El premio Nobel de la Paz al escritor Liu Xiaobo

Liu Xiaobo

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El premio Nobel de la Paz al escritor Liu Xiaobo

Larry Siems y Sarah Hoffman, PEN American Center.

Traducido por Jorge Majfud, PEN American Center.

Liu Xiaobo, un miembro de PEN Internacional y prisionero en china, gana el premio Nobel de la Paz.

El Centro Americano PEN (la asociación mundial de escritores más antigua del mundo) celebra la notica de que nuestro colega chino Lui Xiaobo, crítico literario, escritor y activista político, condenado a once años de prisión en China, haya sido galardonado con el premio Nobel de la Paz. El presidente de PEN, Kwame Anthony Appiah, profesor de filosofía de la Universidad de Princeton, nominó a Liu para el premio en enero de este año.

“Estamos absolutamente complacidos de que Liu Xiaobo, nuestro colega de PEN y un nominado que tuvo el apoyo de muchos de nuestros miembros en diferentes países, haya sido distinguido con el premio Nobel de la Paz”, dijo Appiah hoy. “Esperamos que las autoridades chinas reciban esta sabia decisión, hecha por el comité del Nobel, tal como el resto del mundo lo acaba de recibir: como un reconocimiento al poder de sus ciudadanos para guiar y dar forma a su propio futuro de manera pacifica. Le pedimos a los ciudadanos y a los líderes de cada nación que se sumen al pedido para que el gobierno chino honre el espíritu de este premio liberando a Liu Xiaobo y al resto de sus colegas que hoy están en prisión”.

“PEN ha estado siempre a favor de la libre expresión y del intercambio cultural entre las naciones”, continuó Appiah. “Creemos que todos tenemos mucho para ganar al prestar atención a China. Una China con mayores libertades de expresión no solo será mejor para los ciudadanos chinos sino que otorgará también a su propio gobierno una voz más fuerte en la comunidad de naciones”.

Liu Xiaobo fue arrestado en diciembre de 2008 poco después de la publicación de la “Carta 08”, una innovadora declaración de la cual fue coautor llamando a una reforma política, a un mayor respeto por los derechos humanos y al fin del régimen del partido único en China. El documento obtuvo el apoyo de más de 10.000 firmas de ciudadanos de diversas partes de China.

A partir de ahí, Liu fue mantenido incomunicado en un lugar no revelado a las afueras de Pequín por más de seis meses antes de ser formalmente acusado de “incitar a la subversión contra el poder del Estado”. Fue juzgado en un tribunal cerrado el 23 de diciembre de 2009 y el 25 del mismo mes fue declarado culpable de todos los cargos de las acusaciones derivadas de la “Carta 08” y de seis ensayos de su autoría. Liu fue sentenciado a once años de prisión, la sentencia más larga nunca antes aplicada a este tipo de cargos.

Liu apeló la decisión, pero su apelación fue rechazada en febrero. El 24 de mayo de 2010, fue transferido a  una prisión en Jinzhou, en la provincia de Liaoning, cientos de kilómetros lejos de su familia que radica en Pequín. A su esposa, Liu Xia, solo se le permite visitarlo una vez al mes.

En 1989, Liu protagonizó una huelga de hambre en la plaza de Tiananmen en apoyo a las manifestaciones estudiantiles al tiempo que llamó a asentar las bases de un movimiento democrático más amplio y sostenible. Al mismo tiempo, fue artífice en la prevención de cualquier otro derramamiento de sangre haciendo un llamado a la no violencia por parte de los estudiantes. Por esto, Liu debió cumplir con más de dos años de prisión y otros tres años de “tareas de reeducación”.

En 1996 por cuestionar públicamente el rol del sistema de partido único y por llamar al diálogo entre el gobierno chino y el Dalai Lama.

En 2004, su línea telefónica y su conexión de Internet fueron cortadas poco después de la publicación de su ensayo crítico contra el recurrente cargo de “subversión” usado para silenciar a periodistas y activistas. A partir de ahí se convirtió en blanco del control y del acoso policial.

Liu Xiaobo también ha sido distinguido con el premio Barbara Goldsmith Freedom to Write, otorgado por PEN en 2009, el cual honra a figuras literarias internacionales que han sido perseguidas o encarceladas por la defensa y el ejercicio de la libertad de expresión.

Por lo menos 54 escritores se encuentran hoy en día presos en China por su actividad literaria. Cuatro hombres, incluido Liu Xiaobo, son miembros del Centro Independiente Chino de PEN (ICPC, por sus siglas en inglés), el cual está integrado por 300 escritores que viven dentro y fuera de China. El mismo Liu ayudó a la fundación de este centro y ha sido su presidente en años anteriores.

Desde que la organización PEN de China fue fundada en 2001, sus reuniones han sido regularmente interrumpidas y canceladas por las autoridades. Sus miembros suelen ser vigilados y muchos de ellos han sido arrestados e interrogados sobre las actividades del centro. Al mismo tiempo que PEN de China comenzó a surgir en le país como una importante voz a favor de la libertad de expresión, ha estado bajo una creciente presión, sobre todo en los últimos tres años.

Durante ese periodo, PEN American Center ha llevado adelante una campaña internacional por la liberación de los escritores y por la protección de los derechos de expresión en China, destacándose la movilización de fin de año por la liberación de Liu Xiaobo tras su condena, así como su nominación al premio Nobel de la Paz por parte del presidente de PEN, Kwame Anthony Appiah.

Ahora, según el presidente de PEN, la noticia del otorgamiento del premio a Liu es un estimulo para que nuestra organización continúe con su tarea a favor de la libertad de expresión en todo el mundo.

El mismo Appiah recordó que “en una carta enviada a sus abogados luego de ser condenado en diciembre pasado, Liu Xiaobo dijo que ‘para alguien que siente la necesidad de libertad en un país dictatorial, la prisión es el primer umbral. Ahora he traspasado ese umbral y la libertad esta cerca’. Es a través del sacrificio de escritores como Liu Xiaobo que la libertad de expresión gana terreno. Y es a través de la solidaridad internacional, representada por los premios Nobel de la Paz, que todos aquellos que hacen este g sacrificio, reciben apoyo y pueden ser liberados”.

Dirigiéndose directamente a Liu Xiaobo, Appiah concluyó que “no pararemos de luchar por ti, amigo, hasta que seas finalmente liberado”.

Larry Siems y Sarah Hoffman, PEN American Center.

Traducido por Jorge Majfud, PEN American Center.


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El vuelo de la serpiente (II)

Ernesto Che Guevara reunited with Simone de Be...

El vuelo de la serpiente en el pensamiento latinoamericano (II)

Si la “poesía del compromiso” de la primera mitad del siglo XX, como en Pablo Neruda, gira de la intimidad del amor romántico, individual y triste, a la alegría del descubrimiento de la lucha colectiva, a finales del siglo se opera el movimiento inverso. La utopía permanece en el discurso como un recuerdo y como conciencia del fracaso o la derrota, pero ha muerto como proyecto, lo que se demuestra con la recurrencia al amor íntimo.

Esta regresión a la intimidad como refugio es propia de otros autores como Mario Benedetti: “¿Cómo voy a creer / dijo el fulano / que la utopía ya no existe / si vos/ mengana dulce / osada/ eterna / si vos/ sos mi utopía” (Soledades). El amor sensual es, otra vez, el refugio y el sustituto de la utopía derrotada. Hay una vuelta al intimismo: el individuo ya no necesita el Cosmos social ni quiere actuar en él para cambiarlo y cambiarse a sí mismo. En la poesía de Peri Rossi es un lugar casi común: “Para que nos amáramos, en fin / ocurrieron todas las cosas de este mundo / y desde que no nos amamos / sólo existe un gran desorden” (Poesía).

El mundo es, otra vez, caos y amenaza.

En una clara alusión al tango y la filosofía popular de tono gardeliano —diatópico—, Juan Gelman titula uno de sus poemas “Mi Buenos Aires querido” y no ve otra salida que la ciega, persistente y desarticulada resistencia de Ernesto Sábato: “Hay que aprender a resistir / ni irse ni quedarse / a resistir” (Sur). Su hijo desaparecido, a quien muchos poemas antes había comprado un arma como juguete para hacer la revolución, es frustrado por la desaparición y la derrota, por la clausura política. “Hijo que no acabó de vivir / ¿acabó de morir?” (Sur). Y luego, en “Carta abierta” (1980), dedicada a su hijo, se pregunta con infinito dolor: “¿paró tu deshacer en algún lado?”.

En los ’80, lo que llamo “clausura política” ya se ha convertido en “clausura existencial”, como el purgatorio cristiano o una especie de infierno, donde eternamente se experimenta el dolor. En este caso, el deshacer no sólo es la reversión del hacer revolucionario, el destino de la historia, sino es el deshacer de Tupac-Amaru, de Ernesto Che Guevara, del rebelde que se hace pedazos para confundirse en cuerpo y alma al pueblo que lo trasciende, ya no en la utopía sino en la distopía, ya no en el triunfo de la justicia sino en la trascendencia de la derrota.

La idea de resistencia no es sólo política sino histórica y cultural: ni el nuevo hombre ni la nueva sociedad se han logrado. El éxito de la resistencia es todo el éxito que se puede aspirar en una sociedad alienada, destruida o estancada. En “Tríptico del plebiscito”, Mario Benedetti alude al triunfo del “No”, la opción que en el referéndum más importante de la historia uruguaya negó a los militares la retención del poder. “Por razones obvias / no fue / exactamente / una forma de conciencia / colectiva / sino apenas la suma / de seiscientas mil / tomas de conciencia / individuales” (Exilio). La conciencia social, el individuo transformado en la acción colectiva, ha sido abortada por la dictadura, por la reacción de la distopía, y sólo queda la acción del individuo anterior, alienado, aislado. La salida de la dictadura no significa una salida de la distopía sino, precisamente, lo contrario. En “Somos la catástrofe”, Benedetti reconstruye en pocos versos la clausura política que amenaza con transformarse en clausura existencial: “desde Paco Pizarro y Hernán Cortés / hasta los ávidos de hogaño / nos han acostumbrado a la derrota / pero de la flaqueza habrá que sacar fuerzas / a fin de no humillarnos/ no humillarnos / más de lo que permite el evangelio / que ya es bastante” (Soledades).

Ahora esa esperanza ya no se refiere a la construcción de un futuro luminoso sino a la salvación de un presente oscuro. En un poema posterior ya no hay dudas: “¿Qué les queda por probar a los jóvenes / en este mundo de impaciencia y asco? / ¿sólo graffiti? ¿rock? ¿escepticismo? / también les queda no decir amen / no dejar que les maten el amor / recuperar el habla y la utopía” (Paréntesis). La reivindicación de la palabra y la utopía son un pálido reflejo del pasado que persiste aún en medio de la desesperanza y el escepticismo del mismo poeta que los condena: “ya sabemos cómo es sin las respuestas / mas ¿cómo será el mundo sin las preguntas?” (Exilio). Los temas centrales de La vida ese paréntesis (1997) son, especialmente en sus páginas centrales, los temas recurrentes del romanticismo del siglo XIX y el existencialismo de la primera mitad del siglo XX: el yo y la muerte.

Como vimos, la otra salida a la clausura, política y existencial, consiste en el regreso al origen amerindio. Eduardo Galeano, quizás el escritor más representativo de este camino en la primera página del primer libro de su trilogía Memoria del fuego (1982-1986) inicia con un mito cosmogónico de los maquiritare, tribu de la cuenca del río Orinoco. Como el título de este primer libro, Los nacimientos, el mito alude al nacimiento múltiple; no a la reencarnación. Dios —que soñaba el mundo y era soñado por la humanidad— había decidido que la mujer y el hombre “nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira”. La derrota, el desangrado de la utopía, ha clausurado otra vez el horizonte utópico, pero se convierte en una derrota necesaria para el ejemplo histórico. Es un triunfo moral que al producir conciencia se convertirá en un triunfo político y existencial en los tiempos por venir, ese tiempo sin lugar y ese lugar sin tiempo que nunca veremos.

La palabra vuelve, pero ya no es arma de combate sino instrumento de la memoria, que es resistencia al tiempo y a la injusticia de la historia. Incluso a veces sólo es una memoria est ubi: Stat Roma pristina nomine, nomina nuda tenemus. Desde las profundidades de la historia mitológica americana, dice el poeta Ernesto Cardenal que dijo el poeta Coyote Hambriento: “nosotros nos vamos, mas quedarán los cantos” (Antología).

Jorge Majfud

Jacksonville University.

La Republica (Uruguay)

La Republica II (Uruguay)

El mandato histórico

Marchers for Salvador Allende. A crowd of peop...

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“El mandato histórico”

“Los principios que sostienen la Patria”

El discurso del presidente del Centro Militar del Uruguay, Manuel Fernández, que incendió la opinión pública se enmarca en los reclamos presupuestarios de las Fuerzas Armadas uruguayas, uno de los presupuestos más altos del mundo en términos porcentuales referidos a su población y a su PIB.

Desde un punto de vista político no deja de ser irónica la observación de Fernández de que en la sociedad uruguaya de hoy “existen como nunca profundas diferencias filosóficas, ideológicas y políticas”. Cuando el general estaba en ejercicio del deber durante la dictadura militar, no había tantas diferencias. De hecho los que pensaban y sentían diferente no podían hablar o desaparecían, razón por la cual se entendía que entonces no existían diferencias, ni profundas ni de ningún tipo.

Pero como una mentalidad maniquea solo puede ver las cosas de un lado o del otro de una línea arbitraria que alguien con voz firme y pulso tembloroso trazó en el suelo separando así el Bien del Mal, entonces esas diferencias que en cualquier sociedad humanizada significan diversidad, automáticamente se convierten en “la población dividida en dos bandos netamente diferenciados”. Como en las prácticas militares donde siempre hay un enemigo imaginario “netamente diferenciado” del otro lado de la trinchera o de la muralla, se avanza con un tambor y al ritmo de un discurso repetido, un panfleto para niños de escuela (uno de aquellos que consumíamos a diario en mi escuela primaria, durante la dictadura) que se confunde con lectura filosófica cuando no sagrada.

Según el retirado, desde 2005 “el 50,1 por ciento de la población está de un lado y el 49,9 por ciento del otro”. Lo que es otra forma de decir que su pensamiento “netamente definido” representa a la casi-mitad del país sin poder político. Lo cual no deja de ser un progreso si recordamos que en los años ‘80 y ‘90 los presidentes conservadores eran electos por menos de un tercio. Incluso eran electos con mucho menos votos que el perdedor. Por no hablar de los presidentes de la dictadura militar, que eran elegidos por un puñado de elegidos.

Refiriéndose al actual gobierno del ex tupamaro José Mujica, el retirado denunció que “a partir de marzo del 2005 las reglas de juego cambiaron al acceder legítimamente al gobierno una coalición de mayoría marxista-leninista…”

¿Todavía algunos militares tienen problemas con la legitimidad? ¿Qué reglas cambiaron? ¿El anterior gobierno democrático no era legítimo o no es legítimo cambiar? ¿La legitimidad del actual presidente de Uruguay es tan incomoda como lo era la legitimidad del gobierno democrático de Salvador Allende?

Obviamente quien cambió fue el presidente Mujica. No el retirado Fernandez. Su gobierno es legítimo, entre otras cosas, porque renunció al “honor de las armas” al que son tan afectos algunos militares de la vieja guardia. Algunos de sus “enemigos” han experimentado eso como una bofetada de la historia y son psicológicamente incapaces de superarlo.

Obviamente, de marxista-leninista el presidente solo tiene los instrumentos de crítica y análisis ya que no la practica, que se basa en las reglas del mercado de una forma más liberal que en el mismo modelo militar de los ’70 y ‘80. Lo de Mujica, en todo caso, es Revolución sin R, lo cual con suerte puede ser sinónimo de progresismo. De madurez para unos; de traición par otros. Para mí, el poder hace soberbios a unos y humildes a otros. Creo que éste último es el caso de un guerrillero que asumió sus errores y mal o bien trata de ser inclusivo sin creerse ingenuamente, como Lula en Brasil, el artífice del progreso de un país.

La mención al marxismo tiene el tono setentista del cliché multipropósito que servía para cualquier caza de brujas. Según el retirado, quienes hoy dirigen las fuerzas armadas son “civiles enemigos”. Su estructura mental le impide ir más allá de las dimensiones de su formación. En una democracia, normalmente la mayoría de la población es civil y se suelen elegir civiles para dirigir una institución que está al servicio del país y no al revés. Aun si un país decidiera eliminar las Fuerzas Armadas, lo cual no es el caso de Uruguay, la población estaría en su derecho. La existencia de cualquier institución pública está condicionada a los intereses de un pueblo.

Ni Dios las creó ni las fuerzas armadas crearon al país.

El General Artigas era un militar de profesión (subversivo, está de más decir) pero no sus montoneros. Y todas o casi todas las ideas que fundaron nuestros países del Sur, “nuestras tradiciones”  procedieron del extranjero, de la Europa humanista y de los Estados Unidos revolucionarios. No las recogimos de un pitanguero y lamentablemente nuestros fundadores fueron, en casos, muy heroicos pero no nos dejaron ideas muy originales.

Desde entonces, el país se ha mantenido por el esfuerzo diario de sus trabajadores y de sus innovadores. No vamos a excluir a las fuerzas armadas si realmente cumplen con una función. Pero el ejército, desde la vieja derecha, asume posiciones sectarias como algunos gremios, desde la vieja izquierda, que se creen la escancia de un pueblo, de un país sin los cuales no podría existir.

Tampoco la supuesta “disolución de las fuerzas armadas” es de “puro cuño leninista”. Tendrá el general retirado que invertir mejor sus horas de largo ocio para repasar la historia militar, sobre todo la historia de los movimientos antimilitaristas. Podrá encontrar a Albert Einstein diciendo que el ejército es una de las peores enfermedades que creó la humanidad, pero nunca a un Stalin, por ejemplo.

Según Fernández, las Fuerzas Armadas “son la última frontera de la nación. De los principios que sostienen la Patria”. ¿Las Fuerzas Armadas contienen y definen una nación o es al revés? ¿Las fuerzas armadas preexisten a un país? ¿Un ejército nacional posee una naturaleza supranacional? ¿Los principios que sostienen la Patria, incluían en los ’70 y ’80 el secuestro, la tortura, la desaparición, la propaganda y el terrorismo de Estado? ¿Incluía todo eso “nuestras tradiciones” y “el mandato histórico”, con todo el énfasis que usted le pone?

¿De que “patria” estamos hablando? ¿Por qué esa repetida falacia de los ejércitos como reserva mortal, sostén de la nación y una plétora de otros ideoléxicos arraigados por repetición?

¿No tiene el sindicato de panaderos el mismo derecho? “Panaderos y lecheros, la ultima frontera de la nación. Panaderos y lecheros, vanguardia de la patria”. ¿Por que no? Al menos gracias a ellos comemos todos los días. ¿Y los médicos, los  limpiadores de calles, los choferes de autobuses, los científicos, las amas y amos de casa?

¿Hasta cuando algunos militares se considerarán la reserva moral de los países? ¿Hasta cuando abusarán del poder que un pueblo le confía con la honesta y, con frecuencia, ingenua intención de ser defendidos y no atacados, sino por la fuerza bruta, por la fuerza de la intimidación y la amenaza?

En la Edad Media los nobles inventaban guerras para mantener su honor (de ahí la palabra “nobleza”) y juntaban grupos de a miles de campesinos y trabajadores (de ahí “milicia”) ya que el trabajo y la producción estaban en manos del vulgo (de ahí “vulgares”) y deshonraba a quien necesitaba de él para sobrevivir. En tiempos de paz el noble descansaba y el vulgar trabajaba. En tiempos de guerra el noble se ennoblecía y el habitante de las villas se hacia villano, como los peones defendiendo a la aristocracia en el ajedrez, morían al frente, sin honor.

Desde entonces algunas cosas han cambiado. Otras no tanto. Un país pobre suele tener instituciones pobres. La educación, la salud y la defensa suelen ser pobres. Para salir de su pobreza económica y mental se acepta que un país pobre llegue a tener una educación y una salud rica. Sería una curiosidad sostener que un país pobre debería tener un ejército rico para salir de su pobreza. Sería necio, insensato. Pero en países necios, insensatos, esa es la regla.

Jorge Majfud

El vuelo de la serpiente en el pensamiento latinoamericano (I)

comandante
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El vuelo de la serpiente en el pensamiento latinoamericano (I)

En la mitología mexicana, el agave o maguey es central. Esta planta florece una sola vez en la vida y muere. Pero de esta forma esparce sus semillas y se multiplica. Florece para morir y muere para dar vida.

La recurrencia mitológica de “morir para florecer” atraviesa el continente y su historia reprimida, desde México hasta Perú, desde el Popol Vuh hasta los mitos del Incarrí y Tupac Amaru. Ernesto Che Guevara es quizás el último representante de esta tradición. Su muerte señala el fin y la confirmación del ciclo de liberación según la cosmología amerindia. Francisco Urondo, anticipándose a su propio destino, reconocía que si el Che había muerto de esa forma, “nosotros, hombres de su generación, también terminaremos de mala manera, derrotados o con un balazo trapero y los ojos abiertos para llegar a mirar, como los gatos, en plena noche, en plena violencia, los primeros pasos del único mundo que admitimos” (Urondo, 75).

Aquí la clausura política aún no se había producido. La muerte todavía era un anticipo y el precio de la utopía. En octubre de 1967, Mario Benedetti dejaba una crónica subjetiva de este preciso momento: Che, “eres nuestra conciencia acribillada […] dicen que te incineraron / toda tu vocación / menos un dedo / basta para mostrarnos el camino / para acusar al monstruo y sus tizones / para apretar de nuevo los gatillos” (Aquí, 25). Y luego confirma esa especie de cielo secular, que es el cielo del humanismo prometeico y es el cosmos amerindio: “aprovecha por fin / a respirar tranquilo / a llenarte de cielo los pulmones […] será una pena que Dios no exista / pero habrá otros / claro que habrá otros / dignos de recibirte / comandante” (26).

