Noam Chomsky y Tony Blair

Tony Blair at the 2007 G8 summit in Germany

Noam Chomsky y Tony Blair se cruzan en el aeropuerto

 

El 15 de octubre pasado, Noam Chomsky dio una conferencia en la Universidad de Florida titulada “Policy and Media Prism” (“Las políticas y el prisma mediático”). Durante más de una hora, con su voz pausada y su incansable osadía de desarticular narraciones oficiales, Chomsky analizó el uso del lenguaje en la prensa tradicional, la información mutilada con fines políticos por parte de los medios que repiten y ocultan como estrategia para crear o justificar una realidad. “Si el público estuviese realmente informado no toleraría algunas cosas”, comentó. Al menos parte del público.

Si los estudiantes de lingüística lloran por la complejidad de sus teorías, por lo hermético y abstracto de algunas de sus explicaciones, el público general que asiste a sus conferencias no puede decir lo mismo: nada hay en ellas de abstracto; cada una de sus afirmaciones son concretas y precisas. Se puede estar en completo desacuerdo con las interpretaciones que hace Chomsky de la realidad, pero nadie puede acusarlo de ser elusivo, cobarde, complaciente o diplomático.

Rara vez se puede decir lo mismo de un líder mundial. Si sus acciones son bien concretas, sus justificaciones abundan en la vaguedad y la distracción, cuando no son meras construcciones verbales. Lo cual no deja de ser una trágica paradoja: aquellos profesionales de lo concreto son especialistas en crear mundos virtuales, construidos en su casi totalidad de palabras. Son ellos los más importantes autores de ficción de nuestro mundo.

El 16 de octubre, exactamente 24 horas más tarde y a unos pocos kilómetros de distancia, el ex primer ministro del Reino Unido, Tony Blair, dio su conferencia en una sala del Florida Times Union de Jacksonville. El día anterior recibí en mi oficina a alguien (un prodigio europeo al que estimo mucho y que conocía al líder británico) con una invitación especial para asistir.

En una elegante sala, Tony Blair se extendió por casi dos horas. A diferencia de Chomsky, Blair no bombardeó a los presentes con observaciones incomodas sino con frases prefabricadas, complacientes hasta la indigestión, más una plétora de lugares comunes capaces de provocarle pudor hasta a un estudiante de secundaria. Todo sazonado con una dosis toxica de bromas, algunas muy ingeniosas.

Ni siquiera tuvo un momento de autocrítica cuando alguien le preguntó si no se había sentido humillado por el fiasco de la guerra en Irak. Después de pensar por varios segundos, o fingir que pensaba para la risa de los que estaban allí, repitió el mismo menú de siempre: “hay momentos en que un líder debe tomar decisiones difíciles…” Una y otra vez, con palabras diferentes. En ningún caso consideró que el presidente o el primer ministro de una potencia mundial siempre tienen que tomar decisiones difíciles, que para eso están, pero que el hecho de que la decisión sea difícil no significa que estén escusados de cualquier error.

No obstante, esta fue y ha sido repetidamente la actitud del ex premier británico: ni una sola vez en la noche tuvo una palabra de arrepentimiento, de autocrítica. Por el contrario, la misma soberbia de siempre: nosotros somos los que salvamos y cuidamos al mundo, los que debemos educar a las nuevas masas de jóvenes (los cambios demográficos fue uno de los temas que parecía preocuparlo especialmente) y somos tan buenos que hasta toleramos a los primitivos que no entienden lo que es una democracia. Nunca, jamás, el reconocimiento de toda la brutalidad antidemocrática de la que fueron capaces.

Ni una palabra que aceptara la posibilidad de algún error. El propio George Bush, con todas sus limitaciones intelectuales, llegó a reconocer que la guerra había sido lanzada en base a información errónea. Un error, compadre. El propio José María Azanar, con sus limitaciones intelectuales, llegó a reconocer sus limitaciones intelectuales. “Tengo el problema de no haber sido tan listo de haberlo sabido antes”, dijo en 2007 sobre los argumentos erróneos que se usaron para lanzar al mundo a una guerra de diez años.

El más dotado intelectualmente de la santísima Trinidad que desencadenó el armagedón que costó cientos de miles de vidas y el descalabro económico, Tony Blair, en cambio, nunca tuvo este atisbo de humildad. Por el contrario, más de una vez repitió esa noche que no se arrepentía de nada. Su rostro parecía estar de acuerdo con sus palabras, que nunca alcanzaron el mínimo atisbo de autocritica. Casi me daba la impresión de estar ante el Mesías, de no ser por su vocación de comediante: “Desde que dejé de ser Primer Ministro en 2007 he ido a Jerusalén más de cien veces. Mi esposa me dice que lo que cuenta no es la cantidad de veces que he estado allí sino la cantidad de progreso que haya logrado en el conflicto. A veces ella no me estimula demasiado” (risas).

Ninguna autocrítica. Ninguna palabra de arrepentimiento.  Ninguna muestra de imperfección humana. Sólo una broma tras de otra, como si en realidad de eso se tratase su trabajo: hacer reír al público, como en algunos circos del siglo XIX se hacía reír a los asistentes usando anestesia.

Es interesante que a los intelectuales disidentes se los califique invariablemente de radicales por el mero usos de palabras, mientras que a los líderes que sumergen en la guerra a pueblos enteros se los considere responsables y moderados. Seguramente la respuesta es la del comienzo: la realidad está hecha de palabras, aunque otros la sufren con los hechos. El divorcio y la contradicción entre realidad y palabra no solo es una forma de justificar los hechos pasados sino, sobre todo, la mejor forma de preparar los que vienen.

Esto, que debería llamarse dictadura, se llama democracia. El problema, entiendo, está en la democracia, pero no es la democracia. Hay esperanza: todavía se puede estimular la crítica, ese motor original de la democracia, aunque sea con abono. Tiemblo de solo pensar en el día que nos falte Noam Chomsky, ese gran amigo, ese gladiador de nuestro tiempo. Porque los Tony Blair van a sobrar. Eso es seguro.

No, Chomsky y Blair no se cruzaron en el aeropuerto de Jacksonville. Me reservo las palabras del primero sobre ese hipotético encuentro.

 

Jorge Majfud

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Noam Chomskt e Tony Blair s’incrociano all’aeroporto

 
Giovedì, 31 ottobre, 2013 

                                                                                                                                                                                                         

Di Jorge Majfud 

Lo scorso 15 ottobre, Noam Chomsky ha tenuto una conferenza intitolata “Policy and Media Prism” (La politica e il prisma mediatico) all’Università della Florida. Per più di un’ora, con il suo parlare calmo e con la sua audacia nello smembrare i racconti ufficiali, Chomsky ha analizzato l’uso del linguaggio nella stampa tradizionale, l’informazione mutilata e occultata a fini politici da parte dei media come una strategia avente il fine di creare o giustificare una realtà. “Se il pubblico fosse realmente informato non tollererebbe certe cose”, ha detto. O almeno una parte del pubblico. 

Se gli studiosi di linguistica si lamentano della complessità delle sue teorie, per quanto impenetrabili e vaghe siano alcune delle sue spiegazioni, il pubblico che assiste alle sue conferenze non può dire lo stesso:
niente in queste teorie è vago; ognuna delle sue affermazioni è concreta e precisa. Si può essere in disaccordo con l’interpretazione che Chomsky ha della realtà, però nessuno lo può accusare di essere evasivo, codardo, compiacente o diplomatico. 

Poche volte si può dire lo stesso di un leader mondiale. Le loro azioni sono ben concrete, ma le loro giustificazioni abbondano di ambiguità e leggerezza, quando non sono addirittura dei castelli di parole. 

Questa non smette di essere una tragica contraddizione: i professionisti del “concreto” sono specialisti nel creare un mondo virtuale, quasi del tutto costruito a parole. Loro sono i più importanti autori di fiction del mondo. Il 16 ottobre, esattamente 24 ore dopo e a poca distanza, l’ex Primo Ministro inglese, Tony Blair, ha tenuto la sua conferenza in una sala del Florida Times Union di Jacksonville. Il giorno prima avevo ricevuto nel mio ufficio qualcuno (un portento europeo che stimo molto e che conosce il leader britannico) con un invito speciale per assistervi. 

Era una sala elegante, Tony Blair si è dilungato per quasi due ore. A differenza di Chomsky, Blair non ha bombardato i presenti con osservazioni scomode ma con frasi prefabbricate, ossequioso e attento fino alla nausea, con un abbondanza di luoghi comuni capaci di far arrossire un adolescente. Il tutto condito da una dose tossica di barzellette, alcune molto ingegnose. 

Non ha avuto nemmeno un istante di autocritica quando qualcuno gli ha chiesto se non si sentiva umiliato per il fiasco della guerra in Iraq. Dopo averci pensato per alcuni secondi, o aver finto di pensare per le risa dei presenti, ha sciorinato il solito menù di sempre: “ci sono momenti in cui un leader deve prendere decisioni difficili….” Varie volte con parole differenti. In nessun caso ha considerato il fatto che le decisioni che deve prendere un presidente o primo ministro di una potenza mondiale sono sempre difficili, che per quello sono li, e il solo fatto che le decisioni sono difficili non significa essere scusati per qualsiasi errore. 

In ogni caso, è stato questo l’atteggiamento dell’ex premier britannico: neanche una volta nella serata ha avuto parole di pentimento, di autocritica. Anzi, la solita superbia di sempre: noi siamo quelli che salvano e proteggono il mondo, quelli che devono educare i giovani (il ricambio generazionale è stato uno dei temi che sembra preoccuparlo maggiormente) e siamo talmente umani da tollerare i più “primitivi” che ancora non capiscono cos’è la democrazia. Mai e poi mai un’osservazione su tutta la brutalità antidemocratica di cui sono stati capaci. 
Né una parola per accettare la possibilità di un qualche errore. Persino George Bush, con tutta la sua limitazione intellettuale, arrivò a riconoscere che la guerra era stata lanciata sulla base di un errore di informazione. Un errore, amico. Addirittura Josè Maria Aznar, altro limitato, arrivò a riconoscere le sue limitazioni intellettuali! “Il mio problema è di non essere stato tanto furbo da averlo saputo prima”, disse nel 2007 sugli errori d’informazione che scatenarono dieci anni di guerra. 

Il più intellettualmente dotato di quella triade che scatenò un Armageddon che costò migliaia di vittime e un disastro economico, Tony Blair, in cambio, non ha mai avuto uno scorcio di umiltà. Anzi, più di una volta quella sera ha ripetuto di non pentirsi di niente. La sua faccia sembrava essere d’accordo con le sue parole, che mai sembravano avere il minimo segnale di autocritica. Mi dava quasi l’impressione di essere davanti al Messia, se non per la sua vocazione da commediante: “Da quando nel 2007 ho smesso di essere Primo Ministro sono stato a Gerusalemme oltre cento volte. Mia moglie dice che non conta quante volte sono stato lì, ma contano la quantità di progressi che ho conseguito con la guerra. A volte lei mi stimola troppo” (risate). 

Nessuna autocritica. Nessuna parola di pentimento. Nessun segno d’imperfezione umana. Solo una barzelletta dietro l’altra, come se in realtà il suo lavoro si trattasse di questo: far ridere il pubblico, come nel 1900 quando al circo si faceva ridere la gente usando l’elio. E’ interessante come gli intellettuali dissidenti si qualifichino come radicali per il semplice uso di parole, mentre i leader che sommergono con la guerra popoli interi sono considerati responsabili e moderati. Sicuramente la risposta sta all’inizio: la realtà è fatta di parole, nonostante altri vivano di fatti. La separazione e la contraddizione tra la realtà e le parole non solo è una forma per giustificare il passato ma, soprattutto, il miglior modo per preparare il futuro. 

