Al César lo que es de Dios

Al César lo que es de Dios

No hace muchos días la candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos por el Partido Republicano, Sarah Palin, afirmó que la construcción de un oleoducto en Alaska representaba la voluntad de Dios para unir a las personas y a las compañías. Luego pidió a la gente que orase por aquellos que estaban cumpliendo el deseo de Dios en Irak. “Esto es lo que debemos tener por seguro –dijo–, que nuestros líderes están enviando soldados a Irak para cumplir con un plan, que es el plan de Dios” (CNN, 9-9-2008).

A lo largo de la historia, Dios, los dioses o sus representantes, han expresado la misma voluntad, desde el antiguo Egipto hasta las salvadoras revoluciones de Augusto Pinochet y Rafael Videla. Un best seller del siglo XVI, como las Cartas de relación (1522) de Hernán Cortés, llena páginas de orgullosas descripciones sobre esta noble tarea.

Por la cultura jurídica propia de la España de la época, Hernán Cortés envió a los mexicanos una larga carta explicando quién era el rey, a quien todo le pertenecía, incluidas las tierras de quienes no entendían el idioma del enviado del cielo. De esa sabia manera, se justificó y legalizó el sometimiento de los rebeldes, ya que la insubordinación era el mayor delito por entonces: “Les quemé más de diez pueblos –escribió Hernán Cortés–, en que hubo pueblo de ellos de más de treinta mil casas […] Y como traíamos la bandera de la cruz, y pugnábamos por nuestra fe y por servicio de vuestra sacra majestad en su muy real ventura, nos dio Dios tanta victoria que les matamos mucha gente, sin que los nuestros recibiesen daño”. Para que no quedasen dudas, “los mandé tomar a todos cincuenta y cortarles las manos, y los envié que dijesen a su señor que de noche y de día y cada cuanto él viniese, verían quiénes éramos”. El paso implacable del hombre de armas y letras no se detiene: “Seguí mi camino considerando que Dios es sobre natura, y antes que amaneciese di sobre dos pueblos, en que maté mucha gente”. Y más tarde “ya que amanecía di con otro pueblo tan grande que se ha hallado en él, por visitación que yo hice hacer, más de veinte mil casas. Y como las tomé de sobresalto, salían desarmados, y las mujeres y niños desnudos por las calles, y comencé a hacerles algún daño; y viendo que no tenían resistencia vinieron a mí ciertos principales del dicho pueblo a rogarme que no les hiciésemos más mal porque ellos querían ser vasallos de vuestra alteza y mis amigos; y que bien veían que ellos tenían la culpa en no me haber querido servir”.

El objetivo final –la pacificación de pueblos tan feos y crueles– es siempre logrado con ayuda del cielo: “Después de sabida la victoria que Dios nos había querido dar y cómo dejaba aquellos pueblos en paz, hubieron mucho placer”.

Este best seller del momento fue traducido a varias lenguas europeas y admirado como un modelo de héroe de la civilización. Es cierto que el gran Hernán Cortés termina sus días traicionando sus propios valores por la influencia de los valores humanistas, de los valores de los propios salvajes o quizás por las debilidades propias de su edad acrecentada. Después de más de veinte años viviendo y conviviendo con los nativos, Hernán Cortés escribe, melancólico: “Tengo experiencia de los daños que se han hecho y de las causas de ellos, tengo mucha vigilancia en guardarme de aquel camino, y guiar las cosas por otro muy contrario”. Más adelante, el héroe arrepentido resiste la costumbre, “y por esto yo no permito que saqueen oro con ellos, aunque muchas veces se me ha requerido […] Ni tampoco permito que los saquen fuera de sus casas a hacer labranzas, como lo hacían en otras islas”.

Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera, 1575), un soldado que se aproxima más a las convicciones de nuestra época, no cae en romanticismos de viejo y justifica la violencia de la empresa. Lo mismo había hecho Pedro Cieza de León (Historia del Perú, 1553). Según el antropólogo peruano Manuel Burga (Nacimiento de una utopía, 1988), “podríamos decir que la violencia constituye el principio ordenador del sistema colonial. Indudablemente, los incas también utilizaron la violencia en sus campañas de conquista, pero ella, sin embargo, se ocultaba cuando los incas conservaban intactas las sociedades conquistadas. [Los españoles] se esforzaron en quebrar la autosuficiencia de los ayllos y lanzarlos a una economía de mercado”.

La heroica y necesaria violencia de la Conquista fue presentada por otros malos españoles y peores católicos, como fray Montesinos y sobre todo por el delirante fray Bartolomé de las Casas, para denunciar una empresa que consideraban injusta y genocida. Bartolomé de las Casas dejó sus memorias y denuncias escritas, y se enfrentó en debates públicos (como en la Junta de Valladolid, 1551) ante el rey y la noble nobleza española de la que pareció salir vencedor. Por el buen corazón del rey se promulgaron las humanísimas leyes nuevas en 1542, prohibiendo el abuso de los salvajes, pero nunca llegaron a imponerse en la práctica por la mala voluntad de algunos gobernantes. El sojuzgador de Nueva Granada, Balacázar, respondió a una de estas órdenes reales según la práctica corriente: “Se respeta, pero no se cumple”. Esto, para otro intelectual rebelde y traidor de su propia clase social, el peruano Manuel González Prada (Nuestros indios, 1908), era parte de un mismo juego: “Los reyes de España, cediendo a la conmiseración de sus nobles y católicas almas concibieron medidas humanitarias o secundaron las iniciadas por los virreyes […] oficialmente se ordenaba la explotación del vencido y se pedía humanidad y justicia a los ejecutores de la explotación; se pretendía que humanamente se cometiera iniquidades o equitativamente se consumara injusticias”.

