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Pobre suerte la del pobre

En ficción el 31 marzo, 2013 a las 8:58 am

Quién sabe si hubiese sobrevivido a las calles de la villa donde la llevé para salvarla del alcoholismo del viejo. Quién sabe si hubiese tenido mejor vida entre los metros de Nueva York. Quién sabe si se hubiese venido de no ser porque yo mismo le pinté el oro y el moro del otro lado. No sufras más, Lupita, no se puede vivir así entre medias lágrimas. Yo me largo para yanquilandia y que sea lo que Dios quiera. Total, ¿quién va a saber que tenemos una foto del Che en la cocina? La sacamos mañana mismo y a poner la mejor sonrisa en la embajada.

–No le van a dar una visa a dos pobretones como nosotros, Nacho. No tenemos ni qué comer.

–Eso no lo sabe nadie, ni tu padre ni tu hermana. Menos mi pobre vieja, que está medio ciega.

–No voy a aguantar que te vayas–, me decía, y yo que no íbamos a estar separados por mucho tiempo.

–Cuánto tiempo no es mucho tiempo? ¿Un año? ¿Dos años?

–No, ni tanto. Serán unos meses. Apenas pueda juntar para tu pasaje te vienes.

¿Cómo se vino a enganchar conmigo, la pobre? El corazón es ciego, me decía ella. De otra forma los ojos no estarían en la cabeza; estarían en el pecho.

Pero al amor de amor se muere. Hay que alimentarlo con otras cosas. Yo lo sabía muy bien y por eso me la pasaba pensando, calculando, imaginando, fantaseando al cuete.

Hasta que en febrero del año pasado la quinta juvenil del club hizo la tan esperada gira por Los Ángeles y una noche allá después del partido que empatamos dos a dos y con una pésima actuación por mi punta izquierda me hice humo. Dejé el pozo, como decían los chicos del cole. Dicen que el técnico me anduvo buscando pero que ni se calentó conmigo. Además sabía que yo era un patadura y no tenía futuro en el club. Ni en ese ni en cualquier otro. Y como tampoco era cubano nadie se enteró. Después me quedé manso cuando un mexicano me dio una changa en su restaurante de Santa Mónica.

Dos días me llevó conseguir trabajo y Lupita me escribía diciendo qué maravilla, qué maravilla Nacho ahí sí que vamos a poder hacer nuestras vidas en paz.

Para mí al principio eso fue el paraíso. Leer los e-mail de Lupita tan contenta a pesar de que no dormía de noche por el miedo de la villa. Pero ella tenía tantas esperanzas y le daba con eso del hijo que por el momento no había que ponerse negativos, así las cosas funcionaban mejor. Entonces yo exageraba todo lo bueno de aquí o no contaba que un día me había cruzado con una mara, una patota como le dicen allá, y había tenido que entregar toda la plata de la semana. No abras la boca, me decía un panameño amigo. Te confunden con un americano por el pelo y los ojos, pero apenas dices algo y ya te adivinan que eres ilegal y que cobras cash y te siguen y te dejan sin un dólar, en el mejor de los casos.

Pero de a poco todo fue cambiando. En dos meses había juntado para el pasaje de Lupita, pero luego vino la crisis y el primero en volar antes de que el restaurante cerrara fui yo, porque era el nuevo, me decían. Igual mandé la plata para Lupita para que se viniera, porque ya no aguantábamos más. No pensé que después iba a ser tan difícil conseguir chamba.

Con Lupita anduvimos buscando en Los Ángeles y después en Las Vegas y después en toda Arizona hasta que terminamos en San Antonio, con la promesa de un boricua que tenía una empresa de limpieza. La verdad que no era tan fácil limpiar hoteles y oficinas como parecía al principio. El patrón siempre estaba desconforme con nuestro trabajo. Cuando no era muy lento era muy descuidado. Llegué a pensar que nos tomaba el pelo, o nosotros no entendíamos qué era lo que quería, y dos semanas después quedamos en la calle de nuevo.

En la calle literalmente, porque teníamos que esperar en una esquina de madrugada porque allí levantaban trabajadores sin papeles. Y yo y la Lupita allí en medio de puros hombres que por suerte no se portaban mal con nosotros, sino todo lo contrario, pero la verdad que yo siempre andaba con el Jesús en la boca y mirando para todos lados a ver quién iba a meterse con la Lupita. Tanto que en este trabajo no ponía atención en las camionetas que pasaban y levantaban trabajadores. Los mexicanos eran los más hábiles en esto y tuve que mirar y aprender de ellos. A veces Lupita me decía por qué no me había acercado al de la camioneta blanca, al del auto negro, que parecía con buen trabajo, pero la verdad es que no quería dejarla allí sola, esperando, antes que amaneciera del todo y entonces me hacía el distraído o que no nos convenía ese por esto o por aquello.

Hasta que pasó una SUV negra y le hizo seña a uno y éste me vino a decir que quería a la muchacha. Yo me fui hasta la camioneta y el tipo de lentes oscuros a esa hora del día no me inspiró mucha confianza. Tenía chamba para domésticas en casa de familia con plata, decía, pero atrás yo no veía a ninguna otra mujer. Lupita, más pálida que de costumbre y con los labios temblando me dijo que no podíamos dejar escapar otra porque no íbamos a tener para comer.

Yo no dije nada pero ella terminó subiendo atrás seguro que contra su propia voluntad. Y cuando arrancó la camioneta ella me hizo así con su manito y me tiró un beso triste. Yo sabía que iba llorando porque la conozco. Yo sabía que eso no iba a funcionar ni esta puta vida iba a funcionar.

Jorge Majfud

Milenio (Nac.), II (Mexico)

El presidente no estaba preparado para la guerra

En ficción el 24 marzo, 2013 a las 9:09 pm

 

Tony González miraba ABC News y se acariciaba el muslo derecho. El presidente daba una de sus últimas entrevistas como presidente. Desde que Tony volvió de la guerra está así, no sé si diría pensativo o es que no quiere pensar en lo que pasó ni quiere hablar de eso. Pero se siente orgulloso de haber servido a la patria y yo hago lo que puedo para que no cambie de idea. El mismo General Patrik Gonsáles, que vaya casualidad casi lleva su mismo apellido pero con dos s, le colgó la estrella de plata al valor.

Estaba muy orgulloso de esa condecoración, ganada con justo mérito, pero se enojó un día que me escuchó decirle a María José que no entendía por qué no le habían dado la de oro, siendo que arriesgando su vida salvó a cinco compañeros de armas de una muerte segura. La loca de María José, que es una liberal amarga, según Tony, había dicho o había sugerido, ya ni me acuerdo, que de no ser latino hubiese recibido la de oro.

Anoche tuve que llamar a María José para decirle que no vuelva más. La loca me salió con no sé qué discurso de esos que tienen siempre los irresponsables de San Francisco y le colgué. Total que una amiga menos.

Tony se había arrojado sobre una granada mal hecha para proteger a sus compañeros. El comando resolvió darle la de plata y Tony agradeció con lágrimas porque entonces no le salieron las palabras.

Mientras miraba la televisión, esperaba que el presidente se acordara del sacrificio que había hecho para salvar a su país.

“I think I was unprepared for war” —dice el presidente.

Tony mira ese rostro que un compañero de armas tenía pegado en una pared. El rostro dice que no estaba preparado para la guerra. El rostro se sonríe, se arruga, se pone rojo, se vuelve a sonreír con obviedad:

“The biggest regret of all the presidency has to have been the intelligence failure in Iraq” —dice el presidente George Bush, sonriendo con la mitad derecha de su boca.

Fue un gran presidente, sólo que tuvo poca suerte, piensa Tony. La guerra, la crisis económica que dejó a Tony sin perspectivas de trabajo. Menos aún en su condición, decía María José, menos aún así como está, triste todo el día, esperando que le digan otra vez que arriesgó su vida por la patria y por la libertad del mundo.

“Mucha gente —dice el presidente— puso en juego su reputación y dijo que las armas de destrucción masiva era una razón para remover a Saddam Hussein de su cargo. No fue solo gente de mi gobierno. Muchas miembros del congreso, antes de mi llegada a Washington, durante el debate sobre Irak, muchos otros líderes de otras naciones estaban considerando los mismos datos de inteligencia…”.

Con un dedo se aprieta la sien, como si buscase allí alguna explicación a su inexplicable tristeza.

“Bueno, usted sabe, no es un asunto terminado, pero creo que yo hubiera preferido que el trabajo de inteligencia hubiese sido otro”

La nación lo honra, pero Tony está triste. En una pared está Tony en una cama y el presidente que lo fue a visitar dos años atrás. Le había dicho, el presidente le había dicho que nunca iba a olvidar el sacrificio de Tony. Y David le había dicho que el presidente era hombre de palabra. Pero Tony había esperado horas, días, meses esa entrevista del presidente y estaba seguro que se acordaría de él otra vez. Sólo que el periodista insistía con otras cosas.

“I think I was unprepared for war”.

Tony I wish se acariciaba el muñón the intelligence derecho. Por alguna razón had been different todavía sentía su pierna ahí, I guessmoviéndose como un fantasma. I think También I was le faltaba la otra pierna, pero unprepared no la sentía ahí, era como si estuviese dormidafor war.

Jorge Majfud

 

 

Milenio Nac., II (Mexico)

 

La ciudad de los muertos

En ficción el 2 septiembre, 2012 a las 10:48 am

Andy Warhol, Marilyn Diptych (1962)

de la novela Crisis (2012)

 

Viernes 6 de marzo. Dow Jones: 6.626

Colma, California. 6:15 PM

El señor Fernando Villa llegó esta tarde, como había prometido. Vino sólo; no quiso que la opinión de su esposa y de sus hijos fuera a precipitarlo en una mala decisión. Le marqué en el mapa donde estaban los Villa y los Fernández Soto y sin decir mucho se fue para allá con su chofer.

La esposa del señor Villa estuvo la semana pasada. Vino con sus lentes negros y su sonrisa tan bonita. Hizo unas preguntas raras, estuvo una hora dando vueltas en su auto y se fue. Se lamentaba que los muertos no podían mudar de residencia cuando el barrio se ponía feo. Quería saber si se podía y le dije que no, que me parecía que no se podía pero eso tenía que consultarlo con un abogado. O consultó o se olvidó, pero no volvió con la historia de mover a su familia del Camino Real, que más que Camino Real, decía, era una autopista como cualquier otra y llena de muertos desconocidos.

No se puede uno andar mudando finados, por algo estos barrios se llaman Eternal Home Cementery, porque son para siempre, le dije, muy respetuosamente. Pero ella me dijo que nada es para siempre y tal vez tenía razón, porque gran parte de la población de Colma vino desplazada por decreto de los cementerios de San Francisco, hace como un siglo, cuando la tierra se puso cara.

Y vaya a saber Dios si un día no se abre la gran falla que está aquí no más a la vuelta y todos estos huesitos terminan desparramados por el mar. En todo caso se joden los habitantes de Pacífica, me dice mi hijo, porque son los que están del otro lado de la falla. Pero yo no me fío que se vaya a hundir sólo la franja de la costa. Si viene el gran temblor vamos a saltar todos.

Mi hijo, que es economista, siempre se ríe de mis temores sobre la falla. Él tiene una visión diferente. Me dice que tal vez no sería tan trágico. Así como se hunden las tierras así también surgen por otro lado. Así que si perdemos Pacífica y una buena rebanada de la península, bien podríamos ganar alguna que otra isla, cuyo valor inmobiliario sería incalculable.

El señor Villa debe ser de la misma opinión. Debería presentarle a mi hijo que siempre soñó con trabajar en Google. Pasa que el señor Villa ahora está para otra cosa. Desde hace meses viene y da vueltas por Colma buscando el lugar ideal. Qué más ideal que estar con sus viejos, le digo a Eusebio, pero pasa que el señor Villa no le gusta el lugar, o no está seguro de la opción, porque siempre hay una mejor opción, y menos después que los Ayala construyeron ese horrible panteón para su hija Lucy con un ángel llorando encima del coffin. Es kitsch, dice. Les faltó pintarlo de dorado, dice. Además la chica aquella tenía unas costumbres que lo espantan al señor Villa. No sé, Eusebio tampoco sabe qué costumbres pero creo que tenía tatuajes hasta en lo que no se nombra y se rapaba para que se le vieran los tatuajes que tenía en la cabeza. Otra loquita de esas que andan por el downtown, pero por ahí no era mala del todo.

En Colma hicimos lo que pudimos por presentarle al señor Villa todas las opciones habidas y por haber y todavía no se decide. Su único consuelo, dice, es que como las opciones son inacabables, siempre va a tener la libertad de elegir algo mejor. El problema es que en ese proceso de elegir la muerte le puede tomar de sorpresa. No digo porque el señor Villa sea viejo, no. No debe pasar de los sesenta. Pasa que cuando uno cumple esa edad, lo digo por experiencia, uno empieza a pensar en la parca, como dice la canción del Serrat. Debe ser lo que le anda pasando al señor Villa y por eso anda buscando un lugar con buena vista.

Cuando supe que la tumba al lado del nicho de la Marilyn Monroe en Los Angeles había sido vendida en más de cuatro millones de dólares enseguida me dije, ese es el señor Villa. Los de Colma sabemos que la tumba de Marilyn es una de las más populares de su cementerio, por lo que tener un nombre y un lugar a su lado tiraría para arriba las ventas de cualquier empresa. El Westwood es chiquito al lado de Colma, una poquita nada, pero hay que reconocer que tiene su plantel de famosos. Además de la Monroe están Dean Martin, Truman Capote y Farrah Fawcett, el ángel que se mudó para allí hace poquito. Dicen que justo arriba de la Monroe, boca abajo, estaba un tal Richard Poncher con una lápida que decía “Al hombre que nos lo dio todo y más”. Pero su viuda decidió sacarlo de allí, no por celos sino porque necesitaba pagar un millón de dólares por la hipoteca de su casa de Beverly Hills. Lo puso a la venta por eBay en medio millón de dólares y zás, bingo. Pero luego resultó que el japonés que la compró se dio cuenta que no tenía el dinero suficiente y la viuda se lo ofreció a los ofertantes que no habían llegado a la desesperación del japonés.

Yo sé que el señor Villa y su esposa son pesos pesados en eBay. Él porque tiene acciones ahí y ella porque es adicta a las compras. Eso me lo dijo Eusebio. Pero al otro día vi llegar al señor Villa y me dije que no. Pero quién sabe, digo yo. Quién sabe si el señor Villa no compró ese nicho al lado de la Monroe y todavía sigue indeciso, buscando algo en Colma, que en realidad es el mejor lugar, a juzgar por el paisaje. Quién sabe si no estará buscando una segunda opción para luego vender la primera. Quién sabe si lo del nicho al lado de la Marilyn no fue más que una inversión.

Quién sabe si en realidad no se trata de un regalo del señor Villa para su esposa. O aquel encima de Marilyn o éste de Colma. Al fin y al cabo a la señora le gustan mucho las señoras. Como tiene tiempo siempre puede pensar en otras opciones. Y el señor Villa prefiere verla junto a otra mujer por toda la eternidad a soportar una aventura más con alguno de sus maestros de gimnasia.

 

Jorge Majfud

De la novela Crisis (2012)

Milenio (Mexico)

Milenio II (Mexico)

 

 

La sociedad perfecta

En artículos, ficción el 9 julio, 2012 a las 10:48 am

Como en el caso de Amira Lawal y muchos otros de los que nos ocupamos hace más de diez años (ej. Fatwa, Shari’a y la guerra de los sordos), aparte de las pulcras  masacres occidentales tenemos que seguir enterándonos de las barbaries al mejor estilo medieval, como el reciente ajusticiamiento de una mujer afgana por delito de adulterio. [1]

Un día de 1996 leí en el diario cómo los Talibán obligaron a un hermano a ajusticiar a otro en un estadio. La ciudad de la Luna (originalmente desde 2001 se llamó La sociedad perfecta y luego Santa) está tristemente inspirada en este tipo de medievalismo oriental y occidental. Unos masacran de forma más civilizada y otros con estos rudimentos. Unos por imbéciles y otros por vivos de más, unos por acción y otros por reacción.

Todos con muy buenos argumentos de parte de Dios, la Justicia y la Libertad.

141, BIENINTENCIONADOS. La Inquisición asesinó en nombre de Dios; la Revolución Francesa en nombre de la libertad; el marxismo-leninismo en nombre de la igualdad. Durante el pasado siglo XX, Dios, la Libertad y la Igualdad representaron verdades absolutas, caras a espíritus nobles y diversos. Para cada grupo de creatruras, la imposición de su verdad era básica para el destino de la Humanidad. Pero la Libertad moderna se oponía a Dios, según los fundamentalistas; la Igualdad socialista se oponía a la Libertad, según el capitalismo; y la religión y el opio se oponían a la Igualdad del pueblo, según los marxistas.Durante el pasado siglo XX la sangre corrió siempre en nombre de Dios, la Libertad y la Igualdad. Pensamos que en el próximo siglo la sangre seguirá corriendo, aunque ya no necesitará de tan nobles excusas para hacerlo.

Crítica de la pasión pura, 1997.

La verdad es que me importa un carajo (es decir, sí me importa, pero muy, muy poco y cada vez menos) si alguien lee alguno de mis libros, porque sin falsa modestia sé que no valen nada al lado de cualquiera de la más sutil miseria humana. Pero como cada tanto me dejo enredar estúpidamente en discusiones vanas, y como me lo han pedido más como desafío que por amistad, ahí va parte de ese libro (y no me jodan más, que un esfuerzo estoy haciendo para que el mundo me importe cada vez menos y parece casi siempre en vano): desde p. 250 a 255 >>

Está de más recordar que en nuestro civilizado occidente mueren miles de mujeres por año a manos de sus esposos, dueños o amantes y esta realidad no escandaliza al mundo de la misma forma que estos primitivos. La única diferencia es que nuestras leyes lo condenan.  Los ajusticiamientos no son tan diferentes. 

 

de La ciudad de la Luna (2009)

 

(páginas 250-255)

 [...]

A la séptima o a la octava noche, tal como había predicho el doctor, se le quitaron las manchas. Cuando el doctor ordenó subirlo y vimos que ya no tenía la peste, su prestigio, que ya era considerable, se duplicó, dando crédito a cualquier cosa que viniese de la misma boca.

El tiempo había desmejorado. Un clima imposible se instaló durante tres días sobre el desierto de Calataid. Soplaba un viento gélido del norte, cargado de lascas de hielo que pinchaban la piel de la cara. Abajo, en el aljibe, Ramabad no había notado este cambio. Pero afuera el frío era insoportable. Quizá este fenómeno había sido una de las razones para que las cosas se precipitaran. La espera en la plaza comenzaba a impacientar a la gente; corrían el riesgo, también nosotros, de pescarnos una nueva epidemia, esta vez de gripe.

Llevaron a Ramabad a la plaza Matriz, en un carretón cerrado, vigilado por dos muchachos que no conocía. Iban uniformados de alférez. En sus rostros aún podían verse vestigios de una infancia muy reciente, disimulada por un gesto adusto que habrían copiado de algún alférez experimentado, que les había enseñado a ser hombres y a amar a su patria con fanática obediencia. Sus ojos reflejaban todo el orgullo de los guerreros que aún no han muerto. Todo hacía pensar que también habían llevado de esa forma a los trovadores.

En la plaza se había reunido todo el pueblo. El alivio que había comenzado a sentir al salir de la torre de Abel terminó cuando escuchó de lejos a la multitud, murmurando. Era como si en su cabeza hubiesen apoyado una pesada máquina moledora de maíz y en ese momento la hubiesen puesto a funcionar. Podía sentir cómo los dientes de la rueda atrapaba los granos y los trituraba, haciendo ese crujido característico que se escuchaba siempre en el molino de Paco.

Una vez en la plaza, lo empujaron hacia el centro y le desataron las manos. El nuevo monaguillo dijo una frase en latín que Ramabad no comprendió. Luego un funcionario con uniforme azul puso en sus manos un hacha de picar leña y me indicó el camino. En el centro habían construido una plataforma de madera. Olía a leña fresca. Arriba estaba el asesino, revolcándose, envuelto en una tela negra.

—Terminemos con esto de una sola vez —dijo el hombre y se retiró.

Ramabad hizo un gesto de desaprobación; o de temor. Tomó el hacha pero la dejó caer al suelo. Una expresión de fastidio general se hizo sentir con pocas palabras. A un costado, pero muy cerca de allí, un grupo de mujeres murmuraba una oración, tal vez un rosario en latín. Al principio pocos las reconocieron por sus vestidos largos y oscuros. No eran las monjas teresitas, porque las santas del convento nunca salían de sus oraciones; probablemente no supieran que ya se había resuelto el enigma del cantinero (probablemente no supieran que el cantinero había sido asesinado). Luego se supo que las mujeres pertenecían a una rama escindida de la iglesia del pastor George Ruth Guerrero y, a pesar de sus votos protestantes, habían encontrado en el estudio del latín un camino al origen de la verdadera fe. Pero en la deforme cabeza del Basilisco estas palabras incomprensibles rebotaron sin encontrar un sentido. Miró hacia los costados y vió una multitud sin límites, llenando cada uno de los rincones de la plaza y de las calles y los callejones que iban a dar ahí. No gritaban, pero rugían como el mar que había visto en una película, días antes. La máquina de moler maíz volvió a dar vueltas y a hacer estallar los granos mientras el asesino se revolcaba en el centro, emitiendo gemidos que no se oían claramente porque un paño le llenaba la boca.

Advirtiendo la incipiente desobediencia de reo, el alcuazil se abrió paso entre la multitud hasta alcanzar el centro. Con una estaca trazó una línea casi imaginaria en el suelo gastado de la plaza, y dijo:

—Aquellos que son del lado de la justicia, deste lado, e aquellos que no, dellotro.

Hubo alguna tímida protesta, pero finalmente todos se pusieron “deste lado” Es decir, el asesino y Ramabad quedaron del otro.

—No tiene nada que temer —intentó consolarlo Aquines Moria—. Cumpla con su deber de ciudadano e cruce la línea. Sus hijos serán agradecidos un día. Tendrá pagado ansí todos sus pecados e los pecados de sus padres.

—¡Vamos, no tenemos toda la noche! ¡Congelamos nos!

Cumplió con su deber. Golpeó al asesino con el revés del hacha. No quería cortarlo, no quería sentir el filo en la carne, no quería ver sangre. Sólo quería que se dejara de mover, como un pez afuera del agua. Sólo quería acortarle el tormento de alguien que sabe va a morir, tarde o temprano, en medio de una multitud excitada y gozosa.

—¡Mata élo, mata élo de una vez!

