La sociedad desobediente

La sociedad desobediente

 

Esta vieja Europa que encuentro después de tan pocos años, ha cambiado tal vez de forma invisible, pero profética.

He sido amablemente invitado por el gobierno de Tenerife y por Editorial Baile del Sol para presentar mi último libro en España y para participar en algunos debates en vivo. Sobre todo, he escuchado y leído todo lo que he podido y, en cualquier caso, he sentido la misma preocupación por la guerra —o, para ser más exactos, por el bombardeo— y por la inmigración de los pobres al centro del mundo. La ruptura de Occidente es menos evidente.

Sobre estos problemas no voy a agregar mucho más. Además, de ellos ya se han encargado las mentes más lúcidas, y de poco y nada ha servido hasta el momento. Del otro lado, hemos escuchado y leído discursos que, si no tuviesen consecuencias tan trágicas serían, por lo menos, cómicos, travesuras más propias de estudiantes que de los Servicios de Inteligencia más poderosos del planeta, de los cuales depende la vida o la muerte de millones de personas.

Si se me permite el atrevimiento, quisiera ir a un problema que considero más de fondo, no sin antes una breve introducción.

Estoy leyendo en El País de Madrid un documento salido de la oficina de Condolezza Rice, el cual fue ratificado por el Congreso norteamericano. Dice: “Existe un único modelo sostenible de éxito nacional —el de Estados Unidos— que es justo para toda persona en toda sociedad” Dejo los comentarios a los lectores que, a diferencia del filósofo que escribió estas líneas, siempre presumo inteligentes. Y si, además, son cultos, seguramente recordarán el esquema de pensamiento europeísta que imperaba en el siglo XVIII, o versiones más dictatoriales, fanáticas y mesiánicas del Islam moderno. A esta altura de la historia, daría toda la impresión de que algunas personas no pueden comprender que una gran democracia nacional puede ser, al mismo tiempo, una gran dictadura mundial. Y lo digo con pesar, porque admiro la cultura y la belleza de ese gran país del Norte, donde tengo tantos amigos.

Pero vayamos más a fondo. Desconcentrémonos por un momento de la coyuntura actual de esta guerra y veremos esos cambios invisibles que, inexorablemente, están ocurriendo en todo el mundo.

Lo que hoy llamamos “globalización” no es otra cosa que el ensayo, conflictivo y con frecuencia criminal, de un cambio a mayor escala. Y, por el contrario a lo que se afirma casi unánimemente, a mi juicio es el inicio crítico de tiempos mejores para la paz mundial. No ciertamente por la victoria de ningún imperio policíaco, sino todo lo contrario.

Nuestro tiempo es crítico porque es el tiempo en que el mundo se ha cerrado, dejando dentro de su unidad física una pluralidad contradictoria y a veces incompatible de intereses. Paradójica y suicida. Desde los primeros globalizadores —los fenicios— el comercio había sido también una actividad cultural. Desde entonces, junto con las cedas y los condimentos, viajaron culturas enteras, costumbres, artes, religiones y conocimiento científico. Hoy el comercio significa, lisa y llanamente, la destrucción de las culturas que no le son rentables, al mismo tiempo que la vulgarización de aquellas otras de las cuales se sirve. Es un proceso de barbarización que se confunde con el progreso de los medios. Pero, entonces ¿cuál es la próxima etapa de esta globalización?

Hace unas décadas, el científico británico J. Lovelock concibió la teoría de Gaia, es decir la teoría según la cual se entendía nuestro planeta como un ser vivo. En un ensayo de 1997 quise complementar esta idea de la siguiente forma: si el cuerpo de Gea es la biosfera, su mente ha de ser la estratosfera —esa nueva corteza pensante— y cada habitante del planeta sería, así, como una neurona, unida a otras neuronas por dentritas vinculantes —ondas de radio, Internet, etc.  Inmediatamente supuse que nuestro planeta sufría de autismo o de una crónica descoordinación, y que si los ecologistas se habían ocupado de su cuerpo, nadie lo había hecho hasta ahora con su mente. Si la contaminación ambiental es su cáncer, la geopolítica es su esquizofrenia. Sin embargo, hoy creo que esa conducta no es producto solo de una fobia —como lo fue la Segunda Guerra— sino que es propia de un recién nacido que mueve sus manos sin advertir aún su individuación.

Y creo que ésta es la próxima etapa de la globalización. Con la movilidad de los individuos aumentará la conciencia de nuestra soledad cósmica. Después de una profunda crisis del antiguo modelo internacional, basado en el egoísmo y en la fuerza, seguirá un tiempo donde no habrá lugar para un imperio basado en una única nación. Una mayor conciencia de nuestra soledad cósmica será, al mismo tiempo, la mayor conciencia de nuestra humanidad, y los rígidos límites nacionales se ablandarán hasta disolverse en la historia. Tendremos, entonces, límites y regiones culturales, pero no políticas ni militares. El mismo fenómeno de los zapatistas de Marcos, en México, se explica por este fenómeno que no aspira al triunfo de la fuerza sino de la opinión del mundo. Aunque hoy parezca utópico, creo que cada vez importará más lo que piensen los pueblos.

La paz será, entonces, más probable en la segunda mitad del siglo XXI que en todo el siglo pasado. Su mejor garantía no será la imposición de un Gobierno supranacional, como quiso serlo el proyecto fracasado de la ONU: la mayor garantía será la conciencia individual, la fuerza de los sin-poder. Está claro que no todos aceptarán al mismo tiempo este mestizaje racial y cultural, pero el proceso será irreversible. Incluso la actual inmigración de los musulmanes a los países occidentales es positiva y un preámbulo de este nuevo “dialogo de culturas”. Es la forma más efectiva de que ellos nos conozcan mejor y vean que también nosotros podemos ser hombres y mujeres de valores morales sin pertenecer a su religión ni a su cultura. Lamentablemente, aún no se da la relación inversa, si entendemos que el turismo no es más que la deformación del conocimiento, la vulgarización del antiguo viajero. Pero tarde o temprano el cruce se producirá, dejando lugar al mestizaje nos salvará del “tribalismo planetario” en el que estamos inmersos hoy.

Entonces surgirá el “ciudadano del mundo” con una característica psicológica y cultural que hoy cuesta mucho comprender, dado el tiempo de crisis que estamos viviendo, la que no se debe a este cambio que se está produciendo sino a la profundización del antiguo modelo.

El nuevo ciudadano será mucho más exigente y mucho menos obediente que cualquiera de nosotros lo es hoy. La desobediencia es una virtud que el poder siempre se ha encargado de presentar como un defecto, ya sea éste el poder paterno, religioso, económico o estatal. Y si bien la obediencia al padre es útil en la infancia, luego, en su propia continuidad, deja de serlo y se convierte en un vasallaje que ignora el logro de la madurez, de la responsabilidad individual del nuevo adulto. Es, en este sentido, que una persona verdaderamente libre es desobediente. Ésta, la desobediencia del habitante Tierra, será quizá la mayor revolución del siglo XXI. La democracia representativa dejará lugar a la democracia directa, para convertirse con el tiempo en una antigüedad, base de los caprichos personales del líder de turno que hace que la posición geopolítica de un país como España, con respecto a la guerra, se base exclusivamente en el criterio de un solo hombre, elegido algunos años antes, e ignorando deliberadamente la voluntad del noventa porciento de la población que se ha manifestado categóricamente en contra. Los gobernantes se justifican de incumplir sus promesas preelectorales o de tomar decisiones contra la voluntad de la mayoría poselectoral argumentando que la realidad es cambiante. Pero no aceptan ese mismo argumento cuando esa mayoría lo contradice o pide la revocación de una decisión o de sus ministros.

Hoy toda las relaciones  internacionales están basadas en las relaciones personales, como en los antiguos sistemas monárquicos. (José María Aznar: “Hay una corriente de simpatía entre Bush y yo” “Nos entendimos desde el primer día que nos vimos”) Así, el destino de millones de personas sigue dependiendo del ánimo y de las relaciones amorosas entre dos o tres caballeros.

Más al Sur, vemos cómo los gobiernos “democráticos” de los países periféricos ya no tienen poder de decisión sobre sus propias políticas económicas, sociales e impositivas. Dependen de sus acreedores, de las directivas de los Centros Financieros Internacionales, como el FMI. Sin embargo, éstos Centros dependen, a su vez, de los débiles gobiernos de la periferia, ya que son ellos los vasos comunicantes que se relacionan “legítimamente” (o legitimados) con sus poblaciones. Son ellos los recaudadores de impuestos que, en suma, irán a financiar al Poder Central, es decir, al poder económico y militar que decide el destino de los pueblos. Y si estos gobiernos son demasiado pobres, por lo menos sirven para controlar la desobediencia.

Pero cuando los líderes imperiales, y los grandes centros financieros pierdan su poder, el individuo tendrá menos posibilidades de ser manipulado en su opinión y en sus sentimientos.

No habrá otra salida a la actual psicopatología mundial que no sea el mestizaje. Mestizaje de razas y de culturas, el cual no pondrá en peligro la diversidad, como sí lo está haciendo la uniformización cultural de las superpotencias. La ruptura de las fronteras y la libre circulación de los individuos hará prácticamente imposible la manipulación de los pueblos.

Por otra parte, los poderes legitimados se encuentran enredados en una lucha contra el terrorismo. Pero este terror también es una consecuencia de su entorno, no sólo de su propia cultura política sino de las políticas ajenas -la crisis de la globalización naciente. El terrorismo no es el mero producto de la naturaleza humana sino de su historia. Tanto acción como reacción son, en este caso, productos simultáneos de un determinado Orden mundial. Reestructurada la actual relación mundial del poder, también declinarán los fenómenos terroristas de nuestro tiempo. Sería tonto pensar que el auge del Islam en la segunda mitad del siglo XX es independiente del creciente poder político y militar de Occidente capitalista.

Pero antes de la gran revolución civil habrá una profundización de la crisis de este orden obsoleto. Esta crisis será en casi todos los ámbitos, desde el orden político hasta el económico, pasando por el militar. La Superpotencia es actualmente muy frágil debido a su recurso militar, con el cual ha minado el arma más estratégica de la antigua diplomacia. De hecho, ha inaugurado la anti-diplomacia: mañana, si Estados Unidos no derroca a Sadam Hussein, terminará por fortalecerlo, ante su pueblo y ante el mundo. Es decir, no hay salida a su poco inteligente estrategia. Por otra parte, no podrá resistir un contexto crecientemente hostil porque su economía, base de su poderío militar, se debilitará en proporción inversa. Hoy está en condiciones de ganar cualquier guerra, con o sin aliados, pero los sucesivos triunfos no podrán salvarla de un progresivo desgaste. El resultado inmediato será una gran inseguridad mundial, aunque ésta se superará con la revolución civil. En este momento de quiebre, Occidente se debatirá entre un mayor control militar o en la desobediencia civil, la cual será silenciosa y anónima, sin líderes ni caudillos, sin masacres. Será la primera revolución del individuo de la historia que se opondrá al individualismo, así como la libertad se opondrá al liberalismo.

Los pueblos nunca le declararon la guerra a nadie. Las guerras siempre las promovieron y provocaron individuos que se arroparon con todo el poder de un pueblo al que, de una forma u otra, sometieron, ya sea de forma dictatorial o “democrática”, en el sentido actual y antiguo del término. Las guerras surgen con las civilizaciones, no con la humanidad. Y si bien es cierto que con la humanidad surgió la violencia —ya que ésta es inherente a toda forma de vida, inclusive la vegetal—, también es cierto que tal vez la misión más noble de nuestra especie en su evolución espiritual sea aprender a dominar esa violencia, como alguna vez lo hicimos con el fuego, para convertirla en creación y no en destrucción, en vida y no en muerte.

 

© Jorge Majfud

Madrid

26 de febrero de 2003

 

 

 

Espasmos del Poder Global

Espasmos del Poder Global

 

Durante el pasado año 2002, Uruguay vivió la peor crisis económica, social y moral de su historia —les pido, por favor, que no me recuerden que en la época de Artigas no había teléfonos celulares; les pido por favor—. El descalabro del sueño primermundista de Argentina fue uno de los factores que desencadenaron la crisis. El otro factor fue la incapacidad de nuestro propio gobierno para justificar su permanencia. Reconocerlo no significa que estemos amenazando la Democracia y la Libertad, como nos increpa siempre nuestro ex presidente María Sanguinetti, manotazos mediante, con esa habilidad estratégica que tiene para convencernos, cada cuatro años, que el mundo terminará como Sodoma y Gomorra si un día le retiramos nuestro voto de confianza al antiguo régimen de Dirigencia Hereditaria. Según este viejo discurso, los simples mortales le debemos la vida a los “padres del pueblo”, todos los cuales, se dice, dedicaron la suya a servir al país. Pero hay algo que nunca me quedó claro. ¿Un señor que ha vivido toda la vida ocupando cargos públicos, con remuneraciones ya conocidas por todos, ha servido a su país o el país le ha servido a él?  Porque en la mayoría de los casos “servir al país” significa, para un político perdedor pero acomodado, el exilio en el extranjero, con algún cargo de cónsul o de embajador, lo que tal vez para ellos no es más que un premio consuelo, pero para el millón de compatriotas que luchan toda su vida sin saber si al día siguiente tendrán pan y trabajo, sería por lo menos la salvación en el paraíso. Y no me digan que existe alguna razón de competencia e idoneidad, ya que cualquiera sabe que entre el almacenero del barrio y el embajador de Cucha-cucha no suele haber una universidad ni un currículum meritorio de por medio sino un amigo cómplice en el poder. Sin embargo, nunca escuché decir a ningún patriarca que el panadero de la esquina ha servido toda la vida a su país ni que ellos le deben la vida y el pan. No por lo menos fuera de esos breves períodos de embriaguez fraterna que les asalta cada cuatro años.

En la crisis, la única virtud de nuestro sistema político consistió en mantener un cierto orden institucional, pese a la avanzada degradación económica y moral de la región. Lo cual no significa, necesariamente, una virtud, ya que todavía está por probarse si es mejor que un sistema que fracasa reiteradamente se sostenga a fuerza de un capricho supersticioso o se sustituya por algo diferente. El argumento de “más vale malo conocido que bueno por conocer” ha funcionado siempre en Latinoamérica, tanto que en el Titanic un uruguayo hubiese exclamado: “suerte que tenemos un capitán que sabe lo que hace, si no ya nos hubiésemos ahogado mucho antes” Ambas, inoperancia y moderación, no son más que dos de las principales características de nuestro país; están en la raíz de nuestra historia y de nuestra topografía, rodeada por países como Argentina y Brasil donde todo es más grande y más ostentoso: la geografía, las avenidas, los estadios de fútbol, la riqueza y la pobreza, la idolatría humana y las crucifixiones, los dioses y los demonios. Incluida la corrupción, por supuesto, resumida en los versos más populares del tango: “el que no llora no mama / y el que no afana es un gil”.

Me resisto a pensar que la historia de los pueblos esté regida por un régimen de casualidades. Sin duda, está la contingencia. Pero si algunos hechos pueden ser “casuales”, en todo caso son, al mismo tiempo, “probables”. En otras palabras, todo tiene una explicación, y la crisis sudamericana tiene la suya. Para emprenderla, deberíamos empezar por un contexto histórico y cultural de por lo menos cien años, como ya sugerí al mencionar ese producto clásico de la cultura del Río de la Plata, que es el tango. Allí se encuentra expresada y resumida gran parte de las virtudes y los defectos de nuestros pueblos descendientes de los barcos, sin pasado y —por lo menos por ahora— sin futuro. Luego deberíamos continuar por el contexto internacional y las nuevas leyes éticas y financieras que rigen el presente de casi todos los pueblos del mundo. Como todos saben, gran parte de esas reglas de relacionamiento están dictadas por el poder, en nuestro tiempo concentrado casi exclusivamente en los centros financieros. Pero el poder no es tal si su contraparte dominada no reconoce la relación simbólica que los une y, por ende, debe alimentar permanentemente el símbolo. El poder no necesita de argumentos para sostenerse —tal como nos lo demuestra la experiencia internacional—, pero los argumentos pueden acabar con el poder. A su vez, esa relación simbólica se asienta, sobre todo, en una determinada ética y en una determinada creencia. La creencia puede ser religiosa o materialista; en ambos casos, es una promesa sobre un logro futuro, ya sea la conquista de la felicidad o la salvación de la catástrofe. Estas creencias, materialistas o religiosas, son las que hace a los humanos seres únicos en la naturaleza: su presente no se explica únicamente por su pasado sino, sobre todo, por su futuro.

Pero no vamos a extendernos sobre este punto. Echemos un nuevo vistazo al otro, a la relación ética que sostiene el poder financiero internacional. En otro espacio tocamos este tema, muy brevemente, con un ejemplo concreto. Voy a reincidir, porque la realidad es más estimulante que la imaginación pura y, por otra parte, ése es el signo de nuestros tiempos: la historia y la imaginación han sido destronados por un presente simbólico, construido por el poder hegemónico.