Questa, che dovrebbe chiamarsi dittatura, si chiama democrazia. Il problema, comunque, è nella democrazia, però non è la democrazia. C’è una speranza: tuttavia si può stimolare la critica, il motore originale della democrazia, dovunque sia. Tremo al solo pensiero di quando verrà a mancare Noam Chomsky, questo grande amico, questo gladiatore dei tempi moderni. Perché di Tony Blair ne abbiamo a sufficienza. Questo è sicuro. 

No, Chomsky e Blair non si sono incrociati all’aeroporto di Jacksonville. Ma di questo ipotetico incontro mi riservo di parlarne per primo. 

Jorge Majfud 

 

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Traduzione per http://www.comedonchisciotte.org a cura di GIANLUCA MARTIN                                     

Diálogos con Gabriel Conte III

Barack_Obama_Young

Obama y los misterios de la historia”

 

Con Gabbriel Conte

Jorge Majfud

 

 

G.C. Cuando se dice que Obama expresó una serie de palabras en sentido “progresista”, ¿debemos entender al término como “de carácter más hacia la izquierda que el común de los presidentes norteamericanos”?

 

J.M. Sí, si consideramos los últimos presidentes, desde Jimmy Carter. No, si consideramos un número mayor. Por ejemplo, Se podría considerar a los redactores de la constitución americana, la primera y la única, como fuertemente progresistas, como revolucionarios radicales. Es muy difícil encontrar en la historia de la humanidad la fundación de una nación sobre ideas y leyes tan radicales para la época. Se podría considerar a Thomas Jefferson como un presidente progresista, a pesar de que también fue un hombre de su tiempo, un propietario de tierras y esclavos. Pero cuando juzgamos a un hombre o a una mujer desde una perspectiva histórica, lo que importa es la diferencia que cada uno pueda hacer como progresista o conservador, como revolucionario o como reaccionario, como humanista o como enemigo de la humanidad. También podemos considerar como presidentes progresistas al republicano Abraham Lincoln y al demócrata Franklin Roosevelt, que no solo sacó a Estados Unidos de su peor depresión sino que además fue el creador de los programas sociales mas importantes que existen hoy, además de sus políticas económicas que en su momento fueron consideradas estatistas o keynesianas por los conservadores y por los seguidores de Milton Friedman. Desde un punto de vista más especifico, es evidente que las políticas de Obama, fácilmente reconocibles, se están inclinando a la izquierda (los conservadores lo acusan de socialista y liberal), aunque también el grado de filiación depende de quien lo mida. Como ya lo hemos repetido hasta el cansancio, incluso antes de su triunfo en el 2008, su segundo mandato iba a ser más radical. Ya lo es desde el tono de poca paciencia que está mostrando en sus discursos y en las negociaciones con los republicanos, que todavía dominan la cámara baja y tienen todo el poder de trabar la mayoría de sus proyectos. Creo que poco a poco, de aquí hasta su vejez, al igual que Jimmy Carter, Obama volverá a sus raíces intelectuales, que están en sus años ochenta, cuando en la universidad de Columbia leía escritores críticos y asistía y a reuniones de obreros e intelectuales que hubiesen escandalizado a los reaganistas y lo hubiesen llevado a la cárcel en los años cincuenta. A Obama se lo ha acusado erróneamente de muchas cosas, como de no haber nacido en Estados Unidos. Nació en Hawái, es decir, en la Polinesia, cuando Hawái hacía un par de años que se había convertido en el estado cincuenta de Estados Unidos. Hubiese sido un hijo ilegítimo en varios otros estados, ya que el matrimonio entre un negro y una blanca por entonces estaba prohibido. Aquel niño creció y se educó en el país islámico más poblado del mundo, Indonesia, pero no es musulmán, como una gran parte de la población cree. Se llama Barck Hussein Obama, un nombre lleno de reminiscencias a los enemigos obsesivos de Estados Unidos, según el discurso oficial y popular de las últimas décadas. Estuvo afiliado a una iglesia simpatizante a la teoría de la liberación, un invento latinoamericano de los sesenta y, para peor, como algunos biógrafos como Stanley Kurtz en su libro Radical-in-Chief: Barack Obama and the Untold Story of American Socialism (“El comandante radical: Barack Obama y la historia oculta del Socialismo estadounidense”) se encargan de subrayar, el joven Obama en sus años de universidad leía a Karl Marx y asistía a “conferencias de académicos socialistas”. Títulos que uno adivina son puestos más por los enemigos que por los amigos. Todo eso hace una diferencia con, por ejemplo, los tiempos no tan lejanos de Ronald Reagan, que pocos alcanzan a distinguir. Por otro lado, podríamos observar que esta tendencia a la izquierda se expresa más a nivel nacional que a nivel internacional. También si observamos las acciones de los presidentes socialistas de Europa, como el de François Hollande en Francia, por ejemplo, la regla de oro sigue siendo la misma que alguna vez improvisó Winston Churchill cuando le preguntaron qué países tenía Inglaterra como amigos. Churchill dijo, “señor, Inglaterra no tiene amigos; tiene intereses”. Sinceridad de viejo.

Barack Obama and Michelle Obama

G.C. Entonces ¿se podría decir que Obama es el más “progresista”, en ese sentido, de todos los demócratas?

J.M. Tal vez sí, si consideramos las mayores figuras de su partido hoy en día. No obstante, en política internacional, el republicano Ron Paul es mucho más “progresista” para el estándar latinoamericano, con su insistencia radical contra las guerras, contra las bases militares y contra los intervencionismo en otros países, con su acusación al gobierno de Estados Unidos de crear reacciones y líderes “antiimperialistas” los cuales, según lo ha repetido en muchos debates, son naturales reacciones a los intervencionismos norteamericanos, etc. Fuera de los demócratas también podríamos mencionar al senador socialista Bernie Sanders.

G.C. Recuerdo el año pasado haber hablado con una decepcionada Aviva Chomsky, a quien aprecio mucho por su gran capacidad de análisis e investigación sobre los procesos migratorios. Ella dejó de creer en Obama y de hecho en las últimas elecciones pensó que era mejor apoyar al partido Verde, aunque también era bueno darle un voto de confianza al actual mandatario en aquellos estados en donde el voto estaba “peleado”. ¿A quién le habla Obama cuando lo hace en tono “progresista”? ¿Quiere reconquistar a sus desencantados seguidores de la gestión anterior? ¿O “queda bien” decir esas cosas y nada más?

 J.M. Bueno, es natural que un intelectual deba ser un critico radical. Si uno no es radical en su crítica significa que no está yendo a la raíz de un problema. No obstante yo prescribiría, otra vez, “piensa radical, actúa moderado”. Y creo que Noam Chomsky, su padre, básicamente ha practicado esta línea y la ha articulado en sus conferencias y libros cuando insiste que no es posible tener un plan totalizador que solucione todos los problemas de una sociedad, porque las sociedades son naturalmente complejas y cambiantes. Por lo tanto, dice Noam Chomsky, lo mejor es tener ciertos principios claros de hacia dónde se quiere llegar y luego proponer ciertos cambios, llevarlos a la práctica de una forma concreta, y observar los resultados antes de continuar por ese camino. También Chomsky ha sido muy crítico con Obama. ¡Cómo no serlo con un presidente! Mucho más con el presidente de la principal potencia mundial. El problema, me parece a mí, es que un político, sea bueno o malo, siempre tiene que lidiar con la basura de la realidad política, con los intereses, con lo posible dentro de lo deseable. Los llamados intelectuales, los críticos, en cierta forma estamos libre toda esa basura, lo cual no nos hace mejores personas pero nos da cierta independencia que algunos preferimos mantener. Una independencia relativa, claro, ya que vivimos en un mundo concreto, en una sociedad llena de conflictos y no en un ideal espacio platónico. De cualquier forma, tenemos una independencia mayor de la que puede tener cualquier político de la actual era de las democracias representativas. Personalmente, yo nunca creí en Obama ni en ningún político. De hecho, creo que no deberíamos guiarnos por creencias sino por escepticismos. Pero por otro lado siempre hay que tomar una decisión. No votar, por ejemplo, es renunciar a esa minúscula parte que cada uno tiene para hacer una diferencia mayor a largo plazo. Por lo tanto, en cada elección, en cada referéndum, en cada situación en la cual tenemos más de una opción, uno siempre debe elegir el mal menor. Esto no quiere decir ser conformista, sino reconocer que nadie puede imponer sus ideales al resto ni nadie puede cambiar un mundo dominado por fuerzas infinitamente mayores a cualquier grupo o individuo. De ahí el valor de la critica radical y de las acciones colectivas. Un ejemplo simple y concreto es la lucha contra el tabaco. ¿Cómo es posible que aquellas grandes corporaciones tabacaleras de hace pocas décadas atrás fueron, en gran medida, derrotadas por el bien colectivo que comenzó con acciones de pequeños grupos de activistas?

G.C. ¿Piensa que Obama puede cumplir con esa agenda que prometió en su discurso?
J.M. Eso es como predecir el resultado de un partido de futbol. Yo diría que tiene una gran oportunidad y fuerzas moderadas para hacerlo. No olvidemos que sus adversarios no son solo los republicanos sino, quizás sobre todo, los grandes lobbies, las grandes corporaciones que todos conocemos. Y aun así no podemos estar totalmente seguros si esas fuerzas son realmente sus adversarios o sus aliados. Sólo él, su almohada y Dios lo saben mejor que el resto de nosotros.

G.C. ¿Cuál cree que sería el sesgo o el tono que tendrían sus discurso si tradujera en palabras sus acciones en el exterior?

J.M. Hasta ahora sus acciones a nivel internacional han sido poco diferentes a las iniciadas por George Bush. Con algunas diferencias, claro: un tono menos belicista, un intento por explotar alianzas estratégicas, etc. Es lo que se llama el “poder blando”, que normalmente suele ser ejercitado más por el más fuerte del vecindario, es decir, por aquel que es respetado por un “poder duro” que se reserva, que por los más débiles que deben recurrir acciones más violentas para hacer alguna diferencia a su favor. Su idea de un estado palestino y uno israelí según las fronteras de 1967 chocó contra un muro. Su aparente desinterés por África y America Latina continúa. No creo que haya una gran contradicción entre sus discursos y sus acciones. A mí lo que más me interesa son sus verdaderas intenciones, y creo que eso hay que leerlo siempre entre líneas, como si hiciéramos un trabajo psicoanalítico. Eso es lo verdaderamente importante cuando hablamos de Obama y muchos otros líderes mundiales. Ahora, que lo interesante sean más sus intenciones más íntimas, no significa al final termine haciendo una gran diferencia con respecto a las verdaderas intenciones de las titánicas fuerzas de las sectas financieras que todavía administran gran parte del poder del mundo. Al fin y al cabo, Obama es sólo un hombre.

Milenio I, II, III, IV x  (Mexico)

El factor cultural en la política

BARAK OBAMA AT WRIGHT STATE UNIVERSITY RALLY 2...

BARAK OBAMA AT WRIGHT STATE UNIVERSITY 

El factor cultural en la política

Un repaso al 2012

 

Jorge Majfud en diálogos con Gustavo Bornia

 

G.B. ¿Qué significará el nuevo triunfo de Barak Obama para la sociedad estadounidense?

J. M. Significará la confirmación de un recambio generacional; la decadencia de la ola conservadora de los años ochenta en casi todas las áreas de la vida social; leyes más liberales y más sociales como la ley de salud universal y más conflictos entre las cámara baja y la de senadores, al menos hasta el 2014; una posible reversión de la tendencia a recortar impuestos a la clase más rica que, básicamente, procede de los primeros años de la administración Bush hijo. Es probable que se apruebe una nueva ley de inmigración en los próximos dos años que de un camino a la legalización de casi doce millones de indocumentados y facilite la residencia con títulos de posdoctorado a nivel de Ph.D. En suma, una segunda presidencia más arriesgada que la primera.  

 

G.B. ¿Por qué los ciudadanos optaron por Obama y no por Mitt Romney?

