La silenciosa utopía que cambió el mundo (I)

La silenciosa utopía que cambió el mundo (II)

Reflexiones complementarias para la presenteción “Humanist Voice in an Often Inhumane World: The Essay Writing of Jorge Majfud”, de Dr. J. Goldstein. Georgia Southern University, Jueves 29 de marzo de 2012.

 

El humanismo: la silenciosa utopía que cambió el mundo (I)

 

Más allá de las variaciones, de las ambigüedades y contradicciones que podemos observar en lo que llamamos “humanismo”, como en cualquier fenómeno histórico y, sobre todo, humano, creo que también podemos entender con una relativa claridad el Humanismo, básicamente desde dos puntos de vista, uno diacrónico y otro sincrónico.

Montaigne Essais Manuscript

El primero, por referirse a la historia, es más “objetivo”, es decir, es más fácilmente contrastable con la literatura y el mar de documentos que nos han llegado. El segundo, se refiere más a una concepción filosófica de lo que es.

Empecemos por el segundo:

Sincrónico

Cada vez que en alguna clase menciono algún fenómeno social o algunos valores individuales como relativos al humanismo, mis estudiantes casi automáticamente piensan que estoy recurriendo a una explicación atea. Para algunos, humanismo y marxismo serían casi la misma cosa. Este error conceptual no es casualidad, ya que es el mismo que se asume en los medios y en muchos libros, incluso en algunos libros académicos de las últimas décadas.Para mí decir que el humanismo es una concepción atea es tan erróneo como decir que Dios y religión son la misma cosa. Hoy en día, sobre todo entre los grupos más conservadores, la sola idea de que alguien pueda prescindir de una religión para tener alguna idea o creencia de Dios es por lo menos inconcebible. El rechazo espontáneo es similar al que debió experimentar D. F. Sarmiento al anarquismo de los gauchos. Al mismo tiempo que estos grupos insisten en definirse como apolíticos, en negar que la muerte de Jesús fue (además) un hecho radicalmente político, se empeñan en mezclar política con religión.

Si tuviese que destilar o abstraer al máximo el primer rasgo “necesario” que define el pensamiento humanista diría que radica en la libertad del individuo. No me refiero a ese fetiche político del cual se ha abusado en los dos últimos siglos y, sobre todo, en las últimas décadas. Me refiero a un grado relativo, probablemente mínimo, de libertad concreta en un individuo concreto. Libertad de pensamiento y libertad de acción.

El marxismo más radical (a juzgar por los artículos que publicó durante diez años en The New York Daily Tribune, Karl Marx no era un típico marxista) no podía ser un humanismo porque consideraba que las ideas (y todo aquello perteneciente a la superestructura) era una consecuencia directa de la base, de las condiciones económicas, productivas, etc. Este aporte intelectual del marxismo es de una importancia histórica inconmensurable (de hecho explica el largo fracaso de algunos humanistas, laicos y religiosos, que por siglos lucharon contra la esclavitud y debieron esperar hasta la Revolución industrial, a las nuevas condiciones de producción y explotación para que sus valores morales se impusieran). Pero la verdad, como siempre, no se termina allí y, con frecuencia, resiste y destruye cualquier confortable convicción. En este sentido el marxismo más radical y panfletario era (o es) “anti-humanista” por lo que tenía de determinista. En oposición (no sin cierto grado de paradoja) estaría el intento de Jean Paul Sarte de reconciliar el existencialismo con el marxismo. Las corrientes existencialistas han sido básicamente corrientes humanistas, desde el existencialismo religioso de Soren Kierkegaard hasta el existencialismo ateo de Jean Paul Sartre, por el rol decisivo, central, que tenía el concepto de libertad individual (con sus implicaciones emocionales, antes que racionales).

Lo mismo podemos observar en ciertas corrientes religiosas, protestantes o islámicas, que tienen una concepción fatalista del destino del individuo y de la humanidad: el destino está escrito, decidido de antemano; no hay nada que un individuo pueda hacer para salvarse o perderse, etc. Todas estas son concepciones anti-humanistas porque no reconocen la libertad, el libre albedrío, como facultades definitorias del ser humano.

Lo mismo el capitalismo: cada vez que, como ideología, la libertad se reduce a una libertad de mercado pero en su extremo todo se reduce a la ley de oferta y demanda, a “la mano invisible del mercado”, entonces el destino humano estaría regido por una fatalidad meta-humana, divina o material, y, por lo tanto, no es un humanismo.

Ahora, ¿dónde radica a capacidad de libertad de un individuo? Por supuesto que lo primero que uno piensa es en la libertad física y los ejemplos de personas encarceladas o esclavizadas por sus problemas económicos surgen casi de forma automática. Esto es una parte importante del problema, pero no es toda, ya que es parte de la condición humana estar limitados por barreras materiales, unas que permiten mucho espacio y otras que son capaces de aplastar a un ser humano, como lo es la tortura física y psicológica, la violencia física y moral.

