diálogos con mi hijo de tres años

I

“Mati, vamos a recoger todos esos juguetes. Dale, ayudame. Qué me quedás mirando? Yo no soy tu esclavo.
Mati, dirigiéndose a la madre y poniendo énfasis en el verbo, como si me corigiese:
“Papá es un clavo”

II

“Papá, vamos a hacer un puente”

“Otro puente? Mati, la vida no es sólo hacer puentes”

“Papá, la vida es un puente”
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Memoria dulce de la barbarie

Río de la Plata

Image via Wikipedia

Bitacora (La Republica)

Memoria dulce de la barbarie

“La cárcel de Libertad”

Mis viejos amigos siempre se han reído de mi memoria aunque, con los años, han ganado en prudencia y mantenido en amistad. El mejor sentimiento que agradezco a mi memoria es la nostalgia. Una profunda nostalgia. Entre lo peor está el inútil arrepentimiento.

Las paradojas del destino han hecho que yo tuviera que añorar los años de la dictadura militar en mi país; tuve en mala suerte crecer y abandonar mi infancia en esa época. No es a la barbarie a quien debo estar agradecido y parecería estar demás aclararlo, si no fuera por la ilimitada necedad humana que nunca descansa. Una vez, en una clase de literatura de la secundaria, le preguntamos a la profesora por qué no se hablaba de Onetti, siendo que dos años antes había recibido el Premio Cervantes en España y que, se decía (alguien dijo), era uno de los clásicos vivos de nuestro país. La respuesta, contundente, fue que Juan Carlos Onetti había recibido todo de Uruguay —educación, fama, etc.— y luego se había ido al exilio a hablar mal de su país. No es necesario comentar semejante exabrupto. Sólo que uno espera de alguien que se ha dedicado a la literatura una visión menos estrecha de la existencia. Se supone que alguien con ese extraño oficio ha vivido varias vidas y ha tenido que sentir y pensar el mundo desde otras cárceles. Sin embargo no es así; la necedad no es la simple carencia de algo sino el resultado de un largo aprendizaje, casi siempre basado en la práctica. Si este recuerdo ocupa todavía en su memoria algún lugar, tal vez forme parte de su cuota de arrepentimientos. Agregaré que aquella profesora, hasta donde alcanza mi juicio, no era una mala persona. Quizás era más feliz que las otras profesoras de literatura que tuve años después. Lo único que tenían todas en común era cierta sensualidad, insospechable por su forma de vestir o de hablar.

A lo que voy es que no sería raro que alguien piense, mientras menciono que crecí en tiempos de dictadura, que me debo a ella, que le debo mi educación y poco menos que la vida y que, por lo tanto, debería tenerle algún agradecimiento. Claro que la respuesta es no. Como decía Borges —el tantas veces ciego, pero no menos veces brillante—, uno nace donde puede. A mí me tocó nacer en un momento histórico donde la política —o, mejor dicho, su antítesis: la barbarie— se filtraba por las rendijas de las puertas y las ventanas, hasta destruir a familias enteras. Una de esas fue, entiendo, mi familia. O parte de mi familia. Pero no voy a entrar en eso ahora.

No puedo evitar recordar esta trasnochada la cárcel de Libertad, allá en Uruguay. Antes, yo había conocido depósitos menores, con motivo de las visitas que mi familia le hacía a mi abuelo, Ursino Albernaz, el viejo rebelde, el revolucionario, la oveja negra de una familia de campesinos conservadores. Mi abuelo había sido negado por su primera familia; le quedaba la que él mismo había construido y, sin querer, destruido también. Fue torturado por varios “soldaditos de la patria”. Omitiré nombres de vecinos, ya que aún viven y no tengo más prueba que la confesión de mis seres queridos, ya todos muertos; sólo diré que el célebre “Nino” Gavazzo estuvo entre sus cobardes inquisidores. Aunque el adjetivo “cobarde” es una redundancia histórica, ya que las dictaduras no recuerdan ningún acto heroico, ni de sus soldados ni mucho menos de sus generales. Ni siquiera pudieron inventarlos; no sólo porque carecían de imaginación sino porque ni ellos mismos se creían cuando se colgaban estrellas y medallas en sus uniformes, una tras otra hasta cubrirles todo el pecho de chatarra que portaban orgullosos en las fiestas de sociedad. Sólo queda el recuerdo de la permanente y obsesiva propaganda detallando los horrores ajenos. O las demostraciones de amor de los religiosos seguidores de Pinochet que en los años noventa desfilaban con retratos de los desaparecidos por el régimen y con una leyenda que decía: “Gracias a Dios están muertos”. (Recientemente estuvo aquí en la Universidad de Georgia el célebre Frederic Jameson donde, con su habitual guiño provocador, recordó las costumbres narrativas de los imperios, el placer del éxito y la tortura: la épica pertenece a los ganadores, mientras el romanticismo es propio de los perdedores. No obstante, es ésta la que permanece. En América Latina ni siquiera hubo una épica de los vencedores. ¿Quién se puede imaginar a un escritor, por enano que sea, rescatando alguna de los miserables éxitos de nuestros atilas?)

De esos cursos en el infierno, mi abuelo salió con una rodilla reventada y algunos golpes que no fueron tan demoledores como los que debió sufrir su hijo menor, Caíto, muerto antes de ver el final de lo que él llamaba “tiempos oscuros”. A principio de los ‘70 ascendieron a ambos al mayor espacio simbólico de la dictadura: los enviaron a la cárcel de Libertad.

Recuerdo la cárcel de Libertad desde infinitos puntos de vista. Para los niños que íbamos allí, el largo viaje era un paseo, aunque siempre debíamos madrugar para luego esperar a un costado de la ruta en noches frías y lluviosas. Esperar, siempre esperar en la ruta, en las terminales de ómnibus, en los interminables puestos de seguridad, en pasillos y salas de manoseo. Cuando niños no podíamos imaginar que todo ese proceso, además de agotador, era humillante. Nos salvaba la inocencia, o la casi inocencia, porque siempre supe qué significaba aquello: era algo de lo que no se podía hablar. Años más tarde, uno de mis personajes llamó a esa generación, “la generación del silencio” y creo que dio sus razones, aparte de ésta. Ese “silencio” significaba, para mí, que existía una contradicción trágica entre el discurso oficial y mi propia vida. En la humilde escuela de Tacuarembó a la que yo asistía, aquella escuela que goteaba sobre nuestros cuadernos los días de lluvia, se nos hablaba de la justicia y el orden pacífico que reinaba en el país, gracias a los Soldados de la Patria. Años después, en la secundaria, todavía se repetía que vivíamos en democracia. Mientras debíamos escuchar y repetir todo esto en el ámbito público, en los veranos, en una cocina rural de Colonia, escasamente iluminada por un farol de mantilla, escuchaba las historias de personas desconocidas acerca de hombres y mujeres lanzados desde aviones al Río de la Plata, por arte de la dictadura argentina. Quince años más tarde serían éstas mismas confesiones, por parte del ex capitán de navíos Adolfo Scilingo, que escandalizarían al mundo. Eso fue en 1995, según recuerdo; leí esta noticia en algún país de Europa —por la arquitectura podría ser Praga—, lo que me dio una idea de la sospechosa inocencia del mundo y de buena parte de nuestra sociedad. Luego Scilingo o Tilingo se desdijo argumentando que todo había sido una “novela”.

Si libero mi memoria a partir del primer “check point” que precedía la entrada a la monstruosa cárcel de Libertad, enseguida me vienen a la conciencia militares con botas negras por todas partes, mujeres cargando bolsas, niños quejándose por el paso rápido de sus madres, maldiciones en secreto, invocaciones a Dios. Luego un salón como una estación de trenes, gris por todas partes. El cielo también gris y el piso húmedo, marcado por las botas que iban y venían. Un militar de bigotes recortado, llenando formularios y autorizando a pasar a la gente. No sé por qué, se parece a un Videla de ojos claros, labios apretados y voz de mando. Luego una salita pequeña donde otros uniformados palpaban a los visitantes. Luego otro camino de asfalto que conducía a otro edificio. Una sala sin ventanas. Un retrato de José Artigas vestido de militar blandengue. Más esperas, más ganas de ir al baño y no poder. Una niña hermosa que me sonríe entre tanto fastidio. El pelo rubio le brillaba entre las penumbras de la pequeña sala. Pero a mí me había impresionado su mirada, inocente (se me ocurre ahora), llena de ternura, algo improbable en ese infierno.

En algún momento mi abuela se levantó y pasó para hablar con su hijo, por teléfono. Los separaba un vidrio espeso. Esa misma tarde u otra parecida le confesó que había sido allí, en la cárcel, donde se había convertido en aquello por lo cual estaba preso. Tiempo después me repitió a mí también la misma convicción: si había caído injustamente, ahora por lo menos tenía una justificación que le haría todos aquellos años de su juventud más soportables. Ahora tenía una causa, una razón, algo por lo cual sentirse orgulloso y redimido.

Luego los niños seguíamos por otra puerta y salíamos a un patio tiernamente equipado con juegos infantiles. Allí estaba el tío, con su bigote grueso y su eterna sonrisa. Su incipiente calvicie y sus preguntas infantiles. “¿Cómo te va en la escuela?” A mi lado recuerdo a mi hermano, mirando ensimismado a mi tío, y mi primo más chico M., arrojándose de un tobogán. Caíto lo agarraba, lo subía de nuevo y entre los gritos de alegría de M., volvía a preguntar: “¿Y cómo están los papis?” “¿Ya tienes novia?”.

Pero nosotros no estábamos para eso. Me acerqué al tío y le dije, en voz muy baja para que no me escuchara el guardia que caminaba por allí, el mensaje que tenía para él. Se quedó serio.

Luego lo recuerdo del otro lado de un tejido de alambre, caminando en fila india junto con los otros presos. Yo tenía ganas de llorar y me contuve. Mi primo gritó su nombre y él hizo como si se tocara la nuca y movió los dedos. Lo vi alejarse, con la cabeza inclinada hacia el suelo. El tío había sido torturado con diferentes técnicas: lo habían sumergido repetidas veces en un arrollo, lo habían arrastrado por un campo lleno de espinas. Más tarde supo que cuando se lo llevaron su esposa se pegó un tiro en el corazón. Mi hermano y yo estábamos ese día de 1973 o 1974 en aquella casa del campo, en Tacuarembó, jugando en el patio al lado de una carreta. Cuando oímos el disparo fuimos a ver qué ocurría. La tía Marta, que apenas conocí, estaba tendida en una cama y una mancha cubría su pecho. Luego entraron personas que no puedo identificar a tanta distancia y nos obligaron a salir de allí. Mi hermano mayor tenía seis años y comenzó a preguntarse: “¿Para qué nacemos si tenemos que morir?” La mama, la abuela Joaquina, que era una inquebrantable cristiana a la que nunca vi en iglesia alguna, dijo que la muerte no es algo definitivo, sino sólo un paso al cielo. Excepto para quienes se quitan la vida.

—¿Entonces la tía Marta no irá al cielo?

—Tal vez no —contestaba mi abuela—, aunque eso nadie lo sabe.

A uno de los empleados de mi padre le gustaba jugar con un verso que había que repetir cada vez usando una sola vocal:

Estaba la calavera

sentada en una butaca

y vino la muerte y le preguntó

por qué estaba tan flaca?

Astaba la calabara, santada an ana bataca, a vana la marta… Cuando llegaba aquí, su rostro deformado por tantas as en su boca me recordaba a la muerta. La tía Marta estaba fría y muerta. Tiempo después tuve un sueño que se repitió algunas veces. Yo yacía inmóvil pero consciente en un sótano, lleno de desperdicios. Alguien, con la voz de mi abuela, decía: “Déjenlo, está muerto”. Entonces era doblemente abandonado: por mí mismo y por los demás. Este sueño, como algunos otros —aunque a los críticos de letras les gusta repetir que los sueños no le importan a nadie más que a quien lo soñó— está trascripto, casi literalmente, en mi primera novela.

Mi hermano y yo supimos, por deducción secreta, por qué lo había hecho. Aunque ahora pienso que nadie puede culpar a nadie de un suicidio sino al que aprieta el gatillo o se cuelga de un árbol. Ni siquiera a un dictador. Dejar cartas responsabilizando por su propio suicidio a alguien que no se encuentra presente es completar la cobardía del acto supremo del escapista —y una prueba póstuma de la manipulación de las emociones ajenas que el muerto ejerció o quiso ejercer en vida. En el caso de la tía Marta no fue un acto político; sólo fue víctima de la política y de sus propias debilidades.