Al igual que en Argentina, en Uruguay los bancos, públicos y privados, se quedaron con el ahorro de miles de empresarios y trabajadores. Esta catástrofe no sólo se debió al patriótico fraude de algunos grandes capitalistas, a esos mismos que los gobiernos de todo el mundo tratan con reverencia y los parlamentos protegen con leyes para que sean bienvenidos a sus países, únicos enviados celestiales de las salvadoras inversiones, sobre los cuales jamás recaerá un ajuste fiscal. También se debió a un progresivo e irremediable fracaso del sistema mercantilista y neoliberal, hecho que, si no es asumido por sus viejos defensores, se debe a que el mismo no provocó en Argentina el derrumbe del obelisco ni de cualquier otro objeto, como lo fue la caída del muro de Berlín —el derrumbe de objetos, el No, ha sido siempre el hecho con más fuerza simbólica que ha experimentado la raza humana desde la época de los megalitos; en segundo lugar ha estado la erección de los mismos, el Si, como pudieron ser las pirámides de Egipto, los obeliscos, las torres y otras excitaciones—. Por desgracia, en Argentina sólo ocurrieron hechos concretos: desempleo, violencia, hambre y desesperación por doquier. La muerte por desnutrición de niños no es un hecho simbólico, pese a su significación. En un país que fue el granero del mundo, que aún hoy su producción agrícola duplica la de varios países africanos, en un país donde la naturaleza continúa produciendo ciegamente lo que los hombres y las mujeres le piden, miles y millones de personas han caído de golpe en la miseria y en el hambre, cuando dos años antes vivían al límite de la ostentación primermundista y en la televisión se había puesto de moda arrojar comida en los banquetes organizados por la farándula. Nada de eso es simbólico y, por lo tanto, hasta los argentinos se resisten a asumir el fracaso del liberalismo mercantilista. Y si lo reconocen de palabra, en cambio no lo hacen de hecho, lo que quedará demostrado cuando vuelvan a votar por los mismos hombres y mujeres en las próximas elecciones. —Tal vez incluso dejen a las mujeres de lado, si recordamos el discurso del presidente Duhalde al asumir el poder, cuando, no sin euforia, aseguró que había elegido a “los mejores hombres” para salvar a la patria.

Aquí, en Uruguay, muchos políticos de derecha, refiriéndose a los ahorros que la gente perdió en los bancos privados, dijeron que todos debían resignarse, ya que ése es el riesgo que se corre cuando se invierte. Incluso el presidente de la República calificó de “traidores a la patria” a aquellos que pusieron sus ahorros en la banca extranjera con representación en nuestro país, como una forma de justificar las pérdidas ilícitas que el Banco Central debió controlar y no hizo. La teoría de que en un sistema capitalista el inversor corre con todos los riesgos, al parecer, se aplica a los pequeños capitalistas, no a los grandes, lo que es una nueva discriminación de clases: meses antes, esos mismos políticos, comandados por nuestro presidente, desviaron de las arcas del Estado decenas de millones de dólares para auxiliar a los mismos bancos que luego llevaron el efectivo a una isla del tesoro en el Caribe. Recientemente, otro ex ministro de economía, Ignacio de Posadas, declaró que los ahorristas debían resignarse a perder sus ahorros. ¿Por qué? “Porque así funciona el sistema —dijo, con obviedad de acero—; así funciona el sistema en todo el mundo. Pero aquí no se quiere entender cómo funciona el mundo”

Quienes reclamaban sus ahorros, entre los cuales se contaban pequeños empresarios y trabajadores asalariados, muchos de los cuales tenían depositados allí el esfuerzo de treinta años y toda su fe en el sistema (el ahorro es la base de la fortuna), se sintieron desahuciados.

Veamos cómo aquí aparece de nuevo la relación de la ética financiera que rige al mundo. Una relación hipócrita, si se me permite. Si el sistema —supongamos que no nos estamos refiriendo al sistema comunista— funciona así, como lo describe nuestra “clase dirigente” (vaya adjetivo), si los ahorros de una vida entera pueden ser echados a la basura, o peor, si los ahorros de una vida entera de un modesto trabajador pueden ser “aspirados” por los Grandes Capitalistas, ¿por qué el FMI no se resigna a perder sus préstamos y, en cambio, impone intereses desangrantes a pueblos que se encuentran anémicos y sin recuperación?

Last, but not least, escuchemos lo que dijo el FMI al respecto. Cuando una parte del sistema político uruguayo, junto con esos horribles sindicatos, estuvieron concentrados en evitar el cierre definitivo de los bancos en cuestión, con el objetivo de salvar el dinero de los ahorristas y los puestos de trabajo, el FMI se expresó, sin ambigüedades: los bancos debían ser liquidados. Sugerencia que llegó por escrito y fue enseguida rubricada por nuestro presidente y demás deudos. En otras palabras, para que el FMI enviara su salvador préstamo —el cual fue y será destinado al pago de la deuda generada por el préstamo— la condición era que no se reconociera la deuda del sistema con los miles de trabajadores y pequeños empresarios que habían confiado en el sistema.

Cuando el FMI aconseja al gobierno uruguayo que liquide los bancos en quiebra, esos mismos que se quedaron con los ahorros de miles de trabajadores y pequeños empresarios, está diciendo que no pague su deuda a aquellos que necesitan su dinero para comer. ¿Cómo es posible, entonces, que se moleste cuando algún pequeño latinoamericano sugiere no pagar la deuda externa?

Toda situación de injusticia se sostiene a la fuerza y tiende, tarde o temprano, a desmoronarse. Esto, en principio, no dice mucho, porque toda justicia que tarda no llega. Pero a algunos siempre nos queda el consuelo de la historia. El FMI —por lo menos éste— tiene los años contados. Sería un éxito para ese organismo internacional que pudiese sobrevivir dos décadas más. Sin argumentos éticos se puede imponer, pero nunca suprimir. Si no, pregúntenselo a los grandes tiranos de la historia.

 

 

Montevideo

22 de enero de 2003

 

El lento suicidio de Occidente

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Ikea and recommended reading

Image by London looks via Flickr

 

Η αργή αυτοκτονία της Δύσης (Greek)

The Slow Suicide of the West (English)

Του Jorge Majfud

Πηγή: MRZine

El lento suicidio de Occidente

Occidente aparece, de pronto, desprovisto de sus mejores virtudes, construidas siglo sobre siglo, ocupado ahora en reproducir sus propios defectos y en copiar los defectos ajenos, como lo son el autoritarismo y la persecución preventiva de inocentes. Virtudes como la tolerancia y la autocrítica nunca formaron parte de su debilidad, como se pretende ahora, sino todo lo contrario: por ellos fue posible algún tipo de progreso, ético y material. La mayor esperanza y el mayor peligro para Occidente están en su propio corazón. Quienes no tenemos “Rabia” ni “Orgullo” por ninguna raza ni por ninguna cultura sentimos nostalgia por los tiempos idos, que nunca fueron buenos pero tampoco tan malos.

Actualmente, algunas celebridades del pasado siglo XX, demostrando una irreversible decadencia senil, se han dedicado a divulgar la famosa ideología sobre el “choque de civilizaciones” —que ya era vulgar por sí sola— empezando sus razonamientos por las conclusiones, al mejor estilo de la teología clásica. Como lo es la afirmación, apriorística y decimonónica, de que “la cultura Occidental es superior a todas las demás”. Y que, como si fuese poco, es una obligación moral repetirlo.

Desde esa Superioridad Occidental, la famosísima periodista italiana Oriana Fallaci escribió, recientemente, brillanteces tales como: “Si en algunos países las mujeres son tan estúpidas que aceptan el chador e incluso el velo con rejilla a la altura de los ojos, peor para ellas. (…) Y si sus maridos son tan bobos como para no beber vino ni cerveza, ídem.” Caramba, esto sí que es rigor intelectual. “¡Qué asco! —siguió escribiendo, primero en el Corriere della Sera y después en su best seller “La rabia y el orgullo”, refiriéndose a los africanos que habían orinado en una plaza de Italia— ¡Tienen la meada larga estos hijos de Alá! Raza de hipócritas” “Aunque fuesen absolutamente inocentes, aunque entre ellos no haya ninguno que quiera destruir la Torre de Pisa o la Torre de Giotto, ninguno que quiera obligarme a llevar el chador, ninguno que quiera quemarme en la hoguera de una nueva Inquisición, su presencia me alarma. Me produce desazón”. Resumiendo: aunque esos negros fuesen absolutamente inocentes, su presencia le produce igual desazón. Para Fallaci, esto no es racismo, es “rabia fría, lúcida y racional”. Y, por si fuera poco, una observación genial para referirse a los inmigrantes en general: “Además, hay otra cosa que no entiendo. Si realmente son tan pobres, ¿quién les da el dinero para el viaje en los aviones o en los barcos que los traen a Italia? ¿No se los estará pagando, al menos en parte, Osama bin Laden?” …Pobre Galileo, pobre Camus, pobre Simone de Beauvoir, pobre Michel Foucault.

De paso, recordemos que, aunque esta señora escribe sin entender —lo dijo ella—, estas palabras pasaron a un libro que lleva vendidos medio millón de ejemplares, al que no le faltan razones ni lugares comunes, como el “yo soy atea, gracias a Dios”. Ni curiosidades históricas de este estilo: “¿cómo se come eso con la poligamia y con el principio de que las mujeres no deben hacerse fotografías. Porque también esto está en el Corán”, lo que significa que en el siglo VII los árabes estaban muy avanzados en óptica. Ni su repetida dosis de humor, como pueden ser estos argumentos de peso: “Y, además, admitámoslo: nuestras catedrales son más bellas que las mezquitas y las sinagogas, ¿sí o no? Son más bellas también que las iglesias protestantes” Como dice Atilio, tiene el Brillo de Brigitte Bardot. Faltaba que nos enredemos en la discusión sobre qué es más hermoso, si la torre de Pisa o el Taj-Mahal. Y de nuevo la tolerancia europea: “Te estoy diciendo que, precisamente porque está definida desde hace muchos siglos y es muy precisa, nuestra identidad cultural no puede soportar una oleada migratoria compuesta por personas que, de una u otra forma, quieren cambiar nuestro sistema de vida. Nuestros valores. Te estoy diciendo que entre nosotros no hay cabida para los muecines, para los minaretes, para los falsos abstemios, para su jodido medievo, para su jodido chador. Y si lo hubiese, no se lo daría” Para finalmente terminar con una advertencia a su editor: “Te advierto: no me pidas nada nunca más. Y mucho menos que participe en polémicas vanas. Lo que tenía que decir lo dije. Me lo han ordenado la rabia y el orgullo”. Lo cual ya nos había quedado claro desde el comienzo y, de paso, nos niega uno de los fundamentos de la democracia y de la tolerancia, desde la Gracia antigua: la polémica y el derecho a réplica —la competencia de argumentos en lugar de los insultos.

Pero como yo no poseo un nombre tan famoso como el de Fallaci —ganado con justicia, no tenemos por qué dudarlo—, no puedo conformarme con insultar. Como soy nativo de un país subdesarrollado y ni siquiera soy famoso como Maradona, no tengo más remedio que recurrir a la antigua costumbre de usar argumentos.

Veamos. Sólo la expresión “cultura occidental” es tan equívoca como puede serlo la de “cultura oriental” o la de “cultura islámica”, porque cada una de ellas está conformada por un conjunto diverso y muchas veces contradictorio de otras “culturas”. Basta con pensar que dentro de “cultura occidental” no sólo caben países tan distintos como Cuba y Estados Unidos, sino irreconciliables períodos históricos dentro de una misma región geográfica como puede serlo la pequeña Europa o la aún más pequeña Alemania, donde pisaron Goethe y Adolf Hitler, Bach y los skin heads. Por otra parte, no olvidemos que también Hitler y el Ku-Klux-Klan (en nombre de Cristo y de la Raza Blanca), que Stalin (en nombre de la Razón y del ateísmo), que Pinochet (en nombre de la Democracia y de la Libertad) y que Mussolini (en su nombre propio) fueron productos típicos, recientes y representativos de la autoproclamada “cultura occidental”. ¿Qué más occidental que la democracia y los campos de concentración? ¿Qué más occidental que la declaración de los Derechos Humanos y las dictaduras en España y en América Latina, sangrientas y degeneradas hasta los límites de la imaginación? ¿Qué más occidental que el cristianismo, que curó, salvó y asesinó gracias al Santo Oficio? ¿Qué más occidental que las modernas academias militares o los más antiguos monasterios donde se enseñaba, con refinado sadismo, por iniciativa del papa Inocencio IV y basándose en el Derecho Romano, el arte de la tortura? ¿O todo eso lo trajo Marco Polo desde Medio Oriente? ¿Qué más occidental que la bomba atómica y los millones de muertos y desaparecidos bajo los regímenes fascistas, comunistas e, incluso, “democráticos”? ¿Qué más occidental que las invasiones militares y la supresión de pueblos enteros bajo los llamados “bombardeos preventivos”?

Todo esto es la parte oscura de Occidente y nada nos garantiza que estemos a salvo de cualquiera de ellas, sólo porque no logramos entendernos con nuestros vecinos, los cuales han estado ahí desde hace más de 1400 años, con la única diferencia que ahora el mundo se ha globalizado (lo ha globalizado Occidente) y ellos poseen la principal fuente de energía que mueve la economía del mundo —al menos por el momento— además del mismo odio y el mismo rencor de Oriana Fallaci. No olvidemos que la Inquisición española, más estatal que las otras, se originó por un sentimiento hostil contra moros y judíos y no terminó con el Progreso y la Salvación de España sino con la quema de miles de seres humanos.

Sin embargo, Occidente también representa la Democracia, la Libertad, los Derechos Humanos y la lucha por los derechos de la mujer. Por lo menos el intento de lograrlos y lo más que la humanidad ha logrado hasta ahora. ¿Y cuál ha sido desde siempre la base de esos cuatro pilares, sino la tolerancia?

Fallaci quiere hacernos creer que “cultura occidental” es un producto único y puro, sin participación del otro. Pero si algo caracteriza a Occidente, precisamente, ha sido todo lo contrario: somos el resultado de incontables culturas, comenzando por la cultura hebrea (por no hablar de Amenofis IV) y siguiendo por casi todas las demás: por los caldeos, por los griegos, por los chinos, por los hindúes, por los africanos del sur, por los africanos del norte y por el resto de las culturas que hoy son uniformemente calificadas de “islámicas”. Hasta hace poco, no hubiese sido necesario recordar que, cuando en Europa —en toda Europa— la Iglesia cristiana, en nombre del Amor perseguía, torturaba y quemaba vivos a quienes discrepaban con las autoridades eclesiásticas o cometían el pecado de dedicarse a algún tipo de investigación (o simplemente porque eran mujeres solas, es decir, brujas), en el mundo islámico se difundían las artes y las ciencias, no sólo las propias sino también las chinas, las hindúes, las judías y las griegas. Y esto tampoco quiere decir que volaban las mariposas y sonaban los violines por doquier: entre Bagdad y Córdoba la distancia geográfica era, por entonces, casi astronómica.

Pero Oriana Fallaci no sólo niega la composición diversa y contradictoria de cualquiera de las culturas en pleito, sino que de hecho se niega a reconocer la parte oriental como una cultura más. “A mí me fastidia hablar incluso de dos culturas”, escribió. Y luego se despacha con una increíble muestra de ignorancia histórica: “Ponerlas sobre el mismo plano, como si fuesen dos realidades paralelas, de igual peso y de igual medida. Porque detrás de nuestra civilización están Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles y Fidias, entre otros muchos. Está la antigua Grecia con su Partenón y su descubrimiento de la Democracia. Está la antigua Roma con su grandeza, sus leyes y su concepción de la Ley. Con su escultura, su literatura y su arquitectura. Sus palacios y sus anfiteatros, sus acueductos, sus puentes y sus calzadas”.

¿Será necesario recordarle a Fallaci que entre todo eso y nosotros está el antiguo Imperio Islámico, sin el cual todo se hubiese quemado —hablo de los libros y de las personas, no del Coliseo— por la gracia de siglos de terrorismo eclesiástico, bien europeo y bien occidental? Y de la grandeza de Roma y de su “concepción de la Ley” hablamos otro día, porque aquí sí que hay blanco y negro para recordar. También dejemos de lado la literatura y la arquitectura islámica, que no tienen nada que envidiarle a la Roma de Fallaci, como cualquier persona medianamente culta sabe.

A ver, ¿y por último?: “Y por último —escribió Fallaci— está la ciencia. Una ciencia que ha descubierto muchas enfermedades y las cura. Yo sigo viva, por ahora, gracias a nuestra ciencia, no a la de Mahoma. Una ciencia que ha cambiado la faz de este planeta con la electricidad, la radio, el teléfono, la televisión… Pues bien, hagamos ahora la pregunta fatal: y detrás de la otra cultura, ¿qué hay?”

Respuesta fatal: detrás de nuestra ciencia están los egipcios, los caldeos, los hindúes, los griegos, los chinos, los árabes, los judíos y los africanos. ¿O Fallaci cree que todo surgió por generación espontánea en los últimos cincuenta años? Habría que recordarle a esta señora que Pitágoras tomó su filosofía de Egipto y de Caldea (Irak) —incluida su famosa fórmula matemática, que no sólo usamos en arquitectura sino también en la demostración de la Teoría Especial de la Relatividad de Einstein—, igual que hizo otro sabio y matemático llamado Tales de Mileto. Ambos viajaron por Medio Oriente con la mente más abierta que Fallaci cuando lo hizo. El método hipotético-deductivo —base de la epistemología científica— se originó entre los sacerdotes egipcios (empezar con Klimovsky, por favor); el cero y la extracción de raíces cuadradas, así como innumerables descubrimientos matemáticos y astronómicos, que hoy enseñamos en los liceos, nacen en India y en Irak; el alfabeto lo inventaron los fenicios (antiguos linbaneses) y probablemente la primera forma de globalización que conoció el mundo. El cero no fue un invento de los árabes, sino de los hindúes, pero fueron aquellos que lo traficaron a Occidente. Por si fuera poco, el avanzado Imperio Romano no sólo desconocía el cero —sin el cual no sería posible imaginar las matemáticas modernas y los viajes espaciales— sino que poseía un sistema de conteo y cálculo engorroso que perduró hasta fines de la Edad Media. Hasta comienzos del Renacimiento, todavía habían hombres de negocios que usaban el sistema romano, negándose a cambiarlo por los números árabes, por prejuicios raciales y religiosos, lo que provocaba todo tipo de errores de cálculo y litigios sociales. Por otra parte, mejor ni mencionemos que el nacimiento de la Era Moderna se originó en el contacto de la cultura europea —después de largos siglos de represión religiosa— con la cultura islámica primero y con la griega después. ¿O alguien pensó que la racionalidad escolástica fue consecuencia de las torturas que se practicaban en las santas mazmorras? A principios del siglo XII, el inglés Adelardo de Bath emprendió un extenso viaje de estudios por el sur de Europa, Siria y Palestina. Al regresar de su viaje, Adelardo introdujo en la subdesarrollada Inglaterra un paradigma que aún hoy es sostenido por famosos científicos como Stephen Hawking: Dios había creado la Naturaleza de forma que podía ser estudiada y explicada sin Su intervención (He aquí el otro pilar de las ciencias, negado históricamente por la Iglesia romana) Incluso, Adelardo reprochó a los pensadores de su época por haberse dejado encandilar por el prestigio de las autoridades —comenzando por el griego Aristóteles, está claro. Por ellos esgrimió la consigna “razón contra autoridad”, y se hizo llamar a sí mismo “modernus”. “Yo he aprendido de mis maestros árabes a tomar la razón como guía —escribió—, pero ustedes sólo se rigen por lo que dice la autoridad”. Un compatriota de Fallaci, Gerardo de Cremona, introdujo en Europa los escritos del astrónomo y matemático “iraquí”, Al-Jwarizmi, inventor del álgebra, de los algoritmos, del cálculo arábigo y decimal; tradujo a Ptolomeo del árabe —ya que hasta la teoría astronómica de un griego oficial como éste no se encontraba en la Europa cristiana—, decenas de tratados médicos, como los de Ibn Sina y iraní al-Razi, autor del primer tratado científico sobre la viruela y el sarampión, por lo que hoy hubiese sido objeto de algún tipo de persecución.