Pero creo que en su sentido más profundo la libertad se basa y se define en la capacidad creadora del individuo, más allá de las condiciones favorables o desfavorables en las que se encuentra.

Es decir, si bien es cierto que casi todas nuestras ideas proceden de algún lado, son heredadas o producto de unas condiciones económicas, sociales y culturales dadas, también es cierto que hay un espacio, aunque sea mínimo, para la creatividad, para lograr que la combinación de dos elementos genere un tercer elemento nuevo, diferente. De otra forma, la historia siempre se repetiría mecánicamente, y si bien creo que en lo más profundo nuestra condición humana no ha cambiado mucho en los últimos milenios, que repetimos de forma inadvertida historias similares a la de nuestros abuelos y antepasados, también entiendo que la libertad está en cada variación y en cada decisión de ser o de hacer algo diferente a lo que podría indicar la rutina y el sentido común.

Cada vez que elegimos no seguir al primer instinto, el primer impulso, la mecanicidad de un acto rutinario, cada vez que elegimos cambiar con algún propósito y no sólo somos concientes de nuestras condiciones dadas sino que además dirigimos nuestras acciones por caminos nuevos, estamos ejercitando cierto grado de creatividad, es decir, cierto grado de libertad. Es decir, es en ese preciso memento en que estamos siendo humanos. Y cuando lo reconocemos y lo revindicamos, además de humanos somos humanistas.

(continúa)

La silenciosa utopía que cambió el mundo (II)

 

Jorge Majfud

Jacksonville University, marzo 2012.

majfud.org 

Milenio , II (Mexico)

Ron Paul and Right-Wing Anarchy

Ron Paul et l’anarchisme de droite (French)

Ron Paul y el anarquismo de derecha (Spanish)

Special Reports

Ron Paul and Right-Wing Anarchy

by Jorge Majfud

Scandalized by the misery that he had found in the poorer classes of the powerful French nation, Thomas Jefferson wrote to Madison, informing him that this was the consequence of the “unequal division of property.” France’s wealth, thought Jefferson, was concentrated in very few hands, which caused the masses be unemployed and forced them to beg. He also recognized that “the equal distribution of property is impracticable,” but acknowledged that marked differences led to misery. If one wanted to preserve the utopian project for liberty in America, no longer for reasons of justice only, it was urgently necessary to insure that the laws would divide the properties obtained through inheritance so that they might be equally distributed among descendants (Bailyn 2003, 57). Thus, in 1776 Jefferson abolished the laws in his state that priveleged inheritors, and established that all adult persons who did not possess 50 acres of land would receive them from the state, since “the land belongs to the living, not the dead” (58).

Jefferson once expressed his belief that if he had to choose between a government without newspapers and newspapers without a government, he would choose the latter. Like the majority of his founding peers, he was famous for other libertarian ideas, for his moderate anarquism, and for an assortment of other contradictions.

Ron Paul: Carrying Jefferson’s torch in a hostile environment?

Maybe nowadays Ron Paul is a type of postmodern incarnation of that president and erudite philosopher. Perhaps for that same reason he has been displaced by Sarah Palin as representing the definition of what it means to be a supposedly good conservative. In addition to being a medical doctor, a representative for Texas, and one of the historic leaders of the Libertarian movement, Paul is probably the true founder of the non-existent Tea Party.

If anything has differentiated neoconservative Republicans from liberal Democrats during the last few decades, it has been the former’s strong international interventionism with messianic influences or its tendency to legislate against homosexual marriage. On the other hand, if anything has characterized the strong criticism and legislative practice of Ron Paul, it has been his proposal to eliminate the central bank of the United States, his opposition to the meddling of the state in the matter of defining what is or should be a marriage, and his opposition to all kinds of interventionism in the affairs of other nations.

A good example of this was the Republican Party debate in Miami in December of 2007. While the rest of the candidates dedicated themselves to repeating prefabricated sentences that set off rounds of applause and stoked the enthusiasm of Miami’s Hispanic community, Ron Paul did not lose the opportunity to repeat his discomforting convictions.

In response to a question from María Elena Salinas about how to deal with the president of Venezuela, Ron Paul simply answered that he was in favor of having a dialogue with Chavez and with Cuba. Of course, the boos echoed throughout the venue. Without waiting for the audience to calm down, he came back with: “But let me tell you why, why we have problems in Central and South America — because we’ve been involved in their internal affairs for a long time, we’ve gotten involved in their business. We created the Chavezes of this world, we’ve created the Castros of this world by interfering and creating chaos in their countries and they’ve responded by taking out their elected leaders…”

The boos ended with the Texan’s argumentative line, until they asked him again about the war in Iraq: “We didn’t have a reason to get involved there, we didn’t declare war [...] I have a different point of view because I respect the Constitution and I listen to the founding fathers, who told us to stay out of the internal affairs of other nations.”