El tío Caíto murió poco después de salir libre, en 1983, casi diez años más tarde, cuando tenía 39. Estaba enfermo del corazón. Murió por esta razón o por un inexplicable accidente en su moto, una noche, en un solitario camino de tierra, en medio del campo.

© Jorge Majfud

Athens, febrero 2006.

Mémoire douce de la barbarie:

La prison de Liberté

Mes vieux amis ont toujours ri de ma mémoire quoique, avec les années, ils ont crû en prudence et m’ont gardé leur amitié. Le meilleur sentiment dont je suis redevable envers ma mémoire est la nostalgie. Une profonde nostalgie. D’entre le pire est l’inutile regret.

Les paradoxes du destin ont fait que j’eus à regretter les années de la dictature militaire dans mon pays; j’eus la malchance de croître et d’abandonner mon enfance à cette époque. Ce n’est pas à la barbarie que je dois être reconnaissant et qui paraît, du reste, l’éclairer, si ce n’était par l’illimitée nécessité humaine qui jamais ne se repose. Une fois, dans une classe de littérature au secondaire, nous demandions à la professeure pourquoi on ne parlait pas d’Onetti, étant donné qu’il avait reçu, deux années auparavant, le prix Cervantes d’Espagne, et que, il était un des classiques d’actualité de notre pays. La réponse, contondante, fut que Juan Carlos Onetti avait tout reçu de son pays – éducation, renommée, etc. –, et que par la suite il s’en était allé en exil parler en mal de son propre pays. Il n’est pas nécessaire de commenter de tels ex abrupto. Seulement on attend de quelqu’un qui s’est dédié à la littérature une vision moins étroite de l’existence. On suppose qu’une personne avec cet étrange métier a vécu plusieurs vies et a eu à sentir et à penser le monde à partir de d’autres prisons. Cependant, il n’en est pas ainsi; la nécessité n’est pas la simple carence de quelque chose, mais le résultat d’un long apprentissage, presque toujours basé sur la pratique. Si ce rappel occupe encore dans sa mémoire quelque espace, peut-être fait-il partie de son quota de regrets. J’ajouterai que cette professeure, selon mon jugement, n’était pas une mauvaise personne. Peut-être était-elle plus heureuse que les autres professeures de littérature que j’eus par la suite pendant des années. La seule chose qu’elles avaient en commun était une certaine sensualité, insoupçonnable, par la façon de se vêtir ou de parler.

A ce que je vois, c’est qu’il ne serait pas rare que quelqu’un pense, pendant que je signale que je grandis en des temps de dictature, que je lui suis reconnaissant, que je lui dois mon éducation et, peu s’en faut, la vie, et que par conséquent, je devrais lui témoigner quelque reconnaissance. Bien sûr que la réponse est non. Comme disait Borges – si souvent aveugle, mais non moins si souvent brillant – une personne naît où elle peut. A moi me revint de naître à un moment historique où la politique – ou, pour mieux dire, son antithèse: la barbarie – s’infiltrait par les fentes des portes et des fenêtres, jusqu’à détruire des familles entières. Une de celles-là fut, bien sûr, ma famille. Mais je ne vais pas entrer dans ceci maintenant.

Je ne peux éviter de rappeler cette nuit noire «la prison de Liberté», là en Uruguay. Avant, j’avais connu des dépôts moindres à l’occasion de visites que ma famille rendait à mon grand-père, Ursino Albernaz, le vieux rebelle, le révolutionnaire, le mouton noir d’une famille de paysans conservateurs. Mon grand-père avait été renié par sa première famille; il lui restait celle que lui-même avait construite et, sans le vouloir, détruite aussi. Il fut torturé par plusieurs «petits soldats de la patrie». Je passerai sous silence le nom de voisins, quoiqu’ils vivent encore et que je n’aie de preuves que la confession de mes êtres chéris, maintenant tous décédés; je dirai seulement que le célèbre “Nino” Govazzo fut d’entre ses lâches inquisiteurs. Quoique l’adjectif «lâche» est une redondance historique, car les dictatures ne soulignent aucun acte héroïque, ni de ses soldats et encore moins de ses généraux. Ni même ne purent en inventer; non seulement parce qu’elles manquaient d’imagination, mais parce que ni eux-mêmes ne se croyaient lorsqu’ils s’accrochaient des étoiles et des médailles à leurs uniformes, une après l’autre, jusqu’à se couvrir toute la poitrine de ferraille qu’ils portaient orgueilleusement dans les fêtes sociales. Il ne reste que le souvenir de la permanente et obsessive propagande détaillant les horreurs d’autrui. Ou les démonstrations d’amour des religieux partisans de Pinochet qui, dans les années 90’, défilaient avec les portraits des disparus sous le régime et montrant une légende qui disait : “Grâce à Dieu, ils sont morts”. (Récemment était ici à l’Université de Géorgie le célèbre Frederic Jameson qui, avec son habituel clin d’œil provocateur, rappela les coutumes narratives des empires, le plaisir du succès et de la torture : l’épique appartient aux vainqueurs pendant que le romantisme est le propre des perdants. Cependant, c’est ce dernier qui demeure. En Amérique Latine, il n’y eut même jamais une épique des vainqueurs. Qui peut imaginer un écrivain, si petit soit-il, repêchant quelque chose des misérables succès de nos Attila?)

De ces courses en enfer, mon grand-père en sortit avec une rotule claquée et quelques coups qui ne furent pas si démoralisateurs comme ceux dont dû souffrir son fils cadet, Caito, mort avant de voir la fin de ce qu’il appelait «les temps obscurs». Au début des années 70’, ils montèrent tous les deux au plus grand espace symbolique de la dictature : ils furent envoyés à la prison de Liberté.

Je me souviens de la prison de la Liberté à partir d’infinis points de vue. Pour nous les enfants qui allions là, le long voyage était une promenade, quoique nous devions toujours nous lever tôt pour ensuite attendre sur le côté d’une route, par nuits froides et pluvieuses. Attendre, toujours attendre sur la route, dans les terminaux d’omnibus, aux interminables postes de sécurité, dans les couloirs et les salles de tripotage. Enfants, nous ne pouvions imaginer que tout ce processus, en plus d’être épuisant, était humiliant. Cela nous sauvait l’innocence, ou la presque innocence, parce que je sus toujours ce que signifiait cela: c’était quelque chose dont nous ne pouvions parler. Des années plus tard, un de mes personnages nomma cette génération: “la génération du silence”, et je crois qu’il donna ses raisons, en plus de cela. Ce «silence» signifiait, pour moi, qu’il existait une contradiction tragique entre le discours officiel et ma propre vie. Dans l’humble école de Tacuarembó dans laquelle j’étais, cette école qui laissait dégoutter sur nos cahiers les jours de pluie, on nous parlait de la justice et de l’ordre pacifique qui régnaient sur le pays grâce aux Soldats de la Patrie. Des années plus tard, à l’école secondaire, on nous répétait encore que nous vivions en démocratie. Pendant que nous devions écouter et répéter tout cela sur la place publique, pendant les étés, dans une cuisine rurale de Colonie, rarement illuminée par une lanterne de mantille, j’écoutais les histoires de personnes inconnues au sujet d’hommes et de femmes jetés à partir d’avions dans le Rio de la Plata, un art de la dictature argentine. Quinze années plus tard, ce seraient ces mêmes confessions, de la part de l’ex-capitaine de navires Adolfo Scilingo, qui scandaliseraient le monde. Cela se passait en 1995, selon mes souvenirs; je lus cette nouvelle dans quelque pays d’Europe – par l’architecture ce pourrait être Prague -, ce qui me donna une idée de la suspecte innocence du monde et d’une bonne partie de notre société. Suite à Scilingo ou Tilingo (*), je me ravisai argumentant que tout cela avait été un «roman».

Si je libère ma mémoire à partir du premier «check point» qui a précédé l’entrée à la monstrueuse prison de Liberté, tout de suite me vient à la conscience des militaires de toutes parts portant des bottes noires, des femmes chargées de bourses, des enfants se plaignant du passage rapide de leurs mères, des malédictions en secret, des invocations à Dieu. Par la suite, un salon ressemblant à une station de train, gris, de tous côtés. Le ciel aussi gris et le plancher humide marqué par les bottes qui allaient et venaient. Un militaire à moustaches taillées et remplissant des formulaires et autorisant les gens à passer. Je ne sais pas pourquoi, il ressemblait à un Videla aux yeux clairs, aux lèvres serrées et à voix de commandement. Par la suite, une petite salle où d’autres militaires tâtaient les visiteurs. Puis, un chemin d’asphalte conduisant à un autre édifice. Une pièce sans fenêtre. Un portrait de José Artigas vêtu en lancier militaire. Plus tu attends, plus tu as envie d’aller aux toilettes et de ne pas pouvoir y aller. Une belle enfant qui me sourit parmi tout ce dégoût. Ses cheveux roux brillaient dans la pénombre de la petite salle. Mais, en ce qui me concerne, ce qui m’avait impressionné, c’était son regard, innocent (cela me revient maintenant), rempli de tendresse. Quelque chose d’improbable dans cet enfer.

A un certain moment, mon grand-père se leva et alla au téléphone parler à son fils. Une épaisse vitre les séparait. Ce même soir, ou bien un autre semblable, il lui avoua qu’il avait été là, en prison, où il s’était convertit en ce pour lequel il avait été emprisonné. Quelque temps plus tard, il me répéta aussi la même conviction : s’il était tombé injustement, maintenant, du moins, il avait une justification qui rendait toutes ses années de jeunesse plus supportables. Maintenant il avait une cause, une raison, quelque chose pour laquelle se sentir fier et racheté.

Par la suite les enfants continuèrent par une autre porte et sortirent dans une cour tendrement équipée de jeux d’enfants. L’oncle était là avec sa grosse moustache et son éternel sourire. Sa calvitie naissante et ses questions infantiles : “Comment ça va à l’école ?”. A mon côté, je me souviens de mon frère regardant d’une façon absorbée mon oncle et mon cousin plus âgé. M., s’éjectant d’un toboggan. Caíto l’attrapait, le remontait de nouveau et, à travers les cris de joie de M., en venait à lui demander : “Comment vont les papas?” “Alors, as-tu une fiancée?”

Mais nous, nous n’étions pas là pour cela. Je me rapprochai de l’oncle et lui dis, à voix très basse, afin que le gardien qui marchait par-là n’entende pas le message que j’avais pour lui. Il devint sérieux.

Par la suite, je me souviens de lui de l’autre côté d’une clôture barbelée, marchant en file indienne avec les autres prisonniers. J’avais envie de pleurer mais me contins. Mon cousin cria son nom et il fit comme s’il se touchait la nuque en bougeant les doigts. Je le vis s’éloigner, la tête inclinée vers le sol. L’oncle avait été torturé avec différentes techniques : ils l’avaient submergé plusieurs fois dans un ruisseau, traîné dans un champ couvert d’épines. Plus tard je sus que lorsqu’ils lui apportèrent son épouse elle se tira une balle dans le cœur. Mon frère et moi, ce jour de 1973 ou 1974, étions dans ce camp de Tacuarembó, jouant dans la cour près de la route. Lorsque nous entendîmes le coup de feu, nous allâmes voir ce qui arrivait. La tante Marta, que je connaissais à peine, était étendue sur un lit et une tache couvrait sa poitrine. Par la suite entrèrent des personnes que je ne pus reconnaître à une aussi grande distance et nous obligèrent à sortir. Mon frère aîné avait six ans et commença à se demander : “Pourquoi naissons-nous si nous devons mourir?” La maman, la grand-mère Joaquina, qui était une inébranlable chrétienne, celle que je ne vis jamais dans aucune église, dit que la mort n’est pas quelque chose de définitif mais seulement un passage pour le ciel. Excepté pour ceux qui s’enlèvent la vie

–Alors, la tante Marta n’ira pas au ciel?

–Peut-être que non – répondait ma grand-mère –, quoique cela personne ne le sait.