J. M. Ninguna minoría social votó por Romney y los republicanos todavía no aceptaron un hecho de la realidad que nadie puede cambiar: el mapa demográfico de Estados Unidos ha cambiado, como muchas otras veces, y lo que ha dejado como resultado es que las minorías son la mayoría del país, aunque (o sobre todo) en esto todo depende de las representaciones asignadas o reconocidas. Cualquier minoría apoyó a Obama con mayorías que pasan el sesenta o setenta por ciento. Por lo que he percibido, una buena parte votó por lo que consideraban el menos malo (the least evil), lo cual es algo lógico y casi la norma en cualquier elección de cualquier país más o menos democrático o con un sistema electoralista. También una gran mayoría de mujeres votaron por Obama, lo que reduce aún más el perfil del votante republicano, dominante en las décadas anteriores: hombre, blanco, religioso y poco sofisticado intelectualmente. Es un estereotipo, sí, pero sirve para tener una idea de la etapa anterior y del cambio. Por otro lado, claramente la opción fue planteada entre dos visiones ideológicas: la de los demócratas, insistiendo en el rol de los trabajadores y maestros y del Estado como agente de cambio, de planificación e inversión, como en los casos de las grandes automotoras salvadas en el 2009, cuando Romney aconsejaba dejarlas quebrar para ajustarse al dogma del libre mercado y la competencia darwiniana que tanto aman los conservadores religiosos. Por el otro lado los republicanos, insistiendo, en línea con la moral calvinista, en que el éxito de una compañía o de un individuo se debe únicamente a sus propios méritos, por lo cual la idea de Obama de que el éxito de uno también implica obreros, profesores y un Estado aportando una infraestructura y equilibrando una sociedad sería ridícula para ellos. Por esta razón los republicanos todavía intentan revertir el proyecto de salud universal (Obamacare) y continúan proponiendo todo tipo de privatizaciones, incluso del Seguro Social, invento de otro acusado de socialista, el cuatro veces presidente Franklin D. Roosevelt en los treinta y que actualmente se autofinancia solo. Para hacerlo más breve, recordemos que una semana antes de las elecciones golpeó Sandy en el Noreste; “la tormenta perfecta” dejó una gran devastación. Si Katrina en el 2005 sirvió a los conservadores para hacer todo tipo de especulaciones religiosas, Sandy pudo haber sido un gran golpe de suerte para ellos, ya que golpeó el área tradicionalmente más liberal del país. Pero el resultado fue totalmente el contrario. Por dos razones, creo. Primero porque se vio, o se recordó, que el Estado, a través de FEMA y otros organismos era el único capaz de enfrentar situaciones del estilo, a pesar de la propuesta de los republicanos de privatizar FEMA en diversas compañías privadas. Segundo, entiendo, la interpretación y el efecto de Sandy es una demostración de la debilidad del discurso conservador y religioso a más puro estilo medieval, que en otras épocas era decisivo.

 

G.B. ¿Qué diferencias sustanciales había entre ambos candidatos?

 

J.M. Depende desde dónde se los mire. Muchas y muy pocas. Por un lado, si un presidente no es un dictador seguramente tendrá un poder muy limitado. Por otro lado, un presidente en una superpotencia que está rodeado de poderes e intereses económicos corporativos, sus propios poderes en la práctica están más limitados aun. Ambos tenían claras diferencias de personalidad y de clase social. Uno, un millonario que decía que si un estudiante era pobre debía pedirle un préstamo a su padre en lugar de recurrir al Estado; y el otro, venido de una familia que cincuenta años atrás hubiese sido ilegal, debido a las leyes segregacionistas, etc. En fin, una larga lista de diferencias en sus historias y en sus habilidades personales…

 

G.B. Siempre se habla que el corporativismo juega un papel importante en la elección del Presidente de Estados Unidos, ¿es tan así? ¿Hasta adonde alcanza?

J.M. Hasta dónde alcanza es algo imposible de saberlo. Todo poder es siempre como un iceberg. Si no fuese así no estaría completo. Estas últimas elecciones costaron billones de dólares y si repasamos las listas de donantes veremos muchos individuos con donaciones de muchos millones de dólares. Ni que hablar las corporaciones. Fácilmente se puede entender que las grandes empresas cuando ponen fortunas en una elección lo hacen como inversión. Es el espíritu que las define y las mantiene donde están. Por supuesto que si alguien invierte en algo luego querrá retornos, y en política no es difícil imaginar que esos retornos están en las leyes que se aprueben o en los capitales estatales que se inviertan. Según esas listas, las corporaciones apoyaron más claramente a los republicanos. No se puede decir que perdieron, pero sí que su poder no es absoluto. Este tema lo ha tratado Noam Chomsky con su admirable estilo en su último libro que publicamos este año (por estas mismas razones, originalmente pensé titularlo La guerra de los ricos, y así apareció en la contratapa de otro libro anterior, pero luego me pareció más abarcativo Ilusionistas, y él estuvo de acuerdo).

 

G.B. El tema emigratorio escaseó en el discurso electoral, ¿fue así? ¿Y por qué?

 

J.M. Sí. Porque los ilegales no votan y porque el discurso conservador antiinmigrante estaba algo gastado. Alguna gente ha dejado de comprar ese discurso erróneo de que los inmigrantes ilegales son una carga para el Estado o un peligro para la seguridad nacional. Desde hace décadas los estudios indican precisamente lo contrario en ambos temas, pero es imposible mencionar estudios académicos a grupos que están mentalmente formados en la obligación de creer a sus líderes y pastores y en la demonización de la crítica, la duda y el cuestionamiento. Pero los estudios también indican que estos grupos más radicales vienen disminuyendo en número e influencia desde hace al menos veinte años.

 

G.B. ¿Cómo es la participación latina en la campaña electoral? ¿Y por qué se vuelcan a favor de Barak Obama?

J.M. Los latinos son más apasionados por los asuntos políticos que los anglosajones. Esto tiene sus aspectos positivos y negativos, que podríamos discutir en otro espacio. Votaron por Obama porque se sintieron más identificados con un representante de una minoría que en lugar de demonizar a los pobres, como lo hace la tradición conservadora, insistió, al menos en su discurso y en algunos proyectos de leyes, en que el Estado puede ayudar a aquellos que sin nada tienen la potencialidad y voluntad de esfuerzo. Por otro lado, los latinos han sido tradicionalmente demócratas por diferentes razones. Incluso la comunidad cubana de Miami sur ha cambiado su perfil, y de ser votantes republicanos han votado esta vez a los demócratas. Lo cual confirma otro recambio generacional. En lo personal (y no por este cambio en Miami) espero algunos cambios importantes en las relaciones Cuba-Estados Unidos, con todos los beneficios y los riesgos que este cambio va a significar. Por parte de Washington y de La Habana.

 

G.B. En América Latina la ciudadanía participa apasionadamente de las campañas electorales, ¿es similar en Estados Unidos?

J.M. Estados Unidos es un país muy extenso y muy diverso en muchos sentidos, desde el cultural hasta el ideológico. La población anglosajona muestra su pasión de formas más esquematizada: hay un espacio y un momento para todo. Lo negativo, entiendo, es que este interés por la política luego de las elecciones se convierte a veces en falta de conciencia política, sobre todo en los negocios internacionales. En los países latinos el carnaval suele ser más desordenado y lo impregna todo. El mayor problema es cuando la política (me refiero a la política partidaria) impregna hasta el ámbito laboral y le quita profesionalismo a otras áreas sociales, eso cuando no estimula la corrupción también. Otro problema que hemos tenido en América Latina desde los tiempos de la colonia es la cultura del caudillo, del jefe: se critica pero se tolera; se practica el caudillismo desde las oficinas del gobierno y de los partidos políticos hasta los sindicatos. Luego cada hombre o mujer que asciende al poder político rápidamente se enamora de él y busca todos los recursos para mantenerse allí por todos los medios y con todas las buenas excusas posibles, lo cual es una tradición centenaria y un cáncer para cualquier cultura democrática.

 

G.B. ¿Qué debemos esperar los latinoamericanos de esta nueva administración Obama?

J.M. No deberíamos esperar nada. No es necesario esperar nada de los demás sino proponer cosas, proponer e impulsar cambios (sin cambios no existe ninguna democracia) y exigir un trato digno e igualitario. Que los demás lo traten a uno con dignidad, respeto y de acuerdo con las leyes en curso no es un beneficio que nos hacen sino el cumplimiento de obligaciones recíprocas. Es muy simple. Si uno quiere ser respetado debe comenzar a respetar y respetarse a sí mismo. Lo mismo las sociedades y los países.

 

G.B. ¿Cómo visualiza el Presidente Obama la actual situación sudamericana? Teniendo en cuenta la UNASUR y la gravitación de países como Brasil o la propia Venezuela en el actual concierto mundial.

J.M. El principal comprador del petróleo venezolano es Estados Unidos. Sin embargo, debido a las nuevas tecnologías de extracción de petróleo no convencional (otra materia de discusión), Estados Unidos se convertirá en uno de los mayores productores de petróleo en las próximas décadas, lo que podría cambiar algunas piezas en el ajedrez geopolítico. Las mismas inversiones en el nuevo petróleo de Brasil, que se ha anunciado con tanto entusiasmo en la última década, podrían perder algo de su brillo, aunque esto es sólo la opinión de alguien que no es un experto en la materia. De cualquier forma siempre hay que esperar cambios y sorpresas en el mapa de intereses internacionales. Más allá de todos los nuevos grupos de países y todas las buenas declaraciones que cada tanto tenemos, América Latina debe seguir invirtiendo en su gente y terminando con la cultura del ponguismo. Si tiene memoria, también debería desconfiar de sus balances positivos debido a las exportaciones de materias primas. Esto ya lo hemos visto varias veces antes. Sospecho que Obama no tiene a América Latina como prioridad, lo cual no es bueno ni malo. Depende de sus propuestas, que no son muy debatidas aquí. América Latina y Estados Unidos tienen mucho más en común de lo que creen ambos. De hecho una parte de Estados Unidos es América Latina y no sería la cultura un obstáculo para el relacionamiento interregional como podría serlo con China, por ejemplo. El problema, entonces, no es tanto la cultura sino la política. El mayor obstáculo será que Estados Unidos cambie su actitud paternalista y termine por liquidar los vestigios del intervencionismo y, por su parte, América Latina logre superar un sistemático rechazo a todo lo “americano”, rechazo y resistencia que tienen reales sustentos históricos pero que resulta una actitud ciega, necia y estancada cuando se generaliza. No existe “el americano” como no existe “el argentino” o “el brasuca” a secas. Esas son construcciones provincianas que más allá de las razones concretas (como las políticas intervencionistas ya señaladas) son fantasmas que sólo aportan malentendidos e incomprensión. Por eso se cura con un mayor diálogo intercultural, es decir entre una relación más abierta y desprejuiciada entre iguales.  

 

G.B. ¿Los países chicos como Uruguay cuentan para algo en esta visualización?

J.M. No sé si lo que cuenta Uruguay en el Mercosur no es más que con un valor simbólico, o casi simbólico. Lamentablemente la historia más lejana y la más reciente confirman que lo que cuenta es el poder de cada país y éste procede de su poder económico, como lo entendía la democrática e imperialista Atenas, hace veinticinco siglos. Ahora está de moda medírsela. Cada país justifica su éxito y su fracaso por su PIB o por el crecimiento anual de su PIB. Creo que Uruguay debería preocuparse más por la calidad de vida se sus ciudadanos. Un pequeño país como el nuestro tiene mucho que enseñar todavía. Como he expresado antes, su escala y la relativa buena educación de sus ciudadanos lo hace apto para retomar una olvidada tradición de experimentos sociales. Podría enseñarle a muchos países, por ejemplo, que invertir en la gente sin recursos además de justo, humano y razonable es también el mejor negocio que pueda hacer un país. Lo cual no quiero decir que se deba dar limosnas. Todo lo contrario: el país debe tener una política de inversión en la cultura del trabajo y la creatividad. Y premiarlos.

