmente de su segunda mitad— y de nuestro principio de siglo, consiste en una lucha por el poder. La necesidad de definir si el hombre y la mujer son iguales o son diferentes, desde una posición o desde otra, apunta a una reivindicación o a una reacción. Por mucho tiempo las reivindicaciones feministas han sido más efectivas en el mundo anglosajón. Aparentemente, en Estados Unidos las mujeres habrían logrado un nivel de “igualdad” de derechos y una “anulación” de la cultura machista que aún no habrían alcanzado otros países, como muchos de América Latina. No obstante, sin negar cierto nivel de logros, estas “conquistas” pueden ser más virtuales que de hecho. Podemos pensar que el ingreso de las mujeres del primer mundo al mercado laboral fue una necesidad del sistema capitalista y que, por lo tanto, esta “liberación” puede escribirse entre comillas en muchos casos. Por si los hechos fuesen poco, y no sin paradoja, la retórica del patriarcado ha renacido en el centro del mundo anglosajón. Phillip Longman, por ejemplo, es uno de los portadores de la idea de que le patriarcado es la etapa por venir en el centro del mundo. Su teoría se asienta en la verificación que el componente poblacional es crucial para mantener un poder (imperial), desde la antigüedad greco-latina hasta los tiempos modernos. ¿Por qué? Simplemente porque mantener a la mujer en sus tradicionales funciones de madre, monja y prostituta se corresponde directamente con un aumento de la tasa de natalidad. Una prueba de esta tendencia sería, según Longman, las pasadas elecciones norteamericanas del año 2004: los estados con las tasas de natalidad más alta votaron por los conservadores triunfantes, mientras que los estados liberales, con pocos hijos, votaron por los fracasados Demócratas. (Otro estudio reveló que los estados con un rendimiento intelectual —SAT— más bajo votaron por los ganadores, mientras las ciudades universitarias votaron por los perdedores; pero este dato no se menciona).

Otra estrategia típica de los reaccionarios es ver los problemas de forma sincrónica e ignorar la perspectiva diacrónica. Si yo elimino la historia de un problema, lo que tenemos hoy se convierte en un estado “natural”, permanente y, por lo tanto, incuestionable. Por ejemplo, los más tolerantes promueven debates bajo la pregunta “¿son diferentes los hombres y las mujeres?” “¿Esta diferencia es biológica o cultural?” Pero estas preguntas, como casi todas, si no impone una respuesta restringen el conjunto de respuestas posibles. Dar dos opciones y exigir una respuesta es como trazar una línea rígida en el suelo y preguntar de qué lado están los demás. Si no están con nosotros están contra nosotros. No se permiten alternativas. Esta costumbre de negar la complejidad de la realidad es una burda estrategia ideológica que funciona a la perfección en política, pero un intelectual que se respete no puede aceptar sin rebeldía esta imposición de la ignorancia. Por lo tanto, debemos rebelarnos contra el precepto según el cual a “una pregunta no se debe responder con otra pregunta”. Respondamos a esa pregunta con otra pregunta: ¿eso que llamamos “hombre” o “mujer” es lo mismo hoy que fue hace tres mil o diez mil años? ¿Es la mujer francesa del siglo XVI la misma mujer del imperio inca o azteca de la misma época? La “mujer” ¿no puede ser a un mismo tiempo una realidad biológica y además una realidad cultural? ¿Esta necesidad de “definir” un género, ¿es una pretensión totalmente inocente, filosóficamente desinteresada?

Por la historia sabemos que eso que llamamos “hombre” o “mujer” nunca fueron exactamente la misma “cosa” ni nunca fueron absolutamente cosas diferentes. No obstante, en el debate por una definición determinada subyace el objetivo principal, no declarado: la lucha por el poder, por al liberación o por la opresión estratégica. Los responsables no son personas concretas ni es una simple estructura social, producto de una realidad económica donde se lucha por los beneficios materiales: son ambos. Pero si no podemos cambiar con una revolución un sistema económico social —en nuestro caso, el capitalismo tardío y el viejo patriarcado— que redacta los discursos y prescribe una Moral a su medida, tal vez todavía conservemos el derecho de desobedecer las retóricas usando esa vieja costumbre de cuestionar y bombardear dogmas usando argumentos. Tal vez así el pensamiento vuelva a ponerse al servicio de una búsqueda de la verdad y no al servicio del poder de turno o al servicio de las ambiciones personales.