Pero en los años setenta ya se percibe el fracaso de la utopía que había iniciado Sir Thomas More en 1516, otro escritor político, impresionado por el descubrimiento del Nuevo Mundo y de gente sin codicia. Ahora la distopía se ha radicalizado. La sangre del héroe ha sido desacralizada por el oro del conquistador. Razón por la cual su muerte y su renacimiento serán dobles. En el poema “Che 1997”, Benedetti acusa que “lo han transformado en pieza de consumo / en memoria trivial / en ayer sin retorno / en rabia embalsamada” (Inventario, 81). Queda la conciencia histórica y la promesa de redención, porque no hay fracasos absolutos. El final del ciclo, el necesario fracaso de la utopía y el deshacer del héroe son resistidos en algún momento, no por mucho tiempo. Pero esta literatura se refiere más a la resistencia de una distopía consolidada que a la conmoción de una revolución movida por la utopía.

Según Laurete Séroujé, el “visitador de los infiernos” —Quetzalcóatl, el hombre-dios— que se encuentra “solo entre las sombras, no es más que un ser desnudo, invadido por el pánico provocado por el abandono súbito de su fe en el acto creador” (Pensamiento, 158). El hombre-dios, el redentor, el rey de Tollan, refiere que “después de la muerte a las cosas de este mundo, y en el umbral de una realidad todavía oculta, se siente naufragar miserablemente a los bordes mismos de la nada” (158).

En al mitohistoira latinoamericana la derrota es provisoria y provee de nueva energía revolucionaria: es el movimiento del cosmos indoamericano y también es el movimiento progresivo de la historia, según el humanismo europeo. La retirada es parte de la confirmación del regreso de Quetzalcóatl: “me iré otra vez inoportuno / y apostaré por el que pierde / y volveré cuando ninguno / me necesite ni me recuerde” (Benedetti, Canciones, 103). En otro momento, en otro poema, el mismo Benedetti lo confirma: “y la muerte es el motivo / de nacer y continuar” (106). Cuando murió Quetzalcóatl, desapareció cuatro días donde estuvo entre los muertos (mictlan). En ese tiempo, según los Anales de Cuauhtitlan, el hombre-dios se proveyó de flechas y luego reapareció como el lucero, es decir, la gran estrella del alba y que llevaba su nombre, Quetzalcóatl. El período en que esta estrella desaparece —Xolotl— “no es otro que el germen del espíritu encerrado en esa sombría comarca de la muerte que es la materia” (Séroujé, 159).

Pero esta fe, propia de los escritores comprometidos, y la historia revolucionaria latinoamericana se cierra antes de alcanzar la liberación —la utopía final— para ingresar nuevamente al Primer Cuadrante, el cuadrante del escepticismo existencialista, del esteticismo y el sensualismo en el arte, de la alienación social del individuo, del solipsismo.

Un ejemplo de esa vuelta al escepticismo en la distopía podemos tomarlo de Cristina Peri Rossi, una escritora que con anterioridad compartió el carácter de los escritores comprometidos. En los años ochenta escribe “El mártir”, donde realiza una parodia desacralizada del héroe revolucionario. Una organización clandestina decide hacerse de un mártir de una forma calculada en base a un análisis frívolo sobre semántica. “Hay mártires de nombres imposibles de pronunciar por el pueblo llano, y esto los hace caer pronto en el olvido. Decidimos, pues, que nuestro mártir debía tener un nombre sin diptongos complicados, sin letras mudas ni consonantes dobles” (Cosmoagonías, 67). La carta-comunicado que recibe el futuro mártir, explica las razones de la elección. “Por fin, analizamos la cuestión más difícil, es decir, el sacrificio. Pensamos que lo mejor sería que nuestro mártir fuera asesinado por la policía en el curso de una manifestación, de carácter pacífico, y celebrada con asistencia de todos nuestros militantes” (68).

Involuntaria o no, hay una alusión al conocido estudiante Liber Arce, que murió desangrado en un enfrentamiento con las fuerzas policiales en Montevideo y se convirtió en mártir popular, marcado por la simbología de su nombre, liberarse.[1] El sacrificio, la sangre del héroe revolucionario se ha desacralizado hasta la parodia de una supuesta intrascendencia. El cuento fue reproducido en diarios de la derecha conservadora de su país, Uruguay, como El País.

La poesía de Peri Rossi, como la de la mayoría de aquellos escritores que en años anteriores habían sido identificados con la revolución, la resistencia optimista y la alegría de la utopía popular, volverán al espacio distopico. La apertura se convierte primero en clausura política y más tarde en clausura existencial. En “El tiempo” (1987), Peri Rossi reconoce: “Mi melancolía y yo hemos decidido / vivir en el pasado” (Poesía, 449). Casi diez años más tarde, en “Aquella noche” (1996), observa en un personaje aludido, de forma más explícita: “De joven quería cambiar / el mundo. Se hizo guerrillera […] Ahora, se limita a cambiar / el canal de televisión” (Poesía, 673).

(continúa)

Jorge Majfud

Jacksonville University.

Milenio (Mexico)

La Republica (Uruguay)

La Republica II (Uruguay)


[1] La importancia simbólica de Liber Arce, composición de un nombre y un apellido comunes, no es un detalle menor. Arce murió por una bala del policía Enrique Tegiachi el 14 de agosto de 1968, en el curso de una manifestación estudiantil. El 20 de setiembre se repite la historia con los estudiantes Hugo de los Santos y Susana Pintos. Luego sigue una lista de otros mártires estudiantes que no alcanzaron el simbolismo histórico que hoy se reconoce en Liber Arce.

Los medios justifican los fines

The Emperor Showa (a wartime photograph).

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Los medios justifican los fines

Días atrás, cenando en casa de un profesor amigo, un ingeniero de la Universidad de Texas amablemente me reprochaba el hecho de haber cambiado la arquitectura por la literatura. El reproche no iba porque la historia hubiese perdido algo (nunca fui bueno ni en una cosa ni en la otra) sino porque el cambio parecía una crítica, si no una traición simbólica, de una especialidad hacia la otra.

No voy a argumentar como Leonardo de Vinci que alguna vez consideró la pintura como un arte superior a la escultura, tal vez por razones personales, por cierta rivalidad con Miguel Ángel más que por convicciones intelectuales. Ninguna disciplina es superior a otra sino por lo que aporta a los demás, y tanto las ciencias como las humanidades tienen tanto para dar, empezando por no considerarse el ombligo de la existencia humana.

Mi respuesta entonces fue apenas un recuerdo de algo que había escrito en alguna parte: “me cambié de disciplina cuando comprendí que la realidad estaba hecha más de palabras que de ladrillos”.

No era una buena razón personal, pero era una razón verificable, al fin y al cabo.

Esta tarde me di una vuelta por la biblioteca principal de la universidad. Me habían llegado unos libros y unos documentos que había pedido, las cinco mil páginas de la Investigación sobre Desaparecidos en Uruguay, entre otros.

Aproveché para perderme entre los anaqueles. El silencio y el olor de las bibliotecas estimulan la curiosidad y la imaginación. Deambulé por la historia de la Rusia del siglo XIII, por la Francia de los cromañones, por la primitiva Teoría de la relatividad de Potincaré, por una carta de Einstein al presidente de Estados Unidos, por la Segunda Guerra mundial.

Entonces, inevitablemente, derivé a Hiroshima y Nagasaki. Recordé una discusión con alguien que defendía las bombas atómicas como necesarias para terminar la Segunda Guerra mundial. Creo que le propuse mudar el museo de Hiroshima a Washington o alguna parte del mundo donde sirviera para aprender algo. He discutido tantas veces de tantas cosas que ni me acuerdo de aquel sujeto de cachetes colorados y bigotes tipo Hulk Hogan. Me pregunto si yo los sigo o ellos me persiguen. No creo que fuese algún colega porque en esto no son muy originales. Todos han rechazado semejante acto de humanismo que puso fin a la guerra, evitando así la muerte de miles de inocentes si se hubiesen usado otros métodos más tradicionales.

Bajé a la sala de archivos y leí las revistas de entonces. 1943, 1944, 1945. Febrero, marzo, abril. Las noticias de la guerra aparecían fragmentadas entre los inevitables anuncios de felicidad, casi todos basados en la proliferación tecnológica. Autopistas aéreas, automóviles con aire acondicionado. “Asado in the Argentine”, por entonces reconocida en la publicidad como un “gigante industrial”.

Para bien y para mal los norteamericanos dieron forma a nuestro mundo posmoderno. Aun hoy sus obsesiones y fantasías renacen en los lugares más impensados del planeta bajo otras banderas. No obstante cada Atenas, cada Roma tiene sus desastres propios, sus catástrofes difíciles de repetir.

Difíciles, aunque no imposibles.

El numero de Time del 13 de agosto apenas cita a Truman, según el cual “lo que se ha hecho [el 6 y el 9 de agosto] es el más grande logro de la ciencia en toda su historia” (p. 17).

En su portada del 20 de agosto la revista recibía al lector con un gran disco rojo con fondo blanco y una X que tachaba el disco. No era la primera bomba atómica de la historia arrojada sobre una población de seres humanos sino el sol o la bandera de Japón.

En la página 29, un articulo bajo el título de “Awful Responsability” (“Una responsabilidad terrible”) el presidente Truman trazaba las líneas de lo que iba a ser más tarde el pasado. Como un buen hombre de fe siempre que es colocado por Dios en el poder, Truman reconoció: “Le damos gracias a Dios porque esto haya llegado a nosotros antes que a nuestros enemigos. Y rezamos para que Él nos pueda guiar para usar esto según Su forma y Sus propósitos”.  En la inversión semántica de sujeto-objeto, por “esto” se refiere a la bomba atómica que “nos ha llegado”; por “nuestros enemigos”, obviamente, se refiere Hitler e Hirohito; por “nosotros”, a nosotros, los protegidos de Dios.

No cabe duda que Hitler e Hirohito eran criminales. Criminales, asesinos desde un punto de vista humanista, secular. Desde un punto de vista religioso eran dos demonios. Uno de ellos cristiano, a su manera. A Truman, a quien se le puede reconocer parte de la liberación de Europa, deteniendo o mitigando así el holocausto judío, no se le acusa al mismo tiempo de criminal. Como en una telenovela, uno es bueno o es malo, pero no las dos cosas a la vez. Porque según la mentalidad religiosa judeocristianomusulmana los estados intermedios, la vida humana y el purgatorio, son temporales, casi inexistentes. No caben tonos grises; uno es ángel o demonio, está en el cielo o en el infierno. Por lo tanto, es natural que se pensara que Dios estaba de parte de uno de los bandos y que haya sido partidario de arrojar un par de bombas atómicas (“según Su forma y Sus propósitos”) sobre ciudades llenas de hombres, mujeres y niños que solo haciendo un gran esfuerzo de imaginación, y con ayuda de la Santa Inquisición, podríamos atribuir alguna responsabilidad mortal.

En la revista, ninguna mención al número de víctimas. Mucho menos a las víctimas. Apenas algunos porcentajes, que nunca dan una idea de la escala real del objeto medido en términos relativos. Porque uno no puede ser un instrumento de Dios o del bien habiendo suprimido a tantos inocentes. Al menos que se compare Hiroshima y Nagasaki con Sodoma y Gomorra. En la Edad Media se exageraba el número de muertos en nombre de Dios. Ahora los números se han disparado a las nubes pero nadie habla de los muertos que convierten a un soldado en héroe y al comandante en líder espiritual.

En el numero siguiente de Time, en un rincón de la pagina 92, unas líneas dan cuenta que junto con la desaparición del 30 % de Nagasaki, desapareció también la comunidad jesuita, la comunidad cristiana más antigua de Japón. Pero todo sea por una buena causa.

El principio atribuido a Maquiavelo de “los fines justifican los medios”, tan común en las revoluciones y contrarrevoluciones políticas de la Era Moderna, encontró su aliado posmoderno en su exacto inverso: los medios justifican los fines. Gracias a los medios, las palabras de un hombre poderoso pueden pasarle por encima a cualquier realidad. Ahora, si uno es un pobre diablo, la realidad le pasará por encima.

Si la realidad no se adapta a las palabras, peor para la realidad. No importa que esa realidad sea una bomba atómica y miles de muertos. Lo que importa es qué diremos y qué escucharemos de ellos. Al fin y al cabo, la realidad diaria no es más que lo que percibimos y entendemos (o queremos entender) como real.

Pero tengo la fuerte sospecha que existe una realidad real, la verdad, que es siempre la primera y la ultima victima de todo poder descontrolado.

Jorge Majfud

Setiembre 2010

Tecnología de la barbarie

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Panamá América

Milenio (Mexico)

—Hoy capamos a éste —dijo uno—. Mañana te toca a vos.

Al día siguiente Caíto tenía la ingle monstruosamente hinchada. Había pasado toda la noche tratando de esconderse los testículos.

Tecnología de la barbarie

El tío Caíto tenía treinta y pocos años cuando lo agarraron en 1972. Dicen que había colaborado con unos tupamaros que andaban prófugos en el campo donde trabajaba.

De él recuerdo su incipiente calvicie y su gran bigote. Todavía tartamudeaba cuando se ponía nervioso.

Si viviera seguramente andaríamos medio peleados, tal vez por alguna discusión política. ¿Por qué te metiste en eso? ¿Cómo no te diste cuenta que también los rusos tenían su dictadura, sus propios crímenes, sus propias injusticias, su propia mierda?

Claro, qué fácil pensarlo ahora. Qué fácil es solucionar el pasado. Si al menos viésemos por donde caminamos con la misma claridad que podemos ver hacia atrás, donde ya nada podemos hacer. Pero es una condición humana: vamos aprendiendo a medida que dejamos de necesitarlo. Aprendemos a criar a un hijo cuando ese hijo ya ha crecido o comprendemos realmente a un padre cuando ya es un anciano o ya no está entre nosotros.

Al tío Caíto lo agarraron en un campo de Tacuarembó, Uruguay, y lo arrastraron con un caballo como si su cuerpo fuese un arado. Probaron ahogarlo varias veces en un arrollo. No pudo confesar nada porque sabía menos que los militares que querían saber algo, además de divertirse, porque los días eran largos y los sueldos eran magros.

Tal vez Caíto inventó algún nombre o algún lugar o alguna cifra que lo aliviara por un momento.

En la cárcel tuvo que pasar varias. Un día de visita le confesó a su madre que se había vuelto tupamaro allí adentro. Al menos desde entonces la dictadura militar tuvo una razón seria para retenerlo.

La justicia militar habrá tenido otras razones para usar la diversión y el placer por el sufrimiento ajeno, como los respetables espectadores sienten placer con la tortura de un animal en una corrida de toros.

Los militares de entonces eran muy ingeniosos cuando estaban aburridos. Algunas veces he propuesto la creación de un Museo de la Guerra Sucia, como monumento a la condición humana. Pero siempre me han contestado que eso sería algo inconveniente, algo que no ayudaría al entendimiento entre todos los uruguayos. Tal vez por eso hay muchos museos sobre los indios charrúas donde se acumulan vasijas y flechitas de aquellos simpáticos salvajes, pero ninguno sobre el holocausto charrúa realizado por algunos héroes que todavía cabalgan como fantasmas multiplicados en sus caballos de bronce por las calles de varias ciudades. Estoy seguro que el material de dicho museo sería muy diverso, con tantos documentos desclasificados aquí y allá (esas estériles confesiones psicoanalíticas que las democracias hacen cada treinta años para aliviar sus conflictos existenciales), con tantos juguetes sexuales y otras curiosidades tan didácticas para académicos y escolares.

Por ejemplo. Un día los militares castigaron a un preso y simularon que lo habían castrado. Luego pasaron por donde estaba Caíto y le mostraron un riñón, un recipiente usado en cirugías, lleno de sangre.

—Hoy capamos a éste —dijo uno—. Mañana te toca a vos.

Al día siguiente Caíto tenía la ingle monstruosamente hinchada. Había pasado toda la noche tratando de esconderse los testículos.

Supe de esta historia por algunos que habían estado con él. Entonces recordé y comprendí por qué mi abuela Joaquina le decía a alguien, en secreto, que a su hijo no le habían podido encontrar los testículos. De chico yo imaginaba que el tío tenía un defecto congénito y por eso nunca había tenido hijos.

A Marta, su mujer, le dijeron algo parecido:

—Hoy lo capamos a él. Mañana lo fusilamos.

Por supuesto, los soldados de la patria no hicieron ni una cosa ni la otra. No llegaron a semejante extremo porque en Uruguay los desaparecidos no eran tan comunes como en Argentina o en Chile. Los uruguayos siempre fuimos más moderados, más civilizados. Más sutiles. Siempre nos sentimos tan pequeños entre Brasil y Argentina y siempre tan aliviados y tan orgullosos de no llegar a las barbaridades de nuestros hermanastros. Al fin y al cabo, si de eso no se habla, eso no existe, como en La Casa de Bernarda Alba: “silencio, silencio, silencio he dicho…”

Por esos días mi hermano y yo andábamos en la casa de campo. Yo tenía tres años y mi hermano casi el doble. Jugábamos en el patio, al lado de las ruedas de una carreta, cuando sentimos un ruido muy fuerte. Recuerdo el patio, la carreta, el árbol y casi todo lo demás. Salimos corriendo y llegamos primero que todos al cuarto de la tía Marta. La tía estaba boca arriba sobre la cama, con un agujero en el pecho.

Enseguida alguien mayor nos arrastró afuera para evitar lo inevitable.

Se supone que debíamos traumarnos, convertirnos en delincuentes o algo por el estilo.

De lo primero no sé, pero doy fe que lo más fuera de la ley que he hecho en mi vida fue cuando tenía cinco años. Subí a la torre de control de una cárcel y toqué las alarmas. Luego del revuelo de agentes de seguridad que corrían a mis pies, me bajaron colgando de un brazo. También de niño pasé mensajes clandestinos en la cárcel más segura del país, dada mi memoria de entonces que mis amigos de la universidad elogiarían más tarde.

Caíto murió poco después de salir en libertad. Que es una forma de hablar. Estaba preso en la mayor cárcel de presos políticos en un pueblo llamado Libertad. Digamos, para ser más exactos, que murió en medio del campo, poco después de salir de la cárcel, a los 39 años. Tal vez de un ataque al corazón, como dijo el médico, o por un golpe en la cabeza, como le pareció a su madre, o por las dos cosas. O por todas las demás cosas.

Si hoy viviese, nos andaríamos peleando por razones políticas. Yo, echándole en cara sus errores. Él llamándome “pequeño burgués” o algo merecidamente por el estilo. O tal vez me equivoco y segaríamos siendo tan buenos amigos como éramos hasta que se murió.

Porque en el fondo lo que más importan no son las razones políticas. El sadismo que ejercitaron con él no tiene ideología, aunque eventualmente puede servir a las dictaduras de izquierdas o de derecha, a las democracias del Norte o a las del Sur.

Los caítos y las martas del Uruguay no importan demasiado. No fueron desaparecidos y murieron por causas naturales o se suicidaron. Por otro lado, aquellos soldados con sentido del humor que jugaban a castrar presos hoy en día deben ser unos pobres viejitos que cuidan que sus nietos no vean escenas violentas en la televisión, mientras les explican que la violencia y la falta de moral de la sociedad hoy en día se debe a que se han perdido los valores fundamentales de la familia.

Jorge Majfud

Agosto 2010.

The Technology of Barbarism

El motor de las contradicciones

Cover of "A Brief History of Time"

Cover of A Brief History of Time

El motor de las contradicciones

Siempre que nos enfrentamos a un fenómeno físico o cultural buscamos en el aparente caos de datos y de observaciones el orden subyacente que lo explica. Una paradoja, por ejemplo, es una contradicción aparente que exige el descubrimiento de su lógica interna, la proeza intelectual, según Ernesto Sábato, de advertir que “una piedra que cae y la Luna que no cae son el mismo fenómeno”.

La unidad y el orden han sido premisas en casi todas las teorías y cosmogonías a lo largo de la historia humana. La palabra cosmos, de origen griego, significa “orden”. En numerosos mitos cosmogónicos el universo surge del caos, incluso en aquellos que afirman la intervención de un Creador personal. Para la tradición judeocristianomusulmana, el bien es la unidad, Dios, Uno. El demonio era el Heterodoxo o era la dualidad, el dos, la maldición de lo femenino que lo masculino, el tres, repara (Dorneus, 1602).

Sin embargo, sin el conflicto, sin la dualidad y la diversidad no hubiese historia bíblica ni hubiese Dios creando el mundo. Los conflictos y las contradicciones son un atributo de la diversa narrativa bíblica que nunca sería reconocido por un creyente tradicional.

Desde un punto de vista teológico, también la dualidad, la creación y el pecado, el Bien y el Mal inevitablemente surgen del Uno, Dios. Lo mismo podemos entender de las religiones asiáticas. No así las religiones amerindias, sobre todo las prehispánicas, donde el conflicto es, de forma explícita, combustible del Cosmos, orden casi amoral del equilibrio de lo diverso y de los opuestos.

La ciencia moderna, surgida del neoplatonismo de los Copérnicos y los Galileos, no podía ser una excepción. Einstein se maravillaba que el mundo sea inteligible y nunca dejó de buscar la teoría que unificara el macro y el microcosmos y evitara el juego de probabilidades e incertidumbres. Uno de los principios de esa razón inteligible es el principio de unidad, que no permitía a la naturaleza (mejor dicho, a las representaciones de la naturaleza) afirmaciones contradictorias. Algo no podía ser y no ser al mismo tiempo, como la luz no podía ser onda y fotón a principios del siglo XX.