Podríamos seguir enumerando ejemplos como éstos, que la periodista italiana ignora, pero de ello ya nos ocupamos en un libro y ahora no es lo que más importa.

Lo que hoy está en juego no es sólo proteger a Occidente contra los terroristas, de aquí y de allá, sino —y quizá sobre todo— es crucial protegerlo de sí mismo. Bastaría con reproducir cualquiera de sus monstruosos inventos para perder todo lo que se ha logrado hasta ahora en materia de respeto por los Derechos Humanos. Empezando por el respeto a la diversidad. Y es altamente probable que ello ocurra en diez años más, si no reaccionamos a tiempo.

La semilla está ahí y sólo hace falta echarle un poco de agua. He escuchado decenas de veces la siguiente expresión: “lo único bueno que hizo Hitler fue matar a todos esos judíos”. Ni más ni menos. Y no lo he escuchado de boca de ningún musulmán —tal vez porque vivo en un país donde prácticamente no existen— ni siquiera de algún descendiente de árabes. Lo he escuchado de neutrales criollos o de descendientes de europeos. En todas estas ocasiones me bastó razonar lo siguiente, para enmudecer a mi ocasional interlocutor: “¿Cuál es su apellido? Gutiérrez, Pauletti, Wilson, Marceau… Entonces, señor, usted no es alemán y mucho menos de pura raza aria. Lo que quiere decir que mucho antes que Hitler hubiese terminado con los judíos hubiese comenzado por matar a sus abuelos y a todos los que tuviesen un perfil y un color de piel parecido al suyo”. Este mismo riesgo estamos corriendo ahora: si nos dedicamos a perseguir árabes o musulmanes no sólo estaremos demostrando que no hemos aprendido nada, sino que, además, pronto terminaremos por perseguir a sus semejantes: beduinos, africanos del norte, gitanos, españoles del sur, judíos de España, judíos latinoamericanos, americanos del centro, mexicanos del sur, mormones del norte, hawaianos, chinos, hindúes, and so on.

No hace mucho otro italiano, Umberto Eco, resumió así una sabia advertencia: “Somos una civilización plural porque permitimos que en nuestros países se erijan mezquitas, y no podemos renunciar a ellos sólo porque en Kabul metan en la cárcel a los propagandistas cristianos (…) Creemos que nuestra cultura es madura porque sabe tolerar la diversidad, y son bárbaros los miembros de nuestra cultura que no la toleran”.

Como decían Freud y Jung, aquello que nadie desearía cometer nunca es objeto de una prohibición; y como dijo Boudrilard, se establecen derechos cuando se los han perdido. Los terroristas islámicos han obtenido lo que querían, doblemente. Occidente parece, de pronto, desprovisto de sus mejores virtudes, construidas siglo sobre siglo, ocupado ahora en reproducir sus propios defectos y en copiar los defectos ajenos, como lo son el autoritarismo y la persecución preventiva de inocentes. Tanto tiempo imponiendo su cultura en otras regiones del planeta, para dejarse ahora imponer una moral que en sus mejores momentos no fue la suya. Virtudes como la tolerancia y la autocrítica nunca formaron parte de su debilidad, como se pretende, sino todo lo contrario: por ellos fue posible algún tipo de progreso, ético y material. La Democracia y la Ciencia nunca se desarrollaron a partir del culto narcisita a la cultura propia sino de la oposición crítica a partir de la misma. Y en esto, hasta hace poco tiempo, estuvieron ocupados no sólo los “intelectuales malditos” sino muchos grupos de acción y resistencia social, como lo fueron los burgueses en el siglo XVIII, los sindicatos en el siglo XX, el periodismo inquisidor hasta ayer, sustituido hoy por la propaganda, en estos miserables tiempos nuestros. Incluso la pronta destrucción de la privacidad es otro síntoma de esa colonización moral. Sólo que en lugar del control religioso seremos controlados por la Seguridad Militar. El Gran Hermano que todo lo escucha y todo lo ve terminará por imponernos máscaras semejantes a las que vemos en Oriente, con el único objetivo de no ser reconocidos cuando caminamos por la calle o cuando hacemos el amor.

La lucha no es —ni debe ser— entre orientales y occidentales; la lucha es entre la intolerancia y la imposición, entre la diversidad y la uniformización, entre el respeto por el otro y su desprecio o aniquilación. Escritos como “La rabia y el orgullo” de Oriana Fallaci no son una defensa a la cultura occidental sino un ataque artero, un panfleto insultante contra lo mejor de Occidente. La prueba está en que bastaría con cambiar allí la palabra Oriente por Occidente, y alguna que otra localización geográfica, para reconocer a un fanático talibán. Quienes no tenemos Rabia ni Orgullo por ninguna raza ni por ninguna cultura, sentimos nostalgia por los tiempos idos, que nunca fueron buenos pero tampoco tan malos.

Hace unos años estuve en Estados Unidos y allí vi un hermoso mural en el edificio de las Naciones Unidas de Nueva York, si mal no recuerdo, donde aparecían representados hombres y mujeres de distintas razas y religiones —creo que la composición estaba basada en una pirámide un poco arbitraria, pero esto ahora no viene al caso. Más abajo, con letras doradas, se leía un mandamiento que lo enseñó Confucio en China y lo repitieron durante milenios hombres y mujeres de todo Oriente, hasta llegar a constituirse en un principio occidental: “Do unto others as you would have them do unto you” En inglés suena musical, y hasta los que no saben ese idioma presienten que se refiere a cierta reciprocidad entre uno y los otros. No entiendo por qué habríamos de tachar este mandamiento de nuestras paredes, fundamento de cualquier democracia y de cualquier estado de derecho, fundamento de los mejores sueños de Occidente, sólo porque los otros lo han olvidado de repente. O la han cambiado por un antiguo principio bíblico que ya Cristo se encargó de abolir: “ojo por ojo y diente por diente”. Lo que en la actualidad se traduce en una inversión de la máxima confuciana, en algo así como: hazle a los otros todo lo que ellos te han hecho a ti —la conocida historia sin fin.

Jorge Majfud

Montevideo, 8 de enero de 2003

Bitacora (La Republica)

 


Le lent  suicide  de  l’Occident

Par Jorge Majfud

L’occident apparaît tout à coup dépourvu de ses meilleures vertus, construites siècle après siècle, occupé à reproduire ses propres défauts et à copier les défauts d’autrui, comme le sont l’autoritarisme et la persécution préventive d’innocents. Des vertus comme la tolérance et l’autocritique ne firent jamais partie de sa faiblesse comme on le prétend maintenant, sinon le contraire : pour eux fut possible quelque sorte de progrès, éthique et matériel. La plus grande espérance et le plus grand danger pour l’Occident sont dans son propre cœur. Ceux qui n’ont pas de « Rage » ni « d’Orgueil » pour aucune race ni pour aucune culture sentent la nostalgie pour les temps disparus qui jamais ne furent bons mais, non plus, jamais aussi mauvais.

Actuellement, quelques célébrités du XX è siècle, démontrant une irréversible décadence sénile, se sont consacrées à divulguer la fameuse idéologie sur « le choc des civilisations » – qui est déjà banale par elle-même – commençant leurs raisonnements par des conclusions, au meilleur style de la théologie classique. Comme l’est l’affirmation, aprioristes et appartenant au XIX è siècle, à savoir que “la culture occidentale est supérieure à toutes les autres”. Et que, comme si ce fut peu, de la répéter.

A partir de cette Supériorité Occidentale, la fameuse journaliste italienne Oriana Fallaci, écrivit récemment de brillantes choses comme : “Si dans certains pays les femmes sont assez stupides qu’elles acceptent de porter le chador, et même le voile, avec le grillage à la hauteur des yeux, tant pis pour elles. (…) Et si leurs maris sont assez idiots pour ne pas boire ni vin ni bière, idem”. Sapristi! Voilà de la rigueur intellectuelle. “Quel dégoût – continua-t-elle d’écrire, premièrement dans le Corriente della Sera et, par la suite, dans son best-seller “La rage et l’orgueil “, se référant aux africains qui avaient uriné sur une place publique -. Ils ont la pisse longue ces fils d’Allah! Race d’hypocrites”. Quoiqu’ils fussent absolument innocents, quoique dans leur rang aucun n’avait l’idée de détruire la Tour de Pise ou la Tour de Giotto, aucun qui voulut m’obliger à porter le chador, aucun qui voulut me brûler sur le bûcher de l’Inquisition, leur présence m’inquiétait. Cela me donnait de la fadeur”. Résumons : quoique ces noirs fussent absolument innocents, leur présence lui procurait une égale fadeur. Pour Fallaci, ce n’est pas du racisme, c’est « rage froide, lucide et rationnelle ». Et, comme si c’était peu, une observation géniale pour se référer aux immigrants en général : “ De plus, il y a autre chose que je ne comprends pas. Si réellement ils sont si pauvres, qui leur donne l’argent nécessaire pour le voyage en avion ou en bateau qui les amène en Italie? Ne serait-ce pas, du moins en partie, Osama ben Laden? “. Pauvre Galilée, pauvre Camus, pauvre Simone de Beauvoir, pauvre Michel Foucault.

En passant, rappelons que, quoique cette dame écrive sans comprendre – elle l’a dit elle-même – ces paroles passèrent à un livre qui fut vendu à un demi million d’exemplaires, auquel il ne manque pas de raisons ni de lieux communs tel le « je suis athée grâce à Dieu ». Ni curiosités historiques de ce style : « comment peut-on avaler la polygamie et le principe que les femmes ne doivent pas se laisser photographier? Parce que cela est aussi dans le Coran », ce qui signifie qu’au VII è siècle les Arabes étaient très avancés en optique. Ni sa dose répétée d’humour, comme peuvent l’être ses arguments de poids : “ Et, de plus, nous l’admettons : nos cathédrales ne sont-elles pas plus belles que les mosquées et les synagogues, oui ou non? Elles sont plus belles que les églises protestantes”. Comme le dit Atilio, elles ont tout le Brillant de Brigitte Bardot. Il ne manquait plus que nous nous emmêlions à savoir qu’est-ce qui est le plus beau, la Tour de Pise ou le Taj Mahal. Et, de nouveau, la tolérance européenne : “je te dis que, précisément parce que c’est défini depuis plusieurs siècles et de façon très précise, notre identité culturelle ne peut supporter une vague migratrice composée de personnes qui, d’une façon ou d’une autre, veulent changer notre système de vie, nos valeurs. Je te dis qu’entre nous il n’y a pas de place pour les muezzins, pour les minarets, pour les faux abstinents, pour ces emmerdants médiévaux, pour ces chadors dégueulasses. Et si nous l’avions, nous ne la leur donnerions pas”, Pour tout simplement en finir par cet avertissement à son éditeur : “Je t’avertis, ne me demandes jamais rien de plus. Et encore moins de participer à de vaines polémiques. Ce que j’avais à dire, je l’ai dit. Me l’ont ordonné la rage et l’orgueil”. Ce qui nous était évident depuis le commencent et, de fait, nous nie un des fondements de la démocratie et de la tolérance, depuis la Grèce antique : la polémique et le droit à la réplique – la compétence des arguments au lieu des insultes.

Mais, comme je ne possède pas un nom aussi réputé que celui de Fallaci – gagné à bon droit, nous n’en avons pas à en douter -, je ne puis être d’accord avec les insultes. Comme je suis natif d’un pays sous-développé et ni même réputé comme Maradona, je n’ai d’autre remède que de recourir à l’antique coutume d’utiliser des arguments.

Voyons. Seule, l’expression « culture occidentale » est si équivoque comme peut l’être celle de « culture orientale » ou de « culture islamique », parce que chacune d’elle est composée d’un ensemble diversifié et souvent contradictoire des « autres cultures ». Il suffit de penser qu’à l’intérieur de « culture occidentale » rentrent des pays aussi distincts que Cuba et les États-Unis, mais aussi d’irréconciliables périodes historiques à l’intérieure d’une même région géographique, comme peut l’être la petite Europe et là encore plus petite Allemagne où marchèrent Goethe et Adolf Hitler, Bach et les skins heads. D’autre part, nous n’oublions pas qu’Hitler et le Klu-Klux-Klan aussi (au nom du Christ et de la race Blanche), que Staline au nom de la (Raison et de l’athéisme), que Pinochet (au nom de la Démocratie et de la Liberté) et que Mussolini (en son propre nom) furent des produits typiques, récents et représentatifs de l’auto proclamée « culture occidentale ». Quoi de plus occidental que la démocratie et les camps de concentration ? Quoi de plus occidental que la déclaration des Droits Humains et les dictatures en Espagne et en Amérique Latine, sanglantes et dégénérées jusqu’aux limites de l’imagination ? Quoi de plus occidental que le christianisme qui guérit, sauva et assassina grâce au Saint Office ? Quoi de plus occidental que les académies militaires modernes ou les plus antiques monastères où l’on enseignait, avec un sadisme raffiné, de la part du pape Innocent IV, et se fondant sur le Droit Romain, l’art de la torture ? Ou tout ceci fut-il apporté du Moyen-Orient par Marco Polo ? Qui a-t-il de plus occidental que la bombe atomique et les millions de morts et de disparus sous les régimes fascistes, communistes et, même, « démocratiques » ? Quoi de plus occidental que les invasions militaires et la suppression de peuples entiers, dans ce que l’on appelle les « bombardements préventifs » ?

Tout cela est la partie obscure de l’Occident, et rien ne nous garantit que nous soyons à l’abri de cela, seulement parce que nous n’arrivons pas à nous comprendre avec nos voisins, lesquels sont là depuis plus de 1 400 ans, avec l’unique différence que maintenant le monde s’est globalisé (l’Occident l’a globalisé), et eux possèdent la principale source d’énergie qui fait mouvoir l’économie du monde – au moins pour le moment – en plus de la haine et de la rancœur d’Oriana Fallaci. Mais n’oublions pas que l’Inquisition espagnole, plus étatique que les autres, débuta par un sentiment hostile envers les Maures et les juifs, et n’a pas été arrêtée avec le Progrès et le Salut de l’Espagne, mais avec la mort sur le bûcher de milliers d’êtres humains.

Cependant, l’Occident aussi représente la Démocratie, la Liberté, les Droits Humains et la lutte pour les Droits de la femme. A tout le moins, la tentative de les obtenir, et ce, du mieux que l’humanité a réussi jusqu’à maintenant. Et quel a été depuis toujours la base de ces quatre piliers, sinon la tolérance ?

Fallaci veut nous faire croire que la « culture occidentale » est un produit unique et pur, sans participation de l’autre. Mais si quelque chose caractérise l’Occident, précisément, cela a été tout le contraire : nous sommes le résultat d’innombrables cultures, commençant par la culture hébraïque (pour ne pas parler d’Aménophis IV) et continuant par presque toutes les autres : par les chaldéens, par les grecs, par les chinois, par les hindous, par les africains du nord et par le reste des cultures qui, aujourd’hui, sont uniformément qualifiées d’islamiques. Jusqu’à ce qu’il y a peu, il n’était pas nécessaire de rappeler que, lorsqu’en Europe – dans toute l’Europe – l’Église chrétienne , au nom de l’Amour, persécutait, torturait et brûlait vif ceux qui différaient d’opinion avec les autorités ecclésiastiques ou commettaient le péché de se dédier à quelque type de recherche (ou simplement parce qu’elles étaient des femmes seules, c’est-à-dire des sorcières); dans le monde islamique se répandaient les arts et les sciences, non seulement leur propre culture, mais aussi celle des chinois, des hindous, celle des juifs et des grecs. Et cela non plus ne veut pas dire que volaient les papillons et que jouaient les violons n’importe où. Entre Bagdad et Cordoba la distance était, alors, quasi astronomique.

Mais Oriana Fallaci non seulement nie la composition diverse et contradictoire de n’importa laquelle des cultures en question, mais, de fait, elle se nie à reconnaître la partie orientale comme une culture de plus : “Cela me dégoûte de parler de deux cultures”, écrit-elle. Par la suite, elle conclue avec une incroyable démonstration d’ignorance historique : “Les mettre sur le même plan comme si elles fussent deux réalités parallèles, de poids égaux et d’égales mesures. Parce que derrière notre civilisation sont Homère, Socrate, Platon, Aristote et Fidias, entre plusieurs. C’est l’antique Grèce avec son Panthéon et sa découverte de la Démocratie. C’est l’antique Rome avec sa grandeur, ses lois et sa conception de la Loi. Avec sa sculpture, sa littérature et son architecture. Ses palais et ses amphithéâtres, ses aqueducs, ses ponts et ses chaussées”.