 

 

Milenio  I (Mexico)

Milenio II (Mexico)

Diálogo con Gabriel Conte

Link permanente: http://www.mdzol.com/mdz/nota/429768

http://www.mdzol.com/entrevista/431288

El intelectual “más influyente” de Iberoamérica: “No tengo interés de influir decididamente en nada”

Empecemos por acordar un significado del término “intelectual”, ya que, como sabemos, entre éstos vive el ánimo de la polémica y -como seguramente esta nota será leída en primer término por ellos- debemos ser consecuentemente, precisos.

Vamos por la formalidad de la Real Academia Española de las Letras:

1. adj. Perteneciente o relativo al entendimiento.
2. adj. Espiritual, incorporal.
3. adj. Dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras.

Vayamos, de inmediato, a una explicación popular en torno a quién debe ser considerado por los otros como “un intelectual”: “Es aquel que se dedica al estudio y la reflexión crítica de la realidad y comunica sus ideas con pretensión de influir en ella, alcanzando autoridad ante la opinión pública”. Lo dice la Wikipedia, pero chequeando su información pocas veces confiable, puede comprobarse que lo ha tomado de las ya famosas listas de la revista (con versión en español) Foreign Policy.

Para darle un barniz intelectual a esta introducción sobre intelec tuales, no podemos dejar de citar a Jean Paul Sartre, quien dijo: “L’intellectuel est quelqu’un qui se mêle de ce qui ne le regarde pas” (Intelectual es el que se mete en lo que no le importa).

Chomsky, desde su costado, giró 180 grados desde su posición ineludible de intelectual de este tiempo para señalar que “Los intelectuales son especiualistas en difamación, son básicamente comisarios políticos, son administradores ideológicos, los más amenazados por la disidencia”.

Pero a lo que iremos de lleno es una valoración acerca de estos seres que se encuentran en los libros, las universidades y también en las listas de famosos: en la búsqueda del intelectual más influyente de Iberoamérica, la ya mencionada publñicación inglesa Forfeign Policy abrió sus páginas en Internet para que fuesen los lectores, y no su equipo, quienes esta vez eligieran a uno de un montón.

Así, en el canon oficial de la publicación, aparecieron nominados tales como Mario Vargas Llosa y su hijo Álvaro; Eduardo Galeano, Jorge Edwards, Enrique Krauze, Michel Bachelet y Ricardo lagos de Chile; Fernando Henrique Cardoso, Felipe González y Julio maría Sanguinetti, por citar a los políticos que, además, piensan, escriben y proponen. Los disidentes cubanos Yoani Sánchez y Carlos Alberto Montaner también están en el listado.

Pero la cuestión es que este año el elegido por los lectores de la versión en español de Foreign policy es el escritor uruguayo Jorge Majfud quien además de su pasión por las letras, es arquitecto y docente que realiza sus labores en los Estados Unidos.

 


Allí ha sido docente de la Universidad de Georgia, de donde egresó, en la Linconln University y en la Universidad de Jacksonville. Colaborador en muchísimos medios de comunicación, sus textos han pasado por The Huffington Post, La Vanguardia de Barcelona yPágina/12.
 

Majfud, como escritor, es autor de Crisis -novela-, Cybors-ensayos- El eterno retorno de Quetzalcoalt -investigacion académica- e Ilusionistas -prólogo y traduccion para libro de aquel que maldefinió a los intelectuales: Noam Chomsky-. En este año, son los cuatro libros de su autoría que han sido publicados.

Sin embargo esa no es toda su obra. Casa de las Américas de Cuba lo distinguó en 2001 con una mención por la novela La Reina de América, también Excellence in Research Award de la Universidad de Georgia.

Antes de los cuatro títulos publicadoe en 2012 su producción literaria incluyó:

- Hacia qué patrias del silencio (Memorias de un desaparecido), novela, 1996.

Crítica de la pasión pura, ensayos, 1998.

La Reina de América, novela, 2001.

El tiempo que me tocó vivir, ensayos, 2004.

La narración de lo invisible / Significados ideológicos de América Latina, ensayos, 2006.

Perdona nuestros pecados, cuentos, 2007.

La ciudad de la Luna, novela, 2009.

 

 

 

- Si fueras vos “el gran elector”, ¿a quiénes señalarías como “los intelectuales del momento” en Iberoamérica?

- Esas listas siempre han sido muy discutibles. Alguien me escribió diciendo que había propuesto mi nombre luego de leer el prólogo que le escribí a Noam Chomsky. Es decir, son circunstancias del momento que luego se olvidarán. Les agradezco mucho a quienes amablemente me incluyen en esta o en aquella lista, si es de buena fe. Así que no voy a decir que no me alegra que la gente se acuerde de mi trabajo, pero es una alegría que dura unas pocas horas, a veces minutos. Si me preocupase por los aplausos o por los insultos no podría vivir. Pero esa indiferencia, que a veces me preocupa, no es algo calculado, sino algo que viene con los años. Aparentemente hay gente que de hecho no duerme por esas cosas y ni siquiera tienen una vida propia. Ahora hay una cultura del canibalismo… pero, en fin, ese es otro tema.

En pocas palabras, creo que en el fondo todos sabemos lo relativo que son las listas de los mejores y los peores y no creo que dejen de serlo por un largo tiempo. Incluso si se inventara un algoritmo que midiese la influencia de un intelectual en un espacio y en un tiempo determinado, aún así quedarían muchos puntos discutibles, como lo es la misma definición de “intelectual” o de “influencia”, que varía incluso de un idioma a otro, de una cultura a otra.

Pero si aceptamos un cierto entendido tradicional en tu pregunta, te mencionaría, más allá de mis preferencias propias, a Eduardo Galeano, Mario Vargas Llosa, Leonardo Boff, Fernando Savater, Pérez-Reverte, Javier Marías, Montserrat Domínguez, y muchos otros. Ahí en Argentina ustedes tienen grandes valores, algunos con una gran proyección mediática y otros nunca reconocidos suficientemente, como Hugo Biagini, Horacio Verbitsky, Juan Gelman, Jorge Lanata, Emilio Cafassi, etc. 

- ¿Sigue siendo importante la intelectualidad a la hora de los cambios que influyen en mejorar la vida de los habitantes de esta zona del mundo?

- No, al menos no como, por ejemplo, en tiempos de la fundación de Estados Unidos o de las republicas iberoamericanas. Las palabras “intelectual” e “intelectualidad” han perdido mucho de aquel prestigio que procedía del Renacimiento, que maduró en el Iluminismo y tuvo sus figuras históricas hasta fines del siglo XX. Todavía queda mucho de eso pero no tanto como en décadas pasadas. El último gran icono del intellectuelle engagée fue Jean Paul Sarte. Sin duda, desde Sartre y Foucault hasta hoy esa figura es Noam Chomsky. Este cambio se debe a varios factores. Primero, los mismos intelectuales de izquierda (esta no es una condición per se del intelectual comprometido, pero en un mundo dominado por la derecha era natural que los intelectuales se corriesen a la izquierda, sobre todo en America Latina) comenzaron a renegar del título en su proyecto de conectarse con las masas o, mejor dicho, con el pueblo. Segundo, los intelectuales y sobre todo las ideologías de derecha, lograron descalificar el trabajo intelectual como algo superfluo o como un estorbo para el progreso material.

Fue una forma de neutralizar la literatura, por ejemplo, reduciéndola a su función de entretenimiento. Cuando esto no funcionó, se la criminalizó bajo etiquetas como “idiota”, “infantil”, “realismo mágico”, “torre de marfil” o “improductivo”. Lo curioso es que los intelectuales de derecha generalmente han defendido el derecho de los escritores, por ejemplo, a recluirse en sus “torres de marfil”; lo cual es un derecho legitimo, pero comienza a ser sospechoso cuando se intenta reducir el trabajo intelectual en general y literario en particular a ese espacio solipsista, narcisista. Es decir, inofensivo. Etiquetas que, por supuesto, tenían una funcionalidad clara para el statu quo del momento.

En cierta medida, este desprestigio también fue producto del triunfo del espíritu práctico y conquistador del empresario anglosajón contra el declive de lo que hace un siglo se llamaba el “espíritu latino”, que en este sentido no sólo incluía a Francia sino que tenía en París el polo opuesto a Londres; el racionalismo contra la practicidad, donde “intelectual” era una mala palabra.

Sin duda que los intelectuales han cometido errores catastróficos. ¿Qué grupo humano no lo ha hecho a lo largo de diez mil años de historia? Pero también podríamos pensar en lo que sería el mundo hoy sin los poetas, los dramaturgos y los filósofos griegos de los siglos V y VI a. C., sin los humanistas judíos, islámicos y cristianos de la Alta Edad Media, o de los iluministas del siglo XVIII. Simplemente nunca hubiésemos tenido revoluciones como la americana y la francesa, ni tantos movimientos sociales y populares que cambiaron el mundo para mejor, resistiendo una larga lista de violentas esclavitudes que hoy pocos tienen en cuenta a la hora de estigmatizar a los “revoltosos” de turno. La Democracia estaría en pañales. Y si bien hoy la democracia agoniza en manos de los señores feudales de turno, que son las megacorporaciones y los dueños de la mayor parte del capital que circula en el planeta, también es cierto que su dominio no alcanza a ser absoluto, no gracias a sus buenos corazones sino a los “irresponsables radicales” que no se conforman con agradecer a esos señores por una esclavitud que llaman progreso solo porque en gran medida es una esclavitud consentida –como lo han sido siempre todas las formas de esclavitudes anteriores.

- ¿Diferenciarías en ese proceso a intelectuales de economistas?

- Sí. Obviamente, los economistas hacen un trabajo intelectual. Pero también lo médicos, los mecánicos o un agricultor que medita sobre la conveniencia de plantar trigo en lugar de soja. Todas las disciplinas universitarias se basan en un trabajo intelectual. La diferencia en la definición radica en que el intelectual se especializa en nada, es decir, su área no se limita a una disciplina estrictamente limitada, como puede ser la lingüística o la cardiología, sino que es, básicamente, un generalista que intenta ver la realidad a vuelo de pájaro para replantear los problemas que generalmente no son feudos cerrados de especialistas y, al mismo tiempo, trascienden su grupo social y temporal.

Eso como definición general. Por lo tanto, un economista puede ser un intelectual, como Noam Chomsky es un intelectual aparte de ser el lingüista más célebre del último siglo. Un economista puede ser un intelectual pero no todos los economistas son intelectuales, como no todos los escritores ni todos los profesores universitarios son intelectuales. Todos sabemos que existe algo llamado “trabajo clerical”, que es el más común, por ejemplo, entre los intelectuales orgánicos, como diría Antonio Gramsci, si me permiten la herejía de citar a Gramsci en estos tiempos en que los insultos valen por argumentos.

- ¿Qué rol les cabe, a tu criterio, a los dirigentes sociales que protagonizan los cambios en Latinoamérica y de quienes no se puede decir que detenten dotes intelectuales?

 - Se podría decir que un presidente como Evo Morales no es la imagen del intelectual, como Fernando Henrique Cardozo, por ejemplo. Sí, cada tanto escuchamos algún que otro disparate… Pero en el acierto o en el error, al menos los bolivianos dieron un enorme paso hacia la democracia cuando se dieron cuenta que su país no era un país de criollos blancos solo porque los indios, hechos y desechos en la cultura del “pongo”, como en Perú, nunca salían en los diarios. Entonces eligieron a alguien como ellos, que más o menos los representa. Las orgullosas “democracias desarrolladas” del norte han reincidido en elegir políticos profesionales que representan más a los banqueros que financian sus brillantes carreras y sus campañas electorales, que a  los electores que los eligen como sus representantes. Esta no es la idea de democracia que uno pueda tener. Luego, para anestesiar o descalificar este tipo de crítica, se intenta comparar un país pobre y subdesarrollado con uno rico o desarrollado, como si en los países más desarrollados los valores radicales de la democracia no entrasen en la idea de desarrollo; como si el progreso y el desarrollo de una sociedad no se debiera a sus trabajadores, a sus inventores ni a sus intelectuales sino a sus banqueros y a todos aquellos especuladores que se presentan como los “padres fundadores” de sociedades y de países enteros, mientras lucran de ese desarrollo y secuestran las democracias y sus narrativas.