Stephen Hawking, en A Brief History of Time (1988), resolvió estas perplejidades epistemológicas con una tautología: “vemos el universo de la forma que es porque existimos”. El Universo posee un orden del cual extraemos leyes generales o las leyes generales son la forma que tenemos los humanos de relacionarnos con ese Universo diverso.

Ahora, en la naturaleza física las contradicciones son apenas fuerzas opuestas. En filosofía clásica las contradicciones eran pruebas de un razonamiento defectuoso cuyo nombre ha pasado a la lista de palabras obscenas. En la naturaleza psicológica las contradicciones son expresiones de represión.

Pero para la historia, quizás las contradicciones sean el motor creador.

Los ejemplos abundan. Norman Cantor ha observado en The American Century (1997) una incompatibilidad sustancial entre el marxismo y el modernismo. Como la teoría de Charles Darwin, el marxismo es heredero no sólo del heguelismo sino del pensamiento victoriano en general desde el momento en que explica un fenómeno recurriendo a su historia. La Modernidad o, mejor dicho, el movimiento moderno de finales de siglo XIX y principios del siglo XX representado particularmente en las vanguardias, desde el futurismo hasta el surrealismo, es una reacción “por agotamiento” del pensamiento y la moral victoriana. El pensamiento victoriano se funda en el historicismo y su miedo y reacción ante el caos de las primeras etapas de la Revolución Industrial —pobreza, criminalidad y diversos movimientos sociales— funda la policía moderna y la moral rígida, al menos en el discurso, el sermón y el castigo.

El pensamiento moderno no. Fue parricida; por momentos pretendió establecerse como una nueva historia y una nueva naturaleza, como una fórmula matemática que es producto de una larga historia pero no la reconoce en sí misma ni la necesita para evidenciarse verdadera.

El marxismo y el pensamiento moderno, el primero de raíz victoriana (lo cual es por lo menos otra paradoja) y el segundo antivictoriano, antiautoritario por lo que tenía de iluminista, fueron socios en su ataque al orden burgués y conservador, sobre todo en el siglo XIX y hasta el tercer cuarto del siglo XX. Sin embargo este conflicto se evidencia con la condena al arte moderno y al resto del pensamiento moderno luego del triunfo de la revolución rusa de 1917 y, sobre todo, del posterior estalinismo que condenó las vanguardias y la libertad creadora del individuo moderno.

El arte y el pensamiento moderno apuntaron contra el poder establecido de los Estados, se enfocaron —aquí el aspecto romántico del que carecía la mentalidad victoriana y el marxismo científico— en la subjetividad y la libertad del individuo sobre las fuerzas deterministas de la historia, de la economía o de la religión.

En el siglo XX, sobre todo en América Latina, podemos encontrar esta unión conflictiva de ambas fuerzas. Bastaría con leer las acciones y toda la obra escrita de Ernesto Guevara y de los intelectuales de izquierda más importantes del continente: el modernismo en la valoración de la libertad creativa del individuo y la época victoriana en el valor de la moral sobre las condiciones económicas; la realidad de cierto determinismo económico en la cultura popular que hunde sus raíces en el marxismo y el romanticismo del individuo que quiere ser pueblo pero ante todo es un individuo vanguardista. La razón marxista del progreso de la historia a través de una clase industrial, proletaria, y la valoración del origen perdido, de los valores agrícolas propio de los pueblos originarios.

Estas y otras contradicciones serán valoradas por los militantes de izquierda como inexistentes o circunstanciales o propias de un contexto contradictorio, como lo es el capitalismo y el orden burgués. Y como defectos de la narrativa política e ideológica, por la derecha. Todos unirán el valor de las contradicciones a sus adversarios sin advertir la naturaleza diversa de las contradicciones, como las bacterias o los tipos de colesterol.

Sospecho que no habría historia, de la buena y de la mala, sin cierto tipo de contradicciones sustanciales.

En nosotros, los individuos, las contradicciones son una condición humana. En nosotros, los pueblos, las contradicciones abren y cierran caminos, provocan revoluciones y largos períodos de status quo.

¿Qué seríamos sin nuestras contradicciones? ¿Quién puede reclamar una perfecta coherencia en su vida y en sus ideas? ¿Qué sería la historia sin esa permanente tensión que la mantiene en marcha, en un estado de fiebre inestable, siempre en búsqueda de la lógica de la perfecta coherencia, que es el mayor de todos los delirios?

Jorge Majfud

Jacksonville University

August 2010.

Aquellos valientes de antes

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Aquellos valientes de antes

La noticia de que el mundialmente célebre coronel retirado Nino Gavazzo será finalmente procesado por la justicia en Tacuarembó, Uruguay, es una buena noticia para la justicia.

Mi abuelo fue uno de los incontables torturados por estos soldados de la patria. Lo reventaron cuando logró sacarse la capucha y ver que el torturador era un vecino del pueblo donde, por casualidad o por paradoja divina, algunos de ellos son procesados ahora por alguno de sus tantos servicios.

Luego dicen que llegó el coronel Gavazzo y quiso darle unas buenas trompadas. Pero cada vez que el viejo las esquivaba el coronel se enfurecía aún más.

Mi abuelo tenía las manos atadas. Así es como se hacían valientes los héroes de entonces, torturando y dándole trompadas a gente que tenía las manos atadas, cuando no estaban encapuchados o rodeados por otros elementos de seguridad.

Quizás sea por esta razón que las dictaduras nunca produjeron héroes históricos y por eso debían conformarse con colgarse en los uniformes, unos a otros, veinte o treinta medallitas y esperar que la vejez y algún religioso de rango perdonase sus pecados y proveyese de paz a sus orgullosas almas. Cosa que no resultaba difícil, porque casi siempre tenían algún jerarca eclesiástico al alcance de la mano, bendiciendo sus armas e imponiendo silencio disciplinario a los curitas de barrio que no comulgaban como corresponde.

Lástima que mi abuelo murió en 2003. Él siempre dijo que iba a llegar este momento. Treinta años atrás parecía una quimera, una fantasía que iba en contra de siglos de abusos e impunidades. Era como esperar la nieve en Jamaica.

Siempre he pensado que cuando la justicia tarda no llega. Pero algo es algo. Por lo menos significa que los abusadores de turno ya no descansarán en paz en sus inexpugnables fortalezas. Tampoco la autocomplacencia del pueblo. Como aquella anestesia crítica que por entonces había asustado y adoctrinado a medio pueblo, reclinado como a un confortable sillón a la tradición y la propaganda oficial.

Esta conciencia primitiva se resumía (no quiero decir que ha sido superada) en una actitud al mejor estilo Poncio Pilatus: “si Juancito está preso y si a María la mataron por algo será. No les hubiese pasado nada se hubiesen dedicado a estudiar o a trabajar”.

Antes de analizar una violación a los derechos humanos la propaganda imponía la criminalización de la víctima, por su tormento y por el estado histórico y presente de la sociedad. Un razonamiento típicamente prostibulario: los señores salvan su honor de hombres estigmatizando a mujeres marginales que funcionan como trapos de piso. Como una misa mal entendida sirve de lavadora.

La santa inquisición dictó cátedra en cuanto a procesos de obtención de información, falsa y verdadera, mediante la investigación policial sobre brujas y herejes que incluía un variado menú de tormentos físicos y psicológicos. En Europa existen tenebrosos museos de la tortura donde se recuerda este estado de terror dominante.

En el Rio de la Plata se actualizaron casi todos los métodos inquisitoriales. No somos tan románticos como los europeos; no somos afines a los museos. Pero un Museo de la Guerra Sucia es una materia pendiente en el Cono sur.

La picana eléctrica y otras maravillas de la tecnología que hinchaban de orgullo a los raquíticos inventores de nuestras tierras deberían estar presentes.

Por entonces, las invocaciones religiosas de los dictadores latinoamericanos eran más una excusa que la fiebre sincera de la Europa gótica y barroca.

A unos los movía la sincera superstición de que cada vez que torturaban o violaban a la mujer de un subversivo estaban salvando la patria, la libertad, la democracia y los derechos humanos. Al fin y al cabo la inquisición también torturaba y quemaba seres humanos para salvarlos del fuego eterno y salvar al resto de la humanidad del horror de la herejía.

A otros los movía el cumplimiento con el deber, con el deber de proteger la tradición de colonias y feudos disfrazados de republicas democráticas.

A otros, los movía simplemente el sadismo.

Todos esos son males universales. No son exclusivos de la derecha ni de la izquierda, de los de arriba ni de los de abajo.

La justicia, cuando es justicia, tampoco es exclusiva de ningún grupo. Es un bien universal.

Jorge Majfud

Agosto 2010

El hombre nuevo en la crítica moderna (II)

Mario Benedetti

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El hombre nuevo en la crítica moderna (II)

Para los críticos que antes de la Segunda Guerra reaccionaron contra los valores de la Modernidad, la corrupción de la masa era producto de una progresiva pérdida de referencias (míticas, religiosas o jerárquicas) que había comenzado con el Renacimiento, que es casi decir con el Humanismo. Se olvidaron voces como las del catalán Pi i Margall que un siglo antes, en la conservadora España, había contestado que la violencia y la vulgaridad del pueblo no se debía al incremento sino a la insuficiencia de su libertad (Reacción, 1854).

Refiriéndose al proyecto de educación universal del siglo XIX de “educar al soberano” y a la estatización del siglo XX (una liberal y la otra comunista) Sábato observaba en 1951 que en ambas alternativas “la Opinión Pública sigue siendo quien impone gobiernos, pero resulta que estos gobiernos son los que crean la Opinión Pública” (Engranajes). En este punto muchos estarían de acuerdo con Ortega y Gasset: “la masa es lo que no actúa por sí misma” (Masas).

Esa “opinión pública” fue menospreciada por los conservadores que solía heredar los privilegios de clase y también será atacada por los intelectuales de izquierda, como el célebre italiano Antonio Gramsci y muchos otros en América Latina. El “hombre común” no es producto de la naturaleza ni sus acciones son espontáneas sino producidas, deformadas por su propia alienación. De la misma forma, su conciencia no es suya sino una poderosa “falsa conciencia” que impide su liberación (recordemos los esclavos agradeciendo los azotes que les enseñaban a ser “buenos negros”, “buenos indios” o “buenos pobres”).

Para el cubano Nicolás Guillén, por ejemplo, el hombre común es una abstracción, producto de la deformación de los mass media (Tengo). También Mario Benedetti insistirá en la artificialidad de esta espontaneidad, de los gustos populares, como creaciones de la maquinaria publicitaria (Revolución) y aplicará este descubrimiento gramsciano a la tradicional elite intelectual. Acusará a la “crítica comprometida” de estar compuesta por “ideólogos que promocionan la soledad como el hábitat del escritor”. La complicidad del lector con el autor, repetidas veces elogiada como virtud literaria, se transforma, desde este punto de vista, en mortal defecto de sofisticación y celebración de la alienación: “El cómplice verifica y consolida la alianza de un reducido clan, contra una mayoría”.

Es decir, para esta perspectiva, el individuo se encuentra alienado por una cultura y una estructura productiva. Esta percepción del individuo alienado como fuente de la corrupción moral e ideológica, había sido percibida de otra forma por Ernesto Guevara en Chile, durante su primer gran viaje por el continente. En el momento de asistir a una anciana asmática, reconoce que la medicina no podía hacer gran cosa para salvarla. El problema no radica, entonces, en la enfermedad del individuo sino en una enfermedad social. “En estos casos es cuando el médico consciente de su total inferioridad frente al medio, desea un cambio de cosas, algo que suprima la injusticia que supone que la pobre vieja hubiera estado sirviendo hasta hacía un mes para ganarse el sustento, hipando y penando” (Diario, 103).

Desde una posición ideológica opuesta pero coincidente con esta crítica, Octavio Paz se rindió al precepto marxista: “En lugar de interrogarnos a nosotros mismos, ¿no sería mejor crear, obrar sobre una realidad que no se entrega al que la contempla, sino al que es capaz de sumergirse en ella? […] los norteamericanos no desean conocer la realidad sino utilizarla” (Laberinto). Pero Paz también señala un elemento de cambio que es radical y significativo: con la introducción del catolicismo en América, “el sacrificio y la idea de salvación, que antes eran colectivos, se vuelven personales”. La virtud y el pecado se convierten en responsabilidades individuales. Por lo tanto, “la redención es obra personal”. Habrá que esperar al surgimiento de la Teología de la liberación, un movimiento propiamente latinoamericano, para problematizar la idea de “pecado social” y, de forma menos explícita, la idea de “liberación colectiva”.

En el siglo XX, el mundo de la clausura política se representa por la idea de alienación del individuo y en la literatura se encarna en su radicalización, la clausura existencial. De ahí la subjetividad del yo, náufrago en un mundo absurdo, el protagonista del siglo XX que, en palabras de Nietzsche podríamos llamar el “héroe dialéctico”, el individuo escéptico que construye su crítica desde la impotencia y el rechazo a su propia sociedad. Según Cascardi, el héroe épico de la novela debe ser instruido en el arte de lo posible dentro de los límites de un mundo desencantado (Subject).

En el otro extremo estético-ideológico, la misma reacción crítica se articulará según la oposición oro/espíritu, materialismo/moral, calvinismo/epicureísmo, opresión/liberación. No hay clausura existencial —su leitmotiv no es la angustia sino la alegría— y la clausura política es sólo esporádica, cíclica, vulnerable. Tanto la primera tradición cristiana —el Jesús expulsando a los mercaderes del templo o cuestionando al joven rico por no desprenderse de sus bienes— como la concepción amerindia de un Cosmos vivo pero en peligro de ser vaciado en su espíritu, son constantes en este pensamiento que, no sin paradoja, basaba su ideología en el materialismo dialéctico. La visión materialista, desacralizada del Cosmos es compartida por el comunismo soviético tanto como el capitalismo euroamericano. Los paradigmas culturales que establecen categorías como Primer, Segundo y Tercer mundo son cuestionados después de la Segunda Guerra y rápidamente toman lugar en el pensamiento latinoamericano. Gustavo Gutiérrez dice, en Teología de la liberación (1973) que el signo de los tiempos, “sobre todo en los países subdesarrollados y oprimidos, es la lucha por construir una sociedad justa y fraterna, donde todos puedan vivir con dignidad y ser agentes de su propio destino. Consideramos que el término ‘desarrollo’ no expresa bien esas aspiraciones profundas; ‘liberación’ parece, en cambio, significarlas mejor”.

En Radical Humanism (1952) un marxista como el indio M. N. Roy reconocía que “la libertad es real sólo como libertad individual” (36). No obstante hoy, a medida que los instrumentos democráticos se multiplican, el objetivo central, la liberación de los individuos (en sociedad), es decir el Hombre Nuevo, sigue entre dos rígidos signos de interrogación. Si no entre irónicas comillas.

Jorge Majfud

Junio 2010.

La Republica (Uruguay)

Milenio (Mexico)

La cultura de la hiperfragmentación (II)

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La cultura de la hiperfragmentación (II)

Una vez en África, con razón, un kimwane me cuestionaba por qué yo decía que aquellas costas eran un paraíso de belleza y tranquilidad, fuera de todos los mapas, y al mismo tiempo extrañaba las agotadoras batallas del mundo occidental. Después de muchos meses decidí volver. Porque nadie puede irse a una isla en el medio del océano Índico sin llevarse su mundo adentro. Y porque el admirable y el despreciable Occidente es mi mundo, o la mayor parte de mi mundo.

Desde entonces creo que no hay mejor espacio para observar una realidad que un espacio fronterizo. Involucrarse en esa realidad es básico para conocerla, pero no necesariamente favorable a la observación de la misma.

Una de esas fronteras puede ser generacional y cultural: la que (aparentemente) separa la cultura del libro de la cultura digital.

Desde fines del siglo XX muchos escritores publicamos en libro, aunque con reservas, nuestro optimismo sobre la revolución digital. La red venía a confirmar con su potencial interactivo la idea de que si la biosfera era el cuerpo de un ser vivo único (la Gaia de J. Lovelock), bien podríamos considerar la estratósfera y las redes de comunicación como su cerebro, donde las conexiones eran las dendritas y los individuos las neuronas.

El optimismo estaba sustentado (aún lo está), en el potencial democratizador de la información, de la cultura y de los medios de producción, con lo cual la democracia directa ya no tendría obstáculos para sustituir finalmente a las anacrónicas democracias representativas. Así, pronto los parlamentos se convertirían en lo que hoy son los reyes en Europa.

Todo esto estaba (está) en la misma línea humanística de liberación de los individuos de las autoridades fácticas, políticas o intelectuales considerados desde la revolución intelectual del siglo XVII alrededor del Mediterráneo. El fenómeno de Internet no era (no es) mayor ni menor al producido por la revolución del libro impreso en el siglo XV y de la prensa en el siglo XVIII y XIX.

Nada de estas posibilidades ha fracasado hoy en día, pero la experiencia del momento nos muestra cada día los peligros de todo optimismo. Por ejemplo, cuando los medios se convierten en fines. Cuando los instrumentos de liberación se convierten en una adicción que, además, fomentan la superstición de la libertad y la liberación del mismo adicto por el simple hecho de tener acceso a la droga.

Aparte de las enormes inversiones de tiempo que alguien hace en las “redes sociales” (es decir, en los cementerios digitales) como Facebook o Twitter, lo que debería preocupar más es qué habilidades se ganan y qué habilidades se pierden cuando esa práctica fraccionada y repetitiva traspasa un límite X y se convierte en autismo social, una de las enfermedades menos visibles y más universales de nuestro tiempo.

No debemos olvidar que el optimismo sobre el potencial democratizador de la televisión terminó entre dos pesados signos de interrogación. La idea de “caja boba” en realidad no tenía nada de boba para los poderes fácticos del siglo XX. Los perjudicados fueron aquellos que desarrollaron sus potenciales intelectuales dentro de la adicción y de los límites estrechos de ese medio, mientras los administradores del poder mundial seguían formándose en la cultura escrita de las universidades.

Lo mismo podríamos decir de la radio. Si bien fue, y aún lo es hoy, un medio positivo en el proceso de democratización de la información, también es cierto que la Alemania nazi no hubiese llegado a los extremos que llegó sin la revolución propagandística que hizo posible el nuevo medio, por citar sólo un ejemplo clásico y extremo.

Claro, algunos acusarán que también el libro fue usado como medio central en la difusión del marxismo, etc. Para bien y para mal, es cierto. En cualquier caso la observación confirma el punto central en este momento: qué habilidades intelectuales se están perdiendo en nombre de un conformismo basado en las ventajas de un nuevo medio.

Se pueden observar experimentos en “tiempo real” sobre los hábitos de lectoescritura de las nuevas generaciones. En una abrumadora mayoría, no son muy alentadoras si venimos con la molesta idea de la democracia y la liberación del individuo y de los pueblos basada no en la mera información sino en la formación misma del individuo. Una formación no basada en el mito de la libertad sino en la liberación de un pensamiento crítico. Y para esto es necesario un ejercicio intelectual que incluya alguna constancia, alguna concentración, algún “ir a fondo” alejado de falsas urgencias, alentadas por la ansiedad del consumidor (producto típico y necesario del último capitalismo) más que por la urgencia real de los hechos.

Como ya anotamos mucho antes, una característica del lector digital, al menos por el momento, radica en la hiperfragmentación. Esto no significa que en este tipo de lectura digital no pueda surgir un pensamiento crítico. Ejemplos contrarios hay de sobra. Pero en términos generales, no veo cómo se podría estimular la riqueza intelectual sustituyendo completamente una habilidad por otra, en este caso la lectura de largo aliento y concentración, propia del libro tradicional, por la lectura fragmentada de la red.

Si buscamos indicios concretos sobre las potencialidades de los nuevos grupos encontraremos que la gran novedad radica en cierta forma de “cooperative work”. Un ejemplo paradigmático es Wikipedia. En otros casos menos defendibles, las empresas usan a los usuarios de forma gratuita para sustituir empleados asalariados.

En cualquier caso, la nueva generación sigue mostrando que la creatividad depende de unos pocos individuos. Hay faraónicos trabajos colectivos, trabajos de hormiga, pero no hay grandes inventos o innovaciones colectivas. Incluida la revolución digital y sus novedades de turno, todas son producto de individuos o de pequeños grupos trabajando en una dinámica de investigación tradicional. La mayoría, por no decir casi todos los consumidores de esos inventos, está hiper-ocupada en enviar mensajes para que el mundo sepa a qué hora se levantaron hoy, qué están haciendo en este momento y cuál es su real estado de ánimo, según un menú de siete opciones diseñado por algún doctor en marketing que vive en California.

Siempre es más fácil profetizar cambios radicales que continuidades. Los astrólogos y demás profetas no resisten anunciar el fin del mundo para mañana o la muerte del libro y de la bicicleta. Y los libros seguirán siendo espacios para una forma de pensamiento de largo aliento. Al final, la mayoría de las veces, lo que ocurre es sólo la muerte de los astrólogos y profetas. Aunque la humanidad ha sido capaz de inventos y revoluciones admirables, probablemente todavía seguimos soñando, amando y odiando como en tiempos de Akenatón. Y si bien no pensamos como entonces, seguramente repetimos lo mismos errores derivados del abuso del optimismo.

En cualquier caso este es nuestro mundo. Podemos criticarlo, podemos tratar de cambiarlo, pero no podemos renunciar a él. Tampoco deberíamos rendirnos ante la autocomplacencia colectiva.

Para eso están algunos políticos de turno en el poder de turno.

Jorge Majfud

Jacksonville University

Junio 2010.