Durante siglos y milenios de literatura escrita y oral, por lo menos hasta la llegada de la crítica ilustrada del siglo XVIII, siempre se absolvió al rey y se culpó a los mandos medios por corrupción y abuso, desde los escritos de Guamán Poma Ayala (1610) o dramas como Fuenteovejuna (1612) de Lope de Vega, hasta nuestros tiempos, mucho más espectaculares y virtuales.

Los derechos humanos se respetan pero no se cumplen. Como afirman nuestros sabios líderes del siglo XXI, las guerras son parte del plan del verdadero Dios, aunque siempre hay algunos individuos, generalmente mandos medios, que desvirtúan tan nobles objetivos como lo es la paz mundial por la fuerza muscular del brazo armado del Señor. Jesús predicó el amor indiscriminado, pero sus seguidores más fieles mejoraron esta prescripción. Como decía el gran Theodore Roosevelt, “Speak softly and carry a big stick; you will go far” (“Carga un garrote en la mano mientras hablas dulcemente y llegarás lejos”). En antiguo castellano se decía: “A Dios rogando y con el mazo dando”.

Lo que demuestra que si algunas sagradas escrituras pueden parecer contradictorias con la moral y la teología política, éstas en sí mismo extienden su inquebrantable coherencia a lo largo de los siglos, a través de las naciones y más allá de las diversas culturas que pueblan nuestro adorable mundo humano: el poder procede de Dios, ergo el plan del César es el plan de Dios.

Jorge Majfud

setiembre 2008

El Jesús que secuestraron los emperadores

¿Quien me presta una escalera

para subir al madero,

para quitarle los clavos

a Jesús el Nazareno?

(Antonio Machado)

Hace unos días el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se refirió a Jesús como el más grande socialista de la historia. No me interesa aquí hacer una defensa o un ataque de su persona. Sólo quisiera hacer algunas observaciones sobre una típica reacción que causaron sus palabras por diversas partes del mundo.

Tal vez decir que Jesús era socialista es como decir que Tutankamón era egipcio o Séneca era español. No deja de ser una imprecisión semántica. Sin embargo, aquellos que en este tiempo se han acercado a mí con cara de espantados por las palabras del “chico malo” ¿lo hacían en función de algún razonamiento o simplemente en función de los códigos impuestos por un discurso dominante?

En lo personal, siempre me ha incomodado el poder acumulado en un solo hombre. Pero si el señor Chávez es un hombre poderoso en su país, en cambio no es él el responsable del actual orden que rige en el mundo. Para unos pocos, el mejor orden posible. Para la mayoría, la fuente de la violencia física y, sobre todo, moral.

Si es un escándalo imaginar a un Jesús socialista, ¿por qué no lo es, entonces, asociarlo y comprometerlo con la cultura y la ética capitalista? Si es un escándalo asociar a Jesús con el eterno rebelde, ¿por qué no lo es, en cambio, asociarlo a los intereses de los sucesivos imperios —exceptuando el más antiguo imperio romano? Aquellos que no discuten la sacralizad del capitalismo son, en gran número, fervientes seguidores de Jesús. Mejor dicho, de una imagen particular y conveniente de Jesús. En ciertos casos no sólo seguidores de su palabra, sino administradores de su mensaje.

Todos, o casi todos, estamos a favor de cierto desarrollo económico. Sin embargo, ¿por qué siempre se confunde justicia social con desarrollo económico? ¿Por qué es tan difundida aquella teología cristiana que considera el éxito económico, la riqueza, como el signo divino de haber sido elegido para entrar al Paraíso, aunque sea por el ojo de una aguja?

Tienen razón los conservadores: es una simplificación reducir a Jesús a su dimensión política. Pero esta razón se convierte en manipulación cuando se niega de plano cualquier valor político en su acción, al mismo tiempo que se usa su imagen y se invocan sus valores para justificar una determinada política. Es política negar la política en cualquier iglesia. Es política presumir de neutralidad política. No es neutral un observador que presencia pasivo la tortura o la violación de otra persona. Menos neutral es aquel que ni siquiera quiere mirar y da vuelta la cabeza para rezar. Porque si el que calla otorga, el indiferente legitima.

Es política la confirmación de un statu quo que beneficia a una clase social y mantiene sumergida otras. Es político el sermón que favorece el poder del hombre y mantiene bajo su voluntad y conveniencia a la mujer. Es terriblemente política la sola mención de Jesús o de Mahoma antes, durante y después de justificar una guerra, una matanza, una dictadura, el exterminio de un pueblo o de un solo individuo.

Lamentablemente, aunque la política no lo es todo, todo es política. Por lo cual, una de las políticas más hipócritas es afirmar que existe alguna acción social en este mundo que pueda ser apolítica. Podríamos atribuir a los animales esta maravillosa inocencia, si no supiésemos que aún las comunidades de monos y de otros mamíferos están regidas no sólo por un aclaro negocio de poderes sino, incluso, por una historia que establece categorías y privilegios. Lo cual debería ser suficiente para menguar en algo el orgullo de aquellos opresores que se consideran diferentes a los orangutanes por la sofisticada tecnología de su poder.

Hace muchos meses escribimos sobre el factor político en la muerte de Jesús. Que su muerte estuviese contaminada de política no desmerece su valor religioso sino todo lo contrario. Si el hijo de Dios bajó al mundo imperfecto de los hombres y se sumergió en una sociedad concreta, una sociedad oprimida, adquiriendo todas las limitaciones humanas, ¿por qué habría de hacerlo ignorando uno de los factores principales de esa sociedad que era, precisamente, un factor político de resistencia?