Le dio otro golpe, esta vez un poco más fuerte que el anterior.

—¡Divino! ¡Mata amí también! —gritaba una mujer, tocándose los senos.

—Isso es, mi gallo, mata élo de una vez —gritaban todos al mismo tiempo.

—¡Mata élo! —uno.

—Sabía que no iba a nos defraudar —otro.

—Es uno déllos nuestros —y otro más.

Siguió golpeando con fuerza la bolsa negra, pero no había caso. No había forma que se quedara quieta.

—¡Divino! —seguía gritando la mujer de los senos enormes¾. No apurés vos tanto.

—Sí, termina élo de una vez —pedía otro.

—¡En la testa!

—En la mollera, más aí.

—Eso es, en la testa.

Sin duda, era una buena idea.  Con la algarabía, no se le había ocurrido. Tenía que haber comenzado por allí, con un solo y preciso golpe. Esa hubiese sido la mejor forma de evitarle tanto dolor.

—¡Termina élo, termina élo!

Fue en la cabeza. Sólo así dejó de retorcerse y la gente saltó de alegría.

El Basilisco estuvo sin sentido un largo rato. Cuando el griterío aflojó, como una tormenta de arena que se retira, Ramabad se acercó al asesino y lo sacó de la bolsa. Tenía el traje de pájaro puesto. Lo habían agarrado así o lo habían obligado a ponérselo, para terminar no sólo con el asesino del cantinero sino, sobre todo, con el mito del pájaro; mito que seguramente a esa altura ya se había confundido con el gallo negro, el cual, se decía, no era posible verlo dos veces sin morir de un infarto.

Sus ojos apenas se movieron para quitarse la sangre que no le dejaban ver. Estaba reventado. Quiso decir algo, algo importante, algo que debía importarle más a Ramabad que a ella misma (o eso le pareció a Ramabad) Pero su rostro se quedó en una especie de sonrisa pensativa. Y no parpadeó más.

 

El pájaro se había quedado mirando hacia la nada, como pensativa. Después fueron dos hombres y se la arrancaron de los brazos, la sacaron de la bolsa negra y de su traje de pájaro y la arrojaron sobre una mesa. Y allí quedó durante horas, extendida sobre un río de sangre congelada, expuesta su cuerpo para euforia de los viejos y decepción de los trovadores. Sólo los críos tenían prohibido presenciar el cuerpo deformado del asesino. Pero todos adivinaron lo sucedido.

Esa misma noche, cuando el pueblo no salía aún de la excitación de la justicia, el gran salón que se había convertido en la celda de los descamisados ardió fuego. Seguramente se trató de un suicidio colectivo, aprovechando la donación de colchones que hizo ese mismo día el alcuazil. Uno de los pedritos que estaba de guardia acusó a los trovadores de negarse a usar los colochones y luego de liderar el mismo incendio. El fuego resultó imparable y alumbró la noche de Calataid, desde la muralla de Lázaro hasta la de Santiago. Si bien no fueron llevados a camposanto, se les rindió un breve homenaje a las víctimas de la peste y se los enterró en una fosa común. También se enterró la memoria de los alaridos, alucinados pidiendo auxilio a carcajadas en medio de la noche, recitando versos como si fueran himnos sin patria e sin dios. Entre los incomprensibles alaridos de alegría se escuchó repetidas veces la invocación a Isabel de la Cruz y al pájaro, al pájaro como la última líder de los alumbrados. Pero esto (había respondido Ramabad) sólo se debía a la imaginación de Calataid. Ni siquiera era la imaginación propia de los testigos que se amontonaron fuera de la comisaría; era Calataid la que deliraba a través de sus óranos humanos, la que paría fantasmas y devoraba carne humana.

Todo volvió al orden, lentamente. El loco de la trompeta se sentó extramuros a esperar el tren y allí permaneció como un mendigo. Secretamente, todos sabían qué esperaba y, también en secreto, todos esperaban la aparición del tren, por última vez. Mientras tanto, Ramabad decía que el desierto sepultaría la ciudad maldita. Le perdonaron esta repetida ofensa porque estaba loco, porque sus días estaban contados y porque finalmente reconocieron que Evita comenzaba a desbordar la muralla de Santiago. La próxima tormenta de arena —decía Ramabad—, la próxima tormenta olvidará la ciudad santa. Entonces, la despreciable humanidad nunca se enterará de su orgullosa existencia, de su heroica misión en la tierra.

La noche siguiente, algunos seguidores del pájaro recordaron, en voz baja, en un rincón de la placita triangular de San Patricio, el día del juicio. Recordaron cómo su propio hermano lo había matado con un hacha, desprendiéndole las piernas del resto del cuerpo. Y alguno, incluso, dijo que antes de morir, poco antes de alzar el vuelo, el pájaro había recitado:

Realidad es la locura que permanece

y locura es esta realidad

que ya se desvanece

Y como una maldición, continuaron recordando otros versos. Nadie sabe quiénes fueron los primeros en guardar los hechos de la Restauración y los versos prohibidos de Calataid. Ni siquiera, nadie supo si algunos versos habían sido recordados la noche siguiente a la ejecución o nacían de las bocas murmurantes de los nuevos recitadores. Pero en cualquier caso, decían que eran los versos del pájaro, y su virtud consistía en haber continuado escribiendo muchos años después de su muerte. No más allá de Calataid, porque quienes lo intentaron murieron ahogados en el desierto.

Tenía la misma mirada de siempre, aquella mirada joven y terriblemente triste. No era la mirada de un hombre o de una mujer que nace triste, pensaba, como quien nace sin piernas y no se resigna a su destino. Más bien era la mirada de alguien que nace sin piernas y un día comienza a esperar un milagro que le devuelva en una noche los pies, las rodillas, los pasos, las caricias sobre la liberad recuperada, hasta que se despierta y comprende que todo había sido un sueño. Estafada por sus propias ilusiones, engañada por sus propias esperanzas. Era una de esas miradas repentinamente tristes que conservó por años, como si algo o alguien le hubiesen destruido una ilusión secreta, largamente conservada, un día cualquiera, así, de golpe, y ya no le quedase más que la desesperanza y el reconocimiento de toda su impotencia, revelada como un día al despertar de un sueño luminoso en donde la amante no existe; o mucho peor aún, en donde el amor existió pero ya no la persona amada.

 [...]

Margaret

En ficción el 6 enero, 2012 a las 6:46 pm

La asistente

Todos los martes de noche llegaba Margaret con sus carpetas de apuntes y sus materiales didácticos. Todos los martes de noche María José y Ernesto la escuchaban atentamente. Margaret era una asistente social del gobierno que enseñaba a los padres a criar a sus hijos. Estos funcionarios ponen mucha atención en las familias de hispanos, porque es bien sabido que proceden de una cultura machista y violenta. El entrenamiento consistía en una larga charla de cuarenta minutos más un video didáctico de diez minutos y una demostración práctica de diez minutos más, lo que sumaba una hora al fin de la cual María José y Ernesto firmaban un papel diciéndole al gobierno que el programa estaba funcionando.

El martes 8, Ernesto llegó de mal humor de la constructora, quince minutos antes que Margaret, tuvo que hacer esfuerzos titánicos por mantenerse atento a la lección de la semana. Si no fuese porque pasaría por mal padre y peor esposo, hubiese dicho que lo dejaran tirarse quince minutos en el sofá con una copa de vino. Pero resistió. Era su voluntad y también era su trabajo, resistir, demostrar a la funcionaria del gobierno y al resto de los conocidos que podía llegar del trabajo molido y a veces humillado —Ernesto consideraba una humillación cualquier orden que debía cumplir contra su voluntad y en silencio— y cambiar pañales, lavar los platos y cantar al mismo tiempo.

Pero en los diez minutos finales de ese día, Luisito estuvo más inquieto que de costumbre. Repitió tres veces la misma pataleta que a los chicos les da a esa edad, griterío a toda garganta seguido de revolcadera por el piso, todo por un lápiz que el padre le negó por peligroso. Ernesto se limitó a decir “no”, primero y “no!” después, lo que condujo a la intervención de la especialista:

—Procure no decirle que no. Esa es la palabra que más escuchan los niños. Por eso reproducen la negatividad en sus conductas.

—Qué podemos hacer en estos casos, Margaret —preguntó María José.

—Abrácelo. Ustedes deben consolarlo. Díganle que lo quieren. Demuéstrenle que no perderá su amor por el yogurt derramado. Eso desarrollará su autoestima y su confianza en los mayores.

—Ves, Ernesto. Tú siempre dices que los padres son educadores, no consoladores.

 Antes que terminara la frase, Luisito tiró el yogurt sobre la alfombra y Ernesto, en otro descuido, le dijo que no volviera a hacerlo más. Pero se lo dijo con tanta vehemencia que sorprendió a Margaret.

Como buena profesional, sin perder la calma y el tono suave, casi sensual, Margaret le explicó que lo que había hecho Ernesto era un ejemplo de un error muy común entre los padres latinos.

—Cual? —preguntó Ernesto casi arrepentido.

—Levantarle la voz al niño.

—Qué se supone que debería haber hecho?

—En estos casos la Asociación fuertemente recomienda explicarle al niño que el yogurt no va en la alfombra. Incluso, para no herir su sensibilidad, usted debió acercarse al niño y jugar con el yogurt derramado. Al fin de cuentas igual deberá usted pasar un quitamanchas. Es el mismo trabajo.

—Sí suena muy práctico, como siempre. Pero no creo que sea para tanto. Cuando tenga un jefe como el mío y un chiquillo como Luisito, ya va a saber lo qué es vivir en un mundo dibujado con límites gruesos.

—Señor Campos —razonó tranquilamente Margaret, rehuyendo siempre a mirarlo a los ojos—, el niño tiene dos años… Ya tendrá tiempo de aprender todo eso.

—Cuanto antes mejor. Además, no creo que entienda una explicación sobre la inconveniencia de tirar el yogurt en la alfombra cada vez que está lleno.

—Por sus palabras deduzco que su infancia no ha sido fácil.

—Cierto.

—Ha presenciado escenas violentas en su casa paterna?

—Sí, algunas.

—Su padre le pegaba a su madre?

—No, qué va. En todo caso era al revés. Pero ni siquiera eso. También la vieja era una mujer tranquila.

—Entonces?

—Por ejemplo, más de una vez tuve que ver cuando a mi padre se le moría una vaca y no tenía más remedio que cuerearla.

—Cuerearla? Qué significa eso?

—Sacarle el cuero. Tenía que abrirla con un cuchillo por la panza, así, de arriba abajo, y desollarla con cuidado para poder conservar el cuero al menos.

—Qué horror! Y usted qué edad tenía?

—Cinco o seis años.

—My God! Eso es suficiente para traumar a un niño. A su padre no le importaba? Qué grado de educación tenía?

—Mi padre había terminado la secundaria y nada más. Y por eso mismo no podía darse el lujo de perder la vaca entera. Al menos así rescataba el cuero, y como aquello era la Pampa, aunque me decía que me fuera lejos, igual a los cien metros yo podía ver cómo cuereaba el animal muerto. Y no le cuento cuando un baqueano tenía que matar un cerdo clavándole un cuchillo en el corazón. El bicho gritaba como un marrano.

—My God!

—Alguien tenía que hacerlo. Todos tenían que comer. Qué comió usted hoy?

—Ensalada. Qué más recuerda?

—A veces por ahí andaba la familia del occiso, una pareja de cerdos que se ponían a hacer el amor delante de mí. Esas cosas no se olvidan.

—Qué horror! Todo eso explica la violencia.

—Perdón, cuál violencia?

—La violencia en los países latinos.

—Sin embargo yo no soy un criminal. Nunca he matado a nadie y detesto la violencia de todo tipo. Sin ir más lejos, no soporto que de los cien canales de televisión que tengo aquí, en por lo menos noventa siempre estén matando, sacándole un ojo o pegándole un tiro en la cabeza a alguien. Quiere que le muestre?

—No hace falta. Pero todo eso es ficción.

—El sexo también puede ser actuado, y sin embargo es tabú o es pornografía. Si uno se descuida, los niños pueden ver quince asesinatos por noche. Pero si dos personas se dan un beso de lengua lo censuran. Se puede representar un crimen pero no se puede representar el amor.

—Mi pastor siempre dice algo muy sabio. El mal del mundo nace cuando se confunde el sexo con el amor.

—No, yo no los confundo. Pero tampoco me aparecen necesariamente incompatibles. O acaso no es posible que sexo y amor sean la misma cosa alguna vez? Digo, en un mundo tan materialista cada tanto es posible que sean la misma cosa, por milagro o por coincidencia. Aunque más no sea representado. Pero no, para la moral pública el sexo nunca es amor y siempre es obsceno. Así que hay que prohibirlo y predicar en su contra, para olvidar que el mal no nació con el sexo sino con el crimen contra el prójimo. Pero para decirle la pura verdad, a mí los cerdos de la Pampa me enseñaron no sólo que el sexo es algo natural sino que además me explicaron lo que mis padres no sabían cómo hacerlo de forma más científica. Pero en la televisión, cuando un tipo o una hermosa mujer —disculpe que no haya dicho “hermoso hombre”; no es que sea machista, es que soy heterosexual—, cuando algún adonis o alguna amazona le apunta a la frente de un desdichado y lo revienta de un disparo tipo misil transcontinental, ni uno ni otro dicen alguna mala palabra. Eso está prohibido y cuidadosamente controlado.

—En los países latinos no?

—No. En las televisiones de nuestros países se putea de lo lindo.

—Por favor, Ernesto! —se quejó María José, advirtiendo que la conversación se había desvirtuado del todo.

—Qué? No es cierto? —insistió Ernesto— Allá se besa más seguido de lo que se mata y las mujeres andan medio desnudas.

—Parte de la cultura machista.

—Sí, andan medio desnudas como en todos los países donde impera el machismo. A excepción de las mujeres musulmanas, que por su retraso cultural visten de más. Porque el machismo no sabe vestir a las mujeres. O las viste con poca ropa o las viste de más. Nunca en su justa medida, como en Estados Unidos, donde las mujeres son libres.

—Usted no negaría que en sus países impera el machismo.

—Imperan muchas cosas. Claro, todos tenemos defectos. En eso le doy la razón. También tenemos problemas con la delincuencia callejera, con el crimen organizado, con la pobreza organizada de las favelas. Pero en general nos gusta menos la muerte, la sangre, la excitación del crimen tipo Agatha Christie o las máquinas de matar, tipo Arnold Schwarzenegger. Al menos que no tengamos cine propio. Al fin y al cabo hay que reconocer que The Terminator tenía muy buenos efectos especiales. Toda una ciencia.

—Le repito que todo eso es ficción. Nuestros programas de educación infantil han funcionado desde hace años y en todos los modelos puestos en práctica la violencia está prohibida, llámese decir “no”, como usted lo ha hecho, como retar al niño por un yogurt derramado en la alfombra. Los niños reproducen lo que ven.

—Sin embargo en esta casa nadie tira el yogurt en la alfombra ni tenemos la costumbre de meter los dedos en los enchufes. Para mí que está en la naturaleza del niño, y como en la naturaleza no hay enchufes con corriente eléctrica ni alfombras que cuidar, no queda más remedio que educar. Y más vale un no bien clarito que un ni con complejos.

—Espero que usted no esté pretendiendo darnos clases a nosotros. Los estudios indican claramente que se debe erradicar toda forma de violencia en la educación de un niño.

—Me alegro. Ya le dije que no aplaudo ninguna forma de violencia. El problema es definirla. También es violencia hacerle creer a un niño que el mundo es blando como un osito panda.

—Hace años que categorizamos y erradicamos cada tipo de violencia y le puedo decir que todos estos planes han sido un éxito.

—De dónde deduce usted que han sido un éxito?

Sólo por leves momentos Margaret parecía molestarse con los cuestionamientos de Ernesto. Sin prisa, comenzó a ordenar sus papeles en la carpeta azul.

—Muchos estudios lo demuestran contundentemente —respondió.

—Desde cuando datan esos experimentos?

—De las décadas de los sesenta y de los setenta.

—A ver, déjeme ver. Si no me fallan los números, todos los soldados y los generales y los políticos y los pastores que han participado y apoyado la última guerra en Irak, por mencionar sólo una de las tantas, fueron educados de niños según esos métodos de no violencia. Cómo es que niños tan alejados de palabras fuertes, del rigor de los padres, de la muerte y del sexo en todas sus formas son capaces de bombardear mercados y ciudades llenas de niños? Niños como el mío, como los de usted. Sabía cuántas personas van muriendo en Irak? Más de medio millón, si consideramos personas a los iraquíes, claro.

—Es diferente.

—Sí, es diferente. Todo es hecho con el más puro lenguaje, con la gramática perfecta. Libertad, democracia, Dios, civilización. La sangre no salpica. Los muertos no tienen familiares que lloran. Esos jovencitos —con una alta autoestima, no vamos a dudarlo—, esos jovencitos que van a matar fanáticos a otros países piensan que están en un video game. Aprietan un botón y ni tienen que pasar por el desagradable espectáculo de presenciar lo que ellos mismos hacen. Y si alguno ve algo en vivo y en directo, es decir, algún descuartizado afuera de la pantalla azul y verde, entonces lo mandan a psicólogos de prestigio, programas que han tenido éxito, teorías científicamente comprobadas y avaladas por estudios de prestigiosos doctores. Y los que no van a la guerra ni se suicidan al volver se dedican al abuso de la Coca Cola, en el mejor de los casos, o a la coca a secas, en el peor. Sabía usted que este país, con niños tan bien educados y alejados del sexo y la violencia de decir no, es el mayor consumidor de estupefacientes del mundo? Sabía usted que en el país donde están prohibidas las malas palabras y alguna que otra cola hermosa en la televisión, donde una mirada puede ser considerada acoso sexual —de hecho aquí ninguna mujer resiste que la miren a los ojos; cuando uno las mira, esquivan la mirada como si fueran monjas cortejadas— no obstante, y tal vez por eso mismo, esto está lleno de psicópatas sexuales y asesinos en serie? En nuestros atrasados países los asesinos matan porque son bestias. Le pegan un tiro a uno. Casi no se conoce eso de matar en serie, porque es un invento de la producción y reproducción sistemática de cosas. Los asesinos en esos países atrasados no calculan, no aprietan botones y suprimen doscientas mil personas en un sólo día. Eso sólo es posible en un país donde los niños son criados bajo las mejores teorías psicológicas de la no violencia y el pudor.

Margaret no perdió la calma. La contuvo para que no se le escapara. Miró el reloj. Con mucha elegancia dijo que se había hecho tarde. Tres minutos tarde. Los padres firmaron. Margaret confirmó el número de palabras que Luisito podía pronunciar. 33. Normal para su edad, pero si en la próxima visita no había podido unir un sustantivo con un adjetivo habría que derivarlo a un especialista. Tomó sus cosas, con suavidad y se despidió con la misma sonrisa de siempre.

Pero un segundo después que la puerta se cerró, se escuchó que decía:

—Fuck you.

Ernesto no supo distinguir si el tono era de rabia contenida o era el mismo tono imperturbable de siempre. De lo que sí estaba seguro es que Margaret había querido ser escuchada. La mejor oportunidad de su vida de decir una mala palabra en público.

 

Jorge Majfud

In Entre Orientales y AtlantesAntología de relatos uruguayo-canaria. (short stories) Tenerife, Spain: Editorial Baile del Sol, 2010.

El ayudante II

En ficción el 31 octubre, 2011 a las 9:06 pm

El Burro 

 

En cuanto al burro, diré que con mi gestión salió perdiendo ampliamente. Como si fuese el responsable de los reclamos del Basilisco, lo olvidaron atado en el poste de luz, día y noche, con un balde de agua diez centímetros por fuera del círculo que describía la cuerda. Dos noches seguidas tuve que filtrarme por entre las chatarras para acercarle el agua, pero el burro no salía de su posición de estatua triste. Se quedaba mirándolo, reposando sobre sus patas chuecas, como si en lugar de patas estuviese apoyado sobre cuatro muletas, con sus enormes orejas caídas y sus ojeras blancas, con la barriga cayéndole, más por debilidad del espinazo que por exceso de alimentación, negándose tozudamente a probar el agua que aquel intruso bondadoso le ofrecía, como si ya no le quedase posibilidades de confiar en ser humano alguno y prefiriese seguir sufriendo de sed a morir envenenado.

La última noche, Ramabad le dejó el balde contra el poste, a riesgo de que se dieran cuanta de su incursión, y al día siguiente se olvidó del asunto. Luego supo, por el comentario divertido del verdulero, que el mecánico había puesto al burro en penitencia de trabajo, ya que, como todos saben, estas pequeñas bestias son muy tercas y rezongonas, y con frecuencia se niegan a obedecer. Junto con el tarado del pueblo, lo hicieron trabajar a jornada doble, llevando y trayendo carcazas de carrozas sin ruedas, sangrando a veces por los costados, por donde se iban a incrustar los ejes y las chapas herrumbradas cuando la pequeña bestia no podía avanzar y, tras el tirón, la cuerda le respondía trayéndolo de nuevo hacia atrás con mayor violencia. El burro dividió al pueblo en dos: los menos, que veían con malos ojos el maltrato que recibía día tras día, y los más, que se divertían con sus patas chuecas, torcidas por el esfuerzo, y se morían de risa a causa de los rebuznidos que cada tanto daba cuando el General del Casco Dorado levantaba su vara como si fuese una espada. Especial éxito tuvo la idea anónima de colocarle al burro un viejo sombrero de fino paño escocés, con dos agujeros para que salieran por allí sus enormes orejas, el que fue quitado por el mecánico, apenas lo vio de lejos, furioso porque aquello que tiraba de un chasis era un burro, no un hombre. Y como el mecánico no estaba dispuesto a perder su tiempo buscando al culpable de semejante burla, descargó toda su rabia en las ya maltrechas costillas del animal, que tuvo que sufrir patada tras patada por haber prestado su imagen para semejante ofensa a la especie humana.

—No pegue a él, patrón —decía el General—. Mire cómo llora.

A lo que el patrón respondía, en alarido: No seas tarado, ¿no sabes que los burros siempre facen ansí? Cada bicho tiene un ruido e eso no quiere decir que sea llorando. Las hienas dicen ja-ja cuando pelean e eso no quiere decir que se rían por algo. Vas a ver que si doy éle con esto cada vez que rebuzna, va a perder la costumbre.

