“Digo lo que se me da la realísima gana, y se acabó”

“Soy odiado por los altos prelados de la Argentina, que me consideran un zurdo, un izquierdista, un comunista. Y los comunistas me consideran un reaccionario, porque hablo de Cristo y porque hablo que la vida es sagrada, y la muerte es misteriosa y también sagrada… Y bueno, yo digo lo que se me da la realísima gana, y se acabó”.

Ernesto Sábato, entrevista oral.

Teología del dinero (III)

Teología del dinero (III)

 

A modo de introducción recordemos un par de lugares comunes de la filosofía tradicional y de la forma más simplificada posible. El marxismo clásico asumía que toda ideología (como la educación, las creencias metafísicas y la cultura en general) era la consecuencia más o menos directa de las formas de sobrevivencia y producción. Formas más elaboradas y más recientes de esta corriente de pensamiento entendieron que la ideología no sólo era reproductora de una determinada relación entre la infra y la supraestructura sino que, además, era la visión objetiva de una sociedad sobre la realidad, en el entendido de que no dependía de las particularidades emocionales o intelectuales de cada individuo sino de un grupo.

También sabemos que el materialismo consiste en reducir un fenómeno complejo a causas más simples y, sobre todo, a causas que sean progresivamente independientes de otros fenómenos, como puede ser el azar —seguido de prueba y error— en la teoría de la evolución. También el psicoanálisis es un análisis materialista y en gran parte también es antimarxista en el sentido que reemplaza las causas originales de la economía y las transfiere, en última instancia, a la biología. Si marxistas y posmarxistas dijeron que las condiciones de producción forman una psicología —así como forman una ética—, de forma directa o a través de una ética y una cultura X, el psicoanálisis tendió más a explicar el sistema económico de X por una condicionante preexistente, casi atemporal, como lo son determinados complejos psicológicos acuñados en un período histórico harto más extenso que hunde sus raíces en el Paleolítico. Complicaríamos este problema si observásemos que la economía está en la biología también, como lo indica la misma lucha por la existencia de un protozoario.

Los descubrimientos del marxismo, aunque siempre objetables, significaron un aporte al pensamiento universal más allá de las diferencias culturales. Incluso autores antimarxistas han repetido las mismas ideas básicas con mínimas variaciones que salvan su honor sugiriendo alguna originalidad o por lo menos la posesión de la verdad, no por demostración lógica ni por inducción de los hechos sino por el método recurrido de la sonrisa paternal. No otra cosa es la metáfora de las tres olas de Alvin Toffler y las ideas de una nueva mentalidad producto de nuevas formas de producción basadas más en la “creatividad” esporádica que en la repetición en serie de la antigua industria: ninguna recurre a Dios ni al destino manifiesto —como Ronald Reagan y Sarah Palin— sino a un cosmos marxista donde la economía es protagonista de los cambios psicológicos, éticos y culturales.

A partir de aquí podemos entrar en una especulación que tiene poco de materialista pero nada de metafísica.

Quizás debemos dejar de hablar de ideologías como si cada una sólo se diferenciase por las ideas que incluye y no por la función que cumple en la construcción de la realidad. Quizás deberíamos hacer drásticas diferenciaciones entre las formas de ideologías, definiendo una forma hegemónica y otra resistente así como se ha hecho con las culturas hegemónicas y subalternas. Es posible que una ideología hegemónica, siempre más difícil de visualizar por el público y los medios de reproducción que las ideologías resistentes, no sólo signifique una fuerza conservadora de las relaciones de poder y producción de riqueza, sino también una naturaleza progresivamente independiente del sistema de producción. Una realidad basada en la fe, la misma supersticiosa fe que dio fuerza estratégica y cultural a los cromañones que desplazaron a los más realistas neandertales. Aquellos no eran más inteligentes que éstos (Metin Eren, Journal of Human Evolution), pero deliraban al unísono y ahí radicaba su fuerza (José Carrión, Universidad de Murcia).

Así, una ideología hegemónica se convierte de forma progresiva en un poder abstracto e independiente del resto de las sociedades y las culturas, como una máquina inteligente que se independiza de sus creadores humanos o, para ponerlo en términos menos fantásticos, como un hijo que termina dominando a su padre.