 

 

 

© Jorge Majfud

 

Athens, marzo 2006.

 

 

 

[1] Luis Vitale. La mitad invisible de la historia. El protagonismo social de la mujer iberoamericana. Buenos Aires: Sudamericana-Planeta, 1987, pág. 47.

[2] Pedro de Cieza de León La crónica del Perú. Edición de Manuel Ballesteros. Madrid: Historia 16, 1984 [Sevilla, 1553]

[3] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miro Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976, pág. 147. Tanto el canibalismo de los pueblos al norte de Perú, como la acusación de sodomía de muchos de ellos, son relatados por Pedro de Cieza de León en La crónica del Perú, capítulos xix, xlix y lxiv. En este último, por ejemplo, Cieza de León dice: “Lo cual yo tengo que era así porque los señores ingas fueron limpios en esto [en el pecado de la sodomía] y también los demás señores naturales”. Sin embargo, en toda la gobernación de Popayán tampoco alcancé que cometiesen este maldito vicio, porque el demonio debía contentarse con que usasen la crueldad que cometían de comerse unos a otros […]” (Cieza, 269)

[4] Recientemente se realizó en Estados Unidos la demostración más numerosa de “latinos” en defensa de sus derechos e intereses. Cientos de miles de hispanos de todas las nacionalidades llenaron las calles de varias ciudades, desde el Oeste hasta el Este, pasando por  varios estados del centro. Una verdadera exposición de “unión”. Sin embargo, Miami, donde se encuentra una de las comunidades “latina” más numerosas del país, brilló por su ausencia. Aparentemente nadie ha señalado aún este significativo hecho.

 

 

 

 

Les pièges de la morale

Jorge Majfud

Université de Géorgie

traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier

 

Il y a quelques jours, dans une entrevue télévisée, la mère du candidat présidentiel qui conduit les enquêtes au Pérou, Ollanta Humala, déclara que la première action du gouvernement de son fils devrait consister à exécuter un couple d’homosexuels afin qu’on en termine avec l’immoralité du monde. Pour sa part, son père a reconnu qu’il avait fait de son fils un militaire afin qu’il arrive au pouvoir. Son fils, un centimètre plus stratégique, leurs avait recommandé de ne pas parler jusqu’au jour des élections.

La confiance de cette mère en un acte « symbolique » de la part de son fils, en plus d’être un acte criminel, est un monument d’ingénuité. De cette façon, on suppose que si le fils de Marie ne put en terminer avec l’immoralité du monde, lui pourra le faire, ce fils de madame Humala, faisant appel à une morale pharisienne que même Jésus condamna de façon répétée. D’autres points de vue sont malgré tout tragiques et significatifs : la commune échelle de valeur de l’Inquisition, selon laquelle l’assassinat et l’abolition des droits humains sont nécessaires afin d’imposer la Morale dans le monde – peut-on en dire plus ?

Cela démoralise de constater que l’alternative a une tradition politique conservatrice en Amérique Latine, basée sur une culture d’abus – de classe, de sexe et de race – et soit si mesquine comme celle qui, pire, prétend se vendre comme « révolutionnaire ». Comment est-il possible que des pays comme le Pérou, avec des cultures indigènes si riches, continuent de présenter des alternatives si étroites, propres de la vielle déformation colonialiste au service des empires étrangers ? Choisir entre Fujimori, Alan Garcia, Ollanta Humala et Lourdes Flores est comme choisir entre noir et obscur, entre l’Ouest et l’Orient. Où sont les Salomon de nos peuples ?

Ce fait est aussi significatif de provenir d’une femme, de la mère d’un supposé “leader indigène” qui n’est pas plus qu’un autre militaire autoritaire avec un discours différent mais avec la même mentalité de messianisme moralisant des autres temps. C’est une preuve de plus de la trahison du patriarcat qui a servi comme instrument principal dans la brutale conquête et la colonisation de nos peuples indigènes, qui aspirent à se libérer, utilisant les mêmes chaînes qui avant les opprimaient. J’essayerai d’expliquer cette thèse, brièvement.