Sera-t-il nécessaire de rappeler à Fallaci qu’entre tout cela et nous est l’antique Empire Islamique sans lequel tout eut été brûlé – je parle des livres et des personnes, non du Colisé – grâce à des siècles de terrorisme ecclésiastique bien européen et bien occidental ? Et de la grandeur de Rome et de sa “conception de la Loi” dont nous parlions l’autre jour, parce qu’ici, oui, il nous faut du blanc et du noir pour nous souvenir. Aussi laissons de côté la littérature et l’architecture islamique, qui n’ont rien à envier à la Rome de Fallaci, comme toute personne moyennement cultivée sait.

Voyons voir. Et en dernier ? “ Et en dernier – écrivit Fallaci – c’est la science. Une science qui à découvert plusieurs maladies et les soignent. Je continue d’être vivante, jusqu’à maintenant, grâce à notre science, non celle de Mahomet. Une science qui a changé la face de cette planète avec l’électricité, la radio, le téléphone, la télévision… Alors, posons maintenant la question fatale : et derrière l’autre culture, qu’est-ce qu’il y a ?” Réponse fatale : derrière notre science sont les égyptiens, les chaldéens, les hindous, les grecs, les chinois, les arabes, les juifs et les africains. Peut-être Fallaci croit-elle que tout a surgit par génération spontanée durant les cinquante dernières années ? Il faudrait rappeler à cette dame que Pythagore prit sa philosophie d’Égypte et de Chaldée (Irak) – même sa fameuse formule mathématique, que non seulement nous utilisons en architecture, mais aussi dans la théorie de la Relativité d’Einstein – de même que fit un autre savant et mathématicien appelé Tales de Mileto. Les deux voyagèrent au Moyen-Orient avec l’esprit plus ouvert que ne le fit Fallaci. La méthode hypothético-déductive – base de l’épistémologie scientifique – prend ses origines des prêtres égyptiens (à commencer par Klimovski, s’il vous plaît); le zéro et l’extraction des racines carrées, ainsi que d’innombrables découvertes mathématiques et astronomiques, que nous enseignons aujourd’hui dans les lycées, naquirent en Inde et en Irak; l’alphabet nous vient des phéniciens (anciens libanais) et probablement la première forme de globalisation qu’a connue le monde. Le zéro ne fut pas inventé par les arabes mais par les hindous, mais ce sont ces premiers qui l’amenèrent en Occident. Pour couronner le tout, le très avancé Empire Romain, non seulement ne connaissait pas le zéro – sans lequel il serait impossible d’imaginer les mathématiques modernes et les voyages dans l’espace – mais possédait un système de calcul et d’estimation ennuyeux qui perdura jusqu’à la fin du Moyen-Âge. Jusqu’au commencement de la Renaissance, il y avait encore certains hommes d’affaires qui utilisaient ce système, se refusant à le changer pour les nombres arabes, à cause de préjugés raciaux et religieux, ce qui provoquait toutes sortes d’erreurs de calcul et de litiges sociaux. D’autre part, mentionnons que la naissance de l’Ère Moderne tira son origine au contact de la culture européenne – à la suite de longs siècles de répressions religieuses – contre la culture islamique en premier, et, par la suite, contre la culture grecque. Ou quelqu’un pensa que la rationalité scolastique fut la conséquence des tortures qui se pratiquaient dans les saints cachots ? Au début du XII è siècle, l’anglais Adelardo de Bath entreprit un long voyage d’étude au sud de l’Europe, en Syrie et en Palestine. A son retour, Adelardo introduisit dans l’Angleterre sous-développée un paradigme qui, encore aujourd’hui, est soutenu par des scientifiques renommés comme Stephen Hawking : Dieu avait créé la Nature de façon qu’elle pouvait être étudiée et expliquée sans Son intervention (j’ai ici l’autre pilier des sciences, nié historiquement par l’église romaine). Adelardo reprocha même aux penseurs de son époque de s’être laissé éblouir par le prestige des autorités – commençant par le grec Aristote, bien sûr. Pour eux, il présenta la consigne « raison contre autorité », et se fit nommer lui-même « modernus ». J’ai appris de mes maîtres arabes à prendre la raison comme guide – écrivit-il – mais vous vous fiez seulement à ce que disent les autorités. Un compatriote de Fallaci, Gerardo de Cremona, introduisit en Europe les écrits de l’astronome et mathématicien “irakien” Al Jwarizmi, inventeur de l’algèbre, des algorithmes, du calcul arabe et décimal; il avait traduit Ptolémée en arabe – puisque même la théorie astronomique d’un grec officiel comme lui ne se trouvait pas dans l’Europe chrétienne -, des dizaines de traités médicinaux, comme ceux de Ibn Sina et l’irakien Al-Razi, auteur du premier traité scientifique sur la variole et la rougeole, ce qui aujourd’hui serait l’objet de quelque type de persécution.

Nous pourrions continuer d’énumérer des exemples comme ceux-ci, que la journaliste italienne ignore, mais nous nous occuperons de cela dans un livre et, pour le moment, ce n’est pas ce qui m’importe le plus.

Ce qui aujourd’hui est en jeu n’est pas seulement de protéger l’Occident contre les terroristes d’ici et d’ailleurs, mais – et surtout peut-être – c’est qu’il est crucial de le protéger de nous-mêmes. Il suffirait de reproduire certaines de nos monstrueuses inventions pour tout perdre ce qu’on a obtenu jusqu’à maintenant en matière de Droits Humains. Commençant par le respect à la diversité. Et il est hautement probable que cela arrive dans les dix prochaines années si nous ne réagissons pas à temps.

La semence est là et il ne nous manque seulement que d’y jeter un peu d’eau. J’ai écouté des dizaines de fois l’expression suivante : “ la seule chose de bon qu’a fait Hitler, c’est de tuer tous ces juifs”. Ni plus ni moins. Je ne l’ai entendue d’aucune bouche musulmane – peut-être parce que je vis dans un pays où pratiquement ils n’existent pas – ni même de descendants d’arabes. Je l’ai entendu de créoles neutres ou de descendants d’européens. Dans toutes ces occasions, il m’a suffit de raisonner de la façon suivante, pour faire taire mon interlocuteur occasionnel : “ Quel est votre nom ? Gutierréz, Pauletti, Wilson, Marceau…Alors, monsieur, vous n’êtes pas Allemand, et encore moins de pure race arienne. Ce que je veux dire c’est que bien avant qu’Hitler en eut terminé avec les Juifs, il eut commencé par tuer leurs grands-parents et tous ceux qui auraient eu un profil et une couleur de peau semblable à la leur”. C’est ce même risque que nous courons présentement : si nous nous consacrons à persécuter les arabes ou les musulmans, non seulement nous serons en train de démontrer que nous n’avons rien apprit, mais que, bientôt, nous finirons par persécuter leurs semblables : les bédouins, les africains du nord, les gitans, les espagnols du sud, les juifs d’Espagne, les Juifs Latino-Américain , les américains du centre, les mexicains du sud, les mormons du nord, les hawaïens, les chinois, les hindous, and so on.

Il n’y a pas si longtemps, un autre italien, Umberto Eco, résuma ainsi un savant avertissement : “Nous sommes une civilisation plurale parce que nous permettons que dans nos pays s’érigent des mosquées, et nous ne pouvons pas renoncer à cela parce qu’à Kaboul on emprisonne les propagandistes chrétiens (…). Nous croyons que notre culture est mature parce qu’elle sait tolérer la diversité et que sont barbares les membres de notre culture qui ne la tolèrent pas”.

Comme disaient Freud et Jung, ce que personne ne désirerait commettre est objet de prohibition; et comme l’a dit Boudrilard, on établit des droits lorsqu’on les a perdus. Les terroristes islamiques ont obtenu ce qu’ils désiraient, doublement. L’Occident apparaît bien vite dépourvu de ses meilleures vertus, construites siècle après siècle, occupé maintenant à reproduire ses propres défauts et à copier les défauts d’autrui, comme le sont l’autoritarisme et la persécution préventive d’innocents. Si longtemps imposant sa culture à d’autres régions de la planète pour, maintenant, se faire imposer une morale qui, dans ses meilleurs moments, ne fut jamais la sienne. Des vertus comme la tolérance et l’autocritique jamais ne firent partie de leur faiblesse, comme on le prétend, mais tout au contraire : pour eux fut possible quelque type de progrès, éthique et matériel. La Démocratie et la Science ne se développèrent jamais à partir du culte narcissique de la culture propre mais de l’opposition critique à partir de la même. Et en cela, jusqu’il y a peu de temps, furent occupés non seulement les « intellectuels maudits » mais beaucoup de groupes d’action et de résistance sociale, comme le furent les bourgeois du XVIII è siècle, les syndicats du XX è, le journalisme inquisiteur jusqu’à hier, substitué aujourd’hui par la propagande, en ces misérables temps que sont les nôtres. Même la prompte destruction de la privacité est un autre symptôme de cette colonisation morale. Seulement, au lieu du contrôle religieux, nous serons contrôlés par la Sécurité Militaire. Le Grand Frère, qui écoute tout et qui voit tout, en finira par nous imposer des masques semblables à ceux que nous voyons en Orient, et avec l’unique objet de ne pas être reconnus lorsque nous marchons dans la rue ou lorsque nous faisons l’amour.

La lutte n’est pas – ni ne doit être – entre orientaux et occidentaux; la lutte est entre l’intolérance et l’imposition, entre la diversité et l’uniformisation, entre le respect pour l’autre et son mépris ou annihilation. Des Écrits comme La rage et l’orgueil d’Oriana Fallaci ne sont pas une défense de la culture occidentale mais une attaque astucieuse, un pamphlet insultant contre le meilleur de l’Occident. La preuve en est qu’il suffirait de changer le mot Orient pour celui d’Occident, et certaines des localisations géographiques, afin de reconnaître un fanatisme taliban. Ceux d’entre-nous qui, n’ont pas de Rage ni d’Orgueil pour aucune race ni culture, nous sentons de la nostalgie pour ces temps disparus, qui jamais ne furent bons mais, non plus, jamais aussi mauvais.

Il y a quelques années, j’étais aux États-Unis et là je vis une belle murale à l’édifice des Nations Unies à New York, si je me souviens bien, où apparaissaient représentés des hommes et des femmes de différentes races et religions – je crois que la composition était basée sur une pyramide un peu arbitraire, mais cela maintenant n’a rien à voir. Plus bas, en lettres dorées, on pouvait lire une sentence que Confucius enseignait en Chine et que répétèrent durant des siècles des hommes et des femmes de tout l’Orient, jusqu’à se construire en un principe occidental : “ Do unto others as you would have them do unto you”.  (Fais aux autres comme tu souhaites que les autres te fassent). En anglais, cela sonne musical, et même ceux qui ne connaissent pas cet idiome pressentent que cela réfère à une certaine réciprocité entre les uns et les autres. Je ne comprends pas pourquoi il nous faudrait rayer ce commandement de nos murailles, fondement de toute démocratie et de tout état de droit, fondement des meilleurs rêves d’Occident, seulement parce que les autres l’ont, tout-à-coup, oublié. Ou l’ont changé pour un antique principe biblique que déjà le Christ s’est chargé d’abolir : “œil pour œil et dent pour dent”. Ce qui dans l’actualité est une inversion de la maxime confucéenne en quelque chose comme : “Fais aux autres tout ce qu’ils t’ont fait à toi” – la connue histoire sans fin.

Jorge Majfud

Montevideo, jornal La República, Janeiro 2003

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, mars 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

The Slow Suicide of the West

Jorge Majfud

The West appears, suddenly, devoid of its greatest virtues, constructed century after century, preoccupied now only with reproducing its own defects and with copying the defects of others, such as authoritarianism and the preemptive persecution of innocents.  Virtues like tolerance and self-criticism have never been a weakness, as some now pretend, but quite the opposite: it was because of themthat progress, both ethical and material, were possible.  Both the greatest hope and the greatest danger for the West can be found in its own heart.  Those of us who hold neither “Rage” nor “Pride” for any race or culture feel nostalgia for times gone by, times that were never especially good, but were not so bad either.

Currently, some celebrities from back in the 20th century, demonstrating an irreversible decline into senility, have taken to propagating the famous ideology of the “clash of civilizations” – which was already plenty vulgar all by itself – basing their reasoning on their own conclusions, in the best style of classical theology.  Such is the a priori and 19th century assertion that “Western culture is superior to all others.”  And, if that were not enough, that it is a moral obligation to repeat it.

From this perspective of Western Superiority, the very famous Italian journalist Oriana Fallacia wrote, recently, brilliant observations such as the following:  “If in some countries the women are so stupid as to accept the chador and even the veil, so much the worse for them. (…) And if their husbands are so idiotic as to not drink wine or beer, idem.”  Wow, that is what I call intellectual rigor.  “How disgusting!” – she continued writing, first in the Corriere della Sera and later in her best seller The Rage and the Pride (Rizzoli International, 2002), refering to the Africans who had urinated in a plaza in Italy – “They piss for a long time these sons of Allah!  A race of hypocrits.” “Even if they were absolutely innocent, even if there were not one among them who wished to destroy the Tower of Pisa or the Tower of Giotto, nobody who wished to make me wear the chador, nobody who wished to burn me on the bonfires of a new Inquisition, their presence alarms me.  It makes me uneasy.”  Summing up: even if these blacks were completely innocent, their presence makes her uneasy anyway.  For Fallaci, this is not racism, it is “cold, lucid, rational rage.”  And, if that were not enough, she offers another ingenious observation with reference to immigrants in general:  “And besides, there is something else I don’t understand.  If they are really so poor, who gives them the money for the trip on the planes or boats that bring them to Italy?  Might Osama bin Laden be paying their way, at least in part?” …Poor Galileo, poor Camus, poor Simone de Beauvoir, poor Michel Foucault.

Incidentally, we should remember that, even though the lady writes without understanding – she said it herself – these words ended up in a book that has sold a half million copies, a book with no shortage of reasoning and common sense, as when she asserts “I am an atheist, thank God.”  Nor does it lack in historical curiosities like the following: “How does one accept polygamy and the principle that women should not allow photographs to be taken of them?  Because this is also in the Q’uran,” which means that in the 7th century Arabs were extremely advanced in the area of optics.  Nor is the book lacking in repeated doses of humor, as with these weighty arguments:  “And, besides, let’s admit it: our cathedrals are more beautiful than the mosques and sinagogues, yes or no?  Protestant churches are also more beautiful.”  As Atilio says, she has the Shine of Brigitte Bardot.  As if what we really needed was to get wrapped up in a discussion of which is more beautiful, the Tower of Pisa or the Taj Mahal.  And once again that European tolerance:  “I am telling you that, precisely because it has been well defined for centuries, our cultural identity cannot support a wave of immigration composed of people who, in one form or another, want to change our way of life.  Our values.  I am telling you that among us there is no room for muezzins, for minarets, for false abstinence, for their screwed up medieval ways, for their damned chador.  And if there were, I would not give it to them.”  And finally, concluding with a warning to her editor: “I warn you: do not ask me for anything else ever again.  Least of all that I participate in vain polemics.  What I needed to say I have said.  My rage and pride have demanded it of me.”  Something which had already been clear to us from the beginning and, as it happens, denies us one of the basic elements of both democracy and tolerance, dating to ancient Greece: polemics and the right to respond – the competition of arguments instead of insults.

But I do not possess a name as famous as Fallaci – a fame well-deserved, we have no reason to doubt – and so I cannot settle for insults.  Since I am native to an under-developed country and am not even as famous as Maradona, I have no other choice than to take recourse to the ancient custom of using arguments.

Let’s see.  The very expression “Western culture” is just as mistaken as the terms “Eastern culture” or “Islamic culture,” because each one of them is made up of a diverse and often contradictory collection of other “cultures.”  One need only think of the fact that within “Western culture” one can fit not only countries as different as the United States and Cuba, but also irreconcilable historical periods within the same geographic region, such as tiny Europe and the even tinier Germany, where Goethe and Adolf Hitler, Bach and the skin-heads, have all walked the earth.  On the other hand, let’s not forget also that Hitler and the Ku Klux Klan (in the name of Christ and the White Race), Stalin (in the name of Reason and atheism), Pinochet (in the name of Democracy and Liberty), and Mussolini (in his own name), were typical recent products and representatives of the self-proclaimed “Western culture.”  What is more Western than democracy and concentration camps?  What could be more Western that the Universal Declaration of Human Rights and the dictatorships in Spain and Latin America, bloody and degenerate beyond the imagination?  What is more Western than Christianity, which cured, saved and assassinated thanks to the Holy Office?  What is more Western than the modern military academies or the ancient monasteries where the art of torture was taught, with the most refined sadism, and by the initiative of Pope Innocent IV and based on Roman Law?  Or did Marco Polo bring all of that back from the Middle East?  What could be more Western than the atomic bomb and the millions of dead and disappeared under the fascist, communist and, even, “democratic” regimes?  What more Western than the military invasions and suppression of entire peoples under the so-called “preemptive bombings”?

All of this is the dark side of the West and there is no guarantee that we have escaped any of it, simply because we haven’t been able to communicate with our neighbors, who have been there for more than 1400 years, with the only difference that now the world has been globalized (the West has globalized it) and the neighbors possess the main source of energy that moves the world’s economy – at least for the moment –  in addition to the same hatred and the same rencor as Oriana Fallaci.  Let’s not forget that the Spanish Inquisition, more of a state-run affair than the others, originated from a hostility to the moors and jews and did not end with the Progress and Salvation of Spain but with the burning of thousands of human beings.