Il plaisait à un employé de mon père, de jouer avec les rimes, qu’il répétait chaque fois utilisant une seule voyelle :

Estaba la calavera

Sentada en un butaca

Y vino la muerte y le preguntó

Por qué estaba tan flaca? (**)

Lorsqu’elle arriva ici, son visage déformé par tant de «a» me rappelait la mort. La tante Marta était froide et morte. Plus tard j’eus un rêve qui se répéta souvent. Je gisais immobile mais conscient dans un sous-sol rempli de déchets. Quelqu’un, avec la voix de ma grand-mère disait : “Laisse-le, il est mort”. Alors, il était doublement abandonné : par moi-même et par les autres. Ce rêve, comme certains autres – quoique les critiques littéraires se plaisent à répéter que les rêves n’ont d’importance qu’à ceux qui les rêvent – sont transcrits, presque littéralement, dans mon premier roman. Mon frère et moi nous sûmes, par déduction secrète, pourquoi elle l’avait fait. Quoique maintenant je pense que personne ne peut culpabiliser personne d’un suicide sinon celui qui presse la gâchette ou qui se pend à un arbre. Ni même un dictateur. Laisser pour son propre suicide des lettres rendant responsable quelqu’un qui n’est pas présent à ce moment est de compléter la lâcheté de l’acte suprême d’évasion – et une preuve posthume de la manipulation des émotions d’autrui que la mort exerça ou voulut exercer de son vivant. Dans le cas de la tante Marta, ce ne fut pas un acte politique; elle fut seulement victime de la politique et de ses propres faiblesses.

L’oncle Caíto mourut peu de temps après être sortit de prison, en 1983, presque dix années plus tard, lorsqu’il avait 39 ans. Il était malade du cœur. Il mourut pour cette raison ou d’un inexplicable accident de moto, sur un chemin de terre, au milieu de la campagne.

Jorge Majfud

Université de Géorgie

Février 2006

(*) “bête”

(**) Était la tête de mort

Assise sur un fauteuil

Et vint la mort et lui demanda

Pourquoi était-elle si maigre?

Traduit de l’Espagnol par : Pierre Trottier, mai 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

Pierre Trottier

Notice biographique

(Montréal, le 21 mars 1925) Poète et essayiste, Pierre Trottier fait des études classiques au Collège Sainte-Marie et Jean-de-Brébeuf où il obtient un baccalauréat en 1942. Il détient également une licence en droit de l’Université de Montréal. Il travaille ensuite comme chef de service à la Chambre de commerce du district de Montréal de 1946 à 1949, puis au ministère des Affaires extérieures du Canada. Il occupe divers postes diplomatiques à Moscou, à Djakarta, à Londres et à Paris, avant d’être nommé ambassadeur du Canada au Pérou de 1973 à 1976, puis ambassadeur auprès de l’Unesco en 1979. Il est également membre du Conseil de rédaction de la revue Liberté et il collabore à Cité libre. Pierre Trottier a reçu le Prix David pour Les Belles au bois dormant en 1960 et le Prix de la société des gens de lettres pour Le Retour d’Oedipe en 1964. Il est membre de la Société royale du Canada depuis 1978 et de l’Union des écrivaines et des écrivains québécois.

Pierre Trottier

Nota biográfica

Pierre Trottier nació en Montreal, el 21 de marzo de 1925. Poeta y ensayista, realizó estudios clásicos en el Collège Sainte-Marie et Jean-de-Brébeuf donde obtuvo su bachillerato en 1942. Licenciado en derecho por la Universidad de Montreal, trabajó más tarde como jefe de servicio en la Cámara de Comercio del distrito de Montreal desde 1946 hasta 1949 y en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Canadá. Ocupó diferentes cargos diplomáticos en Moscú, Yakarta, Londres y París, antes de ser designado embajador de Canadá en Perú desde 1973 hasta 1976. Fue embajador agregado en la UNESCO en 1979. Actualmente, es además miembro del Consejo de redacción de Liberté y colaborador habitual de Cité Libre.

Nuestro egoísmo latinoamericano

Nuestro viejo egoísmo latinoamericano

Estoy leyendo los titulares de las primeras planas de los diarios de Buenos Aires donde, no sin orgullo, se destaca el gran crecimiento que ha registrado el turismo, colocando esta actividad en el cuarto lugar de los rubros de ingreso al país con 3.000 millones de dólares (y confirmando el elevado incremento del PBI cerca del 9 por ciento del año anterior). Esta misma semana había leído otros informes en la prensa uruguaya que referían el dramático descenso del turismo en esta temporada (un 60 por ciento), coincidiendo con los cortes de puentes de entradas al país por grupos argentinos que se autodenominan “ecologistas” y con la venia del gobernador Busti, de Entre Ríos, los cuales llevan un mes impidiendo o complicando la entrada de turistas al país vecino. Las contradicciones entre este discurso ecologista y las realidades de nuestros países ya las hemos anotado en otro ensayo. Ya todos saben que la tecnología de estas nuevas plantas de celulosa contamina varias veces menos que las que están en suelo argentino; y nadie pide el cierre de esas plantas porque eso provocaría el despido de cientos de obreros. Podríamos agregar que el sólo movimiento de turistas es altamente contaminante, si consideramos los millones de galones de petróleo que se necesitan para movilizar a millones de personas sin una necesidad de sobrevivencia, como sí la tienen los obreros de la construcción, por ejemplo. Razón por la cual siempre me ha provocado una sonrisa irónica (sino cínica) cada vez que escucho que el turismo es “la industria sin chimeneas”. Pero no vamos a levantar la perdiz ahora. Sólo digamos que se acepta sin escándalo y con orgullo los movimientos ecologistas que mantienen a los pobres sumergidos en el hambre pero se festeja en titulares la contaminación de los ricos que se divierten en el verano austral.

No creo que por estas observaciones se me pueda acusar de tener una predisposición contra el pueblo argentino o una inclinación a favor de un estrecho nacionalismo uruguayo. De hecho tener una predisposición contra cualquier pueblo del mundo sería un absurdo. Segundo porque admiro la cultura argentina. Tercero porque me unen sueños y tragedias con ese pueblo hermano (hermano como pocos). Cuarto porque quienes me conocen saben que cada vez que hay una reunión internacional me toca a mí siempre hacer de abogado del diablo, defendiendo a los argentinos en su fama de arrogancia. Muchas veces he usado el argumento de que si ellos pecan de arrogancia el resto pecamos de lo contrario. Quinto, porque, como ya lo he expuesto más de una vez, me enferman los nacionalismos, empezando por el mío propio. No es éste el punto.

Lo que ahora me interesa es señalar, brevemente, la “actitud latinoamericana” que continuamos arrastrando desde los equívocamente llamados tiempos de las independencias.

A finales del siglo XIX el cubano José Martí y después el uruguayo José Enrique Rodó, respondiendo a la propuesta de Domingo F. Sarmiento de copiar (linealmente) la cultura norteamericana e importar razas europeas, más aptas para la civilización y la prosperidad, revindicaron el viejo sueño americanista de la unión de todos los pueblos (equívocamente) llamados “latinos”. En esta utopía, que aún hoy procuramos rescatar del basurero de la historia, se sucedieron largas historias de frustraciones. En su más famoso libro, José Vasconcellos (La raza cósmica, 1925), con más buenas intenciones que rigor intelectual, quiso revindicar a los oprimidos por el racismo (de Sarmiento, entre otros) con un racismo de signo inverso: al igual que el portorriqueño Eugenio María de Hostos lo hiciera en el siglo anterior, esta reivindicación del mestizo repetía la misma estructura de opresión de una raza sobre otras, enmascarada en un aparente universalismo y una evidente “superioridad” del mestizo, hasta ahora objeto de opresión. En este sentido, como muy bien lo expuso el educador brasileño Paulo Freire (Pedagogía del oprimido, Montevideo 1971) y mucho antes lo había formulado el peruano Manuel González Prada (“Nuestros indios”, Lima 1904), el oprimido apenas sale de su condición de oprimido se convierte en el peor opresor, porque esa es la única forma de ser social que conoce. De ahí que muchas veces las Revoluciones, con mayúscula, han terminado por reproducir las viejas estructuras conservadoras, con la ilusión visual de “algo diferente”. De ahí que la idea de “liberación” haya sido un sueño largamente soñado por nuestro continente (afectado tantas veces, desde las brutales épocas de la Conquista, de “realismo mágico”). El oprimido, cuando no se ha “liberado” de verdad, simplemente reproduce la estructura que pretende destruir. Un ejemplo simple lo podemos verificar en los discursos de Eva Duarte de Perón. Su impulso revolucionario de mujer oprimida, por su clase social y por su sexo, no era despreciable. A un mismo tiempo admirable y decepcionante, Evita pretendió cambiar una cabeza opresora (la oligarquía) por otra aparentemente diferente pero igualmente elitista y opresora (la elite peronista, cuando no el mismo hombre llamado Perón). Según Evita, una verdad era verdad “primero porque lo dice Perón y luego porque, efectivamente, es verdad”. El caciquismo era reproducido por la esclava con estas palabras redentoras: “Y cuando de mis recursos no queda ya ninguno, entonces acudimos al supremos recurso que es la plenipotencia de Perón, en cuyas manos toda esperanza se convierte en realidad, aunque sea una esperanza ya desesperada”. ¿Y el pueblo qué? ¿No es esta concepción del poder semejante a la de otro caudillo grabado en las monedas de cinco francos que decía “Caudillo de España por la gracia de Dios”? En este sentido, funciona la misma dinámica psico-social de siempre, según Frederic Jameson: la idea de que existen dos partidos en eterna pugna nos hace pensar que un cambio es posible, si uno de los dos gana. No obstante, esta dinámica ilusoria sólo lleva a reproducir un orden mediante una confrontación virtual. Y si no, observemos la política estadounidense o los aparentes cambios en América latina: quizás lo más importante sea el elemento simbólico (que no es poco), como puede ser el hecho de que en Brasil llegue un obrero al poder (mejor dicho, a la presidencia) o en Bolivia un representante de una etnia oprimida y marginada por siglos suba a la cúspide simbólica, o en Chile asuma una mujer como presidenta. Los cambios son importantes, pero muchas veces se los sobredimensiona para ocultar el verdadero resultado, que es la continuidad. La fuerza del símbolo esconde las continuidades de las estructuras sociales y de la violencia económica y moral. Claro que en el mejor de los casos debemos agradecer los pequeños pasos, que siempre son mejores que no caminar o retroceder. Pero, en definitiva, las verdaderas revoluciones modernas han surgido siempre desde abajo y nunca desde arriba. Llegar a la presidencia de un país no es asumir el poder en una sociedad tradicional. No nos engañemos: los cambios vienen de otro lado, vienen de “abajo”.

Otra característica negativa de nuestro continente, además de la verticalidad, las diferencias sociales y el caciquismo, ha sido siempre la desunión. Apenas nacido Chile como país independiente, el venezolano Andrés Bello proclamaba su optimismo: la vieja unión latina sería posible; los egoísmos eran apenas un hecho circunstancial. El brillante rector de la Universidad de Santiago fustigó a aquellos que veían en la herencia social de la colonia el mayor obstáculo para lograr la justicia, el progreso y una unión que parecía “inevitable”, dadas nuestras raíces históricas y factores tan gravitantes como un idioma en común. Lamentablemente se equivocó, como si la queja desesperanzada de Simón Bolívar ante su Patria Grande hecha añicos se hubiese convertido en maldición: “nunca seremos dichosos, nunca”. Este mismo sentimiento de derrota y desilusión también debieron experimentar (recurada Eduardo Galeano) José Artigas y San Martín. Todo lo contrario a Washington, Jefferson y Madison, según lo veía el ecuatoriano Juan Montalvo en 1882: “ Bolívar fundó asimismo una gran nación, pero menos feliz que su hermano primogénito, la vio desmoronarse […] Los sucesores de Washington, grandes ciudadanos, filósofos y políticos, jamás pensaron en despedazar el manto sagrado de su madre […] Los compañeros de Bolívar todos acometieron a degollar a la real Colombia y tomar para si la mayor presa posible, locos de ambición y tiranía”. Claro que de aquellos “filósofos gobernantes” ya no queda ni la mueca.

Cien años después, otro optimista visceral, el mexicano José Vasconcellos, repetía la misma observación negativa. En un tono arielista, quiso oponer (no sin buenas razones) la cultura latina a la cultura anglosajona (aunque confundió “cultura” con “raza”) y observó nuestra mayor debilidad: si la mayor fuerza norteamericana surgía de su estratégica unión (dejemos de lado ahora las graves segregaciones raciales), América Latina había procedido de forma contraria: una progresiva y nunca superada desunión, endémica división por razones egoístas. “[Los Estados Unidos] no sólo nos derrotaron en el combate —se lamentaba Vasconcellos—, ideológicamente también nos siguen venciendo. Se perdió la mayor de las batallas el día en que cada una de las repúblicas ibéricas se lanzó a ser vida propia, vida desligada de sus hermanos […] sin atender a los intereses comunes de la raza. Los creadores de nuestro nacionalismo fueron, sin saberlo, los mejores aliados del sajón, nuestro rival en la posesión del continente. El despliegue de nuestras veinte banderas de la Unión Panamericana de Washington deberíamos verlo como una burla de enemigos hábiles. Sin embargo, nos ufanamos, cada uno, de nuestro humilde trapo […] y ni siquiera nos ruboriza el hecho de nuestra discordia delante de la fuerte unión norteamericana. […] Nos mantenemos celosamente independientes, respecto de nosotros mismos; pero de una o de otra manera nos sometemos o nos aliamos con la Unión sajona”. Y más adelante actualiza su visión estratégica: “Es claro que el corazón sólo se conforma con un internacionalismo cabal; pero en las actuales circunstancias del mundo el internacionalismo solo serviría para acabar de consumar el triunfo de las naciones más fuertes; serviría exclusivamente a los fines del inglés”.