In matters of its internal politics, the Libertarian movement shares various points with the neoconservatives, for example, the idea that inequalities are a consequence of freedom among different individuals with different skills and interests. Hence, the idea of “wealth distribution” is understood by Ron Paul’s followers as an arbitrary act of social injustice. For other neocons, it is simply an outcome of the ideological indoctrination of socialists like Obama. Subsequently, they never lose the opportunity to point out all of the books by Karl Marx that Obama studied, apparently with a passionate interest, at Columbia University, and all of the “Socialist Scholars Conference” meetings that he attended (Radical-in-Chief: Barack Obama and the Untold Story of American Socialism, Stanley Kurtz). Nonetheless, according to the perspective of the libertarians, all of this would fall within the rights of anyone, such as smoking marijuana, as long as one doesn’t try to impose it upon everyone else, which in a president would be at the very least a difficult proposition.

The sacred cow of neoconservative North Americans is liberty (since according to them liberalism is a bad word), as if it had to do with an exalted concept separate from reality. In order to attain it, it would be enough to do away with or reduce everything called state and government, with the exception of the military. Hence, the strong inclination of some people for keeping guns in the hands of individuals, so that they can be used against meddling government power, whether their own or that of others.

Fanatics for total liberty either do not consider or minimize the fact that in order to be free, a certain amount of power is needed. According to Jefferson and Che Guevara, money was only a necessary evil, an outcome of corruption in society and a frequent instrument of robbery. However, in our time (the Greeks in the era of Pericles already knew this), power stems from money. It is enough, then, to have more money in order to be — in social rather than existential terms — freer than a worker who cannot make use of the same degree of liberty to educate his children or to have free time for encouraging his own personal development and intellectual creativity.

At the other extreme, in a large part of Latin America, these days the sacred cow is the “redistribution of wealth” by means of the state. The fact that production can also be poorly distributed is often not considered or is frequently minimized. In this case, the cultural parameters are crucial — there are individuals and groups who create and work for everyone else and who therefore cry out because of the injustice of not getting the benefits that they would deserve if social justice existed. Which is as if a liar were to hide behind a truth in order to safeguard and perpetuate his vices. According to this position, any merit is only the outcome of an oppressive system that doesn’t even allow the idle to put their idleness behind them. So, idleness and robbery are explained by the economic structure and the culture of oppression, which keep entire groups shrouded in ignorance. Which up to a certain point is not untrue. However, it is insufficient for demonstrating the inexistence of perpetual bums and others who are barely equipped for physical or intellectual work. In any case, there should not be redistribution of wealth if there is not first redistribution of production, which would partly be a redistribution of the desire to study, work and take on responsibility for something.

These days, states are necessary evils for protecting the equality of liberty. But at the same time they are the main instrument, as those revolutionary Americans believed, for protecting the privileges of the most powerful and for feeding the moral vices of the weakest.

Jorge Majfud, Jacksonville University.

Washington University Political Review >> Washington University.

http://www.wupr.org/?p=3185

Translated by Dr. Joe Goldstein, Georgia Southern University.

Ron Paul et l’anarchisme de droite.

Thomas Jefferson

Image via Wikipedia

Ron Paul y el anarquismo de derecha (Spanish)

Ron Paul et l’anarchisme de droite

par Jorge Majfud

Choqué par la misère qu’il avait rencontrée dans les classes pauvres de la puissante France, Thomas Jefferson écrivit à Madison que cette misère était le résultat de la « unequal division of property » (« partage inégal de la propriété »). La richesse de la France, pensait Jefferson, était concentrée dans trop peu de mains, ce qui avait pour conséquence le chômage et la mendicité généralisés. Il reconnaissait également que « la répartition égale de la propriété est impraticable », mais les grandes différences engendrent la misère. Si l’on voulait préserver le projet utopique de la liberté en Amérique, pas uniquement pour la justice, il était urgent de garantir par la loi le partage des propriétés obtenues par héritage afin d’assurer une répartition équitable entre les descendants (Baylin 2003, 57). C’est pour cela que, en 1776, Jefferson procéda, dans son État, à l’abolition des lois qui favorisaient certains héritiers et il disposa que toute personne adulte qui ne possèderait pas 50 acres (20 hectares) de terre, les recevrait de l’État, étant donné que « la terre appartient aux vivants et non aux morts » (58).