Un reflejo significativo es la conducta de las bolsas de valores. Esta expresión de un poder progresivamente abstracto de una ideología dominante, al mismo tiempo que se vuelve más fuerte y místico, también se vuelve más vulnerable a una crisis de fe. La idea de abstracción metafísica viene dada cuando los mercados se comportan como creaturas que necesitan ser temidas, aduladas y consoladas. Los presidentes de los países más fuertes suelen repetir, tanto en tiempos buenos como en tiempos malos, todo tipo de estrategias que apuntan a la adulación psicológica de la criatura que en lugar de reír y llorar se expresa con irracionales subas y bajas en las bolsas de valores. Las palabras más repetidas son “confianza”, temor¨, “calma”, “nerviosismo” y de forma más explícita “estado psicológico de los mercados”. Lo que en la Edad Media significaba Dios, o en la antigua Grecia los dioses olímpicos, hoy representa esa ideología sin alternativas radicales.

Especialmente el humor de Wall Street es tan contagioso que cualquier grito histérico repercute en menos de tres horas en fuertes caídas en todo el mundo. Si esta dinámica fuese meramente matemática, si estuviese regida únicamente por leyes primitivas como las de “oferta y demanda”, no habría razón para que de un día para la noche lo que valía dos dólares pase a valer uno o cinco, ya que ni el consumo ni la oferta son materialmente capaces de variar con esos coeficientes.

Una vez una estudiante norteamericana me dijo que las películas españolas son menos realistas que las de Hollywood. Principalmente se refería a los efectos de la tecnología, pero la observación sobre la técnica es imposible de separar de la cultura: es realista aquello que se parece a la realidad que fue creada por la máquina ilusoria de producir realidad. Algo así como decir que una muñeca Barby representa lo femenino por naturaleza. Igual que la máquina que produce dólares da la ilusión de producir capitales.

Hace apenas un mes un amigo que criticaba al presidente de todos decía: “lo único que le reconozco es que si no existieran los ricos no abría trabajo para los pobres…” Este tipo de conciencia —verdadera para el mismo sistema que se juzga a sí mismo según una realidad creada por él mismo—, es el sabio producto de esa ideología dominante, tan necesaria para que el 95 por ciento de la población de un país como Estados Unidos, entre ellos la masa productiva, le agradezca al 5 por ciento más rico el bienestar que no tienen en otros continentes. En esa ocasión le pedí a mi viejo amigo que me mencionara un sólo millonario que fuese capaz de vivir sin sus trabajadores o de los trabajadores de otro millonario. Pero tal vez no había necesidad de un argumento tan simple.

Durante años, para calmar a la criatura, el presidente de Estados Unidos recortó impuestos a los más ricos que operan en la bolsa —según la estratégica teoría de que la riqueza desborda de arriba a abajo— y cuando el monstruo insaciable se tragó estas piezas privilegiadas, el mismo gobierno que clamaba por una mínima o inexistente intervención del Estado en la suerte de los trabajadores, desembolsó sin asco su fortuna —acumulación de los impuestos de los trabajadores— para mantener el mismo sistema. El sistema sirve a la ideología dominante, no al revés.

Las contradicciones de un presidente no son importantes para un pueblo elegido ni para una ideología que se alimenta de la repetición de frases y de ideas fragmentadas. Pero cobran significado cuando las mismas contradicciones se producen en un momento de crisis económica. Los post nunca significaron un final definitivo de nada. Sólo su continuación atenuada. En la era posindustrial no se abandonó la industria ni la antigua agricultura; menos la Modernidad en la Posmodernidad. En la era Poscapitalista no desaparecerá el mercado de capitales pero quizás desparezca su sagrada tiranía. O no será poscapitalismo sino una simple crisis, propia de una de las ideologías más longevas de la historia, aunque no tanto como lo fueron el feudalismo, el esclavismo y la aun más eterna moral del esclavo, tan necesaria para agradecer los latigazos diarios que nos muestran el buen camino de la justicia y la felicidad.

 

 

Jorge Majfud

Lincoln University

Setiembre 2008

 

 

 

Teología del Dinero (II)

Antes un vasallo estaba unido a su señor por un juramento. Una infracción a las reglas de juego podía significar un palo en la cabeza del campesino. Para el desdichado, lo simbólico no era el palo, sino el Rey o el Señor que emitía su deseo en forma de orden. El Señor significaba la protección y el castigo. Con todo, la injusta relación social todavía era de hombre a hombre: el campesino podía llegar a ver al Señor; e incluso, podía llegar a matarlo, con un palo igual de consistente que el anterior.

La relación que en nuestro tiempo nos une con el Dinero es del todo abstracta. En eso se parece nuestra sociedad a la del Medioevo: tememos a un ente simbólico e invisible, como hace mil años los hombres temían a Dios. Los valores de las bolsas cambian sin nuestra participación. Entre los valores y nosotros existe una teología del dinero llamada “economía” que, por lo general, se encarga de explicar racionalmente algo que no tiene más razón que poder simbólico.