Avec une infinité de données, je comprends que le système patriarcal n’était pas si avancé dans l’Amérique pré-colombienne comme il l’était dans l’Europe du XV è siècle. Encore que l’Inca et les autres chefs méso-américains exprimaient déjà un type d’organisation masculine sur les bases des sociétés indigènes, les femmes maintenaient encore une quote-part du pouvoir qui, par la suite leur sera exproprié. Comment et quand se produisit la naissance du patriarcat et la conséquente oppression de la femme ? Nous pourrions donner une explication de profil marxiste qui, pour le moment, m’apparaît comme étant la plus claire : du changement d’un système de subsistance à un système où la production excédait la consommation, a surgit non seulement la division du travail mais aussi la lutte pour l’appropriation de ces biens excédents. Et qui, sinon l’homme, était en de meilleures conditions d’administrer (en son bénéfice propre) cet excédent ? Non par raison de force domestique, mais parce que la même sur-production – avec ses périodes respectives de pénuries – nécessita une classe de guerriers organisés qui étendront la domination sur d’autres régions et se pourvoiront d’esclaves afin de rétro-alimenter le nouveau système. Les armées seraient alors la cause et la conséquence du patriarcat; avant la défense elles surgiront pour l’attaque, pour l’invasion, avec la tendance logique de se substituer au pouvoir politique par la force de leurs propres organisations. Et, comme tout pouvoir politique et social a besoin d’une légitimation morale, celle-ci fut fournie par les mythes, les religions et une morale faite à la mesure et à la ressemblance de l’homme.

Dans beaucoup de communautés de base de l’Amérique pré-colombienne, les femmes continuaient de partager le pouvoir et le rôle social principal que n’avaient pas les femmes blanches dans leurs propres royaumes. Selon l’historien Luis Vitale, l’idée de la fonction « naturelle » de la femme comme maîtresse de maison est supportée par les femmes indo-américaines jusqu’à ce que le modèle patriarcal européen soit imposé par les conquistadors. Cependant, plusieurs données nous révèlent que le patriarcat était déjà apparu avant la conquête chez les classes hautes, dans l’administration des empires. Plusieurs chroniques et récits traditionnels écrits au XVI è siècle – Cieza de Leòn, par exemple – nous rapportent la coutume des opprimés par les Espagnols à opprimer leurs propres frères plus pauvres, reproduisant ainsi la verticalité du pouvoir. Aussi, nous avons la nouvelle de l’Inca Gracilazo de la Vega, que l’Inca Auquititu avait l’habitude de persécuter les homosexuels et “qu’on les brûlait vifs sur la place publique […]; parallèlement, qu’on brûlait leurs maisons”. Et, avec un style qui n’échappe pas au récit biblique de Sodome et Gomorrhe, “ il fut annoncé publiquement, comme loi inviolable, que sur son domaine on se garde bien de commettre un semblable délit, sous peine que pour le péché d’un seul serait dévasté tout un peuple et brûlés ses habitants en général “.

L’inhumaine persécution et exécution des homosexuels est un évident symptôme d’un patriarcat naissant, plus si nous considérons que nous n’avons pas la même histoire d’incinérations de lesbiennes. Le danger des femmes pour l’ordre patriarcal s’est exprimé sous d’autres formes, pas tant par sa pratique lesbique.