A pesar de los “alentadores” números registrados en los PBIs de varios países latinoamericanos en los últimos tres años, no vemos que de forma simultánea se proyecten planes de colaboración e integración continental, excepto cuando hay un discurso personalista detrás. Sólo vemos repetirse, con tristeza, otros dos antiguos males de América Latina, según el ya mencionado José Vasconcellos: uno, el cesarismo (el caudillismo); otro el “lastre ciceronaiano” (la retórica, el palabrerío). Creamos el Mercosur en tiempos desfavorables y lo ignoramos cuando el dolor de muelas aflojó un poco. Lo mismo hacemos con los discursos y las retóricas autocomplacientes. Siempre que leo los diarios financieros tengo la impresión de que si cualquiera de nuestros países tuviese el mismo PBI que Estados Unidos también nosotros seríamos naciones imperialistas. (¿Y qué sería China con la misma capacidad económica y militar? China, ese gran dragón que Napoleón evitó despertar; ese país mágico que ha logrado conjugar efectivamente todos los males del capitalismo con todos los males del comunismo).

Claro, al principio seríamos imperialistas antiimperialistas. Esta observación me desanima; no sólo porque con ella se pierde todo el romanticismo latinoamericano, sino que es una consciencia pesimista, incluso cínica, sobre el ser humano. No obstante, pese a todo, quisiera mantener mi esperanza en que los humanos no somos más miserables que sujetos de admiración. Si no es verdad al menos ayuda a vivir y seguir luchando por un mundo mejor. Pero ¿cómo luchar por un mundo mejor con una conciencia ingenua o con otra consciencia cínica? La respuesta será extender el crédito de confianza en nosotros mismos, en el pueblo latinoamericano —a riesgo de aplazar eternamente la liberación de nuestro propio discurso de egoístas campeones de la moral.

© Jorge Majfud

The University of Georgia, marzo 2006

Dios, liberales y conservadores

Dios, entre liberales y conservadores

 

En Estados Unidos es casi unánime la idea de que los conservadores son gente religiosa y compasiva, mientras que los liberales son progresistas, están siempre a favor de los cambios y de la socialización de la compasión. Si en América Latina un liberal es un indigno servidor del imperio americano, en Estados Unidos es un estúpido izquierdista, en ocasiones algo menos que un traidor a la nación bendecida por Dios.

Pero éstas no son sólo definiciones populares; los discursos moralizantes siempre van acompañados con algún tipo de práctica que los confirman o los contradicen. Por ejemplo, no pocos compasivos conservadores angloamericanos son aficionados a las armas. Con frecuencia son los mismos que se escandalizan del horrible espectáculo que dan los españoles torturando y matando a un toro por placer, mientras su deporte favorito es salir a matar ciervos, pájaros y todo bicho que se mueva, no por compasión sino como civilizada diversión. Hay excepciones: algunos millonarios salen a matar animales para alimentarse, lo cual es un argumento respetable, propio de un alma compasiva. O es un problema de tamaños o simplemente es la vieja historia: los salvajes son los otros, no nosotros. Los mapas de la Europa medieval nombraban a África con el nombre “Barbaria”; para los antiguos griegos y romanos, en cambio, los bárbaros eran los rubios del norte, de la periferia del imperio, and so on.

La última tendencia indica que para ser considerado un buen liberal —si los hay, porque esta calificación ya se usa como insulto— hay que tener al menos valores y principios conservadores. Esta simplificación es producto de la escolarización realizada por los medios de desinformación, especialmente por las radios, donde se opera una paradoja histórica muy común en otros países: los antiguos liberales republicanos son ahora los más radicales (y a veces enfurecidos) conservadores.

Como ya vimos, después del término “conservador” el adjetivo asociado por la repetición del discurso social es el de “compasivo”, lo cual indica una eterna sospecha de que un conservador no es un ser compasivo. Algo así como decir “religión tolerante” o “socialista democrático”. Si es socialista debería ser democrático, pero como la historia del siglo XX ha demostrado una tendencia opuesta, se une el adjetivo como una forma de aclaración, de advertencia inconsciente. Lo curioso, lo paradójico, es que si hay un calificativo o una condición difícil de acoplar a la categoría de “conservador” es la de “ecologista”. En resumen, según los más radicales, la compasión conservadora cosiste en que la limosna que reciben los necesitados sea recibida de la propia mano del donante, en ocasiones a través de una iglesia (de paso Dios se entera) pero nunca a través de un sistema abstracto, impersonal como el Estado. Para que esta lógica funcione, claro, no deberían existir los impuestos —no por casualidad en Estados Unidos las donaciones caritativas se descuentan de los impuestos. Es como matar dos pájaros de un tiro, aunque el santo desconfíe.

La genial idea económica que domina el pensamiento conservador de los últimos cuarenta años es la siguiente: si las clases altas se enriquecen más de lo que ya son, esta riqueza desbordará hacia las clases bajas. El éxito no hay que castigarlo, por lo tanto cuanto más rica una persona menos impuestos debería pagar. Una vez un elocuente arengador radial dijo que los negros pobres de Estados Unidos poseían más riquezas que los negros de las clases medias de África, por lo cual cada negro debía de sentirse privilegiado por haber nacido en este suelo y no en la tierra de sus antepasados. Faltaba que cada afroamericano se lo agradeciera también a aquellos que sirvieron de agentes de inmigración para los asuntos africanos en el siglo XIX. Estas observaciones revelan una mentalidad irreversiblemente materialista; ignora que la violencia moral no se mide en dólares sino en relaciones sociales (lo que puede ser una bendición en un contexto, en otro es una humillación). Esta idea, la idea de las clases bajas recibiendo los beneficios que desbordan de las clases altas, aparentemente dista mucho de ser compasiva, propia de una moral religiosa donde todos somos “hijos de Dios”. El principio universalista y democrático de Jesús queda anulado, pero es anulado por otra idea religiosa mucho más antigua: Dios ha querido que haya “grupos elegidos”. No obstante, la idea de que la riqueza cuando se acumula en exceso desborda naturalmente, asume que el ser humano tiene un límite en sus ambiciones. Idea que ha sido refutada históricamente por la práctica, con casos honrosos. Casos honrosos que son repetidamente puestos como ejemplos sin considerar que son ejemplos por significar una excepción a la regla y no la regla en sí misma.

Pero el punto que me interesa ahora es el primero. ¿Qué relación lógica, necesaria o, al menos, histórica existe entre ser conservador y ser un espíritu religioso? No vamos a refutar la inocente idea de que para ser religioso hay que ir a la iglesia. Bastaría con que una sola persona se declare profundamente religiosa y anticlerical, religiosa y antidogmática, religiosa e indiferente ante todo tipo de ritual o demostración pública para anular esta condición necesaria. ¿Quién podría negarme el hecho de autodefinirme religioso sin religión? Por un lado, podríamos pensar que está en la tradición religiosa la idea (aunque de origen griego) de que “todo pasado fue mejor” y, por lo tanto, cualquier cambio nos corrompe cada vez más. Por el contrario, la “esencia” del progresismo (pilar central de la antigua Modernidad) es, precisamente, que la historia evoluciona para bien: “todo futuro puede ser mejor”.

Ahora, el consenso de que para ser una persona profundamente religiosa debe ser al mismo tiempo conservadora se choca de cabezas con la historia. No conozco un solo líder religioso que haya sido conservador, aunque sin duda eso se debe a mi vasta ignorancia. Tal vez mi conocimiento se limita sólo a los más grandes revolucionarios: Moisés, Buda, Jesús, Mahoma, etc. Incluso Martin Lutero. ¿Qué no fue el padre de los conservadores sino un revolucionario? No por casualidad su reforma se llamó “protestante”, aunque bastaría con decir que fue una reforma. Un teólogo podrá decir que una parte de su reforma ponía el acento en un regreso a los antiguos testamentos, pero aún en ese punto, “regreso” significó una profunda confrontación a siglos de autoridad de la iglesia a la cual pertenecía el mismo Lutero. Y si bien fue políticamente conservador en algunos momentos de la lucha de los campesinos, no es menos cierto que sus reformas terminaron por liquidar el orden medieval de organización social, además de negarles al Papa y a su Iglesia la autoridad de interpretar los textos sagrados. Su reforma fue un arriesgado acto de desobediencia y una revolución en las estructuras sociales de su época.

Aún menos en Jesús podemos descubrir algo que pueda ser calificado de conservador. Por el contrario, abundan los ejemplos de su desinterés por el dogma y las convenciones sociales y religiosas de su época. No me imagino al hijo del carpintero saliendo de caza con un grupo de ostentosos fariseos o recriminándole a la viuda por su miserable moneda. Más que desinterés por el poder y el protocolo: sosegado desprecio. Bastaría con recordar cada uno de sus cuestionamientos a la ley, al orden establecido por su propia religión y por la estructura política del Imperio: no se enfrentó al poder político tirando bombas o promoviendo guerras sino negando su valor en la vida humana, es decir, dejando de reconocer la autoridad, desobedeciendo. La idea de dar al César lo que era del César es un desprecio y no una claudicación. Cuando salvó a la mujer adúltera de una muerte segura que imponía la ley de Moisés, lo hizo anulando esta misma ley; no declarando que la ley debía ser ignorada, quebrantada, sino procediendo con un razonamiento muy simple e implacable: “el que esté libre de culpa que tire la primera piedra”. Si la ley permanecía vigente, ya no podía haber un juez sobre la tierra que la aplicara. Que es lo mismo que su anulación. Claro que si Jesús hubiese hecho la misma pregunta en nuestros orgullosos tiempos más de un pecador hubiese arrojado no una piedra sino una maravilla de la ciencia. ¿Qué no diría Cristo de aquellos cristianos compasivos que defienden con ardor y serenidad la pena de muerte? No estaría de más recordarle a aquellos puritanos que se golpean el pecho por su alta moral, que no sólo el orgullo es el peor de los pecados, profusamente mencionado en sus libros sagrados (y en los mismos escritos luteranos), sino que el mismo Jesús, cuando fue abandonado y negado por alguno de sus discípulos, fue seguido y llorado en soledad por una prostituta, María Magdalena (aunque los teólogos de batalla han hecho inhumanos esfuerzos por demostrar que Magdalena no era prostituta). Olvidan también que la doctrina calvinista de la riqueza material como signo de ser uno de los elegidos por Dios, se derrumba ante una sola frase de Jesús: “Más fácil será que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al Reino de los Cielos”. Hay que ver a Jesús, el hijo de un pobre carpintero que nunca realizó su sueño americano (o romano) porque tampoco le interesaba, cambiando su burro por un Suburban Utility Vehicle o por los confortables primera clase de los aviones que usa el Papa. O la subversiva costumbre de Jesús de rodearse de pobres y enfermos, gente de una unánime clase baja, viudas y quién sabe qué otros marginados que fueron borrados de la memoria de la humanidad trescientos años después, en el Concilio de Nicea, cuando se eliminaron decenas de evangelios que inmediatamente pasaron a ser declarados “apócrifos”. O su único momento de furia, expulsando a los mercaderes del templo, tan bien representados hoy en día por las obscenas alianzas “morales” entre políticos, firmas financieras, petroleras e iglesias. (*)

La expresión “God bless America” (Dios bendiga América) ha sido, en ocasiones, parafraseada y contestada por otros americanos que prefieren decir: “God bless America and every country in the world” (Dios bendiga a todos los países del mundo). Paradójicamente, estos “liberales” han sido acusados de traidores. Paradójicamente estas acusaciones han venido de sectores conservadores, es decir, de aquellos que profesan la religión del Amor universal de Dios.