¿Por qué Jesús nació en un hogar pobre y de escasa gravitación religiosa? ¿Por qué no nació en el hogar de un rico y culto fariseo? ¿Por qué vivió casi toda su vida en un pueblito periférico, como lo era Nazareth, y no en la capital del imperio romano o en la capital religiosa, Jerusalén? ¿Por qué fue hasta Jerusalén, centro del poder político de entonces, a molestar, a desafiar al poder en nombre de la salvación y la dignidad humana más universal? Como diría un xenófobo de hoy: si no le gustaba el orden de las cosas en el centro del mundo, no debió dirigirse allí a molestar.

Recordemos que no fueron los judíos quienes mataron a Jesús sino los romanos. Aquellos romanos que nada tienen que ver con los actuales habitantes de Italia, aparte del nombre. Alguien podría argumentar que los judíos lo condenaron por razones religiosas. No digo que las razones religiosas no existieran, sino que éstas no excluyen otras razones políticas: la case alta judía, como casi todas las clases altas de los pueblos dominados por los imperios ajenos, se encontraba en una relación de privilegio que las conducía a una diplomacia complaciente con el imperio romano. Así también ocurrió en América, en tiempos de la conquista. Los romanos, en cambio, no tenían ninguna razón religiosa para sacarse de encima el problema de aquel rebelde de Nazareth. Sus razones eran, eminentemente, políticas: Jesús representaba una grave amenaza al pacífico orden establecido por el imperio.

Ahora, si vamos a discutir las opciones políticas de Jesús, podríamos referirnos a los textos canonizados después del concilio de Nicea, casi trescientos años después de su muerte. El resultado teológico y político de este concilio fundacional podría ser cuestionable. Es decir, si la vida de Jesús se desarrolló en el conflicto contra el poder político de su tiempo, si los escritores de los Evangelios, algo posteriores, sufrieron de persecuciones semejantes, no podemos decir lo mismo de aquellos religiosos que se reunieron en el año 325 por orden de un emperador, Constantino, que buscaba estabilizar y unificar su imperio, sin por ello dejar de lado otros recursos, como el asesinato de sus adversarios políticos.

Supongamos que todo esto no importa. Además hay puntos muy discutibles. Tomemos los hechos de los documentos religiosos que nos quedaron a partir de ese momento histórico. ¿Qué vemos allí?

El hijo de Dios naciendo en un establo de animales. El hijo de Dios trabajando en la modesta carpintería de su padre. El hijo de Dios rodeado de pobres, de mujeres de mala reputación, de enfermos, de seres marginados de todo tipo. El hijo de Dios expulsando a los mercaderes del templo. El hijo de Dios afirmando que más fácil sería para un camello pasar por el ojo de una aguja que un rico subiese al reino de los cielos (probablemente la voz griega kamel no significaba camello sino una soga enorme que usaban en los puertos para amarrar barcos, pero el error en la traducción no ha alterado la idea de la metáfora). El hijo de Dios cuestionando, negando el pretendido nacionalismo de Dios. El hijo de Dios superando leyes antiguas y crueles, como la pena de muerte a pedradas de una mujer adúltera. El hijo de Dios separando los asuntos del César de los asuntos de su Padre. El hijo de Dios valorando la moneda de una viuda sobre las clásicas donaciones de ricos y famosos. El hijo de Dios condenando el orgullo religioso, la ostentación económica y moral de los hombres. El hijo de Dios entrando en Jerusalén sobre un humilde burro. El hijo de Dios enfrentándose al poder religioso y político, a los fariseos de la Ley y a los infiernos imperiales del momento. El hijo de Dios difamado y humillado, muriendo bajo tortura militar, rodeado de pocos seguidores, mujeres en su mayoría. El hijo de Dios haciendo una incuestionable opción por los pobres, por los débiles y marginados por el poder, por la universalización de la condición humana, tanto en la tierra como en el cielo.

Difícil perfil para un capitalista que dedica seis días de la semana a la acumulación de dinero y medio día a lavar su conciencia en la iglesia; que ejercita una extraña compasión (tan diferente a la solidaridad) que consiste en ayudar al mundo imponiéndole sus razones por las buenas o por las malas.

Aunque Jesús sea hoy el principal instrumento de los conservadores que se aferran al poder, todavía es difícil sostener que no fuera un revolucionario. Precisamente no murió por haber sido complaciente con el poder político de turno. El poder no mata ni tortura a sus adulones; los premia. Queda para los otros el premio mayor: la dignidad. Y creo que pocas figuras en la historia, sino ninguna otra, enseña más dignidad y compromiso con la humanidad toda que Jesús de Nazaret, a quien un día habrá que descolgar de la cruz.

Jorge Majfud

The University of Georgia

26 de enero de 2007

The Jesus the Emperors Kidnapped

Who will lend me a ladder

to climb up the timbering,

to remove the nails from

Jesus the Nazarene?

(Antonio Machado)

A few days ago the president of Venezuela, Hugo Chávez, referred to Jesus as the greatest socialist in history. I am not interested here in making a defense or an attack on his person. I would only like to make a few observations about a typical reaction caused by his words throughout different parts of the world.

Perhaps saying that Jesus was a socialist is like saying that Tutankhamen was Egyptian or Seneca was Spanish. It remains a semantic imprecision. Nevertheless, those who recently have approached me with a look of horror on their faces as a result of the words of the “bad boy,” did they do so on the basis of some reasoning or simply on the basis of the codes imposed by a dominant discourse?