¿Por qué una persona puede odiar tanto a un animal inocente? No es posible saberlo a ciencia cierta. También los críos de Calataid tenían la afición a torturar y matar gatos, casi siempre ahogados en aquello que aparentemente más los atemoriza: el agua. Con todo, los gatos se resistían al sacrificio y solían clavar las uñas y los dientes en las manos de sus torturadores, dando de ésta forma más y mejores argumentos a estos últimos. Pero en el caso del burro no era así. Aquella pequeña bestia era incapaz de devolverle una patada a nadie. Su cara de tristeza y sus condiciones de bicho pacífico daban lástima y rabia al mismo tiempo, porque uno no se explicaba cómo era capaz de soportar día tras día, palo tras palo sin tomar medidas en el asunto, como cualquier ser humano normal.

Con el tiempo se impuso la idea de que el burro traía defectos de nacimiento y, probablemente, de raza. Muchos eran de la idea de que Lucifer montaba sobre su lomo desde al atardecer hasta el alba. Sólo así podía explicarse una inteligencia sobreanimal que no podía serle propia sino prestada. Se lo comparó con los demás animales y se notó que, a diferencia de cada uno de los perros, de los alazanes y hasta de los gatos, era él el único que se resistía a obedecer al mecánico. Por lo tanto, mal no estaba que éste quisiera imponerse, como un dueño de casa se impone a la ferocidad de su perro, al atropello de su caballo, a la rebelión de los gatos o a los caprichos de su mujer. Claro, «imponerse» no significaba estar todo el día dándole palos, sino todo lo contrario: un hombre que debe recurrir a la violencia para hacerse respetar está siendo, de alguna forma, resistido. La violencia sólo podía ser un recurso temporal. Sin embargo, lo temporal pareció en algún momento no tener fin, y esto comenzó a preocupar al pueblo, que llegó a sospechar que el burro era incapaz de comprender el mensaje y, de a poco, se pasó de las risas al mal humor. Más de un exaltado anunció en rueda de amigos que, la próxima vez que escuchara los rebuznidos del burro, él mismo iría con un palo y le molería las costillas. Tal vez ansí le faga caso a otro, ya que no a su propio dueño. Pero si bien el burro era un servidor de Lucifer, matarlo hubiese significado entregarlo en ofrenda. Lo que correspondía era exorcizarle el demonio a palos.

Después de la muerte de don Luzardo, el burro pasó días enteros moviendo toneladas de fierros, tirando y soportando los latigazos del mecánico, sin rebuznar al final. Hasta que fue visto un mediodía, a la hora de la siesta, con una soga al cuello y arrastrando un pedazo de carroza por el camino de las locas. Más de uno se levantó de la siesta, intrigado por el misterioso ruido que hacía la carcaza sobre el empedrado y vio al burro andando, despacio y sin tregua.

—Finalmente aprendió a tirar de los fierros sin rebuznar. Mas miren que dio trabajo, el fijo de puta!

Al principio, algunos se rieron y se volvieron a sus casas para comentar lo que habían visto: ese burro era como una persona, dijeron años después. Con el tiempo, no sólo se recordaban sus ocurrencias, sino que se le atribuían actos humanos, casi todos cómicos, porque pocas cosas causan más gracia a una persona que la conducta humana de un animal, así como lo inverso asusta y produce asco. El burro del mecánico prefería los bombones de chocolate a las galletas, decían algunos; el burro del mecánico se rascaba una oreja con la pezuña de su mano derecha; el burro lloraba cuando le gritaban; no, en verdad no lloraba, protestaba como tu abuelo; ¿alguna vez vieron al burro escondiéndose detrás de un árbol para orinar? Pero mientras vivía, llegó a enfurecer hasta el padre D’Ángelo cuando el General se apareció en la puerta de la iglesia montando en él.

—¿Puedes mí decir adónde vas, fijo? —fue la pregunta del cura, que le salió al cruce antes de que el tarado se metiera con bestia y todo a la casa de Dios.

—¿Io, padre?

—¿A quién más crees que estyo fablándole?

—Sí, es cierto —decía el General, mostrando sus hermosos dientes y moviendo la cabeza como si estuviese confirmando algo todo el tiempo.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué, padre?

—Repito la pregunta, más despacio, a ver si puedes responder: ¿qué sos  faciendo arriba de ese burro, con las dos patas en los escalones de mi iglesia?

—No sé, padrecito.

—¡Cómo es posible que fagas las cosas sin saber! Cuando uno no sabe qué hace, queda se quieto, ¿entiendes fijo?

—Como cuando pienso en la patrona e toco aquí abajo, padre, e no sé por qué fago eso, sí.

―Bueno, bueno, bueno, llega. Ya dije a vos que eso queda entre nos dos. ¡No tienes por qué repetir élo! Eso no es nada bueno, cuántas veces voy a decir a vos? Memoriza quello qué digo e no repitas élo. ¿Acaso quieres que todo el pueblo entere de quello que faces? ¿Sabes qué dirán?

—No sé, padrecito.

—¡Dirán que cada día semejas más al burro!

—Sí, es cierto… Siempre pasa eso mismo, padrecito. Soy el más olvidadizo…

—Por favor fijo, marcha de aquí, mas antes quita de tu cabeza esa corona de espinas, antes que vea a vos más gente.

—Sí, padre. Soy el más distraído. Eso es, distraído. Subí al burro para facer una vueltita e él solito trajo a mí fasta aquí. Si no detiene élo vos, padre, mete nos al templo conmigo e todo.

De esta anécdota, que pronto se conoció en todo el pueblo, se extrajeron muchas conclusiones. Sobre el burro, el turco de la tienda de la Estación dijo que pertenecía a la línea familiar de aquel otro que introdujo a Jesu en Jerusalén, y al día siguiente le hizo una oferta al mecánico para quedarse con la pequeña bestia. Pero se consideró sacrilegio y el negocio no se cerró. No era una suposición descabellada —repetía el viejo de la nariz grande, cristiano emigrado de algún lugar de Egipto, pero conocido amante de las historias fantásticas— ya que el primer burro había sido traído por los mercachifles bereberes, es decir, seguramente procedentes de Medio Oriente. Sin embargo, ninguna de estas conclusiones ayudó a mejorar la suerte del burro del mecánico. Por otra parte, la anécdota era del todo inconveniente: relacionar al burro queriendo entrar a la iglesia con el tarado encima, con el burro de Jesu entrando en Jerusalén, era acercar peligrosamente al Maestro con el ayudante del mecánico, lo que desde todo punto de vista resultaba ofensivo para la sensibilidad de Calataid. ¿Y quién era el culpable de esta vergonzosa anécdota?: el burro, ya que no el tarado, que no sabía lo que hacía, decía el pájaro.

Otras historias sobre el burro iban mejor adornadas con atributos humanos, que seguramente él desconocía o despreciaba. Lo cierto es que, la vez que se lo vio subiendo por el camino de las locas, iba solo y con rumbo fijo, al decir de la madre de la gitana, como si fuese para algún lado preciso donde pensaba dejar el último chasis. Solo y probablemente por su propia voluntad, arrastró ese chasis de camión hasta que murió ahorcado en el último repecho que separaba el pueblo del camposanto. Nunca se supo si aquello fue un suicidio impulsado por el Dictador, o un intento frustrado de libertad o ambas cosas, pero nadie volvió a compararlo con una persona, porque en el pueblo nunca nadie había querido quitarse la vida así porque sí. En todo caso lo que hizo lo hizo por burro.

 

La única que lloró al burro fue la mujer del mecánico. Ella y el ayudante arrastramos a la pequeña bestia e la enterramos sin discursos a la salida del pueblo. Ramabad los recordaba —entre triste y melancólico— caminado muy lejos en una calle más bien desierta, cuando la larga noche de Calataid aún no se iba y una nube oscura de polvo cubría lo más alto del cielo, dejando un crepúsculo todavía claro en el horizonte. Parecían tres bultos vivos —decía—, moviéndose en medio de una hoguera cósmica, pero uno de ellos iba muerto e yo llevaba élo de una pata. ¿Por qué es tan injusto el señor?, dicen que se lamentaba la mujer, pero nunca nadie supo a ciencia cierta si se refería a Dios o a su marido. La mujer lloraba como una Magdalena y el tarado la acompañaba, llorando más fuerte aún, como si no pudiese hacer nada sin discreción.

Al burro lo enterramos en campo no santo, pero bajo una cruz de palo, la que, tiempo después, fue quitada del lugar por el espíritu del señor mecánico. El dolor excesivo de la mujer del burro produjo la solidaridad de algunos, al principio, y todo tipo de comentarios después, cuando ella comenzó a volver periódicamente a dejar trozos de chocolate amargo esparcidos sobre el pequeño bulto de tierra. Lo que, a la larga, trajo una nueva tragedia, porque el mismo chocolate que no podía comer el espíritu del burro terminó atrayendo a los chanchos salvajes que, no satisfechos con el postre, dieron vuelta la mesa y desenterraron lo que quedaba del finado. Y se lo comieron también.

Los chanchos no sólo comían burros cuando andaban sueltos y con hambre, sino que había que cuidarlos en los cementerios, cada vez que moría un cristiano. Tenían la costumbre de desenterrar cualquier cosa que oliera mal, y un cajón de madera no era suficiente obstáculo para sus poderosos hocicos. Chancho que se escapaba a su dueño y se unía al grupo de los salvajes no volvía más. Enseguida le tomaban el gustito, si se me permite. Y como corría la creencia de que las balas no hacían daño en sus carnes insensibles de los cadáveres, se procuraba siempre tenerlos lo más alejados posible, sin intentar acercárseles nunca. Mejor era que anduviesen corriendo por las dunas más lejanas, con los hocicos manchados siempre de sangre, que tener que resolver qué hacer si alguno llegaba a morir cerca del pueblo.

 

Jorge Majfud

 

El ayudante

En ficción el 31 octubre, 2011 a las 9:04 pm

El tarado

 

El ayudante del mecánico era otro, aunque nunca nadie lo mencionó en sus especulaciones. El alcuazil habló con él dos o tres veces, sin hacer comentario alguno. Era un gallo grande y caminaba lento, algo encorvado y con la cabeza adelantada, como si quisiera disimular su enorme altura. Tenía un cabello rubio y lacio que le caía sobre los ojos, como un bellísimo casco de oro que le cubría una mirada perdida, probablemente la única mirada que tenía, la misma que un día había conservado al levantarse sin haber despertado del todo y que demostraba lo poco que comprendía del mundo que lo rodeaba, como alguien que en medio de un sueño pesado no alcanza nunca a comprender por qué los girasoles tienen ojos y los granjeros semillas ciegas en la cara. Hijo legítimo de los Pessoa, dueños de los carros de taxi y los talleres de lana sobre la Empedrada este, fue un niño rico y un adulto pobre, aunque nunca apreció la diferencia, lo cual lo hacía una especie de sabio idiota. Al igual que todos los hijos ilegítimos o adoptados por abandono, el niño de los Pessoa pensaba con la mitad del cerebro. Su padre, don Vero, lo había cambiado por un amiguito de juegos, por un crío callejero llamado el Trueque, que cuando jugaba con él siempre se quedaba con su comida o lo convencía para cambiar la ropa que llevaban puesta. El almacenero le había visto condiciones al otro y lo llamó a su lado. Hasta que terminó poniéndolo al frente del negocio para que perpetuara su nombre y su obra. Al poco tiempo, el Trueque Pessoa cumplió con las expectativas del viejo, y con creces. Como todo empresario exitoso, no despreció la política e invirtió tanto dinero en las elecciones municipales como en la compra de tintas rojas de Malí, que reemplazaron silenciosamente el antiguo azul índigo de Libia.  Casi no recibió votos, pero este detalle no le impidió obtener un cargo de confianza en la administración y la amistad de don Josef María de Rodrigo, lo que, como todo lo demás, también estaba dentro de sus cálculos.

Después de la muerte de su madre, doña Carmen Pessoa, y de la repentina demencia senil de don Vero, Eugenio lo perdió todo sin darse cuenta; lo cual no dejó de ser un alivio a la injusticia. Sin rencores, continuó sonriéndole a las moscas y coleccionando escarabajos, porque tenía terror de quedarse solo. Cuando este momento llegaba —porque es inevitable, como la muerte, decía el pájaro— se sentía incómodo consigo mismo y movía la cabeza hacia delante, como alguien que está escuchando una música de baile sin bailar. Permanentemente tenía uno o dos escarabajos en alguna de sus manos. Cuando nadie miraba a mí, abría los puños e los escarabajos trepaban del dedo más bajo al dedo más alto, como si fuesen acorazados alpinistas que no alcanzaban a percibir que subían del dedo primero al segundo y del segundo al primero, sin fatigarse jamás, hasta que por allí pasaba alguien y le gritaba tarado. Entonces el dios de los ciclos cerraba los puños y escondía los insectos, asustado, como si supiese que hacer girar escarabajos era algo sucio, indecente. Porque también circulaba —sólo entre los varones del pueblo— la versión de que el tarado manipulaba escarabajos por consejo o por imposición del cura, que de esta forma pretendía impedir que se masturbara en las orillas de los caminos, por donde podían pasar mujeres y hasta doncellas inocentes. Y como el tarado había sido muy bien equipado por la naturaleza, podría ceder a la tentación de cometer alguna desgracia. A la tentación propia o a la de alguna de las doncellas inocentes que solían salir al atardecer a pasearse por las plazas y por los caminos que entraban al pueblo, soñando con el repentino arribo de un actor de fotonovela. Sobre los resultados había discusiones: era probable que el cura haya tenido éxito, pero en todo caso un éxito parcial, porque si para un hombre inteligente siempre fue difícil dominar su propia naturaleza, era probable que más difícil le resultara al tarado.  Así que marear y aplastar escarabajos para después conseguir otros nuevos, sólo podía significar —por lo menos para un médico del siglo pasado— ceder a la tentación, rompiendo con los negros y minúsculos tabúes, para luego proteger otros en muestra de arrepentimiento. Pero ¿qué pasaría cuando ya no quedasen más escarabajos en la zona?

Eugenio Pessoa bien pudo haber sido hermano mío. Todos le tiraban alguna piedra cuando podían, como las gallinas picotean sin motivos a los pollos que caminan rengos o sufren de alguna deformación visible. Pero yo nunca fago caso, son mucho graciosos, si yo me enojo aplasto éllos, como a Romerito que se me quería volar de la mano e cacé élo en el aire e ya no se pudo mover más. Romerito, tenía la espalda roja e puntitos negros sobre quello rojo e fablaba español, decía sí, sí, era malo, pero quellos graciosos que tiran piedras e salen corriendo no, no son buenos, dice el padrecito. Para peor, nunca nadie supo de dónde sacaba los escarabajos, búsqueda que hubiese complicado a más de un genio en el pueblo; y nunca nadie supo, a ciencia cierta, qué hacía con ellos después de marearlos, lo que siempre incomodó a más de uno, ya que si bien la primera cuestión era misteriosa, la segunda era por lo menos para sospechar. Me gustaban los amarillo, con puntito rojos. Se decía que los mataba, apretándolos con los puños hasta que la cavidad de sus enormes manos quedaba anulada por la presión sobrenatural de su idiotez, lo que sin duda justificaba las piedras que le arrojaban los más chicos. E de noche cazaba la luciérnagas en camposanto, la lucecita verde, la amarilla, la roja no gustaba mí, igual las cazaba una por una fasta que no quedaban más e se facía todo oscuro. La última lucecita amarilla siempre me cuesta más, porque tiene más espacio e vuela más rápido que yo. E como es todo oscuro, mí tropiezo e catapúmbate para el suelo. Incluso se le conocían algunos gatos ahogados, con lo difícil que es ahogar gatos en el agua. Sobre esto nunca hubo pruebas, ni siquiera la falta de algún comeratones conocido, pero todos decían lo mismo y es posible que él se enorgulleciera de esas mentiras. El tarado debía percibir que la gente lo respetaba —lo poco que podían respetarlo— por lo mismo que le tiraban piedras. La gente respetaba al mecánico cuando le rompía las costillas al burro, entonces ¿por qué se molestarían con alguien aficionado a marear escarabajos? ¿O era que a la gente le molestaba que el tarado hiciera algo por decisión propia? ¿O simplemente molestaba como molesta un pollo rengo entre los pollos sanos? Vaya uno a saber. Pero también hay que decir que tuvo defensores; claro, nunca faltan los malos defensores. Algunos llegaron a decir que el tarado era más bien inocente, inofensivo la mayor parte del tiempo, aunque nadie garantizaba nada cuando estallaba en furia y, por eso, lo habían puesto con el mecánico para que gastara energías arrastrando fierros de un lado para el otro y sin ningún motivo. Más vale tarado cansado que cien imaginando cosas. Por otra parte, el mecánico necesitaba un ayudante que no fuese tan inteligente como él, dado que era un hombre casado; y el que consiguió no podía cobrar mucho, dado que era tarado.

 

Jorge Majfud

 

La elección

En ficción el 18 septiembre, 2011 a las 8:04 am

“Papá, tu esposa y yo nos vamos a separar”

Papá, tenemos que hablar. Sé que te resultará difícil lo que tengo que decirte pero también sé que aprenderás a aceptarlo con el tiempo…

Tu esposa y yo nos vamos a separar. Ambas vamos a formar nuevas familias. Tú vendrás conmigo y vivirás con Amalia. Amalia es la mamá que conocí en la guardería. ¿Recuerdas aquella señora de pelo negro que siempre iba con un niño rubio que usaba lentes? Bueno, es ella. No fue un amor a primera vista. Fue algo que se fue dando con el tiempo. No se cómo explicártelo. Sé que en este momento estarás pensando, “¿cómo es posible que una hija deje de querer a una madre para querer a otra?”. Pero hay cosas, sentimientos que tenemos los niños que un adulto no podría comprender jamás. Seguramente cuando seas un anciano logres comprenderlo. Los ancianos recuerdan mejor la infancia que el resto de sus vidas marcadas por la confusión y las fantasías propias de los adultos. Es por eso que te pido que no pretendas entenderlo todo. Solo acéptalo como es, ya que es una decisión tomada. Cuanto mas tardes, mas sufrirás.

Amalia tiene un hijo de cinco años, casi la misma edad que yo, por lo que estoy seguro que aprenderás a quererlo como mamá aprenderá a querer a la chica de Ignacio como si fuese yo misma.

Ya lo hemos hablado con tu esposa. A veces la relación de un hijo con alguno de sus padres no funciona y lo mejor, para evitar conflictos que hacen mal a los dos, es la separación.

Sabes que las cosas entre mamá y yo no iban bien desde hace un buen tiempo. Alguna vez, incluso, llegó a pegarme en las nalgas porque le eche el café en su computadora. Esa maldita computadora que destruyó nuestra relación de madre e hija. No la denuncié a la maestra de la escuela para no llevar las cosas a un extremo que podrían perjudicarla aun mas. Las nalgadas, esa reacción primitiva, propia de padres cavernícolas, sólo fueron la gota que colmaron el vaso. Resolvimos separarnos en bueno términos. Si, se que amas a tuesposa pero aprenderás a vivir sin ella y a querer a Amalia como quieres a mama. Podrás visitarla los fines de semana. ¿Qué pretendes? No hay una solución intermedia. Ni yo puedo vivir ya con tu esposa ni tú puedes vivir con ella y conmigo bajo el mismo techo. Imagina que ella deba cruzarse cada mañana con mi nueva madre y yo tenga ver a sus nuevos hijos abrazados a ella y llenándola de besos y ella felizmente realizada como madre. En el fondo, tampoco yo lo soportaría, por mas justo que sea.

No, tampoco es posible una tercer casa donde puedas vivir vos y mamá solos. Yo necesito a un padre y tú me necesitas también. Cuando yo cumpla dieciocho entonces sí, serás libre y podrás volver con mamá si quieres. Soy una niña todavía y tengo derecho a rehacer mi vida. Tu eres adulto, ya has vivido gran parte de tu vida, tienes experiencia y no te traumarás por este cambio. Aprenderás a aceptarlo con el tiempo.

También deberás a ser un padre comprensivo y juicioso. Amalia tiene sus defectos y virtudes, pero es una Buena mujer y una Buena madre. No es Buena en la cocina así que espero que aprendas a cocinar para los cuatro y cuando ella cocina tengas la delicadeza de elogiar su esfuerzo.

Yo sé que esto te toma un poco por sorpresa, aunque lo habrás adivinado desde hace algún tiempo. Sé que no es fácil tener que vivir y querer a otra madre como querías a tu esposa. No se trata de reemplazar tus sentimientos. Seguirás queriendo a tu esposa como siempre, solo que además deberás aprender a vivir con otra esposa y hacer tu mejor esfuerzo por quererla como yo la quiero.

Imagina que absurdo si hubiese sido tú, el padre, el que resolviera irse con otra mujer y yo, la niña, la que tuviese que enfrentar y adaptarme a un problema semejante, un problema de adultos, a un capricho de adultos? Yo tendría que querer a una nueva mamá que tú eligieras. Tal vez no lo soportaría, porque soy una niña muy pequeña. Pero tú eres un adulto y sabrás adaptarte. Obvio, eso pasaba en las sociedades salvajes de tus tatarabuelos, pero afortunadamente hoy los niños tenemos nuestros derechos conquistados. Ya no somos pequeños saquitos de lana dónde los adultos descargan todos sus caprichos y frustraciones. Ya me tocará a mí cuando sea adulta, proteger a mis niños de mis amores y desamores.

Yo sé que duele, que a tu corazón viejo le costará aceptarlo, pero no hay vuelta atrás. Tendrás que aprender a querer a Amalia como yo aprenderé a querer a Pablito como si fuese mi hermano. De hecho, va a ser mi hermano a partir de hoy. Ya verás que Amalia es una esposa encantadora…

Qué le vas a hacer, papá. No llores. La vida es así.

Jorge Majfud

Milenio , II (Mexico)

La misión

En ficción el 21 agosto, 2011 a las 1:41 pm
Red sky at night, sailor's/shepherd's delight.

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La misión

Cuando supo que había sido uno de los elegidos para ir a la guerra, el corazón se le saltó por la garganta.

Pronto cumpliría diecinueve años. Se había preparado toda la vida, toda su corta vida para ese momento. Alguna vez temió que la guerra lo alcanzara demasiado viejo, pero las noticias y los movimientos de los últimos meses le habían ido dejado poco a poco la certeza de que su hora había llegado.

No fue una sorpresa, pero no pudo evitar las emociones que lo dejaron de rodillas, inclinado sobre el suelo y llorando de alegría. Pasó su mano por el pecho, donde años atrás se había tatuado el nombre de Dios y sintió que estaba vivo. La hora, su hora más gloriosa había llegado. Sabía que podía a morir pronto, pero lo haría por su pueblo y por su fe.