Nevertheless, the West also represents Democracy, Freedom, Human Rights and the struggle for women’s rights.  At least the effort to attain them, and the most that humanity has achieved so far.  And what has always been the basis of those four pillars, if not tolerance?

Fallaci would have us believe that “Western culture” is a unique and pure product,  without the Other’s participation.  But if anything characterizes the West, it has been precisely the opposite: we are the result of countless cultures, beginning with the Hebrew culture (to say nothing of Amenophis IV) and continuing through almost all the rest: through the Caldeans, the Greeks, the Chinese, the Hindus, the southern Africans, the northern Africans and the rest of the cultures that today are uniformly described as “Islamic.”  Until recently, it would not have been necessary to remember that, while in Europe – in all of Europe – the Christian Church, in the name of Love, was persecuting, torturing and burning alive those who disagreed with the ecclesiastical authorities or committed the sin of engaging in some kind of research (or simply because they were single women, which is to say, witches), in the Islamic world the arts and sciences were being promoted, and not only those of the Islamic region but of the Chinese, Hindus, Jews and Greeks.  And nor does this mean that butterflies flew and violins played everywhere.  Between Baghdad and Córdoba the geographical distance was, at the time, almost astronomical.

But Oriana Fallacia not only denies the diverse and contradictory compositioon of any of the cultures in conflict, but also, in fact, refuses to acknowledge the Eastern counterpart as a culture at all.  “It bothers me even to speak of two cultures,” she writes.  And then she dispatches the matter with an incredible display of historical ignorance: “Placing them on the same level, as if they were parallel realities, of equal weight and equal measure.  Because behind our civilization are Homer, Socrates, Plato, Aristotle and Phidias, among many others.  There is ancient Greece with its Parthenon and its discovery of Democracy.  There is ancient Rome with its grandeur, its laws and its conception of the Law.  With its sculpture, its literature and its architecture.  Its palaces and its amphitheaters, its aqueducts, its bridges and its roads.”

Is it really necessary to remind Fallaci that among all of that and all of us one finds the ancient Islamic Empire, without which everything would have burned – I am talking about the books and the people, not the Colliseum – thanks to centuries of ecclesiastical terrorism, quite European and quite Western?  And with regard to the grandeur of Rome and “its conception of the Law” we will talk another day, because here there is indeed some black and white worth remembering.  Let’s also set aside for the moment Islamic literature and architecture, which have nothing to envy in Fallaci’s Rome, as any half-way educated person knows.

Let’s see, and lastly?  “Lastly – writes Fallaci – there is science.  A science that has discovered many illnesses and cures them.  I am alive today, for the time being, thanks to our science, not Mohammed’s. A science that has changed the face of this planet with electricity, the radio, the telephone, the television… Well then, let us ask now the fatal question: and behind the other culture, what is there?”

The fatal answer:  behind our science one finds the Egyptians, the Caldeans, the Hindus, the Greeks, the Chinese, the Arabs, the Jews and the Africans.  Or does Fallaci believe that everything arose through spontaneous generation in the last fifty years?  She needs to be reminded that Pythagoras took his philosophy from Egypt and Caldea (Iraq) – including his famous mathemetical formula, which we use not only in architecture but also in the proof of Einstein’s Special Theory of Relativity – as did that other wise man and mathematician Thales.  Both of them travelled through the Middle East with their minds more open than Fallaci’s when she made the trip.  The hypothetical-deductive method – the basis for scientific epistemology – originated among Egyptian priests (start with Klimovsky, please), zero and the extraction of square roots, as well as innumerable mathematical and astronomical discoveries, which we teach today in grade school, were born in India and Iraq; the alphabet was invented by the Phoenicians (ancient Lebanese), who were also responsible for the first form of globalization known to the world.  The zero was not an invention of the Arabs, but of the Hindus, but it was the former who brought it to the West.  By contrast, the advanced Roman Empire not only was unfamaliar with zero – without which it would be impossible to imagine modern mathematics and space travel – but in fact possessed an unwieldy systemof counting and calculation that endured until the late Middle Ages. Through to the early Renaissance there were still businessmen who used the Roman system, refusing to exchange it for Arabic numerals, due to racial and religious prejudices, resulting in all kinds of mathematical erros and social disputes.  Meanwhile, perhaps it is better to not even mention that the birth of the Modern Era began with European cultural contact – after long centuries of religious repression – first with Islamic culture and then with Greek culture.  Or did anyone think that the rationalism of the Scholastics was a consequence of the practice of torture in the holy dungeons?  In the early 12th century, the Englishman Adelard of Bath undertook an extensive voyage of study through the south of Europe, Syria and Palestine.  Upon returning from his trip, Adelard introduced into under-developed England a paradigm that even today is upheld by famous scientists like Stephen Hawking: God had created Nature in such a way that it could be studied and explained without His intervention.  (Behold the other pillar of the sciences, rejected historically by the Roman Church.)  Indeed, Adelard reproached the thinkers of his time for having allowed themselves to be enthralled by the prestige of the authorities – beginning with Aristotle, clearly.  Because of them he made use of the slogan “reason against authority,” and insisted he be called “modernus.”  “I have learned from my Arab teachers to take reason as a guide – he wrote – but you only adhere to what authority says.”  A compatriot of Fallaci, Gerardo de Cremona, introduced to Europe the writings of the “Iraqi” astronomer and mathematician Al-Jwarizmi, inventor of algebra, of algorithms, of Arabic and decimal calculus; translated Ptolemy from the Arabic – since even the astsronomical theory of an official Greek like Ptolemy could not be found in Christian Europe – as well as dozens of medical treatises, like those of Ibn Sina and Irani al-Razi, author of the first scientific treatise on smallpox and measles, for which today he might have been the object of some kind of persecution.

We could continue listing examples such as these, which the Italian journalist ignores, but that would require an entire book and is not the most important thing at the moment.

What is at stake today is not only protecting the West against the terrorists, home-grown and foreign, but – and perhaps above all – protecting the West from itself. The reproduction of any one of its most monstrous events would be enough to lose everything that has been attained to date with respect to Human Rights.  Beginning with respect for diversity.  And it is highly probable that such a thing could occur in the next ten years, if we do not react in time.

The seed is there and it only requires a little water.  I have heard dozens of times the following expression: “the only good thing that Hitler did was kill all those Jews.”  Nothing more and nothing less.  And I have not heard it from the mouth of any muslim – perhaps because I live in a country where they practically do not exist – nor even from anyone of Arab descent.  I have heard it from neutral creoles and from people of European descent.  Each time I hear it I need only respond in the following manner in order to silence my interlocutor:  “What is your last name?  Gutiérrez, Pauletti, Wilson, Marceau… Then, sir, you are not German, much less a pure Aryan.  Which means that long before Hitler would have finished off the Jews he would have started by killing your grandparents and everyone else with a profile and skin color like yours.”  We run the same risk today: if we set about persecuting Arabs or Muslims we will not only be proving that we have learned nothing, but we will also wind up persecuting those like them: Bedouins, North Africans, Gypsies, Southern Spaniards, Spanish Jews, Latin American Jews, Central Americans, Southern Mexicans, Northern Mormons, Hawaiians, Chinese, Hindus, and so on.

Not long ago another Italian, Umberto Eco, summed up a sage piece of advice thusly: “We are a plural civilization because we permit mosques to be built in our countries, and we cannot renounce them simply because in Kabul they throw Christian propagandists in jail (…)  We believe that our culture is mature because it knows how to tolerate diversity, and members of our culture who don’t tolerate it are barbarians.”

As Freud and Jung used to say, that act which nobody would desire to commit is never the object of a prohibition; and as Boudrillard said, rights are established when they have been lost.  The Islamic terrorists have achieved what they wanted, twice over. The West appears, suddenly, devoid of its greatest virtues, constructed century after century, preoccupied now only with reproducing its own defects and with copying the defects of others, such as authoritarianism and the preemptive persecution of innocents.  So much time imposing its culture on the other regions of the planet, to allow itself now to impose a morality that in its better moments was not even its own.  Viritues like tolerance and self-criticism never  represented its weakness, as some would now have it, but quite the opposite: only because of them was any kind of progress possible, whether ethical or material.  Democracy and Science never developed out of the narcissistic reverence for its own culture but from critical opposition within it.  And in this enterprise were engaged, until recently, not only the “damned intellectuals” but many activist and social resistance groups, like the bourgeoisie in the 18th century, the unions in the 20th century, investigative journalism until a short time ago, now replaced by propaganda in these miserable times of ours.  Even the rapid destruction of privacy is another symptom of that moral colonization.  Only instead of religious control we will be controlled by Military Security.  The Big Brother who hears all and sees all will end up forcing upon us masks similar to those we see in the East, with the sole objective of not being recognized when we walk down the street or when we make love.

The struggle is not – nor should it be – between Easterners and Westerners; the struggle is between tolerance and imposition, between diversity and homogenization, between respect for the other and scorn and his annihilation.  Writings like Fallaci’s The Rage and the Pride are not a defense of Western culture but a cunning attack, an insulting broadside against the best of what Western culture has to offer.  Proof of this is that it would be sufficient to swap the word Eastern for Western, and a geographical locale or two, in order to recognize the position of a Taliban fanatic.  Those of us who have neither Rage nor Pride for any particular race or culture are nostalgic for times gone by, which were never especially good or especially bad.

A few years ago I was in the United States and I saw there a beautiful mural in the United Nations building in New York, if I remember correctly,  where men and women from distinct races and religions were visually represented – I think the composition was based on a somewhat arbitrary pyramid, but that is neither here nor there.  Below, with gilded letters, one could read a commandment taught by Confucius in China and repeated for millenia by men and women throughout the East, until it came to constitute a Western principle: “Do unto others as you would have them do unto you.”  In English it sounds musical, and even those who do not know the language sense that it refers to a certain reciprocity between oneself and others.  I do not understand why we should scratch that commandment from our walls – founding principle for any democracy and for the rule of law, founding principle for the best dreams of the West – simply because others have suddenly forgotten it.  Or they have exchanged it for an ancient biblical principle that Christ took it upon himself to abolish: “an eye for an eye and a tooth for a tooth.”  Which at present translates as an inversion of the Confucian maxim, something like: do unto others everything that they have done to you – the well-known, endless story.

Jorge Majfud,

Originally publish in La República, Montevideo, January 8, 2003

Translated by Bruce Campbell

Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John’s University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program.  He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics.  He serves as translator/editor for the “Southern Voices” project at http://www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.

Las trampas psicológicas de la ética económica

Las trampas psicológicas de la ética económica

 

A mediados del año 2002, el presidente de la República Oriental del Uruguay, Dr. Jorge Batlle, protagonizó uno de los capítulos más divertidos de nuestra historia nacional: creyendo que las cámaras de la televisión que momentos antes lo habían entrevistado estaban apagadas, mantuvo un diálogo áspero con uno de los periodistas de la cadena Bloomberg. En esa oportunidad, el presidente uruguayo se expresó con sinceridad sobre lo que pensaba de la realidad que lo rodeaba. No dijo “la Argentina/ tiene/ una economía sana”, como tantas veces había repetido hasta un día antes del conocido quebranto de salud de nuestros vecinos. Entre otras cosas, se refirió a los argentinos como “una manga de ladrones, desde el primero hasta el último”. Pero como Gran Hermano no perdona, sus palabras dieron varias veces la vuelta al mundo, lo cual no provocó la inquietud de ningún mercado ni la suba del petróleo ni la caída de la bolsa de ningún delincuente conocido, sino la risa del mundo entero lo cual, de paso, le sirvió a nuestro presidente para cumplir con la única promesa preelectoral de hacer un gobierno divertido. Paradójicamente, el que menos disfrutó con la anécdota fue su propio protagonista, el cual debió hacer un viaje lacrimógeno a Buenos Aires para pedir disculpas por tanta sinceridad, confesando, finalmente, ante el presidente Duhalde y ante el mundo entero, que también él se sentía un argentino más —aunque no aclaró si de los primeros o de los últimos.

Pero éste hecho, que si bien es memorable y de sumo interés para comentaristas de prensa y humoristas en general, no trasciende la anécdota. Me interesa más otra expresión del presidente, mucho menos divertida, quizá la que se tomó como la única razonable y atinada. La voy a repetir, y estoy seguro que todos la volverán a considerar razonable. Sin embargo, si lo hago es, precisamente, porque creo que no es correcta sino todo lo contrario: es la lógica trágica que guía un equívoco ético a escala global.

Refiriéndose a las frustradas peticiones de la Argentina al FMI, Batlle dijo, otra vez con obviedad, como es su característica y la de todo caudillo latinoamericano que llega al poder: “Si usted me viene a pedir plata prestada a mí, es obvio, mi estimado periodista, que yo voy a poner condiciones para prestársela”. Sencillita y crucial. He aquí escondida, bajo la letra, la raíz de todos los equívocos éticos.

Veamos. ¿De dónde deriva la aparente claridad de este razonamiento? Creo que deriva de una percepción correcta, del sentido común. ¿Y entonces? Es correcta cuando nos referimos a una relación entre dos personas, o entre un grupo limitado de individuos, en la cual los actores son parte activa y responsable de las causas (por ejemplo, de un préstamo) y las consecuencias (devolución). Es más, el código de conducta ahora globalizado se origina, desde su prehistoria, en este mismo tipo de relaciones. Pero es un equívoco de trágicas consecuencias cuando hacemos la traslación directa de una situación conocida a una totalmente novedosa y diferente, como lo es la relación Nación-Directorio Internacional, o Pueblo-Corporación Financiera. El equívoco trágico ocurre cuando se confunde a un individuo o a un grupo limitado con un país entero; y a la antigua situación de un mundo abierto y desconectado con el mundo actual, cerrado y globalizado, como un barco a la deriva, donde el resfrío de uno de sus pasajeros hace destornudar a la tripulación entera —y viceversa. Esta confusión, que en el pasado alimentó los caprichos de algún que otro dictador y que en el presente se usa en las reuniones y sobremesas de los Centros Decisorios Financieros para referirse a los pueblos, es más grave y trágica de lo que puede parecer a primera vista, y deriva más de la psicología individual que de la racionalidad sociológica y moral. Si bien yo soy responsable de una deuda adquirida por mí mismo, no soy responsable en la misma medida de una deuda adquirida por una generación anterior y por una sucesión de gobiernos, mucho de los cuales fueron dictaduras, es decir, ilegales e ilícitos. Si así fuera, no veo por qué los europeos no devuelven las toneladas de oro robadas a las Américas; o por qué no devolvemos nosotros, los americanos, las tierras usurpadas a los indios nativos. Y no compliquemos el análisis recordando la responsabilidad de los mismos acreedores en las fabulosas y desangrantes deudas impuestas a los pueblos del estúpidamente llamado tercer mundo. Sólo recordemos que la deuda externa es la primera causa del estancamiento y sumisión de los países “deudores”. Dicho en otras palabras, las deudas externas de los países pobres es la primera razón por la cual estos países no pueden salir de su pobreza y, por ende, la primera razón por la cual no podrán terminar nunca de pagarla. Lo cual no tiene por qué ser una mala noticia para los acreedores. La ayuda financiera de los Centros Financieros Mundiales es tan necesaria como responsable de la agonía, como lo puede ser la droga que alivia el dolor en un enfermo terminal.

Por suerte, no está lejos el tiempo en que los habitantes de este planeta, cerrado y agotado, cambien su forma de relacionamiento internacional. Es inevitable. Nada de esto quiere decir que un país no tenga responsabilidad sobre los compromisos asumidos. Quiere decir que las responsabilidades no son las mismas: son, en todo caso, relativas; nunca absolutas. Es decir, los super-directores que firman acuerdos con los mini-presidentes, deberían entender que están obteniendo una garantía relativa y, por lo tanto, deberán asumir los mismos riesgos que más tarde impongan las necesidades humanas de los pueblos heridos por una ayuda que no es tal. O tendrán que resignarse que algún día países como Argentina terminen por salir a flote sin ayuda del FMI, lo cual podría poner en jaque al actual Orden Mundial. Y es en éste punto donde estamos por ingresar a la dimensión ética del problema.

Ingresemos. Cuando un país entero está en situación de emergencia (como lo están Argentina y muchos países africanos) y no sólo se compromete su futuro productivo y financiero por el pago de onerosos intereses de deuda, sino que la vida de miles de sus habitantes está en peligro, la imperativa moral se invierte: ya no es una obligación cumplir con los “compromisos” de deuda sino lo contrario: sería inmoral cumplir con los mismos mientras miles de hombres y mujeres son arrojados literalmente a la basura. Es en este momento que debemos preguntarnos ¿qué responsabilidad tiene un niño que agoniza por desnutrición sobre los “compromisos” de deuda firmados por algún presidente, elegido por la mitad de ciudadanos —como ocurre casi siempre— o por tres o cuatro —como ocurre en los casos restantes? Cuando ponemos los principios financieros y la ética comercial sobre el primero de los principios, el de la vida, ¿no estamos invirtiendo el orden moral de los mismos?

“Si usted me viene a pedir un préstamo, es lógico que yo ponga mis condiciones”, había dicho nuestro dócil presidente. Sí, muy obvio su razonamiento, señor presidente, pero aplíquelo al sujeto correcto —y le hablo directamente a usted, porque sé que lee este diario. Entiéndalo de forma literal y no metafórica: “yo” significa “yo”, y no “pueblo”. Aplíqueselo a usted mismo, no a aquellos inocentes que jamás se enterarán cuáles son los compromisos que están asumiendo en ese momento, mientras buscan con avidez un pedazo de pan verde entre los basureros de algún restaurante de renombre internacional, el que luego negociará con su bondad, como es el estilo de la actual ética mundial.