Claro que la condición de liberal o de conservador nada tiene que ver con el valor moral de cada individuo. La mentira y la estupidez no es propiedad de ninguno. Pero hay momentos en la historia en que uno de los bandos acumula todo el poder, la soberbia, la mentira propia y estupidez ajena.  La costumbre entre los más poderosos es negar acciones inmorales o tomar total responsabilidad por sus errores. En ambos casos las consecuencias son las mismas: ninguna.

 

 

© Jorge Majfud

 

The University of Georgia, febrero 2006

 

 

(*) Mateo 21:12: Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; (21:13) y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.

 

 

 

 

Dieu, entre libéraux et conservateurs

Par Jorge Majfud

 

Aux États-Unis, l’idée est quasi unanime que les conservateurs sont des gens religieux et compassifs, pendant que les libéraux sont progressistes, qu’ils sont toujours en faveur des changements et de la socialisation de la compassion. Si en Amérique Latine un libéral est un indigne serviteur de l’empire américain, aux États-Unis c’est un stupide gauchiste, en certaines occasions un peu moins qu’un traître envers la nation bénie de Dieu.

Mais ces définitions ne sont pas seulement des définitions populaires; les discours moralisateurs sont toujours accompagnés par quelque type de pratiques qui les confirment ou les contredisent. Par exemple, ils ne sont pas peu nombreux les conservateurs compassifs anglo-américains attachés aux armes. Fréquemment, ce sont les mêmes qui se scandalisent de l’horrible spectacle que donnent les Espagnols torturant et tuant un taureau pour le plaisir, tandis que leur sport favori est d’aller tuer des cerfs, des oiseaux et toute bestiole qui bouge, non par compassion mais par divertissement civilisé. Il y a des exceptions : quelques millionnaires sortent tuer des animaux afin de s’alimenter, ce qui est un argument respectable, propre à une âme compassive. Ou c’est un problème de taille ou simplement c’est une vielle histoire : les sauvages, ce sont les autres, et non nous-mêmes. Les cartes de l’Europe médiévale appelaient l’Afrique du nom de “Barbarie”; pour les Grecs antiques et les Romains, les barbares étaient les “rouges” du Nord, de la périphérie de l’empire, and so on.

La dernière tendance indique que pour être considéré un bon libéral – s’il y en a – parce que cette qualification maintenant s’emploie comme une insulte – il faut avoir au moins des valeurs et des principes conservateurs. Cette simplification est le produit de la scolarisation réalisée par les médias de désinformation, spécialement par les radios, où s’opère un paradoxe historique très commun dans d’autres pays : les antiques libéraux républicains sont maintenant les plus radicaux (et souvent les plus furieux) conservateurs.

Comme nous l’avons déjà vu, à la suite du terme “conservateur” l’adjectif associé par la répétition du discours social est celui de compassif, lequel indique un éternel soupçon de ce qu’un conservateur n’est pas un être compassif. Quelque chose comme dire “religion tolérante” ou “socialiste démocrate”. Si c’est socialiste cela devrait être démocratique, mais comme l’histoire a démontré une tendance opposée du XX è siècle, on adjoint l’adjectif comme une forme de mise au point, d’avertissement inconscient. Ce qui est curieux, paradoxal, c’est que s’il y a un qualificatif ou une condition difficile à accoupler à la catégorie de “conservateur” c’est celle “d’écologiste”. En résumé, selon les plus radicaux, la compassion conservatrice consiste en ce que l’aumône que reçoivent les nécessiteux soit reçue de la main propre du donateur, en des occasions à travers une église (en passant, Dieu en prend note). Mais jamais à travers un système abstrait, impersonnel comme celui de l’État. Pour que cette logique fonctionne, bien sûr, les impôts ne devraient pas exister – ce n’est pas par hasard qu’aux États-Unis les impôts sont déductibles. C’est comme abattre deux oiseaux d’un seul tir, quoique le saint se méfie.

La géniale idée économique qui domine la pensée conservatrice des dernières quarante années est la suivante : si les classes hautes s’enrichissent, cette richesse débordera vers les classes basses. On ne devrait pas pénaliser le succès, par conséquent, plus une personne est riche moins elle devrait payer d’impôts. Une fois, un harangueur radial a dit que les noirs pauvres aux États-Unis possédaient plus de richesses que ceux de la classe moyenne d’Afrique, selon lequel chaque noir devrait se sentir privilégié d’être né sur ce sol, en non sur la terre de leurs ancêtres. Il ne manquait que chaque afro-américain ne remerciât ceux qui servirent d’agent d’immigration pour les affaires africaines au XIX è siècle. Ces observations révèlent une mentalité irréversiblement matérialiste; on ignore que la violence morale ne se mesure pas en dollars mais en relations sociales (ce qui peut être une bénédiction dans un contexte est une humiliation dans un autre). Cette idée, l’idée que les classes bases reçoivent les bénéfices qui débordent des classes hautes est apparemment beaucoup éloigné d’être compassif, propre d’une morale religieuse où tous nous sommes “enfants de Dieu”. Le principe universaliste et démocratique de Jésus reste annulé, mais il est annulé par une autre idée religieuse beaucoup plus vieille : Dieu a voulu qu’il y ait des “groupes élus”. Cependant, l’idée que la richesse déborde naturellement lorsqu’elle s’accumule en excès assume que l’être humain possède une limite à ses ambitions. Idée qui a été réfutée historiquement dans la pratique, avec des exceptions honorables. Exceptions qui sont mises en exemples de façon répétée sans considérer qu’elles sont des exceptions et non la règle en elle-même.

Mais le point de vue qui m’intéresse maintenant est le premier. Quelle relation logique, nécessaire ou, à tout le moins, historique existe-t-il entre “être conservateur” et “être un esprit religieux” ? Nous n’allons pas réfuter l’innocente idée que pour être religieux il faille aller à l’église. Il suffirait qu’une seule personne se déclare profondément religieuse et anti-cléricale, religieuse et anti-dogmatique, religieuse et indifférente devant tout type de rituel ou de démonstration publique pour annuler cette condition nécessaire. Qui pourrait me nier le fait de m’auto définir religieux sans religion ? D’un côté, nous pourrions penser que l’idée que “tout passé fut meilleur” est dans la tradition religieuse (quoique d’origine grecque) et, par conséquent, tout changement nous corrompt chaque fois plus. Au contraire, “l’essence” du progressisme (pilier central de l’antique Modernité) est, précisément, que l’histoire évolue pour le bien : “tout futur peut être meilleur”.

Maintenant, le consensus que pour être une personne profondément religieuse doit être en même temps conservatrice entre en contradiction avec l’histoire. Je ne connais pas un seul chef religieux qui ait été conservateur, quoique cela, sans doute, soit dû à ma vaste ignorance. Peut-être ma connaissance se limite-t-elle seulement aux grands révolutionnaires : Moïse, Bouddha, Jésus, Mahomet, etc. Même Martin Luther. Qui ne fut pas le père des conservateurs sinon un révolutionnaire ? Ce n’est pas par hasard que sa réforme s’est appelée “protestante”, quoiqu’il suffirait de dire que ce fut une réforme. Un théologien pourrait dire qu’une partie de sa réforme mettait l’accent sur un retour aux Anciens Testaments, mais encore sur ce point de vue, “retour” signifie une profonde confrontation à des siècles d’autorité de l’église à laquelle appartenait ce même Luther. Et bien qu’il fut politiquement conservateur à certains moments de la lutte des paysans, il n’en est pas moins certain que ses réformes en terminèrent avec l’ordre médiéval d’organisation sociale, en plus de nier au Pape et à son église l’autorité d’interpréter les textes sacrés. Sa réforme fut un acte risqué de désobéissance et une révolution dans les structures sociales de son époque.

Encore moins en ce qui concerne Jésus nous ne pouvons découvrir quelque chose qui puisse être qualifiée de conservatrice. Au contraire, les exemples abondent de son désintérêt pour le dogme et les conventions sociales et religieuses de son époque. Je ne m’imagine pas le fils du charpentier sortant à la chasse avec un groupe de magnifiques pharisiens ou reprochant à la veuve sa misérable pièce de monnaie. Plus que désintérêt pour le pouvoir et le protocole : calme mépris. Il suffirait de rappeler chacun de ses questionnements à la loi, à l’ordre établi par sa propre religion et par la structure politique de l’Empire : il n’affronta pas le pouvoir politique en tirant des bombes ou promouvant des guerres, mais en niant sa valeur à la vie humaine, c’est-à-dire, cessant de reconnaître l’autorité, désobéissant. L’idée de rendre à César ce qui lui revenait est un mépris et non une claudication. Lorsqu’il sauva la femme adultère d’une mort certaine qu’imposait la loi de Moïse, il le fit annulant cette même loi; non en déclarant que la loi devait être ignorée, transgressée, mais procédant avec un raisonnement très simple et implacable : “Que celui qui est libre de toute faute lui lance la première pierre”.

Si la loi demeurait en vigueur, alors il ne pourrait y avoir de juge sur terre qui l’appliquerait. Ce qui est la même chose que son annulation. Bien sûr que si Jésus eut posé la même question en nos orgueilleux temps, plus d’un pécheur eut lancé non une pierre mais une merveille de la science. Que nous dirait le Christ de ces chrétiens compassifs qui défendent avec ardeur et sérénité la peine de mort ? Ce ne serait pas inutile de rappeler à ces puritains qui se frappent la poitrine pour leur haute morale, que non seulement l’orgueil est le pire des péchés profusément mentionné dans les livres sacrés (et dans les écrits luthériens), mais que le même Jésus, lorsqu’il fut abandonné et nié par certains de ses disciples, fut suivi et pleuré en solitude par une prostituée, Marie-Madeleine (quoique les théologiens de bataille ont fait d’inhumains efforts pour démontrer que Marie-Madeleine n’était pas une prostituée). Ils oublient aussi que la doctrine calviniste de la richesse matérielle comme signe d’être un des élus de Dieu, s’écroule devant une seule phrase de Jésus : “Il sera plus facile à un chameau de passer par le chas d’une aiguille qu’à un riche d’entrer dans le Royaume des Cieux”. Il faut voir Jésus, le fils d’un pauvre charpentier, qui jamais ne réalisa son rêve américain (ou romain) parce que cela ne l’intéressait pas de changer son rêve pour une Suburban Utility Vehicule ou pour les confortables premières classes des avions qu’utilise le Pape. Ou la subversive coutume de Jésus de s’entourer de pauvres et de malades, gens d’une unanime classe basse, veuves et qui sait d’autres marginalisés qui furent effacés de la mémoire de l’humanité trois-cent années plus tard, au concile de Nice, lorsqu’on élimina des dizaines d’évangiles qui furent immédiatement déclarés “apocryphes”. Ou son unique moment de colère, expulsant les commerçants du Temple, si bien représentés à ce jour par les obscènes alliances « morales » entre politiciens, entreprises financières, pétrolières et églises. (1)

L’expression “God Bless America” (Dieu Bénisse l’Amérique) a été, en certaines occasions, paraphrasée et contestée par d’autres américains qui préfèrent dire : “God bless america and every country in the world” (Dieu bénisse l’Amérique et tous les pays du monde). Paradoxalement, ces “libéraux” ont été accusés de traîtres. Paradoxalement, ces accusations sont venus des secteurs conservateurs, c’est-à-dire, de ceux qui professent la religion de l’Amour universel de Dieu.

Il est certain que la condition de libéral ou de conservateur n’a rien à voir avec la valeur morale de chaque individu. Le mensonge et la stupidité ne sont l’apanage d’aucun. Mais il y a des moments dans l’histoire dans lesquels une des bande accumule tout le pouvoir, l’orgueil, le mensonge véritable et la stupidité d’autrui. La coutume entre les plus puissants est de nier les actions immorales ou de prendre la totale responsabilité de leurs erreurs. Dans les deux cas les conséquences sont les mêmes : aucune.

 

 

© Jorge Majfud

Université de Géorgie, Février 2006

 

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier

Trois-Rivières, Québec, Canada. Mars 2006

 

(1) Matthieu 21 :12-13 : “ Jésus entra dans le temple de Dieu. Il chassa tous ceux qui vendaient et qui achetaient dans le temple; il renversa les tables des changeurs, et les sièges des vendeurs de pigeons. Et il leur dit : Il est écrit : Ma maison sera appelée une maison de prière. Mais vous en faites une caverne de voleurs”.