Personally, I have always been uncomfortable with power accumulated in just one man. But although Mr. Chávez is a powerful man in his country, he is not the one responsible for the current state of the world. For an elite few, the best state possible. For most, the source of physical and, above all, moral violence.

If it is a scandal to imagine Jesus to be socialist, why is it not, then, to associate him and compromise him with capitalist culture and ethics? If it is a scandal to associate Jesus with the eternal rebel, why is it not, in contrast, to associate him with the interests of successive empires – with the exception of the ancient Roman empire? Those who do not argue the sacrality of capitalism are, in large number, fervent followers of Jesus. Better said, of a particular and convenient image of Jesus. In certain cases not only followers of his word, but administrators of his message.

All of us, or almost all of us, are in favor of certain economic development. Nonetheless, why is social justice always confused with economic development? Why is that Christian theology that considers economic success, wealth, to be the divine sign of having been chosen to enter Paradise, even if through the eye of a needle, so widely disseminated?

Conservatives are right: it is a simplification to reduce Jesus to his political dimension. But their reasoning becomes manipulation when it denies categorically any political value in his action, at the same time that his image is used and his values are invoked to justify a determined politics. It is political to deny politics in any church. It is political to presume political neutrality. An observer who passively witnesses the torture or rape of another person is not neutral. Even less neutral is he who does not even want to watch and turns his head to pray. Because if he who remains silent concedes, he who is indifferent legitimates.

The confirmation of a status quo that benefits one social class and keeps others submerged is political. The sermon that favors the power of men and keeps women under their will and convenience is political. The mere mention of Jesus or Mohammed before, during and after justifying a war, a killing, a dictatorship, the extermination of a people or of a lone individual is terribly political.

Lamentably, although politics is not everything, everything is political. Therefore, one of the most hypocritical forms of politics is to assert that some social action exists in this world that might be apolitical. We might attribute to animals this marvelous innocence, if we did not know that even communities of monkies and of other mammals are governed not only by a clear negotiation of powers but, even, by a history that establishes ranks and privileges. Which ought to be sufficient to diminish somewhat the pride of those oppressors who consider themselves different from orangutangs because of the sophisticated technology of their power.

Many months ago we wrote about the political factor in the death of Jesus. That his death was contaminated by politics does not take away from his religious value but quite the contrary. If the son of God descended to the imperfect world of men and immersed himself in a concrete society, an oppressed society, acquiring all of the human limitations, why would he have to do so ignoring one of the principle factors of that society which was, precisely, a political factor of resistance?

Why was Jesus born in a poor home and one of scarce religious orientation? Why was he not born in the home of a rich and educated pharisee? Why did he live almost his entire life in a small, peripheral town, as was Nazareth, and not in the capital of the Roman Empire or in the religious capital, Jerusalem? Why did he go to Jerusalem, the center of political power at the time, to bother, to challenge power in the name of the most universal human salvation and dignity? As a xenophobe from today would say: if he didn’t like the order of things in the center of the world, he shouldn’t have gone there to cause trouble.

We must remember that it was not the Jews who killed Jesus but the Romans. Those Romans who have nothing to do with the present day inhabitants of Italy, other than the name. Someone might argue that the Jews condemned him for religious reasons. I am not saying that religious reasons did not exist, but that these do not exlude other, political, reasons: the Jewish upper class, like almost all the upper classes of peoples dominated by foreign empires, found itself in a relationship of privilege that led it to a complacent diplomacy with the Roman Empire. This is what happened also in America, in the times of the Conquest. The Romans, in contrast, had no religious reason for taking care of the problem of that rebel from Nazareth. Their reasons were eminently political: Jesus represented a grave threat to the peaceful order established by the empire.

Now, if we are going to discuss Jesus’ political options, we might refer to the texts canonized after the first Council of Nicea, nearly three hundred years after his death. The theological and political result of this founding Council may be questionable. That is to say, if the life of Jesus developed in the conflict against the political power of his time, if the writers of the Gospels, somewhat later, suffered similar persecutions, we cannot say the same about those religious men who gathered in the year 325 by order of an emperor, Constantine, who sought to stabilize and unify his empire, without leaving aside for this purpose other means, like the assassination of his political adversaries.

Let us suppose that all of this is not important. Besides there are very debatable points. Let us take the facts of the religious documents that remain to us from that historical moment. What do we see there?

The son of God being born in an animal stable. The son of God working in the modest carpenter trade of his father. The son of God surrounded by poor people, by women of ill repute, by sick people, by marginalized beings of every type. The son of God expelling the merchants from the temple. The son of God asserting that it would be easier for a camel to pass through the eye of a needle than for a rich man to ascend to the kingdom of heaven (probably the Greek word kamel did not mean camel but an enormous rope that was used in the ports to tie up the boats, but the translation error has not altered the idea of the metaphor). The son of God questioning, denying the alleged nationalism of God. The son of God surpassing the old and cruel laws, like the penalty of death by stoning of an adulterous woman. The son of God separating the things of Ceasar from the things of the Father. The son of God valuing the coin of a widow above the traditional donations of the rich and famous. The son of God condemning religious pride, the economic and moral ostentation of men. The son of God entering into Jerusalem on a humble donkey. The son of God confronting religious and political power, the pharisees of the Law and the imperial hells of the moment. The son of God defamed and humiliated, dying under military torture, surrounded by a few followers, mostly women. The son of God making an unquestionable option for the poor, for the weak and the marginalized by power, for the universalization of the human condition, on earth as much as in heaven.