Milenio (Mexico)

China: el gran salto hacia adelante

HuoQuan 1962 China

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China: el gran salto hacia adelante

El factor etario

Entre 1958 y 1962 el gobierno de China impuso un paquete de medidas sociales y económicas con el objetivo de modernizar su economía. Las antiguas prácticas agrícolas, el delicado orden económico y cultural que podríamos llamar “econosistema”, fueron modificadas casi por decreto en un intento de industrializar una sociedad agrícola basándose en la teoría de turno sobre las fuerzas productivas. Esta práctica radical se conoció entonces como “El gran salto hacia adelante”.

Se calcula que debido a este gran salto, en tres años murieron de hambre entre 15 y 30 millones de personas. El gobierno de la época, refiriéndose a la sequía que afectó China casi en el mismo periodo, llamó a esta catástrofe “Los tres años de desastres naturales”. La tragedia recuerda una de las frases célebres de Augusto Pinochet para celebrar su golpe de Estado en 1973: “Estábamos al borde del abismo y dimos un paso hacia adelante”.

Hay muchos ejemplos históricos como éste, donde una sola decisión autocrática, casi siempre basada en una teoría de turno y en la fe infinita que algunos líderes se tienen a sí mismos, produjeron tragedias similares.

Claro, también la dinámica del capitalismo incluye una serie conocida de crisis periódicas. En estados Unidos, las recesiones se parecen a las manchas solares que se producen cada once años y están dentro de otro ciclo mayor de leves y peores crisis. Si se trata de un capitalismo periférico, estas manchas no son simple desempleo o descenso del consumo sino que incluyen, con demasiada frecuencia, hambrunas y violencia social. Cuando en Estados Unidos hay crisis económica, la inflación y el dólar bajan junto con la tasa de criminalidad. En los países que antiguamente la izquierda llamaba “del capitalismo dependiente”, la arrogancia del norte clasificaba como “tercer mundo”, los eufemistas decían “en vías desarrollo” y ahora los eufóricos llaman “emergentes”, cuando hay crisis económicas sube la inflación, el dólar y la criminalidad, hasta convertirse en un problema social de primer orden.

Pero el capitalismo está lejos de ser una segunda naturaleza (darwiniana), como pretenden sus ideólogos. Sus gobernantes son casi tan escasos como en un país comunista al peor estilo burocrático y autoritario del siglo XX, aunque no ocupen directamente los gobiernos. Sus lugares naturales son las bolsas de valores, las centrales de inteligencia y los directorios de bancos y de transnacionales. Sus gremios son los temibles lobbies. No presionan en las calles sino en los parlamentos, en los ejecutivos y en la prensa que disemina sus verdades a cambio de apoyo publicitario. La paradoja radica en que la propaganda va en las noticias y las noticias van en la publicidad.

La virtud de la China de hoy (vamos a usar los criterios de éxito definidos por la posmodernidad que todavía nos engloba) consiste en un eclecticismo intolerable para los antiguos modernos del siglo pasado. Aunque veloz, la última etapa de desarrollo de China ha sido producto de una moderación de casi cuatro décadas de comunismo capitalista. Sin las libertades de las democracias burguesas y sin las igualdades del socialismo proletario (dos anacronismos todavía en circulación), la población china fluctúa entre la esclavitud de las factorías administradas por el gobierno o por compañías extranjeras, el mayor acceso a la modernidad de las nuevas generaciones y la euforia de una nueva clase minoritaria de nuevos ricos.

Pero uno de los factores que más ha contribuido a ese desarrollo económico es al mismo tiempo su amenaza más importante: el tamaño de su población, que en términos marxistas funciona como un casi infinito Ejército Industrial de Reserva. Casi infinito no porque sean cientos de millones de desocupados sino por la abismal diferencia de ingresos entre un campesino chino (o indio), potencial obrero citadino, y un obrero en el mundo desarrollado.

Eso en números presentes. En términos históricos no tiene nada de infinito, porque el reloj biológico es el mismo para un país de tres millones que para otro de más de mil millones.

El envejecimiento de la población china, derivado de la política de “un hijo por pareja” podría convertir al gigante ejército industrial en un gigante geriátrico. Aunque esta política afectó a menos de la mitad de la población, estimuló el feminicidio y en los noventa llevó a China a situar su tasa de fertilidad por debajo del nivel de reemplazo.

Advirtiendo que en algunos países la producción de capitales depende (en un porcentaje creciente y, en casos, mayor que rubros como la agricultura o la industria) de la producción intelectual en universidades y en centros de investigación, el gobierno chino ha invertido de forma agresiva en estimular el acceso de su juventud a las universidades. Si bien ha logrado un incremento en el número de matriculas, por otro lado aparece en el horizonte un signo contrario: el número de estudiantes en las escuelas primarias ha descendido de 130 millones a 100 millones en los últimos quince años.

Aunque Estados Unidos tiene la mayor tasa de natalidad del mundo desarrollado (sobre todo entre los conservadores, porque una alta tasa de natalidad suele ir asociada a un modelo patriarcal), tiene un problema semejante al de China, aunque en menor escala. La explosión demográfica posterior a la Segunda Guerra (“baby boom”) también fue parte responsable de las revueltas juveniles y culturales de los sesenta y, consecuentemente, el declive de la rebeldía juvenil en los conservadores años ochenta. No hay que subestimar este factor. El mismo Ernesto Guevara, cerca de sus cuarenta, observaba un grupo de jóvenes entusiastas y concluía que la edad puede significar una diferencia revolucionaria aun mayor que la clase social. Seguramente por este mismo factor y no por su condición física, los ejércitos que van a las guerras están compuestos por una obscena desproporción de jóvenes, adolescentes sin edad para consumir alcohol.

Ahora el retiro de los “baby boomers” es un problema para Estados Unidos. El mismo factor, amplificado, también es la base de una futura crisis en China, más lenta y más seria que una muy probable burbuja inmobiliaria en curso.

A corto plazo, la principal carta china para atenuar esta crisis es también su población: el incremento del consumo interno de la mayoría aún en la pobreza, aún en la esclavitud asalariada de las factorías. El aumento de los sueldos en China atenuará por un tiempo la crisis de su envejecimiento, al mismo tiempo que atenuará en algo el impacto en otros países exportadores. Pero también exportará inflación al resto del mundo.

Y, como de costumbre, detrás de las crisis económicas vendrán los replanteos existenciales.

Jorge Majfud

Junio 2010

Jacksonville University

Milenio (Milenio)

Panama America (Panama)

Piensa radical, actúa moderado

don quijote

Image via Wikipedia

Piensa radical, actúa moderado

 
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“Radical” y “moderado” son dos claros ideoléxicos. Uno con valor negativo y el otro positivo. La construcción de estos ideoléxicos no expresa tanto una realidad sino que la crean. Como definimos en un estudio hace algunos años, un ideoléxico es el resultado de una lucha política por la definición de los límites que definen los campos semánticos negativos y positivos de un término (lo que significa A y lo que no significa A), como un átomo o una célula lingüística. Simultáneamente, la unidad semántica resultante adquiere un valor ético que también va de lo positivo a lo negativo. “Patriota” y “chauvinista” en el fondo significan lo mismo, pero existen para que uno recoja todos los valores positivos y el otro todos los negativos.

Como en toda lucha por el dominio de un área, existen ideoléxicos consolidados (bastiones) e ideoléxicos inestables (disputados). Los instrumentos de esta lucha semántica son diversos, pero el más común consiste en la asociación: la disputa es siempre sobre un ideoléxico inestable y la definición de sus límites y de sus valores se realiza asociándolo a ideoléxicos consolidados. (“Race mixing is communism”, Little Rock, 1959).

La práctica de la asociación es típica de la publicidad y de la propaganda política. Ambas subestiman el intelecto del consumidor, asociando el consumo de tabaco a una sonrisa joven y blanca, el consumo de una hamburguesa grasosa y salada a tres jóvenes delgados o las curvas de un auto deportivo con los placeres eróticos de una modelo. En la propaganda micro y macropolítica el mecanismo es el mismo, aunque a veces aparece asociado a un supuesto discurso lógico donde abundan premisas, deducciones y otros silogismos creativos.

Por regla, la administración de un ideoléxico depende del poder de turno. Algo es radical o es moderado según la percepción y el entendido hegemónico que logró consolidar el centro ideológico a través de una narración, por lo general, y de una práctica, por excepción.

Pero no hay poder infinito, absoluto y sin contradicciones. Su insistente y refinado trabajo se justifica por la existencia de otros grupos que lo resisten y lo cuestionan. Otros grupos ideológicos, sociales y culturales —no necesariamente económicos— que disputan las fronteras semánticas preestablecidas y, en última instancia, disputan los valores éticos de cada ideoléxico.

Así surge el “radical”, aquel que resiste y cuestiona el orden, la verdad y la práctica del centro, el que se define a sí mismo como “moderado”.

En este caso, “radical” y “moderado” son dos ideoléxicos consolidados en sus fronteras semánticas pero, sobre todo, han sido consolidados en sus valores ético-políticos.

Así, si alguien arroja una piedra contra la puerta de un banco, es un radical; pero si un poder ideológico-militar —el gran narrador— deja miles de muertos en una acción bélica, es un moderado.

Esto desde una perspectiva sincrónica.

Desde una perspectiva diacrónica, “radical” procede de “raíz”. Ir a la raíz de un problema o echar mano al último recurso para solucionarlo. Un cirujano que extirpa un tumor de raíz está procediendo de forma radical. También un campesino que incendia una plantación de trigo para matar un ratón.

Ahora, luego de este bosquejo de una filosofía semántico-ideológica, es necesario sugerir una filosofía práctica, es decir, ética y política.

Brevemente, podemos proceder según una combinatoria.

Opcion 1: Piensa moderado, actúa moderado.

Esta es la dinámica de un status quo administrado por un poder dado, por una pax romana. Lo podemos traducir como: “piensa según las reglas hegemónicas, actúa según las reglas hegemónicas”. No necesariamente un entendido hegemónico es algo negativo. “No matar, no robar”, son principios básicos, por lo menos universales. No obstante una ideología hegemónica por lo general es funcional un grupo en perjuicio del resto. En un sistema esclavista —asalariado o no—, el esclavo normalmente agradece los golpes y la humillación, y suele ser parte de la masa que apoya con fanatismo su propia opresión. La historia provee de una inmensidad de ejemplos que hoy, a la distancia, nos pueden parecer caricaturescos. Porque nacimos en un determinado sistema de valores, no advertimos con tanta claridad ejemplos contemporáneos.

Las acciones y decisiones de estos esclavos son percibidas como correctas y moderadas, pero bajo la luz de esta perspectiva crítica son abiertamente radicales.

Opción 2: Piensa moderado, actúa radical.

Aquí tenemos al rebelde sin causa, una forma de ser más que una consecuencia de su contexto. Razón por la cual no es posible un revolucionario sin causa. El rebelde se opone, intuye una injusticia o simplemente atropella como un toro, siguiendo las reglas de su instinto y las reglas del espectáculo de la tortura. Y es sacrificado como tal.

El pensamiento moderado rara vez producirá algo nuevo. Rara vez cuestionará un status quo de forma permanente más allá de la acción radical del rebelde. Por el contrario, el rebelde radical, con un conjunto de ideas moderadas, no puede defenderse ante la historia y constituye en sí mismo la mejor excusa posible para el poder que radicalizará su aparato represivo, ahora bajo nuevos argumentos y justificaciones, como puede ser la salvación del resto de la sociedad del desorden.

Opción 3. Piensa radical, actúa radical.

Aquí el pensamiento, la crítica y las ideas han roto o están en el proceso de romper los límites establecidos por el pensamiento y los valores hegemónicos. No necesariamente implicará una oposición radical a todos y cada uno de los valores establecidos, pero no se detendrá ante estos en su crítica radical. Cuanto más radical es su pensamiento menos le pesará la autoridad.

Su acción radical parte de un entendido doble: a) no hay otra forma de corregir el error o la injusticia del orden establecido; b) las conclusiones del pensamiento radical son necesariamente correctas o, en caso contrario, no importan tanto los errores de una acción equivocada como los errores de una inacción equivocada.

Esta es la dinámica del revolucionario moderno.

Opción 4. Piensa radical, actúa moderado.

Aquí encontramos al progresista, a “la revolución sin R”. Es mi propio lema filosófico.

Ningún pensamiento, ninguna crítica, ningún análisis que se precie puede no ser radical. En el sentido de “ir a la raíz”, el pensamiento crítico no puede imponerse la autocensura que guía el pensamiento moderado del correcto ciudadano. El trabajo intelectual, sea humanístico o científico, debe ser necesariamente una operación radical.

Pero este pensamiento radical incluye también el reconocimiento de la imperfección del mismo pensamiento humano. La realidad es siempre más compleja e inabarcable por cualquier sistema de ideas. Por lo tanto, de un pensamiento necesariamente imperfecto, aún aquel que ha logrado la proeza de alcanzar la raíz del problema, no puede esperarse una acción sin errores.

Una vez reconocido un error es relativamente fácil corregir un pensamiento. El problema radica en que aún reconociendo un error en la práctica, en los medios, en el modus operandi sobre la realidad, las reversiones suelen ser imposibles.

Es aquí donde el pensamiento radical se vuelve humanista y reconoce los límites y los peligros de sus propias virtudes. Y así la acción moderada se vuelve la consecuencia natural del pensamiento verdaderamente radical.

Jorge Majfud

Jacksonville University

Mayo 2010.

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El recurso del miedo

El recurso del miedo

 

Robert Kagan, refriéndose a la oposición de la “vieja Europa” al uso de la fuerza en Irak, escribió: “Cuando no se tiene un martillo, no se desea que nada se parezca a un clavo”. La referencia al martillo alude a la indisposición de la Unión Europea de un ejército poderoso (el cual será una de sus prioridades en los próximos años, como resultado del fracaso del Derecho internacional). La refutación ética y dialéctica puede formularse invirtiendo la metáfora: cuando se tiene un martillo —y se carece de escrúpulos— cualquier cosa se parece a un clavo, incluso los seres humanos.

Lo que queda claro, por lo menos, es que las relaciones internacionales continúan basándose, como hace miles de años, en la fuerza, ya sea económica o militar, es decir, en el poder. No quiero decir que en un futuro próximo la psicología de las naciones vaya a cambiar, sino que la unidad fundamental dejará de ser, predominantemente, el país o la nación, para atomizarse en grupos más pequeños hasta concluir en los individuos. Pero en este proceso existe una contradicción implícita: la dominación de las corporaciones y la liberación de los pueblos a través de los individuos. Probablemente estemos viviendo el ascenso de los primeros, y es de esperar su derrumbe a manos de los segundos.

Aunque sea un poco incómodo para un artículo, echemos una breve mirada hacia atrás y veremos parte de este proceso histórico, que no se debe confundir con una especie de neohegelianismo.

Para el reformador religioso Martin Lutero (1483-1546), fundador del cristianismo anglosajón, si se me permite, la primera condición para ser amado era la sumisión. Si bien Lutero se había revelado contra la autoridad del Papa y de la estructura vertical de la Iglesia católica, condenó la rebeldía de aquellos que, a su juicio, eran incapaces de ser libres. A pesar de su manifiesto fatalismo, parecería que, muy en el fondo, Lutero hubiese sentido que la predestinación terminaba donde comenzaba el poder. Autoridad con los de abajo y sumisión con los de arriba, era su fórmula y la fórmula de los neoliberalistas.

En este sentido, para un artesano o para un campesino, era lo mismo someterse a la autoridad del Papa o de un emperador que someterse a la autoridad de un príncipe o del nuevo reformador religioso. Su relación con el poder no había cambiado substancialmente. De hecho, era la misma relación que se había establecido desde los orígenes de los monoteísmos religiosos, base espiritual y psicológica del actual mundo islámico y occidental. Hasta el advenimiento de Cristo, el temor a Dios era más importante que el amor. Abraham es un ejemplo moral en el Génesis porque teme desobedecer a Dios y, por lo tanto, no duda en matar a su hijo como prueba de su fe. Intento por el cual fue históricamente elogiado por la teología y sin duda hubiese sido condenado a prisión o a un manicomio por cualquier juez contemporáneo. Hasta el más ortodoxo abrahamista condenaría hoy a cualquier padre de familia que viniese con la misma historia.

Será Jesús, el eterno subversivo, el que pondrá en tela de juicio todas las reglas éticas, la nueva relación del hombre con la Ley. Entonces el individuo descubrirá, por primera vez, la libertad a través del amor. ¿Cómo es esto? Más allá de una reforma en la concepción de la naturaleza divina, Jesús operó un cambio ético, es decir, un cambio en las relaciones entre los individuos. De la obligación mosaica y sumeria de “no matarás” se pasa a su traducción al positivo de “amarás a tu prójimo”, especialmente si se trata de un pordiosero, de una prostituta o de cualquier otro ser humano marginado por el poder y la moral oficial. Amor, claro está, del todo utópico, si los hay, ya que la humanidad jamás pudo lograr la democratización de este sentimiento, el que se encuentra aún circunscripto a la vida privada y lejos de la vida pública. En el área pública, lo más que los individuos han logrado sentir es compasión por el extraño —probable reflejo del amor propio, ya que un extraño nunca lo es en valor absoluto; un extraño es una variación desconocida de nosotros mismos o de un familiar nuestro, y por ello sentimos dolor por su dolor—. La compasión pública luego se traduce en limosnas y, más tarde, en previsión social. Pero no en amor. Sin embargo, la utopía del amor democrático e indiscriminado es noble, aunque no haya impedido que en los sucesivos siglos los seguidores de Cristo lo hayan predicado con la persecución, la tortura y la muerte. El mismo amor que impúdicamente y sin arrepentimientos proclaman hoy en nuestros países aquellos que fueron cómplices o responsables directos de las violaciones a los derechos humanos más básicas.

Pero lo importante de su reforma —hablo de Cristo, pero no como religioso— consistió en introducir no sólo la libertad a través del amor, sino también a través de cierta racionalidad en la interpretación y en la reforma de las leyes inamovibles de las Sagradas Escrituras. Hecho que, por lo menos, resulta milagroso desde un punto de vista teológico: la posibilidad de cambiar una orden dictada por Dios usando la razón y el análisis ético, es decir, la libertad individual. Esta idea podríamos demostrarla citando pasajes bíblicos, pero no es el momento ahora.

Es interesante observar que hasta hoy la enseñanza de Jesús ha sido sólo un paréntesis en la historia de la humanidad. Por lo general, el espíritu autoritario y la orden de sumisión al Poder —al padre, al Estado— han prevalecido. Tanto como para que desde tiempos faraónicos hasta Bordaberry, pasando por “reformadores” como Martin Lutero, se haya considerado el poder como un don de origen divino, sin importar si procedía de un rey sabio o de un tirano impiadoso. “Aún cuando aquellos que ejercen la autoridad fueran malos o desprovistos de fe —escribió Lutero—, la autoridad y el poder que ésta posee son buenos y vienen de Dios.” (Römerbrief).

Está claro que la “sociedad desobediente” es un paso casi imposible de la humanidad, si consideramos sus últimos cuatro mil de años de historia religiosa. Mucho más cuando vemos el resurgimiento de los fundamentalismos religiosos en Oriente y en Occidente, el aumento del control militar y sanitario, y la restricción de la libertad en términos policiales y aduaneros. Sin embargo, y aún ante tan grandes obstáculos, una batalla social y psicológica a gran escala se está produciendo en el resto de la población que lejos de beneficiarse del poder económico y ético, que ostentan los grupos fundamentalistas, lo sufren.

Cada vez será más difícil someter a la población mundial a la coacción estatal, primero, y corporativa después. Luego de exterminar la violencia no oficial, la violencia ilegal, la violencia del débil (si realmente existe el interés de exterminarla), el poder dominante deberá cambiar su estrategia cambiando las armas de fuego por la dialéctica y la propaganda. ¿Por qué? Sencillamente porque cada individuo que no participa directamente de la violencia, legal o ilegal, comienza a tener parte en la generación de riqueza de forma independiente, y eso significa desestructuración del dominio vertical. La insumisión es la negación del poder y, a lo largo de la historia, ha sido variadamente maldecida con palabras como “revolución”, “subversión” o “rebeldía”. En la modernidad la idea de “revolución” perdió su maldición teológica para convertirse en una virtud de la nueva sociedad. Luego, en la posmodernidad, es probable que la idea de “rebeldía” corra la misma suerte, ya no en figuras aisladas como las del Che Guevara sino a través de toda la sociedad. Sin embargo, algo es permanente: para el poder dominante, cualquier tipo de insumisión será siempre su negación, el mal. Recordemos que en francés y en inglés, “peligro” se escribe “danger”, palabra que a su vez se derivó del latín “dominiura”, que en español significa “dominación reforzada”.

Si bien la era del trabajo industrial fue una período de mayor seguridad para el individuo, también es cierto que su total dependencia lo hacía un engranaje más del sistema de producción, casi siempre pasivo o impotente ante el capital e, incluso, ante su propio sindicato. Todo lo cual favorecía una relación muy estructurada entre las partes; una relación de solidaridad y dominación, de agradecimiento y sumisión. La posición espacial del mal era clara: para los sindicatos estaba en la gerencia; para los gerentes estaba en los sindicatos.

Actualmente, el mal aparece muy bien definido en los grupos terroristas, por unanimidad, y sobre grupos económicos y estatales según sea el caso del discurso alternativo. Pero nada de esto explica las relaciones de poder y de orden actuales. Es probable que el destinatario final de este antiguo producto —el miedo inducido— sean las millonarias poblaciones de ciudadanos que comienzan a independizarse de los poderes centrales, de aquellos que necesitan de la estructuración rígida de las sociedades con el fin de dominarlas. Y será aquí cuando la ideología secreta del miedo alcance su máxima expresión.