Su madre lloró después de él, cuando estuvo sola en la cocina, pero la consoló el orgullo de un hijo valeroso y sin vanas rebeldías, propias de otros jóvenes ajenos a sus valores. Recordó los juguetes que más le gustaban, las palabras que más repetía de niño, sus sueños infantiles de volar hasta la luna en una bola de fuego, sus preguntas imposibles de responder: “¿por qué llueve? ¿ por qué sale el sol?”, y otras más fáciles: “¿dónde va la gente cuando muere?, ¿por qué nacemos si luego tenemos que morir?”. Nada de su rutina cambió. La cocina, fingir alegría y disimular las verdaderas emociones eran su misión en la tierra. Pensar otra cosa era aumentar el dolor de todo lo inevitable.

El joven soldado recordó a su primer guía espiritual revelándole la pasión y las mieles de la verdad eterna que tantas veces lo puso a resguardo de la locura. Por el contrario, había aprendido que el temor era, en el fondo, la fuente de todas las fortalezas y el camino más profundo de la verdadera fe. Quien no teme no cree.

Había aprendido que la muerte no existe para quien ha tenido una vida fructífera. La muerte no existe para quien ha servido a su nación y ha caído como un héroe luchando por los valores de sus antepasados. El infierno, el olvido, la nada estaban reservados para aquellos que no creían en nada. En cierta medida y por la misma razón, respetaba y valoraba a todos los enemigos que morirían en el campo de batalla. No los esperaba el cielo, pero sin dudas se librarían del infierno que aguarda a los cínicos y a los incrédulos. Porque también los enemigos eran necesarios para cumplir un destino y nada ocurría sin la aprobación de Dios.

En el combate, suprimió un centenar de enemigos. No recordaba ningún rostro en particular. Casi no había podido ver alguno con claridad. Pero sí recordaba el sabor del miedo en la saliva y el olor a sangre y polvo que una noche lo rodeó a él y a sus compañeros, muchos de los cuales no regresaron. Sí recordaba que ante el vértigo del miedo le bastaba con repetir tres veces las plegarias que había aprendido de su primer pastor para recuperar el valor y levantarse con una furia que alcanzaba para destrozar a diez con un solo fuego.

Dios le dio la fuerza al guerrero y el triunfo a su pueblo. El peligro de los falsos ídolos y de las costumbres bárbaras había pasado, al menos hasta la próxima prueba. Por años, los niños escucharon al héroe con infinita admiración. El pueblo lo homenajeó hasta que llegó un moderado período de paz y el héroe cayó en el olvido y la pobreza.

Sin embargo, sabía que el mundo no era un lugar seguro y pronto la nación de Dios volvería a estar amenazada, porque así había sido por siempre y por siempre, no sin sangre y dolor, había prevalecido la verdad.

La insólita tregua duró veinte largos años. Veinte años de paz y casi veinte de irresponsable alegría. Hasta que los cielos volvieron a agitarse con terribles explosiones y otra vez se llenaron de fuego.

El viejo héroe marchó a la guerra con casi cuarenta años, sabiendo que esta vez no volvería. Esta vez no recibiría la gloria efímera de sus compatriotas, las frutas de corta vida que daba la tierra, sino la gloria eterna de Huitzilopochtli, el más poderoso de todos los dioses, el eterno que había demostrado por miles de años que todo lo demás es falso y perecedero. Todo cambia y se destruye cada cincuenta y dos años. Menos Huitzilopochtli y los dioses eternos del eterno imperio azteca.

Jorge Majfud

Agosto, 2011

Milenio (Mexico)

 

Odpusti Nam Naše Grehe

En ficción, Slovenian el 24 mayo, 2011 a las 9:20 am

ODPUSTI NAM NAŠE GREHE

Jorge Majfud

Translated by/prevedel Jurij Kunaver.

Ediciones Baile del Sol

NAUČITI SE ODPUŠČATI

Nekoč mi je pisatelj Mauricio Langón povedal anekdoto o svoji družini.

Eden od Mauricijevih vnukov je udaril svojo babico.

- Babice se ne tepe! – je rekla strogo otrokova mati. – Opraviči se ji!

Otrok se ji je opravičil.

- Že dobro, Juanma – je spravljivo rekla babica. – Vem, da tega nisi storil nalašč. Oprostim ti.

Kasneje je Juan Manuel spet zamahoval s plastičnim loparjem. Mati ga je prestregla, rekoč:

- Babice se ne tepe!

Juan Manuel ji je, z bistroumnostjo, ki je še ni pokvarila izumetničenost, pojasnil:

- Potem se ji bom opravičil.

VSA TEŽA ZAKONA

27. JULIJA DOPOLDNE so časopisi in televizija objavili novico o nenavadnem zločinu, ki je bil storjen v Sayagu. Dva reveža sta ubila tretjega reveža, verjetno ponoči prejšnjega dne. Mnoge je novica presenetila, četudi jih ni vznemirila. Logično in bolj običajno je ubijati zaradi denarja, časti ali kakšne družinske stiske. Napol človek, živeč na mestnem odpadu, ne more imeti nobene od teh reči.

Nikoli se ni natančno izvedelo za motiv pretepa; nikogar več niso zanimale  podrobnosti, potem ko je sodnik morilcema naložil deset let ječe. Toda jaz, sodnik, tega primera nisem nikoli čisto pozabil. Nekaj let pozneje sem obsojenca obiskal v ječi. To sem izpeljal skoraj naskrivaj, kot vse ostalo, ker ljudje radi rečejo, da sem naklonjen kriminalcem in ne žrtvam. Če bi danes moral ponovno izreči sodbo, bi jima naložil še dodatnih deset let ječe; ne zaradi pravičnosti, temveč iz usmiljenja. Upam, da mi bo uspelo to pojasniti.

Umrli revež je bil doktor Enríquez, ki je živel kot brezdomec zadnjih šest mesecev. Eusebio Enríquez je bil zdravnik kirurg in je izgubil svojo starejšo hčer med operacijo, 24. januarja, ko ji je sam poskušal pomagati pri neozdravljivi bolezni. Kirurg ni imel razlogov, da bi samega sebe krivil zaradi smrti svoje hčere, toda razlogi niso bili pomembni, ker se mu je nenadoma pomračil um in je neke noči odšel od doma. Prečkal je mesto, ko je padal januarski dež, in pričel životariti blizu železniških tirov v Sayagu. Pustil si je rasti brado, zamazal je oblačila, naglo je shujšal, njegov obraz je postajal vedno bolj mračen in upadel, kar mu je dajalo neprepoznaven videz hindujskega sanjasina. Živel je tako na robu, da je nehal obstajati za oblasti in za družbo, zato ga nikoli niso mogli najti. Kmalu je spoznal Facunda in Barbarrojo, moška, ki sta ga kasneje ubila z železnimi palicami.

Ne Facundo ne Barbarroja nista bila zločinca, vendar so se ju ljudje bali, ali bolje rečeno, so se jima izogibali, kot bi bila revščina nalezljiva. Dokler so obstajali ljudje, ki so verjeli v Boga ali v pekel, je bila tudi miloščina. Toda kmalu nato so dobra vest in davek slabe vesti upadli in nesrečnika sta postala del narodnega nezavednega, skrita sramota uspešnega oziroma stremuškega gospodarstva.

Ta dva moška sta živela skoraj nomadsko življenje. Prebivala sta po vseh oziroma v kateremkoli kotičku stare železniške postaje in pri tem vedno pazila, da ju ni stražar našel spati v katerem izmed opuščenih vagonov ali v skladišču za železje, kamor sta se zatekla v deževnih dneh. »Ta kraj je žalosten – si je rekel Enríquez – ; dobro je, da onadva tega ne vesta.«

Toda, ponavljam, noben od njiju ni bil sposoben ubiti niti ptice. Res je tudi, da ju je Enríquez v tistih šestih mesecih skupnega življenja ogovoril enkrat samkrat. Vsekakor berača zaradi tega nista bila nanj jezna. Vedela sta, da je ubog norec, ki je nekoč živel tako kot običajni ljudje,  najbrž imel hišo in avto in celo družino, ker sta ga videla, ko se je skril pred neko elegantno žensko v čisti obleki. Naučila sta se živeti skupaj z njim kot družina, ki ima nemega ali invalidnega člana. Včasih, ko je bil mraz neznosen in so čeljusti pričele šklepetati, sta mu ponudila konzervo prevretka iz zdravilnih zelišč. Ni odklonil.

Tista zima pa je bila ena najhujših, kar so jih berači pomnili. Temperature so padle pod ničlo; luže so bile ob zori zamrznjene in pašniki beli od slane. Bilo je vedno težje, če ne kar nemogoče dobiti steklenice, kaj šele jih prodati. To pa zato, ker so se ljudje oddaljili od teh moških, ki sta imela brade in obleke vsako leto v slabšem stanju. In tako sta, počasi, izgubila  tistega malo govornega stika, ki ju je povezoval s svetom.

Barbarroja je od lakote zbolel, Facundo pa se je začel vse noči pritoževati zaradi revme ali kakšne druge zagonetne stvari.

Bolezni in trpljenje so se kopičili in se na koncu zlili v en sam pekel. Kljub temu sta oba berača še naprej čakala pomlad in toploto poletja, ki se je vsak dan zdelo bolj oddaljeno. Enríquez je to vedel. Vedel je, da bi ta pomlad lahko bila za njegova spremljevalca zadnja: njune noge so bile otekle in temno vijoličaste barve, obraza bleda in upadla, njune roke neuporabne. Po njegovem prepričanju jima je pomagal samo neki mučni optimizem.

Nekega dopoldneva je Enríquez odprl usta, da bi jima prebral smrtno obsodbo.

Tistega dne je bilo zadnjič, da so se vsi trije med seboj pogovarjali, govorili pa so več ur. Facundo in Barbarroja sta spoznala, kdo je ta norec, in skoraj bi lahko potrdila, kar sta domnevala. Dejansko je bil norec nekoč ali še vedno premožen človek. Malomeščan za svoje znance, za ta dva marginalca pa bogataš.

Pogovor se je zaključil s predlogom norca.

- Prišel bo še večji mraz – jima je dejal – vidva pa bosta umrla. Nimata več zaščite, vajini telesi se borita s smrtjo. Vajino trpljenje se bo vleklo do septembra, v najslabšem slučaju do oktobra. Vendar bosta umrla. Če bosta imela srečo, da preživita to leto, bosta umrla naslednje leto, potem ko bosta trpela dvakrat huje kot že trpita to zimo. Tako sta bedna, da si tega sploh ne moreta predstavljati. Ne bosta vedela, kako priti iz tega pekla. Niti na najlažji način. Tako bedna sta, da sploh nista razmišljala, da bi šla v ječo, kjer so obtoženci deležni postelje z odejami in strehe, in kjer jedo skoraj vsak dan. Vidva sta tako uboga, da sploh ne bi zmogla oropati tržnice, ker če bi to poskusila, bi vaju vrgli ven in  končala bi s krvavečim čelom ob tlaku. Če pa vaju zaprejo v ječo zaradi tatvine, vaju bodo vrnili na ulico po dveh dneh, ker so ječe polne in ker bi celo sodnik imel usmiljenje z dvema lačnima podležema. Ker pa sem jaz zdravnik, vama bom povedal, kaj morata narediti, da se rešita.

Berača sta se vprašujoče spogledala. Nista dobro vedela, kaj naj si mislita. Skoraj bi podvomila v zgodbo, ki jima jo je povedal na začetku o svoji družini in prejšnjem življenju.

- Zato, da bi šla v ječo za veliko let, me morata ubiti. Ne glejta me tako kot dva idiota. Prikrijta to pošteno neumnost, ki smrdi iz vajinih oblek.

Facundo in Barbarroja sta vedela oziroma domnevala, da je norec tistega dne bolj nor kot kdajkoli. Toda on je vztrajal, s fanatično stvarnostjo, kako koristno bi bilo žrtvovanje enega od treh.

- Bog naju bo kaznoval – je rekel Barbarroja.

- Bog vaju je že kaznoval. Ali si morda predstavljata hujši pekel, kot je ta? Ali razumeta, kaj vama govorim? Tako bedna sta, da nimata pojma. Nič več ne razmišljata. Sem moral priti jaz, da vama povem, kaj je treba storiti? Poleg tega, zakaj bi Bog kaznoval nekoga, ki je ubil morilca? Sveto pismo pravi: »Oko za oko in zob za zob.« Ubil sem deklico, mojo lastno hčer. Ali sočustvujeta z mano?

Berača sta vstala in se prestrašena odmaknila. Norec jima je začel resnično vlivati strah. Preteklo je nekaj časa, kak teden ali dva, ne da bi spet govorili. Niti slučajno se mu nista približala in sta se celo izogibala, da bi ga pogledala. Štiriindvajsetega v mesecu je močno deževalo. Facundo in Barbarroja sta se preselila v zapuščeno lopo železniške postaje. Kot sem prej rekel, sta hodila tja samo ob deževnih dnevih, ker ju je stražnik gnjavil, če ju je našel znotraj. Po drugi strani pa mislim, da sta raje imela vagon brez strehe, ker je bil manj vpadljiv, in ju ni motila črna praznina višine tistega skladišča. (Kljub temu, da sta prebivala na ulici, sem odkril, da sta oba trpela za neko redko obliko agorafobije.) 

Tistega dne norec ni vstopil v lopo.  Na dežju je ostal vso noč, kakor prikazen, z rokami v žepih, zroč tu in tam v nebo, ki ga je izrisovalo z bliski in spet zabrisovalo s temnim dežjem.

Petindvajsetega v mesecu se je norec, izčrpan od lakote, mraza in šibke volje do življenja, zrušil nezavesten. Šestindvajsetega dne sta se berača odločila, da mu prineseta konzervo prevretka iz zdravilnih zelišč, vendar se norec ni več odzival. Njegov pogled je bil odsoten, komaj je lahko premikal veke. Njegova koža je bila bleda in mrzla, brez kakršnegakoli odziva ali občutljivosti. Facundo je prislonil uho na norčeve prsi in ugotovil, da mu srce skoraj več ne utripa. Ves večer tistega dne sta moška nadzorovala v tišini skoraj nezaznavne udarce, s katerimi je bilo norčevo srce. Čakala sta oziroma ga varovala s strahom in tesnobo. Barbarroja se je začel tresti kot še nikoli, ves sključen. Ni več mogel nadzorovati ustnic, za katere se je zdelo, da recitirajo neslišen govor. Sedemindvajsetega srca norca ni bilo več slišati, in zvečer sta mislila, da je mrtev. Vendar ni bil mrtev. Zatorej je bil sklep mrliškega oglednika pravilen: Eusebio Enríquez ni umrl zaradi mraza niti zaradi lakote; z udarci sta ga ubila berača, ki sta priznala svoj zločin in se rešila pred gotovim kamenjanjem pri izhodu sodne palače, ker ju je policija privlekla do kombija, kamor so ju naložili kot smeti.

Roman Apocrypha

En English, ficción el 2 marzo, 2011 a las 6:35 pm
A street of Pillars at the ruins of the city S...

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Apócrifo romano (Spanish)

 

Roman Apocrypha

Jorge Majfud

 

At the edge of the Empire and of the world, an old man lamented day and night and futilely awaited death. While he waited he told this story to those willing to venture out so far:

 

I have discovered that in the subsoils of the Empire my name is cursed. It would be useless to pursue those who remember me and would only augment the sad fame that will extend my shadow to the end of time. They will remember me for only one day, snuffed out forever in Palestine.

When the protests began (not against my government nor against the Empire, but against one lone man) I never thought of the seriousness of such an insignificant deed. I knew that the Caesar would only care about order, not justice; besides, the rebel was not Roman.

I will say that I, in some way, knew my fate, like someone who has received the revelation of an absurd dream which is quickly forgotten. During the protests I thought, time and again, about the memory of that distant people I governed. I also knew of the case of a Greek prisoner, philosopher or charlatan by profession, who had been condemned to death and the intellectuals remembered him more than they did Pericles. I learned in that now far away land that Eternity depends on the fleeting and confusing moment which is life. Rome is not eternal and one day it will be nothing more than a memory of stones and books; and what the future remembers will not be the best of the Empire.

When everyone was demanding that I crucify the rebel and nobody knew why, I asked for the counsel of others less great than I. The Romans did not care or were distracted, and so I had to turn, several times to Joachim of Samaria, a wise man who I had previously made use of to try to understand his people.

“Tell me, Joachim,” I asked him that day or the day before, “What can I do in these circumstances? I must be a judge and I am not able to distinguish clear water from bad. Is there even anything I can do? I have heard that the rebel himself has announced his death, just as others among your people announced his arrival.”

“The world is in your hands,” said the old man.

“No!” I shouted, “…it is not yet in my hands. First I will be Emperor of Rome.”

“Perhaps Rome and all the Romes to come will remember you for this day, my king.”

“And what will they say about me?”

“How could I know? I am a blind man,” answered the old one.

“As blind as anyone. I would give my eyes to see the future!”

“Even if you had a thousand eyes you would not see it, my king, because the future does not exist for men. It only exists in God who encompasses all things.”

“If your god knows it, then doesn’t the future exist somewhere?” I reasoned. “If God or the rebel can predict what will occur, what is to be done was already done…” I concluded, eloquently. I felt satisfied with that triumph over the wise foreigner.

When the rebel was brought before me, I began to interrogate him, stammering; I knew that was unfitting for a future Caesar and I could almost not contain my anger.

“So you are king?” I asked.

“You have said it,” stated that dark man, serene as if nothing mattered to him. “I came to this world to bring the Truth. And those who can understand it will listen to me.”

“And what is the truth,” I hurried to ask, certain that his answer would not be so great.

There was an infinite silence in response. Immediately the impatient multitude exploded again: “Release the son of man!,” the crowd began to shout, referrng to another prisoner who had used weapons against Rome, not words. And the Caesars will always fear words more than weapons.

I tried to be careful. I calculated my options. I understood that if I chose poorly, Palestine would go up in flames. So many people could not be wrong, and therefore there could only be one decision in the clear mind of a king.

When the soldiers finished whipping the rebel, I took the prisoner out again and said to the people:

“Look, here he is, I have taken him out so you can see that I find no crime in him.”

But the people insisted again:

“Kill him, crucify him!…”

“Better that you take him and crucify him yourselves,” was my answer.

“No, we cannot,” they yelled again, almost as one voice. To one side, the lords of the Law waited patiently for the inflamed masses to restore the sacred order.

Then, I saw the Rebel enter and I asked him:

“Where are you from, that you put me on this crossroads?”

But the Rebel did not answer this time, just like he hadn’t answered the last time.

“Are you not going to answer me? Don’t you know that I have the authority to crucify you or to set you free?”

“You would have no authority if God had not given it to you.”

So I, the governor of Palestine, finally yielded to the crowd, or to the arrogance of that prisoner. I decided for the good of the Pharisean Law and for the peace of Rome.

I delivered the dangerous rebel for the cross, and since his was not a crime against the gods but against the politics of the Caesar and of our allies, I had him executed along with other thieves.

The cries of that day long ago reached all the way to the palace. The people and their priests were satisfied. Except for an infamous minority. The same minority as always.

They crucified him at noon and, until mid-afternoon, the whole land fell dark. A deep cold covered the palace and perhaps the entire city.

“What is happening, my king?” asked Joachim, from some dark corner.

“You cannot see it, but the whole Earth has gone dark and it is because of the Rebel,” I murmured.

“Rome and the World will remember you for this day,” the blind man said.

“How can I be the guilty one? Did you not say that God knows what happened and what is to come? If your God knew that today I would err, how could I be free not to do so?”

“Listen, my king,” said the blind man, “I cannot see the present that you see. Nor can I see the future.  Nevertheless, now I know, almost before the rebel knew it, that you made a mistake. But this knowledge, oh, my king, does it suppress something of the freedom you had today to choose?”

Perhaps that is what fate and freedom are together. Now I only have the consolation that one day that handful of men and women will be the people of Rome. My fame will extend, dark and damned the world over, but I will become once again the honorable governor of a province of the Empire, freely deciding on behalf of its fate. And I will be once again remembered in infamy by another handful of prisoners, simply for fulfilling my divine duty. Now I know definitively my other fates. But I will believe once again that I am free, vested with all of the power of Rome.

 

Translated by Bruce Campbell

 

The Age of Barbaria

En English, ficción el 2 marzo, 2011 a las 6:26 pm
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La Era de Barbaria (Spanish)

The Humanist (USA)

The Age of Barbaria

Jorge Majfud

In the year of Barbaria began the annual trips to the year 33.  That year was selected because, according to surveys, Christ’s crucifixion drew the attention of most Westerners, and this social sector was important for economic reasons, since trips to the past were not organized, much less financed, by the government of any country, as had once happened with the first trips into space, but by a private company.  The financial group that made possible the marvel of traveling through time was Axa, at the request of the High Chief of Technology, who suggested infinite profits through the offering of “tourism services,” as it was called in its moment.  From then on, various groups of 30 people traveled to the year 33 in order to witness the death of the Nazarene, much as the tourist commoners used to do long ago when at each equinox they would gather at the foot of the pyramid of Chitchen-Itzá, in order to witness the formation of the serpent from the shadows cast down by the pyramid upon itself.

The greatest inconvenience encountered by Axa was the limited number of tourists who were able to attent the event at a time, which did not generate profits in accordance with the millions expected by the investors, for which reason that original number was gradually raised to 45, at the risk of attracting the attention of the ancient residents of Jerusalem.  Then the figure was maintained, at the request of one of the company’s principal stock-holders who argued, reasonably, that the conservation of that historic deed in its original state was the basis for the trips, and that if each group produced alterations in the facts, that could result in an abandonment of general interest in carrying out this kind of travel.

With time it was proven that each historical alteration of the facts, no matter how small, was nearly impossible to repair.  Which occurred whenever one of the travelers did not respect the rules of the game and attempted to take away some memento of the place.  As was the most well-known case of Adam Parcker who, with incredible dexterity, was able to cut out a triangular piece of the Nazarene’s red tunic, probably at the moment the latter collapses from fatigue.  The theft did not signify any change in the Holy Scriptures, but it served to make Parcker rich and famous, since the tiny piece of canvas came to be worth a fortune and not a few of the travelers who took on the trouble and expense of going back thousands of years did so to see where the Nazarene was missing “Parcker’s Triangle.”

A few had posed objections to this kind of travel which, they insist, will end up destroying history without us being able to notice.  In effect, so it is: for each change that is introduced on a given day, infinite changes are derived from it, century after century, gradually diluting or multiplying its effects.  In order to notice a minimal change in the year 33 it would be useless to turn to the Holy Scriptures, because all of the editions, equally, would reflect the blow and completely forget the original fact.  There might be a possibility of tracing each change by projecting other trips to years prior to the year of Barbaria, but nobody would be interested in such a project and there would be no way of financing it.