A difficult profile for a capitalist who dedicates six days of the week to the accumulation of money and half a day to clean his conscience in church; who exercises a strange compassion (so different from solidarity) that consists in helping the world by imposing his reasons like it or not.

Even though Jesus may be today the principal instrument of conservatives who grasp at power, it is still difficult to sustain that he was not a revolutionary. To be precise he did not die for having been complacent with the political power of the moment. Power does not kill or torture its bootlickers; it rewards them. For the others remains the greater prize: dignity. And I believe that few if any figures in history show more dignity and commitment with all of humanity than Jesus of Nazareth, who one day will have to be brought down from the cross.

Dr. Jorge Majfud

Translated by Dr. Bruce Campbell

La privatización de Dios

A la medida del consumidor

En el siglo XVII, el genial matemático Blaise Pascal escribió que los hombres nunca hacen el mal con tanto placer como cuando lo hacen por convicciones religiosas. Esta idea —de un hombre profundamente religioso— tuvo diferentes variaciones desde entonces. Durante el siglo pasado, los mayores crímenes contra la humanidad fueron promovidos, con orgullo y pasión, en nombre del Progreso, de la Justicia y de la Libertad. En nombre del Amor, puritanos y moralistas organizaron el odio, la opresión y la humillación; en nombre de la vida, los líderes y profetas derramaron la muerte por vastas regiones del planeta. Actualmente, Dios ha vuelto a ser la principal excusa para ejercitar el odio y la muerte, ocultando las ambiciones de poder, los intereses terrenales y subterrenales tras sagradas invocaciones. De esta forma, reduciendo cada tragedia en el planeta a la milenaria y simplificada tradición de la lucha del Bien contra el Mal, de Dios contra el Demonio, se legitima el odio, la violencia y la muerte. De otra forma, no podríamos entender cómo hombres y mujeres se inclinan para rezar con orgullo y fanatismo, con hipócrita humildad, como si fuesen ángeles puros, modelos de moralidad, al tiempo que esconden entre sus ropas la pólvora o el cheque extendido para la muerte. Y si sus líderes son conscientes del fraude, sus súbditos no son menos responsables por estúpidos, no son menos responsables de tantos crímenes y matanzas que explotan cada día, promovidos por criminales convicciones metafísicas, en nombre de Dios y la Moral —cuando no en nombre de una raza, de una cultura y de una larga tradición recién estrenada, hecha a medida de la ambición y los odios presentes.

El imperio de las simplificaciones

Sí, podemos creer en los pueblos. Podemos creer que son capaces de las creaciones más asombrosas —como será un día su propia liberación—; y de estupideces inconmensurables también, disimuladas siempre por un interesado discurso complaciente que procura anular la crítica y la provocación a la mala conciencia. Pero, ¿cómo llegamos a tantas negligencias criminales? ¿De dónde sale tanto orgullo en este mundo donde la violencia aumenta cada vez más y cada vez más gente dice haber escuchado a Dios?

La historia política nos demuestra que una simplificación es más poderosa y es mejor aceptada por la vasta mayoría de una sociedad que una problematización. Para un político o para un líder espiritual, por ejemplo, es una muestra de debilidad admitir que la realidad es compleja. Si su adversario procede despojando el problema de sus contradicciones y lo presenta ante el público como una lucha del Bien contra el Mal, sin duda tendrá más posibilidades de triunfar. Al fin y al cabo la educación básica y primaria de nuestro tiempo está basada en la publicidad del consumo o en la sumisión permisiva; elegimos y compramos aquello que nos soluciona los problemas, rápido y barato, aunque el problema sea creado por la solución, aunque el problema continúe siendo real y la solución siga siendo virtual. Sin embargo, una simplificación no elimina la complejidad del problema analizado sino que, por el contrario, produce mayores y a veces trágicas consecuencias. Negar una enfermedad no la cura; la empeora.

¿Por qué no hablamos de los por qué?

Tratemos ahora de problematizar un fenómeno social cualquiera. Sin duda, no llegaremos al fondo de su complejidad, pero podemos tener una idea del grado de simplificación con el que es tratado diariamente, no siempre de forma inocente.

Comencemos con un breve ejemplo. Consideremos el caso de un hombre que viola y mata a una niña. Tomo este ejemplo no sólo por ser uno de los crímenes más aborrecibles que podemos considerar, junto con la tortura, sino porque representa una maldita costumbre criminal en todas nuestras sociedades, aún en aquellas que se jactan de su virtuosismo moral.

En primer lugar, tenemos un crimen. Más allá de los significados de “crimen” y de “castigo”, podemos valorar el acto en sí mismo, es decir, no necesitamos recurrir a la genealogía del criminal y de su víctima, no necesitamos investigar sobre los orígenes de la conducta del criminal para valorar el lecho en sí. Tanto la violación como el asesinato deben ser castigados por la ley, por el resto de la sociedad. Y punto. Desde este punto de vista, no hay discusiones.