Ahora, no me voy a arrogar la autoridad de definir el rol de los dirigentes sociales. Pero si me preguntas tal vez sí pueda dar una opinión. Para empezar yo diría que su rol debe ser más importante que el rol de cualquier grupo de intelectuales. Pero este rol no debería excluir a los intelectuales, algo que está muy de moda. Esto se debe a la dictadura de los tecnócratas y al menosprecio de otras dimensiones de la existencia humana más allá de la producción y la economía, algo que se surge desde las raíces de nuestra civilización basada en el consumo como fuente de riqueza y de éxito social, de un mundo que confunde riqueza con desarrollo.

Pienso que la función desde los presidentes hasta los gremialistas, es trabajar en pasos graduales pero concretos hacia una democracia más directa, que es lo mismo decir, hacia una democracia más radical, que es el sentido de cualquier democracia que no sea una simple cobertura y legitimación del poder de unas elites en el poder, ya sea el financiero como el paradójicamente llamado poder de los “representantes del pueblo”. Como ya he expresado muchas veces, desde los experimentos parlamentaristas en Inglaterra en el siglo XVII y revoluciones políticas como la americana y la francesa en el siglo XVIII, donde se iniciaron los primeros experimentos concretos más allá de la teoría y del pensamiento de los pensadores humanistas, del renacimiento y de la Revolución industrial, no hemos tenido grandes novedades en esta previsible evolución. Las novedades han sido, aunque no pocas ni de poca importancia, en el área de los derechos humanos y de la ecología, pero no en la gestión misma de la democracia. El anacronismo de los sistemas representativos que denunciamos hace muchos años como fuerzas reaccionarias, se está evidenciando aun más en los conflictos de intereses que vemos en las democracias del mundo desarrollado: en lugar de mostrar una democracia avanzada están mostrando democracias subdesarrolladas, donde los ciudadanos no solo tienen pocas opciones y suelen quedar cautivos de sus propios errores, sino que además la capacidad popular de gestión es mínima ante las grandes fuerzas del capital de los bancos y de las megacorporaciones. ¿Dónde está la democracia en un mundo donde las decisiones más importantes en la economía y el medioambiente está en manos de multinacionales que lucran, por ejemplo, con la quema de petróleo o con la venta de armas?

Así la verdad también está en manos de millonarias campañas propagandísticas a favor, obviamente, de sus propios intereses. Por otro lado, ¿cómo se contesta a esta situación desde otras áreas mas “marginales” del mundo? De dos formas: o copiando los peores valores centrales del mundo desarrollado, como lo es el consumismo superfluo, o repitiendo tradiciones, como la latinoamericana de caudillos salvadores que se enamoran del poder político desde el primer día, con la excusa de luchar contra el imperialismo, y así tenemos una eterna postergación del protagonismo del pueblo mismo para autogestionarse en sus problemas concretos y relacionarse más directamente con sus pares del otro lado del planeta.

- Si así fuera, ¿en qué temas te gustaría influir con tu pensamiento, tus columnas y tus libros?

- Honestamente, no tengo ni el interés ni la pretensión de influir decisivamente en nada. Sólo quiero comprender este mundo. Tal vez esa sería mi mayor contribución, si es que mi vida va a justificarse por algo, además de mi función de padre. Lo único que quisiera es no equivocarme de una forma que haga infeliz a la gente. Cosa que es más bien utópica, ya que cualquier cosa que uno haga causará diferentes efectos en diferentes personas. Es imposible controlar eso. Dicen que hace tiempo ya hubo un hombre bueno que en lugar de responder con violencia aconsejaba ofrecer la otra mejilla y cambiar el miedo por el amor, incluso a sus enemigos… ¿Lo cruificaron, no?

Así que la lección está servida. Por mi parte, como no provengo de una familia acomodada, como se decía antes, y debo luchar palmo a palmo por mi propia sobrevivencia y la de mi familia, no tengo mucho tiempo ni siquiera de imaginarme que pueda ser un héroe dialectico, como decía Nietzsche. Sí quisiera pensar que al menos he aportado un grano de arena en la construcción de un tiempo mejor para mi hijo y toda su generación, para esos que tendrán que seguir luchando cuando nosotros ya no estemos para ayudarlos. Esas cosas sí me preocupan de verdad. Por lo tanto, lo que puedo intentar desde el lugar donde me puso el destino, es contribuir para un mundo menos brutal, con menos violencia física y menos violencia moral, que es la más universal y la más difícil de visualizar. Con mucha frecuencia pienso que algún día me retiraré de todas las batallas dialécticas, y entonces no me importará hacer silencio sobre algo que alguna vez consideré crucial o inmoral. No lo sé. Seguramente todavía no me ha llegado ese tiempo… De cualquier forma, este trabajo de escribir con pasión y publicar con responsabilidad tiene sus riesgos y, en mi caso personal, un incurable sentimiento de culpa.

 

 

 

Milenio II (Mexico)

Noam Chomsky, el aguafiestas

English: A portrait of Noam Chomsky that I too...

Noam Chomsky

A propósito Ilusionistas, del nuevo libro de Noam Chomsky. >>

 

Noam Chomsky, el aguafiestas

Hace un par de años, Noam Chomsky dio la conferencia titulada “I am Kinda” en Princeton University. De pie, con voz pausada y casi murmurante, con una energía y una claridad intelectual que ignoraban completamente sus ochenta y un años, Chomsky leyó su conferencia de más de una hora antes de la tradicional sesión de preguntas y respuestas. Algunos lo escucharon con extrema atención y otros, probablemente estudiantes en su primer año, dedicaron una buena parte de ese tiempo a textear y leer comentarios en Facebook.

Unos días después me envió el texto original para que lo tradujera y publicara en algunos medios del continente. Pero su extensión de treinta páginas lo hacía inadecuado para la prensa común. Luego un contratiempo relacionado con los derechos de una editorial que planeaba publicar una versión del mismo texto en inglés demoró este proyecto.

Finalmente, después de discutir varias versiones del mismo texto con el autor, y la pertinencia de integrar otras tres conferencias con algunas modificaciones necesarias además de una introducción para los lectores del mundo hispánico, Editorial Irreverentes se hizo cargo de su publicación. En un momento oscuro para España, sé que el quijotezco esfuerzo de financiar este proyecto fue más allá de lo que los lectores podrían imaginarse. No fue apoyado por el gran capital (como normalmente ocurre cuando se trata del intelectual más influyente del mundo), sino por una colectividad de otros escritores que pusieron lo que no les sobraba.

El resultado es un libro de una gran unidad y de un gran coraje intelectual, con una precisa abundancia de datos que, sin embargo, no caen en el laberinto académico. Aquí están lo que considero son, básicamente, las preocupaciones de Noam Chomsky de los últimos años, no muy diferentes a las que lo han ocupado desde los años cincuenta: el sentido de la democracia y los obstáculos de los poderes corporativos, las imposiciones y las representaciones de la realidad, las verdades oficiales y la manipulación de la historia, el trabajo colectivo y las diferentes expresiones de la libertad, la tiranía del dinero acumulado, el secuestro de las democracias y el problema ecológico.

Sin duda este libro, Ilusionistas, removerá las susceptibilidades negacionistas; más que políticamente correctas, políticamente obligatorias. Para muchos, Chomsky es un traidor a su tribu, a su etnia o a su país. En su raíz, la idea de que un crítico —alguien que usa el favor de ideas y palabras; no la violencia de las armas o de los capitales— es un traidor a un país, contiene todo el espíritu fascista, sea de izquierda o de derecha, según el cual los países tienen dueños ideológicos, religiosos, lingüísticos, sectarios y tribales. Según estos “demócratas”, si alguien no está de acuerdo con ellos debería abandonar el país o callarse para no caer en contradicción —ya que ese país le pertenece a ellos, naturalmente— dejando libre el poco espacio que los críticos y los disidentes tienen en la narrativa social.

Cuando un crítico incisivo como Chomsky defiende los derechos de un individuo o de un pueblo lejano, sea cual sea, denunciando las injusticias de los poderes que han secuestrado la identidad de su propia nación, no sólo está defendiendo la justicia de los otros sino la dignidad de los propios. No es traición de ningún tipo; es lealtad al género humano en general y a la moral más profunda del grupo al que pertenece, en particular.

En Ilusionistas, Chomsky recuerda que “es normal que los vencedores arrojen la historia a la basura, como lo es que las victimas insistan en rescatarla”; y como respuesta al círculo infinito de violencia, propone un camino que podría formularse como piensa radical, actúa moderado, cuando en Understanding Power dice:

 

“No creo que para promover un cambio social en serio haya que trazar un plan sobre la sociedad del futuro. Por el contrario, creo que lo que debe guiar a alguien que lucha por un cambio social son ciertos principios que entiende deberían ser alcanzados de alguna forma [y] para llegar a estos logros no hay un sólo camino […] desde el momento en que estamos enfrentados a un problema de extrema complejidad que nadie puede entender completamente, creo que lo mejor es impulsar ciertos cambios y verificar qué consecuencias tienen. Si realmente funcionan, entonces sí se pueden avanzar otros cambios en la dirección deseada”.

 

Para muchos otros, la lectura de Ilusionistas será, aún en el desacuerdo, un desafío intelectual y un ejercicio moral tan importante como puede serlo el ejercicio físico para la salud física. Sólo que más trascendente, ya que tal vez de un cambio de conciencia dependa el destino de toda la Humanidad. Un cambio que desarticule las realidades que proceden de la siempre activa y poderosa industria de las ilusiones.

Estas páginas también reflejan de forma escrita el tono sereno y equilibrado del Chomsky oral, un hombre que dice sus verdades sin temor y sin rabia, sin las inseguridades que ocultan las apasionadas arengas de los fanáticos proselitistas de todo tipo. Estas páginas son una equilibrada y apasionada desarticulación de diversos mitos y narraciones sociales. Si el lector sale de ellas con un espíritu incendiario, probablemente no habrá comprendido el fondo del pensamiento chomskiano. Por el contrario, si es capaz de mantener una crítica radical más allá de las creencias, una actitud libre de las tradicionales cazas de brujas, de las explosiones del carácter propias de los preescolares, o de las verdades convenientes de quienes están en el poder y de quienes lo soportan como una fatalidad divina, si es capaz de buscar la verdad aunque sea dolorosa para construir una humanidad más justa y sustentable, entonces habrá dado un paso en la misma dirección que promueve el autor y las páginas de este libro.

Jorge Majfud

Milenio (Mexico)

 

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Noam Chomsky

Noam Chomsky, el incómodo susurro de la conciencia occidental

 

 

El último libro de Noam Chomsky en español no existe aún en inglés. Básicamente, consiste en cuatro extensas conferencias editadas especialmente para dar a luz aIlusionistas, un libro centrado en los problemas de nuestro tiempo desde una perspectiva histórica y crítica que, naturalmente, los dueños del mundo y sus fieles creyentes van a objetar con vehemencia. En el mejor de los casos.

En el primer capítulo (“Yo soy Kinda”), el autor toma como motivo conductor la historia de una niña que conoció en Beirut en 2006, pero sobre la cual había escrito años antes. A partir de la historia personal de Kinda, Chomsky repasará la lógica histórica de las últimas décadas en regiones tan distintas como Libia, América Central y Haití. El capítulo se centra en las relaciones de poder de los gobiernos dominantes, la ingeniería de sus represiones, las estrategias de las representaciones de la realidad, la omnipresencia de sus aparatos propagandísticos, las narrativas sociales que piensan por los individuos, y los medios que justifican los fines.