The discussion about whether history should remain as it is or can be legitimately modified also no longer matters.  But the latter is, in any case, dangerous, since it is impossible to foresee the resulting changes that would be produced by any particular alteration.  We know that any change could potentially not be catastrophic for the human species, but would be catastrophic for individuals: we might not be the ones who are alive now, but someone else instead.

The most radical religious groups find themselves on opposing sides.  Barbaria’s information services have recently discovered that a group of evangelists, belonging to the True Church of God, of Sao Pablo, will make a trip to the year 33.  Thanks to the charity of its faithful, the group has managed to gather together the sum of several million that Axa charges per ticket.  What no one has yet been able to confirm are the group’s intentions.  It has been said that they intend to blow up Golgotha and set fire to Jerusalem at the moment of the Crucifixion, so that we thus arrive at  the greatly anticipated End Times.  All of history would disappear; the whole world, including the Jews, would recognize their error, they would turn to Christianity in the year 33 and the entire world would live in the Kingdom of God, just as descrived in the Gospels.  Which is disputed by other people.

Others do not understand how the travelers can witness the crucifixion without trying to prevent it.  The theological answer is obvious, which is why those least interested in preventing the martyrdom of the Messiah are his own followers.  But or the rest, who are the majority, Axa has decreed its own ethical rules: “In the same manner in which we do not prevent the death of the slave between the claws of a lion, when we travel to Africa, neither must we prevent the apparent injustices that are committed with the Nazarene.  Our moral duty is to conserve nature and history as they are.”  The crucifixion is the common heritage of Humanity, but, above all, its rights have been acquired totally by Axa.

In fact,the changes will be increasingly inevitable.  After six years of trips to the year 33, one can see, at the foot of the cross, bottle caps and magic marker graffiti on the main beam, some of which pray: “I have faith in my lord,” and others just limit themselves to the name of who was there, along with the date of departure, so that future generations of travelers will remember them.  Of course, the company also began to yield in the face of pressure from dissatisfied clients, leading to a radical improvement in services.  For example, Barbaria just sent a technical representative to the year 26 to request the production of five thousand cubic meters of asphalt and to negotiate with Pontius Pilate the construction of a more comfortable corridor for the Via Dolorosa, which will make less tiresome the travelers’ route and, besides, would be a gesture of compassion for the Nazarene, who more than once broke his feet on stones that he did not see in his path.  It has been calculated that the improvement will not mean changes in the Holy Scriptures, since there is no special concern demonstrated there for the urbanism of the city.

With these measures, Axa hopes to shelter itself from the storm of complaints it has received due to alleged inadequacies in service, having to confront recently very costly law suits brought by client who have spent a fortune and have not returned satisfied.  The cause of these complaints is not always the intense heat of Jerusalem, or the congestion in which the city is entrapped on the day of the crucifixion.  Above all the cause is the unsatisfied expectations of the travelers.  The company defends itself by saying that the Holy Scriptures were not written under its quality control, but instead are only historical documents and, therefore, are exaggerated.  There where the Nazarene really dies, instead of there being a deep and horrifying night the sky is barely darkened by an excessive concentration of clouds, and nothing more.  The Catholics have declared that this fact, like all those referenced in the Gospels, should be understood in its symbolic meaning and not merely descriptively.  But most people were satisfied neither by Axa’s response nor by that of Pope John XXV, who came out in defense of the multinational corporation, thanks to which people can now be closer to God.

Translated by Bruce Campbell

Bruce Campbell is an Associate Professor of Hispanic Studies at St. John’s University in Collegeville, MN, where he is chair of the Latino/Latin American Studies program.  He is the author of Mexican Murals in Times of Crisis (University of Arizona, 2003); his scholarship centers on art, culture and politics in Latin America, and his work has appeared in publications such as the Journal of Latin American Cultural Studies and XCP: Cross-cultural Poetics.  He serves as translator/editor for the “Southern Voices” project at www.americas.org, through which Spanish- and Portuguese-language opinion essays by Latin American authors are made available in English for the first time.

 

The Walled Society

En English, ficción el 20 febrero, 2011 a las 3:28 pm
A dune in Sossusvlei, Namibia

Image via Wikipedia

The Walled Society

The Walled Society

With the passing of the years, and thanks to attentive observation of his clients, Doctor Salvador Uriburu had discovered that the majority of the population of Calataid lacked the European origin of which it boasted. In its eyes, in its hands, persisted the African slaves who repaired the walls in the nineteenth century, and surely the older slaves who built the wells in the times of Garama. In its ritual gestures persisted the followers of Kahina, the priestess of the African desert who converted to Judaism before the arrival of Islam. Within the white minority, diversity was also noteworthy, but this had been suspended while they were busy considering themselves the representative (and founding) class of the town. The same blue eyes could be found behind Russian eyelids or behind other Irish ones; the same blonde hair could cover a German cranium or another, Gallegan one. How is it possible, Salvador Uriburu had written, that such a diverse town could be so racist and, at the same time, so overflowing with patriotism, with so much fanatical love for one and the same flag? How can the whole be worshiped and at the same time the parts that comprise it disdained? It can’t. Unless patriotic reverence is nothing more than the necessary lie nourished by one part in order to use the other parts for its own benefit.

In one of his final public appearances, in May of 1967 in the hall of notables of the Liberty Club, Doctor Uriburu had attempted an exercise that bothered the new traditionalists, once they were able to decipher how it questioned things. Salvador Uriburu had drawn, on a blackboard, a series of at least fifteen triangles, circles and squares. When he asked those present how many kinds of drawings they saw there, everyone agreed that they saw three. When he asked that they select one of those three types, everyone chose the group of triangles and the doctor asked them again how many groups they saw in the group of triangles. Everyone said that there were at least two groups: a group of isosceles triangles and a group of right triangles.

“More or less isosceles and more or less right-angled” said one discerningly, noticing that the drawings were not perfect.

“The figures aren’t perfect,” confirmed Salvador Uriburu, “just like human beings.” And like human beings everyone saw first the differences, those that made the figures different, before seeing what they had in common.

“That’s not true,” said someone, “the triangles have something in common among themselves. Each one has three sides, three angles.”

“The circles and the squares also have something in common: they are all geometrical figures. But nobody observed that there was also one unique group of drawings, the group of geometrical figures.”

Salvador Uriburu neither made accusations nor clarified the example, as was his custom. But after months of arguing about the strange and pedantic exposition of the doctor’s little figures, the pastor George Ruth Guerrero arrived at the conclusion that this kind of thinking came to the little doctor from the sect of humanists and, most certainly, the Illuminati.

“The group of geometrical figures,” concluded the pastor with his index finger in the air, “represented humanity and each group of figures represented a race, a religion, a deviation and so on and so forth. The humanists would like to make us believe that the truth does not exist; that the faith of the Moors and of the Jews is the same as the true faith of the Christians, the race of the chosen ones and the race of the sinners, the morality of our fathers and the sodomy of the moderns, the garments of our women and the indecent nudity of the Nigerians.”

They accused the doctor of being a gnostic. It was known, by rumors and magazines from France, that the Heterodox one had conquered the rest of Europe with an extraordinary belief: the truth did not exist; any heresy could be taken as a substitute for the true faith and logical reason. And it was said that someone was trying to introduce all of that in Calataid.

The allusion was direct, but Doctor Uriburu did not respond. The last time he entered the hall of notables, in August of 1967, it was expected that he would say that he was for or against this superstition, that he would define, once and for all, which side he was on. Instead, he came out with another of his figures that had nothing to do with his profession as a scientist, much less as a believer, which demonstrated his irremediable descent into mysticism, into the sect of the Illuminati who, it was said, assembled every Thursday in an unknown chamber of the old cisterns.

“Once there was a man who climbed a mountain of sand,” he said, “and upon arriving at the peak he decided it was the only mountain in the desert. Nevertheless, right away he realized that others had done the same, from other peaks. Then he said that his mountain, the one beneath his feet, was the true one. Then the man, or perhaps it was a woman, decided to come down from his dune and he climbed another one and then another, until he understood (perhaps from atop the highest dune) that there were many dunes, an infinite number relative to his strength. Then, tired, he said that the desert was not one sand dune in particular, but all of the dunes together. He said that there were some tall dunes and other smaller ones, and that just one fistful of sand from any of them didn’t represent one dune in particular but the entire desert, and that nobody, like none of the dunes, was the desert, completely. He also said that the dunes moved, that the true dune which allowed the unique perspective of the desert and of itself changed again and again in size and place, and that to ignore that was to deny an inseparable part of any unique truth.

“Unlike another exhausted traveler, this discovery did not lead him to deny the existence of all of the dunes, only the arbitrary pretense that there was just one in the immensity of the desert. He denied that a handful of sand had less value and less permanence than that arbitrary and pretentious dune. That is to say, he denied some ideas and affirmed others; he was not indifferent to the eternal search for truth. And for that reason he was equally persecuted in the name of the desert, until a sand storm put an end to the dispute.”

An indescribable silence followed the doctor’s new enigma. Then a repressed murmur filled the hall. Someone stood to announce the end of the meeting and reminded everyone of the date of the next one. The bell sounded; everyone rose and left without acknowledging him. He knew that they were also bothered that he would doubt the tolerance and freedom of Calataid, making use of metaphors as if he were a victim of the inquisition or living in the times of the barbarous Nero.

Uriburu remained seated, watching through the window the old men and young lads who rode by on their bicycles and could not see him, with his hands in the pockets of his suit coat, playing with a handful of sand. He lost his mind twenty days later. A strange diagnosis, written in his own hand, concluded that Calataid suffered from “social autism.” Autism, according to the books, is a product of the accelerated growth of the brain which, instead of increasing intelligence reduces it or renders it useless due to the pressure of the encephalic mass against the walls of the craneum. For Doctor Uriburu, who was more concerned with architecture than with biology, the walls of Calataid had provoked the same effect with the growth in the population’s pride. Therefore, it was useless to pretend to cure individuals if the society was sick. In fact, to suppose that society and individuals are two different things is an artifice of the view and of the medicine that identifies bodies, not spirits. And Calataid was incapable of relating two different facts with a common explanation. Even more: it was incapable of recognizing its own memory, engraved scandalously on the stones, in the dank voids of its interiors, and denied or covered over by the most recent invention of a tradition.

Jorge Majfud is a Uruguayan writer who received his Ph.D. from the University of Georgia, and who currently teaches at Lincoln University of Pennsylvania. His essays, story collections, and several novels have been translated into Portuguese, French, English, German, Italian, and Greek. His latest novel is The City of the Moon (Baile del Sol, 2008).

Crisis (I)

En ficción el 20 febrero, 2011 a las 2:54 pm

Crisis I (Spanish)

 

 

 

 

Crisis (I)


 

Friday, May 2. Dow Jones: 13,058

Sierra Vista, Arizona. 11:10 PM

 

On a moonless night Guadalupe de Blanco crossed the border on her knees.  She ate desert sand and dampened the Arizona soil with the blood of her feet.

On the afternoon of Saturday the third, she stumbled across a bottle of hot water, one of those bottles strewn about the desert by the brother dogs who hope to save a few of the dying.

On Sunday she fell asleep slowly, hoping not to wake up again the next day.   But she woke up, nearly suffocating, and laying on a large wet blot that her body had stamped into the stone beneath her. She recognized the vaginal halo of the Virgin of Guadalupe, who had cradled her through the night and returned her to the world lovingly and without mercy.  She immediately felt the harsh early sun, once again working at its slow task of sucking out of her skin and her flesh and her brain the water she had won by chance the day before. Then she once more put her still wet and beating heart back in her breast, picked herself up, and out of obedience to the Cosmos continued walking.

Two days later a coyote discovered her.  Enraged, he muttered that his line of work was useless.  He muttered and spit tobacco.  Guadalupe walked with him, and was accompanied by the promise that her agony had ended.  The coyote complained several times about the merchandise.  The land was useless, it was dry, the fire climbed over the rocks, the agave farmers didn’t pay.

So far that season, he had dealt with nineteen Mexicans, eight Hondurans, five Salvadorans, two Colombians, and some guy from farther south, a crazy Chilean or Argentine looking for adventure. Almost all of them were short and broad-backed, with square heads and mouths of stone.  Few words and a lot of hunger and distrust.  He had fed them and one day, upon return, he had found nothing but the empty house.

The house was located at the foot of a ravine as red as the blood of the quetzal bird.  Inside it smelled of loneliness and beer.  By its size, it would not have appeared to be anybody’s refuge.

He didn’t like Guadalupe’s comments.  At least she was a fresh source of shade.

—Guadalupe — he said, smiling — Why are you coming to the States?

—Out of necessity, sir.

—Necessity is a serious thing — he said and deftly covered her mouth.

Her eyes swelled with tears and terror.  The light-skinned little thing was young with lips as soft as honey.  Her eyes dark but clear.  How to put it?  Her breathing agitated, and no wrinkles.  Like breathing from pleasure, but she didn’t think of it that way.   The useless little cries more enjoyable than irritating.  That’s how she saved herself, because I can’t stand it when  they don’t recognize a job well done.  I had spent time with so many shapeless Indians that I wasn’t going to deprive myself of this little angel sent from heaven.

Lupita cried all night but I couldn’t say what kind of crying it was. Murmurings.  She was calling out for her mother and for some “little one” which was most likely the child she had left on the other side.  They are worse than bitches.  Bitches never separate from their puppies.

Eventually I got tired of all the melancholy and the next day I cut off a little lock of her hair and let her go back the way she came.

She went off stumbling among the rocks, as if I were going to change my mind, as if she were incapable of following my instructions.  She went off sniffling like a little girl.  She seemed like she had a cold.  The flu.  She grabbed all of her crap and left.  Crying her heart out, of course. And the truth is I regretted it a little later.  That girl needed someone to protect her and I needed someone like her, a butterfly flirting about among the flames of the campfire, live and in person, and not to go to bed every night with her sweet memory. Who knows whether I have a son out there and I don’t know it.  Or a daughter.

Who knows if in fifteen years I’ll cross paths with her, light as a bird, light-skinned and pretty just like Lupita was.

The coyote’s life is a hard one.

(from the novel Crisis)

Jorge Majfud

Crisis (IV)

En ficción el 20 febrero, 2011 a las 2:50 pm

Crisis IV (Spanish)

Crisis (IV)

Saturday September 20.  Dow Jones: 11,388

San Francisco, California. 5:30 AM

We were feeling really laid back at Lilian’s party when he arrived with his usual two little friends, Patrick and the other guy whose name I don’t remember.  I asked Lilian if she had invited them and she just laughed, which in this case meant no, or that she had no choice but to invite them.  I had never had problems with Nacho before so don’t come at me with that stuff about animosity or predisposition, much less premeditation.

It wasn’t premeditated.  Nacho Washington Sánchez had come to the party with a gift for the young girl who was turning fifteen two days later.  Her parents had moved the celebration up so that it would fall on Saturday the 14th, and as a reward for her good grades.

Nacho Sánchez, Santa Clara, 19, had gone back to school at the age of almost twenty, after spending a time in a Georgia chicken factory.  And this time he had come back with enough maturity and motivation to carry him to the second best grades in his class.

According to his friends’ statements to the police, Nacho didn’t go to the party because of Lilian but because of Claudia Knickerbacker, the Chilean friend of the birthday girl.  And if he said goodbye to miss Wright with a hug and a kiss on the cheek, that didn’t mean anything.  Or it didn’t mean, like George Ramírez yelled at him, sexual harassment.

—The thing is that George speaks less and less Spanish all the time and he forgot or acts like he forgets that we Latinos hug and kiss more often than Yankees do.  The other stuff is inside the head of one of those repressed people who see sex everywhere and try to surgically remove it with a pair of hot tongs.  It’s true that before heading for the bus stop Nacho turned around and told him that George wasn’t a Mexican-American anymore because in Calabazas North the “Mexican” part had fallen off of him.  It wasn’t necessary, but it was after tolerating like a prince the insults that George had thrown at him since he left the Wrights’ house.

—What insults?  Do you remember any of them?

—He said to him that Nacho was a child abuser, that Lilian was still only fourteen years old and that he was going to report him to the police and he followed him around threatening him with the telephone in his hand.  Without turning around Nacho told him, sure, call 911.  The others were coming up behind.

—How many were they?

—Five or six, I don’t remember exactly.  It was dark and I was really scared that there would be a fight and we would all get pulled in.  We were about a hundred yeards from the bus stop and the bus was waiting for the light to change a block away and George decided to yell at him that he wasn’t going to call 911, but the Migra instead.  Everybody knew that Nacho’s parents were illegals and hadn’t gotten papers for as long as Nacho could remember, which was why, even though he was a citizen, he always avoided run-ins with the police, as if they would deport him or put him in jail for being the child of illegals, which he knew perfectly well was absurd but was something that was stronger than him. When his wallet got stolen in the metro to the airport he didn’t report it and chose to go back home and he missed his flight to Atlanta.  And that’s why you could say the worst to him and Nacho always kept his cool, biting back his anger but never lifting a hand, and he was strong enough to knock out a mule if he wanted to.  Not him, of course, he wasn’t illegal and the others must have known it.  But the ones coming from farther back, including John, Lilian’s older brother, who heard the part about “the Migra” and the part about “sexual harassment,” and he caught up with George who stood out because of his size and his white shirt…

—Do you want them to bring you some water?

—I started walking faster, saying that the bus was going to leave without us and I got on it.  After that I don’t know what happened.  I just saw through the window, from a distance, that they had rushed at Nacho and Barrett was trying hopelessly to rescue him from the mob.  But Barrett is smaller than me.  Then all I saw were the streetlights on Guerrero and Cesar Chavez, and I sat in the last seat with my cell phone in my hand until I got home.  But Nacho never answered any of the messages I left him asking him to call me back.  Nacho said good-bye the way he did because he was happy.  She had invited him so he would have a chance to ask the Knickerbacker girl out, and in the kitchen while they were cutting the tres leches cake Knickerbacker hadn’t told him no.  She told him that  they could go out next Saturday and that left Nacho feeling really happy.  He had such a complex because of his prematurely thinning hair at 19 years old, which he thought was sufficient reason for any pretty girl to reject him.  It’s not like the Chilean girl was a model or anything, but Nacho was blindly in love since starting back to school.

—And you?

—I don’t think that such a warm good-bye was because he was happy.  They always come across that way, they don’t respect your personal space.  They say Latinos are like that, but if they come to this country they should behave according to the rules of this country.  Here we just shake hands.  We’re not in Russia where men go around kissing each other. Much less kiss a child like that in front of her parents and all of her friends.  You’re right, her parents didn’t complain, but they also didn’t say anything when George and his friends decided to go out and teach those intruders a lesson. The Wrights are polite and when they saw that Nacho left without causing trouble they decided not to intervene.  But I’m sure they spoke with Lilian afterward, because they looked worn out.  It was because of a moral issue. A matter of principles, of values.  We couldn’t allow some nobody to come and upset the peace at the party and abuse one of the little girls. No, I don’t regret it.  I did what I had to do to defend the morality of the family.  No, it wasn’t my home, but it sort of was.  I’ve been Johnny’s friend since middle school.  No, we didn’t want to kill him, but he was asking for it.  What worse crime is there than abusing a little girl?  He didn’t fondle her, but that’s how they all start.  Them, you know who I’m talking about.  Them!  Don’t coerce my statement, I know my rights.  They don’t know how to respect personal distance and then they lose control.  No, my partents were Mexicans but they entered the country legally and they graduated from the University of San Diego. No, no, no… I’m an American, sir, make no mistake.

(from the novel Crisis)

Jorge Majfud

Translated by Bruce Campbell

Mestizaje cosmológico y Progreso de la historia en el Inca Garcilaso de la Vega

En ficción el 12 febrero, 2011 a las 4:23 pm
Historia general del Perú o comentarios reales...

Image by Cultura Banco de la República via Flickr

Araucaria (U. de Sevilla)

Biblioteca Cervantes

Mestizaje cosmológico y Progreso de la historia en el Inca Garcilaso de la Vega

Jorge Majfud

The University of Georgia, 2004

Abstract

There are many ideological elements in Garcilaso de la Vega’s historical narration and also in his conception of the progress of history, which is opposed to Hesiodo’s ancient paradigm as well as to that of the Catholic Church. In his Comentarios reales de los Incas (Royal Commentary on the Incas), de la Vega strives for a vindication of his own original people within a Spanish context. In order to be accepted, he declares his intention of not re-writing the official history. However, he changes the meaning of those “facts” previously narrated by the Spaniards in Peru, his homeland. At the same time, he does a kind of cosmological mestizaje(mixing), which works as a tool for confirming his conception of history and for vindicating his ethnic and cultural origins. However, his religious and intellectual perspective already belongs to Spain. The Inca Garcilaso de la Vega doesn’t accept the pantheism of the pre-Incas; in fact, he rejects it from a Christian point of view—which divides Man from Nature—and thus reveals his European conceptions of divinity. He rejects the pre-Inca cultures because they adored the inferior, while the Incas (as well as the Christians) adored the superior and the unity: the Sun. Even more: Garcilaso de la Vega identifies, without mentioning it, the Inca’s Sun with the Christian God, and likewise associates Pachacámac with the Holy Spirit. According to this conception, Jesus must be the culmination (and fulfillment) of the progress toward the perfection of the Holy Trinity. Consequential to this line of reasoning is a progressive concept of history which includes the Incas and every (imperfect) people that precedes them.  He overlooks any rite, dogma, or formality in order to find in the Inca people a common destiny with Christian civilization. In this manner, he also reveals a humanist component of a history that develops with a universal and mestizo (racially heterogeneous) objective. Not by chance is he named “Inca” with a Spanish surname—de la Vega—and he struggles to reconcile both traditions: it is a historical project, a determination to synthesize, and a personal vindication.

Key words: Garcilaso de la Vega, progress of history, re-writing the official History, cosmological mestizaje (mixing), Holy Trinity, humanism, transculturalization.