 

 

 

On How to Topple an Empire

Jorge Majfud

The University of Georgia

 

 

The same day that Christopher Columbus left the port of Palos, the third of August of 1492, was the deadline for the Jews of Spain to leave their country, Spain.  In the admiral’s mind there were at least two powerful goals, two irrefutable truths: the material riches of Asia and the perfect religion of Europe.  With the former he intended to finance the reconquest of Jerusalem; with the latter he would legitimate the looting.  The word “oro,” Spanish for “gold,” spilled from his pen in the same way the divine and bloody metal spilled from the ships of the conquistadors who followed him.  That same year, the second of January of 1492, Granada had fallen, the last Arab bastion on the Iberian Peninsula.  1492 was also the year of the publication of the first Castilian grammar (the first European grammar in a “vulgar” language).  According to its author, Antonio de Nebrija, language was the “companion to empire.”  Immediately, the new power continued the Reconquest with the Conquest, on the other side of the Atlantic, using the same methods and the same convictions, confirming the globalizing vocation of all empires.

At the center of power there had to be a language, a religion and a race.  Future Spanish nationalism would be built on the foundation of a cleansing of memory.  It is true that eight centuries before Jews and Aryan Visigoths had called for and later helped Muslims replace Roderick and the rest of the Visigoth kings who had fought for the same purification.  But this was not the principal reason for despising the Jews, because it was not memory that was important but forgetting.  The Catholic monarchs and successive divine royalty finished off (or wanted to) the other Spain, multicultural and mestizo Spain, the Spain where several languages were spoken and several religions were practiced and several races mixed.  The Spain that had been the center of culture, the arts and the sciences, in a Europe submerged in backwardness, in the violent superstitions and provincialism of the Middle Ages.  More and more, the Iberian Peninsula began closing its borders to difference.  Moors and Jews had to abandon their country and emigrate to Barbaria (Africa) or to the rest of Europe, where they integrated to peripheral nations that emerged with new economic, social and intellectual restlessness.1  Within the borders were left some illegitimate children, African slaves who go almost unmentioned in the better known version of history but who were necessary for undignified domestic tasks.  The new and successful Spain enclosed itself in a conservative movement (if one will permit me the oxymoron).  The state and religion were strategically united for better control of Spain’s people during a schizophrenic process of purification.  Some dissidents like Bartolomé de las Casas had to face, in public court, those who, like Ginés de Supúlveda, argued that the empire had the right to invade and dominate the new continent because it was written in the Bible (Proverbs 11:29) that “the foolish shall be servant to the wise of heart.”  The others, the subjugated, are such because of their “inferior intellect and inhumane and barbarous customs.”  The speech of the famous and influential theologian, sensible like all official discourse, proclaimed: “[the natives] are barbarous and inhumane peoples, are foreign to civil life and peaceful customs, and it will be just and in keeping with natural law that such peoples submit to the empire of more cultured and humane nations and princes, so that due to their virtues and the prudence of their laws such peoples might throw off their barbarism and reduce themselves to a more humane life and worship of virtue.”  And in another moment: “one must subjugate by force of arms, if by other means is not possible, those who by their natural condition must obey others but refuse to submit.”  At the time one did not recur to words like “democracy” and “freedom” because until the 19th century these remained in Spain attributes of humanist chaos, anarchy and the devil.  But each imperial power in each moment of history plays the same game with different cards.  Some, as one can see, not so different.

Despite an initially favorable reaction from King Carlos V and the New Laws that prohibited enslavement of native Americans (Africans were not considered subject to rights), the empire, through its propertied class, continued enslaving and exterminating those peoples considered “foreign to civil life and peaceful customs” in the name of salvation and humanization.  In order to put an end to the horrible Aztec rituals that periodically sacrificed an innocent victim to their pagan gods, the empire tortured, raped and murdered en masse, in the name of the law and of the one, true God.  According to Bartolomé de las Casas, one of the methods of persuasion was to stretch the savages over a grill and roast them alive.  But it was not only torture – physical and moral – and forced labor that depopulated lands that at one time had been inhabited by thousands of people; weapons of mass destruction were also employed, biological weapons to be more specific.  Smallpox and the flu decimated entire populations unintentionally at times, and according to precise calculation on other occasions.  As the English had discovered to the north, sometimes the delivery of contaminated gifts, like the clothing of infected people, or the dumping of pestilent cadavers, had more devastating effects than heavy artillery.

Now, who defeated one of the greatest empires in history, the Spanish Empire?  Spain.  As a conservative mentality, cutting across all social classes, clung to a belief in its divine destiny, as the “armed hand of God” (according to Menéndez Pelayo), the empire sank into its own past.  The society of empire fractured and the gap separating the rich from the poor grew at the same time that the empire guaranteed the mineral resources (precious metals in this case) allowing it to function.  The poor increased in number and the rich increased the wealth they accumulated in the name of God and country.  The empire had to finance the wars that it maintained beyond its borders and the fiscal deficit grew until it became a monster out of control.  Tax cuts mainly benefited the upper classes, to such an extent that they often were not even required to pay them or were exempted from going to prison for debt or embezzlement.  The state went bankrupt several times.  Nor was the endless flow of mineral resources coming from its colonies, beneficiaries of the enlightenment of the Gospel, sufficient: the government spent more than what it received from these invaded lands, requiring it to turn to the Italian banks.

This is how, when many countries of America (what is now called Latin America) became independent, there was no longer anything left of the empire but its terrible reputation.  Fray Servando Teresa de Mier wrote in 1820 that if Mexico had not yet become independent it was because of the ignorance of the people, who did not yet understand that the Spanish Empire was no longer an empire, but the poorest corner of Europe.  A new empire was consolidating power, the British Empire.  Like previous empires, and like those that would follow, the extension of its language and the dominance of its culture would be common factors.  Another would be publicity: England did not delay in using the chronicles of Bartolomé de las Casas to defame the old empire in the name of a superior morality.  A morality that nonetheless did not preclude the same kind of rape and criminality.  But clearly, what matters most are the good intentions: well-being, peace, freedom, progress – and God, whose omnipresence is demonstrated by His presence in all official discourse.

Racism, discrimination, the closing of borders, messianic religious belief, wars for peace, huge fiscal deficits to finance these wars, and radical conservatism lost the empire.  But all of these sins are summed up in one: arrogance, because this is the one that keeps a world power from seeing all the other ones.  Or it allows them to be seen, but in distorted fashion, as if they were grand virtues.

 

 

©  Jorge Majfud

The University of Georgia

February 2006.

 

Translated by Bruce Campbell

 

(1) It is commonly said that the Renaissance began with the fall of Constantinople and the emigration of Greek intellectuals to Italy, but little or nothing is said of the emigration of knowledge and capital that were forced to abandon Spain.

 

 

 

cómo se derrumba un imperio

Bartolome de las casas

Image via Wikipedia

Lektionen der Geschichte (German)

The Fall of An Empire (English)

De cómo se derrumba un imperio

 

El mismo día que Cristóbal Colón partió del puerto de Palos, el 3 de agosto de 1492, vencía el plazo para que los judíos de España abandonaran su país, España. En la mente del almirante habían al menos dos poderosos objetivos, dos verdades irrefutables: las riquezas materiales de Asia y la religión perfecta de Europa. Con el primero pensaba financiar la reconquista de Jerusalén; con lo segundo debía legitimar el despojo. La palabra “oro” desbordó de su pluma como el divino y sangriento metal desbordó de las barcas de los conquistadores que le siguieron. Ese mismo año, el 2 de enero de 1492, había caído Granada, el último bastión árabe en la península. 1492 también fue el año de la publicación de la primar gramática castellana (la primera europea en lengua “vulgar”). Según su autor, Antonio de Nebrija, la lengua era la “compañera del imperio”. Inmediatamente, la nueva potencia continuó la Reconquista con la Conquista, al otro lado del Atlántico, con los mismos métodos y las mismas convicciones, confirmando la vocación globalizadora de todo imperio. En el centro del poder debía haber una lengua, una religión y una raza. El futuro nacionalismo español se construía así en base a la limpieza de la memoria. Es cierto que ocho siglos atrás judíos y visigodos arrianos habían llamado y luego ayudado a los musulmanes para que reemplazaran a Roderico y los demás reyes visigodos que habían pugnado por la misma purificación. Pero ésta no era la razón principal del desprecio, porque no era la memoria lo que importaba sino el olvido. Los reyes católicos y los sucesivos reyes divinos terminaron (o quisieron terminar) con la otra España, la España mestiza, multicultural, la España donde se hablaban varias lenguas y se practicaban varios cultos y se mezclaban varias razas. La España que había sido el centro de la cultura, de las artes y de las ciencias, en una Europa sumergida en el atraso, en violentas supersticiones y en el provincianismo de la Edad Media. Progresivamente la península fue cerrando sus fronteras a los diferentes. Moros y judíos debieron abandonar su país y emigrar a Barbaria (África) o al resto de Europa, donde se integraron a las naciones periféricas que surgían con nuevas inquietudes sociales, económicas e intelectuales. (1) Dentro de fronteras quedaron algunos hijos ilegítimos, esclavos africanos que casi no se mencionan en la historia más conocida pero que eran necesarios para las indignas tareas domésticas. La nueva y exitosa España se encerró en un movimiento conservador (si se me permite el oximoron). El estado y la religión se unieron estratégicamente para el mejor control de su pueblo en un proceso esquizofrénico de depuración. Algunos disidentes como Bartolomé de las Casas debieron enfrentarse en juicio público ante aquellos que, como Ginés de Sepúlveda, argumentaban que el imperio tenía derecho a intervenir y a dominar el nuevo continente porque estaba escrito en la Biblia (Proverbios 11:29) que “el necio será siervo del sabio de corazón”. Los otros, los sometidos lo son por su “torpeza de entendimiento y costumbres inhumanas y bárbaras”. El discurso del famoso e influyente teólogo, sensato como todo discurso oficial, proclamaba: “[los nativos] son las gentes bárbaras e inhumanas, ajenas a la vida civil y a las costumbres pacíficas, y será siempre justo y conforme al derecho natural que tales gentes se sometan al imperio de príncipe y naciones más cultas y humanas, para que merced a sus virtudes y a la prudencia de sus leyes, depongan la barbarie y se reduzcan a vida más humana y al culto de la virtud”. Y en otro momento: “[se debe] someter con las armas, si por otro camino no es posible, a aquellos que por condición natural deben obedecer a otros y rehusar su imperio”. Por entonces no se recurría a las palabras “democracia” y “libertad” porque hasta el siglo XIX permanecieron en España como atributos del caos humanista, de la anarquía y del demonio. Pero cada poder imperial en cada momento de la historia juega el mismo juego con distintas cartas. Algunas, como se ve, no tan distintas.

A pesar de una primera reacción compasiva del rey Carlos V y de las Leyes Nuevas que prohibían la esclavitud de los nativos americanos (los africanos no entraban como sujetos de derecho), el imperio, a través de sus encomenderos, continuó esclavizando y exterminando estos pueblos “ajenos a la vida pacífica” en nombre de la salvación y la humanización. Para acabar con los horribles rituales aztecas que cada tanto sacrificaban una víctima inocente a sus dioses paganos, el imperio torturó, violó y asesinó en masa, en nombre de la ley y del Dios único, verdadero. Según Fray de las Casas, uno de los métodos de persuasión era extender a los salvajes sobre una parrilla y asarlos vivos. Pero no sólo la tortura —física y moral— y los trabajos forzados desolaron tierras que alguna vez estuvieron habitadas por millares de personas; también se emplearon armas de destrucción masiva, más concretamente armas biológicas. La gripe y la viruela diezmaron poblaciones enteras de forma involuntaria unas veces y mediante un preciso cálculo otras. Como habían descubierto los ingleses al norte, el envío de regalos contaminados unas veces, como ropas de enfermos, o el lanzamiento de cadáveres pestilentes tenía efectos más devastadores que la artillería pesada.

Ahora, ¿quién derrotó a uno de los más grandes imperios de la historia, como lo fue el español? España. Mientras una mentalidad conservadora, que cruzaba todas las clases sociales, se aferraba a la creencia de su destino divino, de “brazo armado de Dios” (según Menéndez Pelayo), el imperio se hundía en su propio pasado. Su sociedad se fracturaba y la brecha que separaba a ricos de pobres aumentaba al mismo tiempo que el imperio se aseguraba los recursos minerales que le permitían funcionar. Los pobres aumentaron en número y los ricos aumentaron en riquezas que acumulaban en nombre de Dios y de la patria. El imperio debía financiar las guerras que mantenía más allá de sus fronteras y el déficit fiscal crecía hasta hacerse un monstruo difícil de dominar. Los recortes de impuestos beneficiaron principalmente a las clases altas, al extremo de que muchas veces ni siquiera estaban obligados a pagarlos o estaban eximidos de ir a prisión por sus deudas y desfalcos. El estado quebró varias veces. Tampoco la inagotable fuente de recursos minerales que procedía de sus colonias, beneficiarias de la iluminación del Evangelio, era suficiente: el gobierno gastaba más de lo que recibía de estas tierras intervenidas, por lo que debía recurrir a los bancos italianos.