Nuestras sociedades, como en todos los tiempos, están estructuradas según una relación de poder. Como en todos los tiempos, el poder está mal repartido, pero en el nuestro procede del Dinero. Gracias al dinero, todos somos accionistas del Poder que gobierna al mundo, aunque nuestras acciones representan una fracción infinitesimal. Conocemos las cifras que se acumulan en los principales depósitos del mundo: son varias veces superiores al esfuerzo conjunto de decenas de países del tercer mundo —y del mundo intermedio también. Esto, tan simple, quiere decir que el Derecho y la Libertad están especialmente acumulados en determinadas capitales financieras.

Veamos un poco esto de la libertad. En la secundaria se nos enseñaba que también un recluso era un ser libre. Esto es rigurosamente cierto, desde un punto de vista existencial, y un recurso canalla desde un punto de vista ideológico, sobre todo teniendo en cuanta que cuando se nos enseñaba este tipo de verdades, se encarcelaba a los hombres que eran libres. Hoy también vivimos en una forma de dictadura, aunque sutil y planetaria. Nuestros gobiernos no se cansan de repetir que este nuevo Orden es Inevitable. Cuestionarlo es sólo demorar su arribo triunfal. Y, que yo sepa, lo Inevitable no es producto de la libertad.

Existe una libertad inmanente a todo ser humano, cierto; somos libres desde el primer momento en que dudamos ante un cruce de caminos. Y existe otro tipo de libertad: una libertad social. Esa no es inmanente, sino eventual. En nuestro caso, la libertad social es doblemente limitada: primero, porque, de hecho, el hombre periférico no es libre; segundo, porque se le ha hecho creer que sí lo es. Decir que el hombre globalizado es socialmente libre, es como decir que es libre como un pájaro. Pero un pájaro posee una libertad de pájaro, es decir, una libertad “inhumana”, ya que no puede elegir la dirección ni el momento de su migración. En cambio, un hombre verdaderamente libre debería poder hacerlo.

Bien; la elección de las aves está determinada por el poder de la naturaleza. Pero en algún momento de la historia supusimos que el hombre se había independizado de este poder, gracias a la irreverencia de su espíritu. Y probablemente lo haya hecho en alguna medida. Entonces, ¿a qué poder ha sucumbido ahora, esta increíble creatura…?

Llamémoslo Dinero.

Veamos. El poder del dinero es siempre simbólico: procede del reconocimiento ajeno. Todo el poder concentrado en los bancos proviene de aquellos que son perjudicados por dicho poder; no por los que reciben el beneficio de poseerlo. Poseer es un acto de fe; no-poseer es una condición de fidelidad.

Existen, sin embargo, dos valores que no son meramente simbólicos: el valor de la violencia (pretendido en monopolio por todos los gobiernos) y el valor de la tecnología. En este nuevo siglo, el valor-poder de la tecnología someterá al primero y, a pesar de su posibilidad democrática, será rápidamente absorbido por el valor-poder del dinero. Sin embargo, el Dinero posee una debilidad que esconde en lo más profundo de su ser: el de ser un símbolo abstracto que necesita ser alimentado, constantemente, de significación. Es por esta misma razón que se apresura a dominar el valor-poder de la tecnología. Esta nueva arma será usada, en el siglo que comienza, para una despiadada lucha de intereses: la casta de los productivos contra la casta financiera, los Desplazados contra los Acomodados, los dueños de la Verdad contra quienes la sufren.

El dinero es amoral, eso lo sabemos. Como dijimos, es un poder simbólico, abstracto; vale por lo que no es y es todas las cosas al mismo tiempo. Creemos usarlo y someterlo a nuestra voluntad, pero es Él quien nos somete: casi no podemos prescindir suyo, a no ser por un peligroso acto de herejía. Cada vez podemos prescindir menos.

A las antiguas “necesidades básicas” hemos agregado un conjunto innumerable de “necesidades sociales”. Nacemos y nos desarrollamos en sociedades sofisticadas que nos exigen concentración. Como el ganado, estamos condenados a pastar todo el día, a rumiar y a digerir cuando descansamos. Un descuido significaría caerse del sistema. Una muerte social, la verdadera muerte del hombre postmoderno o posthumano.