 

Montevideo

18 de diciembre de 2002

 

Fatwa, Shari’a y la guerra de los sordos

Fatwa, Shari’a y la guerra de los sordos

¿Hasta cuándo resistirá la Humanidad que se la asesine todos los días? Podemos ser irracionales la mayor parte de nutras vidas, pero nunca podemos permitirnos ese lujo o debilidad cuando estamos juzgando a otro y mucho menos cuando su vida depende de ese juicio. El silencio nos convertirá en el árbol que sostenga a los inocentes asesinados por la Ley.

En otras oportunidades hemos recordado algunas de las interminables contradicciones de las ortodoxias y de las ortopraxias —ambas son, por lo menos, incompatibles. En nuestras propias culturas y sociedades, en nuestras propias historias y en nuestros presentes descubrimos caudales inagotables de crueldad y de hipocresía. No hay diálogo sin el Otro, y en el otro también descubrimos —era inevitable— tantas virtudes como abominables defectos, tanta incomprensión ajena como la hay en nosotros. Y lo que es peor: sordera. La Globalización no ha mitigado ese desconocimiento sino que lo ha agravado en muchos aspectos, porque la comprensión y el conocimiento no llegan necesariamente con los medios de comunicación sino con la comunicación entre los pueblos y entre los individuos. Cuando en África sonó el primer tambor para comunicar intenciones ajenas, éste facilitó la información a distancia, pero también la traición y la guerra: la destrucción del otro(1). Y esa comprensión del otro hoy está más amenazada, como puede estarlo el grito de un niño en un estadio de fútbol: se le ha otorgado el derecho de gritar sus verdades y sus angustias, pero ya nadie puede escucharlo en medio del griterío.

En rigor, no podemos conocer algo que previamente deformamos en el proceso de conocimiento. Esto sucede en la ciencia que se ocupa de las escalas infinitesimales, pero a escala humana no es inevitable. Por suerte, en nuestra escala humana todo, o casi todo, se puede cambiar, y esa es la gran tarea cuando nos enfrentamos a nuestras propias contradicciones y a las ajenas también.

También en el otro descubrimos brutales arbitrariedades. O lo que es peor: defectuosas virtudes, verdaderos monstruos celestiales. Como, por ejemplo, alguna vez recordamos y escribimos algunas líneas sobre la negativa del ayatolá Jomeini de mirar por la ventanilla del auto que lo llevaba desde el aeropuerto de París a su casa en el exilio, para evitar contaminarse con el corrupto Occidente que en ese mismo instante lo protegía de su propio gobierno. O su posterior condena a muerte al autor de un libro que nunca había leído, por supuesto, ya que ofendía a Dios. Siguiendo con ejemplos islámicos (Occidente los tiene también, y a montones) habíamos recordado que la frase de Mahoma que los mahometanos radicales más gustan olvidar es aquella que previene que “la tinta del sabio es más valiosa que la sangre del mártir”. Este deliberado olvido se hizo trágico en Argelia, cuando los más radicales islamistas advirtieron que “todo aquel que viva de la pluma morirá por la espada”. Y también pasaron de la letra a la acción. Esto, en rigor, es teología clásica; como no se pueden cambiar las escrituras, se interpreta: allí donde dice “blanco”, en realidad quiere decir “negro”. Con esta nueva interpretación, los fundamentalistas lograron destruir lo que sus antecesores habían construido en sus años de apogeo económico, religioso y cultural.

Para no quedarse atrás en este extraño proceso de santificación, recientemente y con motivo del concurso de Miss Mundo que se debía celebrar en Nigeria, la periodista Isioma Daniel fue condenada a muerte por un artículo en el cual expresaba que Mahoma hubiese elegido una de sus esposas entre las concursantes. No es necesario detenernos a probar que la posibilidad es alta. Esto no hace al centro del problema. Lo que no podemos dejar de contar son los doscientos muertos que dejaron los incidentes y, quizá más importante aún, la condena arbitraria de una persona por sus opiniones. ¿No fue el propio Mahoma, como Jesús, un perseguido por sus expresiones?

Por desgracia, del pasado imperio islámico, tolerante y humanista, conservador y renovador de las artes y las ciencias en los tiempos de la fanática Edad Media europea, apenas quedan escombros, y todos sirven para ser arrojados contra el pasado y contra el futuro por igual. Lo cual es, a todas luces, más una reacción contra Occidente ¾un Occidente que también tiene las manos teñidas de sangre¾ que una construcción propia. En Nigeria, por ejemplo, la “Shari’a” se impuso recién en el año 1999, en algunos estados del norte. Según este riguroso conjunto de leyes religiosas, el adulterio se paga con la lapidación y la opinión, aparentemente, con la “fatwa” de muerte. En esta situación se encuentran aún varios hombres y mujeres, entre las cuales la más conocida de los últimos meses fue el caso de Amira Lawal. Amira fue condenada a morir bajo una lluvia de piedras luego de dar el pecho a su hijo, prueba, inocente e irrefutable, del delito imputado a su madre divorciada. Por suerte, Amnistía Internacional logró presentar, ante el gobierno de Nigeria, una carta en oposición a tan salvaje condena, firmada por más de un millón de personas de todo el mundo, lo que persuadió a las autoridades para suspender lo que no se puede llamar ajusticiamiento, sino tortura primitiva o sadismo refinado en nombre de Dios. Sin embargo, este Código Sexual seguirá vigente. Como Amira, muchos hombres y muchas mujeres serán condenadas a morir bajo una lluvia de piedras, no arrojadas desde el cielo sino desde las manos de verdugos, cada uno de los cuales se considerará a sí mismo extensión de la mano de la justicia divina. Y todo por alguno de esos “delitos” sexuales que deberían ser jurisdicción exclusiva de Dios o de la privacidad del individuo. Claro, se podrá decir que también un hombre que mata a su mujer por celos (o viceversa) está cometiendo un crimen. De acuerdo. Pero, en todo caso, su acto es pasional e ilegal, y su drama afectará a su entorno, no mucho más. Sin embargo, cuando se ejecuta a una persona bajo una lógica del absurdo, rica en arbitrariedades y en contradicciones institucionalizadas, no sólo se está asesinando a una persona concreta sino a toda la dignidad humana y, por lo tanto, estamos ante la presencia de un crimen universal.

Se me podrá decir que en Estados Unidos y en China también existe la pena de muerte, y lo sé. Pero no distraigamos la discusión. También yo estoy totalmente en contra de la pena de muerte, ya sea en una silla eléctrica o bajo una lluvia de piedras. Mi razonamiento es simple: primero están los principios, y al final también. Y el primero de los principios será siempre la protección de la vida, o dejaremos de discutir cuando ya no haya humanidad. Luego, en apoyo a los principios elementales, existe una serie de principios más complejos y, por lo tanto, más difíciles de advertir. Por ejemplo, existe un principio elemental que es el principio de no-contradicción. Podemos ser irracionales la mayor parte de nutras vidas, pero nunca podemos permitirnos ese lujo o debilidad cuando estamos juzgando a otro y mucho menos cuando su vida depende de ese juicio.

Ahora, ¿por qué en este artículo me ocupo de Amira y de Isioma, cuando cada día mueren miles de niños de hambre o bajo el aséptico bombardeo de algún gobierno de turno? Porque de “los nuestros” nos ocupamos con frecuencia; porque no sólo estas mujeres aún no han muerto, no sólo porque aún se las piensa matar, sino también porque en este proceso se violan los principios más elementales sobre los cuales se construye cualquier forma de humanidad. Y, sobre todo, porque los crímenes de unos no justifican ni mitigan los crímenes de los otros. En esa trágica escalera de deducciones y contradicciones, se termina por negar y destruir lo que al comienzo era el objeto y el propósito de toda Ley. Así, se fabrican armas para proteger la Paz, se asesina para proteger la Vida, se persigue, se encarcela y se tortura para proteger la Libertad, se insulta a la razón y se impone la arbitrariedad religiosa para alcanzar la Justicia Humana… Uno de estos principios, tal vez uno de los más tímidos y vulnerables, dice que para llevar a cabo un acto de tamaño significado, como lo es el enjuiciamiento de un ser humano, se debe proceder con un mínimo de racionalidad. Y muchos saben que no soy un racional empedernido ni pongo a mi cultura ni a mis costumbres por encima de las otras que me son ajenas. Todo lo contrario. Entonces, ¿de qué “razón” estoy hablando?

Por lo general, las Sagradas Escrituras son arbitrarias. Y esta arbitrariedad no las descalifica cuando procede de una divinidad superior a la razón humana. Sin embargo, un juez o un teólogo que se arrogase la misma arbitrariedad en sus procedimientos estaría cometiendo, por lo menos, blasfemia o usurpación del poder divino. La única posibilidad que le queda es el camino de la racionalidad, aunque parta de principios arbitrarios, de la misma forma que un jugador de ajedrez procede con un razonamiento racional sin quebrantar las reglas de juego que, desde su fundación, son arbitrarias. Ahora, ¿a dónde quiero llegar?

Sabemos que para cualquier musulmán, Cristo es uno de los principales profetas, y que el Nuevo Testamento es uno de sus principales libros sagrados, que pueden estar después que el Corán en importancia pero que lo preceden y le dan sustento histórico y religioso. Sin embargo, de la misma forma que el cristianismo se basó siempre en las palabras de Cristo y en los Libros Sagrados para hacer precisamente todo lo contrario, en cada “fatwa” se repite la misma trágica historia. Me refiero a aquel momento superior de las Escrituras, cuando los maestros de ley y los fariseos arrastraron hasta Jesús a una mujer condenada a muerte. (San Juan 8, 3-11). Interrogados por el motivo, los judíos de la época argumentaron que aquella mujer había cometido adulterio y que, por lo tanto, debía morir bajo una lluvia de piedras, según las leyes dictadas por Moisés. Fue entonces cuando Jesús profirió esa frase que a diario se la usa casi vacía de significado: “el que esté libre de culpa que arroje la primera piedra”. Obviamente, todos se retiraron, ya que alguien que afirmara estar limpio de culpas estaría cometiendo una falta doble: la mentira y la soberbia. Cuando Jesús estuvo solo con la mujer adúltera, le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los hombres que te trajeron? Ninguno te ha condenado. Yo tampoco te condeno”.

Está claro que no necesito explicar la metáfora. El que tenga ojos que la lea; el que tenga cabeza que la use. Es más; ni siquiera es necesario tomarla como metáfora. Probablemente, haya sido un hecho real y aleccionador para el resto de la humanidad, hasta el final de sus días sobre la faz de la Tierra. En el caso de Nigeria ni siquiera es necesario cambiar la palabra “piedra” por otra cosa, ni “mujer adúltera” por otra persona. No es necesario cambiar nada. Lo único que se necesita es un poco más de respeto por la humanidad toda. Lo único que necesitamos es poner a Dios en el cielo y a los hombres en la tierra y no confundir los roles que luego producen seres híbridos, deformaciones monstruosas, con barba o pulcramente afeitados, con túnicas o con uniformes, con corbatas o con polleras, como dioses mezquinos o como hombres que se creen dioses. Sin duda, la lección del nazareno es doble: ante la mujer condenada a muerte, Jesús no sólo recuerda la imperfección del resto de los hombres, sino ¾y aquí radica lo más importante¾ también deja en claro que la racionalidad debe ser el agente que revise y cambie las leyes preestablecidas, aunque éstas posean un origen divino.

Compañeros de viaje: aunque el absurdo y la injusticia nos abrumen, no debemos rendirnos. Denunciemos estas trágicas contradicciones y juicios arbitrarios, provengan de donde provengan, ya sea desde el Este o desde el Oeste, desde el Norte o desde el Sur, desde Arriba o desde Abajo. O nuestra existencia no tendrá mejor significado que el de un árbol que otros usan para ahorcar a un inocente.

 

 

 

Montevideo

4 de diciembre de 2002

 

La lucha por los Derechos de la Mujer

The symbol of Anarcha-feminism.

Image via Wikipedia

La lucha por los Derechos de la Mujer

¿Por qué el feminismo y los movimientos por los derechos de la mujer surgieron en Occidente? Creo que la respuesta es bastante sencilla: los derechos de la mujer devienen como problemática consciente luego de la declaración de los derechos del hombre, lo que podríamos fechar (sólo por comodidad intelectual) en los años de la Revolución Francesa. Sin embargo, nada de esto hubiese sido posible sin la previa revolución humanista y la revolución del Renacimiento la que, paradójicamente, aunque deliberadamente se eche al olvido, fue una consecuencia del comercio con la cultura islámica anterior. Estos derechos y libertades, establecidos explícitamente en Francia hace dos siglos, fueron confirmados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Tanto en 1948 como en 1979 (año de la Convención Internacional sobre la Abolición de todas las formas de discriminación contra la Mujer) quedó explícito e insoslayable que la mitad de la población del mundo había sido, hasta entonces, relegada en sus derechos como si se tratase de una especie animal diferente a la del hombre.

En el mundo islámico —para no entrar a complicar el análisis considerando esa gigantesca región humana que es el Este Asiático e, incluso, la mitad sur de África— no existió algo parecido. ¿Pero, por qué? Si bien en la Edad Media el mundo musulmán se encontraba más inclinado hacia un humanismo que era fanáticamente negado por la Iglesia en Europa, luego del Renacimiento el hombre comenzó a tomar un lugar central. Al mismo tiempo que la astronomía, la física, la biología y, finalmente, la psicología lo sacaba del centro material, al mejor modelo ptolemaico, la filosofía (en su camino hacia la epistemología y hacia la ética humanista) lo puso en el centro de todos los objetivos terrenales y metafísicos. Mientras tanto y del otro lado del Mar Mediterráneo, el mundo islámico giraba en otra dirección, volviendo más a las raíces religiosas que le habían sido propias al cristianismo europeo en su apogeo. De esa forma, la máxima mahometana que más gustan olvidar los fanáticos, “la tinta del sabio es más valiosa que la sangre del mártir” se convirtió en la más moderna, fanática y retrógrada —“el que viva de la pluma morirá por la espada”, la que he leído hace pocos años en el informe de una agencia de información internacional, llegada de Argelia, si mal no recuerdo. La historia es así: trágico-paradógica.

En el mundo islámico no existió nada parecido a la subversión del hombre a la autoridad divina, como sí ocurrió en la Europa del humanismo. No ha surgido dentro del seno de su cultura la reivindicación de los Derechos de la Mujer porque tampoco existió una reivindicación de los Derechos del Hombre. Esto, que puede parecer extraño a primera vista no lo es, ya que si bien las sociedades islámicas son predominantemente masculinas en su organización, el hombre no es el centro del derecho ni de la reflexión crítica de su propio destino, sino que está sometido a la fatalidad de la divinidad.

El feminismo tuvo, a mi entender, desde el siglo XIX un período heroico donde su lucha fue por el relamo de un reconocimiento de los derechos igualitarios de las mujeres. Ya pasados la mitad del siglo siguiente, se podría decir que ese reconocimiento fue logrado. Actualmente, aceptar públicamente la igualdad de los derechos de la mujer es una posición “políticamente correcta” —lo que, dicho sea de paso, no deja de ser una amenaza a la lucidez crítica de estas reivindicaciones—, tanto que es sostenida casi unánimemente, incluso en el seno de las sociedades más machistas de Occidente.

Sin embargo, ahora la lucha de las mujeres se orienta en otra sentido: lograr que ese reconocimiento se materialice (se da la paradoja que en el mundo islámico han existido muchas mujeres presidentes, pero ninguna en Norteamérica ni en la mayoría de los países occidentales). Para ello, existen multiplicidad de organizaciones estatales, privadas, ONGs, etc. que se están encargando del trabajo. Las estrategias son varias y los resultados dispares. Podemos reconocer algunas corrientes: 1) el clásico feminismo conbativo, otrora fructífero pero que, al haber obtenido su primer objetivo (el reconocimiento) se ha vuelto más bien inoperante y panfletario; 2) una corriente autocomplaciente en la cual se procura afirmar que las mujeres no sólo son víctimas de un tirano llamado, indiscriminadamente, Hombre, sino que además son buenas, sacrificadas, solidarias, inteligentes y bonitas. Esta ideología simplista tiene un campo fértil en Intrnet, en la televisión y hasta en simposiums y congresos muy bien organizados. Recientemente, en uno de éstos se llegó a la siguiente conclusión: “Hay que montar redes de mujeres ‘triunfadoras’ que pueda establecer una relación solidaria hacia el resto de mujeres que quieran ‘triunfar’.(…) Ser solidariaas. Hay que evitar decir “La culpa es de las mujeres” y evitar criticarnos entre nosotras” Todo esto acompañado por novelas proselitistas donde no se indaga en la condición humana (o mujereana) ni se incomoda con cuestionamientos o reflexiones molestas, sino todo lo contrario: se dice lo que las mujeres quieren oír decir de sí mismas lo que, por otro lado, le viene como anillo al dedo al siempre expansivo mercado de consumo; 3) una corriente que ve en el hombre no sólo al objeto de sus frustraciones personales sino su enemigo y rival con el cual es necesario competir: cuando exista igual número de científicas, de políticas, de conductoras de camiones, de ajedrecistas y de hombres que menstrúen y den a luz se habrá logrado el próximo objetivo; para esta corriente, está demás decir, o la naturaleza es injusta o el ciclo de reproducción de la mujer es una imposición cultural del macho que nunca quiso darle el pecho a sus críos; 4) un grupo que ha entendido que las mujeres deberían tener los mismos derechos que los hombres, pero éstos no se materializan porque existe una pesada herencia social, económica y cultural que estructura los símbolos y hasta los espacios físicos en función de un poder masculino. Dentro de este grupo, incluso, podemos encontrar mujeres que alcanzan a comprender que la herencia cultural del machismo también somete a los hombres, aunque de una forma menos evidente: el mayor acceso de las mujeres a las universidades también significa la presión laboral y exitista de la sociedad hacia los hombres; la sociedad tolera menos un hombre que estudia y es mantenido por su esposa que trabaja que la situación inversa, por no hablar de las presiones sexuales a la que están sometidos los adolescentes varones por parte de la sociedad y de sus propias madres.