El autor se ocupa también de las relaciones entre los Estados y las corporaciones. Sin pausa, Chomsky argumenta y detalla las formas en que lobbies privados conducen las políticas de Estado, desde la política de Gran Bretaña en tiempos de Adam Smith hasta las más recientes intervenciones de Estados Unidos en América Latina durante la Guerra Fría.

La lógica es tan obvia, dice Chomsky, que “debería enseñarse en las escuelas primarias”: el apoyo millonario a un candidato significa que “las elecciones son compradas y que los compradores esperan ser recompensados” por la inversión. Entre las políticas que resultarán como consecuencia, están las privatizaciones, como sería el próximo caso del Seguro Social en Estados Unidos si se aplica la conocida fórmula: luego del desprestigio, de la desfinanciación y de la bancarrota de un servicio público que en la actualidad se autofinancia por el aporte de la población, la salvación se deja en manos de las eficientes empresas privadas, las cuales, a su vez, serán luego nacionalizadas una vez más a coste de la población, apenas dejen de dar ganancias.

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Chomsky se refiere a las más recientes revueltas en el mundo árabe para luego desmenuzar lo que considera la raíz de los conflictos actuales, como el plan que las naciones vencedoras de la Segunda Guerra, con Estados Unidos a la cabeza, desarrollaron con respecto a las áreas estratégicas, como lo son aquellas que concentran las fuentes de energía fundamentales.

La obra se ocupa también del problema ambiental. Luego de señalar el menosprecio por la comunidad científica que alerta sobre un problema serio causado por la expoliación humana del planeta, y los intereses que motivan las reacciones negacionistas, Chomsky recuerda las declaraciones de un representante republicano de Estados Unidos: “el nuevo jefe de uno de estos comités para el medio ambiente, explicó que el calentamiento global no puede ser un problema porque Dios prometió a Noé que no habría otro diluvio. Este tipo de gente está a cargo de este tipo de problemas”.

Finalmente, Ilusionistas termina con una sección de preguntas y respuestas donde Chomsky se muestra, como es habitual en su carácter, crítico sin concesiones pero optimista: a no ser por los problemas ambientales, las sociedades han hecho ciertos progresos, no por el buen corazón de quienes ostentan el poder sino por el activismo de los grupos de trabajadores y ciudadanos comunes, sin el poder de los capitales, de los gobiernos y de la gran prensa, pero suficientemente organizados como para marcar ciertos límites que hacen que tengamos sociedades más o menos civilizadas y no una jungla donde solo rige la ley del más fuerte en nombre de un progreso (en el mejor de los casos) que no se lo debemos a los semidioses.
La lectura de este libro, como la lectura de Chomsky en general, es una demostración de coraje intelectual, un ejercicio crítico aun en la discrepancia, y una prueba sobre los valores humanos y democráticos que no todos pasarán.

 

Jorge Majfud

 

El Huffington Post

Adelanto del Capitulo IV >> 

 

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Sobre el proyecto de legalizar la cannabis en Uruguay

Map indicating locations of Argentina and Uruguay

Sobre la legalización de la marihuana en Uruguay

Nunca estuve ni estaré a favor del uso innecesario de ninguna droga. Mucho menos de su comercio para destruir vidas ajenas. Bastante basura en hermosos envases estamos obligados a consumir cada día en los alimentos y casi no podemos evitarlo. Recuerdo que en las aldeas más alejadas de África había vastos campos de estas plantas que crecían salvajes y los nativos no le daban ningún uso, excepto cuando una vez por año se aparecía por allí algún hombre blanco. Es la misma historia del uso ancestral de la hoja de coca en Bolivia y de sus derivados alucinógenos en la cultura occidental.

Obviamente que la pandemia de las drogas es una consecuencia directa del sistema capitalista tardío, en lo que se refiere a su tráfico y comercialización, pero sobre todo es una consecuencia natural de la cultura del consumismo que cada día se va agravando sin que se perciba claramente como se percibe un terremoto o un tsunami. No obstante ningún gobierno del mundo hoy en día está en situación real de cambiar por sí sólo ni el sistema ni la cultura consumista. Por lo tanto, debe recurrir a medidas paliatorias que, aunque modestas, a largo plazo pueden producir cambios revolucionaros.

En consecuencia, estoy a favor de la legalización de la marihuana con restricciones. Al fin y al cabo el alcohol puede ser tanto o más destructivo que la marihuana y no sólo es legal en la mayoría de los países sino que casi no existen organizaciones criminales asociadas a su tráfico y, en consecuencia, la violencia en proporción a la que produjo hace décadas la Ley seca en Estados Unidos es mínima.

Obviamente que luego queda por saber qué margen hay para el abuso de este derecho individual. O si ni siquiera hay un margen, conociendo la naturaleza humana. Sin embargo, los beneficios pueden ser mucho mayores que los perjuicios.

Por su tamaño, por su ubicación geográfica –con respecto a los circuitos del narcotráfico–, por la relativa buena educación de sus ciudadanos, por su larga historia de modernidad y progresismo, Uruguay es el país ideal para poner en marcha este experimento como lo hiciera ya en otras áreas de la vida social.

Sí, es un experimento. Esto no es malo, sino todo lo contrario. Como dice mi amigo Noam Chomsky, debido a que cualquier sociedad posee una altísima complejidad que la hace incomprensible e imprevisible en su totalidad, no es posible hacer cambios radicales sin correr el riesgo de destruir todo lo bueno que se quiere conservar. Por eso, no hay mejor forma de avanzar en los cambios sociales que por progresivos experimentos, por el quizás poco atractivo método de prueba y error.

Como en todo experimento en el que participan seres humanos, es necesario ser moderado y cuidadoso con las personas que podrían resultar negativamente afectadas.

Por otra parte, aún si el experimento fracasara, el Uruguay le estaría haciendo un favor al resto de la humanidad y el país siempre podría revisar y revertir el paso dado.

Jorge Majfud

Jacksonville University

Página/12 (Argentina)

Milenio , Nac. (Mexico)

Panama America (Panama)


Cornel West: La audacia de la crítica

Cover of "Hope on a Tightrope: Words and ...

Cover of Hope on a Tightrope: Words and Wisdom

Milenio (Mexico)

La Republica (Uruguay)

Cornel West:


La audacia de la crítica

Con su inconfundible estilo de afro sin blanquear, Cornel West, el autor deRace Matters (1993), levanta a la gente por donde pasa. No usa peluca ni se alisa el pelo. No se ha dejado engordar. Es un provocador de la talla de Noam Chomsky pero cuando habla desborda energía física: es un trueno que habla con todo su cuerpo. Suele vestir un austero traje negro que acomoda por detrás del cuello con un tic que anuncia una conclusión en forma de pregunta.

A diferencia de Noam Chomsky, West combina el ritmo y la pasión proselitista del pastor norteamericano con la protesta aguda del activista. Es lo que se conoce como “profesor estrella”, género casi desconocido en America latina y que en las populosas clases universitarias de Europa y Estados Unidos le hacen sombra a las estrellas de Hollywood o de la NBA. Frantz Fanon fue otro filósofo negro que dejó una huella indeleble en el pensamiento de la segunda mitad del siglo XX, reconocido por Jean-Paul Sartre y practicado por Ernesto Che Guevara y Paulo Freire en América Latina. Pero el psiquiatra caribeño-argelino, autor del precoz ensayo postcolonialista Peau noire, masques blancs (1952) no recibió en vida el crédito que hoy la academia norteamericana le reconoce sino persecución, descrédito y, por momentos, injusto olvido. Cuando no la burla propagandística de la derecha latinoamericana.

Como Friedrich Nietzsche, Cornel West es un profesor y filosofo de combate. Como Nietzsche, combina en sus intereses y convicciones el pensamiento y la música. Pero West es un rebelde cristiano. Si en Nietzsche la palabra es poder, en West es justicia, “la forma que toma el amor en público”. Lejos de la definición nietzscheana del cristianismo tradicional y lejos también de la teología de humillaciónde la tradición europea, en West el cristianismo retoma los valores que debió tener antes de Constantino.

En su último libro, Hope On a Tightrope (La esperanza en la cuerda floja), West vuelve en un estilo poco académico. Pero este estilo de lectura fácil, elegante, más próximo a Kahlil Gibran que a Edward Said, sin conceptos complejos, tiene la virtud de la comunicación popular. Casi no hay personaje histórico que no sea fácilmente reconocido por lectores no especializados. Entre sus páginas Napoleón y tantos otros dejan de ser grandes sin el criterio militar que escribió la historia para los textos de educación primaria. “Occidente llama grande a Churchill —anota West—. Él creía que los negros eran subhumanos. Estaba con Mussolini. Fue grande resistiendo a los nazis para el imperio británico. Puedo reconocérselo. […] Pero no piense usted que solo porque su sufrimiento está en el centro de su discusión por eso puede pasar por alto el mío” (167).

Su perfil de cristiano vuelto intelectual critico y radical se resume en la frase que nos recuerda, literalmente pero sin Dios, a Che Guevara: “Cualquier resistencia a la injusticia, sea en Estados Unidos, en Egipto, en Cuba, en Arabia Saudita, es una actividad dirigida por Dios, porque la indignación contra el trato cruel de cualquier grupo de personas es un eco de la voz divina para todos aquellos de nosotros que consideramos la cruz con seriedad” (169). Luego: “MLK lo dijo claramente cuando dijo que ‘la matanza criminal de los vietnamitas, especialmente los niños, es un signo de la brutalidad americana” (169). Tres días antes de su asesinato, MLK había preparado un discurso llamado “Por qué America se puede ir al infierno” (170). Pero la desmemoria histórica es un instrumento de gran utilidad. “En 1969 los Panteras Negras solían leer en público algunos fragmentos de la declaración de independencia. Y eso molestaba a la gente. Yo escuché a Huey Newton leer esto cuando salió de prisión. La gente decía, ‘¿Qué doctrina revolucionaria nos está leyendo ahora?’ Era la Declaración de Independencia de Jefferson” (173).

Refiriéndose al jazz, el blues y el hip-hop como formas de expresión, escape y reivindicación de las clases negras oprimidas, hoy adoptados mundialmente, West entiende que “ninguna otra clase social en Estados Unidos puede considerarse creadora de la más importante fuerza cultural en el planeta” (179). Lo cual es erróneo si consideramos que, precisamente Hollywood y otras industrias culturales, diseñadas para consolidar la supremacía que se critica, la supremacía imperial, ha sido de hecho la fuerza cultural más importante del mundo, creado por la clase dominante norteamericana.

Con respecto a las Américas del Sur, West recuerda por donde va que “Estados Unidos ha intervenido militarmente en América latina más de cien veces en los últimos 162 años. Es muy difícil para un gobierno luchar contra el terrorismo con la democracia, cuando ha institucionalizado políticas militaristas que con frecuencia han apoyado regimenes antidemocráticos cuando no ha derribado regimenes democráticos. La ‘seguridad nacional’ se ha vuelto más que un término elástico. Ahora justifica la agresión imperial estadounidense e invasiones preventivas y guerras en nombre de la democracia. Pero la tiranía nunca puede ser promovida como democracia” (179).

Otros aforismos breves, simples, anotaciones al margen acompañan el último libro de West que alude al título y a la muletilla más conocida de uno de los amigos del autor, el presidente Barack Obama (The Audacity of Hope, 2006/La audacia de la esperanza). Pero cuando habla, West no es condescendiente con su “hermano” Obama. Todo lo contrario. Pocos días atrás, en la capilla de Lincoln University definió el problema de una forma simple: no hay que mirar si hay un negro en la cúpula sino cuantos negros hay todavía en el sótano. Quizás los académicos se aburran leyendo frases como “solo más democracia puede mejorar la suerte de las victimas de la democracia americana”.