Maintenant, à quoi me référé-je avec le titre de cet essai ? Nous pouvons aussi bien considérer que la division du travail put avoir une fonction avantageuse pour les deus sexes et pour la société à un moment déterminé; nous savons aussi que le patriarcat, comme quelconque système de pouvoir, ne fut jamais démocratique, ni moins innocent dans sa moralisation. Dans le monde pré-colombien, ce patriarcat naissant s’est matérialisé par la présence de chefs et de caciques indigènes qui progressivement furent trahis par le reste de leurs propres sociétés. Quoiqu’il est certain qu’il y eût quelques caciques rebelles – comme Tupac Amaru -, nous savons aussi que les conquistadors se servirent de cette classe privilégiée afin de dominer des millions d’habitants de ces terres. Comment peut-on comprendre que quelques milliers d’espagnols furent capables de soumettre une civilisation très avancée et gigantesque en nombre comme celles des Incas, des Mayas ou des Aztèques, composées de millions d’habitants ? Il y eut plusieurs facteurs, comme les maladies européennes – premières armes biologiques de destruction massive -, mais aucun de ces éléments n’eut été suffisant sans la fonction servile des caciques indigènes. Ces derniers, afin de maintenir le pouvoir et les privilèges qu’ils avaient sur leurs sociétés, et afin de confirmer le patriarcat, s’entendirent rapidement avec les envahisseurs blancs. Ce n’est pas par hasard que dans un monde qui, par la suite, se caractérisera par le machisme, aient surgis tant de femmes rebelles qui, à partir de la naissance de l’Amérique, s’opposèrent à l’envahisseur et organisèrent des soulèvements de toutes sortes. La trahison des caciques ne fut pas seulement une trahison de classe, mais aussi une trahison du patriarcat. Ce n’est pas par hasard qu’une autre des caractéristiques dont nous souffrons encore aujourd’hui en Amérique Latine – et que nous analyserons dans un essai postérieur – soit, précisément, la division. Cette division fut quelques fois un élément stratégique de la domination espagnole sur le continent métis; par la suite elle se convertit en une institution psychologique et sociale, en une idéologie qui mena à la formation de pays et de nationalismes lilliputiens ou à des égoïsmes gigantesques. La même division qui, par la suite, a servit afin de maintenir des peuples entiers dans l’oppression la plus prolongée. La même qui montre ceux qu’on appelle « latinos » aux États-Unis, selon leurs intérêts personnels les plus immédiats .

Je comprends que dans le fond toute la philosophie et les mouvements sociaux du XX è siècle – spécialement de sa seconde moitié – et de notre début de siècle, consiste dans une lutte pour le pouvoir. La nécessité de définir si l’homme et la femme sont égaux ou différents, à partir d’une position ou d’une autre, vise à une revendication ou à une réaction. Depuis longtemps, les revendications féministes ont été plus effectives dans le monde anglo-saxon. Apparemment, aux États-Unis, les femmes auraient obtenu un niveau « d’égalité » de droits et une « annulation » de la culture machiste que n’auraient pas encore atteints d’autres pays, comme plusieurs pays en Amérique Latine. Néanmoins, sans nier un certain degré d’obtention, ces “conquêtes” peuvent être plus virtuelles qu’effectives. Nous pouvons penser que le revenu des femmes du premier monde sur le marché du travail fut une nécessité du système capitaliste, et que par conséquent, cette “libération” peut s’écrire entre guillemets dans plusieurs cas. Comme si les faits fussent peu, et non sans paradoxes, la rhétorique du patriarcat a repris naissance dans le centre du monde anglo-saxon. Phillip Longman, par exemple, est un des porteurs de l’idée que le patriarcat est l’étape à venir dans le centre du monde. Sa théorie s’asseoit sur la vérification que la composante villageoise est cruciale afin de maintenir un pouvoir (impérial) à partir de l’antiquité gréco-latine jusqu’aux temps modernes. Pourquoi ? Simplement parce que maintenir la femme dans ses traditionnelles fonctions de mère, de nonne et de prostituée correspond directement avec une augmentation du taux de natalité. Une preuve de cette tendance serait, selon Longman, les dernières élections américaines de 2004 : les états avec les taux de natalité les plus hauts votèrent pour les conservateurs qui ont triomphés, pendant que les états libéraux, avec peu d’enfants, votèrent pour les démocrates. ( Une autre étude a révélé que les états avec un rendement intellectuel – SAT – bas votèrent pour les gagnants, pendant que les cités universitaires votèrent pour les perdants; mais on ne mentionne pas ces données).