De esta forma, cuando muchos países de América (la hoy llamada América Latina) se independizaron, ya no quedaba del imperio más que su terrible fama. Fray Servando Teresa de Mier escribía en 1820 que si México no se había independizado aún era por ignorancia de la gente, que no alcanzaba a entender que el imperio español ya no era un imperio, sino el rincón más pobre de Europa. Un nuevo imperio se consolidaba, el británico. Como los anteriores y como los que vendrán, la extensión de su idioma y el predominio de su cultura será entonces un factor común. Otros serán la publicidad: Inglaterra enseguida echó mano a las crónicas de Fray de las Casas para difamar al viejo imperio en nombre de una moral superior. Moral que no impidió crímenes y violaciones del mismo género. Pero claro, lo que valen son las buenas intenciones: el bien, la paz, la libertad, el progreso —y Dios, cuya omnipresencia se demuestra con Su presencia en todos los discursos.

El racismo, la discriminación, el cierre de fronteras, el mecianismo religioso, las guerras por la paz, los grandes déficits fiscales para financiarlas, el conservadurismo radical perdieron al imperio. Pero todos estos pecados se resumen en uno: la soberbia, porque es ésta la que le impide a una potencia mundial poder ver todos los pecados anteriores. O se los permite ver, pero como si fueran grandes virtudes.

 

 

© Jorge Majfud

The University of Georgia, febrero 2006

 

 

(1)    Comúnmente se dice que el Renacimiento comenzó con la caída de Constantinopla y la emigración de los intelectuales griegos a Italia, pero poco o nada se dice de la emigración de capitales y de conocimientos que fueron forzados a abandonar España.

 

 

 

On How to Topple an Empire

 

Translated by Bruce Campbell

 

 

The same day that Christopher Columbus left the port of Palos, the third of August of 1492, was the deadline for the Jews of Spain to leave their country, Spain.  In the admiral’s mind there were at least two powerful goals, two irrefutable truths: the material riches of Asia and the perfect religion of Europe.  With the former he intended to finance the reconquest of Jerusalem; with the latter he would legitimate the looting.  The word “oro,” Spanish for “gold,” spilled from his pen in the same way the divine and bloody metal spilled from the ships of the conquistadors who followed him.  That same year, the second of January of 1492, Granada had fallen, the last Arab bastion on the Iberian Peninsula.  1492 was also the year of the publication of the first Castilian grammar (the first European grammar in a “vulgar” language).  According to its author, Antonio de Nebrija, language was the “companion to empire.”  Immediately, the new power continued the Reconquest with the Conquest, on the other side of the Atlantic, using the same methods and the same convictions, confirming the globalizing vocation of all empires.

At the center of power there had to be a language, a religion and a race.  Future Spanish nationalism would be built on the foundation of a cleansing of memory.  It is true that eight centuries before Jews and Aryan Visigoths had called for and later helped Muslims replace Roderick and the rest of the Visigoth kings who had fought for the same purification.  But this was not the principal reason for despising the Jews, because it was not memory that was important but forgetting.  The Catholic monarchs and successive divine royalty finished off (or wanted to) the other Spain, multicultural and mestizo Spain, the Spain where several languages were spoken and several religions were practiced and several races mixed.  The Spain that had been the center of culture, the arts and the sciences, in a Europe submerged in backwardness, in the violent superstitions and provincialism of the Middle Ages.  More and more, the Iberian Peninsula began closing its borders to difference.  Moors and Jews had to abandon their country and emigrate to Barbaria (Africa) or to the rest of Europe, where they integrated to peripheral nations that emerged with new economic, social and intellectual restlessness.1  Within the borders were left some illegitimate children, African slaves who go almost unmentioned in the better known version of history but who were necessary for undignified domestic tasks.  The new and successful Spain enclosed itself in a conservative movement (if one will permit me the oxymoron).  The state and religion were strategically united for better control of Spain’s people during a schizophrenic process of purification.  Some dissidents like Bartolomé de las Casas had to face, in public court, those who, like Ginés de Supúlveda, argued that the empire had the right to invade and dominate the new continent because it was written in the Bible (Proverbs 11:29) that “the foolish shall be servant to the wise of heart.”  The others, the subjugated, are such because of their “inferior intellect and inhumane and barbarous customs.”  The speech of the famous and influential theologian, sensible like all official discourse, proclaimed: “[the natives] are barbarous and inhumane peoples, are foreign to civil life and peaceful customs, and it will be just and in keeping with natural law that such peoples submit to the empire of more cultured and humane nations and princes, so that due to their virtues and the prudence of their laws such peoples might throw off their barbarism and reduce themselves to a more humane life and worship of virtue.”  And in another moment: “one must subjugate by force of arms, if by other means is not possible, those who by their natural condition must obey others but refuse to submit.”  At the time one did not recur to words like “democracy” and “freedom” because until the 19th century these remained in Spain attributes of humanist chaos, anarchy and the devil.  But each imperial power in each moment of history plays the same game with different cards.  Some, as one can see, not so different.

Despite an initially favorable reaction from King Carlos V and the New Laws that prohibited enslavement of native Americans (Africans were not considered subject to rights), the empire, through its propertied class, continued enslaving and exterminating those peoples considered “foreign to civil life and peaceful customs” in the name of salvation and humanization.  In order to put an end to the horrible Aztec rituals that periodically sacrificed an innocent victim to their pagan gods, the empire tortured, raped and murdered en masse, in the name of the law and of the one, true God.  According to Bartolomé de las Casas, one of the methods of persuasion was to stretch the savages over a grill and roast them alive.  But it was not only torture – physical and moral – and forced labor that depopulated lands that at one time had been inhabited by thousands of people; weapons of mass destruction were also employed, biological weapons to be more specific.  Smallpox and the flu decimated entire populations unintentionally at times, and according to precise calculation on other occasions.  As the English had discovered to the north, sometimes the delivery of contaminated gifts, like the clothing of infected people, or the dumping of pestilent cadavers, had more devastating effects than heavy artillery.

Now, who defeated one of the greatest empires in history, the Spanish Empire?  Spain.  As a conservative mentality, cutting across all social classes, clung to a belief in its divine destiny, as the “armed hand of God” (according to Menéndez Pelayo), the empire sank into its own past.  The society of empire fractured and the gap separating the rich from the poor grew at the same time that the empire guaranteed the mineral resources (precious metals in this case) allowing it to function.  The poor increased in number and the rich increased the wealth they accumulated in the name of God and country.  The empire had to finance the wars that it maintained beyond its borders and the fiscal deficit grew until it became a monster out of control.  Tax cuts mainly benefited the upper classes, to such an extent that they often were not even required to pay them or were exempted from going to prison for debt or embezzlement.  The state went bankrupt several times.  Nor was the endless flow of mineral resources coming from its colonies, beneficiaries of the enlightenment of the Gospel, sufficient: the government spent more than what it received from these invaded lands, requiring it to turn to the Italian banks.

This is how, when many countries of America (what is now called Latin America) became independent, there was no longer anything left of the empire but its terrible reputation.  Fray Servando Teresa de Mier wrote in 1820 that if Mexico had not yet become independent it was because of the ignorance of the people, who did not yet understand that the Spanish Empire was no longer an empire, but the poorest corner of Europe.  A new empire was consolidating power, the British Empire.  Like previous empires, and like those that would follow, the extension of its language and the dominance of its culture would be common factors.  Another would be publicity: England did not delay in using the chronicles of Bartolomé de las Casas to defame the old empire in the name of a superior morality.  A morality that nonetheless did not preclude the same kind of rape and criminality.  But clearly, what matters most are the good intentions: well-being, peace, freedom, progress – and God, whose omnipresence is demonstrated by His presence in all official discourse.

Racism, discrimination, the closing of borders, messianic religious belief, wars for peace, huge fiscal deficits to finance these wars, and radical conservatism lost the empire.  But all of these sins are summed up in one: arrogance, because this is the one that keeps a world power from seeing all the other ones.  Or it allows them to be seen, but in distorted fashion, as if they were grand virtues.

 

 

©  Jorge Majfud

The University of Georgia

February 2006.

 

Translated by Bruce Campbell

 

(1) It is commonly said that the Renaissance began with the fall of Constantinople and the emigration of Greek intellectuals to Italy, but little or nothing is said of the emigration of knowledge and capital that were forced to abandon Spain.

 

 

 

 

De comment s’écroule un empire

Traduit de l’espagnol par: Pierre Trottier

 

Le mot « or » déborda de sa plume comme le divin et sanglant métal déborda des barques des conquérants qui le suivirent. Cette même année, le 2 janvier 1492, était tombée Grenade, le dernier bastion arabe de la péninsule. 1492 fut aussi l’année de la publication de la première grammaire castillane ( la première européenne en langue « vulgaire » ). Selon son auteur, Antonio de Nebrija, la langue était la “compagne de l’empire”. Immédiatement, la nouvelle puissance poursuivit la Reconquête avec la Conquête, de l’autre côté de l’Atlantique, avec les mêmes méthodes et les mêmes convictions, confirmant la vocation globalisatrice de tout empire. Au centre du pouvoir, il devait y avoir une langue, une religion et une race. Le futur nationalisme espagnol se construisait ainsi sur la base du nettoyage de la mémoire. Bien sûr que huit siècles auparavant, les juifs et les wisigoths ariens avaient appelé puis aidé les musulmans afin qu’ils remplacent Rodrigue et les autres rois wisigoths qu’ils avaient combattus par la même purification. Mais cela n’était pas la raison principale du mépris, parce que ce qui importait n’était pas le souvenir mais l’oubli . Les rois catholiques et leurs suivants rois divins en finirent (ou voulurent en finir) avec l’autre Espagne où l’on parlait plusieurs langues et y pratiquait plusieurs cultes, et où se mélangeaient plusieurs races. L’Espagne qui avait été le centre de la culture, des arts et des sciences, dans une Europe plongée dans le retard, dans de violentes superstitions et dans le provincialisme du Moyen-Âge. Progressivement, la péninsule ferma ses frontières. Les maures et les juifs durent abandonner leur pays et émigrer en Barbarie (Afrique) ou dans le reste de l’Europe, où ils s’intégrèrent aux nations périphériques qui surgissaient avec de nouvelles inquiétudes sociales, économiques et intellectuelles. A l’intérieur des frontières demeurèrent quelques fils illégitimes, des esclaves africains qu’on ne mentionne presque pas dans l’histoire la plus connue mais qui devenaient nécessaires pour les indignes tâches domestiques. La nouvelle et prestigieuse Espagne se renferma dans un mouvement conservateur ( si l’on me permet l’oxymoron ). L’État et la religion s’unirent stratégiquement pour le meilleur contrôle de leur population dans un processus schizophrénique d’épuration. Quelques dissidents comme Bartolomé de las Casas durent affronter un jugement devant ceux qui, comme Gines de Sepulveda, argumentaient que l’empire avait le droit d’intervenir et de dominer le nouveau continent parce qu’il était écrit dans la bible (Proverbes 11 :29) que “ l’insensé sera l’esclave de l’homme sage “. Les autres, les soumis le sont pour leur « maladresse d’esprit et leurs coutumes inhumaines et barbares ». Le discours du réputé et influent théologien, sensé comme tout discours officiel, proclamait : “ [les natifs] sont des gens barbares et inhumains, étrangers à la vie civile et aux coutumes pacifiques, et il sera toujours juste et conforme au droit naturel que de tels gens se soumettent à l’empire du prince et aux nations plus cultivées et plus humaines, afin qu’ils obéissent à ses vertus et à la prudence de ses lois, qu’ils bannissent la barbarie et qu’ils se ramènent à un vie plus humaine et au culte de la vertu “. Et, à un autre moment : “ [On doit] soumettre avec les armes, lorsqu’un autre chemin n’est pas possible, ceux qui par condition naturelle doivent obéir à d’autres et refuser votre empire “. En ce temps-là, on ne recourait pas aux mots « démocratie » et « liberté », parce que jusqu’au XIX è siècle, ils demeurèrent en Espagne comme des attributs du chaos humaniste, de l’anarchie et du démon. Mais chaque pouvoir impérial à chaque moment de l’histoire joue le même jeu avec différentes cartes. Certaines, comme on le voit, ne sont pas si différentes.