Resumen

Existen varios elementos ideológicos en la narración histórica del Inca Garcilaso de la Vega y una concepción de progreso de la historia que se opone a la más antigua de Hesíodo y de la Iglesia. En sus Comentarios Reales de los Incas procura una reivindicación de su pueblo original, en un contexto español; para ser aceptado, se propone no reescribir directamente la historia oficial, pero trastoca los significados de aquellos “hechos” narrados con anterioridad por los españoles en su Perú natal. Al mismo tiempo, realiza un mestizaje cosmológico que servirá como herramienta para confirmar su concepción de la historia y reivindicar, al mismo tiempo, sus orígenes étnicos y culturales. Pero, en gran medida, su perspectiva religiosa e intelectual ya pertenece a España. El Inca Garcilaso de la Vega no reconoce el panteísmo de los pre-incaicos y lo rechaza desde una perspectiva cristiana que separa al hombre de la naturaleza, lo que demuestra su concepción europea de la divinidad. Desprecia las culturas preincaicas porque adoraban lo inferior a ellos, mientras que los Incas —como los cristianos— adoraban lo superior y la unidad: el Sol. Más aún, Garcilaso de la Vega identifica, sin nombrarlo, al Sol con Dios y a Pachacámac con el Espíritu Santo. Jesu Christo será la culminación del progreso hacia la perfección de la Trinidad. La consecuencia es una concepción progresista de la historia que incluye a los incas y todos los pueblos (imperfectos) que los precedieron. Pasa por encima del rito, del dogma y de las formas para encontrar en el pueblo inca un destino común a la civilización cristiana. Con ello también revela un componente humanista de una historia que se desarrolla con un objetivo universal y mestizo. No por casualidad, se nombra “Inca” con un apellido español, de la Vega, y lucha por conciliar ambas tradiciones: es un proyecto histórico, una voluntad de síntesis y una reivindicación personal.

Palabras clave: Garcilaso de la Vega, progreso de la historia, reescritura de la historia, mestizaje cosmológico, Sagrada Trinidad, humanismo, transculturalización.

1. Introducción

Desde el título, el Inca Garcilaso de la Vega manifiesta que sus observaciones sólo se tratan de “anotaciones al margen” de otro texto mayor. Si consideramos “texto” a aquellos textos escritos que, bajo el título de “relaciones” o “crónicas” pretendían documentar los “hechos” principales de la conquista del Perú y de un presente histórico concreto, efectivamente estamos ante “comentarios”. No obstante, también los “hechos” son textos y en su relectura nos va la modificación de esos “hechos” e, incluso, su creación. Como observó Anderson Imbert, “la narrativa comenzó en el Nuevo Mundo como había comenzado en el viejo: en la historiografía. Heródoto, padre de la historia y del cuento; y también nuestros cronistas de Indias tuvieron esa doble paternidad”[1].

Con una fórmula barroca de excesiva modestia, de la Vega se presenta ante sus lectores (principalmente cortesanos españoles) como si careciera de estas pretensiones: se trata de “comentarios”, de alguna que otra precisión lingüística, alguna que otra curiosidad teológica, pero nada más. Sin embargo, el resultado es el contrario. En los Comentarios Reales no se cuestiona la letra escrita de otros historiadores españoles; se cuestionan las interpretaciones de los hechos narrados, la lectura de la letra escrita, su significado “real”[2].

Sus fuentes escritas serán el padre Blas Valera y Cieza de León. Es decir, españoles que vivieron en Perú. De la Vega, peruano que vivió y escribió en España, tendrá una perspectiva diferente. Pero la diferencia, la única autoridad que se atribuye sutilmente, es la de haber conocido el objeto de los escritos ajenos: la lengua, la cultura, las creencias de los incas. “Pedro de Cieza, capítulo setenta y dos dice así: ‘El nombre de este demonio quería decir hacedor del mundo, porque Cama quiere decir hacedor y pacha, mundo’, etc. Por ser español no sabía tan bien la lengua como yo, que soy indio Inca”[3]. Incluso, cuestiona las mismas palabras o “confesiones” que pudieron hacer los incas a los españoles, desde una perspectiva de conocimiento más profunda sobre su propio pueblo[4]. También corrige a Cieza, paradójicamente, para acercar la religión inca y asimilarla a la cristiana, de forma de legitimarla. “En mis niñeces [mi familia, los incas] me contaban sus historias, como se cuentan las fábulas a los niños”[5]. “Después, en edad más crecida, me dieron larga noticia de sus leyes y gobierno, cotejando el nuevo gobierno de los españoles con el de los Incas [...] Decíanme cómo procedían sus Reyes en paz y en Guerra, de qué manera trataban a sus vasallos y cómo eran servidos por ellos”. Por un lado es un instrumento de la conservación oral de su pueblo: “En suma, digo que me dijeron noticia de todo lo que tuvieron en su república, que, si entonces lo escribiera, fuera más copiosa esta historia”. Por otro lado, confirma el género de crónica o relaciones: “Demás de habérmelo dicho los indios, alcancé y vi por mis ojos mucha parte de aquella idolatría, sus fiestas y supersticiones, que aún en mis tiempos, hasta los doce o trece años de edad, no se habían acabado del todo [...] las cuales contaré diciendo que las vi”[6].

2. Hechos, historia y ficción

Garcilaso de la Vega es consciente del problema irresuelto de distinguir los “hechos” de la “ficción” y resuelve a cuál atribuir verdad y a cuál mentira. Los hechos narrados de forma parcial representan una falsificación; la crónica es una forma de atribuirse autoridad, pero también el conocimiento “iniciático” de la cultura que se pretende describir y juzgar. Para De la Vega, sólo puede hacer una crónica válida —completa— aquel que conoce profundamente el objeto de su narración, es decir, su propia cultura. La cita que sigue condensa estos aspectos (los subrayados son nuestros):

[S]e me permitirá decir lo que conviene para la mejor noticia que se pueda dar de los principios, medios y fines de aquella monarquía, que yo protesto decir llanamente la relación que mamé en la leche y la que después acá he habido, pedida a los propios míos, y prometo que la afición de ellos no sea parte para dejar de decir la verdad del hecho, sin quitar de lo malo y añadir a lo bueno que tuvieron, que bien sé que la gentilidad es un mar de errores, y no escribiré novedades que no se hayan oído, sino las mismas cosas que los historiadores españoles han escrito de aquella tierra y los Reyes de ella y alegaré las mismas palabras de ellos donde conviene, para que se vea que no finjo ficciones a favor de mis parientes, sino que digo lo mismo que los españoles dijeron[7].

Por un lado insiste en ser objetivo y no tendencioso a favor de su sangre, de su cultura original; y, por el otro, renuncia a una reescritura de la historia de los conquistadores, cuando el valor de la relación estaría en su particularidad testimonial y en el conocimiento de su propia cultura. Pero Garcilaso sólo puede legitimarse a través de los vencedores, de aquellos que viven ahora con él y poseen el monopolio de la cultura escrita. “Sólo serviré de comento para declarar y ampliar muchas cosas que ellos asomaron a decir y las dijeron imperfectas por haberles faltado relación entera” (46). Pero su proyecto, aunque con aprehensión, debe ir justificado con razones sólidas, difíciles de refutar por los posibles adversarios dialécticos: “Que el español que piensa que sabe más de él, ignora de diez partes las nueve por las muchas cosas que un mismo vocablo significa y por las diferentes pronunciaciones que una misma dicción tiene para muy diferentes significaciones” (46). Incluso, por momentos, va más allá de los límites trazados previamente: “Demás de esto, en todo lo que de esta república, antes destruida que conocida…”[8].

3. Estrategias del mestizaje: un nuevo Dios

Diferente a los cronistas, sus Comentarios Reales muestran varios elementos mestizos. De la Vega se ha integrado a una mentalidad católica española, pero no puede olvidar su origen. Para resolver este conflicto o aparente contradicción, los integra en un proyecto común: la cultura inca, su concepción teológica, su destino religioso, son un estado previo al cristianismo. Lo predicen y lo hacen posible. Ambos forman parte de un destino; no de un choque de mentalidades, de culturas.

La dimensión personal va fuertemente unida a su cultura y la cultura europea del momento. De la Vega tiene una concepción humanista y progresista de la historia y hace una “reivindicación” de los incas, su raza, en un contexto español ciego a la posibilidad de algo bueno o verdadero fuera del dogma católico[9]. En los últimos siglos, España no había conocido otra moral que la guerra y el combate del “otro”, ya sea moro, judío, protestante o americano. Incluso Santa Teresa de Jesús, De la Vega lo sabía y sabía quién era y dónde estaba parado: además de huérfano nacido en tierra salvaje, era mestizo, impuro americano[10]. En cierta forma, un converso, estatus étnico-religioso de grado delicado y peligroso para el momento histórico de la península. Además escritor, historiador y probable innovador dentro de una sociedad conservadora, muchas veces, reaccionaria. Estos rasgos, a mi entender, son principales en el perfil de losComentarios Reales del Inca.

Ahora pasemos a aquellos elementos manejados por De la Vega para releer la historia oficial y llevarla por un nuevo curso, más razonable y conveniente a su raza y cultura. En “Idolatría y dioses que adoraban antes de los Incas”, hace un esfuerzo por diferenciar la cultura pre-incaica (dominada por la idolatría) de la cultura Inca[11]. Al mismo tiempo, comparará y encontrará fundamentales similitudes entre esta cultura —centro de su historia— y la cultura cristiana. Principalmente, estas “coincidencias” se basarán en observaciones teológicas y religiosas, como la concepción unitaria de la divinidad en los incas. Es la unidad proto-católica de Espíritu Santo[12]. “Tuvieron al Pachacámac en mayor veneración interior [porque no le hacían templos como al dios Sol, porque no lo habían visto] que al Sol”[13].

Esta verdad que voy diciendo, que los indios rastrearon con este nombre [Pachacámac] y se lo dieron al verdadero Dios nuestro, la testificó el demonio, mal que le pesó, aunque en su favor como padre de mentiras, diciendo verdad disfrazada de mentira o mentira disfrazada con verdad[14] (subrayado nuestro).

Garcilaso entiende que tanto Cieza de León como el padre fray Jerónimo Román escribieron sobre Pachacámac narrando “lo cierto”, pero atribuyéndole errores de significado por no conocer el idioma[15]. El verdadero equivalente del demonio cristiano debía ser la deidad despreciada por los incas, nunca la venerada. Garcilaso resuelve el celo monolátrico del cristianismo identificando a Pachacámac con Yahvé y a Zúpay con Lucifer, sin atender a las narraciones bíblicas que describen caracteres e historias muy distintas. Zúpay era el verdadero demonio y los incas lo habían comprendido así escupiendo al pronunciar su nombre. Por el contrario, cuando nombraban a Pachacámac mostraban adoración por algo alto, superior a los humanos —a los humanos en general, no sólo a los incas[16]. El Dios de Garcilaso es un Dios ya no sólo mestizo, sino en ese ejercicio se ha convertido en una abstracción universal, alejada de la narración bíblica precisa y del rito católico. Un Dios transcultural; en el fondo, un dios más católico —Universal— que el dios de la Iglesia Católica. “Pero, si a mí, que soy indio cristiano católico, por la infinita misericordia, me preguntasen ahora ‘¿cómo se llama Dios en tu lengua?’, diría Pachacámac, porque en aquel lenguaje general del Perú no hay otro nombre para nombrar a Dios sino éste [...]”[17]. Enseguida, Garcilaso se detiene en explicaciones semánticas, antes que teológicas. No obstante, Garcilaso de la Vega se dirige a un público que presiente y conoce. Debe convencer con ideas más tradicionales. Debe convencer asimilando los ritos y los símbolos de un pueblo con los del otro: “Tenían los Reyes Incas en el Cuzco una cruz de mármol fino, de color blanco y encarnado, que llamaban jaspe cristalino: no saben decir desde qué tiempo la tenían”[18].

Si bien Garcilaso de la Vega se basa en los escritos anteriores de los españoles, no para “negarlos” —según su declaración inicial— sino para resignificarlos, también hace uso de los mismos cuando éstos coinciden con su proyecto histórico, con su intento de revindicar a su pueblo y su cultura. Podemos leer largas citas sin cuestionamiento tales como la siguiente: “Los que comían carne humana, que ocuparon todo el Imperio de México y todas las islas y mucha parte de los términos del Perú, guardaron bestialísimamente esta mala costumbre hasta que reinaron los Incas y los españoles”. Todo esto es del padre Blas de Valera[19].

No es casualidad que Garcilaso cite esta autoridad que, precisamente, pone a los incas y a los españoles en concordancia ética. Más adelante, confirma estos escritos con las historias que le escuchó contar a su padre y sus “contemporáneos”, sobre las diferencias entre “México y Perú, hablando en este particular de los sacrificios de hombres y del comer carne humana”, que era costumbre entre los primeros y condenado por los segundos. Por el contrario, Garcilaso relata cómo el inca Auquititu mandó perseguir a los sodomitas de un pueblo vencido y que “en pública plaza [los] quemasen vivos [...]; así mismo quemasen sus casas”. Y, con un estilo que no escapa al relato bíblico de Sodoma y Gomorra, “pregonasen por ley inviolable que de allí en delante se guardasen en caer en semejante delito, so pena de que por el pecado de uno sería asolado todo su pueblo y quemados sus moradores en general”[20].

4. Concepción implícita de la historia

En otros momentos de la evolución histórica de la teología inca, Pachacámac, como el dios judeocristiano, era invisible y omnipresente[21]. Sin embargo, podemos ver que el “modelo” histórico y teológico que se desprende de los Comentarios del Inca De la Vega es la Sagrada Trinidad. Por un lado tenemos el dios único, el Sol; y por el otro, el “espíritu” universal de Pachacámac: El Padre y el Espíritu Santo. Uno es el anuncio del otro; un orden es la prefiguración de otro superior, perfeccionado. El otro, el orden cosmológico del catolicismo Garcilaso está completo: posee el tercer elemento de la Trinidad, el Hijo. Y es, precisamente, Jesu Christo el signo distintivo de la conquista. En sus escritos, De la Vega nos dice que los incas “tuvéronle en mayor veneración que el Sol; no le ofrecieron sacrificio ni le construyeron templos porque decían que no le conocían, porque no se había dejado ver; empero, que creían que lo había”. Al mismo tiempo, la idea de “evolución” se repite en otras expresiones como la siguiente: “Los españoles aplican muchos otros dioses a los incas por no saber dividir los templos y las idolatrías de aquella primera edad y las de la segunda”[22]. Si bien el concepto de “edades” es muy antiguo,[23] éste atribuye una progresiva corrupción del mundo. En cambio, con Garcilaso vemos lo contrario: esas edades indican una progresión hacia un estado superior, semejante al cristiano. Ambas ideas que sugieren la síntesis original en Garcilaso entre el humanismo renacentista y la teología cristiana (católica), como resultado o como estrategia de incluir a un nuevo pueblo, a una nueva cultura —la inca.

Ahora, cuando esta “asimilación” del panteón cristiano con el panteón de los indios más antiguos tiene lugar por parte de algunos españoles, Garcilaso corrige de inmediato como una confusión derivada de la interpretación entre dos culturas diferentes. Si hubiese una identificación indiscriminada no habría (a) la idea del pueblo inca como particularidad “proto-cristiana” ni (b) una idea de “progreso” o “evolución” histórica y teológica. Esto podemos verlo cuando Garcilaso niega la confusión de querer identificar la trinidad católica con otras ideas y dioses mexicanos de edades anteriores.

[...] los dioses antiguos que [...] adoraron los naturales del Imperio de México [...] todos (según ellos mismos lo dicen) perecieron ahogados en el mar, y en lugar de ellos inventaron muchos otros dioses. De donde manifiestamente se descubre ser falsa aquella interpretación de Icona, Bacab y Estruac, que dicen eran el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo[24].

De la misma manera, a la cultura pre-incaica Garcilaso la considera una etapa histórica necesaria en un proceso evolutivo: “Y principiando de sus dioses, decimos que los tuvieron conforme a las demás simplicidades y torpezas que usaron”. No obstante, juzga desde su centro ético-religioso como costumbres ilegítimas las ajenas: sus dioses representaban “la vileza y bajeza de las cosas que adoraban”.

Y así vinieron a tener tanta variedad de dioses y tantos que fueron sin número, y porque no supieron, como los gentiles romanos, hacer dioses imaginados como la Esperanza, la Victoria, la Paz y otros semejantes, porque no levantaron los pensamientos a cosas invisibles, adoraban lo que veían[25].

La ética humanista va en auxilio de su concepción teológica de la divinidad, acusando a los idólatras pre-incaicos de no tener “respeto de sí propios, para no adorar cosas inferiores a ellos”. Garcilaso, exiliado de esta mentalidad preincaica, no alcanza a reconocer su valor panteísta y ecologista. Parte de ese estado primitivo de adorar lo inferior consistía en adorar a la naturaleza por su todo y por sus partes (inferiores):

Y así adoraban yerbas, plantas, flores, árboles de todas suertes, cerros altos, grandes peñas y los resquicios de ellas, cuevas hondas, guijarros y piedrecitas, las que en los ríos y arroyos hallaban, de diversos colores, como el jaspe [...] En fin, no había animal tan vil ni tan sucio que no lo tuvieran por dios[26].

La observación de que “adoraban algunas cosas de las cuales recibían provecho”[27] no es vista como parte del respeto a la naturaleza, proveedora del sustento y de la vida, sino como una forma interesada en lo material en perjuicio de lo sublime. “Otros adoraban la tierra y la llamaban Madre, porque les daba sus frutos; otros el aire, por el respirar, porque decían que mediante él vivían los hombres”[28].

El desprecio cristiano por el panteísmo o por el naturalismo de los indígenas pre-incaicos, con la categórica separación de “lo superior” y “lo inferior”, legitima la explotación de la misma naturaleza desacralizada —el oro y los demás productos de la tierra—, como algo inferior, dado por Dios. Una concepción que se oponía al panteísmo naturalista de los pre-incaicos, luego revindicado en el siglo XX como la “verdadera” (y casi siempre única) tradición indígena.

Sin embargo, De la Vega anotará (aparentemente sutiles) observaciones lingüísticas para apoyar su proyecto integrador. Critica el uso de la palabra española “ídolo” en las traducciones de “cámac” en la cultura Inca. Pero cuando se refiere a los pre-incaicos, los llama “idólatras”. Acusa a los traductores españoles de no percibir la unidad dentro de la diversidad inca, pero no demuestra la misma preocupación al enfrentarse a la diversidad pre-incaica. Aquí el Inca construye su propio proyecto mestizo y procura resolver una “síntesis conveniente”, una narración con continuidad que integre a su raíz Inca en el proceso histórico de la España cristiana. Al igual que procedieron los españoles en su legitimación ética de la conquista, Garcilaso deslegitima las culturas preincaicas por sus costumbres salvajes, como el sacrificio de animales y de humanos caídos en guerra[29]. Diferentes, “los Reyes [...] Incas rastrearon con lumbre natural al verdadero sumo Dios y Señor Nuestro, que crió le cielo y la tierra [...] al cual llamaron Pachacámac”[30].

En “De algunas leyes que tuvieron los incas en su gobierno”, Garcilaso de la Vega continúa la narración del Imperio Inca, en sus similitudes con el Imperio Español:

[El imperio del Inca tenía] tanta variedad de naciones y lenguas, se gobernaba por unas mismas leyes y ordenanzas, como si no fuera más de sola una casa; valía también mucho para que aquellas leyes las guardasen con amor y respeto, que las tenían por divinas[31].

Pero de cualquier forma, por compartir un destino común pero en una etapa aún de retraso, entiende que les faltaba conciencia para ver aquello que veían los cristianos españoles:

[E]n su vana creencia tenían a sus reyes por hijos del Sol, y al Sol por su dios, tenían por mandamiento divino cualquiera común mandamiento del rey, cuando más las leyes particulares que hacía para el bien común. Y así decían ellos que el Sol las mandaba a hacer y las revelaba a su hijo el Inca; y de aquí nacía tenerse por sacrílego y anatema el quebrantador de la ley, aunque no supiese su delito; y acaeció muchas veces que los tales delincuentes, acusados de su propia conciencia, venían a publicar ante la justicia sus ocultos pecados; porque de más creer que su ánima se condenaba, creían por muy averiguado que por su causa o por su pecado venían los males a la república [...][32].

5. Semejanzas políticas

En el momento histórico en cuestión, es muy difícil separar las motivaciones religiosas de las políticas. Sin embargo, intentaremos hacer esta distinción a efectos analíticos. Podemos ver —y el Inca Garcilaso se encargará de anotar estas mismas semejanzas— que tanto para los españoles como para los incas, el poder procedía de Dios (único) y no llegaba hasta el pueblo sino a través de intermediarios. La idea de la capacidad de algunos hombres en la cúspide de la pirámide social o eclesiástica de “interceder” para la administración de la justicia divina, es aún común hoy en día en la teología y en la religión católica. Este monocentrismo se reflejaba, como en los antiguos faraones, en el absolutismo de los reyes católicos y de los emperadores incas. Eran éstos quienes administraban la justicia y los recursos económicos. Es decir, casi toda la vida pública. Según Garcilaso, el Inca era el último juez[33] y también tenía la potestad de repartir tierras a sus súbditos. Tal es el caso del Inca Manco Capac. El Inca nombraba a los caciques regionales e instruía en sus enseñanzas. Repartía tierras a los indios[34]. La ideología inca valoraba positivamente el dominio y sometimiento de otros pueblos, la construcción de un gran imperio por la razón de la fuerza y de la unidad religiosa. Garcilaso escribe “que así [los súbditos] creían que era hombre divino, venido del cielo”[35]. A diferencia de los pre-incas que divinizaban “lo bajo”, los Incas divinizaban lo alto, al igual que los españoles. Es el poder descendiente, característico del imperio español y de la administración de la Corona.

Bibliografía:

De León, Pedro de Cieza. La Crónica del Perú. Edición de Manuel Ballesteros. Madrid: Historia 16, 1984.

____ Obras Completas. La Crónica de Perú. Las Guerras civiles peruanas. Edición crítica de Carmelo Sáenz de Santa María. Madrid: Clavideño: 1984.

De Munter, Koen. Five Centuries of Compelling Interculturality: The Indian in Latin-American Consciousness, en Culture and Politics. Edited by Rik Pinxten, Ghislain Verstraete and Chia Logman. New York: Berham Books, 2004, págs. 89-114.

Freud, Sigmund. Totem and taboo: resemblances between the psychic lives of savages and neurotics. New York: Dodd, Mead, 1920.

Gisbert, Teresa. Iconografía y mitos indígenas en el arte. La Paz: Talleres Don Bosco, 1980.

Imbert, E. Anderson, Historia de la literatura latinoamericana I. México: Fondo de Cultura Económica, 1987.

Pedraza Jiménez, Felipe B. Manual de literatura hispanoamericana. Navarra, España: Cénlit Ediciones, 1991.

Vega, Inca Garcilaso de la. “De algunas leyes que tuvieron los incas en su gobierno”. 500 años del ensayo en Hispanoamérica. Recopilación e introducción de Cathy Maree. Pretoria: University of South Africa, 1993, 59-62.

____ Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miro Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976.

____ El reino de los Incas del Perú. Edited with vocabulary and notes by James Bardin. Norwood, Mass.: Norwood Press, 1918.
Notas

[1] E. Anderson Imbert. Historia de la literatura latinoamericana I. México: Fondo de Cultura Económica, 1987, pág. 117.

[2] Recordemos que en el siglo XV la lucha de los cristianos españoles fue, principalmente, contra los moros, es decir, contra el Corán —contra el otro libro, el otro texto. La lucha contra los judíos (también españoles) fue una variación de otra búsqueda de pureza textual: los judíos no reconocían una parte del nuevo “texto”, sobre el cual se basaba la religión cristiana —los Evangelios. Sin embargo, desde el siglo XVI (hasta nuestros días), el siglo de la Reforma y de la Contrarreforma, el conflicto social, religioso y teológico nunca se centró en la legitimidad del Libro, del texto bíblico, sino sus lecturas. Católicos y protestantes protagonizaron arduas luchas dialécticas y sangrientas luchas fratricidas —donde mayores horrores que los sacrificios aztecas fueron justificados con sólidos argumentos— a causa de las diferentes interpretaciones del texto indiscutido. En el caso del Inca de la Vega, el ejercicio intelectual es el mismo. Sin embargo, corre con la ventaja de que su objeto de interpretación, su texto primario, no es la Biblia sino textos históricos, otro tipo de crónicas.

[3] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miro Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976, pág. 62.

[4] “[...] y de estas confesiones públicas entiendo que ha nacido el querer afirmar los españoles historiadores que confesaban los indios del Perú en secreto, como hacemos los cristianos, y que tenían confesores diputados; lo cual es relación falsa de los indios, que lo dicen por adular a los españoles y congraciarse con ellos, respondiendo a las preguntas que les hacen conforme al gusto que sienten en el que les pregunta y no conforme a la verdad. [Pero sólo hubo] las confesiones públicas que hemos dicho, pidiendo castigo ejemplar” (Inca Garcilaso de la Vega. “De algunas leyes que tuvieron los incas en su gobierno”. 500 años del ensayo en Hispanoamérica. Recopilación e introducción de Cathy Maree. Pretoria: University of South Africa, 1993, 59-62, pág. 61.)

[5] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miro Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976, pág. 44.

[6] Op. cit. Pág. 45.

[7] Op. cit . pág. 46.

[8] Ídem.

[9] En abril de 2005, el nuevo Papa Benedicto XVI (ex cardenal Joseph Ratzinger) declaró públicamente que “fuera de la Iglesia Católica no hay salvación”.

[10] Según E. Anderson Imbert, “al indio no se lo veía en el siglo XVI: era la abstracción del hombre bueno o del hombre malo. Y para [Gonzalo Fernández de] Oviedo fue el hombre malo: Dios lo castigaba con el brazo del conquistador” (29)

[11] Es importante anotar la elección de Garcilaso de la Vega en escribir “Inca” siempre con mayúscula, aún cuando usa esta palabra como adjetivo o como nombre genérico para su pueblo. El escritor no sólo eligió este nombre como nombre propio por proceder de ese pueblo, sino que, además, pertenecía al linaje de quienes gobernaron y fueron, de alguna manera, “responsables” de las particularidades de una cultura despreciada. Su madre, Isabel Chimpo Ocllo, era una princesa (ñusta) de la corte cuzqueña.

[12] Sigmund Freud, en Tótem y Tabú, define a la religión primitiva hebrea como continuación de la monolatría del reformador Tut-Ankaton (Amenofis IV, Ajnatón, adorador del Sol como única divinidad). Según Freud, Moisés habría sido uno de estos los sacerdotes egipcios expulsados por una especie de contrarreforma, una reacción conservadora y politeísta que con violencia quiso borrar la memoria de este original momento histórico. (Sigmund Freud. Totem and taboo: resemblances between the psychic lives of savages and neurotics. New York: Dodd, Mead, 1920.)

[13] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miro Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976, pág. 62.

[14] Ídem. No obstante, “Francisco de Xerez, escribió a su cargo la Verdadera relación de la conquista del Perú [1534]” (Imbert, 42). En otros títulos de la época, la idea y la pretensión de narrar la “verdadera verdad” era común en la literatura de crónicas o relaciones.

[15] Op. cit. pág. 63. Algo semejante atribuye al padre Blas Valera cuando hace sus relaciones de México. Garcilaso de la Vega cuestiona el método que los españoles tenían para interpretar la cultura americana. Cita a Valera para ejemplificar estos errores interpretativos ( “y por valerme de su autoridad “): “En esta confusión tan grande el sacerdote o seglar que las preguntaba tomaba a su gusto y elección lo que le parecía más semejante y más allegado a lo que deseaba saber., y lo que imaginaba que podía haber respondido el indio. Y así, interpretándola a su imaginación y antojo, escribieron por verdades cosas que los indios no soñaron, porque de las historias verdaderas de ellos no se puede sacar misterio alguno de nuestra religión cristiana” Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Pág. 73.

[16] Ídem.

[17] Ídem.

[18] Op. cit. pág. 63.

[19] Op. cit. página 74.

[20] Inca Gracilazo de la Vega. El reino de los Incas del Perú. Edited with vocabulary and notes by James Bardin. Norwood, Mass.: Norwood Press, 1918, pág. 174. Tanto el canibalismo de los pueblos al norte de Perú, como la acusación de sodomía de muchos de ellos, son relatados por Pedro de Cieza de León enLa crónica del Perú, capítulos XIX, XLIX y LXIV. En este último, por ejemplo, Cieza de León dice: “Lo cual yo tengo que era así porque los señores ingas fueron limpios en esto [en el pecado de la sodomía] y también los demás señores naturales”. “Sin embargo, en toda la gobernación de Popayán tampoco alcancé que cometiesen este maldito vicio, porque el demonio debía contentarse con que usasen la crueldad que cometían de comerse unos a otros [...]” (Pedro de Cieza de León. La Crónica del Perú. Edición de Manuel Ballesteros. Madrid: Historia 16, 1984, pág. 269).

[21] Yahvé no era totalmente invisible, sino que verlo —como ver directamente al Sol— dañaba los ojos humanos de Moisés. Éxodo (31,18).

[22] Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miro Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976, pág. 67.

[23] El poeta griego Hesíodo (siglo VIII a. C.) entendía la existencia de cinco edades y las asimilaba a cinco metales. La primera era la edad de oro y la última la de hierro. Como se induce de esta metáfora, para Hesíodo cada edad representaba la decadencia moral. Esta idea estaba en consonancia con la representación de la Iglesia católica y su lectura de las Sagradas Escrituras: todo tiempo pasado fue mejor. En tiempos de Matusalén los hombres vivían casi mil años y muchos de ellos tenían una comunicación directa con Dios. La edad de oro, claro está, fue el Edén. La edad de hierro es el presente. Una idea de “progreso” en la historia, en cambio, podemos encontrarla sugerida en los humanistas del siglo XVI, el siglo de Garcilaso de la Vega.

[24] Inca Gracilaso de la Vega. Comentarios Reales. Prólogo, edición y cronología de Aurelio Miro Quesada. Sucre, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1976, pág. 74.

[25] Op. cit. pág. 27.

[26] Ídem.

[27] Op. cit. pág. 28.

[28] Ídem.

[29] Op. cit. pág. 29.

[30] Op. cit. pág. 61.

[31] Inca Garcilaso de la Vega. “De algunas leyes que tuvieron los incas en su gobierno”. 500 años del ensayo en Hispanoamérica. Recopilación e introducción de Cathy Maree. Pretoria: University of South Africa, 1993, 59-62, pág. 60.

[32] Ídem.

[33] “[...] daba el Inca la sentencia hecha ley, y cuando no le satisfacía la relación del juez, mandaba se suspendiese el pleito hasta la primera visita que hiciese de aquel distrito [...] “(Inca Garcilaso de la Vega. “De algunas leyes que tuvieron los incas en su gobierno”. 500 años del ensayo en Hispanoamérica. Recopilación e introducción de Cathy Maree. Pretoria: University of South Africa, 1993, 59-62, pág. 62.

[34] Op. cit. pág. 48.

[35] Op. cit. Pág. 49.

El identificador de textos

En ficción el 31 enero, 2011 a las 2:49 pm

Cambio/16 (España)

Milenio (Mexico)

La Republica (Uruguay)

El identificador de textos

En la academia todavía tenemos la manía de andar pensando cosas raras sin un propósito definido de antemano. Es una vieja tradición, con algunos casos célebres. Hay gente que se pasa la vida tratando de descubrir por qué las polillas se posan en un ángulo alfa en los meses de setiembre y marzo; o por qué decimos “aquí” en lugar de “acá”, and so on.  Muchos fracasan, pero por cada uno que logra responder ese tipo de preguntas bizarras luego resulta que medio pueblo se salva de una catástrofe o termina masacrado por algún hombre práctico que no pierde su tiempo en descubrir “por qué” pero está seguro en “cómo” aplicarlo a la realidad. ¿Qué se imaginaba Einstein que sus especulaciones de 1905 sobre la relatividad del tiempo terminarían en la bomba atómica?

Tiempo atrás estuvimos trabajando en un interesante programa que llamamos IT (Identificador de Texto). La idea se me había ocurrido hace varios años y es muy simple: toda existencia deja trazas. En el caso de la expresión de la escritura, la historia es conocida. La caligrafía tradicional se centra principalmente en el trazo del autor. Cada persona dibuja o da un énfasis particular a cada letra, a cada palabra. De hecho cualquiera puede distinguir, más o menos, el manuscrito de un hombre del de una mujer (y sus variaciones) o el manuscrito de un tímido del de un extrovertido, con sólo echar una mirada a la caligrafía. Algo parecido ocurría también en la era de las maquinas de escribir. Cada máquina tenía un golpe de letra particular, por lo cual no resultaba difícil identificar al autor de un texto anónimo si se localizaba la maquina. Para evitar esta identificación del anónimo, se inventó luego la misiva hecha de letras y palabras recortadas de los diarios.

En el mundo electrónico el anonimato pareció triunfar finalmente. Muchos lectores de diarios aprovechan esta creencia del anonimato inventándose seudónimos y descargando sus frustraciones ocultas en el travestismo de su identidad propia. Obviamente que cada vez que alguien pone un comentario anónimo en cualquier sitio graba su IP, el cual es expuesto al administrador de dicha página digital. Ni que hablar de un correo electrónico.

Pero aún así queda la posibilidad de que el anónimo use una computadora pública o se conecte en el wireless del parque más cercano o de la librería donde toma café. En países como Estados Unidos, resulta bastante difícil no encontrar un servicio gratuito de Internet o una computadora libre en algún restaurante o en alguna universidad. En Asia, África y en América Latina son más comunes los cyber cafes. A los efectos es lo mismo: el receptor muchas veces puede saber de dónde procede un mensaje X o el comentario de un lector registrado o sin registrar en un diario, por ejemplo, pero muchas veces no puede detectar directamente quién es el autor.

En el mundo digital no tenemos la caligrafía del escritor ni el golpe de tecla de la máquina de escribir, pero tenemos un rastro inequívoco, si se lo analiza a gran escala: la sintaxis y la gramática que, desde un punto de vista radical, es como las huellas dactilares de cada persona.

Como el tono de voz y como cualquier expresión humana, la gramática profunda de cada individuo es casi tan particular como su ADN. No hay en el mundo dos personas que escriban exactamente igual. Por supuesto que en el proceso de investigación y prueba, también consideramos y valoramos la autodeformación deliberada: faltas ortográficas realizadas a posteriori o intencionalmente, desplazamientos forzados de adjetivos o de sustantivos, una duplicación pronominal donde no la había, una variación en el dativo, un complemento indirecto redundante, una voz pasiva en lugar de la activa, eliminación de artículos o abuso de gerundios, de leísmos o de tiempos verbales como el pasado perfecto (más propio de España que de Chile, por ejemplo), adopción de estilos de clases sociales que le son ajenas al autor, etc.

No obstante, al igual que aquellos que escribían a mano intentaban deformar su propia letra para crear el anonimato, esta deformación es prácticamente imposible ante los ojos de un experto calígrafo. En el mundo digital no tenemos la ventaja del trazo de la mano en el papel pero, en cambio, poseemos un número de ocurrencias que multiplican varias veces las cartas a mano. Por otro lado, con el uso de una computadora especializada de poder mediano, es posible realizar millones de combinaciones sintácticas y gramaticales. Es aquí que, a partir de un determinado número de textos, la identidad se reconoce con una precisión que no deja dudas. Esta idea puede resultar extraña o compleja, pero es fácil de comprender si recurrimos a una metáfora: si una persona se saca una cantidad X de fotografías y en cada una cubre una parte diferente de su rostro haciendo irreconocible su identidad en cada una de las fotografías, evidentemente basta un numero específico de fotos “enmascaradas” para tener el retrato exacto, desenmascarado, del hombre de las múltiples caras. Un experimento semejante se podría hacer con los diferentes personajes representados por un mismo actor. La combinación no arrojaría ninguno de sus personajes particulares sino el retrato del actor.

Este proyecto lingüístico tenía virtudes y defectos. La contra era que en cierta medida hubiese podido incrementar una práctica de “gran hermano”, de la cual somos todos victimas hasta cierto punto. La ventaja era que ayudaba a desenmascarar desde criminales hasta pequeños insultantes. Hubo un caso, por ejemplo, el de un texto firmado por un seudónimo que luego de testeado arrojó la identidad de un político algo conocido, sin mucha trascendencia.

Finalmente abandonamos el proyecto. Había más dudas que certezas sobre sus posibles aplicaciones. No obstante sabemos que no pasará mucho tiempo antes que alguien más se le ocurra la misma idea y, por supuesto, haga mucho dinero en el proceso. Porque uno de los fenómenos más interesantes de nuestro tiempo es ver cómo alguien o un pequeño grupo, en uso y abuso de su propio ingenio, logra que millones de personas trabajen gratuitamente para ellos. En casos, además, quienes trabajan gratuitamente lo hacen con pasión y alegría, ya que se sienten protagonistas y participes de alguna forma de poder o de liberación prefabricada.

Jorge Majfud

majfud.org

Enero 2011.

El identificador de textos (Milenio)

El puro fuego de las ideas

En ficción el 30 enero, 2011 a las 5:31 pm

El puro fuego de las ideas


La rata pasa desafiante frente al fuego, a paso de cazador. Los movimientos de un felino, de un filósofo. No de una rata. Me sorprende que no me tenga miedo. Me despertó el ruido que hacía al roer uno de los libros que olvidé en el suelo antes de quedarme dormido. O tal vez se me cayó de las manos y fue a dar unos centímetros antes del fuego que arde como si el tiempo se repitiese en su infierno. Las nueve y media.

Confundí el ruido de sus dientes en la tapa del libro con la destrucción de la leña. De niño confundía el viento de la noche entre las ramas de los árboles con las olas del mar entre las rocas. Luego comprendí que comprender era devalar la metáfora. Develar la metáfora con palabras que, a su vez, cada una era una antigua metáfora escondida, con una larga historia de olas y de vientos procurando explicar lo invisible. O peor: lo que se ve.

Por suerte me despertó. La rata. Esta noche tuve un sueño espantoso. No tengo supersticiones; sólo sospecho del subconsciente. Mis ideas están cambiando. Mi lenguaje. Para mal, ahora entiendo. He dejado de creer en el valor de la inconsecuencia. ¿Hasta cuándo, señor Unamuno? Sus odas a la contradicción, sus elogios a la duda retórica y su abuso de las metáforas: si el dinero es bueno para el cuerpo, las ideas son buenas para el espíritu, ya que las ideas son como el dinero. Pero ¿quién dijo que las ideas son como el dinero? Él, claro, el señor Unamuno. Pero vaya usted a decirle algo; tendrá que escucharlo por una hora antes que lo despida amablemente a patadas. Preferirá esto último, se lo aseguro.

Antes o después de sentarme frente al fuego había estado leyendo, con fastidio, un ataque a La ideocracia, publicado en 1944. Sin duda, ésta es la parte central de mi pesadilla. Una carta dirigida a mi amigo Ramiro de Maeztu. Antes o después me quedé dormido frente al fuego y soñé que me ardía un pié. Literalmente, se me hacía llama un pié y no podía moverlo. Estaba Ulises allí, mi gato, entre el fuego y yo, probablemente fuera del sueño. Ulises desapareció en un cerrar y abrir de ojos; quizás fue persiguiendo un llanto de mujer que llegaba desde la calle. Yo también quise ir a ver y no pude. Un cansancio infinito me lo impidió. Pensé que alguien vendría en mi ayuda pero solo pude contemplar las llamas subiéndome por la tela del pantalón. Al principio sentí un poco de dolor y luego casi nada. Una puerta que se golpeó violentamente con el viento y poca cosa más. Me tranquilizó la idea de que ya no podía volver a golpearse, que la corriente de aire no me amenazaría más con una de esas horribles pestes que tiene a la gente incómoda, y que no tendría que levantarme ya.

Ahora volvamos a lo que interesa. No recuerdo haber escrito alguna vez esa carta, ese ensayito incendiario, según la nota al pie, hace 36 años. Luego —¿o fue antes?— soñé que leía un ensayo escrito por mí mismo en el que defendía públicamente el valor del dinero como conciencia colectiva y el valor de las ideas puras como guías del espíritu, que no son vida y forma sino esencia. Fue un sueño, una advertencia de un subconsciente que se está volviendo más sabio que mi propia conciencia, que mi verdadero yo. Fue un sueño y algo más. Debió ser un sueño porque no estaba Ulises y la mujer lloraba sin parar. Pero hubiese sido un sueño más, absurdo como casi todos, si no me hubiese despertado agitado, al borde de un ataque, sudando y abrazado por las llamas del infierno. La mujer, la rata, el fuego, La ideocracia. Hubiese sido un sueño más si hubiese sido sólo el sueño de esta madrugada y no el mismo sueño que tuve hace siete días y que todavía me perturba la razón. Hubiese sido sólo un sueño más si en lugar de defender la idea del dinero como conciencia colectiva la hubiese atacado y si en lugar de mi firma y una fecha futura al pie —diciembre, 1944—, dijese 1907 o  1920.

Ahora lo sé. Es una advertencia. ¿Cómo no me di cuenta antes? Mis ideas están cambiando peligrosamente. Mis adversarios que han luchado siempre por la República o por la Monarquía siempre han corrido todos los riesgos, como el cobarde y miserable riesgo de morir. Pero nunca pasaron por esto, estoy seguro. Nunca tuvieron miedo de cambiar algún día alguna de esas ideas que servían para poner en riesgo sus propias vidas. ¡Fortuna de los necios, pero fortuna al fin! Los necios comparten símbolos como el de “la patria”, “la libertad”, “los ideales” y el “honor”, pero se matan por sus significados. Y yo, vaya el diablo a saber, he vivido durante mucho tiempo orgulloso de mi principio filosófico de impune contradicción. La heroica coherencia de ser contradictorio toda la vida, porque los hombres son contradictorios, porque la vida lo es. Porque las razones del coeur no son las del air, sino las razones del cul… Pero, quizás ahora lo advierto, todo puede ser contradictorio, menos un filósofo.

Debería tomar nota de esto antes que me olvide. Luego ando todo el día tratando de recordar una idea que había concebido en sueños o poco antes de dormir, y que por alguna razón consideraba clave para develar un misterio que nunca se resuelve. Pero cuando estoy cayendo en sueño, no tengo fuerzas para reponerme y tomar lápiz y papel. Conozco mis debilidades de gusano problemático, y por eso siempre tengo una pluma al lado de la cama, en la mesa de noche o en el suelo, en el bolsillo de un pantalón o en la camisa. También es cierto que cuando más la necesito no la encuentro o no puedo llegar hasta ella. Cuando no tengo papel escribo en la mano izquierda, en un brazo o en el ombligo. Cuando no tengo pluma desordeno la mesa de noche para recordarme al despertar que algo debo recordar. Con frecuencia lo logro. Es como si hablase directamente con un viejo conocido, con el que seré mañana o algún día. Como en este preciso momento. Debería tomar nota de todo esto, pero ¿cómo debo escribirlo para ponerme a salvo del terrorista dialéctico que dentro de nueve años levantará su espada contra éstas, que serán sus viejas ideas? Recurriré a la ficción. Un cuento, por ejemplo, que describa fielmente este preciso momento. Algo que por incomprensible sea irrefutable. Recordaré este momento, aunque mis críticos de siempre dirán que es una sucia ficción recargada de ideas. No me importará; siempre han dicho lo mismo y lo mismo he seguido haciendo yo. Que mi estilo es torpe, que no tengo estilo o que repito los mismos recursos, que me contradigo o que no sé definir lo que pienso. Pero si todo eso es verdad no menos cierto es que pocos como yo han dejado la sangre sobre el papel. Yo soy más importante que mis escritos, que mis ideas y mis críticos no hacen más que confirmarlo insulto tras insulto. Pero al final, ellos siempre son ellos, en plural para la Historia, y Unamuno soy yo. Es decir, el único adversario que puedo temer soy yo mismo, ese que seré dentro de nueve años.

Las nueve treinta y tres. Ya he despertado, estoy sentado pero no puedo moverme para tomar la pluma. Es como si tampoco quisiera hacerlo. Me dura la angustia, la ansiedad de la pesadilla con forma de texto. Pero no lloro; la mujer llora por mí. Mi rostro debe ser la misma piedra de siempre, inexpresiva, tallada como una locura de Gaudí. Me limito a mirar mi pie derecho que ha comenzado a arder. Es una llamita muy pequeña, pero así comienzan todos los grandes incendios. Como… Y, sin embargo, no me preocupa. Hasta diría que en su feroz belleza encierra una pequeña esperanza. ¿Por qué habría de preocuparme si ni siquiera me duele? En otro momento hubiese pateado con fuerza o me hubiese arrancado el zapato. Como si fuese algo verdaderamente urgente. No lo es, claro. Lo urgente debe ser siempre lo más importante, y lo más importante es resolver cómo evitar ser aquel que seré en 1944, cómo evitar perderme en el infierno equívoco de la historia, donde cabalgan el Gengis Khan, el falso Alfonso III y el verdadero Ortega y Gasset.

Ulises no está. Simplemente se ha marchado, por ilógico que parezca. Ese es su lugar, lo he visto defenderlo con uñas y dientes. Odia el frío de esta época, pero más odia que usurpen su territorio. Su alfombra. Confundí su ausencia con un sueño, pero debo pensar que simplemente se ha marchado en búsqueda de la mujer. Los gatos son habitantes de la noche, de los sueños. Es decir, no puedo estar soñando con su ausencia. Pero su alfombra está desprotegida y una rata le ha pasado por encima.