En certaine occasion, Jefferson affirma que s’il devait choisir entre un gouvernement sans journaux et des journaux sans gouvernement, il prendrait cette dernière option. Comme la plupart des autres pères fondateurs, il se distingua par d’autres idées libertaires, par son anarchisme modéré et par une collection de contradictions diverses. Aujourd’hui, peut-être Ron Paul est-il une espèce de réincarnation postmoderne de ce président et philosophe illustré. C’est peut-être pour cette même raison qu’il a été supplanté par Sarah Palin dans la définition du bon conservateur. Médecin, représentant du Texas et un des leaders historiques du mouvement libertaire, Paul est en outre, probablement, le véritable fondateur de l’inexistant Parti du Thé (Tea Party). Si quelque chose a distingué les républicains néo-conservateurs des démocrates libéraux au cours des dernières décennies c’est son puissant interventionnisme international aux relents messianiques ou ses tendances à légiférer contre le mariage homosexuel. Au contraire, s’il y a quelque chose qui a caractérisé la forte attitude critique et la pratique législative de Ron Paul c’est bien sa proposition d’éliminer la banque centrale des États-Unis, son opposition à l’intrusion de l’État dans la définition de ce qu’est ou doit être le mariage et son opposition à toute espèce d’ingérence dans les affaires d’autres pays.

Le débat du Parti Républicain en décembre 2007 en est une parfaite illustration. Tandis que tous les autres candidats s’employèrent à répéter des phrases toutes faites qui soulevèrent les applaudissements et l’enthousiasme du public hispanique de Miami, Ron Paul ne manqua pas l’occasion de répéter ses embarrassantes convictions.

À la question de María Elena Salinas sur l’attitude à adopter avec le président du Vénézuela, Ron Paul répondit simplement en faveur du dialogue avec Chavez et avec Cuba. Évidemment les huées se firent entendre dans toute la salle. Sans attendre le retour au calme, il contre-attaqua : « Mais laissez-moi vous dire pourquoi, pourquoi nous avons des problèmes en Amérique centrale et en Amérique du sud : parce que nous sommes mêlés à leurs questions internes depuis très longtemps, nous nous sommes immiscés dans leurs affaires. C’est nous qui avons créé tous les Chavez du monde, nous avons créé tous les Castro en intervenant et en créant le chaos dans leurs pays et eux ont répondu en choisissant leurs dirigeants… »

Les huées cessèrent devant les arguments du Texan. On l’interrogea alors sur la guerre en Irak : « Nous n’avions aucune raison de nous engager là-bas, nous n’avions pas déclaré la guerre […] Mon point de vue est différent parce que je respecte la Constitution et je tiens compte de ce que les pères fondateurs nous disent : restez à l’écart des affaires internes des autres nations. »

En politique intérieure, le mouvement Libertaire partage plusieurs positions avec les néo-conservateurs. Par exemple l’idée que les inégalités sont la conséquence de la liberté entre des individus ayant des compétences et des intérêts différents. C’est ainsi que l’idée de « répartition des richesses » est considérée par les partisans de Ron Paul comme un acte arbitraire, une injustice sociale. Pour d’autres néocons, c’est simplement le résultat de l’endoctrinement des socialistes comme Obama. Et de mentionner alors tous les livres de Karl Marx qu’Obama a étudiés, apparemment avec beaucoup d’intérêt, à la Columbia University et de rappeler toutes les réunions des « Socialist Scholars Conference » auxquelles il a assisté (Radical-in-Chief : Barack Obama and the Untold Story of American Socialism, Stanley Kurtz). Néanmoins, aux yeux des libertaires, tout cela relève des droits de tout citoyen, comme fumer de la marihuana, du moment qu’il ne cherche pas à l’imposer à autrui. Ce qui pour un président serait pour le moins difficile.

La vache sacrée des néo-conservateurs étatsuniens c’est la liberté (puisque, pour eux, le libéralisme est un mauvais mot) comme s’il s’agissait d’un aspect indépendant de la réalité. Pour atteindre cette liberté, il suffit d’éliminer ou de réduire tout ce qui a à voir avec l’État ou le Gouvernement. À l’exception de l’armée. D’où la posture de certains en faveur de la détention d’armes par les individus : pour les utiliser contre le pouvoir intrusif d’un gouvernement, d’ici ou d’ailleurs.

Les extrémistes de la liberté absolue ne considèrent pas nécessaire, pour être libres, une certaine part de pouvoir ou, en tout cas, ils en minimisent l’importance. Pour Jefferson et pour Che Guevara, l’argent n’était guère qu’un mal nécessaire, produit de la corruption et outil du vol. Mais, aujourd’hui, le pouvoir (les Grecs de Périclès le savaient déjà) réside dans l’argent. Dès lors, il suffit d’avoir plus d’argent pour être, sur le plan social (et non existentiel) plus libre que le travailleur qui ne peut disposer du même niveau de liberté pour donner une éducation à ses enfants ou pour avoir des loisirs qui stimulent son développement humain et sa créativité intellectuelle.