Pero el West oral es bastante más persuasivo que el West escrito, lo que ya es demasiado. Cierta vez, en una mesa redonda sobre Setiembre 11, Bill Maher le preguntó si creía en las teorías de la conspiración. West respondió con un estilo que refleja su filosa inteligencia: “No. Yo sé que el mundo es un lugar misterioso. Sé que suelen tomarse decisiones en secreto. Pero no creo en ninguna conspiración”.

Cuando un estudiante le preguntó por qué enseñaba en la elitista Princeton University, Cornel West confirmó: todos podemos hacer algo desde cualquier lugar donde estemos. Sin duda, esa voz se escucha más fuerte desde Princeton. Por lo menos para las masas, se escucha más fuerte que valiente y también lúcida voz de Frantz Fanon, por un tiempo apagada entre el polvo de Argelia, reverberando como un susurro entre los anaqueles de las faraónicas bibliotecas norteamericanas.

Jorge Majfud

Lincoln University, april 2009.

Eduardo Galeano

LOS OJOS ABIERTOS DE AMERICA LATINA

Son muy pocos los casos de escritores que sostienen una total indiferencia por la ética de su trabajo. No son pocos los que han entendido que en la práctica literaria es posible separar la ética de la estética. Jorge Luis Borges, no sin maestría, practicó una forma de política de la neutralidad estética y quizás estuvo convencido de esta posibilidad. Así, el universalismo del precoz posmodernismo borgeano no era otra cosa que el mismo eurocentrismo de la Era Moderna matizado con el exotismo propio de un imperio que, como el británico, se aferraba con la nostalgia de viejo decadente a los misterios de la India sometida y de las noches de una Arabia fuera de los peligros de la historia. No era el reconocimiento de la diversidad –de la igual libertad– sino la confirmación de la superioridad del canon europeo adornado con souvenirs y botines de guerra.

Quizás hubo un tiempo en que verdad, ética y estética eran lo mismo. Quizás fueron los tiempos del mito. También ha sido un rasgo propio de lo que llamamos literatura del compromiso. No una literatura hecha para la política sino una literatura integral, donde el texto y el autor, la ética y la estética van juntos; donde literatura y metaliteratura son la misma cosa. Diferente ha sido el pensamiento publicitario de la posmodernidad, estratégicamente fragmentado sin conexiones posibles. Legitimados por esta moda cultural, los críticos del establishment se dedicaron a rechazar cualquier valor político, ético o epistemológico de un texto literario. Para este tipo de superstición, el autor, su contexto, sus prejuicios y los prejuicios de los lectores quedaban fuera del texto puro, destilado de toda contaminación humana. Pero ¿qué quedaría de un texto si le quitamos todo lo metaliterario? ¿Por qué el mármol, el terciopelo o el sexo repetido hasta el vacío habrían de ser más literarios que el erotismo, un drama social o la lucha por la verdad histórica? Rodolfo Walsh dijo que una máquina de escribir podía ser un abanico o una pistola. ¿No ha sido esta fragmentación y posterior destilación una estrategia crítica para convertir la escritura en un juego inocente, en un calmante más que en un instrumento de inquisición contra la musculatura del poder?

En su nuevo libro Eduardo Galeano contesta estas preguntas con su inconfundible estilo –Borges reconocería: con amable desdén–, sin ocuparse de ellas. Como sus libros anteriores desde Días y noches de amor y de guerra (1978), Espejos está organizado con la fragmentación posmoderna de la cápsula breve. No obstante todo el libro, como el resto de su obra, muestra una inquebrantable unidad. Su estética y sus convicciones éticas también. Aun en medio de las más violentas tormentas ideológicas que sacudieron la más reciente historia, esta nave no se ha resquebrajado.

Espejos amplía a otros continentes el área geográfica de América latina que había caracterizado por décadas el interés principal de Eduardo Galeano. Su técnica narrativa es la misma que de la trilogía Memoria del Fuego (1982-1986): con un narrador impersonal que cumple con el propósito de aproximarse a la voz anónima y plural de “los otros” y evitando la anécdota personal, con un orden temático algunas veces y con un orden cronológico casi siempre, el libro se inicia con los mitos cosmogónicos y culmina en nuestros tiempos. Cada breve texto es una reflexión ética, casi siempre reveladora de una realidad dolorosa y con el invalorable consuelo de la belleza de la narración. Quizás no otro es el principio de la tragedia griega: la lección y la conmoción, la esperanza y la resignación o la lección mayor del fracaso. Como en sus libros anteriores, el paradigma del escritor comprometido latinoamericano, y sobre todo el paradigma de Eduardo Galeano, parece reconstruirse una vez más: la historia puede progresar, pero ese progreso ético-estético tiene por destino utópico el origen mítico y por instrumentos de lucha la memoria y la conciencia de la opresión. El progreso consiste en una regeneración, en la recreación de la humanidad tal como lo hiciera el más sabio, justo y vulnerable de los dioses amerindios, el hombre-dios Quetzalcóatl.

Si quitásemos el código ético desde el cual se realiza la lectura de cada texto, Espejos estallaría en fragmentos brillantes; pero no reflejarían nada. Si quitásemos la maestría estética con la cual fue escrito este libro dejaría de ser memorable. Como los mitos, como el pensamiento mítico que reivindica su autor, no hay forma de separar una parte del todo sin alterar el sagrado orden del cosmos. Cada parte no es sólo un fragmento alienado sino una pequeña pieza que ha desenterrado un arqueólogo consecuente. La pequeña pieza vale por sí sola, pero mucho más vale por los otros fragmentos que han sido ordenados y éstos valen aún más por aquellos fragmentos que se han perdido y que ahora se revelan por los espacios vacíos que se han formado, revelando el jarrón, toda una civilización sepultada por el viento y la barbarie.

La primera ley del narrador, no aburrir, se cumple. La primera ley del intelectual comprometido también: en ningún caso la diversión se convierte en narcótico sino en lúcido placer estético.

Espejos ha sido publicada este año simultáneamente en España, México y Argentina por Siglo XXI, y en Uruguay por Ediciones del Chanchito. Esta última continúa una colección ya clásica de tapas negras alcanzando el número 15, representado significativamente con la letra ñ. Los textos van acompañados de ilustraciones a manera de pequeñas viñetas que recuerdan el cuidadoso arte de la edición de libros en el Renacimiento además de la época juvenil del autor como dibujante. Aunque su concepción del mundo lo lleva a pensar de forma estructural, es difícil imaginarse a Eduardo Galeano pasando por alto algún detalle. Como buen joyero de la palabra que pule en búsqueda cada uno de sus diferentes reflejos, así también es cuidadoso en las ediciones de sus libros como objetos de arte.

Con cada entrega, este icono de la literatura latinoamericana nos confirma que otros premios formales, como el Premio Cervantes, se están demorando demasiado.

Jorge Majfud

Lincoln University, Mayo 2008

Eduardo Galeano:

The Open Eyes of Latin America

On Mirrors, Stories of Almost Everyone

There are very few cases of writers who maintain total indifference toward the ethics of their work. There are not so few who have understood that in the practice of literature it is possible to separate ethics from aesthetics. Jorge Luis Borges, not without mastery, practiced a kind of politics of aesthetic neutrality and was perhaps convinced this was possible. Thus, the universalism of Borges’ precocious postmodernism was nothing more than the very eurocentrism of the Modern Age nuanced with the exoticism proper to an empire that, much like the British empire, held closely to the old decadent nostalgia for the mysteries of a colonized India and for Arabian nights removed from the dangers of history. It was not recognition of diversity—of equal freedom—but confirmation of the superiority of the European canon adorned with the souvenirs and booty of war.

Perhaps there was a time in which truth, ethics and aesthetics were one and the same. Perhaps those were the times of myth. This also has been characteristic of what we call committed literature. Not a literature made for politics but an integral literature, where the text and the author, ethics and aesthetics, go together; where literature and metaliterarure are the same thing. The marketing thought of postmodernity has been different, strategically fragmented without possible connections. Legitimated by this cultural fashion, critics of the establishment dedicated themselves to rejecting any political, ethical or epistemological value for a literary text. For this kind of superstition, the author, the author’s context, the author’s prejudices and the prejudices of the readers remained outside the pure text, distilled from all human contamination. But, what would remain of a text is we took away from it all of its metaliterary qualities? Why must marble, velvet or sex repeated until void of meaning be more literary than eroticism, a social drama or the struggle for historical truth? Rodolfo Walsh said that a typewriter could be a fan or a pistol. Has this fragmentation and later distillation not been a critical strategy for turning writing into an innocent game, into more of a tranquilizer than an instrument of inquiry against the musculature of power?

In his new book, Eduardo Galeano responds to these questions with unmistakable style—Borges would recognize: with kind contempt—without concerning himself with them. Like his previous books, since Days and Nights of Love and War (1978), Mirrors is organized with the postmodern fragmentation of the brief capsule narrative. Nevertheless the entire book, like the rest of his work, evinces an unbreakable unity. His aesthetics and his ethical convictions as well. Even in the midst of the most violent ideological storms that shook recent history, this ship has not broken up.

Mirrors expands to other continents from the geographical area of Latin America that had characterized for decades Eduardo Galeano’s main interest. His narrative technique is the same as in the trilogy Memory of Fire (1982-1986): with an impersonal narrator who fulfills the purpose of approaching the anonymous and plural voice of “the others” and avoiding personal anecdote, with a thematic order at times and almost always with a chronological order, the book begins with the cosmogonic myths and culminates in our times. Each brief text is an ethical reflection, almost always revealing a painful reality and with the invaluable consolation of a beautiful narration. Perhaps the principle of Greek tragedy is none other than this: lesson and commotion, hope and resignation or the greater lesson of failure. As in his previous books, the paradigm of the committed Latin American writer, and above all the paradigm of Eduardo Galeano, seems to be reconstructed once again: history can progress, but that ethical-aesthetical progress has mythical origin for its utopian destination and memory and awareness of oppression for its instruments. Progress consists of regeneration, of the recreation of humanity in the same manner as the wisest, most just and most vulnerable of the Amerindian gods, the man-god Quetzalcóatl, would have done it.

If we were to remove the ethical code with which each text is read, Mirrorswould shatter into brilliant fragments; but it would reflect nothing. If we were to remove the aesthetic mastery with which this book was written it would cease to be memorable. Like myths, like the mythical thought redeemed by the author, there is no way of separating one part from the whole without altering the sacred order of the cosmos. Each part is not only an alienated fragment but a tiny object that has been unearthed by a principled archeologist. The tiny object is valuable in its own right, but much is more valuable due to the other fragments that have been organized around it, and these latter become even more valuable due to those fragments that have been lost and that are now revealed in the empty spaces that have been formed, revealing an urn, an entire civilization buried by wind and barbarism.

The first law of the narrator, to not be boring, is respected. The first law of the committed intellectual as well: never does entertainment become a narcotic instead of a lucid aesthetic pleasure.

Mirrors has been published this year simultaneously in Spain, Mexico, and Argentina by Siglo XXI, and in Uruguay by Ediciones del Chanchito. The latter continues an already classic collection of black cover books which has reached number 15, represented meaningfully with the Spanish letter ñ. The texts are accompanied with illustrations in the manner of little vignettes that recall the careful art of book publishing in the Renaissance, in addition to the author’s drawings as a young man. Even though his conception of the world leads him to think structurally, it is difficult to imagine Eduardo Galeano skipping over any detail. Like a good jeweler of the word who polishes in search of every one of his different reflections, he is equally careful in the publication of his books as works of art. The English edition, Mirrors, Stories of Almost Everyone, translated by Mark Fried, will be published by Nation Books.

With each new contribution, this icon of Latin American literature confirms for us that additional formal prizes, like the Cervantes Prize, should not be long in coming.

Dr. Jorge Majfud, Lincoln University

Translated by Dr. Bruce Campbell, St. John’s University

Notas al margen de la autopista

Thomas Mann with Albert Einstein in Princeton,...