El miedo y la esperanza están relacionados con el futuro de la misma forma que la nostalgia lo está con el pasado. Al mismo tiempo que son sentimientos universales, por lo menos en la raza humana, constituyen tres de los puntales más importantes de la política. En los mejores momentos, el poder político actúa sobre las causas que producen estos sentimientos para prevenirlos o para estimularlos. Es decir, la acción de un grupo o de un líder puede perseguir resultados concretos que signifiquen un aumento de la esperanza y una disminución del miedo (inseguridad) de una sociedad. Sin embargo, en su versión más oscura y perversa, el poder, político o de clase, actúa directamente sobre la nostalgia, la esperanza y el miedo para lograr resultados que beneficien su posición estratégica, su propio poder. Como un gurú que en lugar de ingerir alimentos prefiere actuar directamente sobre la sensación de hambre hasta lograr la ilusión de una correcta ingestión. Esta versión de la acción del poder político y económico, tal vez la más común, es la perversión de su razón de ser.

El resultado es la manipulación de los sentimientos en procura de una acción social, mientras se pretende lo contrario. Esta estrategia es básica para los grupos llamados terroristas, pero también lo es para la política tradicional: si los grupos marginales siembran el miedo en una sociedad para destruir el poder que la domina, los grupos en el poder persiguen el mismo objetivo. Porque si una sociedad teme el caos y la inseguridad, se someterá más fácilmente al poder vertical que debería protegerla contra el desorden, aunque para ello deban perder su libertad.

De mi vida en África recuerdo la especial disposición de los actores de una tribu para representar escenas que sólo ellos consideraban ficción. La mujeres no; ellas creían en la representación de los demonios como algo real-onírico. El objetivo de esta danza era atemorizar a las mujeres con demonios venidos desde afuera. Los demonios eran los invasores. De esta forma se ponía a las mujeres lo más lejos de una posible pérdida, del peligro, pero a través del miedo. Lo cual podría resultar válido en el cuidado de un niño, pero es del todo erróneo cuando se perpetúa en un adulto, porque es una forma no sólo de desvalorizarlo sino de impedir su propio desarrollo —su libertad.

Si bien el terrorismo psicológico es casi tan viejo como la tortura física, probablemente será la estrategia más usada por los poderes dominantes que verán amenazada su permanencia. Y nada más fácil y efectivo que la búsqueda de fantasmas. Un hombre puede salir a cazar jabalís, pero si no encuentra uno, volverá a su casa sin la presa. Pero yo les digo que pocas búsquedas hay tan seguras como la búsqueda de fantasmas. Quien sale a buscar fantasmas siempre regresa a casa con alguno de ellos, acompañados, la mayoría de las veces, por dos o tres cadáveres.

 

© Jorge Majfud

Athens, el 7 de octubre de 2003

 

 

 

La progresiva pérdida de la memoria colectiva

Cine latinoamericano:

La progresiva pérdida de la memoria colectiva

 

Parte fundamental de cualquier ideología dominante consiste en asociar el margen a descalificativos éticos, como pueden serlo de orden social, sexual o de producción. Es decir, el margen es improductivo, desordenado, peligroso para el orden y la seguridad, sexualmente desviado o contra natura, inmaduro, etc. En las películas de Hollywood el margen finalmente se integra al centro (en la realidad también, como ejemplo basta recordar un hippie llamado Tony Blair). El hippie, el bohemio, el contestatario, la mujer libertina terminan fracasando o integrándose a la estructura capitalista. En ocasiones —según Mas’ud Zavarzaeh—, el margen aparece como una forma inocente que cumplirá una función «reparadora» de algunos elementos disfuncionales del centro (la misma función de personajes inocentes como los sobrinos del pato Donald o el hijo del Lobo, según Ariel Dorfman). En otros momentos, el margen crítico aparece reconociéndose a sí mismo como incapaz de cambios serios y debido a su natural inmadurez psicológica, ideológica, productiva y moral.

Por el contrario, en películas latinoamericanas como El crimen del padre Amaro(México, 2002) el centro triunfa finalmente en la trama pero este triunfo significa una mayor derrota ética en las lecturas del espectador. El centro se revela, esta vez, como inmoral, corrupto. También en esta película se da una paradoja que, aunque pueda sorprender, no es para nada propiedad de la posmodernidad, sino de los orígenes del cristianismo: el centro representa la fuerza y el poder social, la dominación, al mismo tiempo que la disfuncionalidad moral. El centro se encuentra deslegitimizado. Desde este punto de vista, este discurso es marginal. Solo el poder del dominante puede imponer una censura de expresión; pero el censurador es, históricamente, el que ha perdido la batalla por la legitimación ética, porque su acción y discurso contradicen el paradigma del Humanismo.

El personaje del padre Natalio representa al típico marginado: se encuentra en la clandestinidad política y eclesiástica. También se encuentra marginado por el poder político, civil, representado por el periódico del pueblo. Sin embargo, es el único «héroe-ético» que sobrevive en la aniquilación dialéctica de la película. Su derrota, la excomunión —la separación definitiva de la corrupción y del poder— como la de Jesús, es la única forma efectiva de triunfo moral.

Como afirma el profesor de la Universidad de Berkeley, Mas’ud Zavarzaeh, el disentimiento es parte de la tradición del actual sistema hegemónico. La tradición integra y resuelve dos tópicos fundamentales de las sociedades capitalistas —lo nuevo y lo permanente— operando una «deshistorización» de los hechos sociales y políticos. Integra en su propio discurso al «disidente», al rebelde, como resultados necesarios de una sociedad dinámica, moderna y pluralista, democrática.

En el caso de América Latina, el rebelde, el subversivo, cuando no logró en un gran movimiento revolucionario destruir la estructura de dominio social —lo cual constituye la regla general—, cumplió la función de justificar una reacción violenta a favor del statu quo.

Si bien encontraremos en el cine de las últimas décadas una tradición intermedia donde la memoria se convierte en la denuncia, en la reescritura de la historia olvidada (como vimos en el artículo anterior), también tendremos un género «documental» más reciente, en el amplio sentido de la palabra, donde se recoge el presente y se lo convierte en memoria futura, como son los casos de las películas colombianas La vendedora de rosas (1998) y La virgen de los sicarios (2000).  Dentro del primer grupo podríamos ubicar, como ejemplos, a Tiempo de revancha(1981), La historia oficial (1983), Amanecer Rojo (1989), Garage Olimpo (1999), Botín de Guerra (1999) y —una de las mejores— Kamchatka (2002). En todas, el discurso es de denuncia contra «la historia oficial», contra la historia escrita por el poder. La principal motivación de esta reescritura es política y, en todos los caos, consiste en una lucha por la recuperación de la memoria, no sólo aquella memoria enterrada por el poder sino aquella otra deformada por el mismo (podríamos incluir Yo, la peor de todas, 1990, si no considerásemos su referencia al siglo XVII).

Tanto La virgen de los sicarios como La vendedora de rosas desafían la tradicional estructura del cine hollywoodense y revierten el precepto de arte como medio de diversión o de belleza, del arte como objeto puramente estético. Ambas películas no sólo procuran exponer una realidad dramática y conocida por muchos, sino que serán un día la mejor fuente documental para aquellos que procuren entender algo de nuestro tiempo, concretamente del presente de las sociedades marginales de América Latina. Aquí ya no tenemos la denuncia con el objetivo de una reescritura de la historia. Ya no se busca «recuperar» una memoria perdida, sino exponer la tragedia del olvido más desgarrador y absoluto. Mucho menos relación tiene con la memoria de la Utopía. No sólo no se busca alcanzar la sociedad perfecta, sino que ni siquiera se pretende la resistencia de una sociedad derrotada: un profundo y oscuro nihilismo, a veces autocomplaciente y destructivo, recorre estas propuestas cinematográficas. Una violenta concordancia con la realidad, la degradación de la vida y de la muerte. Aquí el presente contrasta violentamente: nos recuerda el viejo género de ciencia-ficción-catástrofe, donde el mundo ha sucumbido al caos y la gente —una clase sumergida, lejos de los poderosos, como siempre— busca desesperadamente sobrevivir entre la peor miseria y abandono, entre la violencia y la alineación. La vendedora de rosas nos dice que ese futuro ya llegó, que el caos es ahora, que el mundo ya se ha perdido. La destrucción, la decadencia —moral y material— conviven en un basural con elementos de la modernidad, con símbolos de un lejano mundo desarrollado, con el recuerdo fragmentado de objetos que alguna vez fueron útiles, que alguna vez formaron parte de un orden lleno de memoria. Sólo que aquí, a diferencia de Hollywood, no hay promesas de redención, no hay héroes organizando la resistencia, incubando la rebelión. No hay esperanza, sino la muerte. La muerte para alcanzar la liberación virginal; la muerte infantil —como de hecho sucede en la película y con la pequeña y ocasional actriz en la vida real— para volver a los brazos de la madre.

Para los personajes de La vendedora de Rosas, los símbolos —la memoria colectiva— han perdido su significado; el texto, su memoria. El hecho de la «pérdida de la memoria colectiva», está acentuada no sólo por las drogas que todo lo borran, sino también por la edad de sus protagonistas principales y por la pobreza del lenguaje que es, en suma, memoria colectiva y que, en este caso, ha dejado de comunicar o sólo comunica sonidos guturales, propios de un ser humano que casi ha dejado de serlo.

No hay ficción, en el sentido tradicional del término; los actores no son profesionales y su papel es representarse a sí mismos. O, más aún, no representan nada, sino que continúan su vida como si la cámara no estuviese presente. Ya no se trata del neorrealismo nacido de los barrios pobres de Italia y de América Latina: es crudo hiperrealismo, desechos humanos, supuestamente vivos aún, excretados a las cloacas de la ciudad moderna. Una interesante versión cuyo tema central también es la desmemoria y la alienación del mundo posmoderno, pero referida a la clase empresarial, podemos verla en la también excelente El hijo de la novia (2001).

Como los huesos de un hombre primitivo sirven hoy para recordar al resto de los hombres y mujeres que lo rodearon, sin que alguno de ellos se lo haya propuesto nunca, así servirán estas memorias del olvido, para recordar lo que fuimos alguna vez —si algún día tenemos la suerte de dejar de ser eso que también somos.

 

© Jorge Majfud, noviembre 2003.

 

Desobediencia y disentimiento

Desobediencia y disentimiento

Para Zavarzaeh, la relación entre el centro y el margen es una relación de oposiciones, conflictiva, entre exclusión e inclusión. Su crisis es uno de los síntomas de la Posmodernidad “[The] relation between the center and the margin […] is itself a symptom of the crisis of posmodernity and uncertainty about the norms that might “justify” and “explain” the acts one undertakes.” .

Sin embargo, ¿qué significa, exactamente, “crisis” de la relación tradicional entre el centro y el margen? Sin duda que ésta no ha cambiado desde el neolítico: hay un centro desde el cual se emite un discurso predominante que es, al mismo tiempo, excluyente. Quienes son perjudicados por ese discurso o quienes lo resisten deben, necesariamente, ubicarse al margen. La crisis de esta relación dialéctica significa, antes que nada, una conciencia y un cuestionamiento ético de esta relación, mucho antes que un cambio estructural (espacial) del centro tradicional.

Ahora bien, ¿cómo somete el centro y cómo se defiende el margen, cómo reacciona el margen y cómo se reorganiza el centro?

Es importante anotar que el centro es el principal productor de “legitimaciones”, es decir, el principal redactor del discurso ético predominante. Pero este discurso necesita de un enemigo: el margen. Personalmente, creo que una de las fortalezas del centro en relación con la “res intermedia” consiste en mantener una clara relación ético simbólica con el margen. Es decir, el centro necesita del margen. Sin el peligro y la amenaza, no podría existir una dominación ideológica efectiva. Es por esta razón que el centro debe combatir el surgimiento ético-contestatario del margen, pero nunca suprimirlo completamente. Si no existiera un margen (hecho dialécticamente imposible en la Sociedad Obediente) el centro lo inventaría. En este sentido, podemos entender la existencia endémica y simbiótica de los grupos “guerrilleros” colombianos y las estructuras de dominación sociales tan características de las sociedades latinoamericanas, como lo son el ejército, la Iglesia católica y el “patriarcado político”. Esa relación perversa que se alimenta de antagonismos ha sido una característica de casi toda América Latina. Su herencia, incluso, se ha trasmitido invisible pero poderosamente a “democracias” como la uruguaya o la argentina.

Una segunda forma de “manipulación ideológica” que practica el centro, aparte del antagonismo, es la “absorción”. Lo que también podríamos llamar, “integración de la exclusión” o “anulación del discenso”[3].

Lo que aún queda sin aclarar es si el centro es plural o no. Sabemos que el margen lo es, pero la respuesta no es tan clara cuando interrogamos al centro. Cabrían dos posibilidades: a) el centro es único, por naturaleza ideológica y de organización jerárquica; o b) el centro es una pluralidad “coherente”, es decir, capaz de integrar los distintos niveles y categorías de discursos de dominación: racial, de clase, económico, de género, etc. Una mujer de clase dominante sería, de alguna forma y al mismo tiempo, marginal por su sexo.

Sabemos que parte fundamental de la ideología dominante, la ideología “central”, consiste en asociar al margen con descalificativos éticos, como pueden serlo de orden social, sexual o de producción. Es decir, el margen es improductivo, desordenado, peligroso para el orden y la seguridad, sexualmente desviado o contra natura, inmaduro, etc.

En las películas de Hollywood, el margen finalmente se integra al centro. El hippie, el bohemio, el contestatario, la mujer “libertina”, etc., terminan fracasando o integrándose a la estructura capitalista. En ocasiones, el margen aparece como una forma inocente que cumplirá una función “reformadora” de algunos elementos disfuncionales del centro (al que deberá ayudar a recuperar su propia centralidad en tiempos de “desviación”). En otros momentos, el margen aparece reconociéndose a sí mismo como incapaz de cambios serios y como característica de la inmadurez psicológica, ideológica, productiva y moral de la sociedad a la que critica.

Por el contrario, en películas latinoamericanas como “El crimen del padre Amaro” el centro triunfa finalmente en la trama, pero este triunfo significa una derrota ética necesaria en la meta-trama, es decir en las lecturas probables del espectador. El centro se revela, esta vez, como inmoral, corrupto. También en esta película se da una paradoja que, aunque pueda sorprender, no es para nada propiedad de la posmodernidad, sino de los orígenes del cristianismo: el centro representa la fuerza y el poder social, la dominación, al mismo tiempo que la marginalidad ética. Desde este punto de vista, este discurso es marginal. Sólo el poder del dominante puede imponer una censura de expresión; pero el censurador es, históricamente, el que ha perdido la batalla por la legitimación ética, porque su discurso es insuficiente. El personaje del padre Natalio representa al típico marginado: se encuentra en la clandestinidad política y eclesiástica. También se encuentra marginado por el poder político, civil, representado por el periódico del pueblo. Sin embargo, es el único “héroe-ético” que sobrevive en la aniquilación ética de la película. Su derrota, la excomulgación ¾la separación definitiva de la corrupción y del poder¾ como la de Jesús, es la única forma efectiva de triunfo moral.

Por estas mismas razones, y retomando conceptos que ya analizamos en ensayos anteriores (sobre la Sociedad Desobediente), debo aclarar que, para mí, “desobediencia” no significa quebrantamiento de las reglas sociales. Contrariamente a lo que nos dice la ideología dominante, la desobediencia es una actitud de madurez social e individual, de insumisión que lleva a cambiar las reglas democráticas, a desplazar aquellos códigos sociales, legales o culturales, que oprimen al individuo en beneficio de los intereses particulares del poder central, del poder de clase, de raza, de género, etc. Precisamente, la desobediencia es lo que diferencia a un adulto joven de un niño de pocos años.

Quebrantar las reglas establecidas en una sociedad, por injustas que éstas sean, es una forma de perpetuar el poder. Esto ya lo entendieron Sócrates y el mismo Jesús, personaje verdaderamente subversivo, si hubo alguno en la historia de la humanidad, tanto que para matarlo de verdad fue necesario su oficialización dogmática, es decir, su fabulosa integración al centro, al poder.

Como afirma el profesor de la Universidad de Berkeley, Mas’ud Zavarzaeh, el disentimiento es parte de la tradición de los sistemas actuales de dominación. La tradición integra y resuelve dos tópicos fundamentales de las sociedades capitalistas: lo nuevo y lo permanente. Para ello, la tradición recurre a la “deshistorización” de los hechos sociales y políticos. Integra en su propio discurso al “disidente”, al rebelde, como resultados necesarios de una sociedad dinámica, moderna y pluralista -democrática.

“[Dissent] is ineffective because it is an idealistic distancing from the existing institutions of capitalism and not a materialist critique of its operations nor an intervention in its economic order and class organizations of culture.” [4]

En el caso de América Latina, el rebelde, el subversivo, cuando no logra en un gran movimiento revolucionario destruir la estructura de dominio social (lo cual constituye la regla general), termina integrándose a una tradición aún más perversa: opera como justificación del dominio despótico de los poderes políticos, religiosos y militares.

La ideología dominante llena todos los intersticios sociales: desde la educación hasta la cultura, desde el trabajo hasta la televisión, desde los medios de prensa hasta el diálogo callejero. Todo está teñido por el discurso dominante. Así no sólo somos los objetos del dominio y de la opresión ¾de clase, de grupos financieros, de minorías políticas, de imposiciones sexuales, etc¾ sino que, además, somos nosotros mismos los “sujetos de propagación” de la misma ideología dominante.

Este mecanismo se puede observar ya desde épocas del más grande subversivo de la historia: Jesús. Jesús fue un trasgresor en todo sentido y, paradójicamente, no lo hizo en nombre del Demonio sino de su Padre, Dios. Al cuestionador de las Leyes y de las costumbres, al hombre que se rodeaba de prostitutas (estoy escribiendo en Word. El programa me subraya esta palabra en rojo. Se niega a reconocerla. Es parte de la ideología dominante, es el sutil perfil de más de mil años de moral opresora, filtrado en los orgullosos sistemas informáticos), de mendigos y de homosexuales ¾esta es una hipótesis que veremos más adelante. Así como Jesús revindica a la prostituta, absuelve a la adúltera, así debió hacer con los homosexuales. Sin embargo, el concilio de Nicea, o probablemente mucho antes, debió censurar estas “insinuaciones” como apócrifas. ¿Por qué? Porque la homosexualidad recordaba a la Roma de los césares, a la Grecia de los clásicos, es decir, al paganismo. Es cierto que en el antiguo Testamento Dios destruye a Sodoma y Gomorra. Sin embargo, no es menos cierto que también, según la tradición farise, ordenaba matar a las mujeres adúlteras. Jesús, de una forma clara y a través de cierta racionalidad, abolió esta Ley. ¿Cómo no haría lo mismo con una convención que no estaba escrita en Ley?). Es decir, Jesús es el revindicador del oprimido, del hombre y de la mujer marginados. Jesús es el enemigo del Poder, contrariamente a los que históricamente han afirmado que éste, el poder, es de “origen divino” (“al César lo que es del César”, dijo; y, efectivamente, la traición de Judas consistió en entregarlo al César, a Constantino, al Papa). El Mesías no se opone al poder directamente, lo cual nunca aprendimos correctamente. Su mensaje ha sido integrado y silenciado en el centro, pero sobrevive, como no podría ser de otra forma, en el margen. Paradojas de la historia ¾o no¾,  gracias a laicos y ateos, la mayoría de las veces. La lucha consiste, entonces, en la conquista del espacio central: la sociedad.

Pero el Poder se toma revancha. A Jesús no lo asesinan cuando lo crucifican. Esa fue una derrota para el poder romano. A Jesús lo asesinan 297 años después, cuando el cristianismo sale de la clandestinidad, con Constantino y los sucesivos concilios terminan por esculpir un falso ídolo de piedra: el Dogma Católico. Es cuando su nombre se transforma en la más efectiva negación de su mensaje original. Cuando se transforma en el poder moral, en la ideología dominante.

Diferente a la dinámica moderna de los últimos doscientos años, la futura Sociedad Desobediente no procurará crear un “nuevo margen tradicional”, el cual es ocupado hoy en día por el rebelde y por el disidente. Tampoco buscará desplazar el centro sobre sí mismo, lo cual significaría una contradicción. La sociedad Desobediente no se reconocerá en el margen ni en el centro, no reconocerá autoridad ni desplazados, aunque estos dos pares no desaparecerán completamente. La Sociedad Desobediente será la esfera cuyo centro está en todas partes.

Sin embargo, la Sociedad Desobediente no es inevitable; su probabilidad y la de su opuesto (el control físico, ideológico y económico, la permanencia del control social de una clase) se parecen. Y de esto depende, una vez más, el destino de la humanidad: no de un proceso inevitable, sino del éxito o de la derrota de una justa revolución. La mayor amenaza que sienten los poderes sociales (económicos, financieros, militares, de clase, etc.) es la progresiva anarquía de los procesos de producción. A este “descontrol” deben responder con una mayor tensión entre el centro y el margen, publicidad ideológica mediante: el mundo se hace cada vez más inseguro; las sociedades necesitan pagar seguridad con libertad, control con independencia. La lucha será más dura de lo que calcula la tradición. Los poderes hegemónicos, los controladores éticos e ideológicos ya no se enfrentarán a medievales hordas de campesinos analfabetos. Desde la Edad Media no hemos ganado en inteligencia, pero sí tenemos mejores posibilidades de usarla y de malograrla. Es cierto que muchas veces, cuando vemos las realidades de África y de América Latina sentimos que este proceso tardará aún cincuenta años en llegar. Sin embargo, está naciendo y, paradójicamente, las últimas regiones en reconocerlo no serán los continentes del Sur, sino el gran continente del Norte. Y aunque hoy no lo reconozca y prefiera seguir mirándose el ombligo, este cambio lo beneficiará, porque será al fin la verdadera liberación del individuo como ser social ¾como ser verdaderamente espiritual.