Muy bien. Ahora imaginemos que en un país determinado la cantidad de violaciones y asesinatos se duplica en un año y luego vuelve a duplicarse al año siguiente. Una simplificación sería reducir el nuevo fenómeno al hecho criminal antes descrito. Es decir, una simplificación sería entender que la solución al problema sería no dejar ni uno solo de los crímenes impunes. Dicho de una tercer forma, una simplificación sería no reconocer el fenómeno social  detrás de un hecho delictivo individual. Un análisis más a fondo del primer caso podría revelarnos una infancia dolorosa, marcada por los abusos sexuales contra el futuro abusador, contra el futuro criminal. Esta observación, de ningún modo quitaría valoración criminal al hecho en sí, tal como lo anotamos más arriba, pero serviría para comenzar a ver la complejidad de un problema que amenaza con ser simplificado al extremo de perpetuarlo. A partir de este análisis psicológico del individuo, seguramente pasaríamos a advertir otro tipo de implicaciones referidas a su propio contexto, como por ejemplo las condiciones económicas de una determinada clase social sumergida, su explotación o su estigmatización moral a través del resto de la sociedad, la violencia moral y la humillación de la miseria, sus escalas de valores construidas según un aparato de producción, reproducción y consumo contradictorio, por instituciones sociales como una educación pública que no los ayuda más de lo que los humilla, ciertas organizaciones religiosas que han creado el pecado para los pobres al tiempo que los usan para ganarse el Paraíso, los medios de comunicación, la publicidad, las contradicciones laborales… y así sucesivamente.

De la misma forma podemos entender el terrorismo de nuestro tiempo. Está fuera de discusión (o debería estarlo) el valor criminal de un acto terrorista en sí mismo. Matar es siempre una desgracia, una maldición histórica. Pero matar inocentes y a gran escala no tiene justificación ni perdón de ningún tipo. Por lo tanto, renunciar al castigo de quienes lo promueven sería a su vez un acto de cobardía y una flagrante concesión a la impunidad.

No obstante, también aquí debemos recordar la advertencia inicial. Entender un fenómeno histórico y social como la consecuencia de la existencia de “malos” en la Tierra, es una simplificación excesivamente ingenua o, de lo contrario, es una simplificación astutamente ideológica que, al evitar un análisis integral —histórico, económico, de poder— excluye a los administradores del significado: los buenos.

No vamos a entrar a analizar, en estas breves reflexiones, cómo se llega a identificar a un determinado grupo y no a otros con el calificativo de “terroristas”. Para ello bastaría con recomendar la lectura de Roland Barthes —por mencionar sólo un clásico. Vamos a asumir el significado restringido del término, que es el que han consolidado los medios de prensa y el resto de las narraciones políticas.

No obstante, aún así, si recurriésemos a la idea de que el terrorismo existe porque existen criminales en el mundo, tendríamos que pensar que en los últimos tiempos ha habido una cosecha excesiva de seres malvados. Lo cual se encuentra explícito en el discurso de todos los gobiernos de los países afectados por el fenómeno. Pero si fuera verdad que hoy en nuestro mundo hay más malos que antes, seguramente no será por gracia de Dios sino por un devenir histórico que ha producido tal fenómeno. Ningún fenómeno histórico se produce por azar y, por lo tanto, creer que matando a los terroristas se eliminará el terrorismo en el mundo no sólo es una simplificación necia, sino que, al negar un origen histórico al problema, al presentarlo como ahistórico, como producto puro del Mal, incluso como la lucha entre dos “esencias” teológicas apartadas de cualquier contexto político, económico y social provocan un agravamiento trágico. Es una forma de no enfrentar el problema, de no atacar sus profundas raíces.

En muchas ocasiones no se puede prescindir de la violencia. Por ejemplo, si alguien nos ataca parecería lícito que nos defendamos con el mismo grado de violencia. Seguramente un verdadero cristiano ofrecería la otra mejilla antes que promover una reacción violenta; no obstante, si reaccionara con violencia ante una agresión no se le podría negar el derecho, aunque esté en contradicción con uno de los mandamientos de Cristo. Pero si una persona o un gobierno nos dice que la violencia se reducirá derramando más violencia sobre los malos —y afectando de paso a inocentes—, no sólo está negando la búsqueda del origen de ese fenómeno, sino que además estará consolidándolo o, al menos, legitimándolo ante la vista de quienes sufren las consecuencias.

Castigar a los culpables de la violencia es un acto de justicia. Sostener que la violencia existe sólo porque existen los violentos es un acto de ignorancia o de manipulación ideológica.

Si se continúa simplificando el problema, sosteniendo que se trata de un conflicto producido por la “incompatibilidad” de dos concepciones religiosas —como si alguna de ellas no hubiese estado ahí desde hace siglos—, como si se tratase de una simple guerra donde el triunfo se deduce de la derrota final del enemigo, se llevará al mundo a una guerra intercontinental. Si se busca seriamente el origen y la motivación del problema —el “por qué”— y se actúa eliminándolo o atenuándolo, seguramente asistiremos al relajamiento de una tensión que cada día es mayor. No al final de la violencia y la injusticia del mundo, pero al menos se evitará una desgracia de proporciones inimaginables.

El análisis del “origen de la violencia” no tendría mucho valor si se produjese y se consumiese dentro de una universidad. Deberá ser un problema de titulares, un problema a discutir desapasionadamente en los bares y en las calles. Simultáneamente, habrá que reconocer, una vez más, que necesitamos un verdadero diálogo. No reiniciar la farsa diplomática, sino un diálogo entre pueblos que comienzan peligrosamente a verse como enemigos, como amenazas, unos de otros —una discusión, más bien, basada en una profunda y aplastante ignorancia del otro y de sí mismo—. Es urgente un diálogo doloroso pero valiente, donde cada uno de nosotros reconozcamos nuestros prejuicios y nuestros egoísmos. Un diálogo que prescinda del fanatismo religioso —islámico y cristiano— tan de moda en estos días, con pretensiones de mesianismo y purismo moral. Un diálogo, en fin, aunque le pese a los sordos que no quieren oír.