Image via Wikipedia

Bitacora (La Republica)

Notas al margen de la autopista


Desde hace unos años tengo por costumbre no leer escritos o comentarios anónimos. Cierta vez, en el foro digital de un importante diario, pegué de forma anónima un texto sobre algunas virtudes del socialismo. No se trataba de un texto especialmente brillante, pero me interesó el experimento.
Una lluvia de respuestas y comentarios insultaron al autor del texto. Abundaban calificaciones como “retardado mental”, “analfaveto”, “idiota” y “pobre frustrado”.
El texto era de un señor llamado Albert Einstein, aquel humilde doctor en física que vivía ahí en frente, en la calle Mercer 112, entre los tupidos bosques de Princeton University.
Las malas lenguas dicen que no era buen esposo, pero nunca nadie confirmó algún tipo de retardo mental, de idiotismo o de frustración personal. Excepto los retardados mentales que a principios del siglo XX demostraron que la teoría de la relatividad era falsa porque se le había ocurrido a un judío.
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El recurrente y sistemático compromiso en las redes sociales son los compromisos menos comprometidos de la historia. Hacer un clic perezoso para mostrar nuestro apoyo o nuestra condena hacia una causa sirve más de alimento a nuestros egos que a la causa. En el mejor de los casos sirve para un lavado clorhídrico de conciencia, para mostrar a los demás y demostrarnos a nosotros mismos todo lo bueno y políticamente correcto que somos o podemos ser.
Pero sin sacrificio no hay compromiso y por eso la sociedad virtual es incapaz de cualquier compromiso más allá del esnobismo, del voyeurismo y, ante todo, de ese narcisismo vacío como una cáscara de huevo llena de emociones prefabricadas que caben en el microscópico jeroglífico de dos puntos y un paréntesis.
Tal vez lo único real de una sociedad virtual es su propia frustración cuando, amparada en el anonimato, afloran las emociones reprimidas en sus formas más autenticas.
En las sociedades virtuales las virtudes son simbólicas, como los individuos, como su democracia y su libertad.
La insistencia sobre la libertad y la autenticidad, el valor prefabricado de ser-uno-mismo del nuevo individuo se parece a la publicidad de un auto pequeño que insiste sobre las virtudes de su gran espacio interior.
Y pese a tanto desencanto, todavía creo que alguna vez el juguete se convertirá en herramienta de acción y liberación.
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Una buen aparte de la generación de la televisión se acostumbró a la propaganda fragmentada. Una buena parte de la generación de la era digital ya no puede vivir sin la microfisura, sin un permanente coitus interruptus.
El habitante de estos luminosos cementerios no puede bucear una hora en un mismo concepto, no puede leer doscientas páginas o cincuenta mil palabras, no puede retener conceptos abstractos. No se siente cómodo si no interrumpe lo que está haciendo con algún clic, algún update.
Sin embargo, el hombre microfragmentado posee un ego de hierro. Famoso por diez segundos, genio por tres palabras y un clic, su dialéctica es el insulto anónimo y los argumentos desarticulados en unos pocos párrafos. Porque solo su ego es más grande que su infinita pereza.
Me incluyo entre las dos generaciones; comparto, sufro y cada día lucho contra esos males que son los míos también. Porque la red luminosa es como un gran agujero negro que chupa todo lo que anda a su alrededor. La naturaleza sustituta comienza chupando el cerebro, luego el cuerpo y finalmente chupa al orgulloso individuo que ha dejado de ser un individuo.
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Los conservadores más reaccionarios siempre estigmatiza todo lo intelectual y a todo intelectual que cuestione su concepto de realidad. Uno de sus placeres principales consiste en pensar y declarar sobre la inferioridad intelectual de los intelectuales. En muchos países suelen encabezar la lista de los diez idiotas más idiotas.
A los reaccionarios que confunden la realidad con lo que ven y lo que ven con lo que piensan que ven los obsesiona la necesidad de poseer una idea realista del universo, casi tan realista como la perspectiva que tienen los caballos y las vacas en el campo.
Como si el concepto de realidad de estos reaccionarios fuese la realidad misma y no una ilusión petrificada que en cerebros calcinados adquiere aspecto de una realidad incuestionable. Incuestionables como la planicie de la Tierra, las inmensas tortugas que sostenían el mundo, las brujas que producían mal tiempo y por lo cual en la vieja Europa se solían torturar hasta la muerte o simplemente quemarlas en la hoguera en nombre de la verdad y en defensa de la realidad.
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Los arengadores radiales, portavoces e incitadores de la derecha norteamericana, se burlan del tono y del estilo de voz de Bill Clinton y de Noam Chomsky. Se ríen y se burlan con el tono y el estilo de voz de los pastores protestantes en plena faena.
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Hace por lo menos diez mil años los mercados eran el centro de la vida de los pueblos. Allí se juntaban los colores y los olores de la experiencia humana, las ideas y las pasiones, el dinero y la plegaria al Supremo, la duda y la certeza.
Hace por lo menos diez mil años las artes y las religiones, las ciencias y las ideas, los idiomas y las historias se traficaban con las alfombras y los dátiles, las pieles y las perlas, la sal y el azúcar, los cuchillos y los espejos.
Ahora los mercados son historia silenciosa o ruidoso recurso de los turistas. Algo queda de lo que fue. Aunque sea una sombra colorida, un rumor bullicioso.
Ahora los mercados bursátiles son el centro donde van a morir las ideas y las pasiones, el dinero y la plegaria al Supremo, los idiomas y las historias, la experiencia humana y su memoria, la duda y la certeza.
Ahora los pueblos, si se pueden llamar pueblos, ahora los individuos, si se pueden llamar individuos, están ligados, enlazados a sus conexiones.
Ahora las redes sociales son los nuevos cementerios de la sociedad.
Sí, de vez en cuando es bueno visitar los cementerios, recordar familiares que ya no están, amigos que ya no son o no son lo que fueron.
Lo triste es quedarse a vivir allí en el cementerio, sin la experiencia humana, sin la vida de carne y hueso de las antiguas ciudades.
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La historia, los pueblos, las masas, la propaganda masiva ha glorificado la guerra, ha honrado a sus soldados, ha venerado a sus héroes, ha premiado a sus administradores, ha agradecido a sus inventores, ha disculpado, ha protegido, ha perdonado a los promotores de crímenes en masa cuando no han tenido éxito ni han sido derrotados del todo, ha endiosado el pragmatismo de los estadistas que tuvieron éxito en perpetuar los peores crímenes contra la humanidad en nombre de alguna causa noble como Dios, la patria, la libertad o el derecho a la defensa propia luego que los enemigos se atrevieron a ejercer su derecho a la defensa propia.
Pero habrá que decirlo de forma más directa y objetiva. La guerra es una perfecta mierda. Y perdón por la palabra. La mierda no se merece semejante comparación. La mierda abona los huertos y las praderas y así produce y reproduce la vida. La guerra, en cambio, solo produce y reproduce muerte y más muerte.
Jorge Majfud, PhD
Mayo 2010

Estado de contradicción

Athletics Nijmegen - sprint pose

Estado de contradicción


* El país industrializado con mayores problemas raciales contra los negros es el país que primero puso a un negro en la Presidencia y a toda una familia de negros en la Casa Blanca.

* El país que como pocos ha discriminado a los negros a lo largo de su historia, es el país donde no se puede pronunciar la palabra negro sin riesgo de ofender a los negros.

* El país donde los derechos y las oportunidades laborales de las mujeres han alcanzado niveles históricos, es el país que nunca ha tenido una presidenta o vicepresidenta.

* El país que inventó las ciudades de rascacielos define su estilo de vida por sus casas rodeadas de árboles y extensas sábanas de césped, mientras que los descendientes de los africanos que habitaban las calientes selvas de Africa ahora se concentran en los centros más urbanos de las frías ciudades de los rascacielos.

* El país cuya cultura afro, como el blues o el rap, se distingue por su tristeza o por su rebeldía intrascendente, procede de las culturas africanas que en Africa y en el Caribe se distinguen por su alegría. El dolor distintivo de esta cultura y la violencia que no libera, como la religión, la lengua, la ideología y todo lo que no se refiera a la biología de los negros norteamericanos procede de Europa. Razón por la cual los afroamericanos deberían llamarse euroamericanos, si no considerásemos algo tan superficial como el color de la piel.

* El país que tiene una de las ciudades con más problemas de violencia por armas de fuego se llama Filadelfia, que significa amor fraternal.

* El país donde sus patriotas más conservadores han impuesto la idea de que su país es fundamentalmente cristiano y conservador fue fundado por un puñado de políticos y filósofos ilustrados, anarquistas, revolucionarios y por lo menos laicos, seculares o agnósticos.

* El primer país del mundo que se funda en base al secularismo, a la separación del Estado y la religión, es el país de Occidente donde la religión es más omnipresente y decisiva en la sociedad, en la política y en el gobierno.

* El país donde con más rigor se cumple la ley, donde la autoridad se respeta más, donde los ciudadanos comunes son más respetuosos de las reglas, las normas y los derechos ajenos es uno de los países que con más frecuencia y con mayor gravedad ha violado las leyes internacionales.

* En el país donde más odian tener algún tipo de gobierno que se meta en la vida privada de los ciudadanos es el país donde primero se puso en práctica el espionaje panóptico en la vida privada de sus ciudadanos y donde los ciudadanos más reclaman del gobierno un control estricto de las personas sospechosas, que vienen a ser todas aquellas que están de acuerdo con tener algún tipo de gobierno.

* En los estados más industrializados del país más industrializado del mundo viven los Amish, quienes andan en algunas autopistas con sus carritos tirados por caballos. Todo para no contaminarse de las contradicciones del mundo industrializado.

* El país que tiene al intelectual vivo más citado del mundo y sólo menos citado que Marx entre los muertos, Noam Chomsky, es sistemáticamente criticado por su intelectual más reconocido y citado en el mundo.

* El país que suele arrasar con los premios Nobel, el país que monopoliza los ranking de las mejores universidades del mundo, el país que más ha contribuido con inventos, descubrimientos y teorías madres en más de un siglo, es el país que tiene la población más ignorante en geografía, historia, matemáticas, filosofía, física y todo lo que tenga que ver con algún conocimiento sofisticado.

* El país que tiene más medallas olímpicas de la historia, que más ha acumulado récords en los juegos de invierno y de verano, es el país donde la gente más anda y menos camina, es el país con los mayores problemas de obesidad en el mundo.

* Es también el país donde los pobres sufren de obesidad y los ricos y educados parecen hambrientos.

* Es el país donde una hamburguesa con papas fritas y Coca-Cola cuesta 5,99 dólares y sin Coca-Cola cuesta 6,35.

* Es el país cuyos estados más liberales, los del noreste, son estados católicos y cuyos estados más conservadores, los del sur, son estados protestantes.

* Es el país donde sus religiosos más conservadores y que más profesan la religión del amor de Cristo y la otra mejilla por la no violencia, son aquellos que con más vehemencia defienden el derecho a portar armas, tienen clubes de caza, poderosas asociaciones de rifles, son los únicos en justificar las bombas de Hiroshima y Nagasaki y los primeros en promover intervenciones militares en otras partes del mundo que no han entendido en qué consiste el amor.

* Es el país con la mayor influencia política del mundo y a cuyos habitantes y votantes menos se interesa la política.

* El país por el cual el mundo entero celebra con el feriado más universal el día de los trabajadores, no celebra ni recuerda ese día.

* Es el país que ha globalizado la contradicción radical del narcisismo voyerista, principal característica de la generación virtual.

* Es el país que ha logrado reemplazar la política y la ideología por la economía, lo que significa un radical triunfo político e ideológico a escala mundial.

* Ese país es, también, el país más criticado del mundo, por propios y por ajenos, y es, al mismo tiempo, el país más imitado. Sobre todo por los países emergentes, según la definición de sumergidos desarrollada por el país emergido.

|*| Jacksonville University.

Abril 2010.