À l’autre extrême, dans une grande partie de l’Amérique latine, la vache sacrée, aujourd’hui, c’est « la répartition des richesses », grâce à l’État. Souvent on ne prend pas en compte qu’il puisse y avoir une mauvaise répartition de la production ou on n’y accorde que peu d’intérêt. Dans ce domaine, les paramètres culturels sont essentiels : il y a des individus et des groupes qui créent et travaillent pour les autres lesquels ensuite se plaignent de l’injustice parce qu’elles n’obtiennent pas les bénéfices qu’elles mériteraient si la justice sociale existait. C’est comme si un menteur se cachait derrière une vérité pour préserver et pérenniser ses vices. Pour cette position, le mérite est seulement le résultat d’un système oppressif qui ne permet même pas aux paresseux de sortir de leur paresse. Voilà comment la paresse et le vol sont expliqués par la structure économique et la culture de l’oppression qui maintiennent des groupes entiers dans l’ignorance. Ce qui n’est pas si faux jusqu’à un certain point mais qui ne suffit pas à démontrer l’inexistence d’éternels cossards et d’autres faiblement doués pour le travail physique ou intellectuel. Quoi qu’il en soit, il ne devrait pas y avoir de répartition des richesses si, d’abord, il n’y a pas de répartition de la production. Ce qui, en partie, serait également répartition de l’envie d’étudier, de travailler et de prendre des responsabilités. Aujourd’hui, les États sont des maux nécessaires pour protéger l’éga-liberté. Mais, en même temps, ils sont le principal instrument, comme le pensaient les révolutionnaires étatsuniens, pour préserver les privilèges des plus puissants et nourrir le vice moral des plus faibles.

Jorge Majfud, Février 2011
Jacksonville University

Traduction de l’espagnol pour El Correo de : Antonio Lopez.

Oulala (Francia)


What Is an Ideolexicon?

Linguistics logo

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¿Qué es un ideoléxico? (Spanish)

What Is an Ideolexicon?

Jorge Majfud

I have been asked several times to define what I mean by ideolexicon. I have never given the same response, but that is not due to the idea being ambiguous or undefined but quite the contrary.

Although this term is a neologism, I do not believe that at root the idea is original: everything that occurs to us others have already intuited before. It is sufficient to read those ancient Greeks in order to discover there the first indications of Darwin’s theory of evolution (Empedocles), Dalton or Bohr’s atoms (Leucippius or Democritus), Einstein’s mass-energy equivalency (Heraclitus), modern epistemology (idem), Freud’s bicephalic psyche (Plato), Derrida or Lyotard’s poststructuralism (the Sophists), etc.

I suspect that the Italian Antonio Gramsci could have broadened the ideolexicon concept in the 1930s (perhaps he had already done so in his Quaderni del carcere, although I have not been able to find that precise moment among the more than two thousand pages of this disarticulated work). One of Gramsci’s observations with regard to Marxism was the warning of a certain autonomy of the superstructure. That is, if previously it was understood that the infrastructure (the productive, economic order) determined superstructural reality (culture in general), later it was seen that the process could not only be the inverse (Max Weber) but simultaneous or dialectical (Althusser). For me, examples of the first are slavery, modern education, feminism, etc. Humanist ideals that condemned slavery existed centuries before they would be transformed into a social precept. A Marxist explanation is immediate: only when the industry of the developed countries (England and the northern United States) found an economic problem with the slavery system was the new morality (and practice) imposed. The same with universal education: the uniformity of the children’s tunics, the rigorous compliance with schedules do nothing more than to adapt the future worker to the discipline of industry (or the army), the culture of standardization. For which reason today the universities and education in general have begun a reverse process of de-uniformization. Feminist demands are also ancient (and part of humanism), but they do not become a moral exigency until capitalist society and the industrialized communist societies needed new workers and, above all, new female wage workers.

Anyway, we can understand that, although these advances have not been obtained by an ethical conscience but by initial interests of the oppressors (like the universal vote for a people easily manipulable by the caudillo and propaganda), at any rate the road travelled “forward” is not walked backward so easily, even if those interests that made it possible were to change. Power is never absolute; it always must make concessions in order to maintain itself.

In our time, even though the use of brute force like in the times of Attila is not entirely looked down upon, it is no longer possible to lay waste to peoples and oppress other men and women without a legitimation. Much less in a global society that, though still submersed in the traditional networks of information, progressively tends to snatch from sectarian powers the narration of its own history. These legitimations of power may be farcical (they still trust in the fragile memory of obedient nations, or nations terrified by physical and moral violence), but their strength is the power of semantic manipulation to produce a determined reality: when a bomb is dropped from a plane and tens of innocents die, terms are used like “defense,” “liberation,” “collateral effects,” etc. If the same bomb is placed by an individual in a market and it kills the same quantity of innocents, that act is defined as “terrorist,” “barbaric,” “murderous,” etc. From the other side, the ideolexicons will be different: some are imperialists, other rebels or patriots.