No quiero ver esto como otra premonición, como un símbolo o una metáfora que sólo ven los místicos en estados muy agudos del espíritu. Sólo me hace pensar muchas cosas. Pienso, por ejemplo, en mi propia ausencia. No debería preocuparle esto a alguien que se ha ganado el Paraíso o el Infierno hace mucho tiempo. No pienso en mi muerte, sino en mi ausencia. En 1944 seguiré escribiendo, pero estaré ausente. Y mis enemigos pisarán impunemente mi alfombra. Esto último no podría publicarlo nunca; las ratas me acusarían de soberbia, y nada más difícil de refutar que el quejido de una horda de ratas cuando las arrastra la corriente.

Debo evitar disolverme en el caos, y para ello me encuentro en la difícil situación ya no de refutar o contradecir lo que he afirmado en otro lugar y en otro tiempo, cuando se supone que era más ignorante que hoy y menos sabio, sino que debo refutar algo que diré con furor y convencimiento dentro de diez años más.

Es una tarea totalmente nueva. Me he pasado lo mejor de mi vida refutando al que fui años atrás, con la autoridad de la madurez. Nunca, he de creer, me sentí en el compromiso de combatir a quien seré dentro de un tiempo desconocido e inimaginable. Deberé hacerlo ahora, también desde la superioridad de la madurez, pero con la atroz desventaja de la incomprensión ajena: pocos o nadie aceptará que quien seré será inferior a quien soy, que quien seré dentro de ocho años será un filósofo en decadencia, un hombre repentinamente senil, con la siempre engañosa pretensión de una mayor experiencia, con el abuso religioso que confieren unas barbas más blancas y una mirada más perdida, una voz incomprensible. Porque nuestra Europa sigue confiando más en la vejez que en la juventud. De España ni que hablar; no es confianza lo que tenemos por los viejos sino miedo, miedo profundo a los jóvenes. Yo mismo quería ser viejo a los veinte. Imitaba el cansancio de los viejos mientras esperaba con paciencia los primeros trazos blancos en mi barba. Pero en el fondo, mi espíritu fue siempre joven. Ligero, eufórico, contradictorio. Claro, es fácil decirlo ahora que soy irremediablemente un anciano. Ya no puedo esperar cambios alentadores en mi cuerpo. Mucho menos en mi mente, en esta mente fatigada que amenaza con perder el control. Fatigada y, lo que es peor, desilusionada.

Las nueve treinta y tres. No hace tanto, entonces, que llora la mujer; no hace tanto que se fue Ulises y detrás vino la rata para rescatarme de esa pesadilla.

Si sólo creyera que fue un sueño y nada más… Pero debería darme cuenta de que no sólo voy camino a destruir todas mis actuales convicciones, sino que además el riesgo corro de pasarme al bando enemigo, al bando de aquellos políticos y pensadores que, de este lado y del otro del Atlántico, defienden la idea de la naturaleza divina del dinero, de las ciencias y de las ideas puras, de la lucha armada y de la lucha de clases. El fuego podría destruir a quien no soy todavía, a quien seré después de hoy, pero el que seré mañana puede destruir todo lo que fui hasta hoy y no estaré presente para defenderme. Así ha sido siempre sin que nadie lo advierta. Por esta razón, nadie puede afirmar que con el tiempo los hombres se vuelven más lúcidos, pero es seguro que se hacen más cobardes… Quizás por eso me angustia tanto este sueño, esta misteriosa revelación.

Todos saben que odio las ideas puras, las ideas que nos gobiernan. Ya lo dije. Lo digo una vez más sólo para no olvidarlo, antes de hundirme en lo aparente, en la inconciencia de quien seré. Pero de nada sirve que lo escriba. He escrito demasiado, en vano. Luego me ha servido para derramar fuego de tinta fresca sobre la tinta apagada en el papel. ¿Qué dirán mis amigos, mis discípulos, mis seguidores, cuando me vean (otra vez) cambiar sin pudor? Si hubiese perdido la fe en Dios podría seguir predicando, en el convencimiento de que la creencia, verdadera o engañosa, es buena para la gente. Pero cuando uno deja de creer en las ideas que hasta ayer creyó, que hasta ayer eran útiles y beneficiosas, deja de tener razones para seguir defendiéndolas.

Es cierto que uno cambia con los años, cambia de ideas como cambia de ropa. Cambia uno mismo, cambia Unamuno. Vaya novedad. Acerca de los cambios físicos prefiero no hablar. Para eso están los médicos y las viejas quejumbrosas. Pero algo permanece igual y ha de ser el espíritu. Por verdad o por ilusión, uno espera de él lo opuesto al vergonzoso espectáculo del cuerpo, y quizás por eso uno se hace filósofo. Para vencer a la muerte, para distraer o para despreciar el dolor. Son verdaderos los hombres que pasan por la entrada de la cueva, pero las sombras no lo son menos. Ni más ni menos. (No olvidar subrayar ese ni más ni menos; ahora está tan de moda atribuirle más realidad a las sombras que a los cuerpos que las proyectan.) Pero los hombres no podemos con nuestras manías de antiguos guerreros y hacemos de cada nueva idea una nueva arma de combate, y de nuestra identidad una trinchera. Entonces ya no basta con afirmar algo nuevo; también es necesario negar algo viejo. O todo lo demás.

Si al menos la rata que seré tuviese esta lucidez y dejara en pie esto último que estoy diciendo y que no dije hasta hoy. Pero no. Aseguro que no lo hará. Yo me negaré otra vez, me destruiré, me hundiré en la vergüenza y en el ridículo ajeno. La rata roerá lo mejor que fui, lo mejor que dejé a la humanidad. No estaré presente para defenderme de mí mismo

Por eso es hora de actuar. Ya tengo una estrategia precisa. Desde hoy en delante, y hasta que la lucidez me lo permita, articularé un pensamiento que justifique todas las locuras por venir. Es más, todo lo que diga en el futuro, procurando negar mis ideas de hoy, deberán ser confirmaciones, no de las ideas que tendré sino de las ideas que defiendo hoy, confirmaciones de las ideas que pretenderé negar. Podría comenzar diciendo, “para demostrar esta hipótesis, yo mismo la atacaré dentro de diez años, yo mismo afirmaré lo contrario”.

Dejaré de atacar al pobre pensador que fui hace diez años y comenzaré a atacar al perverso pensador que seré de aquí a tantos más. Claro, algún necio pensará, ¿cómo saber si el pensador lúcido es el que soy hoy? Simplemente, mi querido lector, porque uno debe actuar conforme a sus convicciones. Y si fui capaz de advertir este problema hoy y no ayer ni mañana, ha de ser porque hoy soy el mejor de los tres que fui y seré. Hoy soy el mejor de los tres Unamunos y, por lo tanto, ganará el que hoy soy. Si mañana no soy capaz de desarticular el plan que concibo hoy, no mereceré la pena. Yo, el verdadero Yo, el mejor de los Yo, el más lúcido, vencerá. La verdad está en el éxito, el triunfo es la verdad. Por esta lógica razón, no estoy dispuesto a escuchar a nadie más que a mí mismo. Ni siquiera a los otros que no soy ahora mismo, aquí y ahora.

Comenzaré esta misma noche. O tal vez mañana, cuando esté más repuesto. Estoy muy cansado, como un escultor que ha debido luchar por mucho tiempo con un gran bloque de piedra para rescatar de sus entrañas una delicada imagen de mujer, de la virgen con su hijo caído en brazos. He estado intentando despertar desde hace tres minutos. O más, porque es probable que el reloj se haya descompuesto. Se quedó en las nueve treinta y tres. No quiero especular sobre este hecho, pero comienzo a hacer cosas de forma inevitable. A los treinta y tres años tuve mi crisis espiritual. A la misma edad Jesús y todos los demás líderes espirituales que han sobrevivido a la muerte.

Bueno, basta, pongamos manos a la obra. Apenas pueda moverme me moveré. Apenas pueda salir de este infierno, saldré. Al menos que el fuego haga innecesaria la realización de tan genial tarea, al menos que…

He visto a la rata volver sobre sus pasos y pasar entre mis pies. Tenía manchas de sangre en el hocico, aunque no podría decirlo con certeza. Mi profundo cansancio, la luz infernal del fuego deforma los colores y la rata ha desaparecido debajo de mi sillón donde arde la pequeña llamita de mi pié derecho. Sólo siento el ruido que hacen sus dientes en las tapas del libro, en sus páginas, como si fuese carne o papel que se quema en la cocina a leña. Es probable que ni siquiera sea necesario el fuego.

 

Jorge Majfud

2005

 

El jefe

En ficción el 30 enero, 2011 a las 5:29 pm

El jefe


Cuando estaba nervioso, el alcalde se contaba los dedos de la mano. Pero el viernes de noche, mientras intentaba leer algunas revistas salvadas del fuego de la Matriz, notó algo extraño: tenía nueve. Volvió a contar: nueve, otra vez. Entonces, repitió esta operación hasta que, abrumado por la evidencia, levantó la mirada hacia un cuadro de Goya y se quedó pensando. Siempre había creído que tenía diez dedos. ¿De dónde podía venirle esta convicción? Lo había visto en la demás gente. El ingeniero tenía diez, aunque no estaba del todo seguro, porque nunca se los había contado. Pero siempre hablaba del sistema decimal, o algo así. El ingeniero contaba muy bien y le había dicho que todo se repite de diez en diez porque teníamos diez dedos. Pero, ¿todos tenemos diez dedos?—se preguntó el alcalde, ahora algo nervioso. Él tenía nueve, y nunca nadie se lo había dicho. Tal vez lo habían disimulado, porque la gente siempre temía molestarlo. “En el fondo me tienen miedo” se dijo y sonrió orgulloso. Sin embargo, tampoco nadie le había dicho que tenía nueve dedos cuando era un simple cantinero, en el club Libertad.  Tal vez la gente ya le tenía miedo. O tal vez perdió un dedo después de que lo eligieron para alcalde. Toda esa gente alrededor, manoseándolo, queriendo llevarse un recuerdo de él. ¿Pero cuándo, exactamente, pudo haber perdido un dedo? Eso duele mucho, o debe doler, por lo que difícilmente pueda pasar inadvertido, ni por el que lo pierde ni por la demás gente que está alrededor. O el dolor había sido tan intenso que le había provocado amnesia, como cuando uno ve algo que no quiere ver y se desmaya o despierta de la pesadilla. ¿O estaba perdiendo los dedos de la mano como los diabéticos pierden los dedos del pie, sin dolor? ¿Qué habría sido del dedo perdido? ¿Cuál de las protuberancias que tenía en las manos había sido alguna vez la raíz del dedo desaparecido? Miró a su alrededor. Miró el cuadro: una mujer que sostenía el ataúd con la sardina sonreía, mostraba cinco dedos en una mano. La otra mano no se veía, pero es de suponer que también tenía cinco dedos, ya que la naturaleza animal suele ser simétrica, sino en sus proporciones por lo menos en la cantidad de sus elementos que la componen. Aunque el corazón era uno solo y no estaba al medio, como la nariz o el pene. Estaba desviado, un poco inclinado, prueba quizás de su imperfección y del desorden de todos los sentimientos que salían o pasaban por sus válvulas: amores, odios, alegrías, tristezas… Un verdadero caos. Pero salvo este detalle, el resto de la naturaleza es simétrica: los hombres, las mujeres, los trenes y las hojas de los árboles. Apenas terminó este razonamiento se sintió feliz: en realidad parecía muy inteligente. Por algo lo habían elegido gobernador de toda la ciudad, es decir, de todo ser humano conocido a la redonda. Si no fuese por el desierto que los rodea, sería gobernador también de las aldeas vecinas. Tendría un imperio. También el vicealcalde, quien siempre se encargaba de todo y quien lo impulsó a meterse en política, decía lo mismo. Había llegado a alcalde por su portentosa inteligencia y por sus habilidades oratorias. Se lo decía siempre el vicealcalde.

Uno, dos, tres… nueve. Se quitó los zapatos y volvió a contar: esta vez llegó hasta diez, no con alivio sino con un dejo de preocupación, porque la cifra alcanzada confirmaba que le faltaba un dedo en una de las manos. Volvió a sus manos y contó al revés, procurando determinar en qué mano faltaba el dedo en cuestión. Nueve, ocho, siete… uno. Estaban todos. No, había procedido mal. Debía comenzar por diez y si llegaba a dos, era porque realmente le faltaba un dedo y, de paso, sabría a qué mano había pertenecido. Volvió a contar y descubrió que le faltaba uno en la mano izquierda. Aunque todo eso era discutible, como decidir cuándo empezará el nuevo milenio, si en el dos mil o en el dos mil uno. Todo depende si consideramos que existe un año cero, que no existe, como no existe un dedo cero, sino que se empieza por el uno… ¿Y si realmente le faltaba un dedo? Claro, no lo había notado antes porque siempre firmaba con el pulgar de la derecha. Miró las dos manos a la mayor distancia que le permitían los brazos y comparó una con otra: le faltaba el índice izquierdo, lo que demostraba las limitaciones de la lógica matemática. Donde faltaba había quedado una especie de joroba. La mano se parecía más bien a una especie de cisne. Lo sabía por las fotos de los libros que estaban en los sótanos de la comuna. Se sintió molesto: si hubiese descubierto un dedo de más, sería otra cosa. Tal vez se hubiese sentido orgulloso. Pero un dedo de menos lo inquietaba, y no sabía por qué. Por un momento, se le cruzó la idea de obligar a sus funcionarios a tener no más de nueve dedos, sumados en ambas manos, pero la desechó enseguida, diciéndose a sí mismo y en voz baja, que él era un gobernante democrático y tolerante. Mandar cortar dedos sin una justificación era una práctica salvaje de los camelleros que hablaban algarabía. Claro, podría encontrar una razón. Siempre hay una razón para todo. Los evasores de alcabales, por ejemplo, merecían un castigo justo y ejemplar. Bastaba con un decreto que la asamblea discutiría acaloradamente dos o tres meses para finalmente confirmar una medida tan necesaria. Es mejor perder un dedo y no la mano, una muela y no la cabeza. Así la mitad de la población carecería de un dedo… Pero sería la mitad menos orgullosa y él pertenecería a ese ingrato grupo de malditos. Por lo tanto, mejor proceder al revés. Podría ascender de rango a todos aquellos que carecieran de un dedo, al menos. Eso sí. Eso sería algo positivo, porque enseñaría a los demás que lo importante en la vida es la superación personal a partir de alguna carencia. Y pronto esa carencia terminaría por convertirse en una virtud, en un signo de distinción. Sí, ya sabía, como siempre uno trataba de distinguirse de los pobres, de los infradotados, pero ellos siempre terminaban por imitar las costumbres de los nobles. Seguramente en pocos años todo el mundo terminará por cortarse un dedo. Maldición, dijo golpeando la mesa con su mano de cinco dedos.

Quiso pensar en otra cosa. De debajo de una pila de papeles viejos, tomó un La Aldaba de 1974. En la página de atrás el loco de la corneta había puesto una larga cita de Martin Heidegger. Leyó con la desconfianza habitual en esos casos: Fenomenología del espíritu de Hegel. Estaba en alemán. O en un español antiguo, de ahí su dificultad, con esas horribles lo, las, les, los que sólo servían para confundir.

«Si sólo al final el saber absoluto es de una forma total él mismo, saber que sabe, y si es esto al devenir tal, en tanto llega a sí mismo, pero sólo lo llega a sí mismo en tanto el saber se deviene otro, entonces en el inicio de su andadura hacia sí mismo aún no debe estarlo en y consigo mismo. Todavía debe ser otro y, es más, incluso sin todavía haber devenido otro. El saber absoluto debe ser otro al inicio de la experiencia que la conciencia hace consigo misma, experiencia que, más aún, no es otra que el movimiento, la historia donde acontece el llegar-a-sí-mismo en el devenir-se-otro».

Limpió los lentes y tomó un lápiz para corregir los errores gramaticales:

«Así pues, si en su fenomenología el saber debe hacer consigo la experiencia en la que experimenta lo que no es y lo E que justamente en ello es con él, entonces ello sólo puede ser así si el saber mismo que hace (cumple) la experiencia, de alguna manera ya es saber absoluto. Martín Heidegger…»

Miró el dedo que no estaba. No podía olvidarse de él tan fácilmente, como alguien que despierta de una pesadilla y se da cuenta que es real. Decidió cerrar La Aldaba cuatro o cinco años atrás por esos excesivos errores gramaticales, previa votación de la Asamblea. Luego, revisó los programas de educación para recuperar los valores perdidos, el espíritu original de Calataid, reserva moral del mundo en los oscuros tiempos que han de venir, anunciados largamente por el doctor Uriburu, quien se pegó un tiro en la boca para acallar su propia voz. Eliminé la falsa educación reproductiva, la blasfema teoría de la evolución e todas las demás teorías, e mudé éllas por la enseñanza de los fechos. «Factos e no teorías» fue la lema de esa campaña, inspiración de nuestro pastor George Ruth Guerrero. E si bien la Asamblea se resistió, como siempre, finalmente comprendió la sabia medida e fasta los más progresistas prefirieron perder un ojo a quedarse ciegos. Mas tanto esfuerzo no fue suficiente, e agora la ciudad paga las consecuencias por su falta de fe.

Una mujer que lloraba o se reía lo sacó de sus cavilaciones. Era un llanto breve y ahogado que venía del otro lado de la puerta del corredor; un gemido que se repitió como en un eco reprimido. Abrió e hizo silencio, pero no escuchó más nada. Volvió a cerrar la puerta, dejando del otro lado un suspiro discreto.

Por la ventana vio varias columnas de humo negro que apresuraban el atardecer. Los vecinos habían decidido quemar colchones y cualquier elemento usado para descanso o placer. La quema colectiva provocó algunos incendios mayores que destruyeron pocas casas en Santiago y algunas más en San Patricio. De esta forma se completó la primera profecía de Aquines Moria.

 

Jorge Majfud

2004

 

 

Obras públicas

En ficción el 30 enero, 2011 a las 5:27 pm

Obras públicas


Apenas cinco años atrás, Basílides se atrevía a inventar burlas y absurdos como éstos en La Aldaba, hasta que llegó la orden de cerrar el semanario por un año. Esto impidió que saliera a la luz un descubrimiento que había hecho el mismo pseudoastrólogo en los archivos del Departamento de Obras de la alcaldía, lo cual hubiese, al menos, culminado la serie con broche de oro. Con fecha de agosto de 1945, se había olvidado el proyecto de un «paseo marítimo» que llegó a construirse en parte y que luego las arenas y la memoria de Calataid silenciaron. Los viejos planos, dibujados pacientemente y copiados con tinta azul, y las largas memorias descriptivas todavía revelaban un repentino entusiasmo progresista que de a poco se fue superando. “Tal vez el fracaso del proyecto se debió a la escasa originalidad de los santistas, a una repentina voluntad de copiar éxitos ajenos que llegaban a través de las películas americanas y de las revistas europeas” había escrito Basílides, en el artículo que no llegó a publicarse.

La historia del proyecto comenzó un día que el alcalde, don Juan Medina Medina (1859-1963), resolvió dinamizar la actividad de la ciudad con una gran obra pública que perpetuara su nombre. La idea que tuvo menos resistencia (y que terminó conquistando calurosos aplausos al final) fue la de construir un paseo marítimo que recorriese los límites extramuros de la ciudad. Sólo quedaba un detalle por resolver: ¿Cómo construir un paseo marítimo sin tener antes un mar, o por lo menos un río? La solución, según el ingeniero de la comuna, don Daniel Medina (1864-1963), era aprovechar las curvas de nivel para detectar un posible cause a llenar con agua. En la Asamblea de Ediles, explicó con detalles inconclusos, todo lo que había aprendido en la Universidad de Granada sobre cálculo de curvas de nivel, lo que no sirvió para aclarar mucho las posibilidades de tal proyecto pero en cambio duplicó el entusiasmo popular. Las curvas de niveles aparecieron, porque siempre hay un punto más bajo que  otro, sólo que no hubo forma de hacer pasar por allí ningún arroyo, por mínimo que fuese. Todo lo que no hizo cambiar de idea a las autoridades y de esa forma terminaron construyendo su ansiado Paseo Marítimo. Para llenar el cause del nuevo río se demolió parte de la antigua muralla norte y se desviaron los albañales hacia él, lo que resultaba una idea redonda: no sólo se creaba un paseo para la gente de intramuros, sino que además se solucionaban algunos problemas de saneamiento que habían complicado a sus ciudadanos durante muchos años. Se decía, por ejemplo —y, más tarde, el doctor Salvador Uriburu fue de la misma opinión— que casi todos los aljibes, los pozos de agua y la gran cisterna comunal estaban contaminadas por las aguas fecales que excretaba diariamente la ciudad. Pero esta afirmación, sobre todo luego del fracaso de las obras, fue considerada una ofensa a Calataid y ya nadie se atrevió a reconsiderarla. Según el proyecto de Daniel Medina, de cada lado del futuro Paseo-Marítimo-Albañal se plantarían árboles y flores para disimular el olor que produjo después la exposición de aguas servidas, acompañadas muchas veces por desechos humanos en su estado inicial, lo que no resultaba tan atractivo como se había pensado en el momento de la votación. Pero el pueblo demostró su buena disposición para el Progreso y no quiso hacer reparos a tan importante obra iniciada por las autoridades, lo que lo acercaba, aunque más no sea en una pequeña escala, a las maravillas acuáticas del Sena en París o del Tamesis en Londres. Con todo, ésta había sido una genialidad local, lo que ya tenía su mérito, según Basílides. Pero tan rápido como su proyecto y construcción, se organizó su abandono y olvido durante los inolvidables años sesenta. Después de la independencia de Argel, en 1962, y de los horrores causados por la guerra civil, se comprendió que la demolición del treinta y tres por ciento de la muralla de San Fernando, usada para las nuevas obras, había sido el peor pecado que se había cometido en Calataid en su larga existencia. La muralla permaneció con esa herida, como recordatorio de la barbaridad del progreso, hasta que todos olvidaron la causa que la había provocado y se comenzó su reconstrucción en el año 1963. Como fue imposible localizar las piedras originales, se decidió deconstruir dos torres para reparar el daño histórico de los Medina. Se eligieron las dos torres más altas donde, por algún tiempo y por obra de los nuevos inmigrantes, refugiados de la guerra, se habían instalado dos antenas de radio, por la cual una de ellas era conocida como la torre de Babel. Los oídos de Calataid fueron extirpados en un solo día, lo que fue recibido con alivio y algarabía por la mayoría de su población.

2004

 

 

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