En nuestro mundo rezagado la angustia es doble: el cumplimiento con las necesidades sociales (ahora básicas) ocupa casi toda nuestra libertad. Queremos ser libres, pero la libertad es cara. Entonces, miramos hacia donde el dinero no es escaso. Diferente a otros tiempos, ahora no podemos usurpar su lugar. No podemos invadirlos; por lo tanto, la solución es dejarnos invadir. Copiamos. Queremos parecernos a ellos: porque han triunfado en la guerra y en el comercio, porque son ricos y nosotros somos pobres. También es verdad: queremos dejar de ser pobres. Pero seguiremos siéndolo, mientras pensemos que la riqueza se alcanza absorbiendo los valores culturales y morales del vencedor. Porque no es lo mismo integrarse al mundo que dejarse ingerir. También nosotros pertenecemos al mundo, a la mayor parte del mundo, y, aunque sintamos vergüenza de nuestros taparrabos, debemos recordar que la pobreza no es una prueba de nuestros vicios morales. Esa es una idea religiosa del mundo protestante que heredó el Norte y nos vendieron en el Sur.

En toda la historia existieron grandes imperios, culturas predominantes; pero nunca los pueblos periféricos (o sometidos) se empecinaron en remedar al vencedor, despreciando con alarmante frivolidad su memoria propia. Por el contrario, en el pasado fueron los pueblos conquistados los que infiltraron su propia cultura en el corazón de los invasores. Ahora no tenemos tanta dignidad; los pueblos conquistados se maquillan para parecerse al conquistador, olvidando y despreciando la profundidad moral de civilizaciones económicamente empobrecidas, a cambio de espejos y pensamiento rápido. Y, sin embargo, el mundo rico necesita tanto del mundo pobre como éstos de aquellos. O más.

Nos informan que vivimos en un mundo “globalizado”, pero los únicos que aún no se han dado cuenta de su significado son ellos, los responsables de la globalización. Como práctica, la “globalización” es casi tan antigua como el cristianismo. Pero ahora vale por sí sola; es una nueva ideología, con la particularidad histórica de que fue precedida por su propia realización. Su interpretación también es particular y siempre contradictoria: integrar significa absorber, conocer significa ignorar, diversidad cultural significa uniformización, informar significa deformar, riqueza significa dinero, etcétera.

Las fronteras siguen siendo las mismas para los pobres, e incluso se han cerrado aún más que antes; sin embargo, han sido borradas de un plumazo para dejar pasar a Dinero, portador de nuevas promesas de riqueza en aquellos países pobres que, vaya a saber uno por qué, han visto aumentar su pobreza. Todo por lo cual se podría decir, sin temor a equivocarnos, que en nuestro mundo globalizado las fronteras han sido sustituidas por filtros.

La cultura y la educación ya no une; separa. Ambas, han sido sometidas al poder del dinero y le sirven a Él para ordenarlo en castas y acumularlo en depósitos invisibles. A las nuevas universidades ya no les importa la sabiduría, la búsqueda de la verdad, sino un único y monótono objetivo: la creación de entes competentes.

El norte representa todo lo que tiene de primitivo el hombre: la necesidad desbordada de poder, la acumulación y el consumo. Todos aquellos valores espirituales que surgieron después del mesolítico comienzan a ser dejados de lado. La reparación no está cerca (sólo los evangelistas ven las cosas eternamente próximas), porque también la histórica rebeldía de la juventud ha sido adoctrinada por la publicidad y por el éxito ajeno.

Estamos de acuerdo en que hay que cambiar. Pero, ¿en qué dirección? ¿En dirección Norte? Una cosa debe quedarnos claro: hay cambios que sólo puede generarlos una sociedad en su conjunto. Por lo tanto, no es válido ese precepto ideológico resumido en la máxima: “al que no le guste, es libre de cambiar de canal” Esta frase, tan querida por los profundos filósofos de la farándula, es contradictoria, ya no sólo con la tan mentada idea de la globalización sino, sobre todo, con la más primitiva idea de sociedad.

Yo, por lo menos, no estoy en contra del Norte ni de una globalización. Por el contrario, la apoyaría con entusiasmo. Eso sí, siempre y cuando Globalización signifique “diálogo” entre culturas, entre pueblos y entre individuos; un verdadero intercambio de símbolos y de bienes materiales, y no la simple imposición de lenguas, ideologías sociales y económicas, no la imposición de costumbres monoculturales que han llevado a la supresión de decenas de idiomas con sus conocimientos propios del cielo y de la tierra, al tiempo que una expoliación de recursos naturales que no sólo atenta contra las comunidades económicamente más débiles, sino contra el planeta entero.

Pero no seamos ingenuos. No olvidemos que Dinero no acepta ningún otro tipo de asociaciones que no sean asociaciones de capitales. Cualquier otra alianza, social o espiritual, será condenada por el Éxito. Recuerden: menos la risa y el sufrimiento todo es una Ilusión Universal: Éxito y Dinero no existen sin el valor que es concedido por aquellos que son perjudicados por el Éxito y por el Dinero.

 

 

Jorge Majfud

Montevideo

6 de noviembre de 2002