El Dios verdadero

Según los verdaderos fieles y la religión verdadera, sólo puede haber un Dios verdadero, Dios. Algunos afirman que el verdadero Dios es Uno y es Tres al mismo tiempo, pero a juzgar por las evidencias Dios es Uno y es Muchos más. El verdadero Dios es único pero con políticas diferentes según los intereses de los verdaderos fieles. Cada uno es el Dios verdadero, cada uno mueve a sus fieles contra los fieles de los otros dioses que son siempre dioses falsos aunque cada uno sea el Dios verdadero. Cada Dios verdadero organiza la virtud de cada pueblo virtuoso sobre la base de las verdaderas costumbres y la verdadera Moral. Existe una sola Moral basada en el Dios verdadero, pero como existen múltiples Dios verdadero también existen múltiples Moral verdadera, una sola de la cual es verdaderamente verdadera.

Pero ¿cómo saber cuál es la verdadera verdad? Los métodos de prueba son discutibles; lo que no se discute es la praxis probatoria: el desprecio, la amenaza, la opresión y, por las dudas, la muerte. La muerte verdadera siempre es el recurso final e inevitable de la verdad verdadera, que procede del Dios verdadero, para salvar a la verdadera Moral y, sobre todo, a los verdaderos fieles.

Sí, a veces dudo de lo verdadero y sé que la duda ha sido maldecida por todas las religiones, por todas las teologías y por todos los discursos políticos. A veces dudo, pero es probable que Dios no desprecie mi duda. Debe estar muy ocupado entre tanta obviedad, ante tanto orgullo, entre tanta moralidad, detrás de tantos ministros que se han apropiado de su palabra, secuestrándolo en un edificio cualquiera para actuar puertas afuera sin obstáculos.

Jorge Majfud

Athens, diciembre 2004

The Privatization of God

Custom-made for the consumer

In the 17th century, the mathematics genius Blaise Pascal wrote that men never do evil with greater pleasure than when they do it with religious conviction. This idea – from a deeply religious man – has taken a variety of different forms since. During the last century, the greatest crimes against humanity were promoted, with pride and passion, in the name of Progress, of Justice and of Freedom. In the name of Love, Puritans and moralists organized hatred, oppression and humiliation; in the name of Life, leaders and prophets spilled death over vast regions of the planet. Presently, God has come to be the main excuse for excercises in hate and death, hiding political ambitions, earthly and infernal interests behind sacred invocations. In this way, by reducing each tragedy on the planet to the millenarian and simplified tradition of the struggle between Good and Evil, of God against the Devil, hatred, violence and death are legitimated. There is no other way to explain how men and women are inclined to pray with fanatical pride and hypocritical humility, as if they were pure angels, models of morality, all the while hiding gunpowder in their clothing, or a check made out to death. And if the leaders are aware of the fraud, their subjects are no less responsible for being stupid, no less culpable for their criminal metaphysical convictions, in the name of God and Morality – when not in the name of a race, of a culture – and from a long tradition, recently on exhibit, custom-fit to the latest in hatred and ambition.

Empire of the simplifications

Yes, we can believe in the people. We can believe that they are capable of the most astounding creations – as will be one day their own liberation – and also of incommensurable stupidities, these latter always concealed by a complacent and self-interested discourse that manages to nullify criticism and any challenge to bad conscience. But, how did we come to such criminal negligence? Where does so much pride come from in a world where violence grows daily and more and more people claim to have heard the voice of God?

Political history demonstrates that a simplification is more powerful and better received by the vast majority of a society than is a problematization. For a politician or for a spiritual leader, for example, it is a show of weakness to admit that reality is complex. If one’s adversary expunges from a problem all of its contradictions and presents it to the public as a struggle between Good and Evil, the adversary undoubtedly is more likely to triumph. In the final analysis, the primary lesson of our time is grounded in commercial advertising or in permissive submission: we elect and we buy that which solves our problems for us, quickly and cheaply, even though the problem might be created by the solution, and even though the problem might continue to be real while the solution is never more than virtual. Nonetheless, a simplification does not eliminate the complexity of the problem in question, but rather, on the contrary, produces greater problems, and sometimes tragic consequences. Denying a disease does not cure it; it makes it worse.

Why don’t we talk about why?

Let’s try now to problematize some social phenomenon. Undoubtedly, we will not plumb the full depths of its complexity, but we can get an idea of the degree of simplification with which it is treated on a daily basis, and not always innocently.

Let’s start with a brief example. Consider the case of a man who rapes and kills a young girl. I take this example not only because it is, along with torture, one of the most abhorrent crimes imaginable, but because it represents a common criminal practice in all societies, even those that boast of their special moral virtues.

First of all, we have a crime. Beyond the semantics of “crime” and “punishment,” we can evaluate the act on its own merits, without, that is, needing to recur to a genealogy of the criminal and of his victim, or needing to research the origins of the criminal’s conduct. Both the rape and the murder should be punished by the law, and by the rest of society. And period. On this view, there is no room for discussion.

Very well. Now let’s imagine that in a given country the number of rapes and murders doubles in a particular year and then doubles again the year after that. A simplification would be to reduce the new phenomenon to the criminal deed described above. That is to say, a simplification would be to understand that the solution to the problem would be to not let a single one of these crimes go unpunished. Stated in a third way, a simplification would be to not recognize the social realities behind the individual criminal act. A more in-depth analysis of the first case could reveal to us a painful childhood, marked by the sexual abuse of the future abuser, of the future criminal. This observation would not in any way overturn the criminality of the deed itself, just as evaluated above, but it would allow us to begin to see the complexity of a problem that a simplification threatens to perpetuate. Starting from this psychological analysis of the individual, we could certainly continue on to observe other kinds of implications arising from the same criminal’s circumstances, such as, for example, the economic conditions of a specific social underclass, its exploitation and moral stigmatization by the rest of society, the moral violence and humiliation of its misery, its scales of moral value constructed in accordance with an apparatus of production, reproduction and contradictory consumption, by social institutions like a public education system that helps the poor less than it humiliates them, certain religious organizations that have created sin for the poor while using the latter to earn Paradise for themselves, the mass media, advertising, labor contradictions… and so on.