De mi paso por la Universidad de la República del Uruguay siempre he rescatado muchas cosas. Una de ellas, por ejemplo, fue la total ausencia de discriminación de género entre nuestros compañeros de aula, hecho que ha sido reconocido en una pasada discusión con otros excompañeros. Si bien es cierto que las estadísticas pueden decir que hay más mujeres alumnas y menos académicas que hombres (es una realidad mundial, incluso en los países más desarrollados), es probable que el número de los dos grupos cambien y se equilibren en un futuro próximo. Sin embargo, creo que es valioso destacar que los varones estudiantes (y luego profesores) nunca nos sentimos disminuidos por tener a nuestro lado una compañera con un mejor rendimiento curricular que el nuestro, ni por tener a una académica grado cinco como jefa de cátedra, sino todo lo contrario: la mayor discriminación siempre estuvo en base a los méritos morales e intelectuales de cada uno, independientemente del sexo. Entiendo que esto sólo puedo referirlo, a título personal y que, sin duda, habrá testimonios contrarios. Sin embargo, rescato que exista el hecho en sí, el cual me gustaría ver ampliado a una escala más universal, a riesgo de estar cometiendo una nueva falta de orgullo o vanidad.

Como todo movimiento de resistencia, la lucha de las mujeres históricamente ha tenido un sustento sólido, justo y humano. Con el tiempo ha logrado importantes avances para la humanidad en general, con lógicos tropiezos y otros argumentos pobres que sólo han logrado confundir sus objetivos más nobles. Es de esperar que su lucha —crítica y autocrítica— siga siendo apoyada, no sólo por los hombres más inteligentes sino, también, por mujeres inteligentes. Tampoco ellas son perfectas.

Jorge Majfud

Montevideo

2 de diciembre 2002

Tiempos Oscuros (II)

Bitácora, La Republica (Uruguay)

Tiempos Oscuros (II)

 

Hace unos años, más precisamente seis, escribíamos respondiendo a la muy de moda teoría de Francis Fukuyama, que “podemos vivir algún tiempo en el Fin de la Historia, pero aún no podemos acabar completamente con ella. Por dos razones: es posible que aún quede algo por construir y, sobre todo, es seguro que aún queda mucho  por destruir. Y basta con crear o destruir para hacer historia”(1) Ahora, aún después de los trágicos acontecimientos que el mundo conoce, considero que pretender entender la tensión internacional bajo la única lupa del “choque de civilizaciones” (clash of civilizations) es una nueva simplificación, tan conveniente a intereses particulares como la anterior.

Empecemos por observar que pocas cosas hay más inapropiadas que el término “Aldea Global”. De mi experiencia africana creo haber aprendido que una de las características de una “aldea” no es la riqueza ni las comunicaciones a distancia ni el egoísmo tribal, sino todo lo contrario. En una aldea de la sabana, cada mujer es la madre de cada integrante, y el dolor de uno es el dolor de todos. Sin embargo, en lo que paradójicamente se llama “aldea global”, lo que predomina es la lucha de intereses: cada país y sobre todo cada minúsculo grupo financiero lucha a muerte por la imposición de sus intereses, los que casi siempre son económicos. Todo por lo cual sería más apropiado llamar a nuestro mundo (si todavía están interesados en usar metáforas indigenistas) “tribalismo planetario”. “Aldea global” es sólo un triste oximoron.

Como siempre, las diferencias más visibles son las culturales. Y en un mundo construido por la imagen y la propaganda un turbante, un kimono y un smoking tienen más fuerza simbólica que una idea transparente. Ya en otro espacio hemos defendido la diversidad de paradigmas culturales y existenciales. Sin embargo, la historia también nos dice que existieron, desde hace miles de años, culturas y concepciones religiosas y filosóficas tan distintas como se puedan concebir, conviviendo en un mismo imperio y en una misma ciudad, y no necesariamente sus integrantes se relacionaban intercambiando piedras y palos. Las piedras siempre aparecen cuando los intereses entran en conflicto. También el presente nos dice lo mismo: existen lugares geográficos donde la tensión del conflicto es extrema y otros, con la misma o con mayor diversidad cultural, donde la tolerancia predomina.

En el actual contexto mundial, lo único cierto es la existencia de intereses opuestos: las castas financieras contra las castas productivas, los ricos contra los pobres, los poderosos contra los débiles, los dueños del orden contra los rebeldes, los consumidores contra los productores, los honrados contra los honestos, and so on. Quiero decir que más importante aún que el novedoso «choque de civilizaciones» es el antiguo pero siempre oculto «choque de intereses».

Lamentablemente, esa tensión irá en aumento si no hay cambios geopolíticos importantes, porque el llamado “mundo globalizado” es, antes que nada, un “mundo cerrado”, esto es, un planeta que se encoge, con áreas geográficas fijas y con recursos escasos y limitados. Ya no quedan continentes por descubrir ni provincias indígenas por usurpar en nombre de la Justicia, la Libertad y el Progreso. Después de la desarticulación de los países del Este y de su colonización cultural y económica tampoco quedan consumidores blancos. Sólo el entusiasmo de un Kenichi Ohmae pudo haber dicho: “people want Sony not soil” (entendiéndose “soil” también como “tradición” y “cultura”).

Como siempre, los métodos y las apariencias han cambiado: ya no existen “enfrentamientos” en el sentido tradicional: ahora se mata de sorpresa o a la distancia. Ya no existen “héroes” de batalla. Sin embargo, al mismo tiempo que el gran poder se ha ido concentrando en pocas manos, también ha surgido un poder atomizado, desparramado en manos de individuos anónimos y oscuros. Y también ellos disponen de un arma mortal: el conocimiento sin sabiduría.

¿Y cuál es la respuesta de nuestros sabios gobernantes? Bien, ya la conocemos. Pero no olvidemos que dividir el mundo entre Buenos y Malos sólo conduce a un violento diálogo de sordos, ya que todos se consideran a sí mismos buenos, y malos a los demás. El único camino hacia la paz y hacia la justicia sigue siendo el diálogo, la negociación y, sobre todo, una mayor cultura de la reflexión. Necesitamos más de eso que se está eliminando de nuestros programas de enseñanza porque es «improductivo»: pensamiento filosófico.

Es por esta razón (la lucha de intereses) que en el siglo XXI la mayor tensión será provocada por Estados Unidos y China. Según las perspectivas de crecimiento chino, no sería difícil suponer que esta tensión se hará crítica en el año 2015. Los países islámicos aún poseen una de las más importantes fuentes de energía de la economía moderna y los “intereses” de pocos de ellos difieren de aquellos de Occidente: el imperio teológico. Pero China la dormida e imperialista China irá en busca de aquello que Noroccidente posee: el poder económico mundial.

Sólo la destrucción de las Torres Gemelas es el símbolo más poderoso y trágico de la historia de Estados Unidos (no por el número de víctimas; el siglo XX conoció horrores mayores y debemos decir que todos eran seres humanos, aunque fuesen pobres y tuviesen la piel negra o amarilla). Pero la fuerza del símbolo impide ver otras realidades que también amenazan su primacía sobre la Tierra. Estados Unidos no perderá su posición predominante por los ataques terroristas; por el contrario, éstos han servido para consolidar su presencia militar en todo el mundo. Y no hay que dejarse engañar por las estadísticas. Cada vez que un gobernante de cualquier país, sea electo democráticamente o autoimpuesto por otro tipo de fuerza oscura, se ha embarcado en guerra con otro país, su popularidad ha crecido hasta niveles irracionales. Atacar a un país vecino o a otro más lejano es muy ventajoso para el orgullo y la ambición de un solo hombre que no alcanza a resolver los problemas propios de su país o de su lejana infancia (Si los «líderes» fuesen a las guerras que ellos mismos promueven, seguramente tendríamos un mundo en paz, por una razón doble). Es mucho más fácil ser líder en la guerra que en la paz, pero no es este tipo de liderazgo el que es propio de los gobernantes sabios. Claro, se podrá decir que el tiempo es el juez supremo. Pero no olvidemos que cuando la historia habla ya es tarde y, para entonces, los protagonistas se han convertido en piezas óseas de museos o en monumentos recordatorios.

Los años dorados de América no culminarán por las acciones de un hombre a caballo, escondido en una cueva inubicable, sino por el surgimiento de una nueva potencia. Los países árabes están lejos de alzarse con el imperio que alguna vez ostentaron. No sólo porque no están dadas las condiciones políticas y culturales que los aglutine, sino porque al Islam actual no le interesa tanto la conquista militar y económica como la conquista o imposición de una moral que no es tan rentable ni imperialista como lo fue la ética protestante de siglos anteriores.

En el año 1996 escribíamos (2): “Cuando los regímenes comunistas cayeron, no cayeron por sus carencias morales; cayeron por sus defectos económicos. Y eso es, precisamente, lo que se les reprocha como principal argumento. Al parecer, la justicia sólo llega con el fracaso económico. ¿Qué diremos de este anacrónico fin de siglo cuando fracase? ¿Debemos esperar hasta entonces para decir algo? (…) Sobre el próximo siglo se terminará de dibujar un terrible triángulo, en cuyos vértices se opondrán la concentración libre del Capital, los desplazados y la Pobreza, y la Democracia, la que será el objetivo y el instrumento de los otros dos vértices que se oponen” Ahora, a seis años de estas palabras, qué es necesario que ocurra para que los entusiastas ideólogos del Orden Mundial reconozcan que han fracasado, vergonzosa y criminalmente?

En los nuevos conflictos habrá, naturalmente, muertos. Y sin duda ellos serán, como siempre, los mismo inocentes sin rostros y sin nombres para la conciencia mundial: la muerte de cientos de miles de ellos no duele tanto como puede doler la desaparición de Lady Di.

En este nuevo siglo, no sin tragedia como suele ocurrir siempre, el mundo comprenderá que la solidaridad no sólo es justa sino que también es conveniente. Lo que para una especie particularmente egoísta como la nuestra significa “suficiente”. Será recién entonces cuando las obscenas diferencias y privilegios que hoy gobiernan el mundo comiencen a disminuir.

(1)  (1)  (2) “Crítica de la pasión pura”, Ed. Graffiti 1998.

Jorge Majfud

Montevideo

23 de octubre de 2002

El feminismo machista y la injusticia de la naturaleza

El feminismo machista y la injusticia de la naturaleza

El feminismo no es el que era: comienza a dejar de ser oposición combativa para integrarse a un nuevo optimismo. Y en el nuevo optimismo (no en la integración) está su debilidad y su disolución.

Durante el siglo XIX, los positivistas publicaban a viva voz que el desarrollo de las ciencias conduciría a la humanidad, inevitablemente, a la abolición de las guerras, a un desarrollo definitivo de la moral. Pero, como diría Dostoyevski en “Memorias del subsuelo”, el hombre no se conformará nunca conque dos más dos son cuatro. En el siglo XX la ciencia y la tecnología trajeron nuevos métodos de curación, nuevos sistemas constructivos y destructivos: la penicilina, las Torres Gemelas y los holocaustos humanos. En ninguno de los casos la moral tuvo alguna participación especial: con la penicilina no surgió un tipo superior de hombre, y en los holocaustos ni siquiera se tuvo en cuenta los principios más bajos y primitivos de lo que se conoce por “moral”.

Ahora, cuando comienza un nuevo siglo, ponemos toda nuestra ingenuidad en otro comodín. Fracasada la ciencia como promotora de la paz, echamos mano a una ideología que apuesta a lo diferente. No porque sea una ideología novedosa, sino porque no hay otra. Nuestro siglo XX murió sin ideas.

Comienza un nuevo milenio y las creaturas tratan de imaginárselo. Y para ello miran a los mil años que pasaron. ¿Y qué ven allí? Un montón de esperanzas frustradas: césares, déspotas, guerras, tortura, inquisición, hogueras, más torturas y más dolor. El razonamiento es el siguiente: cambia el milenio, ergo cambia la historia. Si los mil años anteriores se caracterizaron por la guerra, la tortura y las injusticias sociales, los próximos mil años serán de paz.

Otro razonamiento arbitrario. Será que el optimismo es inagotable en la raza humana. También podíamos pensar, y con más razones: si los últimos cien mil años (por lo menos), la historia y la prehistoria humana estuvo signada por el horror y la violencia, ¿por qué habría de cambiar radicalmente en los próximos mil años, período de tiempo insignificante para una posible reivindicación humana? Pero, como ya había subrayado en mi libro “Crítica de la pasión pura”, en todos los tiempos las creaturas se sintieron en el ápice de la Historia, en el comienzo o en el final de un Gran Período. Y no veo por qué nosotros deberíamos ser la excepción.

Podríamos decir que las mujeres son distintas. Vaya novedad. Podríamos decir que no está en su naturaleza la guerra, como sí lo está en los hombres. Pero no podríamos decir que las mujeres están desprovistas de maldad, de violencia y de todas las demás características humanas. No sólo porque pertenecen a la misma especie animal que los hombres, sino porque los gobiernos de mujeres nunca se caracterizaron por la solidaridad y la “sensibilidad femenina”, desde Cleopatra, clavando alfileres de oro en los senos de sus esclavas, hasta la impiadosa Margaret Thatcher. El Bien y el Mal son universales; no son una característica de alguno de los dos sexos.

Los hombres y las mujeres se diferencian por otras cosas. Por otras cosas. Y son esas diferencias, precisamente, las que pretenden ser abolidas por el feminismo. Se dice que el hombre está hecho para la guerra, mientras las mujeres están hechas para la reproducción de la vida (un eufemismo filosófico de “maternidad”). Al mismo tiempo, las mujeres que proclaman esta verdad abandonan su posición de integrante pacífico de la sociedad para ocupar el puesto orgulloso del macho: el éxito social, es decir, la antigua guerra sublimada. La mujer contemporánea, al mismo tiempo que logra más libertad masculina, pierde más libertad femenina. No es más libre una mujer compitiendo por el poder y el éxito que otra criando a sus hijos. ¿Dónde está escrito eso? Por un mecanismo paradójico del pensamiento moderno, en nuestro tiempo se supone que una cajera de supermercado, que pasa ocho horas del día sentada y repitiendo una de las tareas más monótonas y peor pagas de la historia, es necesariamente más libre que una mujer haciendo las compras. Todo eso, ¿no es un prejuicio ideológico?

Hace pocos días, en una almuerzo de televisión, un médico especialista en reproducción decía que la Naturaleza había sido injusta con las mujeres, porque le impedía ser madre a los cuarenta y dos años, justo cuando habían logrado su mayor “desarrollo personal”, justo cuando muchas de ellas habían alcanzado el éxito. Sin embargo, cuando la Naturaleza hizo a la mujer para que fuera madre a los trece años, no pensó que un millón de años después iba a ser criticada por ese imperdonable error: una madre de trece años, qué horror! Podrá ser un problema social, pero nunca una injusticia de la naturaleza. Por supuesto, la opinión del especialista fue muy bien acogida por las damas presentes, todas modelos, actrices y empresarias de mucho éxito. Pareciera que la opción era la maternidad o el éxito. Pareciera que el hombre tiene más ventajas por su incapacidad de cargar nueve meses un hijo en su vientre.

Pero todo esto está medido por una escala de valores masculinos. Totalmente. El éxito contemporáneo es aquello que los hombres han creído e impuesto como “lo más importante”. Y las mujeres, en lugar de destruir esta imposición cultural, no han hecho más que someterse a la misma, con las ya anotadas injusticias. Entonces, no es la Naturaleza la injusta (la naturaleza nunca puede ser juzgada. ¿Cómo puede ser injusto que un león se coma a un ciervo?); la injusticia es una condición moral, y sólo puede ser referida a la acción humana: lo injusto es la cultura que impone a la mujer un camino que no se condice con sus necesidades más profundas: como, por ejemplo, puede serlo la maternidad. Embarazarse, dar a luz a un hijo y ampararlo por más tiempo del necesario, está en la naturaleza femenina, no en la masculina. Claro que tanto la “materidad” como la misma “naturaleza” están definidas desde la “cultura”; claro que la “biologización” de los intintos maternales ha servido muchas veces para reproducer una ideología que pretendía mantener a las mujeres en un destino obligatorio. Pero no podemos decir que la idea de que solo un sexo se embarace y produzca otro ser humano es un invento producto del machismo de las sociedades. En todo caso esa es una imposición natural. La necesidad de tener éxito, económico y académico, es un vicio que cultivaron los hombres por siglos. Esa es una imposición cultural (y masculina) a la que están sometidas las mujeres de hoy, al mismo tiempo que se golpean el pecho y se enorgullecen de su “liberación”. Como si entre la libertad y el sometimiento hubiese apenas un velo. Su ciclo biológico, su edad reproductiva, se contradice con sus modernas necesidades culturales: “por su carrera, muchas mujeres deben renunciar a la maternidad”. Eso no tiene nada de malo. Y no lo tendría, si fuera una elección verdaderamente libre. El caso es que no lo es, porque las pautas y los modelos de éxito que aspiran todos los integrantes de una sociedad son imposiciones culturales. Y muchas veces no están de acuerdo ni con nuestra biología ni con nuestros más profundos sentimientos.

En mi opinión, las mujeres se han liberado tanto como los países periféricos se liberaron del Primer Mundo al que aspiran. En un mundo en que todo se mide y se compra con dinero, la libertad es como el amor en un prostíbulo: una ilusión. Nos sometemos a una herencia y no alcanzamos a velo. Como siempre, somos nosotros nuestros peores carceleros.

Jorge Majfud

Montevideo, enero 2000

Le féminisme machiste et l’injustice de la Nature

Par Jorge Majfud*

Le féminisme n’est pas celui qu’il était : il cesse d’être opposition combative pour s’intégrer à un nouvel optimisme. Et, dans ce nouvel optimisme ( et non dans l’intégration ) est sa faiblesse et sa dissolution.