Une autre stratégie typique des réactionnaires est de voir le problème de façon synchrone et d’ignorer la perspective diachronique. Si j’élimine l’histoire d’un problème, ce que nous avons aujourd’hui est un état « naturel », permanent et, par conséquent, inquestionnable. Par exemple, les plus tolérants promeuvent les débats sur la question “ est-ce que les hommes et les femmes sont différents ? Cette différence, est-elle biologique ou culturelle ? “ Mais ces questions, comme presque toutes, si l’on n’ impose pas une réponse, restreignent l’ensemble des réponses possibles. Donner deux options et exiger une réponse est comme tracer une ligne rigide sur le sol et demander de quel côté sont les autres. S’ils ne sont pas « avec nous », ils sont « contre nous ». On ne se permet pas d’alternatives. Cette coutume de nier la complexité de la réalité est une grossière stratégie idéologique qui fonctionne à la perfection en politique, mais un intellectuel qui se respecte ne peut accepter sans révolte cette imposition de l’ignorance. Par conséquent, nous devons nous rebeller contre le précepte selon lequel “ on ne doit répondre à une question par une question “. Répondons à cette question par cette autre question : ce que nous appelons « homme » ou « femme », est-ce le même aujourd’hui qu’il y a trois mille ou dix mille années ? Est-ce que la femme française du XVI è siècle était la même femme de l’empire inca ou aztèque du même siècle ? La « femme », ne peut-elle pas être à la fois une réalité biologique et en plus une réalité culturelle ? Cette nécessité de “définir” un genre, est-ce une prétention totalement innocente, philosophiquement désintéressée ?

Par l’histoire nous savons que ce que nous appelons “homme” ou “femme” ne furent jamais exactement la même “chose”, ni ne furent jamais absolument des choses différentes. Cependant, dans le débat pour une « définition » déterminée, l’objet principal est sous-jacent, non déclaré : la lutte pour le pouvoir, pour la libération ou pour l’oppression stratégique. Les responsables ne sont pas des personnes concrètes, ni une simple structure sociale, produit d’une réalité économique où on lutte pour les bénéfices matériels : ce sont les deux. Mais si nous ne pouvons pas changer avec une révolution un système économique social – dans notre cas, le capitalisme tardif et le vieux patriarcat – qui rédige les discours et prescrit une Morale à sa mesure, peut-être que nous conservons encore le droit de désobéir aux rhétoriques utilisant cette coutume de questionner et de bombarder les dogmes avec des arguments. Peut-être ainsi le penser en viendra à se mettre au service d’une recherche de la vérité et non au service du pouvoir en place et au service des ambitions personnelles.

 

Jorge Majfud

27 mars 2006

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, avril 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

 

 

 

 

Women, Gays, and the Treason of Latin American Patriarchy

A few days ago, in a television interview, the mother of the presidential candidate who leads the polls in Peru, Ollanta Humala, declared that the first action of her son’s administration should consist of executing a couple of homosexuals in order to put an end to the immorality in the world. For his part, the candidate’s father acknowledged that he had raised his son to be a military man so that he could rise to power. The son, a centimeter more strategic, recommended that they not speak further until election day.

The confidence of this righteous mother in a “symbolic” act carried out by her son, besides being criminal, is a monument to naivety. Only naively could one assume that even though Mary’s son was unable to put an end to the immorality of the world, Mrs. Humala’s son would indeed be able to do so, thus turning to a Pharisean morality that Jesus repeatedly condemned. Other points are even more tragic and meaningful: a scale of values shared with the Spanish Inquisition’s moralists, according to which assassination and the abolition of human rights are necessary to impose Morality on the world – the morality of criminals, needless to say.

It is demoralizing to confirm that the alternative to a conservative political tradition in Latin America, based on a culture of abuses – of class, sex, and race – could be so small-minded as this, an alternative that, to make things worse, attempts to sell itself as “revolutionary.” How is it possible that countries like Peru, with such rich indigenous cultures, could continue to present such limited alternatives, products of the old colonialist deformation at the service of foreign empires? Choosing between Fujimori, Alan García, Ollanta Humala and Lourdes Flores is like choosing between black and dark. Where are the Solomons of our people? Where are our people?

The comment referenced above is also significant because it comes from a woman, from the mother of a supposed “indigenous leader” who is just another authoritarian military man with a different discourse but with the same messianic, moralizing mentality from other times. It is further evidence of a betrayal by the patriarchy that served as the main instrument in the brutal conquest and colonization of our indigenous peoples, who now aspire to liberate themselves using the same chains that oppressed them before. I will try to explain this thesis, briefly.