In the 19th century, the Argentine D.F. Sarmiento defined José Artigas as “terrorist” (for others he was liberator, rebel), while the general Julio Argentino Roca became a military hero, in multiple bronze statues, because of the ethnic cleansing that his army carried out against the original owners of Patagonia (“There was no battle, it was a parade beneath the Patagonian sun and we achieved 1600 dead and another 10,000 of the rabble. It was the fate of a savage race that was already defeated,” informed the venerated general Roca).

Which is to say, an ideolexicon is a word or a combination of terms (extremist, radical, patriot, normal, democrat, good manners) that has been colonized in its semantics with a politico-ideological purpose. This colonization generally is carried out by a hegemonic culture, but its greatest particularity is rooted in the discursive manipulation of a hegemonic political power that is disputed by resistant ideologies. The qualification of “radical” or “extremist,” by possessing a negative valorization, will be an instrument of struggle: each adversary – the dominant and the marginal – will seek to associate this ideolexicon (whose valorization is not found to be in dispute) with those other ideolexicons whose valorization is unstable, like progressive, feminist, homosexual, liberal, globalization, civilization, etc.

In summary, an ideolexicon is a semantic weapon with a political (or socio-political) usage and at the same time it is the object of dispute of different groups in a society. When one of them is consolidated as a negative or positive value (ex., communism), it comes to be an instrument of colonization of other ideolexicons that are in social and historical dispute.

In its turn, each ideolexicon is composed of a positive semantic field and a negative one whose limits are defined according to the advance and retreat of the social groups in dispute (for example, justice, freedom, equality, etc.). That is, each group will seek to define what is meant and what is not meant by “justice,” “freedom,” at times using classical instruments like deduction and induction, but generally operating a kind of ontological declaration (A is B, B is not C) by way of association or interception of the semantic fields of two or more ideolexicons (racial integration=communism; equality+freedom=justice, etc.). When in the 1950s in the United States racial integration was in dispute, those who opposed this change demonstrated in the streets with placards: “race mixing is communism.” The word “communism” – like “Marxism” in Latin America – had been consolidated in its negative, demonized, values. Its meaning and valorization were not in dispute. When the soldiers of the Latin American oligarchies would murder a priest or a journalist or a unionist, whatever the case they justified themselves by adducing that the victims were Marxists, without having ever read a book by Marx and without having any more idea of what Marxism was than what they had received through strategic daily repetition.

Translated by Bruce Campbell

Ron Paul y el anarquismo de derecha

Ron Paul taking questions in Manchester, NH

Ron Paul

Ron Paul et l’anarchisme de droite (French)

Ron Paul and Right-Wing Anarchy (English)

Ron Paul y el anarquismo de derecha.

Escandalizado por la miseria que había encontrado en las clases bajas de la poderosa Francia, Thomas Jefferson le escribió a Madison que ésta era producto de la “unequal division of property” (“división desigual de la propiedad”). La riqueza de Francia, pensaba Jefferson, estaba concentrada en muy pocas manos, lo que provocaba que las masas vivieran desempleadas y mendigando. También reconoció que “la igual distribución de la propiedad es impracticable”, pero las grandes diferencias producen miseria. Si se quería preservar el proyecto utópico de la libertad en América, ya no solo por justicia, era urgente asegurar que las leyes dividiesen las propiedades obtenidas por herencia para ser equitativamente distribuida a los descendientes (Bailyn 2003, 57). Por esta razón, en 1776 Jefferson abolió en su estado las leyes que privilegiaban herederos y estableció que toda persona adulta que no poseyera 50 acres (20 hectáreas) de tierra, las recibiera del Estado, ya que “la tierra pertenece a los vivos, no a los muertos” (58).

Alguna vez Jefferson sostuvo que si tuviese que elegir entre un gobierno sin periódicos y los periódicos sin gobierno, elegía esto último. Como la mayoría de sus pares fundadores, fue famoso por otras ideas libertarias, por su anarquismo moderado y por una colección de otras contradicciones.

Quizás hoy en día Ron Paul sea una especie de encarnación posmoderna de aquel presidente y filósofo ilustrado. Quizás por eso mismo haya sido desplazado por Sarah Palin en la definición de lo que es ser un buen conservador. Además de médico, representante texano y uno de los líderes históricos del movimiento Libertario, probablemente Paul sea el verdadero fundador del inexistente Partido del Té (Tea Party).

Si algo ha diferenciado en las últimas décadas a los republicanos neoconservadores de los demócratas liberales, es su fuerte intervencionismo internacional con reminiscencias mesiánicas o sus tendencias a legislar contra el matrimonio homosexual. Por el contrario, si algo ha caracterizado la fuerte crítica y la práctica legislativa de Ron Paul ha sido su propuesta de eliminar el banco central de EE.UU, su oposición a la intromisión del Estado en la definición de lo que es o debe ser un matrimonio y su oposición a todo tipo de intervencionismo en los asuntos de otros países.