Malgré une première réaction compassive de Charles V et des Lois Nouvelles qui prohibaient l’esclavagisme des natifs américains (les africains n’entraient pas comme sujets de droit), l’empire, à travers ses commissionnaires (encomenderos) , continua de réduire en esclavage et d’exterminer ces peuples “ étrangers à la vie pacifique “, au nom du salut et de l’humanisation. Pour en finir avec ces horribles rituels aztèques, qui à tout moment sacrifiaient une victime innocente à leurs dieux païens, l’empire tortura, viola et assassina en masse, au nom de la loi et du Dieu unique, véritable. Selon Fray de las Casas, une des méthodes de persuasion était de les étendre sur une grille et de les rôtir vifs. Mais non seulement la torture – physique ou morale – et les travaux forcés désolèrent les terres qui, pour certaines, furent habitées par des milliers de personnes, mais aussi, ils employèrent des armes de destruction massive, plus concrètement des armes biologiques. La grippe et la variole disséminèrent des populations entières de façon involontaire, quelques fois, et d’autres fois au moyen d’un calcul précis. Comme l’avaient découvert les Anglais du Nord, l’envoi de cadeaux contaminés comme des vêtements de malades ou le lancement de cadavres pestilentiels avaient des effets plus dévastateurs que l’artillerie lourde.

Maintenant, qui fit s’écrouler un des plus grands empires de l’histoire, comme le fut l’empire espagnol ? L’Espagne. Pendant qu’une mentalité conservatrice, qui imprégnait toutes les classes sociales, s’accrochait à la croyance de son destin divin, de « bras armé de Dieu » (selon Menéndez Pelayo), l’empire s’enfonçait dans son propre passé. Sa société se fracturait et la brèche qui séparait les riches des pauvres augmentait en même temps que l’empire s’assurait des ressources minérales qui lui permettaient de fonctionner. Les pauvres augmentèrent en nombre et les riches augmentèrent en richesses qu’ils accumulaient au nom de Dieu et de la patrie. L’empire devait financer les guerres qu’il maintenait au-delà de ses frontières et le déficit fiscal croissait jusqu’à devenir un monstre difficile à dominer. Les coupures d’impôts bénéficièrent aux classes hautes, au point que souvent elles n’étaient même pas obligées de les payer, ou elles étaient exemptées de prison pour non paiement ou pour leurs malversations. L’état fit faillite plusieurs fois. L’inépuisable source de ressources minérales de ses colonies, bénéficiaires de l’illumination de l’Évangile, non plus n’était suffisante : le gouvernement dépensait plus qu’il ne recevait de revenus de ses terres; ce qui fait qu’il devait recourir aux banques italiennes.

De cette façon, lorsque plusieurs pays d’Amérique (aujourd’hui appelés Amérique Latine) prirent leur indépendance, il ne restait alors de l’empire guère plus que sa terrible réputation. Fray Servando Teresa de Mier écrivait en 1820 que si le Mexique n’était pas devenu alors indépendant c’était par ignorance de la part de sa population, qui n’arrivait pas à saisir que l’empire espagnol maintenant n’était plus un empire, mais le recoin le plus pauvre de l’Europe. Un nouvel empire se consolidait, l’empire britannique. Comme ceux antérieurs et ceux qui viendront, l’extension de sa langue et la prédominance de sa culture seront alors des facteurs communs. Un autre facteur sera la publicité : l’Angleterre se servit des chroniques de Fray de las Casas afin de diffamer le vieil empire au nom d’une morale supérieure. Morale qui n’empêcha pas les crimes et les violations du même genre. Mais, bien sûr, ce qui vaut, ce sont les bonnes intentions : le bien, la paix, la liberté, le progrès – et Dieu, dont l’omniprésence se démontre par Sa présence dans tous les discours.

Le racisme, la discrimination, la fermeture des frontières, le mécanisme religieux, les guerres pour la paix, les grands déficits fiscaux pour les financer, le conservatisme radical perdirent l’empire. Mais tous ces péchés se résument en un seul : la superbe, parce que c’est elle qui l’a empêché de pouvoir constater tous les péchés antérieurs. Ou ça lui a permis de les voir comme s’ils étaient de grandes vertus.

 

 

1 Communément, on dit que la Renaissance commença avec la chute de Constantinople et l’émigration des intellectuels grecs en Italie, mais on ne dit que peu ou rien de l’émigration des capitaux et des connaissances qu’ils furent forcés d’abandonner en Espagne.

2 Histoire : propriétaire d’un indien sous le régime de l’encomienda. [N. du T.]

 

 

Jorge Majfud, février 2006

Université de Géorgie

 

Traduit de l’espagnol par:

Pierre Trottier, mars 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

 

 

 

 

O primeiro pecado capital dos Impérios

 

 

Lições da História

 

 

Por Jorge Majfud

Traduzido por  Omar L. de Barros Filho

 

No mesmo dia em que Cristóvão Colombo partiu do porto de Palos, 3 de agosto de 1492, vencia o prazo para que os judeus da Espanha abandonassem seu país. Na mente do almirante habitavam, ao menos, dois poderosos objetivos, duas verdades irrefutáveis: as riquezas materiais da Ásia e a religião perfeita da Europa. Com o primeiro, pensava financiar a reconquista de Jerusalém; com o segundo, deveria legitimar o saque. A palavra “ouro” vazou de sua pena assim como o divino e sangrento metal transbordou das barcas dos conquistadores que o seguiram.

Nesse mesmo ano de 1492, em 2 de janeiro, caíra Granada, o último bastião árabe na península. 1492 também foi o ano da publicação da primeira gramática castelhana (a primeira européia em língua “vulgar”). Segundo seu autor, Antonio de Nebrija, a língua era a “companheira do império”. Imediatamente, a nova potência continuou a Reconquista com a Conquista, do outro lado do Atlântico, com os mesmos métodos e as mesmas convicções, confirmando a vocação globalizadora de todo o império. No centro do poder devia haver uma língua, uma religião e uma raça. O futuro nacionalismo espanhol construía-se, assim, em base à limpeza da memória. É certo que, oito séculos atrás, judeus e visigodos arianos haviam chamado, e depois ajudado, os muçulmanos para que substituíssem Roderico e os demais reis visigodos, que pugnaram pela mesma purificação. Mas esta não era a razão principal do desprezo, porque não era a memória o que importava, mas sim o esquecimento. Os reis católicos e os sucessivos reis divinos terminaram (ou quiseram terminar) com a outra Espanha, a Espanha mestiça, multicultural, a Espanha onde se falavam várias línguas e se praticavam vários cultos e se misturavam várias raças. A Espanha que fora o centro da cultura, das artes e das ciências, em uma Europa mergulhada no atraso, em violentas superstições e no provincianismo da Idade Média.

Progressivamente, a península foi fechando suas fronteiras aos diferentes. Mouros e judeus tiveram que abandonar seu país e emigrar à Barbária (África) ou ao resto da Europa, onde se integraram às nações periféricas que surgiam com novas inquietudes sociais, econômicas e intelectuais. Dentro das fronteiras ficaram alguns filhos ilegítimos, escravos africanos, que quase não são mencionados na história mais conhecida, mas que eram necessários para as indignas tarefas domésticas. A nova e exitosa Espanha encerrou-se em um movimento conservador (se me permitem o oxímoro). O estado e a religião uniram-se, estrategicamente, para o melhor controle de seu povo, em um processo esquizofrênico de depuração. Alguns dissidentes, como Bartolomé de las Casas tiveram que enfrentar em julgamento público aqueles que, como Ginés de Sepúlveda, argumentavam que o império tinha direito a intervir e a dominar o novo continente, porque estava escrito na Bíblia (Provérbios 11:29) que “o néscio será servo do sábio de coração”. Os outros, os submetidos, o são por sua “torpeza de entendimento e costumes desumanos e bárbaros”. O discurso do famoso e influente teólogo, sensato como todo discurso oficial, proclamava: “[os nativos] são as gentes bárbaras e desumanas, alheias à vida civil e aos costumes pacíficos, e será sempre justo e conforme ao direito natural que tais gentes submetam-se ao império do príncipe e nações mais cultas e humanas, para que, graças às suas virtudes e à prudência de suas leis, deponham a barbárie e reduzam-se à vida mais humana e ao culto da virtude”. E, em outro momento: “[deve-se] submeter pelas armas, se por outro caminho não for possível, aqueles que por condição natural devem obedecer a outros e recusar seu império”. Então não se recorria às palavras “democracia” e “liberdade” porque, até o século XIX, permaneceram na Espanha como atributos do caos humanista, da anarquia e do demônio. Mas, cada poder imperial, em cada momento da história, joga o mesmo jogo com distintas cartas. Algumas, como se vê, não tão distintas.

Apesar de uma primeira reação compassiva do rei Carlos V e das Leis Novas, que proibiam a escravidão dos nativos americanos (os africanos não entravam como sujeitos de direito), o império, através de seus encomenderos*, continuou escravizando e exterminando esses povos “alheios à vida pacífica”, em nome da salvação e da humanização. Para acabar com os horríveis rituais astecas, que a cada tanto sacrificavam uma vítima inocente a seus deuses pagãos, o império torturou, violou e assassinou em massa, em nome da lei e de um Deus único, verdadeiro. Segundo o Frei de las Casas, um dos métodos de persuasão era estender os selvagens sobre uma grelha e assá-los vivos. Mas não só a tortura – física e moral – e os trabalhos forçados desolaram terras que, certa vez, foram habitadas por milhares de pessoas; também foram empregadas armas de destruição massiva, armas biológicas, mais concretamente. A gripe e a varíola dizimaram populações inteiras, de forma involuntária algumas vezes e, mediante um cálculo preciso, outras. Como os ingleses descobriram ao norte, o envio de presentes contaminados, como roupas de doentes, e o lançamento de cadáveres pestilentos tinham, algumas vezes, efeitos mais devastadores que a artilharia pesada.

Agora, quem derrotou um dos maiores impérios da história, como foi o espanhol? A Espanha.

Enquanto uma mentalidade conservadora, que cruzava todas as classes sociais, aferrava-se à crença de seu destino divino, de “braço armado de Deus” (segundo Menéndez Pelayo), o império afundava em seu próprio passado. Sua sociedade fraturava-se, e a brecha que separava ricos de pobres aumentava, ao mesmo tempo em que o império assegurava os recursos minerais que lhe permitiam funcionar. Os pobres aumentaram em número e os ricos aumentaram em riquezas, que acumulavam em nome de Deus e da pátria. O império devia financiar as guerras que mantinha além de suas fronteiras, e o déficit fiscal crescia até se transformar em um monstro difícil de dominar. As isenções de impostos beneficiaram principalmente as classes altas, ao extremo que, muitas vezes, nem sequer eram obrigadas a pagá-los ou eram eximidas de ir para a prisão por suas dívidas e desfalques. O estado quebrou várias vezes. Tampouco a inesgotável fonte de recursos minerais que procedia de suas colônias, beneficiárias da iluminação do Evangelho, era suficiente: o governo gastava mais do que recebia dessas terras sob intervenção, pelo que devia recorrer aos bancos italianos.

Desta forma, quando muitos países de América (a hoje chamada América Latina) se independizaram, já não restava do império mais do que sua terrível fama. Frei Servando Teresa de Mier escrevia, em 1820, que se o México não havia se independizado ainda era por ignorância do povo, que não alcançava a compreensão de que o império espanhol já não era um império, mas o rincão mais pobre da Europa. Um novo império se consolidava, o britânico. Como os anteriores e como os que virão, a expansão de seu idioma e o predomínio de sua cultura será, então, um fator comum. Outro será a publicidade: a Inglaterra, em seguida, lançou mão das crônicas do Frei de las Casas para difamar o velho império em nome de uma moral superior. Moral que não impediu crimes e violações do mesmo gênero. Mas, claro, o que valem são as boas intenções: o bem, a paz, a liberdade, o progresso – e Deus, cuja onipresença se demonstra com Sua presença em todos os discursos.

O racismo, a discriminação, o fechamento de fronteiras, o messianismo religioso, as guerras pela paz, os grandes déficits fiscais para financiá-las, o conservadorismo radical perderam o império. Mas, todos esses pecados resumem-se em um: a soberba, porque é esta que impede uma potência mundial de ver todos os pecados anteriores. Ou, se permite que veja, é apenas como se fossem grandes virtudes.

 

 

*NdT: a encomienda era uma instituição jurídica implantada pela Espanha com a finalidade de regular as relações entre os espanhóis e os indígenas. Os encomenderos eram, portanto, os comissários, os encarregados, os mestres das Índias.