Based on endless data, I understand that the patriarchal system was not as advanced in pre-Columbian America as it was in the Europe of the 15th century. If indeed it is true that the Inca and other Mesoamerican chiefs represented by then a kind of masculine organization, at the majoritarian base of the indigenous societies women still maintained a degree of power that would later be expropriated from them. When and how was the birth of the patriarchy produced, with the resulting oppression of women? We might offer an explanation from a Marxist perspective, which strikes me as the clearest on this point: with the shift from a subsistence economy to a system where production exceeded consumption, there emerged not only a division of labor but, also, struggle over the appropriation of surplus goods. And who other than the men were in better position to appropriate and administer (to their own benefit) this surplus? Not because of strength within the household, but because overproduction itself – with its respective periods of scarcity – required a class of organized warriors who could extend control to other regions and provide slaves for nourishing the new system. The armies, therefore, would be cause and consequence of the patriarchy; before serving for defense they emerged for the purposes of attack, with the logical habit of substituting political power for the strength of its own armed organization. And, since any political and social power needs moral legitimacy, this latter was provided for through myths, religions and a morality cut to the measure and appearance of man.

In many of the base communities of pre-Columbian America, the indigenous women continued sharing a power and social agency that white women were denied in their own kingdoms. According to the historian Luis Vitale, the idea of the “natural” function of the woman as housewife was resisted by Indo-american women until the patriarchal European model was imposed.[1] Nonetheless, several facts reveal to us that the patriarchy had already emerged in the upper classes prior to the conquest, in the administration of the indigenous empires. Several chronicles and traditional stories written in the 16th century – Cieza de León, for example[2] – refer us to the custom among those oppressed by the Spaniards of oppressing their own poorer brothers, thereby reproducing the verticality of power. We also learn from the Inca Garcilaso de la Vega that the Inca Auquititu ordered the pursuit of homosexuals so that “in the public plaza [they] be burned alive […]; and their houses burned in the same way.” And, with a style comparable to the biblical story of Sodom and Gomorra, “that it be proclaimed as inviolable law that hence forth they shall refrain from committing such crimes, under penalty of the sin of one causing the destruction of his entire town and the razing of its homes in general.”[3]

The inhuman persecution and execution of homosexuals is a clear symptom of the incipient patriarchy, even more so if we consider that we don’t have the same history of incinerating lesbians. The danger that women posed to the patriarchal order was expressed in other forms, not so much by their practice of lesbianism.

Now, what am I referring to in the title of this essay? If indeed we can assume that the division of labor had an advantageous function for both sexes and for society in a given moment, we also know that patriarchy, like any other system of power, was never democratic nor, much less, innocent in its moralizing. In the pre-Columbian world the incipient patriarchy materialized in the presence of indigenous chiefs and caudillos who began to increasingly betray the rest of their own societies. If indeed it is true that there were a few rebel caudillos – like Tupac Amaru -, we also know that the European conquistadors made use of this privileged class in order to dominate millions of inhabitants of the region. How else can one comprehend that a few thousand Spaniards could subjugate a numerically gigantic and incredibly advanced civilization such as Incan society, composed of millions? There were many factors, like the European diseases – the first biological weapons of mass destruction -, but none of these elements would have been sufficient without the servile role of the native chieftains. These latter, in order to maintain the power and privileges they enjoyed in their societies, and in order to reaffirm the patriarchy, quickly reached an understanding with the white invaders. It is no coincidence that in a world later characterized by its machismo there would have emerged so many rebellious women who, from the birth of America opposed the invaders and organized every manner of uprising. The betrayal by the chieftains was not only a class-based betrayal but also the treason of the patriarchy. It is no accident that another one of the defining characteristics that we continue to suffer today in Latin America – analyzed in a previous essay – would be, precisely, our dividedness. This division was once a strategic element for Spanish domination of the mestizo continent; later it became a psychological and social institution, an ideology that led to the formation of countries and Lilliputian nationalisms or gigantic egoisms. The same division that later served to prolong the oppression of entire peoples. The same division that the so-called “Latinos” demonstrate in the United States, according to their personal and most immediate interests.[4]