Un momento ilustrativo fue el debate del partido Republicano en Miami, en diciembre de 2007. Mientras el resto de los candidatos se dedicaron a repetir frases prefabricadas que levantaron los aplausos y el entusiasmo del público hispano de Miami, Ron Paul no perdió la oportunidad para repetir sus incómodas convicciones.

Ante la pregunta de María Elena Salinas sobre cómo tratar con el presidente de Venezuela, Ron Paul simplemente contestó a favor de dialogar con Chávez y con Cuba. Obviamente los abucheos resonaron en toda la sala. Sin esperar a que la tribuna se calmara, contraatacó: “Pero déjenme decirles por qué, por qué tenemos problemas en Centro América y en América del Sur: porque hemos estado metidos en sus asuntos internos desde hace mucho tiempo, nos hemos metido en sus negocios. Nosotros creamos a los Chávez de este mundo, hemos creado a los Castro de este mundo, interfiriendo y creando caos en sus países y ellos han respondido sacando a sus líderes constituidos…”.

Los abucheos terminaron con la línea argumentativa del tejano, hasta que le preguntaron de nuevo sobre la guerra en Irak: “no tuvimos razones para meternos ahí, no declaramos la guerra […] Tengo un punto de vista diferente porque respeto la Constitución y escucho a los padres fundadores que nos dicen: quédense afuera de los asuntos internos de otras naciones.”

En política interna, el movimiento Libertario comparte varios puntos con los neoconservadores. Por ejemplo la idea de que las desigualdades son producto de la libertad entre diferentes individuos con habilidades e intereses diferentes. De ahí que la idea de “distribución de la riqueza” sea entendida por los seguidores de Ron Paul como un acto arbitrario, de injusticia social. Para otros neocons, es simplemente un producto del adoctrinamiento ideológico de los socialistas como Obama. Acto seguido, no pierden oportunidad de señalar todos los libros de Karl Marx que Obama estudió, aparentemente con pasión, en Columbia University y todas las reuniones de los “Socialist Scholars Conference” a las que acudió (Radical-in-Chief: Barack Obama and the Untold Story of American Socialism, Stanley Kurtz). No obstante, según la perspectiva de los libertarios, todo esto caería dentro de los derechos de cualquiera, como fumar marihuana, siempre y cuando no intente imponérselo a los demás. Cosa que en un presidente sería por lo menos difícil.

La vaca sagrada de los neoconservadores norteamericanos es la libertad (ya que para ellos el liberalismo es una mala palabra) como si se tratase de una escancia independiente de la realidad. Para lograrla, basta con eliminar o reducir todo lo que se llame Estado y Gobierno. Menos el ejército. De ahí la afición de algunos por las armas en manos de los individuos: para ser usadas contra el poder intruso de los gobiernos, sean propios o ajenos.

Los fanáticos de la libertad absoluta no consideran o le restan importancia al hecho de que para ser libres se necesita una determinada cuota de poder. Para Jefferson y para el Che, el dinero era solo un mal necesario, producto de la corrupción de la civilización y frecuente instrumento robo. Pero en nuestro tiempo (ya lo sabían los griegos de Pericles) el poder radica en el dinero. Basta, entonces, tener más dinero para ser, en términos sociales (no existenciales) más libre que un obrero que no puede disponer del mismo grado de libertad para educar a sus hijos o para tener tiempo libre que estimule su desarrollo humano y su creatividad intelectual.

En el otro extremo, en gran parte de América latina, hoy en día la vaca sagrada es la “distribución de la riqueza”, Estado mediante. Con frecuencia no se considera o se le resta importancia al hecho de que también la producción puede estar mal distribuida. Aquí los parámetros culturales son cruciales: hay individuos y grupos que crean y trabajan por el resto que luego clama por la injusticia de no obtener los beneficios que se merecerían si existiera la justicia social. Lo que es como si un mentiroso se escondiese detrás de una verdad para salvar y perpetuar sus vicios. Para esta posición, cualquier mérito es sólo el resultado de un sistema opresivo que, incluso, no permite a los perezosos salir de su pereza. Así, la pereza y el robo se explican por la estructura económica y la cultura de la opresión que mantiene a grupos enteros en la ignorancia. Lo cual no deja de ser cierto hasta cierto punto pero no es suficiente para demostrar la inexistencia de eternos haraganes y otros escasamente dotados para el trabajo físico o intelectual. En todo caso no debería haber redistribución de la riqueza si primero no hay redistribución de la producción. Lo que en parte sería también una redistribución de las ganas de estudiar, de trabajar y de hacerse responsable de algo.