Nunca alcanzaremos la Paz ni la Justicia definitiva. Pero esas dos aspiraciones humanas serán más probables en un orden que en el otro. Precisamente, para controlar el orden es necesario el desorden. No hay policía sin delincuencia; no hay militares sin guerra. Sin embargo, los delincuentes y las guerras son necesarios para el control que mantiene el poder a través de la policía y los militares. Lo mismo ocurre con los poderes religiosos, financieros, con el dominio del capital sobre la sociedad. Una de las tareas de la Sociedad Desobediente es superar los antagonismos que diariamente son inyectados en su cuerpo, para mantenerla adormecida -controlada.

 

 

© Jorge Majfud

Athens

el 29 de octubre de 2003

 

La sensibilidad de los números

La sensibilidad de los números

Ya terminando este año 2003 quisiera enviar unas memorias a mis queridos compatriotas que luchan, sueñan y sufren en el Sur. El resto del mundo no ha mejorado, ustedes lo saben. Ha empeorado. Y continuará empeorando. Entonces, me escriben con frecuencia, ¿cómo aún sostiene esa utópica teoría de la Sociedad Desobediente? La respuesta no se ajusta al espacio de una carta o de un artículo. Pero si atienden a los hechos que continúan desencadenándose observarán que la gran revolución de este siglo será la desobediencia civil, y será no el inicio de la violencia sino su disminución.

En Uruguay ustedes han tenido, recientemente, una pequeña muestra. Todavía quedan largos años de conflictos en que las fuerzas monopolizadoras continuarán sometiendo a grandes masas de población. Sin embargo, esta relación es cada vez más difícil de sostener por muchas razones, dos de las cuales podemos nombrar brevemente:

1)   La dominación económica y moral (par inseparable) ya no se ejerce sobre hordas incultas y desinformadas, como en la Edad Media, y cada vez lo será menos.

2) Tampoco se ejerce sobre ejércitos de trabajadores industriales, rígidamente limitados a un espacio y a una actividad mecánica, engranajes entre los gerentes de las grandes empresas y los grandes sindicatos.

La verdadera crisis enfrentará los intereses de la sociedad global a las antiguas cúpulas de poder. Es, en este sentido que no puedo estar de acuerdo con una ciega resistencia a la Globalización, ya que es esta misma una de las principales esperanzas de las futura Sociedad Desobediente.

Desde las páginas de este mismo diario he repetido que la mayor debilidad de nuestras “democracias” es el sistema representativo, ya que cada vez es menos “representativo” y cada vez lo será menos. No sólo porque los gobiernos han perdido la mayor parte de su poder a manos de los sistemas financieros, sino porque ya no responden a las necesidades físicas e intelectuales de los nuevos habitantes.

Los políticos del siglo XX son incapaces de comprender esto y se enfurecen cada vez que lo menciono. Seguramente porque además de no comprenderlo no les conviene perder sus actuales posiciones de “representantes del pueblo”. Cada día se hará más evidente la brecha que existe entre los antiguos sistemas de gobierno (de Estados) y la nueva sociedad. Si en mi país los políticos tradicionales se enfurecen con la frecuencia anual de los referendums, que les resta legitimidad, tendrán que acostumbrarse a algo “peor”: la Sociedad Desobediente no aceptará resoluciones de los “sabios representantes” y cada vez más exigirá su derecho a decidir por sí misma, no cada cuatro años, no cada diez meses, sino todos los días sobre una infinidad inabarcable de tópicos comunitarios.

Siempre se confunde la democracia  con los sistema representativos que, en nuestros tiempos, son cualquier cosa menos representativos. Colombia, por ejemplo, no es una democracia. Para que exista una Democracia real primero es necesario que los integrantes de la sociedad en cuestión sean realmente libres. Y la libertad individual y colectiva suele estar amputada por el poder, la economía y la educación. Una sociedad obediente ¾¿obediencia a qué, para qué, para quién?¾ nunca es libre en términos reales sino a través de un discurso. Una sociedad se puede creer libre, justa, independiente y no ser ninguna de estas tres cosas.

Uno de los peores defectos en las llamadas “democracias representativas” de América Latina es el “caudillismo”. Su mayor defector es que se confunde con una virtud: la genialidad carismática del líder. Su mayor contradicción es que se supone democrática. Considero que en países como Uruguay es urgente la derrota del antiguo sistema hereditario de poder (de castas económicas y burocráticas). Sin embargo, pasada esta etapa sobrevendrá otro problema: la izquierda (en este caso concreto) es heredera del caudillismo tradicional. Y éste será su mayor contradicción con los nuevo simpulsos democratizadores. Tambien aquí seremos testigos de un conflicto. Pero, recordemos, que será un conflicto necesario en el camino de los pueblos a su propia autodeterminación, a un mayor grado de libertad.

Los individuos y los pueblos no pueden ser libres bajo un régimen de apropiación de los recursos por parte de una minoría¾también llamada “privatización”¾. Tampoco puede ser libre sumergida en un sistema burocrático estatal.

A una semana de iniciada la invasión de Mesopotamia, la ministra de Relaciones Exteriores del reino Ibérico fue interrogada por un periodista de radio sobre las muertes de niños inocentes que habían ocurrido en un mercado de Bagdad, aunque aún no se había confirmado la información. “Aún cree en los resultados positivos de esta guerra?”, preguntó el periodista. “Hablemos de hechos —respondió la ministra, con un contundente acento castellano—. Las bolsas: han subido. El petróleo: ha bajado. Hoy, a cada español el litro de combustible le cuesta unos céntimos más barato. Esos son Hechos, señor periodista, hechos, no palabras”

Pero si bien a veces es inútil acudir a la sensibilidad de los ministros, se puede buscar algo de sensibilidad por otro lado. La sensibilidad de las bolsas existe, por ejemplo, y quedó demostrada en la Guerra del Golfo II. El mundo pudo presenciar el espectáculo bursátil con menos conmoción de la que mostraron los actores. A cada avance o retroceso de las tropas aliadas, las bolsas subían o bajaban en la misma proporción. Claro que las bolsas no son perfectas. A cada bomba que caía sobre un mercado callejero, suprimiendo a unas pocas decenas de seres humanos, las bolsas reaccionaban con una respetuosa indiferencia. Ni un punto para arriba, aunque tampoco medio punto para abajo. No sé si es conveniente o no para la economía del mundo, pero sería deseable, en consideración al resto de las personas que no tenemos acciones en las mismas, que no continúen dando muestras tan descaradas de cuáles son sus verdaderos intereses. Sus únicos intereses, vale precisar.

En Uruguay y Argentina, el índice que mide el “riesgo país” tuvo una vertiginosa escalada en el año 2002, cuando se temió por la seguridad de los grandes capitales extranjeros. Lo cual, por otro lado, es lógico, ya que este índice es un invento de los capitales extranjeros, en defensa de sus propios intereses. La no-devolución de los ahorros de la clase trabajadora no influyó demasiado en este índice que, actualmente, ha comenzado a descender al mismo tiempo y en la misma proporción que aumenta la pobreza y la marginación. La desnutrición, el hambre y, finalmente, la muerte de muchos niños no es una variable de la ecuación que mide el riesgo país. O es una variable que, por error, alguien pasó del numerador al denominador resultando, en consecuencia, que a mayor marginación menor riesgo país, tal vez porque se ha comprendido que por debajo de un determinado nivel de dignidad los seres humanos pueden perder incluso su capacidad de rebeldía.

 

 

 

© Jorge Majfud

Athens

24 diciembre de 2003

 

 

 

La vida humana como efecto colateral

La vida humana como efecto colateral

 

Cada vez que regreso a Uruguay me impacta lo previsible. No descubro novedades pero mi capacidad de asombro se renueva. Siempre he considerado que la sensibilidad es la mejor aliada de la razón: es aquello que nos sorprende lo que nos obliga a reflexionar. Es la intuición la que guía a la razón y no a la inversa, como se presume siempre. Sin las emociones el análisis se pierde, como un forense buscando el origen de la vida en una morgue. Y es eso, precisamente, en lo que se está convirtiendo nuestro querido país, pequeña región geográfica y humana con un pasado brillante: en una morgue donde sus directores discuten sobre el número de muertos, sobre las causas de cada fallecimiento, sobre cómo evitar el olor nauseabundo que se incrementa día a día sin dar suficiente tiempo de recuperación a las narices que se anestesian junto con los ojos que todavía miran pero ya no ven. De vez en cuando alguno de los directores de la morgue se queja de los cadáveres: hemos diseñado todo tipo de planes sociales, les hemos inyectado suero, el aire acondicionado ha mejorado, pero ellos se niegan a levantarse. Hay gente que prefiere seguir tirada en la calle a vivir como la gente.

Hace unos días murió un niño de hambre y otro de diarrea. Poco después los gusanos comieron vivo a un pequeño de trece meses. No es necesario entrar en detalles descriptivos. Bastará con apuntarlo y no dejarlo pasar como un fenómeno climático sino de verdadera injusticia social. Al mismo tiempo que todo esto ocurre, nuestro vicepresidente continúa su heroica batalla por demostrar que los criterios para medir la pobreza son erróneos y, por lo tanto, deberíamos considerar una cifra un poco más baja de la que publican los técnicos de la salud.

Pero estos niños muertos son niños de la periferia. Marginados. Son efectos colaterales. No duelen.

En este momento me interesa entrar en el pantano. Está en juego la relación con el otro y las instituciones en general, porque cada vez que un niño muere de hambre el Estado pierde su razón de ser. Y en esto hay que decir que el Estado ha perdido la razón reiteradamente. Si la mayor Institución que se ha dado la sociedad es capaz de reparar un semáforo cada vez que se descompone, ¿cómo no es capaz de evitar que un niño se muera de hambre? He escuchado muchas veces que un gran porcentaje de los seres humanos que duermen en las calles, con la cabeza apoyada en la vereda a cero grado centígrado, bajo la violencia del clima y bajo la violencia moral de ser vistos en esa degradación, se niegan a concurrir a un local donde tienen comida y colchones. Ergo esos individuos son responsables de su desgraciada condición. En inglés hasta suena distinguido: son homeless. Pero cuántos de nosotros no nos volveríamos dementes en situaciones de violencia semejantes y reiteradas como lo están esas personas?

Pero como los pobres son “responsables” de su pobreza, así como los alcohólicos y los drogadictos son responsables de su vicio, podemos dejarlos tirados y el mundo seguirá andando. Ahora, si un hombre amenaza con tirarse de un décimo piso, ¿qué hace el Estado? En teoría, ese hombre está en su derecho de hacer con su existencia lo que quiera. Sin embargo, a nadie se le ocurriría dejarlo ejercer su derecho. ¿Por qué? Siempre argüiremos que esa persona no está bien de la cabeza y, por lo tanto, debemos ayudarla a desistir de su intento. Entonces enviamos bomberos, policías y psicólogos para “persuadirlo” de su intento, no vaya a ser que ensucie la calle y cunda el mal ejemplo. ¿Está bien esto? Más allá de una discusión filosófica sobre el derecho, la intuición nos grita que sí. Entonces, ¿por qué dejamos a un hombre tirado en la calle? ¿Por qué la mayor organización de la sociedad, el Estado, no se hace responsable por cada niño que muere de hambre, en lugar de echarle la culpa a una madre que vive en un basurero y ya ha dejado de pensar?

Mal, esto es el árbol de hojas secas. Ahora tratemos le ver el bosque.

Durante décadas, el Río de la Plata fue un río de inmigrantes. Millones de hombres y mujeres bajaron de los barcos a esta tierra desconocida para plantar su raza y sus costumbres. En su gran mayoría eran europeos, representantes orgullosos de una cultura avanzada, de una historia llena de grandes imperios y ominosas dominaciones, que muchas veces se confundió con una raza inexistente: la raza blanca. Sin embargo, aquellos abuelos nuestros que bajaron de los barcos en su mayoría eran analfabetos, víctimas de las más obscenas persecuciones o delincuentes comunes. Por lo general, gente que no tenía muchas razones para sentirse orgullosa. No porque fueran pobres y analfabetos, sino porque venían de una Europa enferma, guerrera y puritana, la mayoría de las veces arrastrando profundos prejuicios, inútiles rigurosidades morales que se parecían más a la inhumanidad y a la mentira que a la sabiduría.

Un minúsculo hecho acontecido en el puerto de Buenos Aires retrata con perfecta economía algunos de aquellos conquistadores, que no carecieron de virtudes pero que por regla general hicieron todo lo posible por olvidar sus defectos, esos mismos que la antropología intentó disimular en los libros. El milagro me lo transmitió mi tío Caíto Albernaz, un campesino sin universidad pero con muchos libros al lado del arado y una inteligencia ética demasiado fina para ser escuchada sin fastidio, destruido hace ya muchos años por la dictadura militar. Yo era un niño aún y le escuché contar, con la misma brevedad, mientras escuchábamos el canto o la queja de un ave nocturna, inubicable en el extenso horizonte del atardecer: “Todavía con las valijas en las manos, un grupo de inmigrantes se cruzó con otro grupo de otra nacionalidad, probablemente de algún país periférico de Europa. Entonces, uno le dijo a otro: Nuestra lengua es mejor porque se entiende.”

Con el tiempo, esta iluminación de la ignorancia se fue ocultando bajo una espesa capa de cultura. Sin embargo, en lo más profundo de nuestro corazón occidental, aún sobrevive la actitud primitiva que considera nuestra propia lengua la mejor lengua, nuestra moral la mejor moral y, aunque nos duela, nuestros muertos las únicas víctimas. Y para darse cuenta de esto no es necesario una universidad sino la sensibilidad de aquel campesino que sabía escuchar a los pájaros.

Durante todo el siglo XX, uno de los principios éticos que justificó cada genocidio y cada matanza, en masa o a pequeña escala, fue aquel en el cual se establecía que “el fin justifica los medios”. Como era de esperar, los nobles fines nunca llegaron y, por ende, los medios terminaron por perpetuarse, es decir, los medios se impusieron como fines. (Así suele ocurrir con las Causas cuando se transforman en ideologías, o con la Fe cuando se transforma en dogma.) Lo cual es doblemente lógico, ya que si uno pretende defender la vida con la muerte, el uso de este último recurso hace imposible el logro perseguido. Al menos que el logro sea la resurrección indiscriminada.

Con el transcurso del tiempo, las retóricas y las ideologías han ido cambiando. Sólo cambiando; no han desaparecido en ningún momento. De hecho, el precepto de que “el fin justifica los medios” se encuentra tan vigente hoy como pudo estarlo en tiempos de Stalin o de Nerón. Ahora, de una forma más técnica y menos filosófica, se entiende el mismo concepto con la expresión “efectos colaterales”

Veámoslo un poco más de cerca. En los últimos cincuenta años se han venido realizando intervenciones militares, por parte de las mayores potencias mundiales, con el objetivo de mantener el Orden, la Paz, la Libertad y la Democracia. No vamos a ponerlo en duda —esto complicaría el análisis ya desde el comienzo—. En cada una de estas intervenciones en defensa de la vida ha habido muertos, por supuesto. A diferencia de las antiguas guerras, los muertos escasamente son militares (lo que hace de este oficio uno de los más seguros del mundo, más seguro que el oficio de periodista, de médico o de obrero de la construcción) y nunca son los promotores de tan arriesgadas empresas. Por regla común, los nuevos muertos son siempre civiles, algún viejo que no pudo correr a tiempo, algún joven inconsulto, sin voz ni voto, alguna mujer embarazada, algún feto abortado.

Miremos por un momento estos muertos que no nos tocan ni nos salpican. ¿Son muertos imprevistos? Creo que no. A nadie puede sorprender que en un ataque militar haya muertos. Los muertos y las guerras poseen lazos históricos, así como las guerras y los intereses corporativos. Tan previsibles son estos muertos que han sido definidos, en bloque, como “efectos colaterales”. No es cierto que las “bombas inteligentes” sean tontas; hasta un genio se equivoca, eso lo sabemos todos. Ahora, el problema ético surge cuando se acepta sin cuestionamientos que estos “efectos colaterales” son, de cualquier manera, inevitables y no detienen nunca la acción que los produce. ¿Por qué? Porque hay cosas más importantes que los “efectos colaterales”, es decir, hay cosas más importantes que la vida humana. O por lo menos de cierto tipo de vida humana.

Y aquí está el segundo problema ético. Aceptar que en un bombardeo la muerte de centenares de inocentes, hombres, niños y mujeres, puedan ser definidos como “efectos colaterales” es aceptar que existen vidas humanas de “valor colateral”. Ahora, si existen vidas humanas de valor colateral, ¿por qué se inicia una acción de este tipo en defensa de la vida? La razón y la intuición nos dice que el precepto lleva implícita la idea, no cuestionada, de que existen vidas humanas de “valor capital”.

Un momento. Ante tan grotesca conclusión, debemos preguntarnos si no hemos errado en nuestro razonamiento. Para ello, debemos hacer un ejercicio mental de verificación. Hagamos el experimento. Preguntémonos ¿qué hubiese ocurrido si por cada cinco niños negros o amarillos destrozados por un “efecto colateral” hubiesen muerto uno o dos niños blancos, con nombres y apellidos, con una residencia legible, con un pasado y una cultura común a la de aquellos pilotos que lanzaron las bombas? ¿Qué hubiese ocurrido si por cada inevitable “efecto colateral” hubiesen muerto vecinos nuestros? ¿Qué hubiese ocurrido si para “liberar” a un país lejano hubiésemos tenido que sacrificar cien niños en nuestra propia ciudad, como un inevitable “efecto colateral”? ¿Hubiese sido distinto? Pero cómo, ¿cómo puede ser distinta la muerte de una niña, lejana y desconocida, inocente y de cara sucia, a la muerte de un niño que vive cerca nuestro y habla nuestra misma lengua? Pero ¿cuál muerte es más horrible? ¿Cuál muerte es más justa y cuál es más injusta? ¿Cuál de los dos inocentes merecía más vivir?

Seguramente casi todos estarán de acuerdo en que ambos inocentes  tenían el mismo derecho a la vida. Ni más ni menos. Entonces, ¿por qué unos inocentes muertos son “efectos colaterales” y los otros podrían cambiar cualquier plan militar y, sobre todo, cualquier resultado electoral?

Si bien parece del todo lícito que, ante una agresión, un país inicie acciones militares de defensa, ¿acaso es igualmente lícito matar a inocentes ajenos en defensa de los inocentes propios, aún bajo la lógica de los “efectos colaterales”? ¿Es lícito, acaso, condenar el asesinato de inocentes propios y promover, al mismo tiempo, una acción que termine con la vida de inocentes ajenos, en nombre de algo mejor y más noble?

Un poco más acá, ¿qué hubiese ocurrido si los gusanos dejaran de comer niños pobres y comenzaran a comer niños ricos? ¿Qué ocurriría si por una negligencia administrativa comenzaran a morir niños de nuestra heroica e imprescindible well to do class?

Una “limpieza ética” debería comenzar por una limpieza semántica: deberíamos tachar el adjetivo “colateral” y subrayar el sustantivo “efecto”. Porque los inocentes destrozados por la violencia económica o armada son el más puro y directo Efecto de la acción, así, sin atenuantes eufemísticos. Le duela a quien le duela. Todo lo demás es discutible.

Esta actitud ciega de la Sociedad del Conocimiento se parece en todo a la orgullosa consideración de que “nuestra lengua es mejor porque se entiende”. Sólo que con una intensidad del todo trágica, que se podría traducir así: nuestros muertos son verdaderos porque duelen.

 

 

© Jorge Majfud

Montevideo

25 de junio de 2003

 

Libertad y Liberalismo

Profile of Adam Smith

Image via Wikipedia


Libertad y Liberalismo

Libertad y liberalismo no son sinónimos; son antónimos, al igual que, por ejemplo, fraterno y fraternidad, Cristo y cristianismo, pacifico y pacifismo, razón y racionalismo, mercado y mercantilismo, justicia y justicialismo, Batlle y batllismo, and so on. Por no mencionar esa larga lista de nombres de políticos célebres que, después de su muerte, terminan siendo asociados al inevitable “ismo” y a una práctica en todo diferente a la original. Más adelante nos ocuparemos de otro par problemático que es fundamental para descifrar la nueva Sociedad Desobediente: individuo e individualismo. Todos son pares de opuestos aunque, por lo general, los segundos términos surgen de los primeros y, al separarse, terminan por negarlos —como en toda herejía.

Lo único que “libertad” y “liberalismo” tienen en común, además de su raíz etimológica, es su relación con el poder. Como lo definimos antes, no existe libertad sin cierta dosis de poder; ni siquiera se puede ser libre si el otro posee un poder excesivo. Hasta aquí, podemos entender cualquier tipo de libertad, incluida la libertad de conciencia de un prisionero.

Pero cuando hablamos de “liberalismo” lo estamos haciendo en un campo más restringido —el sociológico—  y, por lo tanto, al tratar de analizar qué relación mantiene con la “liberad” no tenemos más remedio que restringir ésta misma al campo de la otra, ya que la libertad, a secas, es una condición humana que puede abarcar casi toda su existencia humana.

El liberalismo, como todo “ismo”, es una ideología, a pesar de que fueron los neoliberalistas los que proclamaron, hace unos años, la muerte de las ideologías. Una ideología de la misma categoría que el marxismo, por ejemplo, aunque menos compleja y menos incómoda —y aquí radica una de sus ventajas estratégicas: es apta para todo público, como Tom y Jerry. Pero lo que a mí me interesa del liberalismo es su propia paradoja: con un origen etimológico común a la libertad, y con pretensiones semejantes, su resultado ideológico se opone a la libertad, por la misma relación luterana que mantiene con el poder. El conflicto se origina en el objeto de sus buenas intenciones. En su estado ideal, el liberalismo exitista propone la libertad irrestricta de los mercados como paso previo a la felicidad de los seres humanos, lo que lleva, inevitablemente, al sometimiento del resto de los individuos que no participan de sus beneficios ni logran convertirse en mercancía. Para superar esta contradicción —libertad de los mercados, sumisión de los individuos—, los liberalistas insisten en que el progreso material de una clase verdaderamente libre arrastrará al resto de la población —obediente y libre sólo en potencia y hasta su muerte— a un estado de bienestar. Lo cual es ética y teóricamente dudoso, pero podría llegar a ser aceptado si la experiencia en laboratorios, como el latinoamericano, hubiese dado resultados positivos alguna vez. La experiencia parece demostrar lo contrario, y para ello basta con estudiar cualquier estadística mundial de organismos confiables, como los de la ONU o de ciertas ONGs.