In the social philosophy and social movements of the 20th century – especially the second half – and of our current century, I see a fundamental struggle for power. The need to define whether man and woman are equal or different, from one position to the next, indicates either a demand or a reaction. For a long time feminist demands have been more effective in the Anglo-Saxon world. Apparently, in the United States women have achieved a level of “equality” of rights and “annulment” of the machista culture that has not been reached in other countries, like many in Latin America. Nonetheless, without denying a certain level of achievement, these “conquests” may be more virtual than real. We can reasonably note, for example, that the inclusion of First World women in the labor market was a necessity of the capitalist system and that, therefore, this “liberation” can be placed in quotation marks in many cases. As if social reality were irrelevant, and not without paradox, the rhetoric of patriarchy has experienced a renaissance in the Anglo-Saxon world. Phillip Longman, for example, is one of the purveyors of the idea that the patriarchy is the coming order in the economic center of the world. His theory is based on the assertion that the demographic component has been crucial to maintaining (imperial) power, from Greco-Roman antiquity to modern times. Why? Simply because limiting women to their traditional roles as mother, nun and prostitute shows a direct correlation with an increase in the birth rate. Proof of this tendency, according to Longman, would be the U.S. elections in 2004: the states with the highest birth rates voted for the triumphant conservatives, while the liberal states, with fewer children, voted for the failed Democrats. (Another study showed that the states with lower intellectual performance – SAT scores – voted for the winners, while university towns voted for the losers; but this fact receives no mention from Longman.)

Another strategy typical of the reactionaries is to look at problems synchronically and ignore the diachronic perspective. If I eliminate the history of a problem, what exists today becomes a “natural,” permanent, and therefore unquestionable, state. For example, the more tolerant conservatives promote debates under the question “Are men and women different?” and “Is this difference biological or cultural?” But these questions, like most debate questions, restrict the set of possible answers, when they don’t impose one outright. Giving two choices and demanding a response is like tracing a rigid line on the floor and asking on which side people stand. This habit of denying the complexity of reality is a reductive ideological strategy that works perfectly well in politics, but a self-respecting intellectual cannot accept without resistance such an imposition of ignorance. Therefore, we must resist the precept according to which “a question should not be answered with another question.” Let’s respond to those questions with another question: What we’re calling “man” or “woman,” is that the same today as it was three thousand or ten thousand years ago? Is the French woman of the 16th century the same woman of the Incan or Aztec empire of the same period? This “woman,” couldn’t she be at the same time a biological reality and a cultural reality as well? This need to “define” a gender, is that a totally innocent, philosophically disinterested desire?

From history we know that what we’re now calling “man” or “woman” were never exactly the same “thing” nor absolutely different things. Nevertheless, in the debate over a fixed definition there is an underlying, unstated, main objective: a power struggle, for either liberation or strategic oppression. The proponents of this struggle are neither concrete people nor simply a social structure, product of an economic reality where struggle is engaged over material benefits: they are both. But if we cannot change through revolution the social and economic system – in our case, late capitalism and the old patriarchy – which authors the discourses and prescribes a Morality tailored to its own needs, perhaps we should still reserve the right to disobey the rhetoric, using the old custom of questioning and bombarding dogma with rational argument. Perhaps in this way thought might once again be placed at the service of a search for truth instead of serving power or personal ambition.

Jorge Majfud

The University of Georgia, March 2006

Translated by Bruce Campbell

Minneapolis, April 2006

 

 

[1] Luis Vitale. La mitad invisible de la historia. El protagonismo social de la mujer iberoamericana. Buenos Aires: Sudamericana-Planeta, 1987, p. 47.

[2] Pedro de Cieza de León La crónica del Perú. Edición de Manuel Ballesteros. Madrid: Historia 16, 1984 [Sevilla, 1553]

[3] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miro Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976, p. 147. Both the canibalism of the northern peoples of Peru and the accusation of sodomy against many of them are related by Pedro de Cieza de León in La crónica del Perú, chapters xix, xlix y lxiv.

[4] Recently the United States witnessed the largest demonstration ever of “Latinos” in defense of their rights and interest. Hundreds of thousands of Hispanics of all nationalities filled the streets of several cities, from west to east, and including several states in the center of the country. A true exhibit of “unity.” Nevertheless, Miami, home of one of the largest “Latino” communities in the country, was conspicuously absent.