En la actualidad los Estados son males necesarios para proteger la igual-libertad. Pero al mismo tiempo son el principal instrumento, como creían aquellos revolucionarios americanos, para proteger los privilegios de los más poderosos y alimentar el vicio moral de los más débiles.

Jorge Majfud

Febrero 2011

Jacksonville University

Milenio

La Republica

El inconsistence colectivo de la historia

Gabrielle Giffords, Democratic nominee and gen...

Image via Wikipedia

El inconsistence colectivo de la historia

La matanza de Arizona

Aunque a pocas horas de la tragedia de Arizona no se sabe bien quién es Jared Lee Loughner, se puede adivinar que es otro lunático que se inscribe dentro de una tradición, aunque minoritaria, de lo que podríamos llamar “anarquistas de derecha”.

La prensa conservadora se ha encargado de destacar que uno de los libros preferidos de Loughner era El manifiesto comunista, de Karl Marx. No creo que esto importe mucho. El pasado de un lunático pudo haber sido el pasado de una persona normal.

Lo que importa son los factores que condujeron a los hechos. Loughner no le disparó a ningún radical de derecha. No porque fuesen escasos. Le disparó Gabrielle Giffords, la representante demócrata que se había opuesto a la controvertida ley “antiinmigrante” de Arizona y había votado en favor de la “reforma socialista” de la salud, impulsada por el presidente Obama. Tal vez el hecho de que además sea la primera representante judía por Arizona no sea un dato relevante, aunque en estos casos es difícil no tenerlos al menos en cuenta.

Por otra parte, la representante ya había sido identificada por Sarah Palin como uno de los “blancos a tirar”. En un mapa de Estados Unidos, la ex gobernadora de Alaska señaló al menos veinte objetivos con una mirilla telescópica y en su cuenta de Twitter aconsejó a sus seguidores: “Don’t Retreat — Instead RELOAD!” (“No retorcedan. Por el contrario, recarguen”). La iconografía y el lenguaje verbal hacen una fuerte referencia a las armas que tanto ama Palin y con las cuales gusta posar. Es de suponer que cuando uno dibuja y habla obsesivamente sobre algo es porque está pensando en algo parecido.

La misma Gabrielle Giffords, refiriéndose a estas publicaciones, había reconocido, meses antes: “estamos en la mira del revólver de Sarah Palin”.

Por supuesto, Sarah Palin encribió en su cuenta Twitter las previsibles condolencias por el lamentable suceso en Arizona.

Históricamente, la derecha norteamericana se define, de forma explícita, por su odio a todo lo que tenga que ver con el gobierno, aunque con alguna frecuencia se sirve de él, no para extender los planes sociales sino los poderes del ejército. Probablemente Lee Loughner es otro lunático obsesionado con la gramática inglesa (en 2007 se enfureció con Giffords cuando le hizo una pregunta sobre semiótica y la representante le respondió en español), el mesianismo religioso y el deseo de controlar a otras personas al tiempo que levantan sus armas contra el control del Estado y en nombre de la libertad individual.

El recelo hacia el poder omnipresente del Estado estaba en la concepción de los fundadores de Estados Unidos, a quienes para su época no tenían un pelo de conservadores y más bien podríamos llamarlos “anarquistas de izquierda”. La Revolución americana fue parte de un experimento radical, iluminista, democrático, que hacía realidad las ideas utópicas más revolucionarias de la Europa del siglo XVII. Pero ya se advierte más de un siglo antes de 1776, en 1620, por ejemplo, con la llegada anárquica del mítico Mayflower, con una posterior colonización que no se subordinaba a la monarquía británica como se subordinaba la colonización española.

Siempre he sospechado que la cultura del automóvil en Estados Unidos tiene su explicación en esos momentos fundacionales, siglos atrás.

También, podemos conjeturar, la obsesión por las armas de las sectas conservadoras. En su origen el derecho a portar armas y a organizar milicias era un derecho constitucional contra el posible despotismo del nuevo estado americano. Poco a poco se convirtió simplemente en una obsesión deportiva, unas veces, y abiertamente criminal, otras. En este último caso, no es casualidad que las víctimas han sido representantes de los sucesivos gobiernos americanos, famosas o casi anónimas para la historia.

Ello explica, a mi forma de ver, por qué una sociedad donde la violencia civil es muy baja en comparación a otros países, periódicamente reincide con actos de magnicidio como los del sábado 9.

Algunos críticos han acentuado su foco en el tono violento que está tomando la política norteamericana. (Abría que aclarar que se deben estar refiriendo a la política interna). En todo caso no deja de ser extremadamente significativo el hecho de que la más inocente de todas las víctimas, la niña que murió en el tiroteo, había nacido el 11 de setiembre de 2001.

Jorge Majfud

Jacksonville Univeristy

majfud.org