Pendant le XIX è s., les positivistes proclamaient à vive voix que le développement des sciences conduirait l’humanité, inévitablement, à l’abolition des guerres, à un développement définitif de la morale. Mais, comme le disait Dostoïevski dans “Mémoires du sous-sol”, l’homme ne s’accommodera jamais avec le fait que deux et deux font quatre. Au XX è s., la science et la technologie apportèrent de nouvelles méthodes curatives, de nouveaux systèmes constructifs et destructifs : la pénicilline, les Tours Jumelles et les holocaustes humains. En aucun cas la morale n’eut une participation spéciale : avec la pénicilline n’a pas émergé un type supérieur d’homme et, ni même dans les holocaustes, on ne prit en compte les principes les plus minimaux et les plus primitifs de ce qu’on connaît par « morale ».

Maintenant, lorsque commence un nouveau siècle, nous pouvons mettre toute notre ingénuité dans une formule. Ayant échouée comme promoteurs de paix, nous tendons la main à une idéologie qui parie sur le différent. Non parce qu’elle est une idéologie nouvelle, mais parce qu’il n’y en a pas d’autres. Notre siècle, le XX è, est mort sans idées.

Commence un nouveau millénaire et les créatures essaient de se l’imaginer. Et pour ce faire, elles regardent les dernières mille années. Et qu’est-ce qui vient de là ? Une masse d’espérances frustrées : des Césars, des despotes, des guerres, de la torture, l’inquisition, des bûchers, plus de torture et plus de douleur. Le raisonnement est le suivant : change le millénaire, l’histoire se redresse. Si les mille années antérieures furent caractérisées par la guerre, la torture et les injustices sociales, les prochaines mille années le seront par la paix.

Un autre raisonnement arbitraire. Ce serait que l’optimisme est inépuisable chez la race humaine. Nous pourrions penser aussi, et avec plus de raisons : si dans les dernières cent mille années (pour le moins), l’histoire et la préhistoire humaines furent signées par l’horreur et la violence, pourquoi faudrait-il qu’elle change dans les prochains mille ans, période de temps insignifiante pour une possible revendication humaine ? Mais, comme je l’ai déjà dit dans mon livre “ Critique de la passion pure “, de tous temps les créatures se sentirent au sommet de l’Histoire, au commencement ou à la fin d’une Grande Période. Et je ne vois pas pourquoi nous devrions être l’exception.

Nous pourrions dire que les femmes sont différentes. Quelle nouveauté. Nous pourrions dire que la guerre n’est pas dans sa nature, comme elle l’est chez l’homme. Mais nous ne pourrions dire que les femmes sont dépourvues de méchanceté, de violence et de toutes les autres caractéristiques humaines. Non seulement parce qu’elles appartiennent à la même espèce animale que les hommes, mais parce que les gouvernements de femmes jamais ne se caractérisèrent par la solidarité et la « sensibilité féminine », depuis Cléopâtre épinglant des aiguilles d’or sur les seins de ses esclaves, jusqu’à l’impie Margaret Thatcher. Le Bien et le Mal sont universels ; ils ne sont pas une caractéristique d’un sexe en particulier.

Les hommes et les femmes se différencient par d’autres choses, pour d’autres choses. Et ce sont ces différences, précisément, que prétend abolir le féminisme. On dit que l’homme est fait pour la guerre, pendant que les femmes sont faites pour la reproduction de la vie (un euphémisme philosophique de la « maternité »). En même temps, les femmes qui proclament cette vérité abandonnent leur position d’intégrante pacifique de la société pour occuper l’orgueilleux poste du macho : le succès social, c’est-à-dire l’antique guerre sublimée. La femme contemporaine, en même temps qu’elle obtient plus de liberté masculine, perd plus de liberté feminine. N’est pas plus libre une femme compétitionnant pour le pouvoir et le succès qu’une autre élevant ses enfants. Où cela est-il écrit ? Par un mécanisme paradoxal de la pensée moderne, à notre époque, on suppose qu’une caissière de supermarché qui passe huit heures assise et répétant une des tâches les plus monotones et des plus mal rémunérées de l’histoire, est nécessairement plus libre qu’une femme faisant les achats. Est-ce que tout ceci ne serait pas un préjugé idéologique ?

Il y a peu de jours, à un déjeuner télévisé, un médecin spécialiste en reproduction disait que le Nature avait été injuste envers les femmes, parce qu’elle les empêchait d’être mère à partir de 42 ans, juste au moment où elles avaient atteint leur plus grand « développement personnel », juste au moment où beaucoup d’entre-elles avaient atteint le succès. Cependant, lorsque la Nature fit la femme afin qu’elle puisse être mère à 13 ans, elle ne pensait pas qu’un million d’années plus tard elle serait critiquée pour cet impardonnable erreur : une mère de 13 ans, quelle horreur ! Cela pourra être un problème social mais jamais une injustice de la nature. Bien sûr, l’opinion du spécialiste fut très bien accueillie par les autres dames présentes, tous modèles, actrices ou entrepreneures à grand succès. Paraîtrait que l’option était la maternité ou le succès. Paraîtrait aussi que l’homme possède plus d’avantages de par son incapacité à porter pendant neuf mois un enfant dans son ventre.

Mais tout cela est mesuré à partir d’une échelle de valeurs masculines. Totalement. Le succès contemporain est ce que les hommes ont créé et imposé comme étant le “ plus important”. Et les femmes, au lieu de détruire cette imposition culturelle, n’ont pas fait plus que de se soumettre à cette dernière, avec les injustices déjà mentionnées. Alors, ce n’est pas la nature qui est injuste (la nature ne peut jamais être jugée. Comment peut-il être injuste qu’un lion mange un cerf ?) ; l’injustice est une condition morale et peut être seulement référée à l’action humaine : ce qui est injuste c’est la culture qui impose à la femme un chemin qui ne concorde pas avec ses nécessités les plus profondes : comme, par exemple, peut l’être la maternité. Être enceinte, donner la vie à un enfant, et le protéger suffisamment pendant sa croissance, est dans la nature féminine, non dans celle masculine. Bien sûr que tant la “maternité” que cette même “nature” sont définis à partir de la « culture » ; bien sûr que la « biologisation » des instincts maternels a souvent servi afin de reproduire une idéologie qui prétendait maintenir les femmes dans une destinée obligatoire. Mais nous ne pouvons dire que l’idée que seul un des sexes s’engrosse et produise un être humain est une invention produite par le machisme des sociétés. Dans tous les cas, cela est une imposition naturelle. La nécessité d’obtenir un succès, économique et académique, est un vice que cultivèrent les hommes de par les siècles. Cela est une imposition culturelle (et masculine) à laquelle sont soumises les femmes d’aujourd’hui, en même temps qu’elles se frappent la poitrine et s’enorgueillissent de leur “libération”. Comme si entre la liberté et la soumission il n’y eut qu’un voile. Leur cycle biologique, leur âge reproductif, vient en contradiction avec leurs nécessités culturelles modernes : “ pour leur carrière, beaucoup de femme doivent renoncer à la maternité “. Cela n’est en rien un mal. Et ne le serait s’il s’agissait d’un choix véritablement libre. Le cas est que cela ne l’est pas, parce que les règles et les modèles de succès auxquelles aspirent toutes les intégrantes d’une société sont des impositions culturelles. Et souvent, elles ne sont en accord ni avec notre biologie ni avec nos sentiments les plus profonds.

A mon avis, les femmes se sont libérées autant que les pays périphériques se libérèrent du Premier Monde auquel ils aspirent. Dans un monde où tout se mesure et s’achète avec de l’argent, la liberté est comme l’amour dans une maison de tolérance : une illusion. Nous nous soumettons à un héritage et nous n’atteignons pas notre but. Comme toujours, nous sommes nous-mêmes nos pires geôliers.

Jorge Majfud

Traduit de l’espagnol par :

Pierre Trottier, février 2006

Trois-Rivières, Québec, Canada

Teología del Dinero

Teología del Dinero

Antes un vasallo estaba unido a su señor por un juramento. Una infracción a las reglas de juego podía significar un palo en la cabeza del campesino. Para el desdichado, lo simbólico no era el palo, sino el Rey o el Señor que emitía su deseo en forma de orden. El Señor significaba la protección y el castigo. Con todo, la injusta relación social todavía era de hombre a hombre: el campesino podía llegar a ver al Señor; e incluso, podía llegar a matarlo, con un palo igual de consistente que el anterior.

La relación que en nuestro tiempo nos une con el Dinero es del todo abstracta. En eso se parece nuestra sociedad a la del Medioevo: tememos a un ente simbólico e invisible, como hace mil años los hombres temían a Dios. Los valores de las bolsas cambian sin nuestra participación. Entre los valores y nosotros existe una teología del dinero llamada “economía” que, por lo general, se encarga de explicar racionalmente algo que no tiene más razón que poder simbólico.

Nuestras sociedades, como en todos los tiempos, están estructuradas según una relación de poder. Como en todos los tiempos, el poder está mal repartido, pero en el nuestro procede del Dinero. Gracias al dinero, todos somos accionistas del Poder que gobierna al mundo, aunque nuestras acciones representan una fracción infinitesimal. Conocemos las cifras que se acumulan en los principales depósitos del mundo: son varias veces superiores al esfuerzo conjunto de decenas de países del tercer mundo —y del mundo intermedio también. Esto, tan simple, quiere decir que el Derecho y la Libertad están especialmente acumulados en determinadas capitales financieras.

Veamos un poco esto de la libertad. En la secundaria se nos enseñaba que también un recluso era un ser libre. Esto es rigurosamente cierto, desde un punto de vista existencial, y un recurso canalla desde un punto de vista ideológico, sobre todo teniendo en cuanta que cuando se nos enseñaba este tipo de verdades, se encarcelaba a los hombres que eran libres. Hoy también vivimos en una forma de dictadura, aunque sutil y planetaria. Nuestros gobiernos no se cansan de repetir que este nuevo Orden es Inevitable. Cuestionarlo es sólo demorar su arribo triunfal. Y, que yo sepa, lo Inevitable no es producto de la libertad.

Existe una libertad inmanente a todo ser humano, cierto; somos libres desde el primer momento en que dudamos ante un cruce de caminos. Y existe otro tipo de libertad: una libertad social. Esa no es inmanente, sino eventual. En nuestro caso, la libertad social es doblemente limitada: primero, porque, de hecho, el hombre periférico no es libre; segundo, porque se le ha hecho creer que sí lo es. Decir que el hombre globalizado es socialmente libre, es como decir que es libre como un pájaro. Pero un pájaro posee una libertad de pájaro, es decir, una libertad “inhumana”, ya que no puede elegir la dirección ni el momento de su migración. En cambio, un hombre verdaderamente libre debería poder hacerlo.

Bien; la elección de las aves está determinada por el poder de la naturaleza. Pero en algún momento de la historia supusimos que el hombre se había independizado de este poder, gracias a la irreverencia de su espíritu. Y probablemente lo haya hecho en alguna medida. Entonces, ¿a qué poder ha sucumbido ahora, esta increíble creatura…?

Llamémoslo Dinero.

Veamos. El poder del dinero es siempre simbólico: procede del reconocimiento ajeno. Todo el poder concentrado en los bancos proviene de aquellos que son perjudicados por dicho poder; no por los que reciben el beneficio de poseerlo. Poseer es un acto de fe; no-poseer es una condición de fidelidad.

Existen, sin embargo, dos valores que no son meramente simbólicos: el valor de la violencia (pretendido en monopolio por todos los gobiernos) y el valor de la tecnología. En este nuevo siglo, el valor-poder de la tecnología someterá al primero y, a pesar de su posibilidad democrática, será rápidamente absorbido por el valor-poder del dinero. Sin embargo, el Dinero posee una debilidad que esconde en lo más profundo de su ser: el de ser un símbolo abstracto que necesita ser alimentado, constantemente, de significación. Es por esta misma razón que se apresura a dominar el valor-poder de la tecnología. Esta nueva arma será usada, en el siglo que comienza, para una despiadada lucha de intereses: la casta de los productivos contra la casta financiera, los Desplazados contra los Acomodados, los dueños de la Verdad contra quienes la sufren.

El dinero es amoral, eso lo sabemos. Como dijimos, es un poder simbólico, abstracto; vale por lo que no es y es todas las cosas al mismo tiempo. Creemos usarlo y someterlo a nuestra voluntad, pero es Él quien nos somete: casi no podemos prescindir suyo, a no ser por un peligroso acto de herejía. Cada vez podemos prescindir menos.

A las antiguas “necesidades básicas” hemos agregado un conjunto innumerable de “necesidades sociales”. Nacemos y nos desarrollamos en sociedades sofisticadas que nos exigen concentración. Como el ganado, estamos condenados a pastar todo el día, a rumiar y a digerir cuando descansamos. Un descuido significaría caerse del sistema. Una muerte social, la verdadera muerte del hombre postmoderno o posthumano.

En nuestro mundo rezagado la angustia es doble: el cumplimiento con las necesidades sociales (ahora básicas) ocupa casi toda nuestra libertad. Queremos ser libres, pero la libertad es cara. Entonces, miramos hacia donde el dinero no es escaso. Diferente a otros tiempos, ahora no podemos usurpar su lugar. No podemos invadirlos; por lo tanto, la solución es dejarnos invadir. Copiamos. Queremos parecernos a ellos: porque han triunfado en la guerra y en el comercio, porque son ricos y nosotros somos pobres. También es verdad: queremos dejar de ser pobres. Pero seguiremos siéndolo, mientras pensemos que la riqueza se alcanza absorbiendo los valores culturales y morales del vencedor. Porque no es lo mismo integrarse al mundo que dejarse ingerir. También nosotros pertenecemos al mundo, a la mayor parte del mundo, y, aunque sintamos vergüenza de nuestros taparrabos, debemos recordar que la pobreza no es una prueba de nuestros vicios morales. Esa es una idea religiosa del mundo protestante que heredó el Norte y nos vendieron en el Sur.

En toda la historia existieron grandes imperios, culturas predominantes; pero nunca los pueblos periféricos (o sometidos) se empecinaron en remedar al vencedor, despreciando con alarmante frivolidad su memoria propia. Por el contrario, en el pasado fueron los pueblos conquistados los que infiltraron su propia cultura en el corazón de los invasores. Ahora no tenemos tanta dignidad; los pueblos conquistados se maquillan para parecerse al conquistador, olvidando y despreciando la profundidad moral de civilizaciones económicamente empobrecidas, a cambio de espejos y pensamiento rápido. Y, sin embargo, el mundo rico necesita tanto del mundo pobre como éstos de aquellos. O más.

Nos informan que vivimos en un mundo “globalizado”, pero los únicos que aún no se han dado cuenta de su significado son ellos, los responsables de la globalización. Como práctica, la “globalización” es casi tan antigua como el cristianismo. Pero ahora vale por sí sola; es una nueva ideología, con la particularidad histórica de que fue precedida por su propia realización. Su interpretación también es particular y siempre contradictoria: integrar significa absorber, conocer significa ignorar, diversidad cultural significa uniformización, informar significa deformar, riqueza significa dinero, etcétera.

Las fronteras siguen siendo las mismas para los pobres, e incluso se han cerrado aún más que antes; sin embargo, han sido borradas de un plumazo para dejar pasar a Dinero, portador de nuevas promesas de riqueza en aquellos países pobres que, vaya a saber uno por qué, han visto aumentar su pobreza. Todo por lo cual se podría decir, sin temor a equivocarnos, que en nuestro mundo globalizado las fronteras han sido sustituidas por filtros.

La cultura y la educación ya no une; separa. Ambas, han sido sometidas al poder del dinero y le sirven a Él para ordenarlo en castas y acumularlo en depósitos invisibles. A las nuevas universidades ya no les importa la sabiduría, la búsqueda de la verdad, sino un único y monótono objetivo: la creación de entes competentes.

El norte representa todo lo que tiene de primitivo el hombre: la necesidad desbordada de poder, la acumulación y el consumo. Todos aquellos valores espirituales que surgieron después del mesolítico comienzan a ser dejados de lado. La reparación no está cerca (sólo los evangelistas ven las cosas eternamente próximas), porque también la histórica rebeldía de la juventud ha sido adoctrinada por la publicidad y por el éxito ajeno.

Estamos de acuerdo en que hay que cambiar. Pero, ¿en qué dirección? ¿En dirección Norte? Una cosa debe quedarnos claro: hay cambios que sólo puede generarlos una sociedad en su conjunto. Por lo tanto, no es válido ese precepto ideológico resumido en la máxima: “al que no le guste, es libre de cambiar de canal” Esta frase, tan querida por los profundos filósofos de la farándula, es contradictoria, ya no sólo con la tan mentada idea de la globalización sino, sobre todo, con la más primitiva idea de sociedad.

Yo, por lo menos, no estoy en contra del Norte ni de una globalización. Por el contrario, la apoyaría con entusiasmo. Eso sí, siempre y cuando Globalización signifique “diálogo” entre culturas, entre pueblos y entre individuos; un verdadero intercambio de símbolos y de bienes materiales, y no la simple imposición de lenguas, ideologías sociales y económicas, no la imposición de costumbres monoculturales que han llevado a la supresión de decenas de idiomas con sus conocimientos propios del cielo y de la tierra, al tiempo que una expoliación de recursos naturales que no sólo atenta contra las comunidades económicamente más débiles, sino contra el planeta entero.

Pero no seamos ingenuos. No olvidemos que Dinero no acepta ningún otro tipo de asociaciones que no sean asociaciones de capitales. Cualquier otra alianza, social o espiritual, será condenada por el Éxito. Recuerden: menos la risa y el sufrimiento todo es una Ilusión Universal: Éxito y Dinero no existen sin el valor que es concedido por aquellos que son perjudicados por el Éxito y por el Dinero.

Jorge Majfud

Montevideo

6 de noviembre de 2002

Bitácora, La República (Uruguay)

 

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