En este momento, es valioso distinguir, creo yo, entre otro de los pares de opuestos: mercado y mercantilismo. El segundo es la perversión del primero. Veámoslo desde un punto de vista histórico. Durante miles de años, el mercado fue el principal instrumento de intercambio entre los pueblos, no sólo de bienes sino, y quizá sobre todo, de cultura. Con las caravanas de camellos y de barcazas viajaron y se difundieron conocimientos científicos y tecnológicos, religiones y lenguas exóticas. Y hasta es probable que gracias al comercio se hayan evitado muchas guerras. El mercado funcionó, muchas veces, como excusa para las relaciones sociales y para las relaciones entre naciones que se desconocían, a través de los objetos. Incluso el regateo, que se practica hoy en muchas partes del mundo sospechoso, es más una tradición folklórica que una prueba de la avaricia individual. En algunas partes del mundo hemos experimentado cómo el vendedor se molestaba cuando pagábamos el primer precio propuesto sin pedir rebaja, con lo cual no sólo le negábamos el diálogo sino que, además, le demostrábamos arrogancia.

Sin embargo, en su esencia, el mercado actual es todo lo contrario. Su paradigma es la agresión y la supresión del otro —de las otras lenguas, de las otras formas de ver el mundo—. Porque el mundo se ha convertido en un gigantesco campo de fútbol americano, donde los gerentes juntan manos y cantan victoria en el centro del campo antes de aplastar al adversario. Incluso las universidades y las academias más especializadas no dejan lugar a dudas: la competencia es a muerte, y la nueva ética se basa en la eficacia y el éxito impiadoso. Hasta los problemas psicológicos y existenciales de los perdedores se trata en sesiones místico-deportivas donde el paciente debe lograr sacar lo mejor de sí: el ansia irrefrenable de éxito, ya sea a través del grito temerario de “yo venceré” o por algún sacrificio físico como sostener en cada mano una piedra caliente. Hasta que el aprendiz logra la iluminación y queda pronto para el asenso a subgerente. La más mínima debilidad en la estrategia por imponer un jabón, un “buen libro”, el mejor sistema para adelgazar sin sufrimientos o para creer en la verdadera religión sin padecimientos puede terminar en la desaparición de la empresa y, por ende, del puesto de trabajo de decenas de personas. Por ello se necesitan gerentes y empleados agresivos —la agresión es la nueva virtud, así como antes lo era la valentía o el altruismo—, verdaderos subjefes de tribu, mercenarios que no tengan misericordia por el adversario. Si el adversario desaparece, es decir si los dependientes de la competencia quedan en la calle, habremos tenido éxito y nuestro camino habrá sido allanado a la gloria bancaria. Pues bien, ésta es la ética contemporánea del mercantilismo. Pero el mercado es otra cosa.

Recuerdo que cuando hace muchos años apareció el “Manual del perfecto Idiota latinoamericano”, escrito por tres notables liberalistas que explicaban por qué nuestro continente no progresaba, un periodista me preguntó qué opinaba del mismo. Le dije que no podía hacerlo porque aún no lo había leído, pero estaba seguro que iba a tener un gran éxito de ventas. Primero, porque no se puede esperar otra cosa en estos tiempos de tres liberalistas a ultranza, sino ventas; segundo, porque estaba escrito por especialistas en la materia, si nos remitimos al título. Pocos años después, una ola neoliberalista, inteligente, cubrió el continente de costa a costa y, cuando las aguas bajaron un poco, todos pudimos ver el desagradable espectáculo de desolación que había provocado: pueblos y estados empobrecidos, quebrados, marginalización de la clase media, desempleo a niveles nunca vistos, recesión, hombres y mujeres asaltados por banqueros, niños violados en sus derechos más básicos, violencia, hambre, suicidio y, sobre todo, derrumbare moral, en el doble sentido de la palabra. Si antes América Latina había sido un continente pobre, ahora era un continente desmoralizado. Si alguna vez fue una india violada, ahora era una prostituta avergonzada. Con la particularidad, como escribimos el año pasado, de que la ausencia de la experiencia del fin impediría el cambio. (“El progresivo e irremediable fracaso del sistema mercantilista y neoliberal […], si no es asumido por sus viejos defensores, se debe a que el mismo no provocó en Argentina el derrumbe del obelisco ni de cualquier otro objeto, como lo fue la caída del muro de Berlín —el derrumbe de objetos, el No, ha sido siempre el hecho con más fuerza simbólica que ha experimentado la raza humana desde la época de los megalitos; en segundo lugar ha estado la erección de los mismos, el Si, como pudieron ser las pirámides de Egipto, los obeliscos, las torres y otras excitaciones—. Por desgracia, en Argentina sólo ocurrieron hechos concretos: desempleo, violencia, hambre y desesperación por doquier. La muerte por desnutrición de niños no es un hecho simbólico, pese a su significación. Nada de eso es simbólico […] y, por lo tanto, hasta los argentinos se resisten a asumir el fracaso del liberalismo mercantilista.” (1)

Por otra parte, consideremos que este modelo de sociedad liberalista se da a una escala planetaria en relación con las naciones. Existe una clase nacional que tiene el poder de ser libre y otra clase de naciones que tiene el derecho de permanecer callada. Como ya lo intuimos antes, esta relación entre “naciones” tenderá a desaparecer por muchos motivos, uno de los cuales consiste en el progresivo anacronismo del concepto de “país” o de “nación”, desde un punto de vista político (no cultural). Pero éste no es el punto ahora.

Me importa observar que el liberalismo contemporáneo es la legitimación ética e ideológica del abuso que una minoría hace del resto de la sociedad —si cabe el término “sociedad” en una relación semejante—. Desde un punto de vista psicológico, no es raro, entonces, que aquellos caracteres personales más autoritarios, que en otros tiempos apoyaron dictaduras militares en América Latina sean, en su amplia mayoría, los nuevos “liberalistas”. (Lo cual no quiere decir que no haya liberalistas honestos y democráticos, casi liberales, como unos cuantos amigos que tengo.)

Un ejemplo histórico y paradigmático de este carácter, creo yo, lo constituye Martin Lutero: reformador libertario, inventor de una especie de liberalismo religioso, mantuvo siempre una relación conflictiva con el poder. En su teología, el autoritarismo se aplicaba siempre a los que estaban por debajo y la sumisión a los que estaban por arriba. Claro que no se discutía las razones de por qué alguien estaba abajo o arriba, o debía ser considerado en esa posición social. Por otra parte, está de más decir, esta relación vertical de abajo y arriba no se corresponde con una sociedad verdaderamente justa, es decir, libre. Como testimonio histórico y psicológico del autoritarismo liberal quedaron estas palabras del reformador religioso: “Dios permitiría la subsistencia del gobierno, no importa cuán malo fuese, antes que permitir motines de la chusma, no importa cuán justificada estuviese” “Por lo tanto, dejemos que todos aquellos que puedan hacerlo castiguen, maten y hieran abierta o secretamente, pues debemos recordar que nada puede ser más vergonzoso, perjudicial o diabólico que un rebelde” (Against the robbing and Murdering Hordes of Peasants, 1525)

En su raíz, el liberalismo asume que la libertad no puede ser un bien democrático. A esa versión democrática de la libertad llaman, de forma imprecisa, despectiva y amenazante, anarquía. A la anarquía se la suprime con el Orden; a la desobediencia con el Sometimiento y —para usar una expresión clásica— a la inseguridad se la arregla con “mano dura”. Mano dura para imponer orden a los de abajo, según Lutero, un orden militar, un orden financiero. Porque, como ya dijimos en otro espacio, por regla general cada clase social siempre teme más a los que están por debajo que a los que están por encima; teme más al desorden de los de abajo que a la sumisión hacia los de arriba y, por ende, teme más al cambio que a la perpetuación de un orden injusto. Por esta razón —y hasta el advenimiento de la Sociedad Desobediente—, los pueblos siempre han sido más conservadores que los líderes individuales que en algún momento de la historia terminaron por encabezar grandes movimientos sociales. Cada tanto ocurren singularidades históricas; a las tensiones crecientes siguen rupturas, revoluciones. Y éstas, las revoluciones, cuando se dan en su más profundo sentido, generalmente excluyen la violencia, la cual ha sido, históricamente, la mejor excusa para la imposición de una continuidad. Porque si los terroristas usan el miedo para cambiar un orden social, el poder usa el mismo miedo para mantenerlo. Ambos conciben a la sociedad como una agrupación inmadura, incapaz de ser libre y proclive a la manipulación por su propio bien.

No es casualidad, entonces, que los modelos verticales de organización social, como lo es la estructura jerárquica de los ejércitos, de las iglesias tradicionales y del antiguo orden de castas, sea parte indisoluble de la mentalidad autoritaria. Y porque la autoridad siempre se ejerce desde arriba —lo cual ya ha sido comprendido hace millones de años por los animales salvajes que se yerguen para dominar o impresionar al adversario—, no puede ser verdaderamente satisfecha en una sociedad horizontal, verdaderamente libre y democrática —la futura Sociedad Desobediente. (2)

Es, en este sentido, que podemos entender que pocas cosas hay tan antidemocráticas como el sistema de clases sociales, ya sea de derecha o de izquierda. Y si bien podemos asumir que las formaciones de clases en cualquier sociedad es un hecho humano e inevitable —según el estadista María Sanguinetti—, no veo razón alguna para defender una ideología que estimule un fenómeno antidemocrático en lugar de combatirlo. Ésta es otra prueba, entiendo yo, de que en ocasiones la utopía es más constructiva que el pragmatismo. De igual forma, entendemos que el crimen y la violencia son inherentes a la raza humana, y no por ello debemos hacer una apología de esas desgracias que todos podemos llevar dentro. ¿Qué es la moral sino la represión de los instintos propios en beneficio de esa novedad que es la sociedad? Sin sociedad no existe ningún tipo de moral; sin el otro no existe el espíritu humano, en el entendido de que éste es, en sí, esa relación.

Cualquier orden es siempre una variación arbitraria del desorden. Mi orden es el desorden del otro, y cuando lo impongo me convierto en un ser autoritario y sólo libre en términos liberalistas. El liberalismo da libertad efectiva a los más poderosos y una promesa imposible de liberar a los más débiles. Su orden social es, necesariamente, vertical.

En el modelo de sociedad neoliberalista no hay individuos, como se presume, sino mercenarios sociales. Liberalismo es libertad del poder, legitimación de la autoridad del comercio, sumisión del hombre ante el símbolo. El símbolo es el dinero (hoy ya ni siquiera con la presencia concreta del cobre o del oro) que relaciona, de forma abstracta y sin cuestionamientos, al opresor con el oprimido. Lo simbólico del liberalismo es la libertad. Pero la libertad de una sociedad es otra cosa: es la madura y serena desobediencia —la sociedad esférica.

Jorge Majfud

Montevideo

junio de 2003

 

La libertad y el poder

La libertad y el poder

 

El sol comienza a sumergirse en las transparentes aguas del mar Mediterráneo. Escribo desde el bastión de Sant Bernat, de la fortaleza de Dalt Vila, cúmulo de piedras levantado por musulmanes y cristianos sobre otro no menos vertiginoso cúmulo de siglos. He vivido durante los últimos meses en uno de estos callejones que me recuerdan, en parte, al Mont-Saint-Michel. Muchas veces llegué hasta aquí con el diario cargando imágenes de niños destrozados por las bombas, pedazos de piernas colgando como muñecos rotos, rostros sin ojos pero todavía con vida; con argumentos para todo y razones para nada. Y nunca supe qué me dolía más, si las imágenes o los argumentos que las justificaban.

Desde el nacimiento de la civilización, en esa misma tierra que ha recibido el azote de la inteligencia y del progreso, la violencia organizada nunca se ha producido sin una justificación. Nunca. En todos los casos, la imposición masiva de la muerte ha sido legitimada en nombre del Bien, de Dios o de la Libertad. Tanto, que hoy me estremezco cada vez que escucho esas palabras, y me cuido de pronunciarlas en público. Porque si en la época de la Guerra Fría un ateo era un sujeto sospechoso, hoy ya no es posible mencionar a Dios sin activar todos los mecanismos de seguridad, al menos que quien lo nombre sea el dueño de las bombas. El modelo discursivo de la gran política internacional continúa rigiéndose por el antiguo modelo de la teología clásica: primero las conclusiones, luego los argumentos y las deducciones.

Antes de venir hasta aquí para tomar un poco de aire fresco y la perspectiva histórica que dan estas piedras, había estado escuchando la radio. Detrás de la voz del traductor de la cadena Ser, aparecía la voz grabada del dictador llamando a la resistencia de su pueblo a la invasión, invocando a Dios, a la lucha contra el Mal y repitiendo, casi textualmente, palabras y conceptos usados poco antes por nuestro presidente (el posesivo es justo). La invocación a Dios por parte del libertador y del dictador al mismo tiempo, demuestra que, efectivamente, Dios está en todas partes. Si a eso agregamos que, como lo aseguró el Papa, Dios no permite las injusticias, estaría claro, por lo menos desde un punto de vista teológico, que la concepción divina de la justicia no es accesible a los seres humanos. De este atolladero dialéctico yo saldría absolviendo a ese Dios Secuestrado, y a la humanidad que no sufre de odios ni de intereses monetarios.

Pero, ¿qué puede ocurrir a corto plazo, aquí abajo en la Tierra? Uno de los argumentos más recurrentes de nuestro presidente, para justificar su invasión al Reino del Mal, fue de orden estratégico: la instauración de un régimen democrático en ese país servirá de ejemplo para el mundo islámico, y este cambio resultará en un claro beneficio para la seguridad de Occidente. Sin embargo, sólo esta expresión de intenciones -vamos a suponer sincera- encierra en toda su brevedad una gigantesca nebulosa de contradicciones reveladoras.

El que escribe estas palabras sobre la piedra vería con gusto el desplome de todas las dictaduras -incluyendo todas las formas de terrorismo- que estriñen la vida en el mundo entero, especialmente en lo que hoy es la región islámica. El sadismo, el carácter genocida y la perversión moral del dictador Satán son innegables. Pero debo reiterar, una vez más, que ni Oriente ni Occidente son tan homogéneos como pretende la propaganda. También en el mundo islámico existen países democráticos, o por lo menos tan democráticos como muchas de las democracias pasivas de Occidente. Y ninguno de ellos ha servido, hasta ahora, como “ejemplo” para dictadores como Satán. Por otro lado, recordemos que en el pasado Noroccidente empleó una estrategia diferente, más hipócrita y más inteligente, como lo fue la diplomacia, el complot y la propaganda. Bastaría sólo con recordar el caso de Chile, cuando el 11 de setiembre de 1973, para defender la Democracia y la Libertad en ese país, la Central de Inteligencia Discreta promovió y apoyó el derrocamiento a fuego de una gobierno democrático y constitucional -con el único defecto de su declarado socialismo- al que se sustituyó por una de las dictaduras más abominables que haya conocido la historia de la humanidad, diferente del nazismo sólo por la escala de sus horrores, no por su práctica y su concepción sádica del derecho.

Durante las semanas que duró la invasión al Reino del Mal, y en su agónica etapa previa, se esgrimió, en ambas márgenes del Atlántico, un argumento curioso, repetido en distintos medios. Un catedrático español, en respuesta a los millones de españoles que se manifestaban en contra de la guerra, sacudió en una radio oficial el siguiente razonamiento: Francia tenía una memoria desagradecida. ¿Cómo? En su oposición a la guerra, este país olvidó que los abuelos de aquellos soldados que en ese momento luchaban en el desierto de Irak para salvar la Libertad, habían muerto para salvar a Europa del nazismo. “De no haber sido por aquellos valientes -razonó el profesor de historia- estos mismos que hoy gritan por la paz hoy estarían de boca cerrada y bajo un régimen dictatorial”

Lo que no se discute es la valentía de aquellos doscientos mil combatientes norteamericanos que murieron luchando contra el nazismo. Pero el razonamiento que sigue a la observación es raquítico. ¿Por qué? Primero, porque suponer que los europeos no hubiesen podido liberarse del nazismo en sesenta años es arbitrario y exagerado. Hasta Franco se murió él solito, por no hablar de Stalin. Segundo, también Stalin ayudó a la derrota de Hitler. O por lo menos esos millones de rusos que murieron luchando contra el nazismo -y luego siguieron muriendo bajo el protectorado de su dictador. Ahora, por esta observación, ¿deberíamos deducir que la “vieja Europa” hoy es libre gracias a Stalin o a su régimen? Tercero, si la vieja Europa debe apoyar todas las decisiones de nuestro gobierno, porque un antecesor suyo la ayudó a liberarse del nazismo, ¿qué deberían hacer aquellos países latinoamericanos que sufrieron la opresión de dictaduras promovidas por la Central Única de Inteligencia? Agreguemos que esta última realidad es más próxima en el tiempo que los hechos acontecidos en la Segunda Guerra, tanto que bien se podría decir -si tomamos el mismo modelo de razonamiento del catedrático español- que no fueron los abuelos de los soldados que hoy están en el desierto, sino sus padres, los que lucharon contra la libertad y la democracia en países como Chile y Argentina. Pero también esta afirmación sería injusta por lo que tiene de imprecisa.

Ahora regresemos al momento actual. Observemos que incluso la “democratización” por la fuerza del Reino del Mal y de cualquier otro país árabe, más que conveniente puede resultar un problema para los intereses inmediatos de las corporaciones occidentales, si por “democratización” entendemos, por lo menos, la instauración de un sistema de “democracia pasiva”. ¿Por qué? Sencillamente porque el actual contexto popular en esa región es crecientemente hostil al predominio occidental. En Arabia Saudí significaría la pérdida del compromiso de la familia Sa’ud. En otros países, se perdería el soporte de esos reyes, príncipes y dictadores árabes que hoy ven a Occidente más en términos económicos y estratégicos que afectivos o culturales. Los pueblos, en cambio, siempre más “irresponsables” que los gobiernos (si atendemos al razonamiento del presidente español María Aznar), tienden a pensar de forma distinta, más en términos afectivos y culturales. Esto no significa que los pueblos sean más beligerantes que los gobiernos -de hecho, siempre ha sido todo lo contrario- sino que son menos diplomáticos, más directos y menos estratégicos.

Claro que, por desgracia, los poderes corporativos y centralizados han multiplicado su fuerza de acción. Pero en contrapartida no han podido acumular inteligencia en la misma proporción, lo cual los hace más peligrosos y más vulnerables al mismo tiempo. El coeficiente intelectual no se acumula, como creen los militares, en las “centrales de inteligencia”, de la misma forma que el capital se puede acumular en los bancos y en las bolsas. Con frecuencia, se obtienen resultados inversos. Algo parecido ocurre cuando mezclamos colores en una paleta de pintor. Cada vez que mezclamos más colores obtenemos menos color; de hecho, obtenemos un color muy similar al excremento humano.

Toda estrategia se mide por sus resultados, y el presente nos muestra cada día la derrota que los vencedores se niegan a ver: un mundo progresivamente inhumano e inhabitable, donde la violencia aumenta en la misma proporción en que disminuyen la seguridad y la libertad.

Pero no vale la pena entrar en un análisis periodístico del riquísimo cúmulo de contradicciones y barbaridades que usan los políticos para lavarse las manos una vez derramada la sangre a miles de kilómetros de distancia. Además, carece de utilidad. Por el contrario, tengo más esperanza en la conciencia ética de los pueblos que sólo se equivocan cuando confían demasiado en sus líderes. Porque aquí está el origen del derrumbe. Hasta hoy, han sido éstos, los supuestos líderes, quienes se han creído con la obligación y con el derecho de encabezar los movimientos civiles, de ir delante de los pueblos cuando en la guerra siempre van detrás. Detrás, incluso, de muchachas de 19 años que son enviadas al frente con el “cómo” muy claro y el “por qué” algo confuso. Tan confuso, que en su momento hasta fueron vistas como un símbolo del progreso de la mujer, lo cual no es más que el triunfo del espíritu machista y su ética de Rambo. Pero, ¿por qué es superior una mujer que mata a un niño -nobles razones mediante, no vamos a dudarlo- a una mujer que lo parió y le dio la leche de sus pechos? ¿Por qué es superior una mujer con un M-4 a una mujer con un biberón? ¿Por qué es más libre una recluta que no se pudo negar a la guerra a una madre que quiso serlo -a pesar de su ignorancia?

Esta idea del mesianismo, del héroe de vanguardia, bien puede proceder de los tiempos en que los líderes intelectuales eran, a la vez, los líderes en el campo de batalla. Ganar una batalla facultaba a dirigir el destino de un pueblo, su economía, su organización civil y su fundación moral (David, Alejandro, Mahoma, Napoleón, Washington, Artigas, San Martín, Bolívar, etc.), con suertes dispares, está de más decir. Este anacronismo tuvo su máxima expresión en las dictaduras militares de América Latina en el siglo XX. Dominar las armas -el Orden- legitimaba la dominación de un pueblo -la Moral. Pero el mundo se fue haciendo demasiado complejo para este tipo de liderazgo. Después de la era de los caballos -la era de los caballeros-, los líderes han pasado de la vanguardia a la retaguardia, llegando al extremo de promover guerras y batallas en las cuales nunca participarán, haciendo del nuevo guerrero el oficio más seguro del mundo, mientras el pueblo y los soldados que van a morir aceptan este hecho sin ningún escándalo, como algo lógico y natural.