We can understand terrorism in our time in the same way. The criminality of an act of terrorism is not open to discussion (or it shouldn’t be). Killing is always a disgrace, a historical curse. But killing innocents and on a grand scale can have no justification or pardon of any kind. Therefore, to renounce punishment for those who promote terrorism is an act of cowardice and a flagrant concession to impunity.

Nevertheless, we should also remember here our initial caveat. Understanding a social and historical phenomenon as a consequence of the existence of “bad guys” on Earth is an extremely naive simplification or, to the contrary, an ideologically astute simplification that, by avoiding integrated analysis -historical, economic, political – exempts the administrators of the meaning of “bad”: the good guys.

We will not even begin to analyze, in these brief reflections, how one comes to identify one particular group and not others with the qualifier “terrorist.” For that let it suffice to recommend a reading of Roland Barthes – to mention just one classic source. We will assume the restricted meaning of the term, which is the one assumed by the press and the mainstream political narratives.

Even so, if we resort to the idea that terrorism exists because criminals exist in the world, we would have to think that in recent times there has been an especially abundant harvest of wicked people. (An idea explicitly present in the official discourse of all the governments of countries affected by the phenomenon.) But if it were true that in our world today there are more bad people than before, surely it isn’t by the grace of God but via historical developments that such a phenomenon has come to be. No historical circumstance is produced by chance, and therefore, to believe that killing terrorists will eliminate terrorism from the world is not only a foolish simplification but, by denying a historical origin for the problem, by presenting it as ahistorical, as purely a product of Evil, even as a struggle between two theological “essences” removed from any social, economic and political context, provokes a tragic worsening of the situation. It is a way of not confronting the problem, of not attacking its deep roots.

On many occasions violence is unavoidable. For example, if someone attacks us it would seem legitimate to defend ourselves with an equal degree of violence. Certainly a true Christian would offer the other cheek before instigating a violent reaction; however, if he were to respond violently to an act of aggression no one could deny him the right, even though he might be contradicting one of the commandments of Christ. But if a person or a government tells us that violence will be diminished by unleashing violence against the bad guys – affecting the innocent in the process – not only does this deny the search for a cause for the violence, it also will serve to strengthen it, or at least legitimate it, in the eyes of those who suffer the consequences.

Punishing those responsible for the violence is an act of justice. Claiming that violence exists only because violent people exist is an act of ignorance or of ideological manipulation.

If one continues to simplify the problem, insisting that it consists of a conflict produced by the “incompatibility” of two religious views – as if one of them had not been present for centuries – as if it were a matter of a simple kind of war where victory is achieved only with the total defeat of the enemy, one will drag the entire world into an intercontinental war. If one genuinely seeks the social origin and motivation of the problem – the “why” – and acts to eliminate and attenuate it, we will most assuredly witness a relaxing of the tension that is currently escalating. We will not see the end of violence and injustice in the world, but at least misfortune of unimaginable proportions will be avoided.

The analysis of the “origin of violence” would be useless if it were produced and consumed only within a university. It should be a problem for the headlines, a problem to be discussed dispassionately in the bars and in the streets. At the same time, we will have to recognize, once again, that we need a genuine dialogue. Not a return to the diplomatic farce, but a dialogue between peoples who have begun dangerously to see one another as enemies, as threats – a disagreement, really, based on a profound and crushing ignorance of the other and of oneself. What is urgent is a painful but courageous dialogue, where each one of us might recognize our prejudice and our self-centeredness. A dialogue that dispenses with the religious fanaticism – both Muslim and Christian – so in vogue these days, with its messianic and moralizing pretensions. A dialogue, in short, to spite the deaf who refuse to hear.

The True God

According to the true believers and the true religion, there can be only one true God, God. Some claim that the true God is One and he is Three at the same time, but judging by the evidence, God is One and Many more. The true God is unique but with different politics according to the interests of the true believers. Each one is the true God, each one moves the faithful against the faithful of other gods, which are always false gods even though each one is someone’s true God. Each true God organizes the virtue of each virtuous people on the basis of true customs and the true Morality. There is only one Morality based on the true God, but since there is more than one true God there is also more than one true Morality, only one of which is truly true.

But, how do we know which one is the true truth? The proper methods for proof are disputable; what is not disputed is the current practice: scorn, threats, oppression and, when in doubt, death. True death is always the final and inevitable recourse of the true truth, which comes from the true God, in order to save the true Morality and, above all, the true believers.

Yes, at times I have my doubts about what is true, and I know that doubt has been condemned by all religions, by all theologies, and by all political discourses. At times I have my doubts, but it is likely that God does not hold my doubt in contempt. He must be very busy concerning himself with so much certainty, so much pride, so much morality, behind so many ministers who have taken control of his word, holding Him hostage in a building somewhere so as to be able to conduct their business in public without obstacles.

Dr. Jorge Majfud

Translated by Dr. Bruce Campbell.

Jorge Majfud is a Uruguayan writer. His most recent novel is La Reina de América (Baile de Sol, 2002).

© 1995-2005 Resource Center of the Americas

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