Hasta que llegue el momento en que el destino de los pueblos deje de estar en la retaguardia y regrese a la vanguardia, es decir, esta vez al pueblo mismo. Más esperanza tengo en que llegará el día en que sean los pueblos quienes indiquen el camino a sus dirigentes o, mejor, que puedan decidir sus propios destinos sin la complicidad de una supuesta impotencia. No cada cinco años y en el momento más deliberadamente confuso, sino todos los días.

Superado este período en que la libertad será acorralada desde los cuatro puntos cardinales, sobrevendrá su expansión en lo que antes he llamado la “Sociedad Desobediente”, ese estadio maduro de la globalización donde los individuos serán menos proclives a la manipulación de sus pensamientos y más responsables de su libertad. Incluso antiguas organizaciones de resistencia social, como los actuales sindicatos -en decadencia, si se me permite- continuarán su declive hasta convertirse en otra cosa. Podrán seguir jugando un papel tímido de resistencia, pero serán totalmente incapaces de oponerse a los poderes centrales. Mucho menos como instrumentos de cambio. Los gremios que no han sido absorbidos por el “pragmatismo” del poder central han sucumbido al dogma y al corporativismo. Sus estrategias de lucha y de organización, que significaron un importante aporte a los derechos humanos del siglo XX, comienzan a evidenciarse estériles a gran escala.

La alternativa de cambio estará en la interacción casi contradictoria del individuo y la sociedad global. Cuando el desequilibrio entre fuerza bruta y razón ética se vuelva evidente e insostenible, los individuos del mundo se volverán concientes de su poder social. Entonces, la antigua “democracia pasiva” se mostrará obsoleta y divorciada de su primera razón de ser: el pueblo. Dado su carácter mestizo, unos de sus principales enemigos serán las corporaciones racistas, que aflorarán por su parte con mayor fuerza. Pero la Sociedad Desobediente tenderá siempre a oponerse a los poderes predominantes, siguiendo de esta forma un padrón psicológico antiguo, probablemente inmanente a toda sociedad desde sus orígenes y hasta hora nunca puesta en práctica en toda su plenitud. Durante toda la historia, los individuos y los pueblos han tendido a la liberación. Solo que, paradójicamente, ese proceso ha pasado por largos períodos de sometimiento a poderes individuales o centralizados -reyes, tiranos, sacerdotes, iglesias, sistemas religiosos, militares o civiles-. Pero este padecimiento, que casi siempre pagó seguridad con libertad en el antiguo mercado del miedo y del terror, nunca fue un objetivo social sino un medio engañoso de dominación por parte de las minorías de las clases poderosas.

Libertad y poder conforman un par dialéctico: no se puede ser libre sin cierta dosis de poder. Ni siquiera se puede ser libre si el otro posee un poder excesivo. En un mundo donde aumentan las diferencias sociales y geopolíticas, donde la libertad y el poder se encuentran privatizadas o estatizados en beneficio de microminorías, la tensión irá inevitablemente en aumento hasta que se produzca la ruptura. No es posible mantener un determinado orden basado en la injusticia, indefinidamente y sin ejercer algún tipo de dictadura. Y si bien en este sentido se pueden prever muchos escenarios, podríamos nombrar alguno de ellos a modo de ejemplo: la deuda externa de la mayoría de los países subdesarrollados nunca se pagará. Mejor dicho, nunca será cancelada. Las deudas históricas que desangran a los países periféricos se extinguirán, junto con los acreedores, poniendo fin de esa forma al sistema capitalista, tal como lo entendemos hoy.

Esta etapa de la humanidad autoresponsable, más madura y equilibrada, con mayor dominio de su propio destino, significará también un progreso espiritual. ¿En qué sentido? Debemos entender que desde un punto de vista existencial y ontológico, cada uno de nosotros no es solo el sujeto que se relaciona con los demás. Sobre todo, los humanos somos esa-relación. No hay moral de ningún tipo sin sociedad, ya que la moral es, en su camino Tierra, renuncia del individuo a favor del grupo, la conciencia de la especie (en su camino Cielo es renuncia del sexo en beneficio del más allá*). Por ende, tampoco hay individuo sin sociedad; no hay “yo” verdaderamente humano sin el otro, aunque ese otro se encuentre físicamente ausente. Si el otro está enfermo, yo también lo estoy, lo que equivale decir que no existe individuo sano en una sociedad enferma -considerar la situación “privilegiada” de un hombre rico en una ciudad con fabelas y con violencia callejera: su privilegio es su condena.

Si en algún momento de la historia hemos tenido una profunda y crítica conciencia de nuestra soledad metafísica (la pérdida de Dios del hombre renacentista y luego moderno, destilado de la naturaleza mucho antes, en el Gótico) ha sido, precisamente, en función de nuestra relación con el otro. Dicho de otra forma, el espíritu humano y la relación que mantenemos con el otro, con los otros -vivos y muertos- son la misma cosa.

A una escala familiar, esas relaciones son principalmente afectivas. Pero a una escala mayor, la relación se establece en términos de poder y de libertad. El desequilibrio entre estos dos términos significa, para una sociedad, la misma catástrofe que para una familia puede serlo el conflicto entre la obediencia y el afecto.

Pero no me voy a extender más sobre este punto. El sol ya se ha sumergido en el mar y no hay luna ni luces de sodio por aquí cerca. Mañana estas piedras seguirán donde están y yo me habré ido.

 

 

© Jorge Majfud

Fuerte Dalt Vila, Mar Mediterráneo

Junio de 2003

 

Más acá del Bien y del Mal

Más acá del Bien y del Mal

 

Las ortodoxias pecan de vanidad y para lo único que sirven es para despreciar al prójimo, no para ayudarlo. Tal vez el puritanismo ortodoxo cree que puede cambiar este mundo —o salvarse de él— con las manos limpias de un cirujano. Pero en esta orgullosa pretensión, día a día incurren en contradicciones hasta llegar, en los casos más trágicos, a ensuciárselas con sangre. No cometen pequeñas contradicciones; sus contradicciones son faraónicas. Del puritanismo ortodoxo al maniqueísmo, político o religioso, hay medio paso hacia atrás. Y un paso más atrás y más abajo se leen, grabadas con letras de oro, advertencias faraónicas de este tipo: “O están con nosotros o están contra nosotros”

Un estimado lector que leyó una de mis novelas y luego se enteró que más de una vez entré a un McDonald’s, no sólo para ir al baño sino también para comer una hamburguesa o para tomar café, le comentó a otra: “Me decepciona. ¿Cómo es posible criticar al capitalismo y entrar a un McDonald’s?”

Me voy a tomar el tiempo necesario para escribir un artículo sobre la anécdota —que alguien me la comentó por correo—, no porque esté decidido a realizar una defensa de mí mismo, sino porque es un hecho sintomático y de una trascendencia implícita.

Vamos a ver. En primer lugar, el libro aludido es una novela, es decir, ficción, por lo tanto no sería necesario aclarar que allí se expresan muchas cosas, muchas de las cuales deben ser contradictorias, como lo son los seres humanos. Por otra parte, las ideas de los personajes de una ficción pueden ser o no compartidas por el autor. En esa novela de 1994 el personaje principal advierte, desde una celda y después de un análisis afiebrado: “Sobrevendrá la lucha, el materialismo contra la antigua fe. Entre Oriente y Occidente, el nuevo oponente. El ciclo se repite; el materialismo conduce a la irracionalidad, y la fe a la razón” Ideas de este tipo están muy de moda hoy —sobre todo la primer parte— precisamente cuando yo mismo comienzo a cuestionar algunas de sus interpretaciones; al tiempo que no dejo de reconocer profundas verdades en la paradójica segunda conclusión.

Pero hagamos algunas aclaraciones previas. Yo no sólo critico al capitalismo; también critico a las McDonald’s. Y me critico a mí mismo, lo que en una palabra significa “autocrítica”. Muchas veces me he sorprendido en expresiones hipócritas, en ironías innecesarias contra mis seres más queridos. Creo que no será necesario confesarme en público, ya que nada de eso sirve para redimirme; basta con advertirlo y remediarlo. Es decir, me critico y me juzgo muchas veces en falta, y no por eso me voy a vivir lejos de  mí.

Por otro lado, estoy en contra de toda ortodoxia. Lo cual también es una forma de decir que no creo en los hombres-santos ni en las ideologías perfectas. También critico a Estados Unidos y es un país que me parece bellísimo, además de tener mucho para enseñarnos. ¿O alguien piensa que nosotros, los buenos latinoamericanos, no tenemos nada para aprender de los norteamericanos? También critico a Uruguay, mi propio país, y no por eso soy antipatriótico o “vendepatria”, como se nos enseñaba en nuestras escuelas de la dictadura militar, cuando debíamos referirnos a todos los que de alguna forma habían cometido el delito de criticar a su propio país. Cuando deje de cuestionar el Orden y la Limpieza me habré convertido en aquello que el Poder y el Contrapoder quieren: un sumiso repetidor de eslóganes publicitarios. Es decir, en una especie de musulmán ateo o de capitalista creyente.

Durante mucho tiempo, mi comunicación con el mundo se basó prácticamente en Hotmail, el cual accedí durante muchos meses desde la biblioteca Artigas-Washington en Uruguay. Nada más norteamericano en nuestro país que la Alianza ―por no hablar de Hotmail―. Fui socio allí. De pasada, leía la prensa norteamericana, que en muchos casos es menos servil que nuestra prensa oficialista, y me conectaba, sin costo, a Internet, gracias a lo cual puede recibir diariamente opiniones a favor y en contra de amigos y lectores desconocidos. ¿Contradictorio? Ni siquiera llego a tanto. Creo que más bien soy consecuente. Estoy contra todo macartismo y toda caza de brujas, contra toda inquisición y contra toda demonización de seres humanos por el solo hecho de pensar y expresar sus pensamientos. Es cierto que hoy en día pensar es peligroso, pero un riesgo mayor se corre cuando se deja de hacerlo.

En este mismo diario publiqué artículos muy duros, muchos referidos a esa enfermedad de Occidente que puede terminar por destruirlo antes que lo hagan los terroristas. Esa enfermedad es el olvido de todas las virtudes que caracterizaron a Occidente —que si bien nunca fueron muchas, una de ellas se llamaba “autocrítica”— y esa otra búsqueda, criminal, mentirosa y antioccidental, por una especie de ortodoxia puritana.

Por otro lado, ¿alguien piensa que el capitalismo y las McDonalds no tienen nada para criticar? Tengo entendido que esa cadena de fast food no permite la agremiación de sus trabajadores. Eso me parece horrible y anticonstitucional. Pero hay amigos trabajando ahí, muchachos que necesitan, en todo caso, de esa droga. ¿Por cumplir con nuestro deber de cuestionarlo, debemos dejar de ir, una vez al mes, a un fast food y exiliarnos en alguna isla del Océano Indico, donde no existe el Capitalismo?

Perdón, reconozco que el Capitalismo llegó antes que yo a España (incluso llegó antes que mi abuelo a Uruguay), pero yo soy un ser humano y reclamo mi derecho a vivir donde quiera. ¿No es ése uno de las Derechos Humanos más básicos y más violados en el mundo entero? ¿Tenemos que cerrar los ojos cuando pasemos por uno de esos restoranes, como un seguidor fanático de Alá? ¿Tenemos que quemar los libros que luego de leerlos nos parecen malos, o no leerlos porque alguien nos dijo que eran malos? ¿Procederíamos como hizo el ayatola Jomeini cuando condenó a Rushdie por unos versos que no leyó, logrando, como obra póstuma, que hoy muchos analfabetos estén dispuestos a ejecutar la “fatwa” o pena de muerte, como forma novedosa de demostrar la superioridad de un libro sobre otro? También la ortodoxia católica es riquísima en contradicciones, y nunca han sido objeto de revisiones profundas sino, por el contrario, han sido confirmadas, siglo tras siglo, en nombre de la coherencia vaticana, como lo fue la protección de los nazis al final de la Segunda Guerra y la petición de absolución para Pinochet, hace un par de años. En principio, eso es coherencia, señor. Pero en un contexto más amplio —ya no digamos la realidad humana, sino el dogma católico— no es más que una miserable contradicción.

Como se ve, las ortodoxias puritanas sufren de miopía. Si por un principio puritano nos prohibiésemos el acceso a un fast-food porque es un producto típico del capitalismo, como una monja católica se niega a entrar a un prostíbulo donde agonizan sus hermanas —esas mismas que no viven de las limosnas sino que deberán entregárselas a la Iglesia a cambio de la absolución de sus pecados—, tampoco deberíamos viajar en aviones, ya que, excepto una o dos aerolíneas que llegan a Sudamérica, todas las demás son típicos productos del capitalismo. Diría más: típicos productos del capitalismo norteamericano. Y no quiero extenderme demasiado en otros ejemplos ineludibles, como lo es el uso monopólico que hacemos de Hotmail, de Yahoo, de todo Windows y hasta de su soporte físico.

Hay otros ejemplos históricos y paradigmáticos que no se limitan al capitalismo. Como todo el mundo sabe, Volkswagen fue la primera fábrica de automóviles de Alemania, creación original del régimen nazi de Adolf Hitler. Incluso, el diseño del austríaco Ferdinand Porsche se llamó al principio KdF-Wagen, nombre tomado del lema nazi “Kraft durch Freude” que significa “la fuerza por la alegría”. Bueno, los dueños de este tipo de automóviles, si no conocían el origen de éstos, ya lo saben. Pero ¿qué harán con ellos ahora? Según un ortodoxo puritano, deberían arrojarlos al mar, ya que si optaran por venderlos estarían promocionando el mal. Y si lo convirtiesen en chatarra, su hierro impuro podría volver a alguien más en alguna forma de Ford, por ejemplo —lo que tampoco deja de tener implicaciones antisemitas, digámoslo de paso. Pero, sinceramente, no creo que ésta sea la práctica.

Existe una costumbre muy extendida en nuestra sociedad y consiste en la recomendación sistemática del destierro para los críticos. Por ejemplo, si el crítico tiene declaradas tendencias socialistas, será el objeto de una pregunta inquisidora: ¿Y por qué no se va a vivir a Cuba? O si de lo el contrario, su critica se dirige hacia los sindicatos, no sólo recibe el mote de “lamebotas”, sino que se lo invita amablemente a que se vaya a vivir a la sombra del Capitolio. Pero esos razonamientos son arbitrarios y están oscurecidos por una rabia ciega y fraternofóbica.

Me explicaré con otro ejemplo. De mi vida en África recuerdo con profunda nostalgia cada día, cada madrugada cuando me sentaba frente a una ventana, a tomar café y a escribir, mientras escuchaba los ruidos de la selva que se introducían en el poblado. Recuerdo con nostalgia cada atardecer, el sol hundiéndose tranquilo sobre las trasparentes aguas del Indico. Su gente, siempre sonriente. También recuerdo el hambre y las enfermedades, los lisiados y los esclavos que trabajaban para los blancos extranjeros, muriendo aplastados por los gigantes troncos de “umbila” que se resistían a subir a los camiones, sin que su desgracia llegase a interrumpir las tareas. Tengo mucho para elogiar y para criticar de aquellos nativos y, sin embargo, no siento el deseo de vivir permanentemente allí, a pesar de que alguien me sugirió que me vaya con aquellos negros que, según yo, desconocían el salvajismo de nuestras ciudades modernas. Tampoco viviría en el medio de la Polinesia, en una isla perfecta donde no existiera la injusticia social ni las necesidades materiales. ¿Por qué? Creo que no podría vivir en un mundo perfecto porque nací en uno imperfecto. Y mi lucha, como la de tantos, es mejorarlo. Es un impulso instintivo y, por ende, irrenunciable. Por otro lado, tampoco olvidemos que en la lucha por un mundo perfecto muchas veces se terminó por destruir lo poco bueno que teníamos. Lo cual no significa conformarse con lo que se tiene, sino olvidarse que la perfección pueda llegar de un día para el otro, matanzas mediante. Digamos más: olvidémonos de la perfección; los únicos que pueden aspirar a ella son los religiosos y la condición previa es, en todos los casos, la muerte previa.

En cambio, sigo creyendo que una de las actitudes más eficaces y positivas es, precisamente, la crítica y el cuestionamiento, el corte incisivo en la mala conciencia. Si critico a nuestros países es porque me interesan. En el caso de mi país, es porque lo amo. En casos de países como Francia y Estados Unidos es porque, en gran medida, los admiro. ¿Cuándo la autoalabanza contribuyó al progreso de las naciones, como se pretende ahora en Occidente, olvidando que si por algo se caracterizaron nuestras culturas fue, precisamente, por la crítica y la autocrítica? Lo más que ha hecho la alabanza es inflamar cierto sentimiento patriótico, pero creo que, si bien una cierta dosis de patriotismo no le viene mal a ningún país, una nación no necesita de inflamaciones. Las inflamaciones producen gases. Como pueden ser los discursos políticos y la veneración religiosa de los Símbolos Patrios, que siempre son excesivamente venerados cuando ya no hay Sentido ni Patria. Y esto también lo digo por experiencia propia: en el período histórico de mi país en que los símbolos nacionales habían cobrado un valor casi sagrado, para los cuales era una afrenta que un niño de escuela tocara o señalara con un dedo a uno de ellos, donde no mover la boca para cantar el Himno Nacional era visto como una traición a la Patria y palabras como Patria y Honor eran repetidamente usadas e inyectadas vía intramuscular, fue precisamente cuando más se violaron los Derechos Humanos. Todo lo cual me hace pensar que los humanos a veces tenemos una dosis limitada de respeto, y cuando respetamos en demasía símbolos abstractos, en la mayoría de las veces alegóricos y hasta cursis, ya no queda espacio ni posibilidades de respetar a esos bípedos implumes de carne y hueso que deberían ser los primeros sujetos de derecho y de respeto.

De esta época —que si no fue triste para mí fue porque aún era un niño— recuerdo hechos significativos y sintomáticos. Uno viene al caso ahora. Yo estaba en segundo año de la escuela 127, en mi pueblo, Tacuarembó, y un día pasó la directora por nuestro antiguo salón, al que adornaban largas goteras los días de lluvia. La recuerdo con cariño, porque era una buena mujer, lo más buena que se puede ser en un cargo de ese tipo en esa época. “Niños —dijo—, en su texto de lectura hay un cuento donde un zorro se quiere comer a un búho. El Gobierno ha resuelto que es un cuento demasiado cruel para los niños. Por lo tanto, arrancad la hoja que lo contiene”. La sensibilidad de aquellos gobiernos sería admirable, si no fuese porque en ese mismo instante eran secuestrados, torturados, violados, quemados y arrojados al mar seres humanos, alguno de los cuales bien podía ser el padre o la madre de cualquiera de los que estábamos allí. Ninguno fue protagonista de una fábula, sino de nuestra historia más vergonzosa, de la cual incluso hoy pocos se atreven a hablar en serio y sin caer en los discursos heredados de aquella misma época, por temor a perjudicar a la Patria. El puritanismo ortodoxo es así. No comete pequeñas contradicciones; sus contradicciones son faraónicas. Qué digo, son hitlerianas, que es lo justo decir.

El patriotismo inflamado —otra versión laica de las ortodoxias— sólo cree que beneficia a una nación, pero lo único que hace es anular la función del cerebro y conducir los cuerpos a guerras y a nuevas injusticias sociales. De hecho, la justicia institucional —incluida la justicia divina— no surgió para alabar a los hombres, sino todo lo contrario: los jueces y la justicia surgen en el reconocimiento de su naturaleza perversa, en la crítica y el castigo de la misma.

Las ortodoxias pecan de vanidad y para lo único que sirven es para despreciar al prójimo, no para ayudarlo. Tal vez el puritanismo ortodoxo cree que puede cambiar este mundo —o salvarse de él— con las manos limpias de un cirujano. Pero en esta orgullosa pretensión, día a día incurren en contradicciones hasta llegar, en los casos más trágicos, a ensuciárselas con sangre. Pero yo les digo que si queremos cambiar este mundo para mejor no tenemos más remedio que vivir en él. Al menos que optemos por retirarnos a un monasterio, a salvo de tentaciones y a salvo de las malas noticias que proceden del mundo exterior, las que ni siquiera llegan con las abstractas donaciones de los pecadores. Y vivir en este mundo implica ensuciarse las manos con barro y con tinta, conocer sus virtudes y sus defectos. Dicen que así lo hizo el Hijo de Dios, ¿por qué no podríamos hacerlo nosotros?

Del puritanismo ortodoxo al maniqueísmo, político o religioso, hay medio paso hacia atrás. Y un paso más atrás y más abajo se leen, grabadas con letras de oro, advertencias faraónicas de este tipo: “O están con nosotros o están contra nosotros” que no sólo olvidan que el mundo es mucho más que Norteamérica y el Islam, sino que también olvidan que dentro del mundo capitalista y del mundo musulmán también hay seres humanos que nacieron con cabeza propia y cometen la diaria osadía de usarla. Y son igualmente perseguidos por ello.

No se debe predicar lo que no se practica; así tampoco se deben extraer prédicas de donde no las hay, confundiéndolas luego con determinadas prácticas. Cuando no alcanzamos a ver las conclusiones debemos remitirnos a los principios. Los principios surgen del corazón y, a diferencia del cerebro, nunca falla sin pagar con su vida su error. De esta forma, estaríamos a salvo de un clásico riesgo de la teología clásica: el Gran Amor se practica con la tortura y la muerte; donde dice “blanco” se lee “negro”.

 

(1) “El lento suicidio de Occidente” Bitácora, 8 de enero de 2002

 

© Jorge Majfud

Valencia

12 de marzo de 2003